It’s a Very Simple Game: Charley Eckman

 

“Basketball’s a simple game, there are really only two plays: put the ball in the basket and ‘South Pacific’”. (Charley Eckman, árbitro y entrenador)

Vivimos una época en la que a veces parece mal visto divertirse con el baloncesto profesional, y en la que el papel y la aportación del entrenador se llegan a considerar más importantes aún que el rendimiento de los jugadores. Quizás por eso me atrae tanto la historia de Charley Eckman, el árbitro que descubrió que tenía madera de entrenador durante un partido entre los Rochester Royals y los Minneapolis Lakers que perdían los primeros de un punto. Durante el tiempo muerto hasta cuatro titulares pidieron jugarse el último balón, y Lester Harrison (entrenador, general manager y propietario) fue dando la razón sucesivamente a cada uno. “Quedaban 20 segundos, cuatro jugadores distintos iban a recibir el balón, y yo pensaba ‘qué jugada irá a salir.’ Toqué el silbato y el quinto jugador de los Royals, que había permanecido sentado sin decir nada, cogió el balón y anotó la canasta de la victoria. Un periodista preguntó ‘¿cómo diseñó esa jugada?’, y Lester Harrison le contó cómo la había dibujado en el tiempo muerto. Fue cuando entendí que lo mío era entrenar: un juego de mentirosos profesionales”.

Charles Markwood Eckman Jr. nació en Baltimore en 1921, y desde muy joven tuvo que simultanear los estudios con pequeños trabajos que le permitieran traer dinero a casa debido a los problemas médicos de su padre. Fue así como Charley se acercó al mundillo del deporte profesional, en principio como recogepelotas y más tarde como utillero y chico para todo de un equipo de la liga negra de béisbol. Aunque en el instituto participaba en diversos deportes, el béisbol era el que mejor se le daba. “Como jugador de baloncesto sólo tenía dos defectos”, recordaba, “me faltaba altura y me faltaba talento”. Como jugador de béisbol llegó a participar en varias ligas semiprofesionales con buen rendimiento, pero Eckman estaba convencido de que su nivel de juego no le llevaría muy lejos. Fue entonces cuando descubrió el arbitraje, que le permitía ganarse unos dólares y que resultaba menos exigente: en el mismo día era capaz de arbitrar varios partidos en diferentes zonas de la ciudad, alternando el béisbol con el baloncesto.

La Segunda Guerra Mundial fue la oportunidad perfecta para que Eckman saliera de su ciudad. Destinado en la base aérea de Yuma (Arizona), “Gabby” Eckman suspendió el curso de bombarderos y quedó asignado a la preparación física de los paracaidistas, pero lo más importante es que se convirtió en todo un personaje. Organizaba, entrenaba, arbitraba y participaba en competiciones de béisbol, baloncesto, balón volea, póker, billar y cualquier otro juego que se terciara. Como entrenador y jugador estrella del equipo de softball de la base ganó el campeonato de las fuerzas armadas, y sobre todo se fue creando un nombre en la región. Al terminar la guerra permaneció en Yuma, donde compaginó una serie de empleos poco estables con su actividad como árbitro. Fue entonces cuando el baloncesto empezó a desplazar al béisbol, ya que “Gabby” Eckman arbitraba a equipos universitarios, industriales y profesionales por todo el Sudoeste de los Estados Unidos. Allí desarrolló su estilo como árbitro, basado en una seguridad en sí mismo a toda prueba y en un caudal inagotable de chistes y chascarrillos. De gira con las All-American Redheads, un equipo profesional femenino que jugaba contra varones, Eckman comprobó que el público apreciaba y agradecía su talento teatral para indicar las infracciones y su rápido ingenio para responder a los jugadores.

En 1947 las oportunidades profesionales en Yuma empezaron a decaer, y Charley Eckman decidió volver a su antiguo empleo en la fábrica de Westinghouse en Baltimore, donde su ocupación real consistía en jugar al béisbol en el equipo de la empresa mientras complementaba sus ingresos arbitrando baloncesto. La mayoría de esos partidos correspondían a la competición universitaria, pero cuando Eckman supo de la existencia de una liga llamada Basketball Association of America (la antecesora de la NBA), envió una carta al jefe de árbitros Pat Kennedy solicitando un puesto. Fue aceptado, y un año después una huelga lo hizo abandonar la fábrica y convertirse en uno de los “dirty half a dozen”: los seis primeros árbitros a tiempo completo de la nueva liga. Debido a que residía en Baltimore, más al oeste, Charley Eckman era asignado a los partidos que se celebraban más lejos, lo cual le granjeó un nuevo apodo en la comunidad de árbitros: “Choo Choo”, ya que vivía saltando de un tren a otro.

La bulliciosa personalidad de Eckman era perfecta para la naciente NBA, en la que los fallos de organización provocaban situaciones en realidad dramáticas, pero que con los años se convertían en anécdotas hilarantes. Por ejemplo, en una ocasión el árbitro que acompañaba a Charley Eckman sacó el pañuelo para secarse el sudor, sin recordar que dentro guardaba el suelto para que no se lo robaran del vestuario. La mala suerte fue que antes del partido se había realizado una colecta en favor de unos niños con minusvalías, y cuando el público vio rodar las monedas por el suelo pensó que los árbitros habían metido la mano en el cepillo. Los espectadores terminaron invadiendo la pista, y la policía no fue capaz de evacuarlos del pabellón hasta la madrugada. Una de las anécdotas más memorables se produjo el 10 de marzo de 1950, cuando anunció antes del partido que no iban a pitar faltas: “Jugamos seis partidos en una semana en Sheboygan. Una noche jugaban contra Denver, y la ciudad estaba bloqueada por el hielo y la nieve, tuvimos que ir andando al pabellón. Les dije: ‘Hey, sin faltas. Intentemos terminar con esto cuanto antes.’ Hicimos el partido como pudimos, atacar, tirar y bajar a defender, y el marcador final fue 144 a 121.” [Según basketball-reference, 141-104.] De todas formas, hay que ser conscientes de que las anécdotas de Charley Eckman tenían la tendencia de ir creciendo con los años, como cuando contaba que George Mikan le pidió que le expulsara de un partido: los Lakers venían de una larga gira fuera de casa, y Mikan estaba tan cansado que le pidió que lo eliminara por personales temprano para irse al hotel. Según Eckman, el público local aplaudió a rabiar viendo lo que creían que era una agria discusión entre el pívot visitante y el árbitro, cuando en realidad el jugador estaba preguntando por una iglesia católica para ir al día siguiente, que era domingo.

A pesar de que algunos se quedaban solamente en su capacidad de convicción y su inagotable caudal de chascarrillos, Charley Eckman era un buen árbitro con la suficiente reputación como para ser elegido para el primer All Star celebrado en la historia de la NBA. Sin embargo, el auténtico salto a la fama se produjo el 13 de Abril de 1954, cuando Charley Eckman volvió de ver a los Orioles y su mujer le dijo que había recibido una llamada desde Miami. Se trataba de Fred Zollner.

Fred Zollner era el multimillonario propietario de los Fort Wayne Zollner Pistons, un equipo de baloncesto con un pasado glorioso que incluía campeonatos en la difunta NBL y en el World Professional Basketball Tournament de Chicago. Los Pistons habían sido uno de los primeros clubes en dar el salto de la NBL a la BAA, pero ya formando parte de la NBA no habían conseguido reeditar sus antiguos éxitos. Su primer entrenador había sido Murray Mendenhall, una leyenda del baloncesto de Indiana que basaba su juego en el contraataque; pero cuando no consiguió llegar a la final de la NBA, Fred Zollner decidió que era demasiado blando y que el equipo necesitaba más disciplina. Su sucesor fue Paul Birch, antiguo jugador del equipo y buen entrenador en un sentido táctico, pero cuyos modales de sargento de marines y su costumbre de gritar constantemente a los jugadores no sirvió para mejorar los resultados. Zollner presumía de su capacidad para buscar soluciones sin dejarse limitar por los convencionalismos, y se le ocurrió que al fin y al cabo, nadie conocía el juego mejor que un árbitro. Ya una vez años atrás había pensado en Pat Kennedy, y recordaba perfectamente una conversación después de un partido en la que Charley Eckman había declarado su interés en llegar a ocupar un banquillo.

Fred Zollner le envió un billete de avión para Miami, donde una limousina lo recogió en el aeropuerto y lo llevó a un hotel en la que tenía reservada una suite con todos los gastos pagados, y un Cadillac con chófer para que lo llevara donde quisiera. “Fort Wayne había hecho una temporada mediocre y fracasaron en playoffs. Yo sabía que algunos jugadores no soportaban a Paul Birch”, recordaría Eckman. “Fred Zollner había despedido a Paul Birch y ahora me estaba tratando a cuerpo de rey en Miami Beach, así que no era difícil imaginar cuál era su plan”. Charley Eckman decidió disfrutar del momento, y después de una pantagruélica comida se fue con su Cadillac a dejarse ver por las calles más distinguidas de Miami. Según Eckman, después fue a un puesto y se compró un perrito caliente para no olvidar quién era y de dónde venía, en otra de esas anécdotas suyas con un sospechoso aroma a lo que los guiris llaman “carriage wit”. Al día siguiente, la entrevista con Fred Zollner fue breve y directa. “Voy a ir al grano: tengo buena opinión de ti y creo que podrías ser un buen entrenador. ¿Crees que podrías hacerlo?” Nadie dijo nunca que el defecto de Charley Eckman fuera la falta de fe en sí mismo: “Creo que puedo ganar el campeonato con estos jugadores. Pienso que no se los ha usado correctamente.” Zollner le ofreció un contrato astronómico para la época, dos temporadas a razón de $10000 cada una más $1500 si entraban en playoffs, y Eckman aceptó inmediatamente. Un detalle curioso era que el contrato no abarcaba solamente los meses de competición, como era costumbre, sino que cubría los doce meses del año con un salario mensual de $750. Zollner quería un entrenador que se hiciera cargo del equipo a tiempo completo.

La noticia de su contratación cayó como una bomba en la NBA. El puesto de entrenador de la franquicia más rica de la liga era ambicionado por muchos entrenadores y exjugadores de renombre, como el mismísimo George Mikan, y el anuncio de que había ido a parar a un árbitro provocó toda clase de comentarios. Quizás la respuesta más curiosa fue la de Maurice Podoloff, que le envió una carta de felicitación que terminaba diciendo: “espero con ansia la oportunidad de recuperar en forma de multas parte del salario que te hemos pagado durante estos años”. El resto de árbitros de la NBA tenían muchas dudas de que Charley Eckman fuera capaz de cambiar de actividad, e imaginaban que se limitaría a sacarse el silbato de la boca y sustituirlo por un puro mordisqueado. Mientras, el colectivo de entrenadores lo consideró poco menos que un insulto, al sentir que Zollner daba a entender que cualquiera podía realizar su trabajo. Las dudas eran tan generalizadas que la primera tarea del nuevo entrenador fue visitar a cada uno de los miembros de la plantilla para intentar ganarse su confianza. La segunda tarea fue llamar a su amigo Ben Carnevale, entrenador del equipo de baloncesto de la Armada, y pedirle unos cuantos ejercicios para los entrenamientos.

La tercera fue dejar con la boca abierta a toda la liga: los Pistons se convirtieron en la gran revelación de la temporada, y terminaron empatando a los Syracuse Nationals con el mejor récord de la liga. Para desesperación de los entrenadores, Charley Eckman pasó de ser un mal chiste a dirigir el equipo del Oeste en el All Star de 1955, convirtiéndose así en la única persona que ha sido entrenador y árbitro del partido de las estrellas. Ése sí que es un récord que será difícil de superar. Eckman se convirtió en el técnico de moda, aunque para muchos era tan sólo un tipo con suerte. “Tuvimos éxito esa temporada exclusivamente por el talento de la plantilla, pero Eckman se creó una fama como gran entrenador,” diría posteriormente George Yardley. “Es difícil imaginar cuanto mayor habría sido el éxito con un entrenador de verdad. Era un chiste.” Mel Hutchins, la otra estrella del equipo, coincidía: “En la pista, Eckman nunca nos daba ninguna instrucción sobre lo que debíamos hacer. ‘Salid y haced algo, y si necesitáis una canasta pasádsela a Yardley o Hutchins’.” El propio Charley Eckman les daba la razón: “Todos mis jugadores habían sido all-americans, ¿qué les iba a enseñar yo? Mi trabajo era darles el balón y animar como un loco desde la banda.” Cuando un periodista lo felicitó por su presencia en el all-star, contestó: “Felicita a mis jugadores. Yo no he metido ni una canasta en toda la temporada.”

En realidad, había algo más que suerte y chalaneo en el éxito de Charlie Eckman. Su juego en ataque se basaba en una única jugada: el base Andy Phillip pasaba el balón al alero George Yardley y bloqueaba al defensor de éste; si Yardley quedaba libre tiraba a canasta, y si no se la pasaba a Hutchins; como alternativa, balón interior a Larry Foust, que en universidad había jugado de “cuatro” pero al que los Pistons reconvertieron a pívot para aprovechar su inmenso trasero. Sin embargo, eso ocultaba las auténticas claves del juego que Eckman aplicó en los Pistons. Fundamentalmente, su baloncesto se basaba en la defensa, liderada por un Mel Hutchins que era el mejor marcador de su época. Todos los jugadores de la plantilla debían colaborar en la defensa, incluyendo a los anotadores como Max Zaslofski. Antes de Bill Russell y los Celtics, Charley Eckman fue uno de los primeros entrenadores en creer que la clave para ganar partidos residía en la defensa.

Pero su gran virtud era su capacidad para comprender las virtudes y defectos de los jugadores. El mejor ejemplo era George Yardley, un alero blanco apodado “Bird” (no es broma) que poseía uno de los primeros tiros en suspensión de la NBA. Paul Birch había enterrado a Yardley en el banquillo, pero Charley Eckman estaba convencido de que era el jugador con más talento de toda la plantilla. Apenas hacerse cargo del equipo, su primera decisión fue convertirlo en titular y estilete ofensivo, y George Yardley respondió convirtiéndose en el primer jugador de la NBA que anotó 2000 puntos en una temporada. Eckman poseía un muy buen ojo para el baloncesto, y para él la clave residía en los emparejamientos: “Sabía sustituir, y sabía que el secreto para ganar en la NBA eran los emparejamientos de jugadores Sabía que tal jugador no podía defender a tal otro, o que si metíamos a tal jugador al pívot podríamos anotar”. Así sucedió con Dick Rosenthal, el pívot de Notre Dame que fue su primera elección de draft. “Zollner me dijo que teníamos que elegir a Rosenthal, que medía 1.95 y era pívot. ¿Cómo iba a jugar de pívot en la NBA con esa estatura? Zollner me dijo que quería a Rosenthal porque así los católicos vendrían a los partidos [Notre Dame era una conocida universidad católica] y los comerciantes judíos apoyarían al equipo porque pensarían que llamándose Rosenthal tenía que ser judío. Zollner me dijo que tenía que ficharlo para vender entradas.” Otro entrenador se habría limitado a enterrar a Dick Ronsenthal en el banquillo, pero Charley Eckman decidió encontrarle una utilidad. Convirtió a Ronsenthal en escolta, aunque no sabía jugar en el perímetro, y usarlo para postear a los escoltas rivales. En playoff contra los Lakers, Rosenthal se dedicó a meter a Whitey Skogg al poste donde éste no podía frenarlo, y los Pistons se clasificaron para la final de la NBA por un contundente 3-1.

En palabras de Terry Pluto, la final de la NBA de 1955 entre los Fort Wayne Pistons y los Syracuse Nationals fue el momento de gloria para todas esas pequeñas ciudades que habían formado la columna vertebral de las ligas profesionales antes de que llegaran Boston, New York, Philadelphia y toda esa panda de nuevos ricos. Y como no podía ser de otra forma, la serie se decidió en los últimos segundos del último partido gracias al factor cancha. Pocos rivales habían sido capaces de ganar en la cancha de Syracuse, donde se reunían los aficionados más ruidosos y amenazantes de toda la liga. Con Dolph Schayes en plan estrella, los Nats se pusieron por delante 2-0, y la serie se trasladó a Fort Wayne. O más bien no lo hizo, porque una de las anécdotas más recordadas es que los Pistons no pudieron jugar en su estadio: nadie esperaba que llegaran a la final, así que para esas fechas lo habían alquilado para un torneo profesional de bolos. Posteriormente se discutió si el cambio de pabellón influyó en el resultado, pero lo cierto es que los Pistons ganaron los tres partidos en Fort Wayne. Fue una eliminatoria jugada de poder a poder, en la que las diferencias en el marcador fueron mínimas. Los Pistons ganaron el quinto partido con unos tiros libres de Frankie Brian prácticamente sobre la bocina, mientras que el sexto se decidió por un palmeo en el último minuto. Todo se iba a decidir en el séptimo encuentro en Syracuse, donde Charley Eckman estuvo a punto de dar la gran sorpresa al adelantarse en la primera parte con una ventaja que llegó a los 17 puntos.

Si eso hubiera sucedido un año antes, los Pistons habrían ganado el campeonato. Pero esa temporada la NBA había incorporado el uso del reloj de posesión, a sugerencia precisamente de Danny Biasone, el dueño de los Syracuse Nationals. Posteriormente se bromearía sugiriendo que Biasone propuso esa medida para ganar el campeonato, ya que sin reloj de posesión les habría resultado imposible remontar esa diferencia. De hecho, una de las críticas a Charley Eckman fue que los Nats ganaron varios partidos a base de remontadas en el último cuarto sin que el entrenador de los Pistons fuera capaz de impedirlo. A falta de 59 segundos un tiro libre de George Yardley puso el empate a 91 en el marcador, y en la siguiente jugada los Nats hicieron un dos contra dos con George King y Earl Lloyd que culminó en un lanzamiento fallido. Andy Phillip capturó el rebote cuando quedaban 36 segundos, y los Pistons buscaron agotar la posesión para rematar con un lanzamiento de Yardley. Sin embargo, a dieciocho segundos de la conclusión se produjo el desastre: ¡pasos de Yardley! Después de un tiempo muerto, Frankie Brian interrumpió el ataque de los Nats cometiendo falta sobre King, sancionada con un único tiro libre. George King puso el 92-91 en el marcador, pero a continuación sacarían los Pistons con 12 segundos para buscar la canasta decisiva. “Phillip recibe el balón... diez segundos... nueve... Phillip va hacia la esquina. ¡Le han robado el balón! ¡King le ha robado el balón! Cuatro... tres... dos... uno. Se acabó. Ganó Syracuse.” El robo de balón de George King había decidido el campeonato de 1955 en uno de los finales más emocionantes de la historia de la NBA.

A pesar de la derrota, los Pistons fueron recibidos como héroes en Fort Wayne. Fred Zollner le subió el sueldo a Charley Eckman, y a la temporada siguiente los Fort Wayne Pistons volvieron a proclamarse campeones de la División Oeste. En playoffs los Pistons se enfrentaron a los St Louis Hawks de Bob Pettit, y a punto estuvieron de ser eliminados después de que los Hawks robaran el factor cancha en Fort Wayne por 85-86: “Perdimos el primer partido porque Frankie Brian no vio a Mel Hutchins solo debajo del aro... o lo vio y aún así quiso penetrar. Falló la bandeja, y el público se volvió loco.” Una segunda derrota en St Louis puso a los Pistons al borde del abismo, con un 0-2 en una serie al mejor de cinco. Charley Eckman reaccionó, y decidió poner a Hutchins marcando a Pettit a pesar de la diferencia de estatura. Pettit no pudo seguir anotando como en los primeros partidos, y los Pistons encadenaron tres victorias consecutivas para volver a la final de la NBA. Sin embargo, esta vez no pudieron repetir la hombrada del año anterior: los Philadelphia Warriors de Neil Johnston y Paul Arizin eran demasiado fuertes, y se llevaron el campeonato de 1956 por un contundente 4-1.

Fue el colofón de la NBA antigua. Al año siguiente llegó Bill Russell, y los Boston Celtics empezaron a sumar anillos. Mientras, los Fort Wayne Pistons empataron en el primer puesto de la división con Lakers y Hawks, pero su época estaba llegando al final. La NBA no dejaba de presionar a las franquicias para que se trasladaran a ciudades más importantes, y Zollner empezó a considerar la posibilidad de Detroit, donde residían sus clientes. Charley Eckman era un empleado del club, y tuvo que dedicarse a intentar convencer al público de las ventajas del traslado. En 1957 los Pistons abandonaron definitivamente Fort Wayne para ocupar su residencia actual en Detroit, y la NBA perdió un trocito de su historia.

Las cosas no fueron iguales en Detroit. Fred Zollner empezó a hacer traspasos poco afortunados, como el de Larry Foust a Minneapolis o Mel Hutchins a los Knicks. Nunca había terminado de fiarse de Hutchins, que había sido compañero de habitación de Jack Molinas cuando estalló el escándalo de las apuestas, y Eckman no pudo hacerle cambiar de opinión. Finalmente, a mediados de la temporada 57-58 Fred Zollner llamó a Charley Eckman y le anunció que quería hacer “cambios en su departamento”. “Un momento,” contestó Eckman, “en mi departamento sólo estoy yo.”

“Fue el final de mi carrera como entrenador. Volví a casa, me tomé un año sabático y luego volví a arbitrar en la Atlantic Coast y otras Conferencias durante diez años más. Arbitré playoffs, el NIT, el torneo de la NCAA y me lo pasé muy bien. Mi récord como entrenador no estuvo mal, dos campeonatos de división, empaté en el tercero y me echaron en el cuarto. Y gané un partido del All Star de la NBA como entrenador.” Después de retirarse como árbitro, Charley Eckman se convirtió en comentarista de radio y televisión antes de dedicarse a las carreras de caballos hasta su muerte en julio de 1995. También daba conferencias, en las que explicaba el secreto de su táctica: “Intento encontrar los cinco jugadores más altos, más rápidos y con mejor tiro del equipo. Los tres hombres altos se ponen cerca de la canasta, los dos pequeños suben el balón y se lo pasan a uno de los altos, quien tira a canasta. Entonces yo me levanto del banquillo y grito ‘¡Defensa! ¡Defensa! ¡Bajad corriendo a defender!’”

“Probablemente deberíamos haber ganado ese título en 1955,” dijo años después George Yardley en Tall Tales. “Si Charley hubiera tenido un poco más de capacidad en el aspecto táctico, podría haber marcado la diferencia. Pero lo que más recuerdo es lo bien que nos lo pasamos.” Charley Eckman era más breve: “Better than the movies!”

Comentarios

Bueno, como digo las anécdotas de Charley Eckman hay que cogerlas con pinzas. La de George Mikan, que es mucho más larga en original, se le nota mucho que había ido creciendo cada vez que la contaba.

Eckman no exageraba con las ganas de acabar rápido el partido de Sheboygan en el '50. La nevada de la noche del partido dejó registrados 25 accidentes en la autopista 12 de Milwauke (incluyendo un coche con 5 jugadores de los propios Redskins) y 2 víctimas mortales.

Eso sí, no consiguieron lo de no pitar ninguna falta. Al menos rebajaron la media de un partido estándar de la época hasta las 41 que señalaron.

Saludos!

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