Not in Boston Anymore: Bill Russell, Entrenador

 

“La mayoría de los jugadores del equipo pueden correr, así que correremos. Los que no corran podrán ir andando... hasta la oficina del paro.” (Bill Russell, enero de 1975)

Existe una regla no escrita en la NBA según la cual es casi imposible que un gran jugador se convierta en gran entrenador. George Mikan, Bob Cousy, “Magic” Johnson y otros corroboran esa realidad, hasta tocar fondo con Wilt Chamberlain en la ABA. Incluso Larry Bird parece haber dejado atrás esa etapa después de un par de buenas temporadas en Indiana. Quizás haya pocos ejemplos tan ilustrativos como Bill Russell, cuyos éxitos como entrenador-jugador en los Celtics no tuvieron continuidad cuando salió de debajo del paraguas protector de su franquicia de toda la vida.

En 1973 los SuperSonics necesitaban un golpe de timón después de la desastrosa temporada que había seguido a la marcha de Lenny Wilkens como entrenador-jugador. Los interminables pleitos provocados por la llegada de Spencer Haywood y Jim McDaniels de la ABA sumados a la actitud poco profesional de John Brisker o Fred Brown desbordaron al técnico Tom Nissalke. El propietario Sam Schulman decidió apostar por un entrenador que trajera disciplina y que devolviera la ilusión a los aficionados, y nada mejor que una auténtica leyenda de la NBA como Bill Russell.

Para disponer de la autoridad necesaria para meter en cintura a jugadores como McDaniels, el primer baloncestista en firmar un contrato por un millón de dólares (a cobrar en varias décadas, que hablamos de la ABA), Bill Russell dictó unas condiciones tan duras que posteriormente afirmó que habían sido un intento de ahuyentar a Schulman: un contrato por cinco temporadas a razón de $250000 al año, ocupar el puesto de “general manager” además del de entrenador, y disponer de total autonomía en la esfera deportiva. Schulman le sorprendió al aceptarlo todo, y Russell se convirtió en el segundo afroamericano en ocupar el puesto de general manager en la NBA. La ciudad de Seattle lo recibió como un auténtico héroe, y la prensa le otorgó el sobrenombre de “El Dictador”. Provisto de autoridad absoluta dentro del club y con apoyo total del público, Bill Russell empezó a hacer cambios inmediatamente. Su primera decisión fue que Haywood y McDaniels intercambiaran sus posiciones, de forma que el primero fuese el “cinco” y el segundo jugara de alapívot. También aplicó un estilo de juego rápido basado en defensa interior y la circulación de balón, y no le tembló el pulso a la hora de sentar a un gran anotador como “Downtown” Freddie Brown por empeñarse en tirar en vez de pasarla.

Bill Russell no ocultaba que su referente eran los Celtics y “Red” Auerbach, de los que copiaba no sólo la estrategia de juego sino incluso detalles como la distribución de las habitaciones en los desplazamientos. Hacía referencias constantes a sus antiguos compañeros, e intentaba trazar paralelismos con los jugadores que tenía en los Sonics (algo que no siempre era del gusto de éstos). Quizás el cambio más visible se produjo en la imagen de la franquicia, anteriormente basada en el hosco John Brisker y el polémico Spencer Haywood que fueron sustituidos por el risueño Don “Slick” Watts.

Slick Watts era un base hiperactivo que procedía de una pequeña universidad de la NAIA y que no había logrado entrar en el draft de la NBA a pesar de que en esta época se iba a más de diez rondas. Sin embargo, la suerte le había sonreído: su entrenador universitario había sido Bob Hopkins, primo de Bill Russell. Hopkins terminaría siendo contratado por Russell como entrenador asistente de los Sonics, y recomendó encarecidamente el fichaje de su antiguo jugador. En principio lo único que iba a recibir Slick Watts era una invitación a la liga de verano, pero a base de trabajo y entrega se fue abriendo hueco desde el fondo del banquillo hasta convertirse en base titular de los SuperSonics y conseguir ser el primer jugador de la NBA en liderar las clasificaciones de asistencias y robos en una misma temporada. Además de su buen rendimiento deportivo, Slick Watts conectó especialmente con los fans, que agradecían su entrega y su buena disposición. Conociendo la poca inclinación de Bill Russell al contacto directo con los aficionados, la presencia de Watts fue una bendición para una franquicia joven que aún no había calado en la ciudad. Slick Watts acudía gustoso a cualquier evento promocional, desde discursos a firma de autógrafos, y mostraba una especial simpatía para con los niños, algo que siempre gusta.

Los Seattle SuperSonics empezaron mal la temporada, pero después de algunos retoques levantaron el vuelo. Russell pasó a Haywood al puesto de “cuatro”, eliminó a Brisker y McDaniels de la rotación e incluyó a Watts, y los Sonics se vinieron arriba. Pasaron de las 26 victorias de la temporada anterior a 36 con Russell, y en su segundo año consiguieron entrar en playoffs por primera vez en la historia de la franquicia. Incluso consiguieron pasar de ronda al eliminar a los Detroit Pistons, y plantar cara a unos Warriors que terminarían proclamándose campeones esa temporada. La ciudad y el equipo se las prometían muy felices, pero pronto descubrirían que ése había sido el punto de inflexión de la “etapa Russell”: al año siguiente no fueron capaces de mejorar ese resultado. y en la temporada 1976-77 volvieron a caer por debajo del 50% de victorias y a quedarse fuera de playoffs. El milagro había terminado antes de empezar.

Como ya sabréis, cuando aparecen problemas en un vestuario de la NBA hay cuatro posibles causas: dinero, drogas, sexo y John Brisker. Para quienes no lo conozcan, Brisker era un personaje más propio de una película de Tarantino (de una de las primeras, ojo) que de una liga profesional de baloncesto. Es imposible hacer una lista completa de los incidentes relacionados con violencia, drogas y armas de fuego en los que se vio involucrado, en parte porque no se puede descartar ningún rumor sobre él por descabellado que parezca. Baste decir que la hipótesis más aceptada sobre su final sugiere que fue asesinado en Uganda cuando combatía como mercenario en 1979.

Bill Russell supo todo lo que quería saber de Brisker antes de comenzar su primera temporada en los Sonics. En un entrenamiento se produjo una pelea entre dos jugadores, algo en principio sin demasiada trascendencia pero que terminó con un puñetazo de Brisker que fracturó varios huesos de la cara a su rival. A diferencia de Nissalke, Russell no se dejó intimidar por Brisker cuando éste amenazó con ir a buscar su pistola, y se limitó a contestarle que cualquiera podía comprar una. Una de las características más desconcertantes de John Brisker es que mostraba auténtico talento para el baloncesto, pero eso no hizo cambiar de opinión a Bill Russell. Lo enterró en el fondo del banquillo, y no volvió a darle minutos con continuidad ni siquiera después de hacer el mejor partido de su carrera el 9 de enero de 1974. Brisker le endosó 47 puntos a los Kansas City Kings, y la respuesta de Russell fue enviarlo al destierro de la Eastern League (más conocida posteriormente como CBA) “para que aprendiera defensa”. Porque como todos sabemos la CBA era famosa por su defensa. En fin, que se dice que John Brisker promedió más de 50 puntos por partido durante su breve paso por la Eastern League, pero que cuando volvió a los Sonics siguió sin entrar en los planes de Bill Russell. “Stay out of my face” fue toda la respuesta que recibió el jugador. No jugó ni un minuto en playoffs, y al terminar la segunda temporada los Sonics cancelaron el contrato de Brisker alegando que había violado una cláusula y se había operado de unas esquirlas de hueso en el tobillo sin notificarlo al club. John Brisker desapareció definitivamente de la NBA.

Su presencia, sin embargo, siguió ensombreciendo el vestuario de los Sonics durante mucho tiempo. Los jugadores encabezados por su capitán Spencer Haywood mostraron su desacuerdo con la forma en la que Bill Russell había gestionado sus problemas con John Brisker. A pesar de su actitud hostil, Brisker era un jugador de calidad capaz de ayudarles a ganar partidos, y lo había demostrado en las pocas ocasiones en las que había gozado de minutos. Además, había intentado superar su enfrentamiento con el entrenador, mostrando una buena disposición que no había tenido respuesta por ejemplo después de volver de la Eastern League. Para colmo, la experiencia con Jim McDaniels hacía sospechar que no se trataba de un caso aislado. El plan original de Bill Russell había sido convertir a Haywood en el nuevo Dave Cowens, y a McDaniels en el nuevo Russell. Ese plan había fracasado estrepitosamente ya que los jugadores de los Sonics tenían características muy distintas a las de los Celtics, pero Russell había seguido trabajando con ellos. La diferencia era que Spencer Haywood había mostrado un progreso sustancial, mejorando en defensa y añadiendo un ganchito a su ataque, mientras que McDaniels se había estancado. A pesar de que los Sonics deberían seguir pagándole durante varios años más, Jim McDaniels fue cortado a los pocos meses.

Algo parecido sucedía con los trucos psicológicos que Russell había copiado de Red Auerbach, tales como dejar a un jugador en el banquillo durante varios partidos y luego ponerlo de titular por sorpresa. Al principio los jugadores reaccionaban positivamente, y el nuevo titular saltaba a la pista dispuesto a comerse el mundo. Sin embargo, con el paso de los meses esas tácticas perdían efectividad, y los jugadores empezaban a pensar que el entrenador estaba jugando con sus carreras.

Tampoco ayudaba la sensación de que a Bill Russell no le gustaba ningún jugador. Deshacerse de un problema como Brisker o de un pufo como McDaniels podía entenderse, pero es que tampoco le convencía la única estrella de verdad que habían tenido los Sonics en su historia. Después de una mala actuación en los playoffs de 1975, Spencer Haywood pasó de capitán del equipo y estrella de la franquicia a peso muerto del que había que deshacerse cuanto antes. Bill Russell intentó traspasarlo y luego se echó atrás, pero Haywood se enteró y no quedó más remedio. Sam Schulman aceptó gustoso el millón y medio de dólares que ofrecían los Knicks, pero los jugadores se temían que no fuera el último ya que a Bill Russell tampoco le gustaba “Downtown” Freddie Brown, la otra estrella del equipo. Brown era un gran anotador pero un mediocre defensor, y su corpachón con forma de pera traicionaba su escaso compromiso con la buena forma física. Cuando Russell salió de la franquicia, la primera decisión del nuevo responsable fue cancelar el traspaso de Fred Brown a los Lakers a cambio de un jugador marginal como Earl Tatum, y la segunda cancelar el traspaso de Tom Burleson a cambio de George Johnson. Bill Russell también había perdido la paciencia con Burleson, un pívot blanco tirando a blandorro, pero no dejaba de ser un corpachón inmenso en comparación con el diminuto Johnson.

El equipo estaba en franca descomposición en la cuarta temporada. Bill Russell se había peleado hasta con Wayne Cody, el periodista deportivo más famoso de Seattle, y los agentes de los jugadores se negaban a tratar con él y se dirigían directamente al propietario, Sam Schulman, solicitando ser traspasados. Russell parecía haber perdido el interés en el equipo, y se decía que pasaba más tiempo en el campo de golf que en el pabellón. El entrenador asistente, su primo Bob Hopkins, se fue haciendo cargo del equipo, y se rumoreaba que por eso jugaban tanto Slick Watts y Bruce Seals, antiguos discípulos suyos en universidad. En los tiempos muertos se podía ver a Hopkins dando instrucciones mientras Russell apenas prestaba atención, y eso era inaceptable para el entrenador mejor pagado de la NBA. El 4 de mayo de 1977 Bill Russell fue cesado.

La prensa intentó proteger la reputación de Bill Russell presentándolo como una víctima de los jugadores y resaltando su aportación a la plantilla que llegaría a la final de la NBA los dos años siguientes, pero quienes seguían de cerca la liga sabían que la realidad era otra. La plantilla con la que Lenny Wilkens conquistó el campeonato apenas mantenía a unos pocos jugadores de su predecesor, y era un secreto a voces que el vestuario se le había ido de las manos a Russell por sus propios errores. Quizás por eso no volvió a los banquillos hasta diez años después, cuando los Sacramento Kings lo contrataron en abril de 1987.

La situación en Sacramento se parecía un tanto a la de Seattle: los Kings aún disfrutaban del típico período de enamoramiento cuando una franquicia llega a una ciudad nueva, y estaban a punto de inaugurar el flamante Arco Arena. Sin embargo, deportivamente la franquicia carecía de proyecto y organización, y se suponía que Russell llegaba para resolver esas carencias de dirección. Al igual que en Seattle, esa situación de vulnerabilidad permitió a Bill Russell firmar un contrato ventajoso por siete temporadas, con la idea de permanecer como entrenador un par de años para cogerle el ritmo al club y luego ocupar el puesto de presidente. Russell llegó con una actitud muy distinta de la que había mostrado en Seattle, y supo ganarse el aprecio de los jugadores y evitar los conflictos que habían jalonado su etapa en los Sonics. Sin embargo, los resultados fueron aún peores y no llegó a cumplir tres años en Sacramento.

El problema era el propietario, Gregg Luckenbill, y su dinero. Concretamente, la falta del mismo. La situación financiera de los Kings era bastante apurada, y la necesidad de hacer economías dificultó sobremanera el trabajo de Bill Russell. Por ejemplo, la franquicia sólo disponía de un único ojeador, y cuando Willis Reed aceptó la oferta de los Nets en febrero de 1988 su puesto no fue cubierto, dejando a Russell con sólo un asistente. Con todo, la consecuencia más grave de la falta de liquidez fue la necesidad permanente de vender a los mejores jugadores del equipo para ahorrarse sus salarios. Antes incluso de la llegada de Russell los Kings habían enviado a Larry Drew y Mike Woodson a los Clippers a cambio de Derek Smith. Smith acababa de operarse la rodilla y nunca recuperó su mejor nivel de juego, pero Drew era el jugador mejor pagado de la plantilla y por eso fue traspasado. Los aficionados no olvidaron a Woodson, uno de sus favoritos, y pagaron sus iras con Derek Smith. Russell llevaba apenas unas semanas en el equipo cuando le tocó el turno a Eddie Johnson, un magnífico anotador. Los Kings se habían visto obligados a igualar la oferta de Cleveland para no dejarlo marchar sin recibir nada a cambio, pero tampoco querían quedárselo con ese sueldo así que lo terminaron traspasando a Phoenix a cambio de Ed Pinckney. Un año después le tocó a Reggie Theus, lo más parecido a una estrella que tenían en Sacramento, y a Otis Thorpe. El caso de Thorpe fue el más sangrante, porque el jugador quería seguir en el equipo y se veía que tenía madera de all-star, pero Luckenbill se negó a renovarlo por el dinero que pedía. Aún peor, el propietario vetó su traspaso a los Knicks como quería Russell, y prefirió enviarlo a Houston a cambio de Rodney McCray y Jim Petersen. En términos estrictamente deportivos, la oferta de New York era mejor, pero la de los Rockets suponía ahorrarse $750.000 en salarios.

De todas formas, tampoco puede decirse que Bill Russell pusiera mucho de su parte. Su relación con los jugadores fue mucho mejor que en Seattle, pero los rumores sobre su escasa dedicación resurgieron casi de inmediato. Russell se sentía muy ofendido y no dudó en calificarlos de “racismo”, pero lo cierto era que el equipo lo llevaba Willis Reed. Cuando Reed se marchó a los Nets los Sacramento Kings descendieron inmediatamente a la anarquía, y apenas una semana después Gregg Luckenbill anunció el cese de Russell en una “patada hacia arriba” que lo enviaba al puesto de vicepresidente de operaciones deportivas. El asistente Jerry Reynolds, un hombre de la casa, volvió a hacerse cargo del equipo, y el gran damnificado fue el presidente Joe Axelson, amigo personal de Bill Russell y el principal responsable de su fichaje. Axelson perdió toda capacidad decisoria y quedó relegado al puesto de gerente, dejando sus anteriores responsabilidades en manos de Russell.

En realidad, a pesar de los defectos de Bill Russell como entrenador, su responsabilidad sobre el lastimoso récord del equipo (17-41 en el momento de su cese) era limitada. Los Kings no tenían plantilla para más, y desde luego no mejoraron con la marcha de Reggie Theus y Otis Thorpe al terminar la temporada. El nuevo puesto de Russell en la franquicia le asignaba la tarea de remediar esa situación, pero las constantes interferencias del propietario lo hacían difícil. Su primera decisión fue elegir en el draft a Kenny Smith, el velocísimo base de North Carolina, y también acertó al conseguir a Wayman Tisdale en un traspaso. No tuvo tanto éxito con el extravagante Jawann Oldham, fichado para reforzar el puesto de “cinco”. Oldham había sido una estrella de instituto en Seattle cuando Russell entrenaba a los Sonics, y se suponía que lo consideraba una especie de mentor. Sin embargo, cuando llegó lo primero que hizo fue pedir una mejora de contrato, y lo siguiente fue lesionarse gravemente en la rodilla. Los Kings lo cortaron al terminar la temporada, y ahí vino a terminar la carrera de Jawann Oldham.

Algunas de las decisiones de Bill Russell no terminaron de cuajar, como los fichajes de Danny Ainge y Rick Berry. Ainge jugó bien, pero en vez de convertirse en el líder veterano que buscaban, se convirtió en una fuente constante de problemas en el vestuario hasta que tuvieron que buscarle una salida. El caso de Berry fue especialmente trágico, ya que se trataba de un joven rookie muy prometedor cuyo suicidio el 14 de agosto de 1989 sacudió la franquicia hasta los cimientos. Fue el punto más bajo del desastroso verano del 89 que supuso el final de la etapa de Bill Russell en los Kings.

Irónicamente, la cadena de errores y accidentes que condenaron a Russell comenzó cuando los Kings consiguieron el número 1 en el draft de 1989. Se supone que algo así es el sueño de cualquier franquicia perdedora, pero el equipo de Sacramento tuvo la mala suerte de lograrlo un año en el que no había ninguna auténtica estrella a la que elegir. Los aficionados exigían que ese número 1 se convirtiera en un jugador decisivo, pero los nombres que se barajaban eran los de Danny Ferry, Sean Elliott o Glen Rice. Finalmente Bill Russell se decidió por Pervis Ellison, un pívot procedente de Louisville que esperaban que solventara las carencias interiores del equipo. En vez de eso, Ellison empezó inmediatamente una cadena de lesiones que terminaría marcando su carrera, y apenas pudo ayudar a los Kings. Se lesionó el pie en el verano, no pudo hacer la pretemporada, intentó jugar algunos partidos en noviembre pero no llegó a tener continuidad antes de febrero. El pívot suplente, Jim Petersen, se acababa de operar la rodilla y tardaría varios meses en volver a jugar. En un partido de pretemporada, el entrenador Jerry Reynolds montó en cólera al ver que nadie marcaba al pívot rival, el holandés Rik Smits. Estaba a punto de estallar cuando alcanzó a ver unos bracitos que asomaban por detrás del altísimo pívot de los Pacers; se trataba de Randy Allen, un alapívot de dos metros reconvertido que intentaba defender al “cinco” rival.

Los Kings necesitaban ayuda urgente, y Bill Russell cometió su último error: envió a Petersen a los Warriors a cambio de Ralph Sampson. En realidad, el traspaso tenía cierta lógica. Petersen tardaría aún tiempo en recuperarse, e incluso entonces no volvería a ofrecer su mejor nivel de juego, mientras que Sampson estaba en disposición de jugar y su actitud era buena. Sin embargo, un detalle debió despertar sospechas: para facilitar la operación, los Warriors aceptaron no someter a Jim Petersen al preceptivo examen médico. Bill Russell y los Kings deberían haberse preguntado por el motivo de tantas prisas. Ralph Sampson lo intentó, sus compañeros le veían en los entrenamientos intentando exprimir sus maltrechas rodillas, pero fue imposible. Vagabundeó por la pista durante un par de docenas de partidos y terminó perdiendo su puesto en la rotación en favor de Greg Kite. Estaba acabado, y con él la carrera de Russell.

La elección de Ellison y el fichaje de Sampson terminaron con la confianza de los aficionados y la paciencia de Gregg Luckenbill, y en diciembre de 1989 Bill Russell fue cesado definitivamente. Esta vez su reputación como jugador no podría volver a protegerle, y quedaría relegado a esos puestos consultivos y de “community relations” en los que languidecen quienes un día fueron grandes.

Comentarios

Sí, pero Bird llegó en unas circunstancias muy concretas, a un equipo de más de cincuenta victorias "quemado" con Larry Brown. Un poco como Avery Johnson en los Mavs. Y Bird ha dejado claro que lo de entrenar fue por una situación determinada que no tiene interés en repetir.

Larry Bird estuvo tres temporadas de entrenador llevando a Indiana 3 veces a la final de conferencia y en la última de ellas fue campeón lo que les permitió jugar la final de la NBA. En su primera temporada sin experiencia previa como entrenador jefe fue nombrado Entrenador del Año (58-24). No está mal para un entrenador novato que sólo entrenó 3 años por decisión propia. Ya hubiesen querido muchos entrenadores de larga experiencia en la NBA lo que consiguió Larry en tan sólo 3 años.

JODEL con el teclado, digo con talento para AS NBA - justito pero podría entrar- pero que ha pasado a la historia por sus excesos psicopático deportivos. Como un brevaje clandestino en plena Ley Seca, se echa de menos estos personales al límite en una época de malosos de Beverly Hills, con joyamen y peinado de diseño y rebeldía ma non troppo.

Lo de CHAMBERLAIN con los CONQUISTADORES si que tiene más miga, y una historia latente, pero no me direis que esa mezcla wilt-conquistador, es un filón mercadotécnico....

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