Ha caído el séptimo entrenador en la NBA, Marc Iavaroni, ya “ex” de los Memphis Grizllies. No por menos esperado, su cese deja de traer un cierto regusto amargo al paladar. Primero, porque el hombre es un buen tipo, que seguramente nunca se vio en otra igual. Y segundo, porque la cosa sigue mal para los entrenadores esta temporada en la NBA: todo el mundo da por hecho que Iavaroni no será el último técnico-jefe en caer. Y eso no es necesariamente bueno para la salud de una Liga que, hasta hace relativamente poco tiempo, tenía a gala ofrecer estabilidad a sus entrenadores.
Pero los tiempos cambian. Y este curso está siendo, sin duda, una pesadilla horrible para los técnicos de la NBA. Las cifras relativas a la supervivencia de los coaches en la Liga son cada vez más desalentadoras: aparte de los siete ceses ya consumados, justo la mitad de los equipos de la NBA ha cambiado a su entrenador desde el final de la temporada pasada. Menos mal que el gran Jerry Sloan (Utah Jazz) está ahí, con sus 21 para 22 temporadas consecutivitas al frente de su equipo. Sloan no sólo sube la media de supervivencia de los entrenadores de la NBA, sino que demuestra que hay todavía clubes por esos mundos de Dios dispuestos a creer que un técnico, incluso uno cuya edad ya le convierte en pensionista, tiene todavía algo que decir. Y no sólo a una generación de jugadores, sino a dos.
El despido de Mr. Iavaroni aporta, por otra parte, datos que ayudan a comprender mejor no sólo la situación actual del oficio de entrenador, sino el ansia de los equipos por ganar partidos y hacer caja con ello. También aporta mucha luz acerca de la peculiar naturaleza de esa franquicia renqueante que se llama Memphis Grizzlies.
Para empezar, el hecho de que el club de Memphis esté ubicado en uno de los mercados más pequeños ha hecho que el impacto mediático del cese de Iavaroni haya sido, desgraciadamente, muy pequeño. Por Dios, si hasta hay mayoría de medios ha escrito mal su apellido: muchos le ponen una “L” en vez de una “I”. Debe de ser frustrante para alguien que, al fin y al cabo, se dedica a un oficio en el que tiene una notable exposición pública que algunos ni siquiera sepan deletrear su nombre de familia. “Ya que soy noticia porque me han echado”, habrá pensado el bueno del entrenador, “que por lo menos escriban bien mi nombre”.
La cruda realidad es que a la mayoría le importa más bien poco el nombre correcto del técnico que ha llevado a los Grizzlies de la más absoluta pobreza hasta las cotas más altas de la miseria. Su cese tampoco es que parezca haber importado mucho en Tennessee: en el Sur muchos dan ya por amortizada a la franquicia y apuestan por un traslado, más o menos inminente, a algún otro lugar de la Unión. Ítem más: los aficionados del equipo han desertado en masa esta temporada y el vacío en las gradas del FedEx Center es rotundo. Sólo hay una cosa peor que una afición contrariada y enfadada con su equipo: una afición a la que le importa un bledo su club. Ese es un signo claro de necrosis. La muerte lenta de una franquicia.
La verdad es que Iavaroni nunca lo tuvo fácil en Memphis. De hecho, en 2007, heredó un equipo relativamente sólido, que contaba con jugadores veteranos como Mike Miller o Pau Gasol. Pero el equipo tenía un look tedioso y ciertamente mediocre en aquel tiempo. Hasta que, a mitad de temporada, los Grizzlies decidieron traspasar a su jugador estrella, Gasol, a los Lakers: básicamente a cambio de un puñado de entusiastas. Este fue uno de los traspasos más unilaterales en la historia del deporte de la canasta. Y, seguramente, uno de los intercambios más favorables a una de las partes contratantes en toda la historia de la humanidad. Por lo menos desde que, en 1626, Peter Minuit adquirió la isla de Manhattan a los indios nativos, los Lenape, a cambio de una serie de quincallerías por un valor equivalente a 25 dólares de entonces: que con la inflación de casi cuatro siglos, supondrían unos 1.000 dólares de hoy en día; dólar arriba, dólar abajo.
La organización del Memphis reseteó completamente el equipo (nunca mejor dicho) cuando Miller fue traspasado este verano, como parte de una operación que acabó con el novato O. J. Mayo en Elvis Country. En esta nueva versión del equipo, los Grizzlies empezaron la temporada jugando un baloncesto agresivo y, sobre todo, muy activo. Pero rápidamente empezaron a perder partidos, muchos de los cuales deberían haber ganado, por cierto, y especialmente en casa. Así que la afición desertó pronto y los jugadores perdieron irrevocablemente la confianza en el sistema de trabajo de Iavaroni. El resto, como se suele decir, ya es historia.
Ciertamente, a estos Grizzlies-2009 no les falta talento: OJ Mayo parece ser el colocado para el título de Novato del Año y en cuanto Derrick Rose decaiga –si es que lo hace- Mayo puede acabar arrebatándole el título de mejor Rookie. Rudy Gay parece estar llamando a las puertas del estrellato. Darrell Arthur y Marc Gasol son jugadores jóvenes cuyo rendimiento ha superado, con creces, las expectativas que los expertos del club tenían depositadas en ambos. Por su parte, Hakim Warrick está dando unas excelentes prestaciones saliendo del banquillo. Pero está claro que estos Grizzlies vuelven a estar –una vez más- en la modalidad de reconstrucción, tras una breve aproximación a la legitimidad competitiva.
Aprovechando este cese, creo que sería conveniente aclarar algunas leyendas –y no precisamente urbanas- sobre el periplo del Coach Iavaroni en Memphis. Para empezar, en sus tiempos de entrenador ayudante en Phoenix, el hombre era el especialista defensivo en los Suns; no formaba parte del operativo de inteligencia que se ocupaba de la ofensiva del equipo. Su principal contribución a la retaguardia de los Soles tampoco estuvo especialmente orientada a la estrategia, sino más bien al trabajo de mejora individual: ejercitaba a los hombres altos del equipo en aspectos tales como el trabajo de pies y los movimientos del poste. Cuando lso Grizzlies le ficharon, todo el mundo esperaba que el equipo corriera. De ese modo, pensaron los que cobran por pensar en Memphis, la franquicia recuperaría su atractivo para el público. Craso error. Su predecesor, Tony Barone, hacía correr y anotar al equipo como si ho hubiera mañana y perdían sistemáticamente. El fichaje de Iavaroni nunca fue equivalente a convertir a los Grizzlies en los Suns del Sur.
Otra leyenda: los bases y el Entrenador Iavaroni. Asunto complejo del que, por opinar, ha opinado hasta Marc Gasol. Esencialmente, cabría decir que los actuales bases de los Grizzlies no son, digamos, lo más florido del equipo. Conley, que pasa por ser el mejor pequeño del grupo, tiene aspectos de su juego que necesitan franca mejoría. Lowry es limitado. Crittendon es mediocre. Así que, con ese panorama, el equipo acaba siendo la mayoría de las veces, un avión con un piloto un tanto limitado: las turbulencias se notan mucho, claro, y es bastante difícil establecer un rumbo concreto. De modo que los que, dentro y fuera del club, creyeron que Iavaroni se traía a Elvis Country parte del cerebro de Steve Nash, volvieron a equivocarse a lo grande. Ni el cerebro de Nash es trasplantable, ni Iavaroni es un técnico especialmente proclive a ayudar al desarrollo y a la mejora de los bases.
De modo que, a mi juicio, Iavaroni es culpable. Más allá de cualquier duda razonable. Pero ni es el único culpable, ni, desde luego, es el más culpable de todos. En Memphis se le fichó con tales expectativas de grandeza, o al menos así se vendió la historia por parte de algunos, que los aficionados pensaron que cualquier puesto por debajo de los playoffs, ya en esta misma temporada, sería un fracaso. Apostar por eso, en la Conferencia Oeste actual, es una utopía atroz y descabellada.
Creo que alguien debería revisar, seriamente, ciertos aspectos de la gestión de los Grizzlies: que ha ido de muy buena (con Jeerry west) a horrorosa y luego a nefasta en un tiempo record. A no ser que la estrategia real sea la de engordar el casillero de pérdidas del equipo, al tiempo que se reducen las otras pérdidas; las que de verdad más importan: las contables. Tal vez se trate de eso: de presentar un club con la contabilidad más apañada y, mucho más atractivo para el comprador. Así el dueño del tinglado, Mister Michael Heisley, podría, sin duda, vender su franquicia a mejor precio.
Pero conspiraciones aparte, Iavaroni es el ejemplo palmario de que el Principio de Peter es también aplicable a los entrenadores. Hay técnicos que son muy buenos ayudantes, pero que no son, necesariamente, buenos primeros entrenadores. Del mismo modo que hay buenos primeros entrenadores que jamás podrían ejercer como segundos. Igual que hay algunos primeros entrenadores que sirven para llevar las riendas de un equipo grande, pero que naufragarían en uno modesto. Y al revés.
Marc Iavaroni tiene un destino, a corto-medio plazo, muy claro en el que, además, creo que sería extremadamente competente. Y en el que puede que fuera incluso feliz: entrenador ayudante de Mike D’Antoni en Nueva York. Al tiempo.
Durante su batalla electoral, primero por la nominación por su partido y luego por la presidencia, el nuevo Comandante en Jefe de los Estados Unidos, Barack Obama, habló repetidas veces acerca de la posibilidad de jugar al baloncesto en la Casa Blanca. Aunque es un confeso seguidor de los Medias Blancas de Chicago –uno de los dos equipos de béisbol de la ciudad del Viento- Mr. Obama es un gran aficionado al baloncesto y, además, admite que lo practica siempre que puede y que sus obligaciones se lo permiten.
He visitado tres veces la Casa Blanca –una de ellas fue en una visita casi privada- y que yo sepa, sólo hay un tablero, muy poco usado, en uno de los lados del patio principal de la casa. Pero todo indica que, cuando Mr. Obama ocupe esta misma semana la mansión destinada al Presidente de los Estados Unidos y a su familia, la famosa casa tendrá mucho más ambiente de baloncesto que nunca.
Por supuesto, muchos aficionados esperan la llegada de Obama al cargo político más importante del globo con la anticipación y la emoción con la que esperan, qué sé yo, la Locura de Marzo de la NCAA. Pero es muy poco probable, imposible diría yo, que el baloncesto simplifique la enorme cantidad de cambios y retos a los que se enfrentará el Presidente Obama. Me temo que el hombre tendrá muy poco tiempo libre para jugar partidillos en la Casa Blanca. Pero lo que sí es innegable es que su probada pasión por el deporte, y en particular por el deporte del baloncesto, tendrá una influencia enorme en muchos jóvenes estadounidenses.
El deporte preferido por el presidente de turno de los Estados Unidos, ya sea el golf, el ciclismo, el jogging, el fútbol, o el baloncesto, no ayuda especialmente a establecer la imagen y la identidad presidenciales. Afortunadamente, a los presidentes se les mide por sus hechos y por sus decisiones, sobre todo en tiempos difíciles. Pero las preferencias deportivas de un presidente son siempre un buen argumento de debate.
Tanto que, a veces, esas preferencias son incluso instrumentadas por la oposición: recuerdo la imagen del Senador Kerry, candidato del Partido Demócrata en las elecciones de 2004, subido a una tabla de windsurf que el patricio de Massachussets manejaba con poco acierto. Pues bien, a los estrategas del Partido Republicano, el grupo político rival de Mr. Kerry, les faltó tiempo para señalar que si el candidato malamente podía sostenerse sobre una tabla de windsurf, difícilmente podría llevar las riendas de la nación más poderosa de la Tierra. Una lógica política un tanto extraña, pero que ciertamente acabó resultando muy efectiva. Son los misterios de la imagen y de las estrategias electorales.
Está por ver cuánto tiempo libre le quedará a Mr. Obama para poder jugar al baloncesto y, sobre todo, si lo hará a ojos del público. Especialmente en esta época en la que los estadounidenses esperan que su presidente trabaje horas extras: porque estos son tiempos muy difíciles de recesión y de crisis económica. Y, tal vez, la imagen de un presidente jugando demasiado tiempo al baloncesto podría no ser bien recibida por el pueblo soberano. Pero incluso si el presidente se decide a jugar algún partidillo fuera de las cámaras, existe un problema de intendencia muy importante en la Casa Blanca a ese respecto: el líder del mundo libre hereda una cancha de baloncesto bastante pobre; un mini campo, con una única canasta, escondido detrás de uno de esos grupos de árboles que adornan los jardines del famoso edificio presidencial.
Curiosamente, esa pequeña cancha de baloncesto de la Casa Blanca fue mandada construir por el Presidente George Bush, Padre, hace exactamente 18 años. El viejo Bush fue un presidente muy prolífico a la hora de ordenar la construcción de instalaciones deportivas en la Mansión: además de la cancha de baloncesto, Mister Bush Senior ordenó reconstruir la preciosa cancha de tenis -desde uno de los lados del campo se contempla una preciosa vista del Mall de Washington- y también mandó reformar la piscina del recinto. Su sucesor, el presidente Bill Clinton, también dejó su sello deportivo en la mansión, ordenando instalar un mini campo de golf –para practicar el putt- en la zona sur de la Casa.
Por supuesto, un presidente puede sentirse inclinado a dejar su impronta en lo concerniente a los deportes y ordenar que instalen en la Casa Blanca, básicamente, lo que desee. Pero Mr. Obama ya ha aprendido la primera lección a ese respecto: el Presidente de los Estados Unidos no puede potenciar un deporte perjudicando a otro.
Hace tan sólo unos días, Obama tuvo que retractarse de una idea que gestó junto a su equipo de asesores, una vez que fue elegido para el cargo: demoler la bolera de la Casa Blanca y levantar en su lugar una cancha de baloncesto. La bolera, mandada construir por el Presidente Truman en 1949, y reformada por el Presidente Richard Nixon en 1969, forma parte de la tradición arquitectónica de la Casa y, aparte de que su techo es tan bajo que impediría dar el arco suficiente a los tiros lejanos y a los tiros libres, Mr. Obama ha recibido un sinfín de críticas procedentes de los aficionados a los bolos: que en los Estados Unidos son una verdadera legión, por cierto. El poderoso lobby de los bowlers (jugadores de bolos) estadounidenses se movilizó enseguida al conocer los planes de reforma y, muy enfadados ante la idea de que el nuevo presidente iba a derribar la célebre bolera ubicada en el 1600 de la Pennsylvania Avenue, hicieron llegar miles de cartas de queja a la Casa Blanca.
De todos modos, la NBA, liderada por su Comisionado David Stern -que nunca jamás pierde una oportunidad de vender su producto- se ha ofrecido a construir una cancha cubierta dondequiera que determinen los asesores en materia de decoración y arquitectura interior del Presidente Obama. Otra prueba más de que Mr. Stern es un personaje digno de ser estudiado por empresarios, genetistas y antropólogos varios: la capacidad que tiene este hombre de vender su producto en todo momento y en todo lugar es impresionante. Ahí le tenemos otra vez: ante la perspectiva de un presidente deportista y amante del baloncesto, el hombre se ofrece a poner el parqué, con la silueta de Jerry West bien presente, por supuesto, nada menos que en la Casa Blanca. Homérico.
Por cierto, Mr. Obama es un buen deportista, pero ciertamente no es el presidente más deportista de la historia. Está ampliamente aceptado por todos los historiadores y eruditos que el presidente más dotado para el deporte fue Gerald Ford. Mr. Ford, de hecho, jugó a un gran nivel como linebacker del equipo de la Universidad de Michigan en sus años de estudiante y llegó a ser campeón de la NCAA en los años 1932 y 1933. El Presidente Teddy Roosevelt también fue un excelente boxeador aficionado -estuvo incluso tentado a pasar al profesionalismo- y muchos atribuyen su extraordinaria fuerza física al hecho de que era un deportista consumado. Una leyenda cuenta que el hombre sufrió un desprendimiento de retina practicando el noble arte con uno de los ministros de su gabinete. Y otra, que en una ocasión soltó un discurso de una hora y media de duración con una bala, disparada por un anarquista, albergada justo dentro de su pecho.
Pero ninguna elección presidencial en la historia de los Estados Unidos ha tenido tantas referencias deportivas como la que enfrentó al Senador Obama contra el Senador McCain. Varias fotografías tomadas en el lujoso autobús con el que el entonces candidato Obama recorría el país predicando su “Yes, we can” demuestran que la televisión de cabecera del Senador y de su equipo no era ni la CNN, ni ninguna de las cadenas generalistas, ni mucho menos la Fox. Mister Obama y su equipo de asesores estaban enganchados a la Cadena ESPN que, como es sabido, transmite deportes duratne las 24 horas del día.
Y desde luego, jamás ninguna elección presidencial tuvo tanto sabor a baloncesto. Apenas un mes antes de las vitales elecciones primarias del Estado de Iowa, y con la candidatura de Mr. Obama bastante por debajo en las encuestas en relación a la de la Senadora Hillary Clinton, el nuevo presidente tuvo una presentación muy especial en el meeting más importante que se celebró en Iowa. Allí, la voz de Ray Clay, el legendario speaker de los Chicago Bulls, cuyos reconocibles gritos de guerra solían levantar de sus asientos a las masas enfervorizadas del United Center en la era de los Bulls de los años 90, los míticos Bulls de Michael Jordan, de Scottie Pippen, de Dennis Rodman, de Phil Jackson, et al, presentó de esta manera al candidato: “¡Procedente del vecino Estado de Illinois, con 1’88 metros de altura, la fuerza del cambio, el Senador Barack Obama!”. Y el auditorio retumbó como si hubiera sufrido una sacudida eléctrica. La verdad es que no se me ocurre una presentación más baloncestística para un futuro presidente de los Estados Unidos tan apasionado por este maravilloso juego.
Es evidente que la historia de la marcha de la franquicia de los Supersonics de Seattle a Oklahoma City ha sido una suerte de tragedia griega para la hermosa ciudad del Noroeste del Pacífico. También ha sido, que duda cabe, la historia de una muerte anunciada. De cómo el último grupo propietario del club, encabezado por Mr. Clyde Bennett, en connivencia con el Comisionado David Stern, engañó a toda una ciudad, ocultando su verdadera agenda desde el principio: que no era otra que llevarse el equipo a Oklahoma.
Esta historia de la caída de la franquicia de Seattle -un club con un brillante historial, ubicado en una ciudad fascinante y hermosa- es una descripción palmaria del capitalismo puro y duro. El grupo comprador de Oklahoma adquirió los Sonics a Mr Howard Shcultz, el dueño de la cadena de cafeterías Starbucks para más señas. Y lo hizo por un precio nada barato, por cierto: 360 millones de dólares. Los nuevos dueños pidieron entonces a los políticos de la ciudad, y a los del Estado de Washington también, una nueva cancha. “No”, les dijeron los políticos. Y añadieron: “El dinero público no puede ser utilizado para financiar aventuras privadas”. Y mucho menos, si éstas generan un mar de pérdidas. Moraleja muy loable. Pero que no deja de ser una paradoja algo cruel hoy en día. Porque eso es, precisamente, lo que no sólo el Gobierno de los Estados Unidos, sino lo que los gobiernos de todo el mundo capitalista están haciendo ahora con las súper compañías que se encuentran zozobrando en mares de crisis: inyectar dinero a espuertas para intentar salvarlas; el dinero de todos nosotros, claro.
Aún así, tengo para mí que ni los políticos de Seattle, ni los compradores de Oklahoma encabezados por Mr. Bennett, ni ese Maquiavelo moderno que es Mr. Stern, son los grandes culpables del gran fiasco de los Sonics en Seattle. El pueblo soberano, habitualmente muy sabio, ya ha determinado que el villano oficial no es otro que Mister Howard Schultz, el propietario que vendió la franquicia a los forasteros de Okalhoma. Y no lo hizo precisamente por treinta monedas.
Como quiera que los últimos resultados empresariales de la compañía Starbucks han sido demoledoramente malos, resulta que, ahora, el pasatiempo de los aficionados huérfanos de los Supersonics es hacer la ola cada vez que el imperio empresarial de Mr. Schultz se tambalea. Igual que antes hacían esa misma ola tras una canasta de Jack Sikma o de Gary Payton, en estos tiempos se regocijan con los males que afectan a las cafeterías del señor Schultz. Incluso los aficionados más radicales -que en los Estados Unidos también los hay- se dedican al dudoso deporte de lanzar huevos a las cristaleras de las muchas Starbucks que hay por la ciudad y por su área metropolitana. O al propio Mister Schultz, si se tercia. Tal y como ocurrió recientemente, y tal y como fue reportado por el diario local Seattle Post-Intelligencer.
Howard Schultz es el paradigma de multimillonario que compra una franquicia deportiva y trata de imprimirle eso que se suele denominar “la cultura de la empresa”. En este caso la “cultura de Starbucks”. Con la equivocación de creer que -como el millonario en cuestión es uno de esos Amos del Universo que describía Tom Wolfe en su obra “La Hoguera de las Vanidades”- su dinero, su inteligencia y su carisma prevalecerán sobre todo y sobre todos.
El Señor Schultz nunca entendió las peculiaridades del deporte profesional. Fue otro millonario más que jamás llegó a deducir de qué va esto. Es histórica su alocución, llena de retórica, sobre por qué debería pagar los 60 millones que le pedía su jugador Rashad Lewis por renovar: “en qué clase de negocio me he metido”, dijo entonces Mr. Schultz, “en el que me veo obligado a pagar a un chaval de 25 años semejante cantidad de dinero para ver luego cómo falla en los partidos”. Pero, sobre todo, lo que jamás llegó a comprender Mr. Schultz es por qué perdía tanto dinero con su juguete. Tuvo pérdidas enormes que le llevaron a pedir al gobierno municipal de Seattle, y al Parlamento Estatal de Washington, ayuda para edificar una nueva Arena.
Y, claro, el dueño del imperio Starbucks no estaba acostumbrado a pedir. Starbucks es el feudo de Schultz. Y lo que Mr. Schultz quiere, Mr. Schultz lo tiene. Él es el gran shogun de su empresa, a la que encumbró a la cima del mundo. Y lo hizo a base de decisiones estratégicas nada ortodoxas, casi siempre contrarias a lo que predican la mayoría de los libros de texto que se estudian en Ciencias Empresariales. Pero fueron decisiones muy efectivas, desde luego.
De modo que Mr. Schultz pensó que, cuando solicitara financiación pública para la construcción de la nueva cancha, políticos y ciudadanos, fans y no fans del equipo, sucumbirían a su poder y a su encanto. Del mismo modo que sus empleados de Starbucks acatan sus órdenes. Y puesto que la Municipalidad de Seattle había sido generosa con los Mariners (béisbol) y con los Seahawks (fútbol), y había construido estadios nuevos a los dos, el magnate pensó que sus Supersonics no iban a ser menos y que serían salvados también.
Pero cuando no obtuvo la ayuda esperada ni de la Municipalidad, ni del Estado, el hombre no dio crédito. Y cuando los políticos le dijeron que sus Sonics no eran tan importantes para la zona como él pensaba, montó en cólera y amenazó con vender. Y cuando el pueblo le vio el farol, y se pronunció claramente en contra de ayudarle a salir de su nefasta inversión, el gran shogun decidió, finalmente, vender.
Y vendió. Y con esa venta Mister Schultz, al menos, cuadró sus pérdidas. Pero vendió la franquicia a unos espartanos venidos de Oklahoma que regalaron a la ciudad de Seattle un precioso caballo del que surgieron enemigos en número infinito. Aunque, al fin y al cabo, aquellos espartanos estaban en su papel. Por el contario, Mr. Schultz, ya con la batalla totalmente perdida, hizo el número de demandar al grupo comprador de Clyde Bennett “por mala fe”: cuando él mismo había firmado una cláusula contractual que le impedía llevar a los tribunales a los compradores una vez finalizada la venta. Y se aseguró el rol de villano en esta historia.
A mí me parece que, además de villano, Howard Schultz fue algo fatuo. Su inversión en los Supersonics, un juguete carísimo, nunca fue lo que él pensaba que sería. Su idea de cambiar la actitud de los jugadores de la NBA, y por elevación el sistema entero de contratación de la Liga, fracasó. Su sueño de conseguir un apoyo de los aficionados, “similar al que tienen los equipos europeos”, según sus propias palabras de entonces, también naufragó. Y fue finalmente incapaz de convencer a los políticos de que le sacaran del atolladero de sus descomunales pérdidas financieras.
Con la perspectiva que siempre da el tiempo, Mister Schultz ha encontrado chivos expiatorios suficientes para explicar todos sus actos: los políticos del Estado y del Ayuntamiento, el señor Bennett y sus colegas millonarios, David Stern, el público. Todos menos él. Que fue, seguramente, quien más falló. Por eso, los fans -al menos los más furibundos- lanzan ahora huevos contra todo aquello que simbolizan el propio Howard Schultz y su imperio empresarial.
Seattle es una ciudad maravillosa y está más que preparada para recibir a una franquicia de la NBA. Por si acaso, quienes se quedaron con los restos del naufragio se han asegurado mantener el apellido “Supersonics” para consideraciones futuras. Personalmente, me gustaría ver a los Grizzlies en Seattle. Me encanta esa zona que comprende el norte de Washington y el suroeste de Canadá. Vancouver (ubicada en la Columbia Británica canadiense, en concreto, es una ciudad tan extraordinaria que si no existiera, habría que inventarla. Para mí sería pura justicia poética que los Grizzlies aterrizaran en Seattle y volvieran a esa región.
Y no es inviable que suceda. Los políticos, siempre astutos, ya han dicho que se podría hablar de ayudar financieramente a “esos” futuros Sonics. El Gobierno estatal también se ha pronunciado afirmativamente al respecto. Y los aficionados, que tal vez nunca llegarán a estar tan identificados con su equipo como los del Estudiantes, estarían dispuestos a hacer todo lo necesario para que “esos” nuevos Sonics se sintieran realmente en casa.
Porque, en realidad, esta triste historia de los Supersonics de Seattle nunca fue tanto una cuestión de Arenas o de financiación; de buenos o de malos políticos; de unos millonarios tunantes que, ayudados por el Comisionado, fueron a tangar a los habitantes de la Ciudad Esmeralda para llevarse luego el club a su amada tierra de Okalhoma, con nocturnidad y alevosía. La cuestión siempre fue que “aquellos” Supersonics eran el club de Howard Schultz. Del Shogun de Starbucks. Del que es, para muchos, el auténtico villano de Seattle.
A Marc Cuban (Pittsburgh, Pensilvania, 1958), el controvertido propietario de los Dallas Mavericks, muchas gentes del microcosmos de la NBA le acusan de tener demasiados defectos: le imputan ser un engreído, un tipo poco solidario, un rebelde sin causa y sin pausa. El Comisionado David Stern le considera –y no se corta en contárselo a quien le quiere escuchar- “una china en su zapato”. La verdad es que Mr. Cuban lleva ya pagados más de 2 millones de dólares en multas impuestas por la NBA. Por contravenir disposiciones y códigos de la Liga, en un número tan amplio, y de una manera tan contumaz, que su descripción sumaria no cabría en esta columna.
El hombre ha tenido cuitas con los árbitros, con los jugadores, con los entrenadores, con el sindicato de jugadores, con sus colegas propietarios, con los blogueros, con los aficionados, con la Euroliga, con el Órgano Regulador del Mercado de Valores y hasta con el Gobierno de los Estados Unidos. Sí, incluso con el Tío Sam: Cuban acaba de abrir un portal en Internet con el que pretende controlar cómo se administran los 700 mil millones de dólares que el Gobierno ha concedido a ciertas instituciones financieras norteamericanas para salvarlas de la quiebra. Veremos cómo acaba eso. Por su parte, la SEC, el organismo regulador del Mercado de Valores, le considera un defraudador. Y la mayoría de la gente, un iconoclasta. Pero nadie le puede acusar de falta de imaginación.
Marc Cuban es, en mi modesta opinión, un genio. Para lo bueno y para lo malo. Uno de esos americanos fervientemente individualistas que, en los Estados Unidos, reciben con frecuencia la denominación de libertarios, sin que sus ideas tengan, necesariamente, nada que ver con libertarios como, digamos, Mijail Bakunin. Sino, más bien, con las ideas que plasma en sus obras el autor favorito de Cuban: el escritor y filósofo Ayn Rand. Autor, entre otros escritos, de una prodigiosa novela llamada “El Manantial”.
Lo que tampoco le niega nadie a Marc Cuban es que es, sin duda, diferente. Lo cual no es necesariamente malo en ese mundo cada vez más uniforme y más plano que Mr. Stern pretende que sea su NBA. Cuban presenta, dicen los que le conocen bien, una personalidad de corte bipolar. Es evidente que el hombre es capaz de concebir decenas de ideas, la mayoría de ellas bastante peregrinas. Pero las que son válidas son, casi siempre, capaces de aportar algo nuevo. Un ejemplo de esta dualidad: Mister Cuban es capaz de financiar la muy notable película independiente “Good night and good luck” y a la vez invertir en una compañía llamada Brondell –juro al lector que esto no es broma- que se dedica a diseñar “retretes de alta tecnología”. O crear un sitio web llamado Sharesleuth.com con el objetivo de revelar fraudes en las empresas que cotizan en los Mercados y, a su vez, vender él mismo acciones bursátiles tras recibir, presuntamente, información privilegiada.
La última idea de Mister Cuban, publicada en su blog habitual, blogmaverick, sugiere que, ante la ausencia de buena cobertura informativa de los equipos locales en la Red, y dado que la prensa escrita aplica cada vez más recortes de gastos y de plantilla, sean las ligas de cada uno de los tres grandes deportes estadounidenses las que paguen a los periodistas: el Señor Cuban sugiere que debería pagarse la nada despreciable cifra de 50.000 dólares al año a cada reportero, dicho sea de paso. Y que, además, las ligas coloquen a estos reporteros en los diarios locales más importantes, a cambio de que el equipo profesional en cuestión tenga un espacio garantizado en el periódico. Al menos, eso es lo que he deducido que quiere expresar Mr. Cuban en su blog al explicar su idea.
Es bonito que Marc Cuban crea que un subsidio anual de 150.000 dólares (el total de los sueldos propuestos por él para esos tres periodistas que cubrirían la información de baloncesto, béisbol y futbol), por periodista y periódico, pueda llegar a salvar una industria que está en claro declive e incluso en peligro de extinción. Pero los comentarios que hace el propietario sobre la falta de buena información en la Red demuestran lo alejado que está Mr. Cuban de la realidad del tratamiento de los deportes en Internet.
Además -y muy en la línea de lo que comentábamos aquí el otro día sobre Kevin McHale, el actual entrenador de los Wolves de Minnesota- Cuban considera a los blogueros una fauna especialmente nociva para su club; y para él mismo. De hecho, el dueño de los Mavs dio orden de expulsar del vestuario del equipo a todo bicho bloguero viviente. Bloguero viviente e independiente, se entiende.
Lo cual me resulta muy curioso, teniendo en cuenta que el hombre no es, precisamente, un indocumentado en lo relativo a la Red y a las nuevas tecnologías. Mr Cuban se hizo multimillonario –dando un pelotazo descomunal de 6.000 millones de dólares, para más señas- gracias a que, en 1999, vendió su negocio de radio deportiva en Internet al entonces rico y poderoso portal Yahoo!. Otro dato importante: el club propiedad de Mr. Cuban, los Mavericks de Dallas, fue uno de los primeros en reconocer la importancia de tener presencia en la Red; de hecho, el departamento de Internet de los Mavs ha estado creando, en los últimos tiempos, sitios web -más o menos oficiales- que realmente nadie utiliza. Por el contario, otros clubes de la NBA trabajan con blogueros independientes y les va muy bien. Ninguno de estos clubes suele ordenar a su personal de seguridad que “escolte” hasta la salida más próxima a los blogueros indeseables, como en su día hicieron los Mavs.
Por supuesto, estoy de acuerdo con Marc Cuban en que la cobertura informativa de los equipos locales en la Red de Redes es francamente mejorable. Los diarios de papel ya parecen haberse dado cuenta de ello y ordenan, cada vez con más frecuencia, a los reporteros que cubren la información del equipo –en los Estados Unidos se les conoce como “beat reporters”- que publiquen piezas en la página web de su periódico.
No seré yo quien niegue la importancia, ni la influencia, de los periódicos diarios de información general impresos en papel. Pero, en estos tiempos modernos, tal vez ese diario de papel ya no sea tan importante; al menos en lo concerniente a la cobertura informativa de carácter deportivo. Es evidente que Internet permite hacer muchas cosas que no se pueden hacer con un papel impreso e incluso con un periódico electrónico. La comunidad de usuarios que se desarrolla alrededor de los blogs es enorme. Así que, al menos hasta que el papel impreso pueda ofrecer el mismo contenido, la misma inmediatez y el mismo arraigo comunitario que la Web, me parece que los (buenos) blogs van a seguir manteniéndose en pie durante mucho tiempo.
Por otro lado, el hecho de que una gran Liga -por ejemplo la NBA- pagara el sueldo de un reportero del diario más importante de una ciudad –digamos, Denver- puede estar muy bien como concepto empresarial de cara a mejorar la cobertura de la Liga en un diario de información general. Pero tengo dudas de si esa idea garantizaría verdaderamente la información libre y objetiva. Y tengo muchas más dudas de si no habría un conflicto de intereses entre el reportero, el medio en el que éste publicaría sus piezas, y la Liga que le pagaría su jornal.
Es uno de los periodistas españoles con más reputación cuando se habla del baloncesto de los Estados Unidos. En radio, ha trabajado para la Cadena COPE desde 1986 hasta la temporada 1991 1992, y desde la 1992-1993 lo hace para la Cadena SER, participando en espacios tan populares como el Carrusel Deportivo. En prensa, le hemos leído en medios de tanto prestigio como el diario EL PAÍS o la Revista Gigantes.
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