Miguel Ángel Paniagua

LUNES, 29 DE JUNIO DE 2009

THEY DID IT AGAIN

Muy pocos dudan de que los Clippers de Los Ángeles eligieron al mejor jugador disponible en el draft de la NBA recientemente concluido. O por lo menos, los Clips eligieron al jugador que, se supone, será más decisivo para reconstruir una franquicia que está siempre en permanente reconstrucción: como si de una condena se tratara.

Y, sin embargo, todos los analistas consideran que el equipo que mejor ha elegido en este draft ha sido uno que no tenía opciones de elección en la primera ronda; aunque sí tenía tres selecciones en la segunda, eso es verdad. Pero tal y como están los tiempos, tampoco es que contar con tres segundas rondas garantice nada.

Más aún: sobre el papel, ese equipo ha usado esas opciones de segunda ronda para elegir a un reboteador cuyas rodillas le hicieron caer precisamente hasta la segunda rueda, a un tirador exterior a quien muchos consideran demasiado pequeño para jugar en la NBA, y a un jugador extranjero que probablemente se pasará unos cuantos años en Europa antes de aterrizar en la Liga.

Sin embargo, ningún analista ha bajado de la calificación de sobresaliente (una A, en términos estadounidenses) para evaluar lo que los Spurs de San Antonio han conseguido hacer en este draft de novatos de 2009. DeJuan Blair, procedente de la Universidad de Pittsburgh, Jack McClinton, jugador salido de la Universidad de Miami, y Nando de Colo, un jugador francés que fue MVP de la LNB gala con tan sólo 20 añitos: que, aseguran, va a jugar en la ACB, en el Pamesa Valencia concretamente; si es que Álvaro Martínez no dice lo contrario y suprime esta referencia.

He visto y vivido ya suficientes drafts como para estar en condiciones de asegurar que me resulta muy difícil recordar una franquicia haya usado mejor sus tres oportunidades en la segunda ronda de un draft de la NBA: y no precisamente muy fértil de talento a esas alturas de la película, por cierto. Es verdad que, unos cuantos años atrás, los Spurs eligieron con el número 58, casi en el furgón de cola del proceso de selección, a un jugador argentino llamado Emmanuel Ginobili. El resto es historia, como se suele decir.

Pero, aunque no tan lejanos, aquellos eran otros tiempos. Hoy, con el talento medio cada vez más diluido es casi una imposibilidad metafísica que a un equipo le caiga en sus manos un pedazo de jugador como DeJuan Blair: mucho más en la segunda ronda.

Así que propongo que los aficionados de los Spurs vayan recaudando dinero para erigir una estatua conmemorativa en honor al entrenador, Mr. Gregg Popovich y al avispado general manager, Mr. R. C. Buford. Parafraseando lo que dice la estatua del gran Michael en Chicago, grabado en esa estatua se leería: “los mejores que hubo y los mejores que habrá… robando cracks en el draft de la NBA”. No se merecen menos.

Veamos lo que han hecho –lo que han vuelto a hacer, mejor dicho- los Spurs:

DeJuan Blair: A mi modesto juicio, DeJuan es el mejor jugador interior del draft de 2009: con permiso de Blake Griffin, claro. En condiciones normales, sobre todo con un expediente médico distinto, me caben pocas dudas de que este muchacho hubiera sido una “lottery pick”, un jugador elegido en los puestos iniciales del draft. Blair posee un instinto reboteador inusual -particularmente para el rebote ofensivo- pero ha tenido la desgracia de padecer dos lesiones graves en sus rodillas. Ambas están reconstruidas a causa de sendas lesiones; de esas que suenan siempre a muy, muy graves: LCA, ACL en inglés; es decir, ligamento cruzado anterior. Y no en una rodilla, sino en las dos.

No le he podido preguntar a mi hijo estudiante de medicina –así que puede que esté muy equivocado- pero alguien en los Estados Unidos me dijo que el chaval tiene una rodilla con un ligamento de un donante, y la otra simplemente no tiene ligamento cruzado. Suena fuerte. En cualquier caso, esas rodillas maltrechas de Blair encendieron todas las alarmas de los equipos que elegían pronto en el draft. Así que el papel del chaval fue cayendo a plomo: hasta llegar a posarse, suavemente, en los brazos del San Antonio. Precisamente.

En el “war room” de los Spurs -qué poco me gusta que se use esa expresión para describir la habitación en la que los equipos mascullan sus opciones durante la ceremonia del draft- la espera fue tensa. Y cuando los ejecutivos del club vieron que, en el número 37, estaba todavía disponible DeJuan Blair, tardaron muy pocos segundos en elegirle. De un plumazo, los Spurs empezaban así a cubrir las necesidades de un equipo que precisa ayuda en el juego interior tras la marcha de Kurt Thomas y de Fabricio Oberto a Milwaukee como parte del traspaso que ha traído a Richard Jefferson al San Antonio.

Si no hay contratiempos con su salud, me parece que Blair tiene muchas papeletas para triunfar rotundamente en la Liga NBA. Seguramente, su impacto en el equipo no será inmediato. Y viendo como el Coach Popovich administra, pausadamente, el crecimiento de los jugadores jóvenes de su plantilla, el chaval será suplente de Timmy Duncan casi con total seguridad. Pero será un lujo para los Spurs tener un hombre de semejante calidad en el banquillo. Ciertamente, a los Spurs, y a DeJuan, les valió la pena esperar hasta ese lugar 37.

Jack McClinton: McClinton es un novato atípico: tiene 24 años de edad. Es un jugador muy madurado, por lo tanto. Empezó en el equipo de Siena (University) antes de transferirse a Miami, para jugar, durante tres temporadas más, con los Huracanes de la Universidad de la ciudad donde reina supremo mi colega –y sin embargo amigo- José Antonio Ponsetti. [Como sé que me lees, te mando un beso, hermano].

El chaval McClinton es un tirador excelente: ostenta el record porcentual de tiros de 3 puntos en la siempre dura y difícil Conferencia de la Costa Atlántica, la ACC. Pero es que, además, y esto es un hecho bastante inusual en los tiradores de gran puntería como él, el muchacho defiende extremadamente bien. Así que, o mucho me equivoco, o McClinton va a ser un jugador con un protagonismo importante en los Spurs desde el primer día de la Temporada Regular.

Mucha gente consideraba a este jugador un fijo en la parte final de la primera ronda: entre los puestos 20 y 30, concretamente. Pero, mire usted por donde, el chaval cayó hasta el lugar 51: en brazos de los Spurs otra vez, claro. Los ejecutivos del club, según cuentan, entraron ya en un estado de euforia general con este segundo robo de la noche. Hubo muchos “high fives” y un regocijo total en su cuarto de operaciones: no era para menos.

Nando de Colo: Dos elecciones después, en el puesto 53, los Spurs eligieron a de Colo, un joven jugador francés con futuro destino en Valencia, según los mentideros. Otro hallazgo. Nando, lo hemos visto ya en el Cholet, es un jugador con muy buena mano, ciertamente brillante en el uso y en el manejo del “pick and roll” y es, desde luego, un importante futurible para los Spurs. Sin duda, dos o tres temporadas en una competición europea fuerte le pueden venir muy bien a Nando para crecer como jugador y recalar en la NBA ya más maduro y más hecho.

En resumen, que unos cuantos años después de aquel “en el puesto 58, los Spurs eligen a Manu Ginobili procedente de Argentina”, los Spurs de San Antonio lo han vuelto a hacer. Y, ahora, me dicen mis amigos y colegas tejanos, quieren fichar también a Rasheed Wallace en le mercado de agentes libres. Los Spurs están de vuelta otra vez. Y lo dicho: estatua a la puerta del AT & T Center para “Pop” y R. C.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 17:51 8 Comentarios
 
LUNES, 22 DE JUNIO DE 2009

NBA DRAFT: NO HAGAS LA DE GARNEY HENLEY

Me pide mi colega –y sin embargo amigo- Álvaro Martínez que escriba sobre el draft de la NBA. Álvaro tiene siempre un buen olfato para saber qué tipo de temas pueden interesar a los lectores de SOLOBASKET, así que vamos allá.

Siempre que pienso en el draft de la NBA me acuerdo de una gran frase que, en broma como es habitual en él, soltó el maravilloso Frank Layden, ex manager general de los Jazz de Utah, a propósito de un chaval que eligieron en el draft de 1984: “la verdad es que no sé si hemos elegido a Gonzaga de Stockton o a Stockton de Gonzaga”. En realidad, los Jazz habían elegido a John Stockton, un sensacional base de la Universidad de Gonzaga. Mr. Layden hizo aquel juego de palabras porque, en realidad, hay una universidad que se llama Stockton (en el Estado de California) y otra que se llama Gonzaga (en el Estado de Washington).

Pero, tan sólo meses después de aquel chiste, nadie tuvo dudas de que los Jazz habían elegido a Stockton sabiendo perfectamente quien era. Stockton era, sencillamente, un prodigioso playmaker de una pequeña universidad, al que representaba mi viejo y querido colega Jim White. Jim me confió la representación del jugador si finalmente aterrizaba en el Viejo Continente. Y lo cierto es que a punto estuvo. A Stockton lo quería Moncho Monsalve –que había hecho casi más scouting del jugador que los propios Jazz- para el Mónaco, su equipo de entonces. Moncho, Jim y yo tuvimos no menos de quince conversaciones al respecto del posible contrato de Stockton en Francia. Aunque ahora parezca increíble que fuera así, la verdad es que nunca estuvo claro que Stockton entrase siquiera en las dos primeras rondas del draft de aquel año. Yo nunca concebí a John fuera de la NBA, pero hubiera sido tremendo haber conseguido traer a un jugador de ese calibre a Europa. Tal vez Stockton nos hubiera cambiado la vida a todos. Nunca lo sabremos. Mejor.

Han pasado justo 25 años desde entonces. El draft de la NBA de 2009 se celebrará este próximo jueves. Los aficionados más fanáticos devoran estos días esos “mocks drafts” -proyecciones sobre cómo y dónde va a acabar cada jugador- que nunca se cumplen. Leen las biografías de los novatos y aprenden a pronunciar algún que otro nombre complicado de esos que suele tener algún jugador proyecto procedente del Este de Europa.

El draft es uno de los eventos insignia de la NBA, una tarde-noche llena de optimismo y de suspense. Una tarde-noche que ha cambiado las vidas de muchos jugadores: para bien en la mayoría de los casos; y para mal en algunos otros. Muchos menos afortunadamente.

Veinticinco años después de aquel “Stockton de Gonzaga”, las cosas han cambiado poco en lo que concierne a la preparación de cada equipo de cara al draft. Pero sí han cambiado mucho en cuanto a lo que rodea al draft. Odio escribir, y hablar, del pasado como algo que fue mejor –porque casi nunca lo fue, en casi ninguna circunstancia- pero sí diré un cosa que resulta evidente: hay mucha menos integridad que antes.

Hoy en día, en todo lo que rodea al draft de la NBA, percibo bastante más mala fe que antaño, la verdad sea dicha. Hay demasiadas mentiras, bastantes oscuridades, y mucha, demasiada, manipulación. Los agentes de los jugadores inflan el valor de sus clientes y tratan de bombardear la reputación de los jugadores de los agentes rivales. Los ejecutivos de los clubes, temerosos de que otro club rival les quite el chaval que desean, alimentan toda suerte de informaciones, muchas veces falsas, sobre el estado de forma de un jugador, sobre su carácter o, lo que es peor, sobre su salud. Hemos cambiado mucho.

Lo que no ha cambiado, lo que permanece casi inalterable desde los primeros tiempos del draft –que sigue siendo, básicamente, un sistema que trata de igualar la competición permitiendo a los peores equipos del año elegir a los mejores jugadores promesas- son las vías por las que un equipo llega a la conclusión de que determinado jugador es el que les conviene.

El draft de la NBA no es una ciencia exacta. Tiene matices y vericuetos que tal vez se expliquen mejor mediante anécdotas o ejemplos que a modo de lección magistral. Veamos.

High School y Universidad.- Naturalmente, el núcleo esencial de reclutamiento en los Estados Unidos sigue siendo la universidad. Aunque, desde que empezaron a ingresar jugadores directamente desde la competición escolar –Garnett y Kobe Bryant, por ejemplo- los ojeadores de la NBA poblaron las gradas de las canchas de los institutos de Secundaria, el límite de edad ha conseguido ahora sacar a las gentes de la NBA de las escuelas. Un objetivo que eel Comisionado, Mr. David Stern, se vanagloria de haber conseguido con su tope de edad mínima.

De modo que la mayoría de los jugadores futuribles llegan a las hojas de anotación de los ejecutivos de la NBA por la vía de la competición de la NCAA. Los clubes de la NBA tienen no menos de dos ojeadores destinados a observar la competición universitaria. El boca a boca funciona mucho entre los entrenadores y puede ayudar a definir las preferencias de los clubes en muchas ocasiones.

Los Campus Pre-draft.- Estos campus previos al draft, particularmente el de Pittsburgh, el PIT, eran legendarios en otros tiempos. Algunas actuaciones de jugadores en el PIT Camp, y en otros campus previos al draft, les encumbraron a la gloria. La exhibición de Scottie Pirppen en 1987 –observada por un servidor- sigue siendo mítica. Ni que decir tiene que el papel de Pippen subió como la espuma después de aquel campus. Tim Hardaway, en 1989, disipó todas las dudas que se cernían sobre él –más bien sobre su tamaño- y demostró que iba a ser un grande. Otra actuación que recuerdan lo más viejos del lugar es la de Jamal Crawford en el Campus de Chicago: Crawford, que se proyectaba como una segunda ronda en el mejor de los casos acabó siendo octavo en el draft de 2000.

He usado el tiempo pasado al referirme a estos campus porque, hoy en día, la mayoría de los jugadores que se proyectan entre los 20 primeros ni siquiera acuden ya a estos campamentos. Ahora suelen acudir a ellos los jugadores que tratan de asegurarse un puesto en la segunda ronda del draft o que intentan colocarse al final de la primera. Para los manager generales, estos campus siguen siendo una buena herramienta que les ayuda a evaluar mejor a jugadores de los que no tienen mucha información.

Entrenamientos individuales.- La mayoría de los clubes de la NBA pide a los jugadores prospectos, independientemente de su calidad potencial, que realicen un par de entrenamientos (workouts) con sus equipos. Es un modo que tienen los clubes de “tactar” al jugador; de sentirlo más cerca.

A veces, el workout no se realiza en la cancha de un club concreto. En 1995, Kevin Garnett hizo un entrenamiento en Chicago al que acudieron 100 personas que representaban a los 14 equipos que habían caído ese año en la Lotería del draft. Aunque es cierto que ya había habido algún jugado que pasó directamente de high school a los pros, Garnett fue, realmente, el primero en marcar una tendencia. Aquel entrenamiento fue espectacular y Garnett terminó elegido en el quinto lugar del draft: dando a Minnesota una oportunidad de ser grande y costándole el trabajo a un par de Manager Generales de los equipos que precedieron a los Wolves en aquel draft.

En 1996, pude contemplar otro workout prodigioso: el de Kobe Bryant con los Nets que se hizo en una cancha de East Rutheford, Nueva Jersey. Aquel chaval nos dejó a todos boquiabiertos y todos supimos que iba a ser un grande. Kobe fue finalmente elegido por los Charlotte Hornets, e inmediatamente traspasado a los Lakers, en el puesto número 13 de un draft que contó nada menos que con tres futuros MVPs de la NBA: Kobe, Iverson y Nash.

La entrevista.- Aunque los clubes tienen un dossier enorme sobre los jugadores más importantes del draft, la entrevista personal es, en muchos casos, el último paso del proceso. La entrevista, a veces, puede tener tanta relevancia como la propia actuación en la pista. Donnie Walsh, el actual presidente ejecutivo de los Knicks de Nueva York, suele eliminar, por sistema, a cualquier jugador que vaya a la entrevista en vaqueros y en camiseta.

El veterano Mr. Walsh es un hombre de otro tiempo. Pertenece a la generación de las gentes que crecieron en tiempos de la posguerra y que sostienen algunos valores que, sencillamente, ahora no se llevan mucho. El tipo es tan directo que, recientemente, a preguntas de los periodistas acerca de Carlos Cabezas (Unicaja Málaga) y sobre su posible workout con los Knicks, contestó: “ni siquiera conozco a ese jugador”. Lo cual no es necesariamente una falta grave –estoy completamente seguro de que su gente en los Knicks sabe perfectamente quién es Cabezas- pero que habla elocuentemente de los parámetros vitales de un tipo que no entiende las modernidades de lo políticamente correcto. Sin embargo, no son pocos los colegas suyos, incluso los que pertenecen a una generación posterior, como Bryan Colangelo, el GM del Toronto, los que se adhieren a la misma filosofía: la entrevista es tan imoortante, o más, que cualquier workout.

A ese respecto la interviú de Tim Duncan con los Spurs de San Antonio –según la versión del San Antonio- es utilizada siempre como modelo de lo que debería ser una entrevista previa al draft: Timmy llegó bien vestido, fue siempre educado, y a los Spurs aquel chaval de Wake Forest acabó pareciéndoles casi irreal. Por el contrario, la interviú que mantuvo cierto jugador estadounidense -que jugó en España por cierto- es tenida, según los ejecutivos que allá estuvieron -concretamente de los Sixers de Filadelfia- como el modelo contrario al de Duncan: aquel ya ex jugador se presentó muy mal vestido, mostró bastante mala educación durante la entrevista, y parece ser que atendió el móvil varias veces en plena conversación con sus posibles jefes.

El draft de la NBA es para los clubes de la Liga el momento más importante de la temporada a la hora de definir el futuro. Por eso, hay informes de jugadores que, en algunos casos, tienen el grosor de una enciclopedia. Y que dicen cosas que van desde un genérico: “a este jugador le gusta mucho driblar por el lado izquierdo”, a cosas más íntimas: “siente pasión por las pizzas”. Una elección de draft es uno de los dos grandes (y únicos) activos reales que posee un club de la NBA en materia de personal. Su valor es, por lo tanto, enorme. Y ese valor crece en relación directa al número en el que el jugador sea finalmente elegido en el draft. Por ejemplo, la undécima elección de los Magic de Orlando en 2005, Fran Vázquez, creó una convulsión enorme en la franquicia de Orlando al no ir a jugar la temporada siguiente con el equipo. Incluso, algunas promociones internas previstas en la casa de los Magic se cortaron de raíz por causa de aquel affaire.

En Norteamérica se dice siempre que en el draft –en cualquier draft de cualquier deporte- uno puede elegir mejor o peor; eso son gajes del oficio al fin y al cabo. Pero, por encima de todo, lo que uno siempre ha de evitar es hacer “la de Garney Henley”. ¿Y quién es Garney Henley?, se preguntará el lector. Pues Garney Henley es un señor que fue manager general del equipo de futbol de los Ottawa Rough Riders, de la CFL, la hermana canadiense de la Liga NFL estadounidense.

“La de Garney Henley” ocurrió en el draft de 1995 de la CFL. Era el mes de abril. Mr. Henley (Dakota del Sur, 1935), representando al Ottawa en aquel draft, eligió al defensor Darrel Robertson procedente de Las Vegas. Hasta ahí, todo normal. Sólo que el jugador había fallecido en un accidente de tráfico cuatro meses antes, concretamente en el mes de diciembre. Así que esa es “la de Garney Henley”; lo que todo GM de cualquier deporte debería evitar: elegir a un jugador muerto.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 19:44 10 Comentarios
 
LUNES, 15 DE JUNIO DE 2009

EL HOMBRE DE NAPLES

Los Lakers vuelven a ganar. Era más o menos lo esperado. Ya son 15 campeonatos en la historia de la franquicia: 5 en Minneapolis, 10 en Los Ángeles, si la memoria no me falla. Kobe concluye una temporada que le definirá para siempre: como un grande entre los grandes. Phil Jackson consigue su décimo anillo como entrenador: 6 con los Bulls, 4 con los Lakers. Supera al mítico Red Auerbach en anillos: 10-9. Pero, sin quitarle a nadie mérito alguno: el gran Red consiguió sus 9 con el mismo equipo; 8 de ellos seguidos; 9 títulos en 10 temporadas. Es otro record; distinto: imbatible seguramente en estos tiempos modernos.

Gasol, Ariza, Odom, sobre todo el primero, se convierten en las co-estrellas –que no en los gregarios- de un genio como Kobe. Para sublimar todavía más la grandeza de un deporte colectivo que nos demuestra tozudamente, día tras día, que el poder de uno jamás podrá contra el poder del grupo mientras este juego maravilloso siga jugándose por esos campos de Dios. Habrá más títulos por conquistar para el gran LeBron James: pero este, el de 2009, no era el suyo. Todavía no.

Los aficionados de los Lakers danzan ahora eufóricos por las calles de Los Ángeles. Habrá desfile de celebración: seguro. Será financiado de manera privada –un millón es al fin y al cabo dinero de bolsillo para el dueño Mr. Jerry Buss. O será financiado de manera pública: aunque el Estado de California, que gobierna Herr Arnold Schwarzenegger, está en bancarrota total: debe más de 700 millones de dólares. La presencia de Pau Gasol en estos Lakers campeones desata, una vez más, la euforia en el mundo del baloncesto español: muy merecido. Escucho en el audio a mi colega Ramón Trecet llorar de emoción: muy comprensible. Todos parecen hoy más felices.

Permítame el lector contar otra historia entre tanta euforia. La historia de un hombre al que los dioses no le repartieron buenas cartas. O tal vez sí. Esas cosas nunca se saben.

Relativamente cerca de Orlando, en una ciudad llamada Naples, también en el Estado Soberano de Florida, un venerable jubilado habrá pensado en este domingo maravilloso algo que seguramente ya pensó antes: cada vez que ve a los Lakers levantar un trofeo dorado de campeones de la NBA. Qué habría pasado si… “If…”

Los expertos lo denominan “suerte circunstancial”: factores que no pueden ser controlados porque se producen aleatoriamente. Todos hemos pensado en ello: si en vez de estudiar en Arizona hubiera estudiado en Nueva York como estaba previsto… si aquel día no hubiera cambiado de aula, ella no habría estado allí… si no hubiera perdido aquel avión, no habría tenido que alquilar un coche y no habría tenido aquel accidente del que me (nos) salvamos de milagro…

El 8 de Noviembre de 1979 hubo unos cuantos “ifs” que marcaron en gran medida el devenir de estos Lakers de la era moderna. Si el entrenador jefe del equipo, Jack McKinney no hubiera dado el día libre a su equipo; si Paul Westhead, su ayudante, no le hubiera retado a un partido de tenis; si la señora McKinney no hubiera cogido el coche; si el Coach McKinney no hubiera cogido la bicicleta de su hijo; si hubiera llevado puesto un casco; si los frenos de aquella bici no hubieran fallado; if…

Muchas circunstancias se juntaron para definir un momento trágico en la vida del Entrenador McKinney. Un instante que cambió su vida, la de su familia, la de Paul Westhead, la de Pat Riley, la de los Lakers de Los Ángeles y, por supuesto, la de la NBA. “Suerte circunstancial”. O el destino.

Pat Riley sabe muy bien que su legendaria carrera como entrenador –con los Lakers, con los Knicks y con los Heat- jamás hubiera existido sin aquel accidente de bicicleta. Hace 30 años, Riley era el comentarista habitual de los Lakers y trabajaba junto a una leyenda de los micrófonos, el mítico Chick Hearn. Tras el accidente, Westhead, que sustituyó a McKinney, le pidió a Pat Riley que fuera su asistente. Poco tiempo después, Westhead fue cesado –siempre se ha atribuido a Magic Johnson el liderazgo de aquel complot- y Riley se convirtió en el Entrenador Jefe de los Lakers. El resto es historia. Una de las más extraordinarias de la Liga NBA, por cierto.

Los Lakers del Showtime utilizaron todo el ensamblaje y los sistemas de juego de Jack McKinney durante cuatro años. El propio Riley reconoció en una ocasión que el Coach McKinney podría perfectamente haber ganado cinco o seis títulos con aquellos Lakers de los años 80. Pero no fue así. Y Jack McKinney (1935-) sufrió heridas casi mortales como consecuencia de aquella caída fatal con la bicicleta.

En su año del debut como entrenador jefe de los Lakers, McKinney llevaba 13, justamente 13, partidos en el banquillo del equipo californiano. Habían ganado 9 partidos y habían perdido 4, pero los síntomas de mejoría del equipo en relación a la temporada precedente eran muy evidentes. El Entrenador había diseñado un sistema de juego que aprovechaba el poderío de Abdul-Jabbar en la pintura, y un ataque en el que se buscaba el contraataque y la rapidez, conducido todo ello por un novato genial llamado Magic Johnson. Los jugadores de los Lakers creían firmemente en ese sistema que, inequívocamente, tenía todos los ingredientes de lo que luego sería conocido, y reconocido, como el Showtime.

Aquella temporada no hubo partido 14 para McKinney. A la mañana siguiente, aquella bicicleta le llevó a dar con sus huesos –con los huesos del cráneo más concretamente- en el suelo. Cuando llegó la ambulancia, los paramédicos dudaban de que aquel hombre pudiera vivir. Una vez ingresado en el hospital, el diagnóstico fue espeluznante: fuerte traumatismo craneoencefálico, pérdida de memoria, fractura doble de mandíbula, estado de shock. Pronóstico: gravísimo. McKinney estuvo casi 20 días en coma. Y estuvo varios meses en recuperación y rehabilitación.

Mientras tanto, Paul Westhead fue nombrado entrenador interino de los Lakers y pidió a Pat Riley que le echara una mano. Riley dudó. Tras nueve años como jugador, le gustaba el oficio de comentarista y siempre pensó que la ausencia del Coach sería relativamente breve. Chick Hearn le aseguró que el puesto en la emisora sería suyo una vez concluida la temporada. En realidad, en aquellos años, no había más que un entrenador ayudante en las plantillas de la NBA: y Riley, unos 260 millones de dólares menos rico que ahora, necesitaba de verdad aquel sueldo de comentarista.

Pasados unos meses, casi al final de aquella temporada regular, McKinney fue a ver su primer partido de los Lakers después del accidente. Cuando Jerry Buss le preguntó cómo estaba, McKinney no reconoció a su jefe. Y mientras McKinney recuperaba sus facultades, el equipo que él ensambló jugó un gran baloncesto y conquistó el título bajo la batuta de su amigo y sustituto Paul Westhead.

Entre la euforia del título y la incertidumbre del estado de salud de McKinney, Mr. Buss ofreció el puesto de entrenador a Paul Westhead: “tanto si lo aceptas como si no, McKinney no va a ser el entrenador de los Lakers el año que viene”, le dijo Mr. Buss a Westhead. [Puede parecer un acto despiadado; y realmente lo fue. Pero si algo me han enseñado muchos años de tratos con gentes que han hecho mucho dinero a lo largo de sus vidas, es que son casi siempre implacables en las decisiones de negocios. No excuso a Mr. Buss, pero entiendo a los tipos como él.]

Paul Westhed aceptó la oferta. McKinney rompió relaciones con su antiguo amigo y ayudante, maldijo a Mr. Buss, y no tuvo consuelo. Realmente era una historia terrible: una bicicleta le había llevado de dirigir a un verdaero dream team a vivir una existencia en forma de pesadilla.

Poco tiempo después, Jack McKinney encontró trabajo en los Pacers de Indiana. De hecho, y como era (es) un muy buen entrenador, consiguió el título de Entrenador del Año. Pero, aunque nadie jamás lo reconocerá, las secuelas de aquel accidente crearon un mito en la Liga. Y ya se sabe cómo funcionan estas cosas en los microcosmos: “Jack McKinney no está bien”. Fin del camino. Luego vino una última parada en Kansas City y la aceptación de lo evidente: que las gentes de la Liga NBA le percibían como a un hombre con daños mentales seguramente irreversibles.

Finalmente, el hombre abandonó el mundo del baloncesto y se hizo representante de artículos deportivos. Su mujer, Claire, se hizo también agente inmobiliaria para ayudar en casa. Hoy, llevan 52 años casados -si no me equivoco- tienen cuatro hijos y ocho nietos.

Jack McKinney tuvo su anillo, sin embargo. Los Lakers le regalaron una réplica de aquel anillo de campeón del curso de 1980. Fue en 1981, durante el partido entre los Pacers y los Lakers. No hubo ceremonia alguna; simplemente un empleado del club angelino se acercó al banquillo y le dio una cajita que contenía una reproducción del anillo.

Pero eso era lo de menos. En realidad, el anillo de campeón verdaderamente importante fue el que conquistó con los Blazers de Portland, en 1977, como ayudante de Jack Ramsay.

Los anillos no son más que metal al fin y al cabo. Hay cosas mucho más importantes para un profesional. Cuando le preguntaron una vez al gran Kareem Abdul Jabbar que citara el nombre de su entrenador favorito no dio un nombre, sino dos: John Wooden y Jack McKinney. Teniendo en cuenta que el Coach Wooden definió durante cuatro años, en la UCLA, la carrera futura de aquel chaval neoyorquino que primero se llamó Lew Alcindor y luego Kareem Abdul Jabbar, y que Jack McKinney le entrenó algo menos de tres meses y le dirigió en tan sólo 13 partidos, semejante deferencia por parte de Kareem dice mucho de la calidad profesional y humana del Coach McKinney.

En cierto modo, y esto es algo reconocido por todos, Jack McKinney fue para los Lakers algo parecido a lo que Johan Cruyff fue para el Barça de fútbol de la era moderna: el hombre que creó un estilo de juego que acabó por definir a un club. En el caso de McKinney fue un modo de entender el baloncesto que llevó a los Lakers a ocho finales de la NBA y a cinco títulos en una década. Y que todavía impregna hoy cada rincón de la Casa Lakers.

Si Jack McKinney no hubiera tenido aquel accidente de bicicleta, tal vez hoy sería una leyenda viva y quizás su nombre formaría parte del ideario de los Lakers. Pero “la suerte circunstancial”, el destino, o tal vez la vida misma le tenían reservado otros roles. Por suerte, llenos de dignidad y de honra todos ellos. Y es que ser un hombre decente es mucho más importante que la gloria efímera de un anillo de campeón.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 22:12 11 Comentarios
 
LUNES, 08 DE JUNIO DE 2009

SECUNDARIOS Y CO-ESTRELLAS

La Serie Final de la NBA 2009 viaja esta semana a Orlando. Los Lakers llevan ventaja de 2-0 -ganaron cómodamente el primer choque y no perdieron el segundo- y juegan ahora a favor del viento la historia. Desde que, en 1985, se implantara el modelo 2-3-2 para las Finales de la Liga, sólo los Mavericks de Dallas, en 2006, dejaron de ganar el título de campeones tras lograr un 2-0 inicial en su serie. Veremos cómo le va a los Lakers en Magicland, pero me temo que ese alley-hoop fallado en el último segundo del tiempo reglamentario por el jugador novato del Orlando, Courtney Lee, y que pudo significar el triunfo de los Magic, poniendo un inquietante 1-1 en el marcador parcial de la Final, será una jugada que todos en la casa Magic lamentarán durante largo tiempo.

De todos modos, es agradable ver al Orlando todavía vivo a estas alturas de temporada. El que para muchos expertos es el equipo sorpresa de este curso –a mí se me hace muy difícil calificar como “equipo revelación” a un conjunto que ha ganado 59 partidos en la Temporada Regular- podrá dar más o menos guerra a los Lakers en estas Finales, es cierto. Pero el hecho de estar ahí ya me parece una subversión maravillosa contra la corriente que nos dictaba que los Lakers se las verían en la Final con los Cavaliers. Y los heraldos nos anunciaban, radiantes, ese “showdown” entre LeBron y Kobe. Hasta en la sopa.

Sin embargo, ahora, uno se da cuenta de que toda esa historia (e histeria) sobre el “gran reto” era bastante irreal. La victoria del Orlando sobre el Cleveland se ha presentado en muchos foros como la gran derrota del año. Pero, repito, un equipo que logra casi sesenta victorias en la temporada –y encima con una de sus dos superestrellas, el base Jameer Nelson, fuera de combate durante 40 partidos- no es un conjunto revelación. Es un equipazo.

Al ganar el séptimo partido al Boston, en Boston, y eliminar luego al Cleveland, el equipo de la NBA con mejor registro de victorias en la fase regular, los Magic han hecho ya –incluso si como es presumible, pierden frente a los Lakers- una temporada portentosa. Pero sobre todo, lo que realmente me gusta más de este viaje de los Magic a la Final es que se han cargado con un manotazo en la mesa toda esa bacanal de mercadotecnia corporativa que nos íbamos a tragar sobre James y sobre Bryant en esa Final que nunca fue. Sólo por eso, ya ha valido la pena apostar por el pase del Orlando a la Final.

Sí; porque su clasificación para el gran evento nos ha recordado algo muy palmario, pero que a veces conviene refrescar: el tiempo pasa inexorablemente para todos. La era de los Bulls de Chicago y de Michael Jordan se acabó hace ya once años. Y, en este tiempo, la superestrella, el hombre del momento, no siempre ha ganado finales: por el bien del deporte y de la Liga. O por la venta de más zapatillas, o de más afeitadoras. Es cierto que esta década post-Jordan empezó con un dominio notorio de los Lakers –con Kobe Bryant y Shaquille O’Neal como luminarias- pero no es menos cierto que esta década pertenece también –o incluso más- a un equipo de perfil mucho más bajo: a los Spurs de San Antonio.

Es comprensible que mucha gente contabilice los anillos de campeón que tienen las superestrellas. Eso siempre es bonito de contar. Pero Kobe Bryant se ha hecho más grande este año porque –finalmente- ha entendido que su destino, al menos durante estas dos semanas en que se disputan las Finales, está en manos de actores secundarios –entiéndase bien el término- como Gasol, Odom, Ariza o Fisher. Al fin y al cabo, esa fue, para mí, la gran moraleja de las Finales de la Conferencia Este: el gran, el grandioso incluso, LeBron James hizo todo –literalmente todo menos llevar las toallas- por su equipo. Y a pesar de ello no pudo conseguir que sus Cavs volvieran a Cleveland a disputar el séptimo partido de la serie.

Naturalmente, los partidarios de LeBron y Kobe aprovechan estas circunstancias para reabrir el eterno debate sobre cuál de los dos jugadores es superior, o más completo, o –como diría Forrest Gump- cuál de los dos es “más mejor”. Este debate, y otros muy similares, me han parecido siempre absurdos. Porque todo tiene mucho más que ver con factores externos que con la calidad indiscutible de los propios jugadores: la época, la edad, el “entourage”. Bryant (30 años) está jugando su sexta serie final de la NBA y busca su cuarto anillo. James (24 años) no sólo no está jugando la Final, sino que el Comisionado David Stern ha tenido que recordarle que ciertas normas de comportamiento son innegociables en la NBA. Pero tal vez dentro de siete años, quién sabe, James estará jugando su quinta o sexta serie final, y buscará su cuarto anillo también. Es un debate estéril una vez más. La moraleja es que es preciso hablar más de equipos y menos de estrellas solitarias.

De hecho, una vez que los Magic tumbaron a los Celtics a mediados del mes pasado -cuando escribo esto me doy cuenta de lo largos que son los playoffs de la NBA- con un sistema de ataque brillante, que empieza en Howard y se despliega hacia los jugadores exteriores, me pareció que un Lakers-Magic sería una Final mucho más atractiva que la versión baloncestística de ese duelo al sol entre LeBron versus Kobe que nos querían vender.

Sí; porque todo eso de las marionetas de Kobe y de LeBron, los anuncios, y los retos está muy bien para los que montan las campañas de marketing. Pero siempre me pregunto si todo esa venta a granel de ese duelo entre “esta estrella versus esta otra estrella” no difumina enormemente la frontera entre lo que las empresas le quieren vender a los jóvenes aficionados y el producto, competitivo claro, que quiere vender la propia Liga NBA.

Sin duda, el baloncesto profesional estadounidense –y tal vez el baloncesto profesional mundial- está en una fase en la que sus estrellas, una elite muy selecta de jugadores, sólo pide cosas: piden el balón, piden más dinero, piden más atención. Pero, seamos honestos, sin dudar ni un solo instante de la grandeza sublime de LeBron James, no es especialmente bello que, en un deporte colectivo como es el baloncesto, un líder tenga que llevar a su equipo a sus espaldas noche tras noche: la mayoría de las veces no tanto por egoísmo, sino por pura necesidad de supervivencia colectiva.

Kobe Bryant es, sin ningún género de duda, el corazón de estos Lakers. Su estrella indiscutible. Pero si algo nos están mostrando estos playoffs es que Gasol, por ejemplo, y ya que estamos en Hollywood, se ha convertido más en una co-estrella –eso que en el cine se llama el “co-star” que un actor secundario. Lamar Odom, al lado de sus dos camaradas, ha mejorado mucho sus prestaciones y se ha convertido en un jugador tan esencial para el devenir del equipo como el propio Gasol. Lamar es otra co-estrella. Y, a pesar de sus trifulcas con el Entrenador Jackson y de su carácter ciertamente errático, Andew Bynum va también mejorando poco a poco. [Por cierto, honra y honor al GM del club angelino, Mitch Kupchak, que se negó a cumplir los deseos de aquel Kobe Bryant post-Shaquille, post-moderno, y post-engreído que se empeñó en que los Lakers ficharan a Jason Kidd –en una operación que despacharía a Bynum a los Nets de Neuva Jersey- en vez de apostar por el joven pivot].

Por su parte, los Magic, de la mano de su manager general, Otis Smith, superviviente por cierto del affaire Fran Vázquez, también ha construido un equipo muy sobresaliente: sobre todo con tiradores exteriores letales, de toda procedencia y linaje, que parecen surgir de cualquier lugar del campo y disparan como si fueran los “charlies” del Vietcong. Y que rodean brillantemente al excepcional pivote Dwight Howard, dibujando los perfiles de un equipo clara, rotundamente, muy bueno.

Así que veremos qué nos depara el resto de los partidos. Tal vez los Magic puedan ganar tres encuentros seguidos en su cancha y nos lleven a contemplar un séptimo partido que culminaría unos playoffs ciertamente egregios. O tal vez no. El Orlando –se demostró ayer- carece de esa experiencia que se adquiere no sólo estando en una final, sino incluso perdiéndola. Los Lakers, gracias en gran parte al varapalo que se llevaron el año pasado frente a los Celtics de Boston, se han conjurado este curso para ser más fuertes, más duros, más impenetrables. Los Magic, de hecho, solo han jugado una Final en toda su historia. Una historia que tiene algunos puntos en común con la más reciente de los Lakers.

Aquellos Magic de 1995 tenían a Shaquille O’Neal en su plantilla. Y todo el mundo pensó que iban a ser una de esas nuevas dinastías deportivas que tanto les gusta mencionar a los americanos. Sin embargo, los Magic fueron –literalmente- barridos por los Rockets de Houston: que tenían en sus fials a un tal Hakeem Olajuwon y a un elenco protagónico de primera magnitud. O’Neal desertó al año siguiente del Orlando y se unió a los Lakers, que en aquel tiempo acababan de fichar a un joven prodigio directamente surgido de la competición escolar de Filadelfia. Aquel wunderkind era, todavía, el hijo de un jugador estadounidense que dejó huella en Italia (Joe “Jollybean” Bryant): aunque ya se adivinaba el prodigio futuro hasta en la forma de moverse por la cancha que tenía aquel adolescente. El resto es historia: O’Neal y Bryant ganaron, juntos, tres títulos con los Lakers; perdieron uno con Detroit, y tuvieron un divorcio extremadamente cruento.

Todo el mundo sabe que Kobe Bryant lleva tiempo buscando ganar un título sin la sombra del gigante de la Louisiana. Pero, del mismo modo que Shaquille consiguió ganar sin Kobe, con los Heat de Miami, gracias a la inestimable ayuda de un tal D-Wade y de otros magníficos secundarios, Kobe se ha dado cuenta de que él no va poder ganar nunca por sí solo. Sabe que en estos Lakers, versión 2009, tiene un soberbio equipo de co-estrellas y de secundarios que no sólo le van a ayudar a ganar ese preciado anillo –y a finiquitar de una buena vez sus cuitas mentales y mediáticas con Shaquille- sino que le van a hacer todavía mucho más grande como jugador.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 15:23 5 Comentarios
 
LUNES, 01 DE JUNIO DE 2009

PROMOCIÓN

En una ocasión, en uno de esos cursos de gestión que son tan habituales en los Estados Unidos, un conferenciante nos preguntó cuál era el aspecto fundamental de cualquier liga profesional de cualquier deporte. Jóvenes como éramos entonces, contestamos con toda suerte de ideas; unas más tangibles que otras, la verdad sea dicha. Pero muy, muy cándidas todas ellas: “calidad del producto”, “cercanía al aficionado”, “asequible económicamente para los fans”, “que tenga buen acceso a los medios”, contestábamos todos ante la negativa de nuestro conferenciante.

Hasta que una lumbrera que se sentaba en la parte de atrás del aula dio con la respuesta acertada: “promoción”, dijo aquel joven estudiante. Ese hombre es hoy, todavía, jefe de operaciones y sistemas de un importante banco estadounidense y se ha salvado ya de unas cuantas quemas: debo suponer que por esa agudeza ya demostrada en su época de alumno postgrado.

Efectivamente, de los muchos aspectos que componen una liga profesional el que está siempre presente en cualquier ecuación es, precisamente, la promoción. Bien sea promoción propia, o bien sea promoción por medio de las -cada vez más poderosas- compañías de ropa y zapatillas deportivas. Lo cierto es que, en los últimos años, la unión “marca-deportista estrella” aparece en los medios con una profusión cada vez más compulsiva. Puede que no sea divertido, pero el objetivo no es, realmente, divertir al personal. Como diría Michael Corleone: son sólo negocios.

Y, en ese sentido, la promoción que hemos visto del esperado duelo en las Finales NBA 2009, “LeBron versus Kobe”, es digna de estudio; un “caso”, lo llaman en las Facultades de Económicas y de Empresariales. Hemos visto marionetas con los personajes de las dos estrellas; anuncios de Nike, de Vitamin Water, etcétera. Repetidos en las teles, una y otra vez; hasta el aburrimiento. LeBron James-Kobe Bryant. Incesantemente.

Una cosa nos ha quedado a todos muy clara: el Comisionado David Stern -el hombre que una vez dijo aquello de que su final soñada sería “Lakers versus Lakers”- y toda su NBA sabían cuál habría sido la Final más vendible este año: Kobe-Lebron, sin duda alguna. Y Kobe-Lebron parecía que íbamos a tener.

Y entonces sucedió lo inesperado: los Magic de Orlando nos mostraron unas cuantas carencias importantes en el juego de los Cavs; y en el de LeBron. Pero, contrariamente a lo que están escribiendo muchos analistas y observadores de la NBA en estos últimos días, estas Finales de Conferencia, estos playoffs de la NBA de 2009, creo que no nos han mostrado a James como a un jugador sobrevalorado; o ni mucho menos como a un jugador inferior. Estos han sido, creo, unos playoffs tremendamente positivos para el Elegido. LeBron es, sigue siendo, y seguirá siendo un jugador rotundo; estratosférico; esencialmente imparable.

Pero también creo que los Cavaliers han caído en esta Serie Final de Conferencia a causa de una combinación de factores que tampoco excluyen un arbitraje bastante pobre. Y no necesariamente en su contra. Resulta que, al favorecer al Cleveland, los propios árbitros han acabado por contribuir a la caída de los Cavs. Me trataré de explicar. Hasta cierto punto, LeBron –y por extensión sus Cavaliers- han sentido que podían tener un cierto favor arbitral y eso ha mostrado situaciones de juego curiosas: por ejemplo, momentos en los que LeBron ha buscado sacar la falta del rival antes que el tiro.

Los árbitros de la NBA que están trabajando en estos playoffs, salvo muy honrosas excepciones, nos están mostrando, partido tras partido, que son, de largo, el estamento menos avanzado en todo este tinglado de la NBA: están arbitrando casi todos ellos a un nivel bastante bajo, la verdad.

Por cierto: por mucho que le hubiera gustado a David Stern contemplar esa gran final “LeBron versus Kobe”, no creo -nunca lo he creído, ni en los peores momentos del arbitraje en la NBA- que ni Mr. Stern, ni su jefe de operaciones arbitrales, Mr. Stu Jackson, hayan dado consignas a los árbitros en un sentido o en otro. Entre otras cosas porque siempre me he guiado por una máxima que me enseñaron hace mucho tiempo y que dice más o menos así: “nunca atribuyas a la malicia lo que puede ser fácilmente atribuible a la incompetencia”.

De modo que el Orlando ha sobrevivido no sólo a un LeBron francamente formidable, sino a una riada de señalizaciones arbitrales no ya dudosas, sino sencillamente equivocadas. El partido 2 fue sangrante en ese sentido. Y la falta técnica a Dwight Howard, luego sobreseída por la propia Liga, son ejemplos palmarios de una clara incompetencia arbitral. Pero como lo que no mata, engorda, los Magic se han hecho mucho más fuertes, y su confianza ha subido mucho más todavía, gracias a tanta adversidad.

Mención aparte merece Dwight Howard. Su actuación en el sexto partido de la Final de Conferencia fue sencillamente espectacular. Y se convirtió en la daga que se clavó fatalmente en el corazón de los Cavaliers: 40 puntos en 21 intentos, 14 rebotes (6 ofensivos) y 4 asistencias. Se puede discutir la competencia defensiva de algunos jugadores del Cleveland, es cierto, pero el estado de forma de Dwight Howard es formidable. Y nos va a permitir saber muy pronto si Gasol y/o Bynum están suficientemente cualificados para parar a semejante bestia.

Escrito lo cual, los Lakers, al contrario que los Cavaliers, jugaron su Final de Conferencia conscientes de que si han de ganar este título de campeón lo ganará un equipo, no una estrella solitaria. Kobe ha sido el mejor jugador en todas y cada una de las series jugadas hasta el momento, de eso no cabe duda alguna. A veces todavía me espanta (en el buen sentido, por supuesto) la enorme calidad de Kobe Bryant. Y, después de tantos años y de tantos jugadores, no me suelo espantar fácilmente por esas cosas, la verdad.

Pero creo que la gran epifanía de Kobe, lo que realmente le hace todavía mucho más grande, ha sido darse cuenta –y seguramente interiorizar- que necesita ayuda. Que él, por muy colosal que sea (que lo es), no puedo hacerlo todo él solo. Y que esa ayuda le llega –y mucha, además- de parte de los Odom, Gasol, Ariza y Bynum. Naturalmente, esos cuatro jugadores raramente están juntos en pista; lo que añade a otros actores menos, digamos, dotados como Farmar o Fisher a la escena. Pero dejando a un lado las carencias en el puesto de base, los Lakers, no solo Kobe Bryant, han jugado un buen baloncesto colectivo para doblegar a los Nuggets de Denver en la Final del Oeste.

Ahora, los Lakers se enfrentan a los Magic por el anillo. A pesar de tanta maravilla prometida y de tanto suspense construido sobre el soñado enfrentamiento en la Gran Final entre Kobe y LeBron, es muy alentador poder contemplar una serie decisiva que va a presentar a dos equipos que todavía comprenden que el baloncesto es un juego que ejecutan cinco jugadores contra cinco. Tal vez eso no ayude mucho en la promoción de este invento. Pero los buenos aficionados sabremos vivir sin ella. Seguro.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 14:29 9 Comentarios
 

MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA


Es uno de los periodistas españoles con más reputación cuando se habla del baloncesto de los Estados Unidos. En radio, ha trabajado para la Cadena COPE desde 1986 hasta la temporada 1991 1992, y desde la 1992-1993 lo hace para la Cadena SER, participando en espacios tan populares como el Carrusel Deportivo. En prensa, le hemos leído en medios de tanto prestigio como el diario EL PAÍS o la Revista Gigantes.

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