Pero aquí abajo, abajo
cerca de las raíces
es donde la memoria
ningún recuerdo omite
y hay quienes se desmueren
y hay quienes se desviven
y así entre todos logran
lo que era un imposible
que todo el mundo sepa
que el Sur,
que el Sur también existe.

La vida está llena de paradojas, si realmente no es una paradoja en sí misma.

Muchos tipos la pasan esperando la gran paradoja, que la vida les sonría y depare algo que creen no merecer, pero por lo que morirían.

En el deporte, y en el basket, la música del azar también suena muy de vez en cuando, pero cuando lo hace, raramente se olvida.

La Copa del CAI, la liga del TDK, las viceligas del Caja y la del Unicaja, la Copa de Europa del Limoges, el anillo de Arizona o Villanova, nadie puede negar que, salvo a las víctimas, hicieron felices a mucha gente que, a pesar de todo, seguía creyendo en sus sueños.

Pero en mi historia con el baloncesto, hay una sorpresa que ilumina por encima de todas, tanto por lo insólito de que acaeciera, como por el justo homenaje que con ella se rindió a quien, con sus actos, mejor representó los valores de la elegancia y decoro en la gestión de clubes deportivos.

Acostumbrados al aquelarre de entrañables pillos, melifluos mercaderes, caudillos nacionalistas, rudos comisionistas, desopilantes rufianes y demás gente de buen vivir que habitualmente okupan los principales puestos ejecutivos en los clubes deportivos, evocar la figura de este gentiluomo, no es sino anegar con una corriente de agua limpia y fresca un cenagal de vanidades.

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En la Campania, prácticamente a orillas del Mar Tirreno, emerge la ciudad de Caserta, capital de la Provincia del mismo nombre, una tierra que vive entre el recuerdo del imperial esplendor borbónico, su Palacio Real, la Reggia de Caserta, fue en tiempos de los más celebrados en Europa, y la dura realidad del Sur depauperado en una Italia a la deriva.

A la sombra de Nápoles, apenas a 30 km, pocas alegrías tuvieron los casertanos en lo deportivo, la Casertana de calcio siempre fue equipo de categorías inferiores, hasta que allá por los setenta el caballero GIOVANNI MAGGIÓ se hizo con las riendas de la Juventus Caserta, el club de basket que representaba a la ciudad.

Maggió era un próspero empresario del ramo de la construcción y la maquinaria agrícola, nacido en el Norte, en Brescia, pero emigrado al Sur, donde se hizo a sí mismo, a base de trabajo e imaginación, hasta convertirse en uno de los mayores constructores de la Italia meridional.

Allá, en el abandonado Mezzogiorno, en una tierra dominada por la Camorra, uno de cuyos clanes, el de los Casalesi, controlaba la ciudad, Maggió había conseguido una fuerte implantación, al punto de ser elegido presidente de la Cámara de Comercio de Caserta, un cargo de alta peligrosidad, habida cuenta del poder que esta organización criminal tiene en la sociedad y la economía casertana.

Hablamos, en fin, de un hombre acostumbrado a llevar sobre sus hombros el peso de la responsabilidad, que no contento con dar trabajo a miles de personas, se propuso algo que muy pocos hombres consiguen en vida: regalar ilusión a su pueblo.

Hombre reservado, los que le conocieron hablan de una persona sencilla, afable, centrada en su trabajo, con un gran sentido para los negocios y dotado de la suficiente inteligencia como para conocer sus límites.

Su éxito, en una tierra donde los negocios están permanentemente bajo sospecha, no quedaría impune, y su nombre se asoció a la Camorra, siendo objeto de una investigación judicial de la que su imagen salió impoluta y fortalecida, pues nada pudo demostrase sobre eventuales vínculos con organizaciones mafiosas.

La Juvecaserta, bajo sus riendas, fue un club pionero en organización profesional del baloncesto, que le permitió pasar, en tiempo record, de las categorías inferiores a ser uno de los referentes del basket trasalpino y, por ende, continental.

Club fundado en 1951, no ascendió a la serie A hasta 1971, coincidiendo con la llegada de su factotum, y ya en 1982 alcanzó la serie A1, donde se mantuvo hasta 1994, cuando desciende a la A2, paso previo a la desaparición del club en el 2000,  en plena crisis del baloncesto italiano, no sin antes haber paladeado los manjares de la gloria.

Maggió supo que para hacer algo grande debía poner el club en manos expertas y dotarle de medios para cumplir los objetivos, interfiriendo lo justo en la parcela técnica; así, primero confió en el americano Jim McMillan, y finalmente, sabiamente aconsejado por su entorno, tomó la mejor decisión posible: traerse a un forjador de ambiciones como Boscia Tanjevic, procedente de la selección plavi.

Pero la verdadera demostración de la capacidad gerencial de Maggió se iba a contrastar, en su más amplia expresión, durante el verano de 1982, año clave en la historia del basket casertano.

La Federbasket, tras tres años de hacer la vista gorda con el viejo Palasport de Viale Medaglie d,Oro, una caja de cerillas con capacidad para apenas 1.800 personas, acuerda no homologar la instalación, obligando a la Indesit a jugar en el destierro napolitano, una humillación inigualable en aquella tierra.

Maggió comienza las gestiones con el Comune, pero el proyecto para levantar un nuevo pabellón queda encallado en las aguas de la burocracia sureña, la más temida de toda Italia.

Finalmente, el emprendedor presidente, Cavalliere del Lavoro, decide asumir la construcción, y a inicios de agosto, en una de sus propiedades sita en los vecinos terrenos de Castel Morrone, en una zona boscosa, muy cerca del Volturno, donde Garibaldi derrotara a las huestes borbónicas, comienza una de las gestas arquitectónicas más apasionantes, y una declaración de amor sin parangón, en la historia del deporte.

En 108 días se erige el sancta sanctórum de la JuveCaserta, el ultramoderno PalaMaggió, una modélica instalación con capacidad para casi 7.000 personas, con cancha de entrenamiento, piscinas (cubierta y descubierta), pista ecuestre, minigolf y canchas de tenis, sufragada con el patrimonio familiar de los Maggió, y levantada en pleno ferragosto, como desmintiendo la fama de perezosos de aquellos terroni tan lejanos de las sofisticadas gentes del industrial y próspero Nord, que dominaba el deporte de la canasta en el país con forma de bota.

Tras 13 jornadas vagando entre diferentes canchas, la Indesit abre el Palamaggió con una victoria ante la Sapori Siena a inicios de diciembre. Toda Italia toma nota de un poder emergente en el panorama cestístico italiano.

Decíamos que 1982 fue un año fundamental en la historia del club, pues ese verano llegaron los otros dos personajes, junto a Maggió, que contribuyeron a escribir su historia:

. – Bojdan Tanjevic, el cotizado entrenador del gran Bosna Sarajevo campeón de Europa y de a selección plavi en los europeos de Praga, que fue fichado durante la celebración del All Star italiano, con plenos poderes para construir un equipo ganador, y que montó una de las canteras más florecientes de Europa (Ferdinando Gentile, Vincenzo Espósito, Francesco Longobardi de la primera hornada, y Masimiliano Rizzo, Cristiano Fazzi o Giacomoantonio Tuffano, de una segunda que no llegó a cuajar), cantera coordinada por Franco Marcelletti, el hombre de la casa desde que  a mediados de los 70 asomara al club Juventino.

Boscia, además, dirigió un primer equipo innovador tácticamente, de juego alegre y ofensivo, revolucionario en la confección de plantillas, haciendo hincapié en el fichaje de extranjeros no americanos o que ocuparan posiciones exteriores (Moka Slavnic, Mirza Delibasic, Oscar Schmidt, Marcel de Souza, Tato Lopez, Mike Davis……) una rara avis en medio de aquel basket constreñido y calculador que se estilaba en el Bel Paese, lo que no impidió ir progresando a la escuadra campana, de ser eliminada en cuartos, a ser finalista en su año final, siempre invitada por derecho a la fiesta de los playoffs.

. – Oscar Schmidt Becerra, Mano Santa, uno de los mejores tiradores de la historia del basket mundial, punto. La historia de Caserta cambió para siempre cuando el GM Giancarlo Sarti viajó a Brasil aquel verano de 1982 para hacerse con sus servicios.

Tanjevic había conocido a Oscar como entrenador del Bosna, con motivo y ocasión de la final de la Copa Intercontinental de 1980, jugando en las filas de su rival, el Sirio de Sao Paulo. En aquel partido el astro brasileiro acabaría dando la victoria al Sirio, gracias a sus 42 puntos. Cuando tuvo poder para ficharlo, dos años después, el técnico montenegrino no tuvo ninguna duda.

Con ello el club campano obtuvo, sin duda, el ídolo en torno al que aglutinar la enorme expectación que en todo el sur italiano despertaba el basket, un líder de talla internacional que dejó sus mejores años en este club, renunciando, como un Ulises moderno, a los cantos de sirena de los mejores equipos del continente (Real) y una posible carrera en la NBA (Nets).

Curiosamente, ninguno de estos tres hombres estuvo presente en el momento de la culminación de esta magna obra, la consecución del scudetto en la propia cancha del gran rival lombardo, la Phillips Milano en 1991.

Tanjevic, tras cuatro temporadas a altísimo nivel, culminadas con la final scudetto perdida, dando la cara, ante la Simac, en 1986 dejó el club en manos de Franco Marcelleti, su ilustre dauphin, y partió junto al general manager Giancarlo Sarti, para Trieste, donde iniciaría otro proyecto que daría sus frutos una década más tarde, con gente como Gregor Fucka o Alessandro Del Pol.

Oscar, después de ocho años de prodigios artilleros, salió del club en 1989, rumbo a la Fernet Branca de Pavía, en una decisión personal de Marcelleti, dolorosa, pero necesaria para llevar al club al último paso hacia la cima.

Y finalmente, tampoco estaba ya Giovanni Maggió, que cuatro años antes, en octubre de 1987, había dejado este mundo, en medio de la desolación del pueblo casertano.

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Tras la tragedia, se supo que Maggió arrastraba una grave enfermedad diagnosticada 11 años atrás, la cual había conseguido ocultar a casi todo su entorno, de hecho su inesperada desaparición, tenía 62 años, supuso una enorme consternación en toda la Italia cestista.

Incluso dos días antes de encontrar la muerte, Maggió se hacía retransmitir, vía teléfono, desde su lecho, el partido de la tercera jornada que enfrentaba a la Snaidero contra el eterno rival del Norte, la Phillips de Milan, a la que batían por un apabullante 101-62 con 40 puntos de Oscar, la última gran alegría que el basket le daba en vida al viejo león moribundo.

Un minuto de silencio marcó cada partido de la cuarta jornada, y en el Madison de Piazza Azzarita, en Bologna, se produjo la anécdota; un estúpido, aprovechó el momento de recuerdo para gritar: Y este Porelli, ¿no se muere nunca?, en referencia al Avvocato Gian Luigi Porelli, presidente plenipotenciario de la Virtus, quien fuera de sí, trató en vano de hallar al culpable de la infamia.

En esa cuarta jornada, la Juve jugaba en casa ante la Arexons Cantú, y el partido se disputaba tras un testimonio de reconocimiento de toda la sociedad casertana, y el basket italiano en general. Incluso Rino Snaidero, el prohombre de los negocios, patrocinador del equipo, viajó desde Udine con su familia para despedir al amigo.

El pueblo se agolpaba en la Iglesia de San Antonio, y llenaba las calles en el trayecto de 10 km. hasta los bosques de Castel Morrone, al PalaMaggió; los jugadores, aún con lágrimas en los ojos, saltaron a la pista en medio de un clima sobrecogedor, y conducidos por una fuerza ajena a este mundo, doblegaron a los canturinos por 100 a 92, con 54 puntos del brasileño, record de esa temporada, con un sobrenatural 10 de 14 desde la línea de tres.

A modo de macabro guiño del destino, el siguiente partido fuera de casa era en Brescia, la cuna de Maggió, y Oscar, todavía en trance, rindió homenaje a su segundo padre con otra maravilla de perfección balística, 52 puntos, con 10 triples de 16 intentos, para mantener la imbatibilidad bianconera.

Y es que la gente del Sur italiano es dura, vitalista, con una suerte de pragmatismo existencial que la inmuniza contra el destino ingrato, algo que se transmitió a la propia plantilla, que reaccionó con profunda firmeza y dignidad al óbito de su guía, de forma que la Snaidero, tras ocho jornadas, marchaba líder imbatida al frente del campeonato italiano, como queriendo hacer más dulce al patrón el tránsito hacia las tinieblas, prolongando su viaje con la alegría de sus victorias.

En el plano directivo, Gianfranco Maggió, hijo de Gianni, se hizo con las riendas del club, tal como éste había dispuesto, ayudado por su cuñado y por el General Manager Piero Costa, que tres años después sería sustituido por el propio Sarti.

Acaso barruntando ese espíritu rebelde sudista, ese no dejarse doblegar por las tormentosas vicisitudes de la vida, profetizando el brillante destino que aguardaba al proyecto Maggió, Aldo Giordani, director de SuperBasket, editorializaba en el número siguiente a la muerte del amigo:

Adesso la mazzata di questa notizia. Il mondo veramente e troppo cattivo, maligno. La squadra giocherá ancora e sempre per lui e cercherá i masssimi traguardi nel suo nome. Per quanto Maggió ha dato, per quanto ha lasciato al basket, merita ampiamente di raggiungerli.

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Y la gloria predicha, habría de alcanzarse, tal como estaba escrito, y como dice la canción: la notte insegue sempre al giorno, e il giorno verrá.

En la temporada 1988/89 la Snaidero se proclama campeón de la Copa de Italia al derrotar a la Divarese por 113-100, y con ello inaugura su palmarés, a la quinta final disputada.

Al año siguiente, se llega a la final de Copa de nuevo, pero la Knorr cercena el sueño del repeat por un ajustado 96-93.

Ese mismo año, 7.000 casertanos viajan a Atenas con la esperanza de estrenar el palmarés internacional de la mejor manera posible, doblegando al mejor equipo de la Historia, el Real de la leyenda, en la final de la Recopa. Pero ese día, Drazen Petrovic se vistió de Dios, y con 62 puntos hizo inútiles los esfuerzos de Gentile- 34- y Oscar Schmidt- 44.

Mas la partida con el destino continuaba, la ambición de excelencia siempre guiando la senda, inspirados por el espíritu Maggió, conjurados ante el fracaso, aunque para ello hubiera que decir arrivederci al mito brasileño.

Corría el año 1991 y el basket italiano, sin saberlo, estaba llegando a lo que algunos consideramos fue el canto del cisne de sus años de las luces, la pallacanestro clásica, que coincide con la derrota final de su protagonista máximo, la Olimpia Milano, y el reconocimiento de aquel Sud, que durante tanto tiempo – comenzando por la Fides Napoli de Jim Williams a inicios de los 70 – había reivindicado su existencia.

En Caserta ya nada parecía igual, no solo se habían marchado Maggió, Tanjevic y Oscar, sino que ni siquiera la filosofía de extranjeros se mantenía, con la fabulosa coppia de hombres interiores integrada por Tellis Frank y Charles Shackleford (la segunda más cara de la Lega, tras la inalcanzable Michael Cooper & Dino Radja del Messaggero de Raul Gardini) en la cancha, aunque sí estaban, testimoniando la grandeza de los remotos días de dicha soñada, Ferdinando Gentile y Vincenzo Espósito, ambos hijos de Caserta, las dos grandes perlas del fecundo vivaio.

Ese año, Caserta había hecho una liga regular bastante seria, asegurando la segunda plaza, frente a la Knorr y el Messaggero, en las dos jornadas finales, con sendos triunfos ajustadísimos ante Reggio Emilia y Firenze.

Ya en playoffs, para llegar a la final debe superar dos escollos importantes: la casi inaccesible Scavolini de Sergio Scariolo, Darwin Cook y Darren Daye, que venía de caer en la Final Four europea ante la Jugoplastika, y la siempre peligrosa Knorr del técnico Bob Hill, con Michael Ray Richardson de estrella.

Charles Shackleford juega esos días el mejor basket de su vida, especialmente en los primeros partidos de cada serie, yéndose a los 16 puntos y 29 rebotes ante Pesaro, y a los 24 puntos y 25 rebotes ante Bologna. Ambas series van al tercer partido, que decide Caserta en casa, con aplomo de campeón.

Y en la final, la Phillips, como líder de la liga regular, parecía un escollo infranqueable, con el factor cancha a favor y con una escuadra experta dirigida por Mike D;Antoni, en la que destacaban dos astros ofensivos: el ex pro Jay Vincent, un ala pivot de peso y depurada técnica, con extraordinaria facilidad anotadora y Antonello Riva, el Nembo Kid canturino, fichaje estrella de la temporada, logrado a golpe de talonario.

Caserta, pues, no solo había de derribar un muro deportivo, sino también el apabullante peso de la historia, la inercia eterna de la tradición, nunca hasta entonces en playoffs la escuadra campana había conseguido superar a la lombarda, en los 3 enfrentamientos habidos, incluyendo dos finales scudetto (1986 y 1987). Por si fuera poco, la Phillips ese año había vencido todos los partidos, ¡veinte ni más ni menos!, que había disputado como local.

La Olimpia era Il Gattopardo que dibujara Giuseppe Tommasi di Lampedusa, es necesario que todo cambie para que siga siendo lo mismo; la Juve era Giuseppe Garibaldi, en busca de su Volturno basketbolero, resistiendo frente al displicente monarca.

En Italia lo llamaban la sfida infinita.

Los cuatro primeros partidos se saldan con otras tantas victorias locales, llegándose así a la bella en el flamante Forum de Assago, partido que fue retransmitido en riguroso directo por la segunda cadena de RTVE, con locución de Pedro Barthe.

Caserta sale muy motivada, apretando los dientes en defensa, con un Charles Shackleford dueño de los rebotes – acabaría con 20- y dejando que en ataque hable la calidad de Nando Gentile (se irá a los 28 puntos) y Sandro Dell,Agnello, hombre clave de la jornada que hace el partido de su vida, con 30 puntos, en una serie cuasi inmaculada, ganando la partida a Vincent (32 puntos, pero con un mal porcentaje de 10/21).

Todo discurre dentro del marco de la igualdad (39-43 al descanso) aunque siempre con la Phonola dominando el tempo del partido, mas los casertanos van a contar con un handicap añadido, la lesión a inicio de la segunda parte, en un choque con Vincent, de su escolta titular Vincenzo Espósito, un mago de la canasta que estaba haciendo una temporada magnífica y, poco después, de su relevo natural, el veterano Sergio Donadoni.

Los de D,Antoni, oliendo la sangre de su rival, buscan la remontada, mediada la segunda parte, llegándose a poner por delante, 62-61; parece que nuevamente el sueño de Caserta se desvanecerá, ya divisando la meta, ante el peso del fatum.

Pero esta vez los sureños de Marceletti (aquel Profesor veinteañero que buscara como su delfín Tanjevic) aguantan la presión de la historia y de la mano, ¡como no! de un casertano ilustre, el Maradona del basket, Nando Gentile, que encestaba casi consecutivamente tres triples que congelaron los turbios deseos de los milaneses (62-64; 77-82 y 78-87), acaban venciendo por nueve (88-97) en medio de un mudo escenario, donde lo 11.500 que llenan el Forum, en un afligido y sepulcral silencio, ése que suele acompañar a los grandes momentos de la historia, acaso presientan que es el final de un ciclo milanés, mientras que toda la Italia cestista presencia, a través de la pantalla, el inicio del fín de un periodo próspero e irrepetible: la pallacanestro classica.

Muere una época, nace una efímera pero gozosa leyenda: en el basket italiano, el Sur también existe.

Era fiesta en Caserta, y mientras desde su cielo, como atronadoras lágrimas de pasión, lloviznaba lumbre, en su suelo, para su cementerio, viajaba un ramo de flores, destino la tumba del hombre que soñó Caserta.

El ramo llevaba una inscripción, que a buen seguro le despertaría una tímida sonrisa, allá donde morase su alma:

“Campioni d, Italia”.