La cabeza de Prigioni

 

Resulta que el villano, una vez más, se convirtió en héroe. El patito feo en cisne. El odiado traidor en salvador postrero. Pablo Prigioni, adorado primero, repudiado tras su marcha al eterno enemigo hace no tanto, protagonizó este miércoles en el Iradier Arena, feudo baskonista en el exilio, una de esas historias que a uno le dan que pensar. El timonel argentino guió al Caja Laboral a la victoria ante Olympiacos con una soberbia canasta, plena de fe, en el mismo partido en el que parte de la hinchada del conjunto vitoriano le dedicó algunos pitos cuando se concentraba para lanzar unos tiros libres. El hijo pródigo, amnistiado por la mayoría, sigue pagando el peaje de su polémica salida. Una parte de la afición del Caja Laboral, aunque cada vez menor, insiste en mantener a uno de los jugadores de su equipo en la diana. ¿Hasta cuándo? ¿Para siempre?

La situación resulta incomprensible a los ojos de la mayoría. Es evidente que Prigioni se equivocó en las formas y en las declaraciones y que se ganó a pulso la enemistad de los seguidores del Baskonia. En un principio, cuando se vio tentado por la mareante oferta económica del lustroso Madrid que Florentino Pérez le estaba diseñando a Ettore Messina, pronunció unas palabras que le perseguirán de por vida. "El Real Madrid me da ese plus que me faltaba en Vitoria, el de un equipo que tiene potencial para ganar todas las competiciones. El objetivo es ganar cada partido y cada competición sólo por vestir esta camiseta", manifestó el timonel nacido en Río Tecero durante su presentación oficial con el equipo merengue. Nadie más que él puede saber hasta qué punto resulta afilado el recuerdo de esas declaraciones. Sólo unos meses después, cuando cayó eliminado en las semifinales por el título ante sus excompañeros y asistió en la distancia a la conquista del tercer título liguero del cuadro baskonista, sus sueños de gloria se transformaron en una hiriente pesadilla. Fue sólo la prolongación de una etapa que comenzó viciada por su pésima relación con el por entonces técnico del Real Madrid y que a la larga se traduciría en dos temporadas sin catar título alguno. Los argumentos que empleó para justificar su marcha al bando enemigo se convirtieron en ridículas aspiraciones que, a la larga, blandirían los hinchas del combinado gasteiztarra para atacarlo cada vez que visitaba el Buesa Arena.

Prigioni, tipo ambicioso, jamás asumió, ni siquiera ahora lo hace, el papel de perdedor que le tocó interpretar durante la convulsa etapa de Messina y Molin al frente del equipo blanco. Incluso en el Baskonia, club que abandonó porque no le aportaba ese "potencial para ganar las competiciones", se había habituado a ganar, a aspirar a los trofeos. De hecho, desde que aterrizó en la capital alavesa procedente del Lucentum el verano de 2003 sólo había cerrado un curso sin haber añadido una muesca a su cinturón de títulos. Una ACB (2008), tres Copas del Rey (2004, 2006 y 2009) y cuatro Supercopas (2005, 2006, 2007 y 2008)  jalonaban su palmarés a nivel de clubes cuando tomó esa decisión que todavía le atormenta y que agudizó aún más la ambición con la que ya venía de serie. Es por eso que puede entenderse la rabia con la que reaccionó contra la afición del Caja Laboral cuando regresaba a Vitoria ataviado con la elástica del Madrid y la gente se mofaba y le preguntaba por los títulos que había ido a coleccionar en el equipo de la capital.

Unas declaraciones que encendieron la mecha

"La grada del Buesa Arena se ha llenado de mediocridad", se despachó el último día de septiembre del pasado año. Tras la disputa de una Supercopa en la que el Madrid resultó apeado por el Barça a las primeras de cambio y celebrada bajo la cúpula del Buesa Arena, el argentino explotó. Encendió una llama que aún hoy no se ha apagado. Recuerdo pocos, muy pocos artículos en el periódico en el que trabajo que hayan generado tanta controversia en la edición digital como aquellas declaraciones. Si la opción escogida para forzar su salida le había dolido a mucha gente, sus recriminaciones contra una afición que lo había venerado como a muy pocos jugadores anteriormente supusieron el divorcio definitivo. "Queremos la cabeza de Prigioni", entonaban los hinchas del conjunto azulgrana. Había dolor, mucho resentimiento e ira. Dice un refrán, o quizá simplemente el acervo popular, que sólo se puede odiar a quien se ha amado. Y en el caso de Prigioni se cumple a rajatabla. A Prigioni, que en sucesivas visitas llegó incluso a encararse con algunos aficionados, se le llegó a odiar. Pero se le odió porque había sido amado como se ha amado a muy pocos jugadores en Vitoria. Y ahora, como en esas relaciones tormentosas, apasionadas, desgarradoras, hay a quien le cuesta olvidar el dolor de la traición y acoger de nuevo al hijo pródigo.

Prigioni era consciente de lo que le aguardaba en la capital vasca cuando, casi de rondón y en la sombra, acordó con Josean Querejeta los términos de su retorno. Pero lo asumió porque lo necesitaba después de haber pasado dos años muy duros en un vestuario que fue polvorín y ante una afición que sólo ahora, a toro pasado, valora la importancia de contar en sus filas con un base puro, de los de antes, de los de siempre, con uno de los últimos que quedan. Su espíritu pudo más que su orgullo. Volvió a Vitoria por lo mismo que creyó que iba en su día a Madrid, en busca quién sabe de si un último reducto en el que desplegar la ambición y la fe con las que se ha desenvuelto siempre sobre el parqué. Con 34 años (cumplirá 35 en marzo), el argentino ha puesto todas sus fichas en la misma casilla. Más allá de que haya quien todavía lo mantenga en la lista de enemigos públicos del baskonismo militante (con ilustres alevosos como Juan Carlos Navarro o Felipe Reyes), se ha entregado a la causa de la única manera que sabe hacerlo, a pecho descubierto.

Ganar el perdón sobre el parqué

Cuando su fichaje por una temporada cobró rango de oficialidad, algo que ya digo que la directiva trató de solapar (minimizar) con la contratación casi al mismo tiempo de Reggie Williams, comenzó una ronda de entrevistas con los medios, sobre todo los locales, en la que no disimuló lo que esperaba encontrarse. Pocos como él conocen a la hinchada azulgrana. Muy pocos. Y así lo dejó caer con sus declaraciones. El héroe que fue villano y ahora pelea de nuevo por ocupar su espacio en el corazón de la afición baskonista ni siquiera aguardaba un indulto gratuito. "No espero que la gente me perdone por el mero hecho de ponerme esta camsieta. Me volveré a ganar su respeto en la cancha", matizó entonces. La primera ocasión para poner en práctica ese plan resultó pintiparada, casi catártica. El Real Madrid fue invitado como rival para la disputa del Trofeo Diputación. Era el estreno del Iradier Arena y su reencuentro con su antigua hinchada. Saltó al coso entre pitos y abucheos. También hubo aplausos, pero de inicio se encontró más reticencias que manos tendidas. Y así, poco a poco, con el paso de las semanas, casi ha logrado que las aguas vuelvan a su cauce. Sólo queda un pequeño porcentaje, como en un cómic de Astérix, de irreductibles que, al menos hasta este duelo ante el Olympiakos, le seguían pasando factura.

La realidad es que Prigioni ha decidido ganarse el perdón de la única manera que sabe. Siempre le ha perdido la boca. No es nuevo. Le pasaba en su anterior etapa en el Baskonia, que hasta su marcha fue TAU, le ha pasado en el Madrid y le seguirá pasando. Pero jamás engaña cuando se trata de derrochar entrega y aportar carácter a un vestuario. Prigioni le debe mucho al Baskonia, argumentan algunos de los que han tardado en asumir su regreso. No les falta razón. Pero el Baskonia también le debe bastante a Prigioni. El argentino se hizo grande mientras ayudaba a hacer grande a un club que durante sus seis años a bordo abandonó la burguesía para instalarse entre los aristócratas del baloncesto continental. Y ahí sigue. Habituado a entrar entre los ocho mejores equipos de la Euroliga cada año, la canasta que ayer consiguió Prigioni valió por un triunfo que supone poco menos que garantizarse el acceso al Top 16. En quizá el primer partido ante un rival de verdadera entidad, aunque el Olympiacos no es ni mucho menos lo que fue, Ivanovic tuvo que recurrir a un jugador que rara vez le ha fallado para controlar un partido que se le esfumaba entre los dedos con el todavía púber Thomas Heurtel a los mandos.

Lo curioso del caso, de esta historia de traiciones, resentimientos y perdones, es que Prigioni amarró el triunfo con el primer y único lanzamiento que logró anotar en todo el partido. Antes de la jugada decisiva, un coast to coast sin retrovisor, el timonel argentino había errado los cinco triples que había ensayado y uno de los dos lanzamientos desde la línea de personal de los que dispuso mientras parte de la gente aglutinada en los tendidos del multiusos vitoriano le recordaba con silbidos su pasado reciente. "Estoy entrenando el tiro como un cabrón. Había fallado todos los anteriores y, mira, el destino quiso que tuviera uno último", explicó después. El destino le deparó ese último tiro, como le ha regalado una oportunidad para redimirse ante una grada que lo adoró y odió en diferentes épocas con la misma pasión. La mayor parte del público le ha concedido ya el perdón. ¿Se lo regalarán también esos que aún silban, los que pedían su cabeza no hace tanto?

Comentarios

Queremos la cabeza de Prigioni... el físico de Dorsey, el tiro de Oleson, los **** de Ribas, la sangre fría de Teleto...

Grande Peje, aunque sólo sea porque te refieres a Vitoria como la capital vasca xD Manque duela!

En el mundo del deporte se pasa del amor al odio (y viceversa) en un instante. Ni aficionados ni deportistas jamás deberían decir aquello de "de este agua no beberé" porque esto da muchas vueltas. Y los jugadores deberían de evitar declaraciones grandilocuentes porque, como se ha comprobado en el caso Prigioni, no se debe cerrar ninguna puerta.

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