Reconozco que Grecia, antes del partido, no me gusta como rival. Que llevamos varios años ganándoles, pero sigue sin gustarme. Cuentan con muchas bajas y las ausencias provocan un banquillo más débil. Cierto. Pero no me gustan.
Las semifinales te hacen por inercia pensar en el rival. Obviamente hay que hacerlo. Eso que iba contando que en buen estado los nuestros no se deben preocupar del resto, es ya una media verdad. Y no hablo de falta de respeto al rival. Simplemente es una realidad que estando en condiciones óptimas y sin partidos aciagos, España ganará este Eurobasket. Sin embargo, en este momento, Grecia juega algo muy competitivo y esto es deporte. Nadie pensó que jugáramos una final tan funesta como la de hace dos años y así se escribió.
Antes de meterme en harina, decir que contaría algo de esta matinal, con baloncesto incluido, pero ha sido tan insípida, que ni vale la pena. Cambio en la habitación del hotel y al pabellón a ver las dos semifinales del quinto al octavo puesto. ¿Qué he sacado de ellas? Pensar en el sueño que tenía. ¡Qué sopor! Y eso que se juegan plazas para el Mundobasket del año que viene. Dio igual. Y los dirigentes del baloncesto ruso que se lo hagan ver, de verdad, porque a pesar de las bajas, un país tan enorme no puede traer una selección tan débil como ésta.
Recuerdo un “¡Qué será esto, que no me canso de ganar!” y nos fundimos en un abrazo. Era Juanjo Pérez Toledano, el médico de la Selección Española junior y en Julio del 2004. Con Sergio Rodríguez a la cabeza, volvimos a quedar campeones de Europa. Hay que decir que Juanjo vio ganar en esa categoría a los chavales en Mannheim 1998, Europeo de Varna 1998 y Mundial Junior 1999. Tengo la misma sensación ahora. Cada vez lo disfruto más viendo ganar a esta Selección y no me canso de verles hacerlo. Y no me canso de escribir crónicas de este tipo.
España ha vuelto a estar de cine. A aquellos tiempos recientes en los que parecía que nadie les podía aguantar durante 40 minutos. Aquella sensación del Mundial de Japón, que por ser aquella la primera vez, no salíamos de nuestro asombro. Que por ser esta la más bendita resurrección, tampoco salimos de nuestro asombro. Hace una semana decía a los amigos de mi pueblo que se juntaran en grupo, que aquel España-Turquía sonaba muy bien. Tenía, cual Willy Fog el reloj adelantado…una semana.
Nunca pensé que el partido discurriera como lo ha hecho. El orgullo patrio heleno recogido con palas en el suelo tras un gran pase de apertura de Felipe Reyes y posterior mate de Sergio Llull en contragolpe. Restaban ocho minutos.
España está en la final. España ha bordado el baloncesto en los tres últimos partidos, con el título ya sólo a un paso. Y el recuerdo de Madrid demasiado reciente para ser olvidado. Por dos frentes: por la cautela que debemos tener mañana, que en aquel momento decisivo nos salió un partido horroroso; y por la frustración que supone perder algo cuando parecía todo a favor, que puede servir de motivación extra.
Encaramos esta tarde un partido en el que la megafonía nos pone como motos en la presentación: con Grecia los acordes son atronadores. Con España…¿y la música? ¿dónde está la música? No nos amedrentarán.
España ha sabido minimizar las posibles carencias a fin de sacar el máximo rendimiento. Un equipo tan bajo como el que sitúa Scariolo en el quinteto titular, con dos escoltas, saca el máximo resultado ofensivo al quinteto. Y se pudiera tachar de un tanto suicida antes de iniciado este campeonato. Parecería la vuelta a los Ramos-Emiliano-Buscató. Y ha salido excepcionalmente bien, porque su comportamiento defensivo ha sido ejemplar. Los ajustes defensivos son de tiralíneas (enhorabuena Sergio; enhorabuena chavales). Y en ataque, tras la primera infausta semana, han estado como lo que son: descarados, intuitivos, asesinos. Con su intensidad en ambos lados de la pista les han hecho dominar a hombres altos y atléticos como Printezis en la tarde de hoy.
El gustazo de ver que todo encajaba. Esta defensa agresiva y arriesgada de los dos angelitos, junto a la de Ricky tenía el soporte en la capacidad intimidatoria de Pau Gasol. Con alguien así, sí se puede arriesgar. El gustazo de ver que las rotaciones funcionan. Resulta fascinante pensar que ahora somos el equipo con más físico de los que aspiran al título, con la cantidad de problemas que hemos tenido. La intensidad que se pone es demasiado alta para el resto. Nadie lo aguanta. Porque a Ricky hoy lo ha suplido un Cabezas notable en defensa y con ese triple conciliador con el aro y su propia confianza, para sentirse uno más en el ataque.
Y aunque todo ha salido a pedir de boca, hay que ser justos y reconocer que los griegos han jugado muy bien, mostrando una circulación de balón como no la he visto en este campeonato. El único problema es que su porcentaje era de un 40%, que comparado con nuestro 60%, eran como perdigonazos en una guerra de carros de combate.
Pau Gasol marcó diferencias desde los primeros minutos, con sus 9 puntos en el primer cuarto. Y si faltaba rebote, puesto que nos cogieron algunos en ataque, Felipe Reyes lo arregló, muy a pesar de la voluntad de Sofoklis Schortsianitis. El pívot de origen camerunés aportó 20 minutos de calidad. Tampoco fue suficiente. La excelente canasta de Rudy Fernández sobre la bocina del descanso, que dejaba el 49-40 nos hizo ponernos a todos los medios de pie y aplaudir.
Al tercer cuarto lo doy mucho valor, puesto que siendo farragoso, atascado, con muchas faltas, España sabe jugar y acrecienta la ventaja hasta los 13 puntos en su final (64-51), con Bourousis desesperado, llevándose una técnica por un codazo. Y ahí se dio el estacazo definitivo en el primer minuto del último período. El citado pase de Reyes para el mate de Llull, el triple de Carlos Cabezas, acompañado con otro robo y canasta de Sergio Llull, abrió la brecha hasta la veintena y los griegos mirando al suelo, dándose por derrotados, a pesar de la casta de Spanoulis, que realizó un trabajo muy notable. En la fiesta, el triple de Mumbrú situó el electrónico en 79-56, nuestra máxima diferencia, para llegar al 82-64 final.
Pau Gasol no jugó el último cuarto y nadie lo echó de menos. España estaba lanzada y cuando eso sucede, en Europa al menos, nadie puede pararles. La complicidad y el júbilo de estos chavales nos la están restregando por la cara ahora. ¿Y mañana? Pues estoy convencido que llegarán al pabellón cantando en el autobús y no restregarán nada. Si hay título, lo celebraremos todos. Pero eso es otro cuento que me gustaría vivir mañana. Queda un pasito y estoy muy optimista. Esto no es Madrid, ni Estocolmo, ni París, ni Nantes. La imagen mostrada por estos jugadores da pie a pensar que en esta ocasión, sí se podrá conseguir el título. ¿Frente a quien? Lo que son las cosas, frente al equipo con el que de manera tan triste debutamos: Serbia.
No quiero adentrarme mucho en lo que fue el Serbia-Eslovenia. Sin embargo, es de rigor decir que quizás haya sido el mejor encuentro del campeonato, con la agónica victoria serbia en la prórroga por 96-92, en uno de esos enfrentamientos épicos donde el deseo puede con todo. Donde Milos Teodosic ha sido el dios de los serbios en los últimos minutos. Donde un agotado Lakovic anotaba triples cuando no podía ni moverse. Donde Eslovenia estuvo a punto de conseguir la proeza aún sin contar con uno de los mejores jugadores del torneo, Erazem Lorbek, que anotó 25 puntos y debió sentarse por cinco faltas cuando restaban más de seis minutos. Donde un veterano como Goran Jagodnik pudo ser el héroe de la noche, y donde Dusan Ivkovic ha realizado un trabajo maravilloso con una generación de estrellas en ciernes.
Todo el colorido para la Final. La gran Final. Mañana. El día en el que podemos proclamarnos campeones de Europa y cerrar al fin un círculo de muchos años ya.
Lleva 10 años en Canal + y 8 comentando partidos de baloncesto. Su actual silencio en las pantallas no es secundado por otros "frentes", como "Gigantes del Basket" o este mismo blog. Dice que le metieron el gusanillo sus amigos cuando con 7 años se encontraron un profesor con más pasión que conocimientos sobre este deporte. A partir de ahí, y como simple aficionado vivió la "Belle Epoque" del baloncesto, esos 80 a los que casi siempre se remite. Coleccionista de vocación, confiesa que no tiene alma de periodista. "Yo, tan sólo disfruto de este deporte". Cuando llegaron los clásicos de la NBA a Canal+, aseguraba que "era como si viniesen los Reyes Magos a diario". Antonio Rodríguez es un apasionado de este deporte, por encima de todo.
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