Ayer me quedé a cuadros tras leer al columnista deportivo – futbolístico, para más señas – de un diario de tirada nacional. Su columna se llama El Corner Inglés. Sin duda inteligente e ingenioso juego de palabras. A costa de la historia – no sabemos si inventada o no – de los temores y las cuitas del hijo de un soldado inglés desplazado en Afghanistan que asustado por los incidentes producidos entre los hooligans del West Ham y el Millwall y contra la policía en los que un hombre sufrió heridas de gravedad apuñalado y varios más resultaron heridos heridos de diversa consideración, se ha negado a que le lleven a un partido fútbol. Miren vds. da la casualidad que este columnista – brit a la sazón, John Carlin – habla bondades de las aficiones futbolísticas españolas, que según él se hermanan antes, durante y después de los partidos. Habla del ambiente excepcional que se vive en La Catedral cada vez que juegan los leones y de lo alucinados que quedaron dos amigos suyos que viajaron desde la otrora Capital del Imperio para estar presentes en la final de la Supercopa española.¡Wow! ¡Wou! An exciting and wonderful experience! Todo loores y halagos hacia el fútbol español. Obvia, claro el factor político nacionalista del evento al que hace referencia, que tal vez explicaría ciertas cosas. Por el contrario, Carlin habla de lo que se vive cada semana en los campos ingleses, donde según él “el ambiente es feo, hostil; se respira alcohol, odio y sed de sangre”. Posiblemente no recuerde o no tenga conocimiento de los graves acontecimientos de violencia que han tenido lugar a lo largo de la historia del balompié español. Ni seguramente ha escuchado al respetable en los campos españoles de cualquier categoría adjetivar con lindezas a las madres y familias de los jugadores rivales, o las exhortaciones a los suyos a atentar contra integridad física de los del equipo contrario. ¡Ay, qué iluso! Acabas de descubrir las puestas de sol desde la Alhambra cuando Boabdil hace ocho siglos las lloraba.
A mí, empero, se me viene a la cabeza otra Copa – no super en su denominación pero sí en su evolución y desarrollo – que a buen seguro sería conveniente que Carlin conociera. Más que conocerla, que a buen seguro la conoce, debería vivirla. No vamos a pintar el cuadro de forma maniqueísta, los unos malos y los otros buenos pero lo que está claro es que el alucinado esta vez no serían sus amigos, sino el propio Carlin. Y voy al análisis. Miren vds., aquellos que hayan vivido alguna Copa del Rey de baloncesto desde que se juega en su formato de Final a Ocho sabrán a qué me refiero. Contrapongamos elemento por elemento la frase citada de susodicho columnista. “[En los estadios ingleses] El ambiente es feo” reza la misma en su inicio. En este caso, las aficiones asistentes a nuestra Copa del Rey van con ánimo festivo. Con todo lo que ello implica. Lo primero porque realmente, lo primero es ir a ver, degustar, paladear BA-LON-CES-TO. No a desfogar las frustraciones vitales diarias acumuladas. Se protestan las decisiones arbitrales, se canta a favor del propio equipo, se canta en rivalidad con las aficiones rivales, se analiza el juego, se maldice al destino cuando un tiro cómodo se sale del aro o una bola tras un buen pase se resbala de la yema de los dedos. El ambiente tanto dentro como fuera de pabellón es siempre festivo, salpicado con el colorido de los atuendos de las distintas aficiones. Antes, durante y después del desarrollo de la competición. No importa si se gana o se pierde, se va a ver basket, a reencontrarse con viejos amigos de otras aficiones a los que sólo se ve con ocasión de la Copa. La Copa del Rey de baloncesto es una FIESTA en el sentido más amplio del término. Y como fiesta que es, proliferan las cenas, las risas y el alcohol. Segundo elemento de la ecuación de Carlin: “se respira alcohol”. Con esto no quiero decir que la gente acuda en estado de embriaguez a los encuentros, pero el consumo de alcohol es mayor de lo habitual. En la media hora larga entre encuentro y encuentro, el respetable sale de la instalación deportiva a mojar el gaznate con unas cañitas y a picar algo, con las consiguientes aglomeraciones a la hora de volver a entrar. Todo en el más tranquilo de los ambientes, soportando paciente y estoicamente la bulla cual fuesen todos sevillanos en Semana Santa. Amén de las que han venido antes y las que vendrán después. De nuevo, festivo. Es curioso comprobar, y Carlin lo sabrá mejor que nadie, que se consume mucho alcohol antes y después de cada partido de la Energie Cup británica, la Guiness Premiership inglesa o la Heineken Cup europea – es la Champions del balón oval – a la sazón las dos últimas esponsorizadas por dos marcas de cerveza, competiciones todas ellas de rugby. Y curiosamente las aficiones no salen a mamporro limpio – cuando no navajazos como ocurre con el fútbol.
El historial de incidentes violentos entre aficiones dentro del mundo del fútbol es largo y doloroso. En toda Europa, en el Cono Sur Americano, dentro de cada país o en competiciones internacionales. Aderezado por el componente político de partidos de ultraderecha que utilizan el deporte rey para liarla parda y vehiculizar su credos políticos. Cita el caso de Calum Davenport, acuchillado en su domicilio. Pocos recuerdan, salvo las mismas víctimas, las agresiones a árbitros de de fútbol de categorías inferiores en España, o los enfrentamientos entre las barras bravas argentinas equipadas con armas de fuego hasta de fabricación casera. O las peleas ochentenas entre aficionados holandeses y alemanes. O aquel motorino cayendo desde la tribuna del Olímpico de Roma en un derby Roma-Lazio que segó la vida de un joven aficionado no hace tanto. ¿Cómo se hace para meter un scooter en un campo de fútbol? ¿Me lo explican, por favor? O el hundimiento de una de las porterías en la semifinal de Champions League en el Bernabeu entre R. Madrid y Borussia Dormund el año de La Séptima. Espeluznante, de veras.
Por el contrario en la Copa del Rey o en una Final Four, después de la jornada de competición todos salen de fiesta a compartir, comentar y disfrutar. Y esta sensación de comunión es aún mayor en ciudades pequeñas, en las que el ambiente es menos disperso y las aficiones acaban coincidiendo todas de noche ataviadas con las camisetas y bufandas de sus equipos. Huelga decir que hay mercadeo de tales reliquias, claro está. Nunca de otro modo ocho – o cuatro – aficiones amigas-rivales podrían reunirse en un único recinto todas a la vez y confraternizar de tal forma. Lo nunca visto, salvo en la March Madness del basket USA, aunque habría que decir que la nuestra es la February Madness. No doubt about it. Aún recuerdo con placer y una sonrisa en el alma el postpartido de la F4 de Madrid 2008 en un local cercano al Palacio de los Deportes de La Comunidad de Madrid. Alquilado por el CSKA y la Embajada rusa según pude saber, con dos grandes banderas en la puerta (del club y del país), la hospitalidad y cortesía de los aficionados del CSKA aquella noche fue inmejorable, inigualable. Al igual que lo vivido este año en Salamanca en la F4 de la Euroliga Femenina conquistada por el Spartak.
Para terminar, me gustaría analizar el último de los componentes de la ecuación carliana. “[Se respira]…Odio y sed de venganza”. En nuestra Copa del Rey se respira una rivalidad que no traspasa lo puramente deportivo – rivalidades algunas de ellas ancestrales entre los equipos más destacados de la competición nacional. Pero eso de odio y sed de venganza, todavía no se ha visto. Y miren que los archirivales futbolísticos están presentes todos los años. Pero aunque los equipos visten los colores de sus hermanos mayores furgoleros, las respectivas aficiones no tienen nada que ver con ellos. O pensemos en la rivalidad generada en los últimos años entre malagueños y baskonistas, por ejemplo. O los cánticos entre baskonistas y los aficionados del Granca, o entre los badaloneses y culés.
Hace ya algunos años la Euroliga encargó un estudio de mercado a una gran empresa europea del ramo para conocer el perfil del aficionado medio que acude a un partido de Euroliga, su status socioeconómico y cultural. Y éste era sensiblemente más alto que el perfil medio del espectador de fútbol. No sabemos – probablemente las conclusiones estén manipuladas en parte debido a lo maleable de las estadísticas – a ciencia cierta si es verdad o no, pero lo cierto y verdad es que las diferencias de comportamiento son notables entre unas aficiones y otras. Es más, el estudio arrojaba más luz aún. Se establecía una relación excluyente entre el seguidor futbolístico y el del baloncesto, en el sentido que el típico furgolero sólo sigue con interés su deporte – en España matizado el interés colectivo por la presencia de Rafa Nadal y de un Fernando Alonso cada vez más de capa caída fruto amobs de una españolitis aguda -, mientras que el segundo además está interesado en otros sin descuidar el suyo. Quisiera saber cuántos de los primeros salieron a la calle a celebrar y festejar el Mundial conseguido por nuestro balonmano en 2005, o los títulos olímpico y mundial del waterpolo senior masculino, con el malogrado Jesús Rollán y Manel Estiarte a la cabeza, conducidos magistralmente por Juan Carlos Pastor y Joan Jané respectivamente.
Estoy, sin embrago, casi completamente de acuerdo en la penúltima afirmación de Carlin en su columna, que citaré literalmente: “… en cuanto a la totalidad de la sociedad, la española es a la inglesa lo que la antigua Grecia a las hordas vikingas. No hay que ir al fútbol para comprobarlo; basta ir a cualquier balneario mediterráneo y contrastar el comportamiento de los turistas ingleses con el de los nativos”. Simplemente una puntualización histórica, aparte de la evidente asincronía entre ambas culturas o sociedades. En la etapa del Danelaw en la que las hordas vikingas como él les llama, se establecieron en el condado de Sussex – heredero del reino homónimo de la Anglo-Saxon Heptarchy – éstas estaban más organizadas socialmente que los nativos británicos de herencia Celtic. Tanto que acuñaban su propia moneda y se regían por su propio derecho consuetudinario, apoyado en la figura del Witan, o consejo de sabios. Es decir, los patriarcas del clan. Sé que este comentario creará polémica, tendrá detractores y suscriptores, pero lo cierto y verdad es que todo esto me recuerda a un libro que ya he mencionado anteriormente en mi primera colaboración con esta página: El Mediterráneo y los bárbaros del Norte, del profesor y filósofo Luis Racionero. Quizás por todo eso hay un abismo entre unos y otros. Sin mencionar que hoy en día las sociedades vikingas se encuentran a años luz por delante en cuestión de vanguardia social, civismo, integración, respeto y tolerancia tanto de Britons como de celtíberos. Aunque que si de decisiones colectivas se trata, nada más tradicional que la democracia de las polis-estado griegas, anterior al Witan algún que otro siglo. El ágora, viva.
Empero quisiera hacer un ejercicio de memoria al recordar cómo yo mismo he tenido que poner pies en polvorosa temiendo por mi integridad física ante las aficiones griegas de los primos mediterráneos de Madrid y Barça años ha – en la F4 de Zaragoza 95, que ya ha llovido. Afortunadamente, en la de Madrid 2008 los griegos de Panathinaikos (presentes ya que muchos habían comprado sus paquetes de vuelo, hotel y entradas pensando que los de Obradović estarían con seguridad en la cita madrileña) gritaron, cantaron y animaron a los suyos ausentes pero nunca sacaron los pies del tiesto.
Está claro que all that glitters is not gold, como dice el refrán en su versión inglesa. Pero lo innegable es que media un abismo entre un deporte y otro, y más por la desmesura propia de bárbaros de los dineros que se manejan en ambos, otra característica de la barbarie que apunta Racionero en su libro. Entre unas aficiones y otras. Entre unos comportamientos y otros. Y eso tendría que saberlo Carlin. Y si no lo sabe, que se venga a la Copa o a una Final Four de basket, ya que casualmente la primera tendrá lugar en Bilbo esta temporada 2009-2010 – en El Botxo, oyes – y acompañado de sus dos amigos. A buen seguro que mis amigos bilbaínos – y no sólo – les acogerán de buen grado. Creo que sobran las palabras. O como se dice en inglés, NO COMMENTS.
El Pirata.