Miguel Ángel Paniagua

LUNES, 28 DE DICIEMBRE DE 2009

NBA CHRISTMAS DAY

La Liga NBA empezó jugando partidos de su competición oficial el día 25 de Diciembre, el día de Navidad, casi desde el mismo momento de su nacimiento: allá a finales de los años 40 del siglo pasado. Está documentado que el primer partido de la NBA celebrado el Christmas Day se disputó en 1947, el segundo año de vida de la Liga. Los Knicks de Nueva York batieron entonces a los Steam Rollers de Providence por 89 tantos a 75 y con el legendario Madison Square Garden lleno a rebosar.

Pero no sería hasta el año 1983 cuando esos partidos de Navidad de la NBA se convirtieron en una tradición. La cadena televisiva que entonces poseía los derechos de la Liga Profesional, la CBS, transmitió entonces su primer “doubleheader”: una dupla de partidos que mantuvo pegados a los ciudadanos al televisor. A un servidor incluido. La CBS transmitió los partidos Nueva Jersey-Nueva York -¡cómo cambian los tiempos!- y Portland-Los Angeles Lakers. Los índices de audiencia pegaron aquel día una subida histórica, jamás contemplada hasta entonces en el baloncesto televisado de la Liga NBA.

Este año el ya tradicional evento navideño de la NBA ha crecido hasta límites insospechados. Las cadenas ABC y ESPN han ofrecido al público nada menos que cinco partidos de liga -“un quintupleheader”, podríamos decir- que ha presentado en las pantallas de la tele a lo más florido de la competición. A pesos pesados tales como los Lakers, los Cavaliers, los Celtics o los Magic. Y, por supuesto -y como es lógico en una Liga que hace marketing incesante de sus estrellas- presentando a unos cuantos cracks de gran calibre en cada uno de los choques: jugadores como Kobe Bryant, LeBron James, Kevin Garnett, Dwight Howard, Dwyane Wade, Carmelo Anthony o Steve Nash, entre otros.

Mucha gente, y no pocas veces, ha criticado a la Liga NBA por enfatizar en su mercadotecnia mucho más la imagen de sus estrellas que la del equipo; sobre todo en un deporte colectivo como es el baloncesto. Pero no cabe duda de que a la NBA esa estrategia le ha ido muy bien hasta ahora. Y para llevar a cabo esa estrategia, la NBA tiene el apoyo inequívoco de los jugadores: ellos, en su inmensa mayoría, comprenden que lo que es bueno para la Liga es, casi siempre, bueno para ellos también.

De modo que jugar en una fecha tan difícil como es el día de Navidad es generalmente un hecho ampliamente aceptado por las gentes que hacen que el show funcione. Y además, los clubes, los entrenadores y, sobre todo, los jugadores se suelen tomar el hecho de que sus equipos sean elegidos para competir en Navidad como un indicativo muy claro de que están en la cresta de la ola. Al fin y al cabo, estos partidos son capaces de atraer la atención de un público que habitualmente no sigue el baloncesto y que son potenciales nuevos creyentes en la causa de la NBA.

Por su parte, la estrategia de la Liga NBA es muy clara: trata de asociar su nombre al día de Navidad. La Liga pretende que, si hay una televisión encendida en un hogar estadounidense -cosa más que probable en esa fecha, por cierto- aparezca en la pantalla del televisor un partido de la NBA. En ese sentido, la Liga sigue la misma ruta que la Competición de Fútbol Americano, la NFL, que hace ya tiempo unió su nombre a otra fiesta muy señalada en el calendario norteamericano: el Día de Acción de Gracias.

Pero entre todo este consenso casi general del mundo de la NBA, que da por bueno que se jueguen partidos de baloncesto el día de Navidad, una voz ha clamado, rotunda, contra esta costumbre: la del técnico de los Magic de Orlando, Stan Van Gundy.

El hombre, que ya de entrada no es especialmente popular entre el gran público, se ha mostrado muy contundente a la hora de hacer sus críticas y ha señalado que no cree que [jugar partidos en Navidad] sea “buena publicidad para la Liga” y ha añadido, además, que “siente pena por toda esa gente que no tiene nada mejor que hacer el día de Navidad que ver un partido de la NBA”.

Vaya por delante que a mí todas las opiniones me parecen muy respetables. Y esta opinión de Van Gundy me parece igualmente respetable también. Pero creo que el técnico del Orlando se ha pasado bastante en esta ocasión: sobre todo al dar a entender que el público que ve esos partidos es un tanto lelo.

Da toda la impresión de que, con estas declaraciones, el Entrenador Van Gundy o bien ha querido crear una polémica donde no la hay, o bien es que el hombre todavía no ha entendido el entorno en el que se mueve, ni de qué va ese entorno, ni siquiera cómo funciona ese entorno. Y ese entorno es, entre otras muchas cosas, un negocio que le ha convertido en multimillonario, por cierto.

Antes de nada, es preciso señalar que Mr. Van Gundy no ha hecho esta crítica porque profese una fe religiosa que le impida trabajar en Navidad. Me parece que no hay nada más respetable que una persona, en este caso un deportista, que entienda que no debe jugar en una fecha concreta porque así lo ordenan ciertos preceptos religiosos de su fe.

En ese sentido, si un deportista no quiere practicar deporte en el Sabbath, o en el Yom Kipur, o durante el mes de Ramadán, a mí me parece la actitud más respetable del mundo. Incluso el deporte olímpico nos dejó un ejemplo de esto cuando el gran atleta escocés Eric Liddell se negó a correr una prueba de clasificación durante los Juegos Olímpicos de Paris-1924 en el día del Sabbath: renunciando de hecho a su segura medalla de oro. Su historia fue contada en el muy premiado film británico “Chariots of Fire”, por cierto.

Me parece también muy correcto que otras ligas deportivas decidan no sólo no jugar, sino ni siquiera entrenar durante las fechas más señaladas de la Pascua Navideña. La Liga ACB, por poner un ejemplo muy cercano, tiene firmado en su Convenio Colectivo con la Asociación de Jugadores Profesionales, la ABP, y concretamente en el artículo 29 de dicho Acuerdo, que: “La ACB no programará competición alguna para los días 24 y 25 de diciembre, así como tampoco los clubes o SAD -ni tan siquiera entrenamientos o desplazamientos ni cualquier otra actividad laboral-, y para los días 1 y 6 de enero se intentará hacer otro tanto por la ACB, siempre que el calendario de competición -a su exclusivo juicio- lo permita”.

Pero, en el caso que nos ocupa, ni el Coach Van Gundy profesa una religión que le impida trabajar el día de Navidad –al menos que yo sepa- ni, por supuesto, la NBA tiene recogido en su Convenio Laboral con la NBPA, el Sindicato de Jugadores de la Liga, que se parará todo tipo de actividad durante esos días navideños.

No descarto, tampoco, que Mr. Van Gundy esté un poco mosqueado por el calendario que le ha tocado esta temporada y que, justo por eso, haya expresado su frustración haciendo esas declaraciones tan singulares. Sus Magic van a hacer este año un triplete en cuanto a fechas señaladas se refiere. El Orlando ha jugado ya el Día de Acción de Gracias, también lo ha hecho el día de Navidad y le espera una cita el día de Año Nuevo en un lugar que no es, precisamente, muy agradable en invierno: los Magic juegan el día 1 de enero en la ciudad de Minneapolis contra los Timberwolves de Minnesota.

Pero, sea por la causa que sea, me parece que las declaraciones de Stan Van Gundy son muy desafortunadas. Para empezar, el día de Navidad trabajan no solo algunos equipos de la NBA, sino que también lo hacen muchas otras personas. Gentes tales como personal medico, policías, bomberos, ferroviarios, periodistas, etcétera, etcétera, etcétera.

Por supuesto, igualmente trabaja ese día todo el personal que participa en la celebración de esos partidos navideños de la NBA. Me refiero a técnicos, productores, cámaras y al resto de un amplio elenco de profesionales que hace posible que a los Magic de Mr. Van Gundy les vean por la televisión a lo largo y ancho del mundo entero unos cientos de millones de aficionados. O de “pobres desgraciados que no tienen nada mejor que hacer”, según la propia denominación del Coach.

Y, sin ánimo alguno de ser demagógico, en Navidad, en Año Nuevo y en Acción de Gracias, trabajan no sólo todas esas gentes citadas anteriormente, sino también miles de soldados americanos que están destinados en lugares no precisamente muy recomendables y que se juegan la vida por esos mundos de Dios.

Por supuesto, ni que decir tiene, toda esa gente que trabaja en esas fechas tan entrañables lo hace por bastante menos, por muchísimo menos, dinero que el que percibe Mr. Van Gundy por hacer -bastante bien, por cierto- su trabajo.

En cuanto a su opinión acerca de todos esos miles de televidentes que no tienen nada mejor que hacer que ver partidos de la NBA el día de Navidad, sólo cabría decirle a Mr. Van Gundy que ellos son, precisamente, la razón por la que él disfruta de un salario estratosférico. Merecido, por supuesto. Pero colosal para cualquier ciudadano de a pie.

Esos ciudadanos que disfrutan viendo partidos de baloncesto el día de Navidad, por encima de cualquier otra consideración pseudo filosófica de Van Gundy, se merecen todo el respeto del mundo.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 22:41 7 Comentarios
 
LUNES, 21 DE DICIEMBRE DE 2009

LECCIONES DE INTEGRIDAD

En un reciente banquete cuyo objetivo era recaudar fondos para el Salón de la Fama de la legendaria Universidad de Indiana, el no menos legendario entrenador Bobby Knight atacó frontalmente –al Coach Knight le es metafísicamente imposible atacar de otra forma que no sea de frente- la integridad del baloncesto universitario estadounidense. Para ello utilizó al técnico de la Universidad de Kentucky, el célebre John Calipari, como ejemplo palmario de todo lo malo que, según “El General” emponzoña al basket colegial.

“Estamos en una situación en la que hay una falta total de integridad y por eso estoy muy contento de no estar entrenando ahora mismo”, dijo Mr. Knight en su alocución. Para luego proseguir con el lanzamiento de una granada de mano: “Tenemos un entrenador en Kentucky que ha llevado a dos universidades [Massachussets y Memphis] a la suspensión y todavía está entrenando. De verdad, no lo entiendo.”

A lo cual solo cabe añadir una cosa: amén.

Pero a la vez que es indudable que Mr. Knight tiene razón en lo que afirma, es preciso señalar que él no es, precisamente, el más indicado para ir repartiendo participaciones de integridad por esos foros de Dios. Él, precisamente, no.

Además, el Coach Knight no dice la verdad en su alocución. Sabe, perfectamente, por qué John Calipari está entrenando en el Kentucky. Sabe por qué un entrenador que, como mínimo, sabía que sus universidades estaban contraviniendo las normas de la NCAA sigue en la cima del mundo del baloncesto universitario. Knight sabe la respuesta. Es una respueta muy sencilla: Calipari sigue entrenando porque sus equipos ganan partidos.

Mr. Knight sabe todo eso muy bien porque a él se le permitió transgredir las normas más elementales de corrección y de dignidad durante sus casi 30 años de reinado -absoluto y absolutista- en el campus de Bloomington, Estado de Indiana. Tres décadas en las que Bobby Knight llevó a sus Hoosiers al pináculo del baloncesto universitario. Pero, también, fueron treinta años en los que, al margen de esos éxitos deportivos tan enormes, a Mr. Knight se le permitió cometer todo tipo de tropelías: dentro y fuera de la cancha. Empero, como los equipos de Knight ganaban partidos, no había historia.

Mr. Calipari ha contestado en tono moderado a los ataques del Coach Knight. Era de esperar. Los bomberos habitualmente no suelen pisarse la manguera: a no ser que el bombero se llame Bobby Knight, claro. John Calipari ha dicho que no cree que haya un problema de integridad en el baloncesto universitario. Y también ha dicho que él es un gran fan de Bobby Knight. Faltaría más.

Este año, John Calipari, -que tiene este curso en su plantilla del Kentucky a un prodigio llamado John Wall- sigue haciendo en Lexington, la capital del caballo, lo que mejor sabe hacer: ganar partidos. Ya en su primer año al frente de los Gatos Salvajes, ha batido un record mítico: su equipo está teniendo el mejor comienzo de temporada en toda la historia de la universidad. El record anterior, por cierto, lo tenía Adolph Rupp, un entrenador que es considerado un tótem sagrado en Kentucky.

Mr. Knight y Mr. Calipari son dos individuos muy capacitados para su oficio. Sin duda alguna. Pero ambos se han hecho multimillonarios no sólo gracias a sus habilidades, sino también al hecho de que el microcosmos en el que han trabajado, o trabajan, carece de esa integridad que tanto echa en falta ahora Bobby Knight. La realidad es que el modelo de la NCAA es muy injusto. Y no se me ocurre nada más falto de integridad que la injusticia.

El modelo de la NCAA –sobre todo en los niveles más altos de su competición deportiva- chirría por completo. Los deportistas reciben una mínima compensación, o ninguna, mientras que los entrenadores se forran. Muchos técnicos ganan centenares de miles de dólares. Algunos, como es el caso de Mr. Calipari, -o de otro gran icono de la NCAA moderna, como es Rick Pitino- se embolsan millones de dólares. Los entrenadores reciben gran parte de esos millones a cambio de vestir ciertas marcas de ropa y de calzado: lo que añade sal a la herida porque los jugadores, los artistas de este circo al fin y al cabo, no reciben apenas nada como contrapartida por ello.

El baloncesto universitario tiene aspectos positivos. Pocos, pero alguno tiene. La posibilidad de tener una beca de estudios y una educación para el futuro, es, indudablemente, uno de ellos. Otros son menos tangibles, pero muy interesantes. Por ejemplo, el baloncesto NCAA es, seguramente, el último reducto de la pirámide baloncestística estadounidense en el que un entrenador todavía tiene mando en plaza.

Pero esa autoridad, mal entendida, puede convertirse en un arma peligrosa. En Indiana, la actuación del Entrenador Knight hacia sus jugadores fue un ejemplo palmario de dictadura, un sistema muy propio de aquellos militares prusianos a los que, por cierto, Mr. Knight tanto admira. En Indiana, el Coach Knight tenía barra libre: podía gritar, insultar, vejar y humillar a sus jugadores. Le estaba permitido todo. Porque, al igual que pasa ahora con Calipari, sus equipos ganaban muchos partidos.

Por eso, creo, Bobby Knight no debería tirar jamás la primera piedra. Ni contra Calipari, ni contra nadie. Porque, al fin y al cabo, él y John Calipari son iguales. Ambos son el resultado de un modelo que, presumo, seguirá vigente durante mucho tiempo. Una mina de oro inagotable, la NCAA, en la que los mineros gozan de muy escasos privilegios.

Las historias profesionales tanto de John Calipari como de Bobby Knight son muy diferentes, pero a la vez tienen un común denominador: ambos poseen una evidente falta de integridad. Porque no ser íntegro no es sólo que a tus equipos les hayan pillado con las manos en la masa haciendo trampas: como es el caso en los dos últimos destinos de Calipari. No ser íntegro no es sólo violar las reglas de la NCAA. No ser íntegro es, también, contravenir las reglas que gobiernan los aspectos más básicos de la dignidad humana.

Massachusetts y Memphis se vieron obligadas por la NCAA a dejar vacantes sus apariciones en la Final Four de la NCAA por cometer ilegalidades durante el mandato de Mister Calipari. Y aunque es cierto que el Coach Cal no está directamente implicado en ninguno de los dos casos, es imposible pensar que el director del teatro no sabía lo que estaba pasando entre las bambalinas. Dicho de otra manera: un malhechor puede salir bien parado de un juicio y resultar ser no culpable. Faltaría más. Eso es la Ley. Pero eso no significa que ese malhechor sea inocente.

A la Universidad de Kentucky, sin embargo, semejantes disquisiciones morales no le preocupan. De modo que sus rectores han llenado los bolsillos de Mr. Calipari de millones de dólares a cambio de que éste devuelva a su legendario equipo de baloncesto a los días gloriosos del pasado. La integridad queda muy bien para las clases de Ética en las aulas de Lexington. Pero, en la cancha, la integridad no le mete puntos al equipo de Louisville.

En ese sentido, la falta de integridad de Bobby Knight es, probablemente, peor que la de Calipari. Sí, porque la de Mr. Knight se alimenta de un comportamiento basado en algo tan abiertamente abominable como es el abuso de poder. Pero, con todo, lo peor no es eso. Lo peor es que muchos de sus seguidores más irreductibles, muchos medios de comunicación, y por supuesto las instituciones docentes para las que trabajó Mr. Knight, obviaron durante muchos años su comportamiento y condonaran sus innumerables tropelías.

La lista de agravios contra la decencia y contra el sentido común de Mr. Bobby Knight es de sobra conocida. El altercado ocurrido en los Juegos Panamericanos de 1979, celebrados en Puerto Rico, donde Mr. Knight tuvo un grave altercado con un policía local, de color, al que insultó gravemente y que a punto estuvo de provocar un incidente diplomático. La Final Four de 1981 en la que el Coach tiró, literalmente, a un aficionado del Louisiana State, a un cubo de basura, alegando que el hincha le había insultado. El partido de 1985, contra la gran rival Purdue, en el que el Mister tiró una silla a la cancha después de que le pitaran una falta técnica. La entrevista para la cadena CBS, realizada en 1988, -con la entonces periodista estrella de la cadena, Miss Connie Chung- en la que Mr. Knight dijo aquello de que “si la violación es inevitable, lo mejor es que la mujer se relaje y disfrute”.

El Torneo de la NCAA, en 1992, en el que Knight se convirtió en un personaje aún más bizarro –si cabe- y profundizó en sus ruedas de prensa en los aspectos más oscuros de la subcultura sado-maso. Fue cuando el Coach dijo aquello de que “a los jugadores habría que encadenarlos por los tobillos, azotarlos y luego ponerles los pies en agua fría”. Muchos aficionados recordarán que Mr. Knight se presentaba a las ruedas de prensa con un látigo.

Y, sin embargo, a pesar de todas estas historias, tanto su Universidad, Indiana, como la Federación USA, nunca vieron una conducta inapropiada en el Coach Knight. ¿Por qué?. Pues porque “El General” ganaba partidos. Los ganaba con Indiana, claro. Y los ganó con aquel espectacular equipo olímpico de Los Angeles-1984. Ya en aquel momento, el General llevaba tiempo sacando lo peor de sí mismo.Resulta extraño que no fuera hasta el año 2000 cuando alguien en la Universidad de Indiana decidiera actuar. Un antiguo jugador de los Hoosiers, Neil Reed, alegó que Bobby Knight le había agarrado por el cuello. Aquello pasó durante un entrenamiento de la temporada 1997-98, me parece recordar. Mr. Knight negó tales acusaciones, pero luego los chicos de la CNN encontraron la cinta de un entrenamiento de la Universidad de Indiana, justo de aquellas mismas fechas, en la cual se veía a Mr. Knight agarrando al chaval Reed por el pescuezo. El Rector de Indiana, Mr. Myles Brand, dijo entonces que la Universidad tendría “tolerancia cero” con Mr. Knight en lo sucesivo; que no habría más agresiones.

Sin embargo, unos meses después, la naturaleza siguió su curso y el Coach Knight agarró por el brazo, e insultó gravemente también, a un estudiante de primer año que, según él, le había faltado al respeto. Aquella fue la gota que colmó el vaso y el Entrenador fue despedido de la Universidad de Indiana tras casi 30 años de servicio.

Me resultó curioso, entonces, contemplar como ese agarrón acabó siendo la causa final del despido de Mr. Knight. Si antes alguien hubiera hablado con Mike Giomi, un chaval de Indiana al que trajimos a jugar a España, y que tuvo la osadía de irse de Indiana para jugar en NC State. O si hubiera hablado con Luke Recker, que se marchó también de Indiana a Iowa: el año pasado recuerdo que coincidió con su antiguo entrenador en Bilbao y éste le negó, maleducadamente, incluso el saludo. Si alguien antes hubiera hablado con ellos, y con tantos otros jóvenes que se vieron humillados y vejados, antes y después que ellos, tal vez se habrían dado cuenta de que el comportamiento del técnico era incompatible con la integridad. Y con uno de los pilares básicos que dice sostener el deporte de la NCAA: la formación de los jóvenes.

Mucha gente siempre tuvo claro, sin embargo, que toda esa historia de formar espíritus pertenece a la época jurásica de la NCAA. Si es que, alguna vez, esa historia fue realmente cierta. Seguramente, ese noble objetivo de formar personas, además de jugadores, se retiró de la circulación el mismo día en el que el Coach John Wooden se retiró de la UCLA.

Mr. Knight se pregunta ahora por qué Mr. Calipari está todavía entrenando en la NCAA a pesar de sus graves faltas. La respuesta es que el Kentucky quiere volver a ganar títulos. Lo mismo que pretendía la Universidad de Indiana que él dirigió durante tantos años. Y que le permitió transgredir las normas más elementales del comportamiento que se espera de un líder, de un forjador de hombres.

Por eso, creo que Mr. Knight no debería dar ninguna lección a nadie. Mucho menos, lecciones de integridad.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 17:06 10 Comentarios
 
LUNES, 14 DE DICIEMBRE DE 2009

GENIO Y FIGURA

Supongo que el golfista Tiger Woods no sigue mucho la NBA. Es conocida su amistad con Michael Jordan y también con Charles Barkley. Pero no sé hasta qué punto Tiger sigue la Liga NBA y, sobre todo, hasta qué punto sigue sus hechos y sucesos.

Pero, en su situación actual, una vez confirmado sus (múltiples) affaires extraconyugales, con su matrimonio y con su familia aparentemente hechos añicos, con patrocinadores que se retiran de su lado –casi a cada hora- como si fuera un apestado, creo que Mr. Woods haría muy bien en echar un vistazo a algunos ejemplos del pasado más o menos similares al suyo.

El culto a la personalidad que rodea a Tiger Woods es casi idéntico al que rodeó –y todavía rodea en gran medida- a su amigo Michael Jordan. Y también al que rodeó –ahora ya no tanto- a la estrella de los Lakers de Los Ángeles, Kobe Bryant. Así que, si Tiger pretende acometer cualquier intento de salvar su deteriorada imagen pública, en la NBA tiene ejemplos claros: no sólo de lo que le puede pasar a un jugador que cae en desgracia; sino, sobre todo, de cómo esos casos pueden ayudarle en su camino a la redención.

Permítame el lector, antes de entrar a analizar otros aspectos, contar una anécdota que me narró en una ocasión un ex jugador de la NBA. El hombre me decía que en la Liga había un chiste que venía a decir más o menos así: “¿Sabes cuál es el peor momento de un jugador que se va a jugar una serie de partidos fuera de casa?”. La respuesta es: “Disimular la sonrisa cuando su mujer se despide de él en el quicio de la puerta”.

Debo decir que ese chiste ilustra muy bien lo que pasaba en la Liga NBA no hace muchos años. Nadie me lo tiene que contar. Viajé casi una temporada entera con los Suns de Phoenix y casi un mes entero con los Blazers de Portland en los que militaba el difunto Fernando Martín. Aquellos eran tiempos en los que las groupies invadían las recepciones de los hoteles y en los que los jugadores todavía no se habían llevado el susto morrocotudo que supuso el terrible anuncio de Magic Johnson de que había contraído el virus del SIDA: debido a su reconocida promiscuidad, como es sabido.

También ayudaba mucho el hecho de que el orden del día de un equipo de la NBA nada tiene que ver con el de un equipo europeo, por ejemplo. En la NBA, el equipo llega al hotel de la ciudad en la que va a jugar como visitante. El manager del equipo asigna las habitaciones –siempre para uso individual aunque sean dobles- les da a los jugadores sus per diems (dietas), y les cita para una sesión de tiro previa al partido. Lo que haga el jugador con su tiempo; si quiere dormir, visitar a unos parientes, contemplar las pinturas de un museo cercano, o subirse compañía a la habitación, es estrictamente “su” problema.

Tampoco nadie me tiene que contar esto. En el lobby del hotel en el que se hospedaban los Blazers, allá por Enero del año 87, -creo que era el Renaissance Meadowlands- estábamos de tertulia Fernando, me parece recordar que su hermano Antonio también, el segundo entrenador de entonces, Rick Adelman, el manager general del club, Bucky Buckwalter, y un servidor. Por allí apareció el gran Clyde Drexler, con dos señoritas -o señoras, vaya usted a saber- con las que se disponía a compartir habitación. Eso sí, antes de tomar el elevador, educado y señorial como siempre fue el gran Clyde, nos presentó a esas dos –creo que no hace falta decirlo, pero lo diré de todos modos- impresionantes mujeres a todos los que estábamos allí de cháchara. Clyde era un crack dentro de la cancha, sin duda. Pero ese día me demostró que también era un crack fuera de ella.

[Entonces Dusko Ivanovic no era entrenador, por supuesto. Pero no dejo de pensar cómo reaccionaría el disciplinario entrenador del Baskonia si, Tiago Splitter, por poner un ejemplo, no sólo subiera dos mujeres a su habitación de un hotel de Murcia, sino que además tuviera el placer y la deferencia de presentárselas a su entrenador.]

Cerradas las corcheas y volviendo al caso Tiger: no puedo dejar de pensar –una vez más- en cómo la situación por la que atraviesa ahora el golfista, y que antes atravesaron otros deportistas de altísimo nivel de la NBA, refleja hasta qué punto la sociedad estadounidense está impregnada de ese puritanismo que hunde sus raíces en el siglo XVII. Justo cuando los primeros colonos ingleses llegaron a las costas de la Nueva Inglaterra huyendo, precisamente, de la que ellos consideraban que era la nueva Sodoma y Gomorra europea: Inglaterra, su propia nación.

En los Estados Unidos, si un deportista de élite quiere tener buenos patrocinadores ha de presentar una imagen pública no ya impecable, sino impoluta. Se trata de una regla no escrita, pero absolutamente real. No sólo vale trabajar –piedra angular del modo de vida protestante, como es sabido- para ser el mejor; ni siquiera vale ser el mejor en tu trabajo. Si un genio del deporte quiere ganar mucho dinero -hablo de dinero de verdad, de decenas de millones- gracias a sus patrocinadores, ese deportista ha de tener un estilo de vida puritano.

Y, claro, todos esos ejércitos de asesores, de expertos en imagen, de marketing managers, y de otros menesteres varios, que rodean a una estrella, ya se encargan de asegurar que el deportista salga debidamente inmaculado a ofrecer su cara al público. Por supuesto, siempre después del prelavado, del lavado y del centrifugado correspondientes.

Pero, en ocasiones, como ha pasado ahora con Tiger -igual que pasó antes con Kobe Bryant, y también con Michael Jordan- si el deportista da rienda suelta a sus instintos –a menudo no necesariamente los más nobles- y se sale de la rueda, de lo que la sociedad puritana entiende como el comportamiento normalizado, y, sobre todo, si miente al respecto de ello, entonces el icono deportivo se cae fulminantemente del pedestal. Y el que hasta hace un minuto era un “role model”, un modelo a seguir para todos, pasa a ser pasto de los medios; pasa a ser odiado y ridiculizado por la misma gente que antes lo endiosó; y pasa a quedar marcado –tal y como sucedía con los pecadores en aquella América puritana del siglo XVII- con una letra escarlata que le señala para siempre como a un impenitente irredento.

Por un simple acto de piedad humana, uno querría que a Tiger Woods el tiempo, y su propio juicio, le pudieran facilitar una rehabilitación lo más adecuada posible. En ese sentido, el ejemplo más palmario de recuperación de una imagen, ciertamente muy maltrecha, lo tiene en Kobe Bryant.

Kobe pasó de ser el príncipe del baile, a ser la estrella acusada de asalto sexual, para acabar siendo, ahora mismo, una presencia corporativa ciertamente mucho más tenue y claramente mucho menos aparatosa de lo que fue en los inicios de su carrera. Su imagen sufrió un deterioro enorme después de aquel lamentable affaire en aquel motel de Colorado, es cierto. Pero Kobe –y su gente y la gente de Nike- han sabido reconstruir esa imagen como la de un deportista de élite mucho más preocupado por jugar bien al baloncesto que por las sinuosas avenidas de la celebridad.

Su imagen inicial de “wunderkind” predestinado -ya casi desde sus tiempos de jugador escolar en Filadelfia- a ser el nuevo Michael Jordan, aquel joven que se nos presentó limpio como una patena, chirrió desde el principio. Por eso, Kobe tuvo tantos detractores desde el primer día en que pisó la NBA. Con aquel Kobe “pre-Colorado” era muy obvio que lo que veías no era lo que tenías. Y el público puede ser influenciable, puede ser influenciado, puede caer bajo el influjo de todas esas técnicas de mercadotecnia que se estudian en las facultades de Empresariales, por supuesto que sí. Pero el público tampoco es un tonto a las tres. Por eso, justamente ahora, cuando la imagen que proyecta Bryant se basa, casi estrictamente, en las cosas (maravillosas) que hace en la cancha, muchísimo más que en todo esa vaina de la celebridad y de los “role models”, es cuando Kobe se ha ganado el respeto de casi todos.

Y luego está Michael Jordan. El único deportista vivo que puede, hoy por hoy, competir con Tiger en niveles de grandeza. Para los patrocinadores, Michael Jordan fue la imagen neutra del deportista afro-americano. Un atleta prodigioso cuyo color de piel jamás obstaculizó su imparable deseo de capitalizar sus enormes hazañas deportivas. En gran parte, eso ocurrió porque Jordan se vendió a sí mismo –de nuevo con la ayuda de su entorno y de Nike- como el más “cool”, como el más guay de todos los guays, y como ese chico al que toda madre querría tener por yerno. Y la verdad es que lo hizo francamente bien.

En el caso de Jordan, todo lo que había bajo esa superficie –la ludopatía, la infidelidad compulsiva, la competitividad desmedida, la arrogancia, la incapacidad de aceptar el fallo en sí mismo y en sus compañeros- no ha producido, curiosamente, excesivos daños colaterales a su imagen pública. Principalmente, porque tanto él como sus asesores han decidido no cambiar el curso de las cosas. Hacerlo sería reconocer que mintió al público y eso implicaría una admisión de derrota sin paliativos para todo lo que es, y para todo lo que representa, la Michael Jordan Incorporated. En otras palabras, lo que Jordan y su entorno –Nike incluido- nos están diciendo con Michael Jordan es que es imposible separar esos signos de mal comportamiento de su grandeza deportiva. Su lamentable discurso de entrada en el Salón de la Fama de Springfield, lleno de venganza, de cuentas no cerradas, de mala baba al fin y al cabo, es un ejemplo ilustrativo de ello.

Lo que hubiera sido una pasada monumental en boca de cualquier otro deportista, en el caso de MJ nos lo han vendido como: “El genio tiene tal afán competidor, es tan caníbal, que incluso en un acto en el que el común de los mortales habría sido comedido y se habría atenido estrictamente al guión, él, el gran Michael Jordan, no pudo dejar de ser competitivo una vez más”. Y luego nos añaden: “¿Y no es precisamente eso lo que siempre os gustó de MJ?. Así que: seguid comprando sus productos”, acaban diciéndonos. No deja de ser una estrategia algo maquiavélica. Pero muy productiva, sin duda alguna.

Supongo que ahora Tiger Woods elegirá uno de los dos caminos –el de Kobe o el de Jordan- para su redención. Sólo cabe desearle mucha suerte y que no le afecte mucho el diluvio que, en forma de piedras, va a seguir cayendo sobre él.

Pero no dejo de pensar también en todos aquellos grandes deportistas que un día decidieron que no añadirían más ceros a la derecha del balance de su cuenta bancaria y que asumieron el riesgo de ser como realmente eran y no como realmente los demás hubieran querido que fueran. Hace poco, comentábamos aquí algo a ese respecto sobre Allen Iverson. El antihéroe de la NBA que, incluso desde el lado oscuro, se convirtió en héroe para muchos.

Aunque debo decir que el personaje más paradigmático de esa filosofía de “lo que tienes es lo que ves y lo que ves es lo que tienes” que he contemplado en mi vida ha sido el genial delantero del Manchester United, ya fallecido, George Best.

El otro día, antes de empezar una reunión de trabajo, mi querido Nacho Azofra y yo estuvimos hablando un poco de todo este affaire de Tiger Woods y de todas estas historias de patrocinadores y de imágenes de deportistas que no se corresponden con la realidad. Y le conté una anécdota del gran Georgie Best que a Nacho le gustó mucho y que espero que al amigo lector también.

En una ocasión, ya muy al final de su vida –que sucumbió tempranamente debido a sus excesos con el alcohol y con el sexo- alguien le preguntó al genial futbolista cómo era posible que se hubiera pulido la inmensa fortuna que amasó jugando (excelsamente, por cierto) al fútbol. La respuesta de George Best figura en los anales: “Gran parte me la gasté en mujeres; otra gran parte me la gasté en alcohol. El resto, simplemente, lo despilfarré”.

Genio y figura. Hasta la sepultura. Nunca mejor dicho.

Pero puestos a elegir, prefiero a estos tipos que –aún siendo autodestructivos y con un punto suicida, como suelen ser los George Bests de este mundo- no engañan a nadie. Mucho antes que a todos estos iconos y modelos a seguir, cuya personalidad pública poco, o nada, tiene que ver con su personalidad real. Y que luego, como en el caso de Tiger, se caen del pedestal sin remisión posible. Básicamente porque en todos esos casos, la figura acaba engullendo, irremediablemente, al genio.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 14:50 14 Comentarios
 
LUNES, 07 DE DICIEMBRE DE 2009

“Filadelfia Nine and 73-ers”

Los Nets de Nueva Jersey han batido ya el record –dudoso record, claro- de partidos perdidos en el inicio de una temporada: 0-18. A partir de este suceso, el siguiente paso es establecer si algún equipo de la NBA será capaz de empeorar el record de 73 derrotas que ostentan los Sixers de Filadelfia desde la temporada 1972-1973. Hay algún gurú de la pluma que incluso propone que los Nets se dejen ganar todos los partidos y terminen el año con un inaudito 0-82. “Sería poético”, le leí el otro día a este colega. Pues hombre, yo creo que más que poético sería trágico. Pero, en fin, hay gustos para todo.

Al día de hoy el registro de los Nets es de 1 victoria y 19 derrotas. Como dicen que no hay mal que cien años dure –gran verdad- cabe esperar que los Nets mejoren en algún momento de esta su horrorosa travesía y ganen algún partido. El Nueva Jersey tiene, al menos, promesa de futuro: están CDR, los Williams, Harris, López. Así que estoy convencido de que los (pocos) aficionados que acuden últimamente al Izod Center serán capaces de ver ganar a su equipo más de nueve partidos este año.

Por su parte, otro conjunto al que esos analistas que manejan bien los números están siguiendo con especial atención son los Timberwolves de Minnesota. En este momento, los chicos de Kurt Rambis tienen un registro de 3 victorias y 17 derrotas. Y parece que, una vez olvidado el experimento de jugar aplicando el célebre triángulo de Tex Winter, que tan bien utilizan los Lakers de Phil Jackson, el equipo tiene otro aspecto. De nuevo se demuestra que, cuanta menos sofisticación táctica tenga un equipo malo, mejores resultados obtiene.

Sin embargo, el especialista del portal multimedia ESPN, John Dollinger, no augura nada bueno para los Wolves y, al día de hoy, proyecta tan sólo siete victorias (7) para ellos en toda la temporada: lo que significaría que, efectivamente, pasarían a ser el peor equipo de la historia de la NBA al conseguir dos triunfos menos que los Sixers del año 1973.

Honestamente, la proyección de Mr. Hollinger me parece un poco exagerada. Es cierto que, de acuerdo a varios parámetros estadísticos, los Wolves –curiosamente más que los Nets- apuntan directamente a la historia de la infamia. Pero creo que hay signos de mejoría en el equipo de Rambis en los últimos días. Y el retorno de Love puede ayudarles mucho en los próximos compromisos. Diciembre y enero serán claves para determinar el futuro inmediato del Minnesota; entonces sabremos si realmente son serios candidatos a convertirse en el nuevo referente negativo de la NBA o no. Yo, sinceramente, creo que ganarán algún partido más que esos nueve del Filadelfia. Veremos.

Pero, ahora que se está hablando tanto de aquellos Sixers de Filadelfia del curso 1972-1973, sería bueno preguntarse, ¿Quiénes eran?. ¿Cómo eran?. ¿Qué pasó aquella temporada 1972–73?. ¿Por qué llegaron a aquel record tan negativo de victorias-derrotas?. La respuesta más inmediata sería: porque hicieron todo lo necesario para asegurarse de que así fuera. Sí; lo hicieron todo mal y, además, todos lo hicieron mal: desde el propietario del club hasta el último jugador de la plantilla.

Mi colega Don De Jardin –un veterano agente de jugadores junto a quien, en los años 80, trajimos a España al difunto Kevin Magee o a Dan Caldwell, por ejemplo- conoce mejor que nadie aquella historia. El fue el manager general del Filadelfia en aquella temporada nefasta. Don había trabajado hasta entonces como agente y alguien con mando en el Filadelfia le propuso que, puesto que tenía un buen conocimiento del mercado, fichara como Manager General de la franquicia para reconstruir un club que estaba en franca crisis. Don duró sólo una temporada en el cargo. Naturalmente.

Lo cierto es que Don nunca suele hablar demasiado de aquel curso nefasto. Es como si lo hubiera borrado de su memoria. Siempre se ha limitado a decir: “yo trabajé como Manager General en los Sixers”. Pero nunca dice en que temporada lo hizo.

Por lo que he podido escucharle a Don, en las poquísimas conversaciones que a lo largo de todos estos años hemos tenido sobre el tema, aquellos Sixers estaban predestinados al fracaso desde el principio. Eran un equipo muy malo que entró en una espiral de derrotas de manera inmediata. Perdieron los 15 primeros partidos de la temporada y, unos meses después, perdieron 20 encuentros seguidos más: consiguiendo, de paso, otro dudoso record que sigue vigente desde entonces. Y después de esas 20 derrotas consecutivas, hicieron otro terrible 4-58, para concluir la temporada con el históricamente infame 9-73, el record que todavía sigue vigente hoy.

Naturalmente, el porcentaje de .110 de victorias sigue también en lo alto de la clasificación negativa de un equipo NBA. Curiosamente, tan sólo seis temporadas antes, los Sixers habían establecido el record de victorias en una temporada: 68. Tuvieron que llegar los Lakers de West, Baylor y Chamberlain para superarlo, con 69 triunfos, unos años más tarde. Y luego los Bulls de Jordan, Pippen, Rodman, et al, con 72 victorias, para sobrepasar, a su vez, el registro de aquel equipo de L. A. que fueron llamados “Los Fabulosos Lakers”.

Los medios de comunicación, que en todas partes tienen su evidente punto de “mala llet” bautizaron a aquel terrible equipo del Filadelfia con el apodo de “Filadelfia Nine and 73-ers" en lugar de Filadelfia 76ers. Cruel sí; pero sencillamente genial.

La destrucción de los Sixers comenzó en 1968 con el traspaso de Wilt Chamberlain al los Lakers a cambio de un puñado de valientes entusiastas. Luego, el doctor Jack Ramsay, un gran entrenador pero un dudoso Manager General, y por supuesto mi colega Don DeJardin, que fue el sucesor de Mr. Ramsay, lograron, mediante otros nefastos traspasos e intercambios de jugadores, que el equipo acabara con una plantilla no ya descompensada, sino inapropiada para jugar a un nivel mínimamente digno en la NBA de entonces.

Tan sólo unos pocos años antes, los Sixers tuvieron a Wilt Chamberlain como estandarte. Junto a otros jugadores que, a finales de los 60 y principios de los 70, eran emblemáticos: hablamos de gente como Luke Jackson, Chet Walker, Wally Jones o Hal Greer como titulares al lado del gran Wilt. Y de reservas como Larry Costello, Billy Cunningham, Matt Guokas, Bob Weiss o Bill Melchionni: todos ellos con el nivel de jugador titular en casi cualquier conjunto de la NBA de aquellos tiempos. Pues bien, los Sixers pasaron a tener una plantilla con Manny Leaks, Jeff Halliburton, Mike Price, John Q. Trapp y Dave Sorenson como titulares en el año 1972. El mejor de ellos, reserva –como mucho- en cualquier otro equipo de la Liga de aquel curso.

Para colmo, el hombre elegido por Don para el puesto de entrenador esa temporada nefasta recayó en un entrenador universitario: Roy Robin. El Entrenador Robin había dirigido a la universidad de Long Island con bastante acierto durante once temporadas, pero no tenía experiencia alguna en la Liga Profesional. Ninguna.

La apuesta de mi colega Don DeJardin por Mr. Robin fue, hasta cierto punto, pionera. Años más tarde, la NBA empezaría a recibir un flujo considerable de entrenadores universitarios. Ellos aportaron a la Liga mucha más preparación y más disciplina táctica que lo que era costumbre en la NBA de entonces. En aquellos tiempos, imperaba más el instinto del jugador; las estrellas profesionales eran muy autónomas y los entrenadores eran vistos por los jugadores mucho más como una suerte de colegas con silbato que como auténticos jefes directos. Eso sí, el público se divertía mucho con aquellos marcadores centenarios.

El Coach Rubin, además de aterrizar en un territorio francamente ignoto para él, tampoco demostró ser un técnico especialmente motivador, ni experto en psicología deportiva tampoco. Está documentado que, en la rueda de prensa de inicio de aquella campaña, el hombre definió a sus Sixers como “una plantilla compuesta por partes sobrantes procedentes de otros clubes, recibidas no necesariamente en las mejores condiciones". Si esta declaración no constituye la peor definición que un entrenador haya dado de un equipo propio en toda la historia del baloncesto –y probablemente en toda la historia del deporte- tiene que estar, seguro, en el Top Five.

Así que este gran General Rubin, campeón de campeones en motivación de grupo, lideró a sus tropas hacia la derrota ad infinitum. Hasta que, con un registro de 4-47, fue cesado. En el que constituye, probablemente, el mayor acto de justicia y de misericordia con un entrenador y con un club de baloncesto profesional en la historia de este juego.

A Rubin le sustituyó en el banquillo un veterano jugador. Que aquel curso hizo las veces de entrenador-jugador y que más tarde sería un notable técnico en la NBA: Kevin Loughery. En los 31 partidos que los Sixers disputaron bajo el mando de su compañero lograron ganar 5 partidos más y perder otros 26. De modo que, todo sumado, los Sixers llegaron a su record de 9 victorias y 73 derrotas. Y se encontraron de bruces con la Historia.

Años más tarde, Loughery recordaba su bautismo como entrenador en la NBA con una filosofía casi Zen: “Entendí que, aquel año, la vida, el destino, había juntado a un grupo de personas para cumplir un propósito; para estar juntos en lo bueno y en lo malo”. No hace falta decir que pocos ratos buenos debió de vivir aquel grupo durante aquel curso. Pero sí es cierto que, bajo el mando de Loughery, los Sixers, por lo menos, no jugaban como pollos descabezados.

Una vez le pregunté a mi colega Don DeJardin si había habido alguna orden de arriba acerca de perder partidos a propósito. Tal vez para tener así más opciones en el draft del año siguiente. Su respuesta fue contundente: “No, en absoluto. No hubo órdenes”, me dijo. “De hecho, dudo mucho que los de arriba supieran siquiera que existíamos”.

Nunca he entendido por qué Hollywood, que suele contar todo tipo de historias deportivas, jamás haya hecho un film sobre aquellos Sixers del año 73 y de las 73 derrotas. El perdedor da mucho juego en la gran pantalla y los guionistas americanos saben muy bien que el “loser” es un elemento cinematográfico muy atractivo para captar la atención del público. Ellos sabrán. Porque, desde luego, puesto a tener ingredientes cinematográficos, aquel equipo tuvo hasta ciertos toques de humor negro.

El mejor jugador de aquel conjunto del 73 fue Fred Carter: que luego sería también entrenador del club de la ciudad del amor fraterno, por cierto. Mr. Carter, un tipo muy gracioso, recordaba en una ocasión historias de aquel año miserable y contaba esta anécdota: “Los otros equipos de la Liga nos llamaban el “Universal Health Spa” (algo asó como el “Balneario Universal”) porque todos los conjuntos que estaban mal aquella temporada se ponían bien cuando jugaban contra nosotros".

Hubo también algo que dijo Carter que tiene tanto o más humor que lo del balneario. Hablando sobre lo discretos que eran aquellos jugadores del Filadelfia, cuando visitaban otras ciudades, el hombre narraba lo siguiente: “Cuando salíamos de paseo, jamás nos poníamos el chándal del equipo. Y nunca jamás decíamos que éramos de los Sixers”.

Mi colega Don DeJardin tampoco lo ha dicho casi nunca.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 15:00 6 Comentarios
 
LUNES, 30 DE NOVIEMBRE DE 2009

OMAR LITTLE, TONY SOPRANO Y ALLEN IVERSON

Allen Iverson ha anunciado su retirada de las canchas de juego. Puede que sea una retirada efímera porque, según me comentaron el pasado sábado, el entrenador de los Sixers de Filadelfia, Eddie Jordan, tenía pensado desplazarse a Atlanta, ciudad en la que reside Iverson, para tantearle y comprobar si el hombre estaría dispuesto a descolgar las botas y jugar en el equipo en el que vivió sus mejores días de gloria.

En realidad, la retirada de AI -el anuncio de retirada de AI mejor dicho- puede que no haya sido más que una llamada de atención, desesperada, de un jugador otrora excepcional y que ahora ve como se le escapa el tiempo entre los dedos de manera irreversible. AI es demasiado bueno para ser suplente en un equipo menor como los Grizzlies y es todavía demasiado útil como para irse. Su mentor, Larry Brown, el actual técnico de los Bobcats de Charlotte, dijo el otro día al mundo del baloncesto que AI no debería retirarse aún; que sería poco menos que un crimen baloncestístico de lesa patria permitir que este jugador colgara las botas. Y, sobre todo, permitir que este jugador se retire de este modo: con un epílogo que señale que ni siquiera pudo ser útil a un equipo tan malo como el Memphis en su última temporada en activo.

Cualquier referencia a Allen Iverson suele llevar siempre la palabra “controvertido” en la misma frase. AI ha sido un jugador capaz de polarizar sentimientos en proporciones nunca vistas en la NBA. De generar amor y odio hacia su figura casi en partes iguales. La fantasía de sus mejores momentos en la NBA ha estado contrastada, siempre, con sus orígenes de delincuente juvenil. Sus grandes jugadas han sido vistas, siempre, a través de un caleidoscopio que distorsionaba su realidad: el gusto estético por los tatuajes y por la liturgia del hip hop hicieron que todos, empezando por la propia NBA, le presentaran al mundo como a “ese tipo al que usted amará odiar”.

En cierto modo, Allen Iverson ha sido el icono imposible de la NBA. Un jugador demasiado bueno para obviarlo, pero demasiado peligroso como para no temerlo. Y creo que, por encima de todo, Allen Iverson no ha sido -no es- sino una historia viva de la América moderna: de la América posmoderna, más bien.

En una ocasión, durante la campaña electoral a la presidencia de los Estados Unidos, le preguntaron al entonces candidato –hoy Presidente—Barak Obama cual era su serie de televisión favorita y su personaje favorito. Obama dijo que su serie favorita era “The Wire” y que su personaje favorito era Omar Little. En la serie, Omar es un traficante de droga con un estricto código de honor. Pero, hablando en Román Paladino, es un auténtico cabronazo.

A este respecto, quiero hacer dos puntualizaciones. Primera, que el hecho de que el Presidente Obama cite a Omar como a su personaje favorito de la televisión es equiparable a que el Presidente Kennedy hubiera citado, en su época, a Al Capone como su personaje favorito de la serie “Los Intocables”: aquello habría resultado inaudito. Y la segunda, es que entiendo perfectamente al Presidente Obama. A mí me encantó también “The Wire”: aunque reconozco que mi serie de culto son “Los Soprano”. De hecho el héroe de Los Soprano –o su antihéroe si se prefiere- Tony Soprano, es otro delincuente que, como Omar, se atiene a un atávico código de honor, también muy estricto, pero que resulta igual de pedazo de cabrón, a veces incluso más, que el propio Omar Little en “The Wire”.

Y, sin embargo, ambos personajes nos fascinaron a todos. Del mismo modo que, seguramente, ambos hubieran sido aborrecidos en la época del Camelot de JFK. Y ya no digamos en los tiempos del New Deal del Presidente Roosevelt.

Omar Little, igual que Allen Iverson, nos fascina porque se adapta muy bien al relativismo moral que domina nuestra sociedad occidental desde hace algún tiempo. Ya no hay zonas claras que separen el bien del mal, lo moral de lo inmoral, lo legal de lo ilegal. El entorno de Omar, el de Tony, igual que el de AI, reproduce los matices morales, existenciales y hasta económicos de nuestra sociedad. Y lo hace con una división de papeles en la que es casi imposible distinguir quién es ángel y quién es demonio. La gente (supuestamente) buena se mezcla con Omar, con Tony y con su entorno; y la policía hace tratos y negocios con ellos.

Contemplando series como “The Wire”, o “Los Soprano”, uno percibe que el crimen organizado estadounidense asume y reproduce – y además muy fielmente- el modelo de las grandes empresas capitalistas: los gángsters tienen recaudadores de impuestos, divisiones jurídicas, maquinarias de burocracia. Incluso ofrecen prestaciones sociales a los empleados y pensiones a las viudas de todos aquellos que cayeron en combate.

Lo que más confunde a la sociedad establecida, al espectador medio, es la fascinación que siente por los Omar Littles, o por los Tony Sopranos, de estas series tan realistas. Sí, porque a diferencia de lo que sucede con “El Padrino”, o con los mejores personajes oscuros del cine negro, desde las películas de Howard Hawks a las de Martin Scorsese, es que en éstas hay una distancia de seguridad entre el mundo del hampa y el mundo ordinario. El aura del crimen se extiende sólo en la gran pantalla. Pero el realismo crudo y contundente de series como “The Wire” o “Los Soprano” convierte a estos antihéroes en héroes reales. En héroes de cabecera de presidentes, de gentes bienpensantes y de intelectuales varios. Y eso asusta mucho al personal.

Y eso es, precisamente, lo que le ha sucedido a la NBA con Allen Iverson. Desde que Mr. David Stern asumió el mando de la Liga NBA y desde que, bajo su égida, llegaron los tiempos de bonanza económica y de bienestar general, la NBA siempre tuvo iconos que mantenían esa necesaria y prudente distancia de seguridad. Magic y Bird, primero; Michael Jordan después. Grandes jugadores los tres, aparentemente modelos a seguir los tres.

Luego supimos que Magic era un promiscuo compulsivo que contrajo el SIDA. Que Larry Bird era tan introvertido, y tan incapaz de interaccionar con el público que pagaba las entradas por verle jugar en la cancha, que alguien sugirió una vez que tal vez podría padecer el Síndrome de Asperger. Y sí, Michael Jordan -el deportista que llegó a ser más popular que Jesucristo- se convirtió en el modelo a seguir, en el mejor compañero, en el marido perfecto. Ya estaba la NBA para recordárnoslo. O si no Nike. Y, sin embargo, más tarde descubrimos que Jordan era un mal camarada: despótico y tiránico con sus compañeros menos dotados que él; o sea con todos. Que era un mal marido. Y que era un jugador compulsivo: hasta el punto de apostar mucho dinero no ya a un hoyo de golf, sino a si el siguiente coche en pasar ante sus ojos sería blanco o de color.

Pero estos iconos, con sus claros y con sus oscuros, fueron perfectamente asumidos por el sistema. Como lo fueron los personajes de ficción Michael y Vito Corelone en su momento. O como lo fueron incluso gángsters reales Como Al Capone o como Lucky Luciano. Eran personajes reales, sin duda. Pero estaban lo suficientemente distantes como para producir en el espectador una suerte de atracción, sí, pero de muy baja intensidad.

La NBA siguió firmemente anclada en sus convicciones burguesas y en su sueño de ser un modelo de Business impecable. Era un espectáculo para toda la familia: jugado por deportistas negros en su mayoría, cierto; casi ninguno de ellos un modelo de virtudes, también cierto. Pero todos ellos eran perfectamente asimilables por la América blanca y corporativa que compraba entradas, palomitas de maíz y que se sentía segura en su asiento.

Hasta que llegó Allen Iverson.

Entonces apareció el personaje que amenazó con sacudir los cimientos de la Liga. Los tatuajes de Iverson, su insultante seguridad, dentro y fuera del campo, su incapacidad para moverse de sus códigos –exactamente igual que Omar Little o Tony S.- su crudeza innegociable hicieron que AI se convirtiera en un personaje potencialmente peligroso para el “establishment”. Por su cercanía. Por su realismo. La América blanca y corporativa descubrió que el show de Mr. Stern podría sucumbir a los efectos devastadores de jugadores como Iverson. Jugadores, afroamericanos todos ellos, que abrazaban toda esa liturgia de tatuajes, de música hip hop, de look y de códigos delincuentes. Imágenes que suelen generar un miedo visceral en el americano medio.

Lo peor fue que Mr. Stern y sus genios del marketing comprobaron con horror que la estética de Allen Iverson, sus postulados y sus formas, atraían a mucha gente. Un personaje mucho menor en su impacto social que AI, Ron Artest, casi se cargó la Liga cuando saltó, del campo a la grada, a repartir mamporros a unos aficionados en un estadio de Detroit. Aquella fue la peor pesadilla de Mr. Stern hecha realidad. Fue como si Omar Little, o Tony Soprano, hubieran traspasado la pantalla y se vinieran hacia nosotros demandándonos, a su manera expeditiva, una deuda de juego o de drogas.

De todos esos males se culpó entonces a esos jugadores que se habían adherido a la estética “hopera”. A Ron Artest le cayó la mundial en forma de castigo. Y todo el mundo, sin excepción, señaló al jugador presuntamente culpable de toda aquella degradación moral que empezaba a sufrir la Liga. Todos culparon a Allen Iverson.

AI se convirtió entonces en el malo de la película. Sólo que, como luego nos pasó con Tony Soprano y con Omar Little, cada uno en sus mundos respectivos, los buenos y los malos nos empezaban a resultar cada vez más difíciles de distinguir.

Sin embargo, a pesar de su designación como el reverso tenebroso de John Stockton, Allen Iverson se convirtió en el héroe de muchos. Para espanto del trabajador de cuello blanco y para horror de los hombres de la NBA que hasta entonces se sentían muy seguros en sus despachos de Madison Avenue. En la cancha, AI cambió el juego: aunque no necesariamente lo cambió a mejor. Fuera de ella, despertó -eso es indiscutible- sentimientos encontrados sobre ciertos valores sin los que no se puede entender la América moderna: la raza, la cultura e incluso la propia estructura de la sociedad americana.

Iverson nunca fue un jugador de dos caras: ese perfil corresponde más a Magic o a Jordan. O a Kobe en estos tiempos modernos. Con AI siempre tuvimos –dentro y fuera de la cancha- lo que veíamos. Y lo que veíamos era lo que teníamos.

Nos dijeron que AI era el malo, sí. Pero algunos siempre supimos que, tal y como sucede en “The Wire” o en “Los Soprano”, ni AI en la NBA -ni Omar, ni Tony, en su mundo del hampa- son los únicos malos. Ni siquiera son los más malos.

Si Jimmy Batista, el mafioso que apostó ilegalmente en partidos de la NBA junto con el árbitro tramposo, y ahora desterrado, Tim Donaghy, está diciendo la verdad y realmente hubo dieciocho, ¡18!, árbitros de la NBA que apostaron ilegalmente y amañaron partidos de la Liga para su beneficio, entonces los que siempre aparecieron como los buenos resulta que ahora pueden ser los malos. Y Mr. Stern tendrá un terremoto de proporciones bíblicas en su territorio si todo esto se confirma como cierto.

Cuando Allen Iverson se retire de verdad -lo sabremos como se saben ahora estas cosas, vía Twitter supongo- empezará el proceso de curación. Los defensores de AI ya no tendrán más batallas en las que luchar. Y los que siempre le señalaron como el “fall guy”, el malo muy malo, tendrán que buscarse otro villano. Pero tendremos algo siempre muy seguro: que Allen Iverson fue un personaje que alcanzó el estatus de icono en la NBA. Contra todo pronóstico. En un tiempo, y en una sociedad, en la que gentes como Omar Little, o como Tony Soprano, se convirtieron también en nuestros improbables héroes cotidianos.

Y lo hicieron, sobre todo, porque ya sabemos - y lo sabemos muy bien además- que ya no hay héroes, ni policías salvadores. Sabemos que hoy todo es una especie de laberinto en el que algunos son buenos a ratos, otros son malos la mayoría de las veces, y en todo momento aparece el deterioro de una sociedad que ha hecho del cinismo su principal estandarte. En ese contexto, resulta bastante lógico que Allen Iverson se convierta en un gran héroe posmoderno. A nivel del mismísimo Omar Little. O de Tony Soprano.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 22:58 14 Comentarios
 
LUNES, 23 DE NOVIEMBRE DE 2009

EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS

Cuando solamente habían transcurrido nueve jornadas -¡9!- de esta Temporada Regular de la NBA, una de las franquicias en peor estado de toda la Liga, los Hornets de Nueva Orleans, decidieron despedir a su entrenador, Byron Scott, para intentar enderezar su rumbo. Sucedió hace unos pocos días y la noticia, realmente, no sorprendió a casi nadie.

Puede resultar chocante que un club decida cesar a su entrenador cuando se han disputado menos de diez encuentros de una larga temporada en la que se disputan un mínimo de ochenta y dos. Mucho más cuando ese técnico ha sido Entrenador de Año, dirigiendo a tu club, y cuando ha contribuido a construir un equipo que no sólo llegó a clasificarse para los playoffs sino que, además, consiguió que el equipo jugara dignamente en ellos. Y todo eso no ocurrió el siglo pasado; ocurrió hace unos pocos meses: expresado en términos temporales de la vida civil. Pero, realmente, ocurrió hace dos siglos en el universo cada vez más vertiginoso de la NBA.

Pero la verdad es que aunque los tiempos actuales no son particularmente proclives a la paciencia en la Liga NBA, el cese de Byron Scott no tiene nada que ver con lo que le sucede en el campo a los Hornets esta temporada. Que es algo parecido a lo que el Coronel Kurtz contempló en la jungla congoleña y que tan prodigiosamente describió Joseph Conrad en su libro “El Corazón de las Tinieblas”: el horror. Sí, porque contemplar la caída en picado de estos Hornets de Nueva Orleans, partiendo desde los playoffs conseguidos el año pasado hasta su caída en la zona abisal de la NBA, es lo más parecido a contemplar ese horror rotundo que contempló Kurtz en el Congo.

En realidad, el despido de Byron Scott se escribió la temporada pasada. Concretamente, una noche de partido, durante las eliminatorias de postemporada, en la que el Nueva Orleans sucumbió ante los Nuggets de Denver por casi 60 puntos de desventaja. Alguien de la organización del Denver me comentó, poco tiempo después, que el propietario de la franquicia de Louisiana, el singular Mister George Shinn, estaba tan furioso por aquella debacle que pidió la cabeza de su entrenador en ese mismo instante. Afortunadamente, prevalecieron en ese momento algunas cabezas más frías que la del dueño y finalmente convencieron al hombre de posponer la ejecución.

Pero el cese de Byron Scott era desde esa noche la crónica de una muerte anunciada. Su despido era únicamente cuestión de tiempo. Tan sólo faltaba por fijar el lugar y la hora.

Y el fusilamiento ocurrió hace tan sólo unos días; concretamente tras un partido ante los Suns de Phoenix: un equipo, por cierto, que este año ha recuperado la alegría en su juego y que, con el talento que atesora su plantilla, es una potencial mina errante para cualquier equipo que se le ponga por delante.

Pues bien, la noche que mataron a Byron Scott, los Suns no sólo arrasaron a los Hornets, sino que dejaron al desnudo los graves problemas internos de un equipo que no es sino el fiel reflejo de lo que está pasando en el club: sencillamente, el horror.

Frente a los Suns, tan sólo Chris Paul –uno de los jugadores más honestos que he conocido en mi vida- dio la cara. El resto de sus compañeros permanecieron escondidos debajo de la mesa, buscando cobijo allí, a codazo limpio el uno con el otro, mientras el ventilador esparcía toda la basura por el aire.

Particularmente sangrante fue la manera en la que se borró de toda actividad física el jugador al que muchos denominan como “la otra estrella de los Hornets”, David West. West, según afirman algunos “insiders” del Nueva Orleans –seguramente muy proclives a sustentar teorías de la conspiración- tenía información privilegiada sobre la emboscada final que le habían preparado al Coach Scott los empleados de cuello blanco del club.

La tuviera o no, lo cierto es que David West decidió declarar aquel día de partido como no lectivo a todos los efectos. Luego, supongo que para disparar el tiro de gracia al cadáver de su entrenador, el hombre dijo a los chicos de la prensa aquello de: “desgraciadamente, el entrenador y muchos jugadores no compartíamos la misma filosofía”.

Ni que decir tiene que otros jugadores significativos del NOLA –acrónimo con el que los fans de los Hornets de Nueva Orleans apodan a su equipo del alma- que podían tener una cierta capacidad para tirar del carro en estos tiempos de zozobra, ni siquiera osan acercarse al carro. Mo Pete simplemente no está, ni se le espera, y el otrora grandísimo jugador Peja Stojakovic ha dejado de producir de manera consistente y coherente.

Se me hace particularmente duro ver como el gran jugador serbio, a quien conocí en sus tiempos del PAOK de Tesalónica, cuando jugaba junto al español Ricardo Peral, y que me impresionó enormemente por su calidad y por su ética de trabajo, se está apagando en la Louisiana como una vela sacudida por ese potente Viento Sur que, procedente de los bayous, agita la ciudad de Nueva Orleans muy a menudo.

Así que, ante semejante panorama, Mr. Geroge Shinn -que va a estar ausente de la escena por algún tiempo para curarse de un cáncer, por cierto- decidió que el choque frente al Phoenix era el momento adecuado de canalizar toda esa frustración acumulada contra su entrenador y decidió fulminar a Byron Scott al amanecer.

Ahora, Mr. Shinn ha optado por utilizar el que ya es conocido en el mundillo de la NBA como “El Método Glen Taylor”. Mr. Taylor es el propietario de los Timberwolves de Minnesota y es bien sabido que obligó a su manager general, Kevin McHale, a tomar las riendas del equipo -que él mismo había construido- en cuanto el club del Norte despidió al técnico Randy Wittman. McHale tampoco sobrevivió al tumulto y cayó unos meses después.

Así que Mr. Shinn ha decidido copiar lo que hizo en su día su colega Mr. Taylor en el Minnesota y ha dado las riendas del equipo a Jeff Bower, el Manager General del club: “tú lo has construido, tú lo entrenas ahora”, aseguran que le dijo, más o menos, el dueño de los Hornets a su Manager General al ponerle en su bocamanga los galones de entrenador.

Para ayudar al Manager General/Entrenador Bower en su nueva tarea, los Hornets han decidido recuperar a un viejo conocido de la casa: al técnico Tim Floyd. Floyd ejercerá el papel de segundo entrenador, aunque muchos sospechamos que será él, en realidad, el que funcione como técnico principal. Al fin y al cabo, Mr. Bower no ha entrenado jamás a un equipo de baloncesto de ninguna categoría.

Y el Método Taylor, si es que realmente acaba por ser una estrategia de recursos humanos aplicable en algunos clubes de la NBA en ciertas situaciones extremas –cosa que, francamente, dudo bastante- digo yo que habrá de serlo siempre y cuando el susodicho manager general posea, al menos, unas nociones básicas en el noble arte de entrenar.

El Coach Floyd es un técnico experto: mucho más en el campo universitario que en el de la NBA, es cierto. Pero lo que es experiencia como entrenador, desde luego no le falta. El hombre ha fracasado, con más o menos estrépito, en lugares tan dispares como la Universidad de Nueva Orleans, los Hornets de Nueva Orleans –Parte I-, los Bulls de Chicago, y la Universidad de California del Sur. Ahora, en esta nueva aventura en el NOLA –Parte II- el hombre tiene una nueva oportunidad de cumplir el sueño americano.

Porque, tengo para mí, que lo que realmente representa el Entrenador Tim Floyd, mucho más que el sueño eterno de victorias que tiene cualquier técnico de cualquier deporte es, precisamente, el sueño americano. En una de sus diferentes variantes, ese sueño americano habla de que los Estados Unidos siempre, siempre, te dan una segunda oportunidad. Algo que es rotundamente cierto en muchas facetas de la vida americana.

El sistema educativo estadounidense, por ejemplo, tiene más puntos de reentrada para un alumno con dificultades de aprendizaje que los que tiene una autopista de cuatro carriles para un conductor despistado. En los Estados Unidos se trata, siempre, de evitar el fracaso a toda costa. Sí, porque, en la cultura americana, todos se atienen a lo que escribió en su tiempo el autor Ralph Waldo Emerson: “en América no falla nadie que no tuviera que [o que no estuviera predestinado a] fallar”.

Pues bien, Tim Floyd representa ese sueño americano, versión “no se permiten fracasados aquí” elevado al cubo. Desde luego, el buen hombre no puede quejarse de que la vida no le haya dado ya unas cuantas oportunidades de reentrada a la autopista.

Tanto Bowers como Floyd han empezado a hablar ya de la consabida reconstrucción y de los grandes planes de futuro del club. Es cierto que desde la llegada de la dupla técnica al cargo, los Hornets han batido a los Suns –en un partido que no se pareció en nada al del día de autos- y también a los fuertes Hawks. Y no es menos cierto que el equipo parece estar algo mejor de pulso: curiosamente con los novatos del equipo –en quienes, justo es decirlo, Scott confiaba muy poco o nada- jugando a un gran nivel. Pero si esta recuperación es real o no, está todavía por ver. Puede ser la típica mejoría que experimenta un moribundo antes de su último suspiro, o puede ser la subida de adrenalina que produce en un grupo, claramente contrario en su mayoría al técnico anterior, la llegada de nuevos jefes al banquillo.

Pero, se deba a lo que se deba esta leve mejora, casi nadie compra, y menos a estas alturas de travesía, todo ese mantra del gran porvenir y de días de vino y rosas que están por llegar. Las últimas maniobras estratégicas del Nueva Orleans no hacen sino constatar que la franquicia languidece sin remedio. Mucha gente tiene la impresión de que Mr. George Shinn ha decidido abandonar el NOLA a su suerte. Por un lado, el propietario ha ordenado realizar movimientos de personal claramente orientados a reducir sustancialmente la nómina: lo que suele ser una señal, habitualmente inequívoca, de que un club está potencialmente en venta. Por otro lado, dar las riendas del NOLA al tándem Bowers-Floyd parece mucho más un parche temporal que una solución real a medio-largo plazo.

No tengo duda alguna de que David West es, además de un gran jugador, un tipo muy hábil. En cuanto ha sentido que el NOLA empezaba a zozobrar, ha saltado del barco tan rápido que incluso las ratas le caen encima de su cabeza. Todo el mundo da por hecho que “la otra estrella de los Hornets” buscará nuevos horizontes en su vida profesional. Y que nadie lo dude: West saldrá adelante. Si la Historia nos enseña algo es que los hombres que, además de ser buenos profesionalmente, son también expertos en supervivencia, prosperan donde quiera que vayan.

Pero me preocupa Chris Paul. Su talento como jugador es enorme, estratosférico. Es un futuro MVP. O, mejor dicho, me gustaría mucho que fuera un MVP pronto. Pero su bonhomía y su sentido del compromiso son todavía más grandes que su talento. Y su lealtad a la causa, a cualquier causa, incluso a una tan irremediablemente perdida como esta, es incluso mayor que su talento, que su bonhomía y que su compromiso juntos.

“CP3”, al que conocí durante su etapa como jugador universitario en el equipo de la Universidad de Wake Forest, es ese tipo de persona comprometida que, seguramente, si hubiera sido miembro del 7º de Caballería habría caído después que el General Custer en la batalla de Little Big Horn. O, si hubiera estado en San Antonio, durante la Revolución texana, habría sido el último defensor del Álamo.

Así que lo mejor que puede hacer el bueno de Chris Paul es dejarse de sentimentalismos, por una vez en su vida, y hacer lo mismo que va a hacer su compañero de equipo David West: buscar nuevas sendas muy pronto.

Huir de una situación comprometida suele indicar falta de carácter, pero es humanamente muy comprensible. Huir de ese corazón de las tinieblas que, en este caso, no se ubica en la jungla del Congo, como sucede en el libro de Joseph Conrad, sino en los bayous de la Louisiana, se convierte para “CP3” en una verdadera necesidad vital.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 14:28 7 Comentarios
 
LUNES, 16 DE NOVIEMBRE DE 2009

HUEVOS Y CASTAÑAS

La verdad es que iba a titular la crónica con el socorrido “peras y manzanas”, pero entonces recordé que Ana Botella, teniente de alcalde del Ayuntamiento de Madrid y esposa del ex-presidente del gobierno español, José María Aznar, utilizó esa comparación en un análisis que hizo acerca de los matrimonios homosexuales. Fue cuando la teniente soltó aquello de: "Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos.” Verbatim.

A raíz de la exhibición del jugador novato de los Milwaukee Bucks, Brandon Jennings, quien recientemente anotó la friolera de 55 puntos en un partido frente a los Warriors de Golden State, se han abierto todo tipo de análisis, contraanálisis y recontranálisis que van desde el “¿cómo pudo determinado equipo de la NBA pasar por alto a esta perla en el draft del pasado mes de junio?”, hasta el “¿cómo es posible que los de la Virtus de Roma –equipo en el que jugó Jennings el curso pasado- fueran tan cernícalos como para no ver el talento de este niño prodigio al que tuvieron en sus manos durante un año entero?”, pasando por alguno que aprovecha la ocasión para darle cera a Ricky Rubio, actual jugador del Barça, e incluso para atizarle también a su entourage. Es curioso contemplar también como algunos columnistas se lamentan ahora de haber dudado de que Jennings fuera mejor que Rubio.

Está claro que, en estos tiempos, todo va a una velocidad de vértigo en el mundo de la NBA. Así que igual que los Hornets de Nueva Orleans ya han fulminado a su entrenador Byron Scott, tras sólo 9 partidos jugados en la temporada –y si hay algo que las gentes que llevamos algunos años siguiendo este juego sabemos muy bien es que una temporada es un baile muy largo- ahora la gente se considera con derecho a etiquetar a Brandon Jennings como al nuevo Oscar Robertson porque le ha metido 55 tantos a los Warriors. Y, de paso, algunos aprovechan la coyuntura de esos mágicos 55 para poner en solfa, una vez más, al baloncesto europeo.

Vayamos por partes. Primero de todo, y eso es algo que ya escribimos aquí en su momento, Brandon Jennings es un jugador de una calidad muy sobresaliente. Lo era ya en sus tiempos de instituto, lo era el año pasado en el Roma, lo es ahora en el Milwaukee y, si los dioses del baloncesto le son propicios y fieles, lo seguirá siendo también en el futuro. Pero también es preciso recordar que esos 55 puntos –que dan un vértigo enorme, es cierto, porque el chaval se quedó sólo a 3 tantos de los 58 que anotó el mítico Wilt Chamberlain el año de su debut en la NBA- los consiguió frente a los Warriors de Golden State: no precisamente el paradigma de un equipo defensivo que digamos.

Pero es que, además, y si algún lector tuvo ocasión de ver el partido seguro que no me dejará mentir, los Warriors no es que no defendieran en aquel partido –no defender es una seña de identidad de su juego de retaguardia- es que los GSW se mostraron incapaces siquiera de frenar un simple bloqueo directo de los Bucks. Dicho lo cual, es justo afirmar que esos 55 tantos, uno detrás de otro, hay que meterlos en un partido de la NBA. Mucho más siendo un novato. Por eso, lo que hizo Jennings el otro día tiene un mérito extraordinario.

Segundo, la actuación de Jennings frente a los GSW ha dado pie a que muchos analistas hablen y escriban de nuevo sobre las ligas europeas –y sobre la Euroliga- preguntándose qué clase de cenutrios rigen los destinos de determinados equipos a este lado del charco. Y aquí es donde la comparación de peras y manzanas -o de huevos y castañas- viene al pelo.

La NBA y las competiciones europeas son diferentes. Tienen reglas diferentes, estilos de juego diferente, son modelos de competición diferentes e incluso el juego del baloncesto en una competición y otra es bastante diferente. Por eso es virtualmente imposible –y lo es cada vez más- hacer ecuaciones del tipo: “si tal jugador ha jugado muy bien en la NBA, será un crack en Europa”. Y viceversa. Eso es entrar en un absurdo juego de equivalencias que sólo sirve para llenar espacios con letras en formato Times New Roman, pero para poco más.

Comparar el periplo de Brandon Jennings en el Roma con su tiempo actual en el Milwaukee carece de rigor. De entrada, Jennings está jugando bastantes más minutos en los Bucks que en la Virtus. Si la memoria no me falla, BJ promedió poco más de 17 minutos por partido entre la Lega y la Euroliga: y hablamos de partidos que se juegan a 40 minutos. En los Bucks, Brandon está promediando casi 34 minutos de media en choques que se juegan a 48 minutos. Y en el baloncesto hay muy pocas verdades palmarias, la verdad sea dicha. Pero hay una que no falla casi nunca: a un jugador le ayuda mucho jugar.

Solamente el cambio drástico en el tiempo de juego de BJ bastaría para anular cualquier referencia estadística del chico en Europa. De hecho, muchos de los ojeadores de la NBA con los que hablé cuando vinieron a Roma para ver al chaval, o para verle en partidos que jugó la Virtus en la Euroliga, decían que sus bajas estadísticas de minutos hacían prácticamente inservible cualquier proyección de su performance europea en la NBA.

Más datos. Brandon Jennings se siente mucho más seguro y mucho mejor aclimatado en los Estados Unidos que en Europa. Sin duda. Al muchacho, seguro, le habrá sido mucho más fácil adaptarse a la NBA tras jugar en la Roma, que adaptarse a la Roma desde su Escuela Preparatoria, la célebre Oak Hill Academy virginiana, el año pasado. Y, a pesar de que el chico no anduvo muy fino en sus presentaciones ante sus futuros empleadores de la NBA durante las semanas previas al draft –el muchacho mostró una arrogancia y una inmadurez impropias de alguien que todavía no había demostrado nada en la gran Liga- lo cierto es que Brandon Jennings es un año más mayor y por lo tanto es un poco más maduro.

Aunque ahora se pinte a los dirigentes y a los técnicos de la Virtus Roma como a unos seres que sólo se dedicaron a fastidiar al chico, a disciplinarlo desmesuradamente, a quitarle muchos minutos de juego porque sí, y a menospreciar su gran talento el curso pasado, la realidad es que el staff técnico del Roma trabajó con el chaval durante muchas horas, después de los entrenamientos, para que mejorara sus fundamentos.

Ahora todos alaban la gran visión de su entrenador en los Bucks, Scott Skiles. Cosa que es categóricamente cierta. El Coach Skiles, antiguo base por cierto, le concede al muchacho mucha más libertad de la que gozaba en Europa. Pero no es menos cierto que el trabajo que hicieron con él las gentes del Roma le ha ayudado en su mejora también. Particularmente, recuerdo que los técnicos de la Virtus le enseñaron al chaval los conceptos del pick and roll: y a ambos lados del campo, dicho sea de paso. Conceptos que, según me informaron en su momento, el chico desconocía casi por completo al llegar a Roma.

Ni que decir tiene que el estilo de juego de Brandon Jennings se adapta mucho mejor al juego abierto de la NBA -en donde las zonas son muy inhabituales, por ejemplo- que al juego europeo. Ni que decir tiene, también, que BJ está jugando junto a mejores jugadores que los que tuvo el año pasado en la Virtus: lo cual tiene que ayudarle mucho, sin duda alguna. Pero sobre todo, a BJ se le nota con mucha más confianza en su juego. Y este es un factor esencial para entender muchas cosas. Porque por muy arrogante que sea, por muy seguro que esté de sí mismo, y por muy dispuesto que esté un chaval de 20 años a comerse el mundo, si a ese muchacho le falta la confianza, entonces, muy probablemente, se diluirá como el azucarillo.

Así que, en buena parte gracias al granito de arena aportado por el trabajo de un equipo europeo, este novato que acaba de lograr 55 puntos en un partido durante su año inaugural en la NBA es mejor jugador de lo que era hace dos años. El chico pasó una temporada muy dura en Italia el año pasado, es cierto. Pero allí también aprendió los principios del juego en media pista, conoció ciertos trucos del oficio sin los que un base jamás podría sobrevivir en Europa. Pero, sobre todo, aprendió a pensar en el campo. Y ahora, en un baloncesto que le permite desplegar sus mejores habilidades –el dribbling, el juego en transición, el tiro rápido- el chaval puede poner en práctica todo lo que ya sabía, pero también todo lo que aprendió en esta vieja Europa.

Así que pienso que sería bueno darle tiempo al tiempo y esperar un poco antes de que nos lancemos todos a abrazar a Brandon Jennings como al nuevo Wilt Chamberlain. Sería, creo yo, mucho mejor que contempláramos su evolución y que nos congratuláramos de sus enormes progresos en vez de comparar a la NBA con Europa y a Europa con la NBA.

En cuanto a las comparaciones entre Brandon Jennings y Ricky Rubio, que también se están haciendo ahora al hilo de la actuación de BJ, pues volvemos a lo mismo. Se trata de jugadores diferentes, con habilidades diferentes y con estilos de juego diferentes. Y, por supuesto, con algo que resulta muy esencial para marcar sus diferencias: con perfiles de carrera muy distintos.

En uno de los aspectos en el que sí se igualaron Rubio y Jennings fue en lo mal que lo pasaron ambos durante la noche del draft. Particularmente, Brandon las pasó muy canutas. De hecho, su entourage decidió sacarlo a última hora del Green Room –el cuarto en el que se ubican los teóricos quince elegidos para la gloria en la noche del draft de la NBA- para evitar que el chico pasara momentos muy duros ante las cámaras de la televisión si, finalmente, no salía elegido en los quince primeros puestos del draft. Tal llegó a ser la inseguridad y la ansiedad en el campo de Jennings que decidieron marcharse todos de allí y trasladarse a un hotel cercano para seguir la ceremonia.

Cuando, finalmente, el Milwaukee lo eligió en el décimo lugar del draft, Jennings llegó apresuradamente al escenario -dos o tres elecciones más tarde de la suya- se puso la gorra de los Bucks, y le dio la mano a Stern. El resto de su historia se sigue escribiendo día a día.

A mi modesto juicio, tanto Rubio como Brandon Jennings son dos jugadores excelentes. Pero compararlos a ellos es como comparar a la NBA con la Euroliga. O a la Euroliga con la NBA. Es como comparar peras y manzanas. O, parafraseando a la teniente de alcalde del ayuntamiento en el que resido, compararlos es como comparar huevos y castañas. Y si se suman dos huevos, pues dan dos huevos. Y si se suman una castaña y un huevo, nunca pueden dar dos castañas, porque es que son componentes distintos.

El ejemplo de la señora Botella resultó francamente patético para explicar los matrimonios homosexuales. Pero, mire usted por donde, acaba resultando muy útil para explicar ciertas diferencias que se dan en el mundo del baloncesto. Precisamente.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 14:43 20 Comentarios
 

MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA


Es uno de los periodistas españoles con más reputación cuando se habla del baloncesto de los Estados Unidos. En radio, ha trabajado para la Cadena COPE desde 1986 hasta la temporada 1991 1992, y desde la 1992-1993 lo hace para la Cadena SER, participando en espacios tan populares como el Carrusel Deportivo. En prensa, le hemos leído en medios de tanto prestigio como el diario EL PAÍS o la Revista Gigantes.

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