Miguel Ángel Paniagua

LUNES, 25 DE MAYO DE 2009

SOBRES

Vaya por delante que creo firmemente que cada equipo de la NBA que cae en la lotería del draft debería tener las mismas posibilidades que los demás. Y, como siempre hago, explicaré por qué: primero, porque eliminaría la tentación de “jugar a evitar ganar”, o dicho sin eufemismos, la tentación de jugar a perder: “tankning” se le llama en América a esa tendencia perversa. Algunos equipos que se saben fuera de la carrera -creo que lo hemos visto todos así que no hace falta decir quiénes son, ni cuántas veces lo han hecho- se deslizan hacia la derrota como esos ases del esquí lo hacen por las pistas de slalom gigante. Y, segundo, porque el sistema actual penaliza a jugadores con potencial de convertirse en jugadores-franquicia al darles una responsabilidad hercúlea para que transporten sobre sus hombros a equipos de nivel muy inferior hacia las verdes praderas del éxito.

Hay ejemplos históricos que apoyan esta teoría. Suele tratarse de equipos con hechuras de conjunto de playoffs, pero que entraron en la lotería por unos pocos partidos perdidos a destiempo. A saber: en 1993, los Orlando Magic, que jugarían la final dos años después. En 1997, los Spurs de San Antonio, que se hundieron la temporada anterior debido a la lesión de su jugador más determinante, David Robinson, eligieron a Tim Duncan en el primer lugar del draft y ganaron el título justo dos años después también. Y, más recientemente, en 2008, los Bulls de Chicago lograron fichar a Derrick Rose y, a pesar de los altibajos durante la Temporada Regular, se convierten en un equipo muy sólido y nos regalaron una de las mejores contiendas de la primera ronda de unos playoffs de la NBA vistas en mucho tiempo.

Una vez más, la cuestión que subyace aquí es la paridad. Una de las grandes obsesiones del Comisionado David Stern. Loable concepto, desde luego, pero no necesariamente práctico ni para mejorar las cosas, ni para atraer más clientela al show. Es cierto que, en un mundo ideal, los 30 equipos de la NBA habrían de tener las mismas posibilidades de ganar el título. Y determinados puestos de los playoffs se resolvieran por factores de desempate. Y todo estaría tan igualado en la Liga de Mr. Stern que nadie podría ganar más de 50 partidos en un año no ya bueno, sino optimo.

Sin embargo, los datos son palmarios: en la NBA reciente, los mejores años, los más competitivos, los que más aficionados nuevos llevaron a las gradas de los campos y a los televisores en los hogares de América fueron los cursos entre 1984 y 1993: los años del gran resurgimiento de la Liga NBA gracias a Magic, Bird, the Bad Boys y Michael Jordan. Y, no hace falta recordarlo, aquellos maravillosos años no fueron precisamente muy paritarios que digamos. De hecho, en aquellos tiempos, la separación entre los equipos muy buenos y los menos buenos, era a veces incluso cruel.

Por ejemplo, los Lakers del Showtime tenían una columna vertebral en su equipo formada por tres jugadores elegidos como números uno del draft: Kareem, Magic y Worthy. Y, a lo largo de su reinado, hubo en aquellas plantillas legendarias de los Lakers otros jugadores de complemento que no ayudaron precisamente a la paridad entre los clubes: hubo un antiguo MVP, Bob McAdoo; hubo otro número uno del draft, Mychal Thompson, y un excepcional número 4, Byron Scott. Además de otros jugadores muy buenos fichados o adquiridos, bien por la astucia del entonces GM del club, el gran Jerry West, o bien por la falta de astucia del GM contrario.

En estos tiempos ya no es tan fácil “tangar” a un GM contrario que se precie –salvo que el GM en cuestión sea Chris Wallace- y por eso ya no es tan fácil reconstruir un equipo ganador birlándole el mejor jugador a otro equipo a cambio de básicamente nada. Excepto que el GM vuelva a ser Chris Wallace. De modo que una vez que un equipo ganador, un aspirante al título, empieza su inevitable declive es cada vez más difícil parar esa caída.

Un ejemplo muy cercano: los Suns de Phoenix han ganado esta temporada 46 partidos y no se han clasificado para los playoffs de la Conferencia Oeste por muy poco. Pues bien, la situación de los Suns me sirve para ilustrar mi teoría de igualdad total en la lotería del draft: si el Phoenix tuviera las mismas posibilidades que los otros equipos y pudiera hacerse con los servicios de Blake Griffin en Junio, ¿sería esto mejor para la Liga NBA o será mejor que acabe en los Clippres?.

Con Griffin, los Suns volverían a ser un equipo con aspiraciones de manera casi instantánea. Por el contrario, en los Clippers, asumiendo que Baron Davis quiera estar bien, con la ayuda de Marcus Camby y de un puñado de jugadores que desearían estar en cualquier otro lugar excepto en el club que posee Mr. Don Sterling, el recorrido del fenómeno de Oklahoma hacia unos niveles mínimos de bonanza deportiva va a ser muy, muy largo, muy, muy tedioso y, probablemente, muy, muy accidentado.

Sinceramente, no veo claro que este sistema de lotería sea ni bueno, ni justo. Tal vez el lector me ayude a entenderlo mejor: eso espero. Pero difícilmente voy a aceptarlo. Creo que el sistema actual premia la incompetencia –a veces incluso deliberada- de algunas franquicias cuyo nivel de desidia es a veces incluso insultante hacia su base de aficionados. Y no se me ocurren mejores ejemplos para ilustrar esa incompetencia que los Clippers de Los Ángeles y los Grizzlies de Memphis. Y, qué casualidad, han sido ellos, precisamente, los grandes beneficiados de esta lotería del draft de 2009. En ella, equipos limitados, pero que por lo menos han intentado formar una buena plantilla y jugar un baloncesto más o menos atractivo como deferencia hacia sus fans incondicionales, han sido penalizados con rigor por culpa de las bolitas: me refiero a los Nets o a los Pacers, más concretamente. Es injusto.

De modo que, tengo para mí que el sistema más justo sería volver al modelo de los años 80: un sobre por equipo; las mismas opciones para todas las franquicias. Y saldrían a sorteo sólo los tres primeros puestos del draft: nada más. Se acabaría así con el impresentable “tanking”. Y si da la casualidad de que un equipo que se ha quedado en la frontera de los playoffs logra juntar en su plantilla a una figura veterana con otra estrella novata, pues mucho mejor para la todos.

Y ya puestos a evitar el “tanking”, ¿por qué no un playout al modelo que había antes en Italia?. Los 14 equipos que se quedan fuera jugarían unos partidos adicionales de postemporada –mitad penitencia, mitad competencia- que, además de dejar unos dólares adicionales en las seguramente ya maltrechas cajas, determinarían el orden de elección en el draft de acuerdo a la clasificación final de ese hipotético playout. Debo decir que esto lo comenté en una ocasión con un GM de la NBA, buen amigo, y me dijo que no era una idea inviable, incluso me dijo que era interesante, pero que los jugadores se opondrían ferozmente a ella.

Según me explicaba mi colega, a los jugadores les faltarían incentivos y luego estaría el tema de las vacaciones. Y ahí me pilló. Es un hecho cierto que hay jugadores de equipos perdedores que se quieren ir de vacaciones lo antes posible: sin disimulo alguno. Cosa que pueden atestiguar jugadores conocidos por todos nosotros que tuvieron –o tienen- la desgracia de jugar en equipos que se han quedado fuera de los playoffs y que vieron –o ven- cómo sus compañeros de equipo colapsan la puerta de salida del vestuario el día del último partido para irse a disfrutar sus, por otra parte, merecidas vacaciones. Sucede sólo que a algunos se les nota mucho que quieren irse de vacaciones ya en el mes de abril.

En resumen: es preciso volver al concepto de la lotería del draft como se ideó antaño. Igualdad de oportunidades para cada equipo. Sí, ya se que muchos lectores me van a recordar esa leyenda urbana que circula acerca de cierto sobre frío que extrajo el Comisionado David Stern –hincha confeso de los Knicks- que permitió, contra todo pronóstico, que casualmente los Knicks de Nueva York pudieran fichar a Patrick Ewing en 1985 y cambiaran su oscuro destino en aquel momento preciso. Pero, como esa es tan sólo una leyenda urbana, yo me sigo quedando con el sistema de sobres.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 14:29 16 Comentarios
 
LUNES, 18 DE MAYO DE 2009

SVG

Unas horas antes de que los Magic de Orlando eliminaran ayer a los todavía campeones de la Liga NBA, los Celtics de Boston, hablaba con una persona muy cercana a la organización del club de Orlando. Habían aparecido en la prensa no pocos rumores sobre el posible cese del entrenador del equipo, el singular Stan Van Gundy, y al tiempo que le deseé a mi colega toda la suerte del mundo para el partido 7 y definitivo de las semifinales de la Conferencia Este, le pregunté cómo era posible que SVG estuviera en la cuerda floja habiendo hecho dos temporadas consecutivas ciertamente fantásticas con el equipo –más de 50 victorias y como mínimo semifinales de conferencia en cada una de ellas- y sobre todo habiendo resucitado a un equipo cuyo encefalograma estaba plano cuando él llegó.

La respuesta que recibí tiene mucho que ver con la tendencia –con lo que se lleva ahora- en esta NBA posmoderna: el problema de SVG, me vino a decir mi colega, es que habla demasiado fuera de la cancha y grita demasiado dentro de ella. Además, me dijo, no es bueno tener a tu mejor jugador [el pivote Dwight Howard] abiertamente en tu contra.

Lo cierto es que, aunque ahora se desmienta por el club, Stan Van Gundy estaba virtualmente cesado de sus funciones como entrenador de los Magic de Orlando si su equipo no hubiera ganado en Boston, relativamente contra pronóstico, anoche. No es que uno se fíe mucho de determinados medios de comunicación estadounidenses, la verdad sea dicha. Pero la casi siempre seria y prudente cadena ESPN hizo incluso broma, para mi gusto un tanto macabra y falta de gusto, dado cómo están los tiempos, al respecto de la fragilidad del puesto de Mr. Van Gundy. En la gráfica -eso que los que damos charlas y seminarios de vez en cuando denominamos “quesito”- aparecía el porcentaje esperado de desempleo en el país para el próximo mes de junio. Como puede ver el lector, entre esos futuros parados se incluía a Stan Van Gundy: junto al presunto tramposo entrenador de la Universidad de Southern California, Tim Floyd, por cierto. Pues los de la ESPN han fallado. Una vez más.

 

  

Stan Van Gundy no es un tipo fácil. Desde luego que no. Hecho como entrenador –al igual que su hermano Jeff- a la sombra de su mentor, Pat Riley, el hombre carece de ese glamour que parece ahora tan necesario para que alguien te empiece a considerar entrenador de la NBA. En ese sentido, SVG es un tipo tosco, y a veces hosco, que no se ajusta, ni de lejos, al prototipo de figurín de las bandas; ni tiene tampoco cinco o seis anillos de campeón, en el salón de su casa, para imponer el respeto necesario en un vestuario NBA.

Es cierto que el número de jugadores de alto nivel que ha tenido a SVG sus órdenes en la NBA es importante. Pero es mucho más importante la cantidad de ellos que han manifestado, más o menos abiertamente, su animadversión hacia él. Y sin utilizar muchos eufemismos que digamos. Desde el ínclito Shaquille O’Neal, que a falta de mejor expresión, digamos que se lo cargó en Miami para ayudar al retorno de Pat Riley al banquillo de los Heat, hasta el último de sus figuras, Dwight Howard, alias Superman, que no oculta “on the record” su animadversión hacia su técnico. Ni siquiera alcanzo a imaginar cómo será su relación “off the record”, fuera de las luces de los medios de comunicación.

Ciertamente, en la NBA, nunca es bueno para un entrenador que la máxima estrella del equipo se ponga manifiestamente en su contra. Generalmente, eso significa el despido más o menos fulminante del técnico. Los Magic de Orlando tienen cierta experiencia en esto. Hace no muchos años, concretamente en 1997, una de las estrellas de aquel equipo de entonces, Penny Hardaway, no se anduvo con muchos rodeos cuando le dijo a sus directivos –y a los medios de comunicación- aquello de “o el entrenador [era Brian Hill en aquel tiempo] o yo”. Ni que decir tiene que la franquicia se decidió por mantener al jugador y tirar al entrenador. Los resultados posteriores fueron devastadores para la franquicia de Florida.

Pero todas estas historias hablan mucho más de la patología que presenta esta NBA moderna, que del propio fracaso de los entrenadores en cuestión. Veamos: es casi un hecho universalmente aceptado que a menos de que un entrenador sea Phil Jackson, Greg Popovich, Jerry Sloan o quizás, y en un segundo nivel, Doc Rivers, o George Karl, la seguridad en el empleo de entrenador de un equipo de la NBA depende en gran medida de lo bien que dicho entrenador se lleve con la superestrella del equipo. En ese sentido, son los propios entrenadores los que se acomodan a los gustos –estéticos, tácticos y a veces hasta de comportamiento- de su estrella, y del resto del elenco protagónico, a cambio de una cierta lenidad de la gran figura hacia su persona y hacia su puesto de trabajo.

Los jugadores importantes –o supuestamente importantes- de la NBA respetan bien los anillos de campeón que posee un entrenador (caso de Jackson y de Popovich), o bien respetan la experiencia de muchos años en un mismo banquillo: a sabiendas de que esa franquicia nunca hará lo que hizo el Orlando con el Coach Brian Hill. Es el caso del Utah y de su eterno entrenador, Jerry Sloan, por poner un ejemplo palmario.

El resto de los entrenadores de la NBA son susceptibles de ser cesados: bien por los malos resultados, o bien, como en el caso de Mr. Van Gundy, porque, por muy buenos que sean esos resultados, si la figura del equipo –en este caso Dwight Howard- se disgusta, la franquicia entra en estado de pavor general: el resultado es que todo se desangra.

Por eso ayer me alegré cuando, viendo el partido 7, escuché a SVG declarar –justo en la cadena del quesito dichoso- que los chicos de la ESPN, que se encargan del basket, eran “maestros del drama deportivo”: el Coach lo dijo en un tono evidentemente sarcástico y guiñando un ojo a su interlocutor, pero con un evidente sentido de vendetta. Bravo por Stan Van Gundy: “amb un parell”, como dicen los catalanes.

 

Después del partido llamé a mi colega. Estaba eufórico. Aunque criado en Boston y fanático de los Celtics en su infancia, sus tratos habituales con la franquicia de Orlando, y le hecho de que vive cerca de la ciudad, le hacen ser ahora un noble hincha de los Magic. Me aseguró que, gracias a esta victoria, SVG debería estar tranquilo: hasta la mitad de la temporada que viene por lo menos, me dijio. Asombrado, le pregunté por qué justo hasta mediada la próxima campaña. “Si gana el título este año, estará totalmente a salvo el año que viene. Si las cosas van bien durante la campaña próxima, no pasará nada. Pero si las cosas, por lo que sea, van bien, me dijo, habrá una reunión de jugadores y Dwight Howard forzará la salida del entrenador, sin duda alguna”. Tal cual. Así que, parece ser que cuando una estrella te sitúa en el punto de mira, a la larga eres hombre [entrenador] muerto.

Mientras tanto, el propio Howard tal vez debería plantarse por qué los Cavaliers tienen un líder en LeBron; los Lakers en otro Kobe y los Nuggets otro más en Billups. Y preguntarse por qué a él no le consideran un líder ni sus seguidores más irreductibles. O Rashard, que tiene un precioso contrato de más de 90 millones de dólares en la caja fuerte de su casa, pero que está tan lejos de ser un líder como Stan Van Gundy lo está de tener algún día el look de Pat Riley.

Esa es la tragedia del Orlando. Y hasta cierto punto, esa es la gran tragedia de la NBA: demasiados líderes nominales y pocos líderes reales. Demasiadas estrellas que no brillan y pocas figuras de verdad. Por eso admiro el coraje de Van Gundy: el hombre caerá más tarde o más temprano. Eso parece un hecho cierto e irreversible. Pero el hombre lo hará sin cambiar sus principios. Y eso, en estos tiempos que corren, ya es mucho. Sobre todo en el cada vez más complicado y peligroso oficio de entrenador de la NBA.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 13:34 33 Comentarios
 
LUNES, 11 DE MAYO DE 2009

“THE DEFEAT”

He visto, como supongo que todos los buenos aficionados, deambular como zombies por la cancha del Toyota Center de Houston a estos Lakers versión-2009. Los angelinos han jugado, es un decir, un infame Partido 4 de las series semifinales de la Conferencia Oeste de la NBA. Escucho luego las declaraciones post partido: dicen los chicos de Phil Jackson que no se han dejado influir mentalmente por el hecho de que los Rockets estén tan diezmados. Con todo el respeto debido, eso no se lo creen ni ellos.

Pero, por muy dura que haya sido esta derrota, igual que la del Partido 1 de esta misma serie jugado en Los Ángeles, estos Lakers de 2009 siguen en una situación que está acorde con el guión previsto: afortunadamente el sistema de playoffs permite a un equipo que ha jugado de manera espantosa recobrar la compostura en el partido siguiente.

Pero, incluso si el viento se torna contra los Lakers, y por una de esas casualidades del deporte, cayeran eliminados ante los Rockets, a estos Lakers posmodernos les cabrá siempre el consuelo de que esa hipotética derrota no sería la derrota más amarga en la historia de esta franquicia tan ilustre. Porque hay una derrota, ocurrida justo hace ahora 40 años, que se mantiene en los anales de los Lakers como la más dolorosa y terrible de todos los tiempos. A ella se refieren los buenos aficionados angelinos simplemente como “The Defeat”, “La Derrota”. Escrito siempre en mayúsculas, por cierto.

Aquel partido se jugó exactamente el día 5 de Mayo de 1969. Y desde luego, aquel no fue un choque cualquiera: se trataba del partido 7 de las Finales de la NBA. El no va más. Un encuentro agónico que enfrentaba a los propios Lakers contra –quién si no- los Celtics de Boston: los archienemigos de la Nueva Inglaterra.

Aquel encuentro fue uno de los más significativos de toda la historia del baloncesto. Por muchas razones: primero, porque fue el último partido que jugó el mítico pivote de los Celtics, el gran Bill Russell, en la NBA. Russell era en aquel tiempo el jugador-entrenador de los Celtics. Aquella fue, de hecho, su última temporada vestido de corto y el mito aprovechó su partido de despedida para bajar el telón de su excepcional carrera de una manera sencillamente prodigiosa: capturando 21 rebotes y logrando su undécimo título de campeón de la NBA en sus 13 años con el equipo bostoniano. Sencillamente increíble.

Aquel partido nos regaló también la que es quizás la actuación más grande jamás vista en un Partido 7 de una final de la Liga NBA;: el gran Jerry West, visiblemente mermado por una lesion en el muslo que sufrió en el Partido 5, consiguió un triple-doble realmente épico: 42 puntos, 12 asistencias y 13 rebotes. Pero aquellos fueron unos números estratosféricos que quedaron ahogados en la amargura de una derrota. Una derrota que, todavía hoy, el “Logo de la Liga” reconoce no haber superado mentalmente. Para dar una idea de la magnitud de su actuación baste decir que a Jerry West le concedieron el galardón de MVP de la Final: la única vez en la historia de la NBA en que un jugador del equipo perdedor se lleva ese premio. West ha dicho muchas veces que aquel reconocimiento jamás podrá enjuagar la pena de aquella derrota.

“La Derrota” fue todavía más marga porque, aquella temporada, todo el mundo estaba convencido de que se acabaría, por fin, el gafe de los Lakers frente a los Celtics. Los Lakers habían estado en nada menos que en cinco finales frente a los Celtics. Y las cinco veces habían sido incapaces de parar la implacable máquina verde. En el año 69, sin embargo, todo parecía haber encajado de una buena vez: Jerry West estaba en el momento más esplendoroso de su deslumbrante carrera y Bill Rusell, el líder natural de los Celtics, estaba ya mayor y notoriamente alto de peso. Los Lakers, además, tenían ya en su plantilla a un pívot capaz de contrarrestar el dominio devastador de Russell en las zonas.

Este fue, precisamente, el primer año en que otro gran jugador, Wilt Chamberlain –traspasado por el Filadelfia- jugó en los Lakers. De modo que, con la llegada de Chamberlain al equipo, –que tuvo serias fricciones con otro grande del club angelino, Elgin Baylor, en alguna ocasión- los Lakers parecían por fin, una escuadra capaz de destronar a los Celtics.

Tal vez fuera la presencia de Wilt Chamberlain en el equipo, o tal vez fuera la certeza de que Jerry West, por muy maltrecha que estuviera su pierna, siempre solía realizar actuaciones estelares en los momentos más apurados. Lo cierto es que el propietario de aquellos Lakers, el magnate Jack Kent Cooke, tenía tal confianza en que su equipo ganaría aquella final de finales que no se le ocurrió otra cosa que empezar a celebrar el título antes de que se jugara el partido. Literalmente.

Así, por ejemplo, Mr. Kent Cooke llenó de globos el Forum, lo cual irritó sobremanera a los Celtics: que ya de por sí estaban lo suficientemente motivados como para salir a aniquilar a los Lakers sin necesidad de que nadie añadiera más adrenalina al vestuario. Para colmo, aparecieron en las gradas unas hojas que detallaban toda la liturgia de celebración del título una vez concluido el encuentro. Incluso, en el mismo programa del partido, había un plano de la ciudad en el que se describía el itinerario que recorrería la comitiva de los Lakers en el desfile de celebración que se llevaría a cabo al día siguiente. Ni que decir tiene que ambos impresos llegaron a manos de los Celtics que se juramentaron para dinamitar los planes del enemigo.

Debo decir que Mr. Jack Kent Cooke (1912-1997) no era, ni mucho menos, el patán al que muchos aficionados acusaron de haber arrojado gasolina al fuego con toda aquella demostración de arrogancia y de desprecio hacia los Celtics. Los hechos y sucesos de Mr. Kent Cooke necesitarían un par de columnas para ser descritos –algún día lo haremos- pero baste decir Mr. Cooke fue el hombre que construyó el Forum, la mítica cancha de los Lakers y que compró el club por 5 millones de dólares en 1965, pare venderlo, 14 años después, por 68 millones de dólares: una transacción, no hace falta decirlo, muy rentable. Posteriormente, el hombre fue propietario de los Redskins de Washington: uno de los equipos de futbol más reconocibles de la Liga NFL en el mundo entero.

Uno de mis primeros recuerdos impactantes, al llegar a Estados Unidos para buscar nuevas aventuras académicas y profesionales, es precisamente de Mr. Jack Kent Cooke. Recién instalado en los Estados Unidos, a finales del verano del año 1979, contemplé en la tele una entrevista que le hicieron al señor Cooke -en la cadena CBS creo recordar que fue- absolutamente inolvidable. El hombre acababa de vender los Lakers, el Forum y los Kings (el equipo de la NHL) al Doctor Jerry Buss, su actual propietario, por 68 millones de dólares. Era la transacción más cara llevada a cabo hasta entonces en la historia del deporte mundial.

El periodista de la CBS y Mr. Cooke se encontraban, ambos de pie, en una grada alta del Forum. El reportero le hizo entonces al dueño la pregunta de todos los tiempos; una de esas preguntas que parece que nunca se acaban: “¿Sr. Kent Cooke”, empezó a hablar el informador, “usted siempre había dicho que jamás vendería sus Lakers, sus Kings y mucho menos su Forum. Que los considera como a sus propios hijos. Que ellos son parte de su vida y que no eran siquiera negociables. Qué es exactamente lo que le ha hecho cambiar de parecer ahora?”. “Sixty eight million dollars, cash”, “68 millones de dólares en efectivo”, respondió serena, rotundamente, Mr. Kent Cooke.

Aquella fue mi primera lección práctica de periodismo: hay que intentar hacer preguntas lo más cortas y precisas posibles al entrevistado. Y también fue mi primera lección en pragmatismo capitalista estadounidense. Entender que, en USA, casi todo es negociable.

Pues bien, retomando la historia de “La Derrota”, toda aquella exhibición de autosuficiencia de Mr. Cooke acabó siendo el gran catalizador que sirvió para que los Celtics de Bill Russell -que no eran, ni mucho menos, favoritos para ganar el partido- salieran a la cancha motivadísimos por la soberbia del amo de los Lakers y lograran infringir una derrota histórica a sus odiados rivales a pesar de la actuación heroica de Jerry West. Además de por ese inmenso triple-doble de West, aquel Partido 7 de las Finales del año 69 se recuerda también por la remontada de los Lakers en el cuarto periodo: curiosamente, sin Wilt Chamberlain en pista.

Los Lakers, que perdían 76-91 al final del tercer cuarto, redujeron la desventaja hasta los siete puntos, pero entonces Chamberlain se torció la rodilla al capturar un rebote y hubo de ser sustituido. Wilt ya no volvió a jugar en lo que quedaba de partido, mientras sus Lakers llegaron a acortar la ventaja de los Celtics a un solo punto. Murieron en la orilla al caer, finalmente, por 108 tantos a 106, tras un tiro increíble de Don Nelson (hoy entrenador del Golden State) que primero dio en el aro, luego subió hasta casi la parte alta del tablero y finalmente cayó milagrosamente dentro de la canasta para terminar de matar a los Lakers y para que el champán y las celebraciones quedaran para mejor ocasión.

Después de aquel desastre, el entrenador de los Lakers, Bill van Breda Kolff, dimitió de su cargo y se fue a entrenar a los Pistons. A las órdenes del nuevo entrenador, Joe Mullaney, los Lakers sufrirían una nueva derrota en un Partido 7, en 1970, frente a los Knicks de Nueva York. Los neoyorquinos sacaron el partido adelante gracias a la inspiración de su pivot, Willis Reed, que jugó lesionado, y a una defensa prodigiosa de Clyde Frazier sobre Jerry West. En las Finales de 1972, con Bill Sharman ya en el banquillo, un equipo que acabó siendo legendario –“los Fabulosos Lakers- pudo vengarse de aquella derrota ante los Knicks ganando, merecidamente, el título por 4 partidos a 1. Y tras una Temporada Regular ciertamente de ensueño: 69 victorias y 13 derrotas.

Pero la venganza de las múltiples derrotas sufridas ante los Celtics tendría que esperar todavía un tiempo: a una nueva generación de jugadores, de hecho. Justo hasta que aquel equipo mítico de los Lakers de los años 80, vertebrado por Magic, Worthy y Kareem Abdul Jabbar, en la versión más genuina del Showtime, conquistara el título de 1985. Luego los Lakers volverían a batir a los Celtics en las Finales del año 87.

Pero ni siquiera esos dos títulos han podido enjugar nunca la amargura de aquella legendaria derrota, “The Defeat”, que todavía hoy en día tiene un influjo casi espectral en todos los seguidores de los Lakers. Y que se escribe con letras mayúsculas –literalmente- en los libros de historia del baloncesto.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 16:55 8 Comentarios
 
LUNES, 04 DE MAYO DE 2009

AI

Era previsible. Y posiblemente también estuviera previsto. Los Pistons de Detroit, uno de los equipos más sólidos en la Conferencia Este de la NBA, cayeron como peras maduras en la primera ronda de estos playoffs de la NBA de 2009. El equipo de Detroit, que había aparecido en cinco Finales de Conferencia consecutivas hasta este año, había logrado, incluso en este tiempo de reconstrucción, clasificarse para las eliminatorias.

Posiblemente eso no estuviera tan descontado por las cabezas pensantes de los Pistons. Pero lo cierto es que el Detroit logró meterse en los playoffs –en el último vagón, eso sí- a pesar de no contar con su estrella; con su estrella nominal, mejor dicho: el portentoso, el singular, el mercurial base Allen Iverson. Oficialmente, AI fue dado de baja por los Pistons, casi al final de la Temporada Regular, debido a una lesión de espalda previamente no diagnosticada. En realidad, siempre supimos que no había lesión. Al menos una lesión física: las heridas que produce el orgullo lacerado pueden ser muy severas.

De modo que el último acto de Allen Iverson en Detroit ha sido un fiasco completo. Sencillamente no ha funcionado para ninguna de las dos partes: el jugador se ha devaluado más que los mercados inmobiliarios en los últimos meses, y el Detroit ha roto un equipo que era capaz de aspirar a todo hasta hace un año. Y lo ha hecho con la misma precisión quirúrgica con la que un niño es capaz de destrozar su juguete más valioso en un momento de frustración incontenida.

El objetivo real del traspaso del año, Billups-Iverson era lograr espacio salarial. otra Siempre lo supimos, pero que tal vez nunca lo quisimos aceptar. Fichar a un jugador con una nómina estratosférica para luego quitarlo de en medio, y así crear espacio salarial, es una maniobra lícita y legítima en la NBA. Faltaría más. Pero los ejecutivos del Detroit, y en particular su presidente Joe Dumars, han logrado justo lo contrario de lo que pretendían con este traspaso tan espectacular: confundir a sus aficionados y enfadar a los mejores jugadores de su plantilla.

Me mandaba el otro día mi colega, y sin embargo amigo, Álvaro Martínez, uno de los motores de esta página web de SOLOBASKET, la foto adjunta. En ella se recoge el “pantallazo” que apareció en la televisión, concretamente en la cadena que posee los derechos en abierto de la competición NBA en los Estados Unidos, la emisora ABC. Como puede ver el lector, en el cuadro se comparan los números de Chancey Billups (jugador ahora de los Denver Nuggets, antes de los Pistons) y los números –inexistentes claro- de Allen Iverson (todavía hoy jugador de los Detroit Pistons, antes de los Nuggets). Una comparación cruel y ciertamente muy demagógica. Pero real, al fin y al cabo.

 


 

Sin embargo, me temo que la historia difícilmente podría haber acabado de otro modo. Una vez que los ejecutivos del Detroit decidieron traspasar a Chauncey Billups, lo más parecido a un hijo predilecto que tenía la franquicia de los Pistons, todo se redujo a una cuestión de orgullos y de egos. Una hoguera de vanidades al fin y al cabo.

Todo lo demás entra en el terreno de la ucronía. Tal vez, si AI hubiera transigido un poco, podría haber aceptado su rol como jugador reserva. Tal vez, si los Pistons hubieran mantenido a Rodney Stuckey –el sustituto de Billups en el corazón de los aficionados- en el rol de reserva durante el resto de la temporada, todo habría sido distinto. O tal vez, si los dirigentes de los Pistons hubieran decidido que el equipo debía ir decididamente cuesta abajo durante el resto de la temporada, podrían haber vuelto a traspasar a Iverson antes de la fecha límite de Febrero. Y esperar mejores tiempos en el draft de novatos, claro.

Pero no pasó nada de eso. Y el resultado ha sido devastador para ambas partes. Especialmente para Allen Iverson. Es cierto que los directivos de los Pistons tienen una ecuación complicada que resolver, una vez que AI se haya marchado el próximo 1 de Julio. Y que tienen algunos asuntos abiertos ciertamente complicados que habrán de resolver. Por ejemplo, Rip Hamilton, uno de los pilares del equipo, sigue cabreado: no aceptó nada bien ser suplente tras la llegada de Iverson. Otro sobresaliente jugador, Rasheed Wallace, es agente libre este verano y no será fácil que se quede en los Pistons después de cinco temporadas de excelente rendimiento.

El presidente del Club, Mr. Joe Dumars, no oculta que espera fichar a un buen agente libre este verano para que cambie las cosas de manera inmediata. Pero ese fichaje estrella se antoja algo complicado. Los Pistons tienen dinero –el que libera Iverson, claro- pero me temo que la oferta va a estar poco poblada de jugadores decisivos esta postemporada.

De modo que el célebre traspaso Billups-Iverson ha sido muy malo para todos. Excepto para los Denver Nuggets, claro: George Karl seguramente besará cada mañana el cromo de Joe Dumars, como si se tratara de una estampa de la Madonna, agradeciendo de paso a sus dirigentes el enorme regalo que le hicieron al conseguir a Billups a cambio de AI.

Al final de toda esta historia, la figura de Allen Iverson -posiblemente el jugador pequeño más grande que jamás ha pisado una cancha de baloncesto- es la que más se ha resentido. Su ultimátum tremendista: “o juego de titular o me retiro”, con toda la carga de egocentrismo y de egoísmo que ciertamente conlleva, no deja de ser el último alegato desesperado de un jugador sublime al que los dioses del baloncesto parecen haber dado la espalda últimamente. A mí, aquella bravata me sonó mucho más a derrota que a desafío.

Tal vez, por fin, AI se haya dado cuenta de qué tipo de jugador es; de lo que puede hacer y de lo que no puede hacer. De sus limitaciones al fin y al cabo. Que tienen mucho más que ver con la psicología que con el baloncesto: AI necesita tener el balón en las manos, necesita ser, y sentirse, titular; y necesita tirar muchas veces a canasta. Y aunque mucha gente consideró que ese ultimátum fue una demostración –la enésima- de un jugador incorregiblemente individualista, y no menos iluso, a mí me pareció un ultimátum tan realista como una película de Jean Renoir: AI necesita ser AI, o de lo contrario, AI no juega.

La gran ironía de toda esta saga es que hay no pocos equipos que van a intentar firmar a Iverson: aunque con una considerable rebaja en sus emolumentos, eso sin duda. El club que lo fiche sabe que tendrá que dejarle jugar muchos minutos en pista. Aunque eso suponga, de facto, renunciar al título durante unos cuantos años. Porque AI garantiza emoción y un par de buenas temporadas. No anillos de campeón. En realidad, con el tiempo, he llegado a entender que con AI nunca se trata de ganar anillos, sino de divertirse.

Y ahora, en este punto extremadamente difícil de su carrera, se trata de mantener viva la llama de un jugador de baloncesto ciertamente especial. A pesar de todos sus defectos. Porque siempre he creído que ha de ser la biología –no la psicología, ni mucho menos la contabilidad- la que debe dictar el ocaso de un deportista superdotado. Especialmente de uno tan carismático –para lo bueno y para lo malo- como es AI.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 14:56 12 Comentarios
 

MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA


Es uno de los periodistas españoles con más reputación cuando se habla del baloncesto de los Estados Unidos. En radio, ha trabajado para la Cadena COPE desde 1986 hasta la temporada 1991 1992, y desde la 1992-1993 lo hace para la Cadena SER, participando en espacios tan populares como el Carrusel Deportivo. En prensa, le hemos leído en medios de tanto prestigio como el diario EL PAÍS o la Revista Gigantes.

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