Remembranzas

Cuentos de Verano (y II).


PARA SIEMPRE.

 

Les contaré la historia tal como acaeció, sin cortes ni exageraciones, pues a veces los hechos no precisan más refuerzo que el ser narrados.

Leti Pappet me habló cierta vez de un amigo suyo- Josef Ortiga- que estaba en trance de muerte, aunque él no lo sabía.

La Unidad de Salud Preventiva, en los chequeos mensuales a los trabajadores, había detectado una forma incurable de cáncer de médula y la prognosis era de 30-33 días de supervivencia, con un porcentaje de éxito del 99, 54879 %.

Rápidamente, siguiendo el protocolo eutanásico, remitieron su expediente a la Central de Bienestar Social, donde trabajaba mi amiga Pappet, que estaba desarrollando un programa conocido como ERI (Eutanasia Regresiva por Inducción.)

Dicho programa facilitaba al candidato la posibilidad de programar su muerte, otorgándole un último día en aquel escenario histórico que deseara, a fin de que sus últimos instantes en esta Vida fueran lo más placenteros posibles.

Una compleja técnica en la que se aplicaban, sucesivamente,   hipnosis inducida  y estimulación de ondas delta mediante gamas de infrasonidos y luces estroboscópicas, conducían al psiconauta  a un estado de trance en el que  pudiera recrear en su mente, como si lo estuviera realmente viviendo, ese escenario deseado.

Ortiga aceptó someterse al programa ERI inmediatamente que supo de su enfermedad Terminal, y era el candidato ideal, según le dijo a Pappet su Jefe en la Central de Bienestar Social.

Hombre introvertido, solitario, melancólico, aún joven, si el programa era efectivo no podían haber encontrado mejor cobaya que Ortiga.

El Protocolo de Actuación exigía que el psiconauta eligiera, con 5 días de antelación, la fecha y el lugar a donde debía ser inducido, así como el personaje, a fín de preparar la técnica hipnótica.

Ortiga eligió Long Island, el 13 de mayo del año 1976, sería un periodista del Newssday siguiendo al equipo de basket de los Nets, en una competición llamada ABA, que desaparecería ese mismo año.

Ese día Julius Erving y David Thompson, acaso los dos jugadores más salvajes y espectaculares de la historia del baloncesto, se veían las caras en el que sería   el último partido de la historia de la ABA , el 6º de aquella final.

El futuro psiconauta se despidió de sus escasos amigos, y a las 11:00 horas del 25 de enero de 2056  se encontraba en el diván del equipo neurólogico,  presto a someterse a la técnica.

A las 12: 25  inició el periodo inducido de Josef Ortiga, el cual debía ya encontrarse en el inmenso Nassau Colliseum, atestado en sus casi 20.000 localidades,  en algún lugar de la zona de prensa, quien sabe si a pie de pista.

Un día después, se producía la muerte cerebral, y sus restos eran trasladados al Depósito Estratosférico, para su cremación y eyección.

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Leti Pappet me contó esta historia hace unos días, cuando vino a comunicarme la mala noticia.

En ocho años, el programa ERI se había desarrollado y se aplicaba con regular éxito, y como sabía que yo también era un gran aficionado al baloncesto, lo uno llevó a lo otro.

Tras escuchar aquella historia, imaginando lo mucho que Ortiga debió disfrutar viendo aquellos momentos finales de la ABA , presenciando como los Nets remontaban una desventaja de 22 puntos en el tercer cuarto, para coronarse campeones ante unos Nuggets liderados por un colosal Thompson, no dudé un momento en someterme al ERI.

 Había pasado varias noches en vela, no por el impacto de la noticia de mi inminente muerte, sino por la excitación de elegir el momento al que deseaba ser regresado.

Por mi imaginación transcurrieron la Final Olímpica de Munich, los 100 puntos de Chamberlain, la victoria de Texas Western sobre Kentucky, el duelo Bird – Magic en la final de la NCAA ……….

Finalmente, mi pasión por la pallacanestro me llevó a elegir el partido de desempate entre la Billy Milano y la Squibb Cantú , disputado en el Palacio San Siro, en las semifinales del Scudetto de 1981.

 Fue una batalla épica, decidida en el tercer partido a favor de los canturinos tras dos prórrogas, después de que ambos equipos hubieran obtenido sendas victorias a domicilio, en partidos también tensos e igualados.

Llegado el día, ansioso por asistir a esa joya del mejor baloncesto que nunca hubo en Europa, me presenté en el Centro de Bienestar Social y, antes de iniciar la hipnosis, Leti Pappet, ante mi curiosidad, me mostró una foto del expediente de Ortiga, que ya  era para mí casi como un amigo.

Con la imagen del primer Psiconauta del ERI en mi mente, comencé el que sería mi último día sobre esta Vida. 

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El ambiente estaba caldeado en las ajadas y oscuras gradas del Palazzone, Tom Boswell celebraba estentóreamente la victoria con sus compañeros en el centro de la cancha, los tiffosi locales le imprecaban, amagando con invadir la pista, mientras Dan Petterson y Valerio Bianchini se  saludaban fríamente.

Cantú era finalista, eliminado a la gran favorita en su propia cancha,  tras un partido memorable, y Mike D,Antoni marchaba con cara de pocos amigos a la bocana de vestuarios.

Observaba al gran base italoamericano, allá sentado en la tribuna de prensa, aún excitado por lo que había vivido, cuando sentí como una mano se posaba en mi espalda.

Al darme la vuelta, experimenté una sacudida brutal, al reconocer a la persona que me quería saludar.

Contemplándole, en un momento pude comprender cuán arrogante era la ciencia de los hombres, pretendiendo expedir billete de ida y vuelta al pasado  a quien ya vivía para siempre en él.

Mirándole a los ojos, vi en ellos la felicidad del pasado eterno, y me dejé llevar, sabiendo que mi dicha no podía ser mayor: morir imaginando cuantos días de gozo habría disfrutado aquel Hombre que vivía en el Pasado, y cuantos me estaban por venir.  

Milano, 25 de enero de 2056.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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