El Locao Irremediable

 

“There was a lot of give and take in these negotiations. We gave, and they took.”
(Rod Thorn en 1984, sobre el contrato rookie de Michael Jordan)

Hace casi dos años que David Falk utilizó esa cita en una famosa entrevista en el New York Times con motivo de la publicación de su libro “The Bald Truth”, dando por seguro un lockout para el verano del 2011. Yo me atusé mi frondosa melena y pensé que estaba exagerando las posibilidades de que se enconara el enfrentamiento entre la NBA y el sindicato de jugadores en la negociación por un nuevo convenio colectivo. Hace apenas tres meses tuve que admitir que el calvo verdadoso tenía razón, y que la única duda reside en la duración de ese locao. Esta revelación se produjo el pasado mes de octubre, cuando el comisionado David Stern reflexionó en voz alta sobre una posible contracción de la NBA mediante la disolución de sus franquicias más endebles.

No soy tan pardillo de creer que Stern hablaba en serio de una posible contracción, pero si algo sé es que el comisionado de la NBA nunca habla por hablar. En este caso sus declaraciones venían como respuesta a cierta oposición a su postura negociadora que se estaba manifestando en la prensa especializada, y su mensaje era inequívoco: la liga está dispuesta a imponer sus exigencias por lo civil o por lo militar, no dará cuartel ni tampoco tomará prisioneros. La NBA pretende conseguir implantar un tope salarial duro eliminando las restricciones, recortar el volumen salarial global en unos 750-800 millones de dólares (entre un cuarto y un tercio del total), y reducir las garantías contractuales de los jugadores facilitando su despido. Todo ello, según el comisionado, por causa de una profunda crisis económica en la NBA que provoca unas pérdidas anuales totales de unos 400 millones de dólares.

Fue esta cifra la que provocó la reacción negativa de la prensa, incluyendo un análisis extremadamente crítico publicado en un blog de Forbes. En concreto, algunos medios señalaron que esa cifra era casi la misma que se anunció en el verano del 2009, cuando el estancamiento del BRI (basketball-related income) llevó a reducir el tope salarial por segunda vez en sus treinta años de historia. Se esperaba otro descenso para la 2010-11, sin embargo en el verano del 2010 se dio la sorpresa de que el tope salarial subió en lugar de bajar. A pesar de que los resultados económicos sobrepasaron las expectativas, Stern se mantuvo en sus cifras proyectando unas pérdidas de aproximadamente 350 millones de dólares. En pocas palabras, David Stern había anunciado unas pérdidas cuando las predicciones económicas eran negativas, y cuando la situación financiera resultó mejor de lo previsto mantuvo sus cifras sin apenas cambios. No es sorprendente que la prensa reaccionara con escepticismo a los números de Stern, lo cual obligó al comisionado a subir el octanaje de sus declaraciones (con referencias a la contracción) para dejar bien claro que hablaba muy en serio.

No es el único motivo para dudar de las cifras que ofrece la NBA. Las cantidades que aparecen en prensa en las ventas de franquicias que se han producido recientemente no señalan a un negocio en crisis que digamos, en particular cuando los Warriors alcanzaron el precio récord de 450 millones de dólares. La fiebre de traspasos y fichajes del verano del 2010, con los equipos gastando dinero a espuertas, tampoco parece indicar una grave preocupación por las pérdidas (sobre todo ahora que el congreso ha prorrogado los “tax cuts” para ricos). Incluso un dato a priori negativo como la venta de los Bobcats por debajo de su valor ha de ser tomado con pinzas, ya que se trató de un “precio de amigo” que Bob Johnson aceptó por tratarse de Michael Jordan. En realidad, la única señal visible de apuros económicos en la NBA es el aumento de rumores sobre posibles traslados de franquicia, buscando ciudades que se presten a gastar dinero público en construir pabellones cada vez más modernos y más amplios. Bueno, eso y el extraño limbo en el que han quedado los malhadados Hornets.

En cualquier caso, resulta evidente que la NBA está decidida a imponer sus demandas sin concesiones. Hay que recordar que el acuerdo alcanzado en 1999 después del lockout se consideró entonces una victoria sin paliativos de los propietarios, y sin embargo en la actualidad es la causa de que esos mismos se sientan en una situación inadmisible. La lógica sugiere que el sindicato de jugadores no puede aceptar unas exigencias tan desfavorables sin luchar, y el resultado será un locao más o menos prolongado que como pronosticaba David Falk terminará con la victoria de los propietarios. Durante un lockout las franquicias de la NBA quedan libres de cualquier obligación salarial, mientras que siguen recibiendo una pequeña parte de los ingresos correspondientes a sus contratos televisivos. Pueden esperar el tiempo que haga falta, mientras que los jugadores ven que cada día que pasa pierden un dinero que no recuperarán jamás. Las carreras deportivas duran lo que duran, y para muchos ese dinero es muy necesario. En último término la partida la ganará el que más resista, y en ese terreno los jugadores llevan todas las de perder.

El sindicato ha anunciado ya su voluntad de luchar, movidos más por la desesperación que por cualquier otro motivo. Han filtrado la propuesta que presentaron hace meses y que no recibió contestación de la liga, amenazan con pedir la reducción del límite de edad para los jugadores procedentes de instituto e incluso circulan rumores de que se podría estar planteando la llamada “opción nuclear”: la descertificación del sindicato. Este procedimiento requeriría una votación por parte de todos los jugadores de la NBA para determinar si desean seguir siendo representados colectivamente por la NBPA; si el resultado fuera negativo, los jugadores dejarían de tener un representante establecido y eso abriría la caja de los truenos. El dato más significativo es que la NBA dejaría de estar exenta de posibles demandas antimonopolio, ya que los tribunales determinaron hace años que si la liga negociaba con un sindicato reconocido entonces no estaba funcionando como un monopolio de forma abusiva. Los jugadores podrían así llevar a los juzgados denuncias poniendo en duda la legalidad del draft, del límite de edad, del tope salarial, incluso el propio lockout. A cambio, los jugadores perderían todos los derechos conquistados por el sindicato en el pasado, tales como la pensión y los mismos contratos garantizados, y la NBA podría intentar anular la decertificación si demuestra que es una maniobra negociadora. De ahí su nombre de “opción nuclear”, debido al riesgo de “mutua y asegurada destrucción”. Aunque el sindicato afirma que lo considera como algo improbable (normal ya que se trata de su suicidio como organización), si se ven acorralados es posible que pase a ser una opción viable. Los jugadores de la NFL decidieron descertificar su sindicato durante las negociaciones de 1989, y nadie olvida que salieron ganando.

De momento esta amenaza no parece ser más que un intento de atemorizar a David Stern, algo difícil de conseguir. Mirando la situación con frialdad, creo que sólo parece existir una concesión que el NBPA podría arrancar del comisionado: la renuncia a un tope salarial duro. Un tope salarial duro consiste en un límite a los salarios que no se puede superar en ningún caso, a diferencia del tope salarial blando existente en la actualidad que se puede superar mediante un buen número de excepciones, desde los “Bird rights” a la MLE pasando por la de los rookies o la del salario mínimo. Y eso se debe a que el tope salarial duro es la única exigencia de la NBA que podría sacar a la luz la división entre los propietarios de las franquicias, que se dividen en dos grupos: los que tienen dinero, y los que no. Los que no tienen dinero (dinero de verdad, se entiende) son partidarios de un tope salarial duro, que permitiría competir en igualdad de condiciones económicas a las franquicias situadas en los páramos de Milwaukee o Utah con las que florecen en New York o Chicago. Por contra, los propietarios que tienen el dinero por castigo no son partidarios de ese tope salarial duro, que les ataría de pies y manos por motivos que les son ajenos. De plantearse este debate entre ricos y, um, ricos pero menos, eso llevaría a tener que mirar de frente al auténtico “elephant in the room”: el reparto de ingresos.

Dicen los que de eso entienden que la NBA es la liga profesional que menos practica el reparto de ingresos entre sus participantes. Sólo se comparten algunas partidas menores relacionadas con el merchandaising y algunos derechos televisivos, mientras que el grueso de las cantidades ingresadas se las queda directamente la franquicia que las cobra. Como es fácil de imaginar, los ingresos por televisión o venta de productos bajo licencia que recibe una franquicia en digamos Los Angeles tienen muy poco que ver con los que se generan en Minneessoottaa. Esto hace muy difícil que se alcance un equilibrio económico, a menos que aumente el reparto de ingresos de manera equitativa entre todos los miembros de la NBA. Sin embargo, este reparto tiene también su parte negativa, como bien saben otras ligas profesionales de EEUU: nada impide a un propietario poco escrupuloso (¿Donald Sterling?) sacar a la pista a un equipo barato y mediocre, con la tranquilidad de que a final de año recibirá un jugoso cheque por su parte en unos ingresos que él no ha contribuido a generar.

Lo único que le falta a Obama es que lo acusen de volver comunista a la NBA.

Así que el tema puede terminar reduciéndose a si el sindicato aceptará esa concesión, mientras asume un recorte espectacular de los salarios y una reducción de las garantías sobre los contratos; quizás también un endurecimiento de las normas de traspasos. Porque nada parece indicar que exista la más remota posibilidad de que Stern acepte considerar plantearse estudiar una petición de clemencia. En mi opinión, eso se debe a que el objetivo estratégico de David Stern es mucho más ambicioso que un simple recorte coyuntural del gasto. Stern apunta al corazón mismo del entramado financiero de la NBA: la revalorización de las franquicias.

Como todos sabemos, hay dos tipos de propietarios de franquicias en la NBA: uno es el millonario que se permite un juguete caro, y otro es la corporación que la tiene como parte de una de sus divisiones. Pero a la hora de la verdad, el planteamiento de esos dos tipos de propietarios es el mismo: no se busca necesariamente el beneficio operativo, e incluso se aceptan unas pérdidas moderadas, porque el auténtico rendimiento de la inversión vendrá de la plusvalía a la hora de revenderla. No sé si es buen momento para mencionar que soy de letras, así que sólo tengo una esperanza lejana de estar usando los términos correctos. En román paladino, los propietarios de las franquicias de la NBA no tienen como objetivo fundamental que su gestión produzca beneficios. Las franquicias sirven para que su propietario goce de una proyección pública local, o bien forman parte de una estructura mayor (por ejemplo, una cadena de televisión de deportes, que gestiona el pabellón y es propietaria de franquicias en varios deportes profesionales distintos). En cualquiera de esos casos, no importa demasiado que no produzcan beneficios porque su propietario no vive de ellas, e incluso a efectos fiscales le puede interesar que incurran en pérdidas moderadas. La inversión se justifica en realidad porque el día que se vende, esa franquicia genera a su propietario un beneficio muy considerable. Ése ha sido el caso de los Warriors, comprados por menos de 120 millones en 1995 y vendidos por unos 450 millones en el 2010. Éste es el sistema que ha permitido el crecimiento económico de la NBA durante los últimos treinta años, haciendo que sus franquicias fueran inversiones muy cotizadas en las que participaban grandes compañías y las mayores fortunas.

Sin embargo, este sistema parece correr un riesgo muy real. Como mencionaba Steve Kerr en una columna, los propietarios actuales de franquicias no son los que las adquirieron por 50 millones hace diez años y las vendieron por 300. Los propietarios actuales son los que las compraron por esos 300 millones. Al ser una inversión exponencialmente mayor, esos propietarios están bajo una mayor presión para justificarla con una revalorización que también ha de ser exponencialmente mayor. Eso es lo que alimenta las exigencias cada vez mayores de las franquicias, que demandan nuevos pabellones, más palcos de lujo, más exenciones fiscales, mayores patrocinios. Han invertido mucho más, así que necesitan muchos más ingresos para rentabilizarlos. Y estas exigencias llegan en el peor momento para la NBA. En los noventa, cuando cada contrato televisivo añadía ceros al anterior, las franquicias de la NBA llegaron a revalorizarse un 9% al año, una cifra récord. En la actualidad, con el dinero de la televisión estabilizado y la crisis económica, esas mismas franquicias han llegado a depreciarse por primera vez en su historia. Es la realidad que el comisionado oculta, mientras menciona cifras de pérdidas tan discutibles como intrascendentes. La NBA teme dejar de tratar de tú a tú con Time-Warner, Disney o Microsoft, y caer en manos de propietarios locales de tres al cuarto.

Creo que ése es el auténtico objetivo estratégico de David Stern: conseguir que la NBA vuelva a ser una inversión segura que atraiga a lo más granado del mundo financiero. Que se convierta en un negocio donde es imposible perder, un casino donde la casa siempre gana, una mesa donde sólo juegan VIPs. Para ello no dudará en atravesar el corazón del sindicato de jugadores a sangre y fuego si hace falta. No veo manera de que Billy Hunter no termine entonando las palabras de Rod Thorn: “las negociaciones han sido un toma y daca, nosotros dimos y ellos tomaron”.

La única cuestión es cuánto aguantarán.
 

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