El Basket de "El Pirata"

Once upon a time...


El piloto del steamer sonó la sirena al práctico del puerto para la maniobra de atraque. Llegaba herrumbroso, cansado hasta en lo más profundo de su casco y su calderas, aíto de travesías transatlánticas. Aquel año había sido especialmente cruento en el Viejo Continente. Muchos habían emigrado antes buscando su oportunidad en la Land of the Free, como reza su himno. La mayoría, sin éxito, volvió. Otros pocos consiguieron la proeza de establecerse. Casualmente, en este steamer viaja un chico alto, espigado, delgado (con evidentes signos de hambre), rubiales y con la nariz algo aguileña, con la maleta cargada de sueños. En su país natal había trabajado mucho desde su más tierna infancia, siendo siempre de los más competentes, tanto que incluso una vez le consideraron el mejor del mundo de su edad junto a sus amigos. Es más, aquella noche de finales de junio del año primero del nuevo siglo, una gran empresa del país a dónde emigraba le tenía ya catalogado. “Chico, tú tienes el talento para trabajar con nosotros”, le dijeron. Y el chico, bajo promesa de una vida mejor, de su oportunidad, no se lo pensó dos veces, hizo la maleta y acudió a la convocatoria.

Su padre rezaba por que no hiciera la maleta. “Está aún verde. No debería irse”, mascullaba con su educación de dandy al modo europeo. Trabajar, lo que es trabajar, curró a destajo. Se convirtió en el alma mater y pater – si me apuran – de la filial de su empresa. Una filial en la que él todos los días se esforzaba por ganarse el respeto. Ya se sabe, el último en llegar, y encima con cartel de bueno… por muy bueno que sea. Y posiblemente peor así. Tuvo que aguantar los palos de los matones de los grandes poderes: que si el chico no vale, que si se arruga en los momentos de tensión, que si el trabajo individual ramarkable, pero ¿y el equipo? ¿Qué ha sido del teamwork?

El chico no cejaba en su empeño, y así pasaron varios años. Su trabajo diario en ocasiones se veía reconocido públicamente, aun estando en uno de los peores departamentos de la empresa. Por mucho que en alguna ocasión este trabajo individual suyo le llevara a ser considerado de forma pública. Sin más, el mismo año de su llegada, por ejemplo. Entre los mejores recién contratados. Otras era Employee of the Week. Pequeñas victorias cuando se ansían mayores cotas. De altos espíritus son altas metas, decía un gran literato de su país. Y a fe que el chico alta meta perseguía, pues alto era su espíritu.

Y tras el Gran Penar de aquellos años oscuros de fábrica, curtirse, zurrarse, de salir lleno de moratones con poca o casi nula recompensa a final de año, tras temporadas oscuras tanto como los trajes de Al Capone o las capas de Dick Tracy, y de claras ideas como las de Elliot Ness, tras sobrevivir ametrallamientos propios de las mafias irlandesas e italianas, por fin The Kid – el Chico – aterrizó en una de las mejores filiales de su empresa. Quién la sigue, la consigue, dice otro refrán del acerbo cultural de su tierra. Llegó su gran oportunidad. Y claro, como ya era costumbre, tuvo que seguir trabajando duro como hasta entonces, evolucionando, cambiando, creciendo. Pero esta vez no estaba solo. Tenía unos jefes magníficamente cualificados, con experiencia en las lides. Y compañeros, por una vez, mínimamente competentes. Y el chico llegó al Consejo de Administración de la empresa. Como en aquella película de Paul Newman en la que encarnaba al embrión de ejecutivo agresivo con prisas que quería ganar su primer millón antes de los cuarenta.

Lejos quedan aquellos momentos del desembarco en la Land of the Free, mirando a los rascacielos en el puerto, gorra en mano y maleta en tierra al tiempo que el agente de policía irlandés en aduanas te pregunta: “What’s your name?Pau Gasol SáezPerdon? What’s your name, again?Pau Gasol Sáez… “Oh, Pau GasoftOk, sign in here, please…”

El Pirata.
 

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Desde un agudo punto de vista, el Pirata irá desvelando algunas de las claves del Baloncesto moderno. Sus opiniones no suelen dejar indiferentes a los lectores.

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