Dices que nada se pierde
y acaso dices verdad,
pero todo lo perdemos
y todo nos perderá.
Uno de los temas recurrentes de la interesante filmografía de los hermanos Coen, por otra parte irregular, es el destino, más concretamente el fútil ideal humano de intentar delinearlo y la implacable manera en que aquel nos tuerce la mano de vuelta. Sus películas son una inexorable befa a los planes perfectos, que acaban por ser burlados por el inerte discurrir de los hechos.
El draft de la NBA, durante una época, representó el mejor certificado de destino que pudiera obtener un americano que dirigiera su mirada hacia overseas, ese espacio indefinido con el que algunos yanquis suelen identificar todo lo que no sea americano.
Ser elegido en primera ronda- incluso en segunda- en los primeros 80 era un timbre de gloria, un salvoconducto a los buenos contratos y un billete en primera clase hacia la febril imaginación de los aficionados locales, que no tenían otro clavo ardiendo al que agarrarse para mensurar el potencial del escogido.
Pero, a veces, la moneda mostraba su cruz, y un altísimo número de draft, antes que una sanadora unción, representaba un estigma, que devenía en cruel baldón a medida que se iba desvelando que a la fama no acompañaba la lana.
El hombre que protagoniza esta entrega, encarna como pocos ese proceso de degeneración, esa íntima desolación que perfuma al fracaso, al punto que seguramente hubiera preferido mil veces ser perseguido por un Anton Chigurh de la vida, que levantar a su paso tanta insatisfecha expectación.
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JAMES RAY, un chico de Mississippi, después de una ilustre carrera en el Instituto local, firmó por la Universidad de Jacksonville, un programa que había vivido sus lejanos tiempos de gloria bajo la égida del gigante Artis Gilmore allá por los 70, llegando a disputar una final universitaria ante la legendaria UCLA dirigida por el mago de Westwood.
Titular desde un principio, sus dos últimos ejercicios en los Dolphins fueron especialmente brillantes, llevando de la mano al equipo al NIT en un año y al NCAA Tournament al siguiente, y acabando por ser coronado como Sun Belt Player Of the Year en 1980.
A pesar de que no había concitado excesivo revuelo antes de dar inicio a su ultimo año colegial, de hecho la guía Street & Smith no lo incluía entre los 40 mejores jugadores universitarios al principio de la temporada 1979/80, actuando contra la prescripción del joven John Nillen, jefe de scouting de los Denver Nuggets, que señalaba a Andrew Toney o Larry Smith como candidatos ideales a la quinta plaza, dando por hecho que los Barry Carroll, McHale y cía no iba a estar disponibles, es el propio entrenador del equipo, Donnie Walsh, quien decide emplear en Ray la mejor oportunidad de draft que hasta el momento había tenido a su disposición la franquicia minera.
Walsh muy bien pudo dejarse llevar por sus obsesiones, pues prefiguraba a Ray como el ala pivot que no pudo ser George McGinnis y que no consiguió en el frustrado trade para hacerse con los servicios de Bobby Jones. Nillen, acaso oliéndose la tostada, deja por escrito su consejo y se sujeta a la decisión de sus superiores.
Toney, un escolta sureño con tiro de seda, acabaría ganado un anillo en Philly, siendo un jugador importante en la anotación y Larry Smith, un fornido pivot de apenas dos metros, aportaría solidez reboteadora a los Warriors durante varios buenos años.
Por su parte, Ray se presenta pasado de peso al campus del Adams State College en Alamosa, y a los dos entrenamientos empieza a reportar dolores en la rodilla izquierda, aunque las malas lenguas apuntaban a que sus problemas eran más de tipo respiratorio pulmonar.
Examinado por el equipo medico, diagnostican una ligera irritación, y así comienza la temporada a finales de octubre, para, tras apenas 18 partidos en los que nada demostró, ser baja definitiva.
El fiasco empieza a presentirse y todos los dedos acusadores apuntan a Walsh, que a media temporada es destituido en favor de su segundo, el legendario Doug Moe que iniciará un periodo de gloria en Colorado, tomando como ayudante al taimado Nillen.
El resto de la carrera de nuestro hombre en Denver, otras dos temporadas, es un quiero y no puedo; Denver se resiste a dejar escapar entre los dedos el oropel de su draft, y el peso de la púrpura es demasiado para una mentalidad frágil como la del ala pivot, que nunca alcanza los 10 minutos de media por partido, y que con su conducta apática no consigue granjearse el favor de los aficionados.
La guía Zander Hollander, siempre fiel a su macabra cita con los aún templados cadáveres de quienes quisieron y no pudieron, en su edición de 1984 cincelaba sobre su lápida el epitafio fúnebre a la carrera de Ray, con el siguiente comentario:
Could this guy possibly have been the nº 5 pick in 1980 draft? Could be thankful for a three year free ride.
(N. d T. ¿Es posible que este tipo haya sido elegido con el nº 5 en el draft de 1980? Puede darse con un canto en los dientes por esta aventura de tres años a gastos pagados)
De esta manera, Ray engrosaba el elenco de bust que en la historia han sido, junto a gente del jaez de Larue Martin, elegido nº1 por los Blazers, a despecho de Bob McAdoo o Julius Erving; de Rick Robey, por quien los Pacers dieron calabazas al mismísimo local hero, el más tarde celebérrimo Larry Bird; o los posteriores Dennis Hopson, preferido por los Nets antes que Scotty Pippen, Kevin Johnson o Reggie Miller, o acaso el más flagrante caso de desperdicio reclutador que pueda imaginarse, el del ligón Michael Olowokandi, por quien los Clippers pretirieron a Antawn Jamison, Vince Carter, Dirk Nowitzki y Paul Pierce, casi nadie al aparato.
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Sin embargo, como dijimos, una alta elección era una fruta tentadora para cualquier equipo europeo, e Italia era el mercado más generoso, por lo que el destino de Ray estaba marcado.
Ray había sido el sogno proibito de Dan Peterson y Tony Capellari durante dos veranos consecutivos. Al final por una u otra causa, el de Jacksonville acababa encontrado posada en la mejor liga del mundo, su alta elección pesaba sobre los servicios técnicos, que se resistían a reconocer su error de juicio.
En el verano de 1983, nuevamente es objeto de seguimiento en la summer league de Los Angeles, donde es primero cortado por Denver y después por Indiana. Parece que Ray pondrá rumbo a Milán, pero a última hora Houston le hace una oferta, y la escuadra lombarda desiste de su fichaje para poner sus ojos en Earl Cureton.
En la vecina Turín, la Berloni, entrenada por el sabio Dido Guerreri (gran aficionado a la literatura española, Machado y Lorca frecuentemente citados en sus artículos periodísticos) no encontraba pareja para el excelente Scott May– campeón olímpico y universitario con la imbatida Indiana- habiendo desechado en pretemporada a Dexter Lyons y más tarde perdiendo al tosco pívot blanco Steve Grouchie, que dura solo dos partidos.
Tras ser cortado por los Rockets, Ray claudica del sueño americano y comienza a negociar con la Berloni, pero sus altas exigencias económicas retrasan la firma a inicios de noviembre, cuando la Lega ya anda por su décima jornada, y toma un descanso para permitir que la nazionale haga una gira por Estados Unidos, cara a preparar las olimpiadas de Los Angeles.
Con Scott May y James Ray, cuyo sumatorio en posiciones de draft en primera ronda (6) debe ser de los más bajos que una pareja de americanos haya tenido en Europa, más los veteranos Charly Caglieris, Meo Sachetti y Renzo Vecchiato, unido a la sangre nueva del elegante base Carlo Della Valle y el explosivo alero Ricky Morandotti, en Turín empiezan a soñar con el scudetto.
Ray desde sus primeros partidos confirma su clase a la vez que su frialdad; maravilla con su ductilidad, con 2,06 puede correr la cancha como un alero, pero a veces desaparece del partido, como si la cosa no fuera con él.
Conocido en América como “El Floppo” o “The Big Mistake”, por su fama no honorada, la escuadra turinesa es un destino ideal, pues hay clase suficiente como para que salga a la pista relajado al no necesitar que aporte 25 puntos y 10 rebotes por partido.
Motivado, Ray es un elemento de cuidado, como demuestra en su mejor partido en Italia, un Berloni-Simac, coincidiendo con el debut de Antoine Carr con la casaca roja, cuando se va a los 29 puntos y 11 rebotes, ante la presencia de otro jugador de pedigrí.
Al inicio de la segunda vuelta, la Berloni comparte liderato con la Granarolo y la Simac y el resto de la temporada, mantiene el tipo hasta acabar en cuarta posición. Ray cumple, moviéndose en 15 puntos y 7 rebotes por partido, en una Berloni que, ya en los playoffs, alcanza las semifinales para caer ante la Simac por 2-0 en sendos partidos apretados, que los veteranos tahúres de Peterson deciden en los momentos decisivos.
A pesar de la satisfacción con los resultados deportivos, la directiva turinesa, que ha de afrontar la marcha de Sacchetti a Varese, decide reforzar el juego interior con Mike Gibson y no renovar a Ray, que vuelve a una América en la que su fama no es precisamente estimulante, por lo que acaba pasando la temporada siguiente en la CBA.
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Llegamos a finales de verano de 1985, y el club Peñas Recreativas de Huesca, patrocinado por la Diputación Provincial, bajo el apelativo Magia, en su vuelta a la élite nacional, está formando un equipo para no pasar apuros.
Junto a los Alberto Alocén y Joan Pagés, fundamentales en el ascenso, llegan Paco Velasco, la perla de la cantera merengue, que no ha conseguido desasirse de la alargada sombra de Juan Antonio Corbalán, y Charly Lopez Rodriguez, veterano alero, ex del Estudiantes, Joventut y CAI, con quien consiguió una Copa el Rey siendo jugador decisivo.
Para la pareja americana, tras un intento con el inexperto ala pivot Lou Stefavovic, los oscenses se hacen poco antes de iniciar la liga con el veterano Larry Gibson, que tras pasar por el Estudiantes había hecho buenos años en Italia, fundamentalmente en la Lazio de Roma, y es un sólido profesional que hace su trabajo bajo los aros.
El socio de Gibson es James Ray, y la noticia de su llegada es saludada por lo medios españoles con asombro, pues se trata, ni más ni menos, que el jugador con más alta elección de draft que jamás haya venido a la competición española, superando a Brian Jackson y Jeff Ruland.
Entre expresiones de admiración, se recuerda que fue preferido a profesionales del calibre de Mike O,Koren, Kiki Vandeweghe, Larry Drew, Rick Mahorn o el propio Ruland, amén de los citados Toney y Smith, y no para de especularse sobre el misterio que envuelve su carrera, sobre las posibles causas por las que nunca hizo honor a su prestigio, tratando de hallar explicación a su sorprendente aparición por un modesto club como el Peñas.
Los inicios de la carrera aragonesa de Ray no son nada halagüeños, pues nuevamente anuncia extrañas molestias físicas que le impiden debutar hasta la tercera jornada. El Magia, sin su concurso, cae en la prórroga en sus dos primeros partidos, dejando una magnífica impresión.
La presencia del emergente pívot catalán Joan Pagés, permite a Ray, cuando se recupera, jugar de 3, pero en la cancha apenas se perciben esas cualidades que algún día hicieron que una franquicia malbaratara una estupendísima elección de draft en él.
Capaz de hacer maravillas en los partidos en que se motivaba, como ocurre en los duelos en casa ante el Madrid y el Barça, o de deambular como un fantasma sin alma, como en el Antonio Magariños, la única vez que pude verle en directo, en un partido en el que David Russell, John Pinone y hasta el pedestre Pedro Picapiedra Rodriguez hicieron con él lo que les vino en gana, la irregularidad y sus ausencias, los mismos síntomas que arruinaron sus peripecias en Colorado y la Lombardía, empiezan a cansar a los aficionados, que tras una derrota en casa contra Cajamadrid, piden la cabeza del técnico Arturo Ortega y abuchean a Ray.
Magia termina la primera fase como último del Grupo impar, balance 3-11, y el cuerpo técnico, aprovechando el descanso para la disputa de la Copa en Barcelona, decide el corte: sale Ray y vuelve un viejo conocido, el alero Ben McDonald, que el año anterior había hecho pareja con la pantera Leonard Mitchell en Collado Villalba.
Ray se va de la ACB sin dejar ningún recuerdo especial, como si nunca hubiera estado allí, incluso el malo se disipa cuando el repuesto McDonald, con un triple in extremis, da la victoria al Magia sobre el Licor 43 en el primer partido de la segunda fase.
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Tras jugar en Turquía y otras ligas menores, Ray decide abandonar su carrera como jugador y encuentra refugio en el desarrollo de labores humanísticas, como Consejero de jóvenes problemáticos en la Gateway Community, a la vez que se dedica a la formación de jugadores.
En 2002, a James Earl Ray se le diagnosticó una extraña enfermedad llamada sarcoidosis, una afección pulmonar de carácter progresivo que le obliga a permanecer unido a un tanque de oxígeno, allá donde vaya.
El avance de la enfermedad y los gastos acumulados, que no cubría su seguro médico, no eran la peor noticia para Ray y su mujer PJ, sino la cruel espera a un donante de más de 1,95 de altura, condición ésta que reducía al mínimo las posibilidades de supervivencia.
Rápidamente la universidad de Jacksonville y la Asociación de Jugadores iniciaron una campaña, conocida como Ray of Light, para recaudar fondos con los que subvenir a las penurias económicas de la familia Ray y hacer frente a las facturas hospitalarias que su enfermedad le causaba, mientras el milagro era esperado.
Al final de la escapada, el hombre que nunca estuvo en las canchas, consiguió agarrarse a la vida, y con el ominoso marcador de la esperanza situado en tres meses, el 4 de febrero de 2009 era sometido a una operación de 13 horas, en la que se le transplantaban los dos pulmones de un donante adecuado.
Decía Sartre que el ser humano que empieza a conocer su destino, es decir a saberse persona, digna y vana a la vez, evoca la figura de Sísifo. Sabe que la existencia tiene mucho de absurdo, pero la vive con intensidad. Aleja el temor de sí y se atreve a desafiar a los dioses, o a cualquier otro que pretenda gobernarlo. Nada lo puede doblegar porque se sabe contingente y empieza a dejar de ser súbdito de los dogmas, la costumbre, o el temor al desprecio.
Tal vez Ray vivió su etapa como jugador de basket desde el autodesprecio por ser consciente de no estar a la altura de lo que de él se esperaba. Tuvo que dejar el baloncesto, y casi la vida, para apreciarse como persona y vivir sin miedos ni ataduras, a buen recaudo de los siniestros vasallajes de la fama.
"The surgery I had has changed me tremendously – mentally, physically and spiritually. I really appreciate the people that came through for me in so many ways. When I heal completely, I\’d like to be a spokesperson for organ transplants."
(N. de T. La operación me ha cambiado tremendamente- mental, física y espiritualmente. Realmente aprecio a la gente que me ha apoyado de múltiples modos. Cuando me recupere plenamente, me gustaría ser un portavoz a favor del trasplante de órganos)
La suerte está echada.