Miguel Ángel Paniagua

GENIO Y FIGURA


Supongo que el golfista Tiger Woods no sigue mucho la NBA. Es conocida su amistad con Michael Jordan y también con Charles Barkley. Pero no sé hasta qué punto Tiger sigue la Liga NBA y, sobre todo, hasta qué punto sigue sus hechos y sucesos.

Pero, en su situación actual, una vez confirmado sus (múltiples) affaires extraconyugales, con su matrimonio y con su familia aparentemente hechos añicos, con patrocinadores que se retiran de su lado –casi a cada hora- como si fuera un apestado, creo que Mr. Woods haría muy bien en echar un vistazo a algunos ejemplos del pasado más o menos similares al suyo.

El culto a la personalidad que rodea a Tiger Woods es casi idéntico al que rodeó –y todavía rodea en gran medida- a su amigo Michael Jordan. Y también al que rodeó –ahora ya no tanto- a la estrella de los Lakers de Los Ángeles, Kobe Bryant. Así que, si Tiger pretende acometer cualquier intento de salvar su deteriorada imagen pública, en la NBA tiene ejemplos claros: no sólo de lo que le puede pasar a un jugador que cae en desgracia; sino, sobre todo, de cómo esos casos pueden ayudarle en su camino a la redención.

Permítame el lector, antes de entrar a analizar otros aspectos, contar una anécdota que me narró en una ocasión un ex jugador de la NBA. El hombre me decía que en la Liga había un chiste que venía a decir más o menos así: “¿Sabes cuál es el peor momento de un jugador que se va a jugar una serie de partidos fuera de casa?”. La respuesta es: “Disimular la sonrisa cuando su mujer se despide de él en el quicio de la puerta”.

Debo decir que ese chiste ilustra muy bien lo que pasaba en la Liga NBA no hace muchos años. Nadie me lo tiene que contar. Viajé casi una temporada entera con los Suns de Phoenix y casi un mes entero con los Blazers de Portland en los que militaba el difunto Fernando Martín. Aquellos eran tiempos en los que las groupies invadían las recepciones de los hoteles y en los que los jugadores todavía no se habían llevado el susto morrocotudo que supuso el terrible anuncio de Magic Johnson de que había contraído el virus del SIDA: debido a su reconocida promiscuidad, como es sabido.

También ayudaba mucho el hecho de que el orden del día de un equipo de la NBA nada tiene que ver con el de un equipo europeo, por ejemplo. En la NBA, el equipo llega al hotel de la ciudad en la que va a jugar como visitante. El manager del equipo asigna las habitaciones –siempre para uso individual aunque sean dobles- les da a los jugadores sus per diems (dietas), y les cita para una sesión de tiro previa al partido. Lo que haga el jugador con su tiempo; si quiere dormir, visitar a unos parientes, contemplar las pinturas de un museo cercano, o subirse compañía a la habitación, es estrictamente “su” problema.

Tampoco nadie me tiene que contar esto. En el lobby del hotel en el que se hospedaban los Blazers, allá por Enero del año 87, -creo que era el Renaissance Meadowlands- estábamos de tertulia Fernando, me parece recordar que su hermano Antonio también, el segundo entrenador de entonces, Rick Adelman, el manager general del club, Bucky Buckwalter, y un servidor. Por allí apareció el gran Clyde Drexler, con dos señoritas -o señoras, vaya usted a saber- con las que se disponía a compartir habitación. Eso sí, antes de tomar el elevador, educado y señorial como siempre fue el gran Clyde, nos presentó a esas dos –creo que no hace falta decirlo, pero lo diré de todos modos- impresionantes mujeres a todos los que estábamos allí de cháchara. Clyde era un crack dentro de la cancha, sin duda. Pero ese día me demostró que también era un crack fuera de ella.

[Entonces Dusko Ivanovic no era entrenador, por supuesto. Pero no dejo de pensar cómo reaccionaría el disciplinario entrenador del Baskonia si, Tiago Splitter, por poner un ejemplo, no sólo subiera dos mujeres a su habitación de un hotel de Murcia, sino que además tuviera el placer y la deferencia de presentárselas a su entrenador.]

Cerradas las corcheas y volviendo al caso Tiger: no puedo dejar de pensar –una vez más- en cómo la situación por la que atraviesa ahora el golfista, y que antes atravesaron otros deportistas de altísimo nivel de la NBA, refleja hasta qué punto la sociedad estadounidense está impregnada de ese puritanismo que hunde sus raíces en el siglo XVII. Justo cuando los primeros colonos ingleses llegaron a las costas de la Nueva Inglaterra huyendo, precisamente, de la que ellos consideraban que era la nueva Sodoma y Gomorra europea: Inglaterra, su propia nación.

En los Estados Unidos, si un deportista de élite quiere tener buenos patrocinadores ha de presentar una imagen pública no ya impecable, sino impoluta. Se trata de una regla no escrita, pero absolutamente real. No sólo vale trabajar –piedra angular del modo de vida protestante, como es sabido- para ser el mejor; ni siquiera vale ser el mejor en tu trabajo. Si un genio del deporte quiere ganar mucho dinero -hablo de dinero de verdad, de decenas de millones- gracias a sus patrocinadores, ese deportista ha de tener un estilo de vida puritano.

Y, claro, todos esos ejércitos de asesores, de expertos en imagen, de marketing managers, y de otros menesteres varios, que rodean a una estrella, ya se encargan de asegurar que el deportista salga debidamente inmaculado a ofrecer su cara al público. Por supuesto, siempre después del prelavado, del lavado y del centrifugado correspondientes.

Pero, en ocasiones, como ha pasado ahora con Tiger -igual que pasó antes con Kobe Bryant, y también con Michael Jordan- si el deportista da rienda suelta a sus instintos –a menudo no necesariamente los más nobles- y se sale de la rueda, de lo que la sociedad puritana entiende como el comportamiento normalizado, y, sobre todo, si miente al respecto de ello, entonces el icono deportivo se cae fulminantemente del pedestal. Y el que hasta hace un minuto era un “role model”, un modelo a seguir para todos, pasa a ser pasto de los medios; pasa a ser odiado y ridiculizado por la misma gente que antes lo endiosó; y pasa a quedar marcado –tal y como sucedía con los pecadores en aquella América puritana del siglo XVII- con una letra escarlata que le señala para siempre como a un impenitente irredento.

Por un simple acto de piedad humana, uno querría que a Tiger Woods el tiempo, y su propio juicio, le pudieran facilitar una rehabilitación lo más adecuada posible. En ese sentido, el ejemplo más palmario de recuperación de una imagen, ciertamente muy maltrecha, lo tiene en Kobe Bryant.

Kobe pasó de ser el príncipe del baile, a ser la estrella acusada de asalto sexual, para acabar siendo, ahora mismo, una presencia corporativa ciertamente mucho más tenue y claramente mucho menos aparatosa de lo que fue en los inicios de su carrera. Su imagen sufrió un deterioro enorme después de aquel lamentable affaire en aquel motel de Colorado, es cierto. Pero Kobe –y su gente y la gente de Nike- han sabido reconstruir esa imagen como la de un deportista de élite mucho más preocupado por jugar bien al baloncesto que por las sinuosas avenidas de la celebridad.

Su imagen inicial de “wunderkind” predestinado -ya casi desde sus tiempos de jugador escolar en Filadelfia- a ser el nuevo Michael Jordan, aquel joven que se nos presentó limpio como una patena, chirrió desde el principio. Por eso, Kobe tuvo tantos detractores desde el primer día en que pisó la NBA. Con aquel Kobe “pre-Colorado” era muy obvio que lo que veías no era lo que tenías. Y el público puede ser influenciable, puede ser influenciado, puede caer bajo el influjo de todas esas técnicas de mercadotecnia que se estudian en las facultades de Empresariales, por supuesto que sí. Pero el público tampoco es un tonto a las tres. Por eso, justamente ahora, cuando la imagen que proyecta Bryant se basa, casi estrictamente, en las cosas (maravillosas) que hace en la cancha, muchísimo más que en todo esa vaina de la celebridad y de los “role models”, es cuando Kobe se ha ganado el respeto de casi todos.

Y luego está Michael Jordan. El único deportista vivo que puede, hoy por hoy, competir con Tiger en niveles de grandeza. Para los patrocinadores, Michael Jordan fue la imagen neutra del deportista afro-americano. Un atleta prodigioso cuyo color de piel jamás obstaculizó su imparable deseo de capitalizar sus enormes hazañas deportivas. En gran parte, eso ocurrió porque Jordan se vendió a sí mismo –de nuevo con la ayuda de su entorno y de Nike- como el más “cool”, como el más guay de todos los guays, y como ese chico al que toda madre querría tener por yerno. Y la verdad es que lo hizo francamente bien.

En el caso de Jordan, todo lo que había bajo esa superficie –la ludopatía, la infidelidad compulsiva, la competitividad desmedida, la arrogancia, la incapacidad de aceptar el fallo en sí mismo y en sus compañeros- no ha producido, curiosamente, excesivos daños colaterales a su imagen pública. Principalmente, porque tanto él como sus asesores han decidido no cambiar el curso de las cosas. Hacerlo sería reconocer que mintió al público y eso implicaría una admisión de derrota sin paliativos para todo lo que es, y para todo lo que representa, la Michael Jordan Incorporated. En otras palabras, lo que Jordan y su entorno –Nike incluido- nos están diciendo con Michael Jordan es que es imposible separar esos signos de mal comportamiento de su grandeza deportiva. Su lamentable discurso de entrada en el Salón de la Fama de Springfield, lleno de venganza, de cuentas no cerradas, de mala baba al fin y al cabo, es un ejemplo ilustrativo de ello.

Lo que hubiera sido una pasada monumental en boca de cualquier otro deportista, en el caso de MJ nos lo han vendido como: “El genio tiene tal afán competidor, es tan caníbal, que incluso en un acto en el que el común de los mortales habría sido comedido y se habría atenido estrictamente al guión, él, el gran Michael Jordan, no pudo dejar de ser competitivo una vez más”. Y luego nos añaden: “¿Y no es precisamente eso lo que siempre os gustó de MJ?. Así que: seguid comprando sus productos”, acaban diciéndonos. No deja de ser una estrategia algo maquiavélica. Pero muy productiva, sin duda alguna.

Supongo que ahora Tiger Woods elegirá uno de los dos caminos –el de Kobe o el de Jordan- para su redención. Sólo cabe desearle mucha suerte y que no le afecte mucho el diluvio que, en forma de piedras, va a seguir cayendo sobre él.

Pero no dejo de pensar también en todos aquellos grandes deportistas que un día decidieron que no añadirían más ceros a la derecha del balance de su cuenta bancaria y que asumieron el riesgo de ser como realmente eran y no como realmente los demás hubieran querido que fueran. Hace poco, comentábamos aquí algo a ese respecto sobre Allen Iverson. El antihéroe de la NBA que, incluso desde el lado oscuro, se convirtió en héroe para muchos.

Aunque debo decir que el personaje más paradigmático de esa filosofía de “lo que tienes es lo que ves y lo que ves es lo que tienes” que he contemplado en mi vida ha sido el genial delantero del Manchester United, ya fallecido, George Best.

El otro día, antes de empezar una reunión de trabajo, mi querido Nacho Azofra y yo estuvimos hablando un poco de todo este affaire de Tiger Woods y de todas estas historias de patrocinadores y de imágenes de deportistas que no se corresponden con la realidad. Y le conté una anécdota del gran Georgie Best que a Nacho le gustó mucho y que espero que al amigo lector también.

En una ocasión, ya muy al final de su vida –que sucumbió tempranamente debido a sus excesos con el alcohol y con el sexo- alguien le preguntó al genial futbolista cómo era posible que se hubiera pulido la inmensa fortuna que amasó jugando (excelsamente, por cierto) al fútbol. La respuesta de George Best figura en los anales: “Gran parte me la gasté en mujeres; otra gran parte me la gasté en alcohol. El resto, simplemente, lo despilfarré”.

Genio y figura. Hasta la sepultura. Nunca mejor dicho.

Pero puestos a elegir, prefiero a estos tipos que –aún siendo autodestructivos y con un punto suicida, como suelen ser los George Bests de este mundo- no engañan a nadie. Mucho antes que a todos estos iconos y modelos a seguir, cuya personalidad pública poco, o nada, tiene que ver con su personalidad real. Y que luego, como en el caso de Tiger, se caen del pedestal sin remisión posible. Básicamente porque en todos esos casos, la figura acaba engullendo, irremediablemente, al genio.

14 Comentarios
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14 - JML muchas gracias hala ya esta en followings jeje

15/12/2009 - 17:39 - joaki88

13 - Genial JML. Gracias

15/12/2009 - 17:22 - shifty

12 - shifty y joaki88, con el consentimiento expreso de nuestro blogger Miguel Ángel Paniagua, y a petición vuestra, hemos añadido a la descripción del blog el enlace a su cuenta de Twitter, donde podréis seguirlo.

Saludos!

15/12/2009 - 12:17 - JML

11 - Hombre, no es por tener mala leche... pero mas que Kobe, creo que su colega furgolero de las maquinillas de afeitar le podra aconsejar acerca de lo que le va a costar un divorcio como el que ya pago el frances al llegar al Barça y lo jodido de las negociaciones...

15/12/2009 - 10:52 - javifiorentino

10 - shifty apoyo tu mocion que yo no lo encuentro tampoco jeje

15/12/2009 - 09:52 - joaki88

9 - Gran artículo. Alguién podría postear el enlace del Twitter porfavor? Un saludo

15/12/2009 - 02:51 - shifty

8 - Genial articulo!!! La frase de George Best es propia de una estrella de rock, digna de alguna rajada de Lemmy (motorhead) jajaja. Quiza lo gracioso, es que estas estrellas del rock necesiten vender esa imagen igual al igual que el supuesto puritanismo de la estralla del deporte estadounidense. Sera lo que queremos, y por tanto nos merecemos

15/12/2009 - 01:44 - javli

7 - Es un gusto leerte amigo. Soy un asiduo oyente del Carrusel deportivo, y he tenido constancia de tu blog hace pocos minutos gracias al afamado twitter. Esperare leerte con asiduidad y aprender de tu discernimiento. Un Saludo.

15/12/2009 - 00:17 - golfix

6 - Hombre, no es por tener mala leche... pero mas que Kobe, creo que su colega furgolero de las maquinillas de afeitar le podra aconsejar acerca de lo que le va a costar un divorcio como el que ya pago el frances al llegar al Barça y lo jodido de las negociaciones...

14/12/2009 - 19:31 - javifiorentino

5 - Tiger sí que sigue con cierto interés la NBA. De hecho tiene un pase de toda la temporada en el Amway Arena, para ver los partidos de los Magic, que es el equipo que le pilla más cerca de casa. Cuando saltó el escándalo leí en el Orlando Sentinel que toda la cancha buscaba con la mirada a Woods, por si se dejaba caer... La gente es la leche, de verdad espereban que fuese a ver a los Magic después de todo lo que está cayendo?? La cuestión es que como era de esperar el asiento, desde ese día, sigue vacío. De todos modos si no me equivoco Tiger realmente es fan de Lakers, así que quizá sea amiguete de Kobe y pueda asesorarle de primera mano. Grande Pani como siempre, me has hecho darme de alta en solobasket para dejarte un comentario, que te lo he leído en twitter, jeje

14/12/2009 - 18:13 - tony_y_g

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MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA


Es uno de los periodistas españoles con más reputación cuando se habla del baloncesto de los Estados Unidos. En radio, ha trabajado para la Cadena COPE desde 1986 hasta la temporada 1991 1992, y desde la 1992-1993 lo hace para la Cadena SER, participando en espacios tan populares como el Carrusel Deportivo. En prensa, le hemos leído en medios de tanto prestigio como el diario EL PAÍS o la Revista Gigantes.

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