CORRER ES DE COBARDES
El refranero español es rico en dichos populares que conforman parte del acervo cultural de esta bendita parte de la Piel de Toro. Los tenemos a millares, válidos para todas ocasiones y circunstancias. Los tenemos cultos, populares, vulgares… de todo tipo. Pero el que he elegido para esta entrada del blog me viene – como no podía ser menos – como anillo al dedo. Uno de los antitéticos a éste reza lo siguiente: ‘De valientes están las tumbas llenas’.
A veces es difícil distinguir cuándo alguien se comporta de forma cobarde o valiente. Sobre todo cuando se habla de estilos, de gustos, de apreciaciones. Estética. Todo subjetivo, todo sujeto al criterio personal del individuo. Partiendo de esta premisa, entraremos en materia e intentaremos aportar datos que corroboren nuestra postura. Repito, sujeto nuestro pirático análisis. Cualquiera está habilitado para argumentar, discutir y rebatir lo que aquí expongo. Faltaría más.
Una de las modificaciones más llamativas de la reglamentación de nuestro deporte en los últimos 20 años a nivel mundial ha sido la reducción del tiempo de posesión en ataque. Descenso de 30 segundos a 24. No tanto por el mero hecho de copiar a la NBA y armonizar reglamentación en busca de una unidad global de disposiciones sobre el juego, si no por adoptar la filosofía del juego imperante durante la Golden Age de la liga norteamericana. Juego de ATAQUE. Intentar implantar en el basket FIBA aquel maravilloso Showtime de los Lakers magistralmente dirigido por Magic Johnson, la circulación de bola de los Celtics que partía de la genialidad del ‘Pájaro’, o aquella locura ofensiva - liderada por Poetry in Motion Alex English - llamada Denver Nuggets que jugaban a meter un punto más que el rival con una evidente y placentera (para el ojo del aficionado) desaplicación defensiva. Aquellos ejemplos habían calado profundamente en la retina y cerebro del aficionado europeo gracias a la mercadotecnia de Stern y su equipo. Los que crecimos descubriendo la mejor NBA – apreciación subjetiva, recuerden – el mejor baloncesto que jamás ha existido, abríamos los ojos como platos ante el televisor los viernes noche con los abultados marcadores centenarios que se desgranaban jornada tras jornada en la mejor liga del planeta. Claro, es que juegan ocho minutos más. Es normal que anoten más. Y además, es que son muy buenos, normal que anoten MUCHO MÁS.
Hace poco, menos de un par de meses, una conversación telefónica camino de San Pablo para ver a mi Caja – ese que ahora se llama Banca Cívica y con el que a nivel de marca me cuesta identificarme – me reafirmó en mi idea. En mi teoría. Que tampoco es de locos. Una llamada telefónica y un artículo publicado en El País y colgado en una red social por varias personas, entre ellas yo mismo. Distintas personalidades, entrenadores y jugadores de nuestro basket patrio se expresaban en ella en los mismos términos: demasiado control, demasiada calculadora. Una valiosa serie de declaraciones acerca del destino de nuestro basket FIBA. De su racanería actual, de su evolución y de su lamentable estado ofensivo. Una llamada telefónica que me alegró el corazón. De un maestro que fue un icono con el que me inicié de chaval en el basket viéndole entrenar y que mucho ha que está asentado en nuestro país. ‘Todo es culpa de los serbios’ me dijo. Que han contribuido mucho a engrandecer este deporte. Pero es todo culpa suya. Aza Nikolic, y su manía por el control. Por calcularlo todo. Por estudiarlo todo. Han impuesto la minimización del fallo. La automatización, sin iniciativa del jugador. Y para evolucionar, aprender, hay que equivocarse y reflexionar sobre ello. Estoy cansado de escuchar que la NBA de hoy en día es un cachondeo táctico, y que cuando hay un canastón de un chico americano de color, es por su físico, por su potencia, no por su talento. Si eso lo hace un europeo, sería la hostia’. Lo más cachondo del artículo que generó la polémica, es que la mitad de los interpelados son entrenadores de élite que juegan así, al tostoncesto, y que no hacen nada por cambiarlo. Y no será por falta de recursos en sus plantillas.
Entonces, a raíz de aquella conversación telefónica, me vinieron a la cabeza todos aquellos partidos de infancia y juventud, vistos en la casi recién estrenada televisión (poco antes habíamos abandonado eso de ‘la primera y la UHF’, que se veía fatal), de colores desleídos, sonido telefónico e infografía rudimentaria mayormente de la multinacional que ahora de adulto paga mis facturas. Aquellos duelos internacionales, de equipos o selecciones, del basket mediterráneo de los 70, los 80 y principios de los 90, hasta que la fiebre NBA nos hizo vislumbrar El Dorado de otro basket que dejaba a Yugoslavia, Grecia, Italia y sus aguerridos baloncestos de 70 puntos y poco más en un segundo plano. No la URSS ni el CSKA o el Dynamo, baskets totales, de rodillo de los de +25 apoyados en una más que patente superioridad física y técnica con la que intentaban rivalizar los antaño yugoslavos. Entonces para España, poder llegar a unas semis en un Europeo era ya todo un hito, batiéndose a muerte con todopoderosas escuadras en una suerte de gesta épica de las que tanto gustamos de jactarnos para bien en nuestra historia baloncestística y que tanta frustración despertaba en el mayoritario público futbolero. Aquello del pasar de cuartos de final. Ya saben. Y a fe que lo fueron para los que los que las jugaron y los que les seguimos.
Tampoco me tembló el pulso cuando tuve que celebrar la victoria de un descarado alguiris en la Final de la Euroliga de 1999 con un Tyus Edney – exUCLA- y compañeros magistrales (precursores de ‘Bo’ McCalebb, han existido siempre en el basket USA llegados a Europa, uno de los primeros Zam Fredrick en la Scavolini) dando un auténtico repaso a la Virtus de Bologna con una pléyade estrellas FIBA construida para un único fin europeo: Pedrag Danilović, Antonie Rigodeau, Hugo Schonichini, Sandro Abbio, Makris-Nesterovic… Pregunta trampa ¿recuerdan quién era el coach de aquella Virtus? Sí, ¿verdad? Empiezo a vislumbrar con deleite pachorrón algún que otro colmillo en el horizonte. El narrador-comentarista de aquel partido, exclamaba con fruicción durante los tiempos muertos en la segunda parte (entonces, se jugaban dos tiempos de veinte minutos todavía): ‘¡¡¡y aquí está el enanito, que está dirigiendo a su equipo a las mil maravillas frente al de un entrenador de los de pi (¶), seno, coseno y tangente por raíz cuadrada de…!!!’. Basket de caraduras (como le llama mi amigo el entrenador) de Edney, Anthony Bouie y Zukauskas (‘el pequeño’ que decía aquel narrador televisivo). Frente a aquella todopoderosa Virtus Bologna con su equipación negra chula, guapa, que vestía y daba respeto y que nos hacía pensar en los Spurs de David Robinson y Greg ‘Cadillac’ y Willie Anderson. Basket de caraduras frente a le uvenere, escuadra plagada de estrellas pero jugando de forma maquinal.
Este año, en lo que llevamos de temporada 2011/12, ha vuelto a bajar de nuevo el promedio anotador de los equipos ACB. De 76’9 puntos por partido (ppg. que le dicen en ultramar) de la campaña 2010/11, este año nos hemos recluido a unos míseros 73,10 de media en la ACB. Y eso que tenemos suerte. Porque parece que sopla una corriente de aire fresco este año, en forma de equipo de baloncesto, que anota por partido 83,3 pts de media. Propuesta de caradura, de basket a campo abierto – que gustan de decir ahora. No pocas veces ha anotado los 90 sin prórroga, oigan. Un basket, como ese de los Nuggets de los 80, el del Baskonia que dirigió su actual coach cuando era jugador con sus alley-oops a un tal Kenny Green, y su posterior etapa madrileña, de correr y repetirlos con otro tal Arlauckas. Un basket, aquí en la ACB y allí, en la NBA, del que nos enamoramos. De ida y vuelta. De CORRER. De anotar una canasta más, un punto más que el rival para ganar el partido. De defensa blanda en ocasiones y apuestas arriesgadas manteniendo en campo al pivot con talento ofensivo, al base ofensivo, encomendado a la ‘Motobull’ cuando hay que cambiar el ritmo de partido de rápido a más rápido (Sr Seleccionador Senior Masculino, ¿ha tomado vd nota de cómo hacer rendir al combo de Mahón?). Un basket que ha enganchado a la grada madridista, y del que gusta el espectador y el aficionado (no siempre confluyen). Un basket que rememora en ocasiones aquella cantinela del Frontón Vistalegre primero, o del extinto Pabellón de la Ciudad Deportiva después, el ‘¡Queremos cien, queremos cien!’.
Cuando aquel entrenador – hoy consultor en los Lakers, escondido tras los mofletes y michelines de otro tacañón de renombre y amiguete suyo – de aquella Kinder Bologna pi (¶), seno, coseno y tangente por raíz cuadrada de… dejó su puesto de trabajo en Madrid y le sustituyó su amigo y segundo – ya nunca más ni lo uno ni lo otro – y el equipo hizo amago de correr en un par de partidos, un analista veterano, juicioso y admirado a la vez que merengón declaró en una red social: ‘Ah, y sin embargo corren’. Y este año, más que nunca Don Víctor, vd que ha visto correr a Emiliano Rodríguez y a López Iturriaga. Este año corren y anotan mucho – para lo que es el basket de hoy en día. Un basket divertido, alegre, que ha enganchado a su forma de jugar a su público y a otros dos equipos ACB que no andan escasos de talento ni de entrenadores valientes para regalarnos dos partidos de competición doméstica de los mejores en los últimos años en la misma. Aparte de las históricas cuatro prórrogas en Manresa de los locales frente al Barça. Conste que mis equipos favoritos y con los que más disfruto viéndoles jugar en la NCAA este año son los Tigers de Mizzou y los Orangemen de Syracuse. Equipos corredores por excelencia. De eso de lo que a veces, la NBA nos ha regalado de forma industrial hasta hastiarnos. A veces, que ya ni eso salvo burradas de Cyborg Griffin.
Capítulo aparte merecen XP y su tostoncesto - cuando menos es menos, y la asistencia al Palau se resiente – Pianigiani y su basket-kárate a mitad de campo en la salida de bola en transición (facciamo a cazzotti al meno!), nuestro seleccionador nacional, cuyo equipo de Euroliga casi bate el record de menor anotación (44, record en 43) este último en una versión lastimosa del basket redditizio italiano de los 80, y el Síndrome Obradović que les aqueja. Sobre todo a Xavi Pascual. El del basket, claro. Para criticar al de balonmano ya están otros doctores. Pero esto del Síndrome Obradović… es otra historia de la que toca hablar otro día.
En ocasiones es difícil entender cuándo alguien se comporta de forma cobarde o valiente. Pero a buen seguro que, en este caso, correr es de valientes. Al menos a mí me lo parece. Y apuesto por ello. No sólo el R. Madrid. Cualquier equipo que lo practique. Recuerden: opinión subjetiva, criterio personal, gusto particular. Dirán que no, que el golpe de la eliminación de la Euroliga de este R. Madrid va a dejar tocado un proyecto que apenas diez días antes había ganado brillantemente la Copa de Rey en casa de su máximo e histórico rival, dando un recital de basket ofensivo, de buena defensa exterior y veloces transiciones culminado con la explosión anotadora del ‘Boom boom mormón’, que como suele hacer dinamitó el partido en 5 minutos bestiales. Los defensores de ‘il catanese’ argumentan que con mejor equipo no han sabido competir en Europa, y que gracias al trabajo del siciliano, la campaña pasada cataron tras muchos años una F4 de Euroliga. Los del vitoriano, que ya en 5 meses un título frente a ninguno del de Catania en año y medio. El debate que se ha abierto en el basket europeo, saciado de escuela de control serbia, no podía evitarse. Bienvenido sea, pues.
P.D.: El ‘basket de campo abierto’, es lo que el amigo narrador de Canal Sur TV llama ‘semitransiciones’. Otra perla más de las suyas habituales en cada una de las transmisiones de basket de la cadena autonómica. Ejemplos vendo cada fin de semana o partido europeo del Unicaja. Como decía alguno que conozco: ‘Sé que está feo de señalá, pero más feo está de no sabé, hablá de ello y ensima cobrá (y musho)’. Fiel reflejo de la España que tenemos.
El Pirata.