La carrera de Haywood en los pros es irregular, empezando a grandísimo nivel y yendo poco a poco a menos, de manera imprevistamente precoz.
Con Seattle, pronto retribuye los más de 700.000 dólares en gastos judiciales que asume su propietario Sam Schulman, y acepta el papel de líder en anotación, confirmando su estatuto de estrella, dentro y fuera de las canchas.
Su juego se caracteriza por el dominio de la técnica desde la exhuberancia atlética, que hacía que pudiera lograr canastas desde casi todas las posiciones de la cancha y manejar con soltura toda guisa de recursos: mates, reversos, fintas, ganchos, fadeaways, entradas, tapones, rebotes, tiros con rango de hasta 5 metros, todo ello con una pasmosa facilidad, como si apenas le costara.
Todos los que le vieron en directo coinciden en señalar que presenciar las evoluciones de este hombre en la cancha en su prime, era un indescriptible placer, tal era el grado de superioridad física y estética que transmitía a la gradas.
El punto débil de Haywood era siempre la intensidad, se resiente a los marcajes físicos, nunca busca el contacto y eso, en partidos a cara de perro, lo acaba pagando. También acusa cierta propensión a perder los nervios cuando las cosas no le salen bien y le aprietan.
Cuatro elecciones para el All Star NBA jalonan aquellos años maravillosos en Emerald City, a buen seguro los mejores que nunca dio. Curiosamente sería su entrenador Bill Russell, el ídolo de juventud de Haywood, el que tomaría la decisión de mandarlo a los Knicks, poniendo fin a su mejor etapa profesional.
Pero si el espectáculo estaba garantizado en la cancha, es fuera de ella donde exhibe un estilo de vida peculiar.
Desde sus primeros contratos profesionales a Haywood se le ve conduciendo vehículos de lujo, que en la ABA de los sueldos magros y tardíos suscita envidias entre sus compañeros. Recordemos que cuando llega a Denver, la estrella local, el alero Larry Jones, cobraba apenas 25.000 $.
Su forma de vestir, estilo Motown, con enormes abrigos de piel y espectaculares sombreros, tampoco pasa desapercibida, y siempre aparece acompañado de bellezas y la típica cohorte de vividores.
En Seattle, Haywood es un semidiós, se relaciona con músicos de jazz, que lo visitan en un estudio que abre a las afueras de la ciudad, las puertas de los mejores locales y las mesas más disputadas de los restaurantes siempre están dispuestas para el astro local.
Pero ese estilo de vida le lleva a caer en dependencias y costumbres menos loables. En cierta ocasión Haywood declaró que se drogaba en sus días de profesional de la NBA, pero que eso era habitual en el 70 u 80% de sus compañeros. Lo cierto es que su dependencia tóxica le llevaría a protagonizar un esperpéntico episodio que tuvo lugar, ni más ni menos, que en el curso de unas finales de la NBA.
Nos situamos en la primavera de 1980, Magic Johnson es un rookie en los Lakers, equipo al que acaba por dar con sus huesos un Haywood, ya veterano de vuelta de todo, tras pasar sin pena ni gloria por los Knicks.
Ya durante la temporada regular, las relaciones de Haywood y el entrenador Paul Westhead habían sido bastante tensas. Westhead veía en el ala pívot el complemento ideal para Kareem Abdul Jabbar, y estuvo dispuesto a sacrificar en un sonado trade a Adrian Dantley, algo que siempre le reprocharon.
Haywood fue muy bien recibido por unos fans acostumbrados al basket espectáculo, que coreaban su nombre cuando Westhead lo dejaba demasiado tiempo en el banquillo, muchas veces animados por el propio jugador, que se levantaba y agitaba la toalla al ritmo de los cánticos, algo que no gustaba ni al técnico ni a sus compañeros.
Aun así, los angelinos alcanzan la final, a disputar ante los Sixers del Dr. J, y el ala pívot sureño ha demostrado su calidad durante las rondas previas de los playoffs, promediando casi 10 puntos como sexto hombre.
Pero cuando parece cerca el sueño del anillo, una espiral de sucesos, acaecidos durante las series finales, le costará ser apartado del equipo tras el segundo partido, a petición de sus propios compañeros.
El comportamiento errático de Haywood empieza durante la sesión de video previa al primer partido de la serie final, al terminar la proyección se encienden las luces y el personal descubre que el chico se ha pasado todo el tiempo en brazos de Morfeo.
No contento con ello, durante los ejercicios de estiramiento, Haywood vuelve a dormirse, de manera que cuando sus compañeros los acaban y empiezan las carreras cortas, él permanece en el suelo, hecho un ovillo, ante la atónita mirada de los presentes.
La gota que colma el vaso ocurre de nuevo en el mismísimo Felt Forum, poco antes de empezar el segundo partido. En el vestuario local, Haywood le pide las tijeras de esparadrapo a su compañero Wilbur Holland de mala manera, éste le pregunta si no sabe pedir las cosas por favor, a lo que el primero responde a voces que "si se lo tiene que pedir así prefiere no usarlas."
La cosa se calienta y ambos se encaran, teniendo que ser el pívot suplente Jim Chones el que los separe, llevándose a Haywood fuera del vestuario antes de que lleguen a las manos.
Los Lakers pierden ese partido y Westhead acuerda suspender al ala pivot por el resto de la serie, una vez que éste le reconoce su seria adicción a la cocaína y el crack. Los excesos se han cobrado un alto precio: Haywood jamás volverá a vestir la camiseta púrpura.
Parece ser que Haywood desarrolló el hábito de esnifar cocaína durante su estancia en los Knicks, en el mundo de la alta costura en que se movía su mujer, y al llegar a LA empezó con la técnica conocida como freebasing, habitual en los ambientes del showbizz hollywoodiense, consistente en purificar la coca por medio del uso de algún líquido- a veces soda- a gran temperatura, de manera que en la solución resultante, emergiera la parte más orgánica de la droga, que era lo que finalmente se fumaba o inhalaba en vapor, consiguiendo un efecto más rápido e intenso, la droga llega en apenas cinco segundos al cerebro y durante 10-15 minutos la sensación de euforia es superior.
Los Lakers, a pesar de la lesión de Abdul Jabbar, finalmente consiguen el triunfo, con la clásica exhibición en el Spectrum de Magic Johnson, que encabeza el sentir de la plantilla y solicita que no se le entregue anillo a Haywood, ni participe en el reparto del premio económico, por su mal ejemplo al borrarse del equipo cuando más era necesario. Tampoco es invitado al desfile de los campeones en el downtown angelino.
No será hasta seis años después, probada su sobriedad, que se le hará entrega de su botín.
El rencor del ala pívot se hace evidente, de manera inmediata cuando, como él mismo reconoció años más tarde en su autobiografía, Spencer Haywood: The Rise, The Fall, The Recovery, llegó a urdir un plan para asesinar a Westhead mediante el sabotaje de su vehículo, algo que abortó su propia madre al enterarse que ya había incluso hablado con algunos amigos de los bajos fondos para que lo ejecutasen.
Y de manera mediata, cuando un año después los periodistas en Italia le preguntan por la emergente figura de Magic y manifiesta:
“Johnson es un ignorante que solo piensa en el basket y no sabe vivir la vida, gente así me produce repulsión”.
Incluso a día de hoy, Haywood sigue manteniendo que consumió drogas junto, al menos, a otros ocho jugadores de la plantilla de los Lakers, pero solo él fue el cabeza de turco.
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Y así, como campeón NBA sin anillo, con su fama de jugador desestabilizado en el punto más álgido, es como el presidente de la Carrera Venecia, Roberto Carrain, decide emprender uno de los más sonados fichajes de la historia de la pallacanestro.
Haywood ve en Italia un lugar para seguir ganando buena pasta, sin soportar el rígido escrutinio de la prensa y los aficionados americanos.
En Venecia es recibido como una estrella de calcio, sus leyendas magnificadas y su condición de divo de la pelota gorda sin posible discusión. Desde la llegada de Bill Bradley, que le diera a la Simmenthal su primera Copa de Europa en 1.966, ningún fichaje había levantado la polvareda que el del ala pívot americano.
Sandro Gamba, Dan Peterson y todos los santones del basket trasalpino se deshacen en elogios, y tratan de ahuyentar cualquier suspicacia por su pasado; si él quiere puede marcar una época en el campeonato italiano.
Tonino Zorzi, su entrenador, manifiesta:
“Al enterarme de su contratación no voy a ocultar que me sentí preocupado, pero nada más conocerlo y comprobar su disposición y dimensión humana todo se ha resuelto en deber entrenar a un hombre y un atleta como tantos otros, solo que de mayor jerarquía”
“Haywood ha demostrado mucha seriedad, a las ocho de la mañana está en la cancha para hacer los ejercicios con pesas y se entrena dos veces cada día, como si fuera un hombre sin pasado”.
Nada más aterrizar, la nueva estrella lagunare, lanza un mensaje mesiánico a sus fans:
“Estoy en Venecia solo para jugar al baloncesto y para ganar todo lo que sea posible. Tras once años de carrera profesional, no pienso en el dinero, me considero un Mensajero del basket. Aquí he encontrado una dimensión humana, continuar al ritmo de vida de los USA hubiera sido masacrante, mucho mejor así”.
El primer año en Venecia es espectacular, centrado en su profesión, con la compañía de su mujer, la conocida modelo Imán, y su hija, residiendo en una lujosa casa frente al Gran Canal, Haywood da todo lo que tiene en cancha y apenas crea problemas, incluso acepta de buen grado el liderazgo en los sistemas de ataque del otro extranjero, el alero yugoslavo Drazen Dalipagic.
Los tiffosi venecianos, que han desarrollado buen paladar con los Uribatán Pereira, Steve Hawes, Rick Sutter, Bob Christian y Neal Walk, lo adoran, considerándolo como otra obra de arte más, en una ciudad donde el arte se respira en cada calle o canal, y grandes multitudes lo paran allá donde vaya, haciéndole sentir querido
La Reyer, patrocinada por la empresa de jeans Carrera, viene de la A2 y en su retorno a la máxima competición en el campeonato italiano, alcanza la séptima posición, tras peder en cuartos de playoffs ante la Turisanda Varese.
Pero es en Europa donde se recorre mayor camino, llegando la final de la Copa Korac, si bien en su ruta se cruza un equipo catalán, un club canterano que viste de verde y negro, al que llaman la Penya.
La final se juega en el Barcelona, donde se desplazan cerca de 1.000 aficionados italianos, que viajan en dos vuelos charter y dos pullman, chupándose 24 horas de viaje, para ver a su equipo conseguir el primer título europeo de su historia.
El Joventut y su afición son mayoría en un Palau que cree en el milagro de destronar a un equipo superior, con gente del calibre de Praja Dalipagic, los veteranísimos Luigi Serafíni, Stefano Della Fiori o Lorenzo Carraro, más los prometedores Giovanni Grattoni y Andrea Gracis.
El partido pasa por diversas fases de alternancia, pero cuando se entra en los últimos diez minutos, todo indica que los italianos, tirando de oficio, se llevaran el trofeo para casa, manteniendo ventajas cercanas a los 10 puntos.
Con apenas un minuto por jugar , el título parece que se les escapa a los catalanes, + 9 para Venecia, pero la Penya confía en sus posibilidades y el americano Joe Galvin, un pívot blanco de casi siete pies, producto de Illinois State, bastante limitado en ataque, culmina la remontada cuando, tras un garrafal error de Dalipagic, anota una insólita canasta semilateral desde más de ocho metros y sobre la bocina, empatando el partido in extremis.
En la prórroga, unos desquiciados italianos son incapaces de dominar a un Joventut capitidisminuido, donde Manel Comas ha de contar con los adolescentes Jordi Villacampa y Francisco Solé en cancha, y la derrota se confirma, un gran golpe moral para Haywood que, a pesar de sus 30 puntos, no puede evitar que el título prometido se escape de sus manos; en las imágenes televisivas se le puede ver desesperado con sus compañeros, especialmente con el alero yugoslavo.
A pesar de la amargura, Haywood confirma su vuelta para la temporada siguiente, y en el Arsenale el público empieza a fantasear con igualar o superar el máximo histórico del club – tercer puesto- que se alcanzara en los añorados días del gran pívot Steve Hawes, hasta entonces máximo ídolo local.
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Haywood empieza la temporada 81/82 como un ciclón, ya sin Praja, sustituido por otro pro de postín, el ex UCLA Sidney Wicks, él es el líder del equipo, se siente motivado, se entrena con ganas y coge la forma inmediatamente, de manera que en los primeros cinco partidos de la temporada viaja a 30 puntos de media, dando una sensación de inmenso poderío.
Hasta América debieron llegar los ecos de sus conquistas, que fueron devueltos en forma de dulces cantos de sirena, y en la mente del jugador, al mismo tiempo que florecía la ilusión, se empezaba a fraguar la más oscura de las traiciones.
Il Moro di Venezia pide consejo a sus agentes, que le aseguran que no habiendo firmado contrato con la Carrera, todos los pactos eran verbales, es libre de romper la relación cuando quiera y marcharse a Washington, donde los Bullets le ofrecen 300.000 $ garantizados, casi el doble de su estipendio veneciano.
El proceso de desvinculación es tan desquiciante como inexorable, el domingo 11 de octubre, mientras la squadra viaja en el autobús rumbo a Treviso, para disputar el derby ante la Benetton, el americano anuncia a sus compañeros que esa noche es su último partido en Italia. En la cancha da otra exhibición, pero el equipo pierde y en los vestuarios monta un número contra su entrenador y los jugadores italianos.
El miércoles 14, tras saltarse dos entrenamientos, desmiente su fuga y se prepara para el partido del próximo fin de semana, en casa ante la Latte Sole Bologna. Llega Imán a Venecia.
Entretanto, el presidente del club veneciano se posiciona con el americano contra Zorzi, en medio de rumores que hablan de una inmediata marcha y la vuelta de Dalipagic, algo que no es posible, pues el alero ya ha debutado con el Partizan.
La Carrera pierde 96-90 con Bologna y Haywood es expulsado en el minuto 27, con solo 14 puntos en su haber, después de agarrar de la camiseta a uno de los árbitros al que levanta en el aire y lanza la bola, sin llegar a impactarle.
Tras recibir un partido de sanción, muchísimo menos de lo esperado, la sociedad multa con 10.000 $ a Haywood, que el martes 20 pide excusas a sus compañeros, alegando que tiene graves dificultades económicas y que no se volverá repetir su comportamiento.
Al día siguiente, Tonino Zorzi es destituido por Carrain y se llega a rumorear que Haywood se hará cargo del equipo como entrenador-jugador. La sociedad vive en un estado de perpetua confusión.
El jueves 22, Haywood se presenta a las cinco de la tarde en el Arsenal dispuesto a entrenarse, pero al poco cambia de opinión, se viste y da una rueda de prensa en la que vuelve a confirmar que definitivamente se va. A las 10 de la noche, llama a Carrain para decirle que se queda, pero que tienen que hablar de sus problemas económicos.
El sábado por la mañana se presenta a la sesión facultativa de tiro, tras la que se reúne con el Presidente, a quien pide un contrato trienal a razón de 200.000 dólares anuales, y la inmediata firma de un aval bancario por 200.000 $ que cubra lo que le resta de cobrar de la temporada anterior, más su salario de la presente.
El club remite un fax a Seattle, al Despacho de Abogados Neubauer-Mussehl, en el que se aceptan las condiciones, aunque se condiciona la decisión última a la vuelta del patrón Tito Tacchella, presidente de la empresa patrocinadora, Carrera Jeans, que se halla de viaje.
Haywood desaparece y esa noche es casualmente avistado en el aeropuerto Marco Polo de Venecia por dos personas: la primera es Piero Pasini, entrenador de la Benetton, que tiene que coger un vuelo a Roma, para presenciar en directo el anticipo Bancoroma-Billy, y a quien el americano le dice que ha ido para “comprar los periódicos”; la segunda es el árbitro Zanon, que ha de pitar en ese partido, quien incluso se toma la molestia de indagar si el americano figura en el pasaje de algún vuelo, y le confirman que tiene conexión con Londres para esa misma noche.
Al día siguiente, fuentes del aeropuerto confirman que en la noche del 24 de octubre de 1.981, Haywood viajó a Londres y de ahí directamente a los Estados Unidos.
El domingo 25, aunque algún cándido dirigente de la Reyer aún confíaba en que el ídolo apareciera, Haywood no se presenta al partido contra la Squibb Cantú, con nueva derrota lagunare, y durante la semana siguiente se inician gestiones para fichar a Bruce Seals, americano que jugara en Varese el año anterior y que acaba de ser cortado en San Diego.
La carrera de Haywood en Italia está acabada, y curiosamente, como si la Naturaleza quisiera decir su última palabra, borrando todo su recuerdo, esa semana se registra en Venecia la novena marea alta del siglo.
Los aficionados, hartos de las extravaganzas de su otrora icono deportivo, manifiestan su descontento, mientras la prensa recuerda una de sus muchas promesas incumplidas, cuando el trece abril de 1981 declaró:
“Nessuna tentazione di tornare nell,NBA, perché nell,NBA si gioca per i soldi e per me i soldi no sono piú un problema”.
Haywood engrosa el elenco de americanos que dejan plantados a sus clubes italianos, una lista con nombres ilustres como Bob Elliot de la Fernet Tonic Bologna, Kim Hugues de la Innocenti Milano o James Lister de la Stern Pordenone.
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Haywood acaba su carrera en Washington, en 1.983, con tan solo 33 años, tras una buena primera temporada, con minutos y 13 puntos por partido, siendo candidato a Most Improved Player- se lo llevaría el espectacular Gus Williams- y uno segunda a la baja, en el apenas aporta nada, en medio de lesiones y graves problemas personales, un accidente de coche de su esposa incluido.
Uno de los mayores talentos baloncestísticos que las canchas han visto se va sin mucho que recordar, lejanos sus heydays mejicanos, su brutal irrupción en la ABA y sus días de vino y rosas en Seattle.
Se va envuelto en la polémica, que casi siempre fue fiel compañera, y que aún le guiña un ojo hoy en día, cuando recuerda que no está todavía en el Hall of Fame de Springfield, o que no fue incluido en la lista de 50 mejores jugadores de historia de la NBA.
Desahogado económicamente, gracias a su sagacidad en las inversiones inmobiliarias, ha vuelto al redil de Stern, su vieja Némesis, y representa a la NBA en múltiples actos promocionales del baloncesto.
Saca a relucir su indomable vanidad, cuando afirma que sin las dogas hubiera sido el mejor power forward de la historia y que Karl Malone no le podría ni tocar, y recuerda con amargura su primer encuentro con Shaquille O,Neal, cuando al ir a saludarle antes de la disputa de un All Star Game, el gigante le espetó un brutal:
“Bullshit, get out of my face.”
En todo caso, limpio hace mucho tiempo de sus adicciones, Haywood es uno de los personajes más subyugantes de la historia del baloncesto, acaso, tras un prodigioso gigante lituano, el más flagrante caso de What If que este deporte haya visto.
Imagínenselo.
Hay en la vida una suerte de personajes que nacieron para ser estrellas estrelladas, tómese el término en la mejor o peor de sus acepciones.
Gentes que tienen una misteriosa capacidad para suscitar interés, para generar polémica, para atraer hacía sí los enrevesados hilos de la fascinación del público, los objetivos y los flashes de las cámaras, y, por qué no decirlo, para "cagarla".
Spencer Haywood es claramente uno de ellos, no en vano con 19 años ya había sido el deslumbrante líder del seleccionado americano que se llevó el oro en unos Juegos Olímpicos, se había convertido en oscuro objeto de deseo entre la NCAA, la ABA y la NBA, en medio del escándalo, la disputa y hasta el hito jurisprudencial , y a lo largo de su carrera mantuvo el nivel de expectación, protagonizando uno de los episodios más truculentos de la historia de las NBA Finals y uno de los más esplendorosos desembarcos en el Spaghetti Circuit, coronado, como no podía ser de otra manera, con un mutis a medio camino entre la intriga internacional y la soap opera.
Sus 15 años de carrera profesional dieron para mucho, haciendo correr ríos de tinta y situándolo, de manera definitiva, como uno de los grandes personajes de la historia del baloncesto, en América y en Europa, en alto grado por eventos acaecidos muy lejos de las canchas.
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La historia de Haywood comienza, como tantas otras, en medio de la pobreza y el desencanto, en una pequeña ciudad, sita entre plantaciones de algodón en pleno delta del río Mississippi, Silver City, donde viene al mundo en el seno de una humildísima familia.
Su padre, carpintero de profesión, fallece tres semanas antes de su nacimiento, y su madre a duras penas puede mantener a nueve hijos con 2,50 dólares diarios, trabajando en los campos de algodón desde que despunta el alba hasta que cierra la noche.
El mismo Haywood desde los dos años recoge algodón y cuando crece, en los ratos libres, trabaja de jardinero o caddie.
Siendo un adolescente, como creciera hasta convertirse en un esbelto mozalbete que destacaba en el deporte de la canasta, la madre decide sacarlo de aquel infierno de semiesclavitud y miseria, y con 15 años lo sube a un bus rumbo a Chicago, y de allí a la industriosa Detroit, donde con unas zapatillas raídas y llenas de agujeros, acompañado de su hermano mayor Sam, en cuyo coche pasa las noches, despunta en los torneos veraniegos, y llega a enfrentarse a tipos de la talla de Cazzie Russell o Dave Bing, grandes estrellas locales.
Su calidad pronto despierta el interés de aficionados y técnicos, y el entrenador de la High School de Pershing, Will Robinson, decide ficharle y adoptarlo, deviniendo en tutor legal del menor y consejero casi toda su vida.Con Haywood en sus filas, Pershing alcanza el ansiado campeonato estatal, algo que no había ocurrido en 37 años en el estado de Michigan para una escuela pública.
Como mal estudiante, llega a Detroit sin saber leer ni escribir, el joven Spencer no consigue beca para los grandes programas de la NCAA, debiendo ingresar en el submundo de los juniors colleges, concretamente en Colorado, en el Trinidad Junior College, donde sigue asombrando con 28 puntos y 22 rebotes por encuentro.
La fama del chico va en aumento y a pesar de que existía una norma que impedía a los universitarios de primer año jugar con el equipo nacional, Will Robinson presenta una solicitud en su nombre al Comité de selección de Basketball USA, y es seleccionado para defender a los USA en los Juegos Olímpicos, a celebrar en Mexico DF en el verano de 1968.
Allí, siendo el jugador olímpico más joven de la historia del basket USA, se ve en la tesitura de liderar a un equipo bastante limitado. De una parte, el todavía Lew Alcindor, llamado a ser la estrella del equipo, se había negado a ir, aduciendo que prefería pasar el verano colaborando con los niños desfavorecidos de su Harlem natal; de otra, jugadores como Calvin Murphy, Rick Mount, Pistol Maravich o Tom Boerwinkle habían sido descartados, por el legendario Hank Iba, un entrenador que preconizaba el juego de equipo y que, a preguntas del propio Haywood, justificó su decisión de la siguiente manera:
“I’ll be honest with you son, Murphy and Maravich dribbled and shot themselves out of the camp”
Finalmente, el equipo olímpico es cerrado e inicia una gira europea por Finlandia, Yugoslavia y la Unión Soviética, con una escuadra en la que el juego interior descansa casi exclusivamente en el de Silver City, que jugará de center ante las ausencias de Alcindor y Elvin Hayes, que ha firmado contrato profesional, con un buen juego exterior en el que destacan el alero Charlie Scott y, sobre todo, el playmaker Jo Jo White.
Haywood, un chico del Profundo Sur, queda impresionado por la vida en los países comunistas, no olvidemos que nos encontramos en plena guerra fría, incluso recuerda una encerrona en una cancha rusa, donde tras ir ganado de paliza a los locales, se interrumpió el partido, se desalojó la cancha, y se reanudó a puerta cerrada, con una remontada soviética a base de decisiones arbitrales injustas que nadie podía presenciar.
Antes de viajar a México, los olímpicos miden sus fuerzas ante los Knicks de Willis Reed, Walt Frazier, Bill Bradley y Dave DeBusschere, a quienes baten y los Cincinnati Royals de Oscar Robertson, Jerry Lucas y Wayne Embry.
Ya en tierra azteca, Haywood explota, subyugando a la prensa internacional con la madurez de su juego, muy por encima de su edad, con esa extraña mezcla de calidad atlética y virtuosismo técnico, superando a todos sus rivales, con esa aparente sencillez que solo suele abrazar a los superdotados. Su 71,6% en tiros de campo durante el torneo olímpico aún despierta asombro.
Los Juegos se disputan en medio de una crisis racial en los States, es el año de los asesinatos de Robert Kennedy y Martin Luther King, y tse producirán las demostraciones del Black Power, simbolizadas en la mítica foto de Tommie Smith y John Carlos, puños con negros guantes en alto y cabeza agachada, en la ceremonia de entrega de medallas de la final de 200 metros lisos.
Haywood es tentado por los grandes líderes de la comunidad negra, como Harry Edwards, de boicotear al equipo americano, incluso se plantea no jugar la final, pero finalmente, tras una charla con el famoso comentarista Howard Cosell, en la que éste hábilmente desliza que 50 millones de americanos estarán pendientes de él, decide saltar a la cancha para defender el honor de América ante los enemigos comunistas, en este caso la Yugoslavia de Kreso Cosic y Radivoj Korac, que se ha metido sorprendentemente en la gran final con dos tiros libres de Ivo Daneu a falta de cuatro segundos ante la URSS de Sergei Belov.
Los plavi dan guerra y en el descanso solo pierden por tres puntos (32-29), con el apasionado público mexicano de su parte. Pero tras el descanso, un parcial de 22-3, con Haywood desenfrenado, protagonizando acciones que hacen rendirse a sus pies a toda la grada, determina la victoria norteamericana.
Con 21 puntos, 16 rebotes y 6 tapones en aquella final, culmina unos Juegos excepcionales, y se siente en la cima del mundo.
-----------------------------------------------------------------------------------------------Transcurrido el año en el purgatorio juco, y con la gloria olímpica todavía fresca, Haywood ficha por la Universidad de Detroit, un centro jesuita no especialmente brillante en lo deportivo, pero que se encuentra en el hogar, cerca de los suyos, y en el que brilla en todo su esplendor, sin una disciplina que lo ahogue o compañeros que le resten protagonismo, superando, en un nivel competitivo más exigente, las cifras del año anterior hasta alcanzar los 32 puntos y 21 rebotes por encuentro.
Haywood empieza a dar muestras de su carácter especial, y en un partido, quejoso por el arbitraje, que se inhibe ante el duro marcaje que está recibiendo, pierde los nervios y persigue a un árbitro con ánimo de agredirlo. Recibe una fuerte sanción y, orgulloso como era, en el partido de su reaparición firma 41 puntos y 22 rebotes ante La Salle.
En todo caso, los que lo vieron coinciden en señalar que era, de lejos, el mejor jugador de la competición, como demostró en sus duelos con gente del calibre de Howard Porter, Jim McDaniels o el propio Bob Lanier.
Tras acabar la temporada, descontento por no haberse cumplido la promesa de la Universidad de reclutar a su mentor Robinson como head coach, y desmotivado por su superioridad, deja caer entre su círculo de allegados que quiere jugar con los pros, y se desata una intensa batalla por hacerse con sus servicios que desencadena todo tipo de pasiones y pulsiones, y que acabará en el mismísimo Tribunal Supremo.
La American Basketball Asociation (ABA), una competición alternativa recientemente creada, que pretendía competir con la omnímoda NBA, sobre la base de ofrecer un producto de baloncesto espectáculo y el reclutamiento de grandes nombres, había decidido que una de las estrategias para copar cuotas de mercado era ir a por underclasement, jugadores universitarios que no hubieran completado el ciclo de cuatro años y estuvieran dispuestos, a cambio de un buen puñado de dólares, a quebrar la regla no escrita de cumplir la elegibilidad antes de presentarse al draft.
De esa forma, a lo largo de aquellos años, colosos universitarios, incluso del Instituto, hablamos de gente como Julius Erving, Mo Malone, David Thompson o George Gervin, debutarían profesionalmente en la ABA, algo que hubiera resultado imposible en términos de igualdad de escrúpulos.
El provechoso y simbiótico idilio entre NBA y NCAA, un atronador pacto de silencio que interesaba a ambas partes, estaba en peligro, una galerna de codicia amenazaba la calma chicha imperante, y poco tardaron los puristas en elevar la voz, invocando razones que importaban a la misma esencia del americanismo.
El presidente de la asociación de entrenadores NCAA, John Dee, de Notre Dame, envió una carta a todos los programas, ordenando que se negara el acceso a los campus a la gente de la ABA.La reacción no se hizo esperar y el mismísimo comisionado ABA, el gran George Mikan, se reunió con los principales ejecutivos de los clubes.
La solución fue fácil, conforme señala el general manager de los Chaparrals, Max Williams:
“Mikan nos pidió que preguntáramos a nuestros jugadores que obtenían en sus universidades además de la beca deportiva y los libros. Yo pregunté a los míos en Dallas y salvo dos, todos habían obtenido extras: coches, pagas bajo cuerda y cosas así. De inmediato Mikan llamó a la Asociación de Entrenadores y les dijo que dicha información se haría pública si no revocaban las instrucciones y dejaban a la gente de la ABA acceder a los gimnasios. Automáticamente, la orden de bloqueo fue retirada”
Entre cruces de amenazas, boicots y conatos de demandas judiciales, finalmente es Haywood el hombre elegido por los cerebros grises de la ABA para testar el sistema, firmando tras su año sophomore por los Denver Rockets, que, previo concierto de los clubes, había sido designado como el equipo que pujara por el astro universitario.
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Haywood contrata por tres años y 450.000 dólares, que en la tradición extravagante de la ABA se abonarían de una manera bien curiosa, pues el jugador solo vería 50.000 $ por temporada, y a partir de los 40 años, hasta cumplir los 60, cobraría el restante a razón de 15.000 $ anuales, según un abracadabrante esquema retributivo conocido como Dolgoff Plan.
La temporada vino marcada por su gran rendimiento en la cancha, máximo anotador de la competición, MVP de liga regular y All Star Game.
No fueron fáciles los inicios, pues Denver comienza la temporada de manera penosa, 9-19, y cambia de entrenador, llamando a Joe Belmont, antiguo árbitro que se gana la vida en el departamento de marketing de la franquicia, y cuya única experiencia fue como entrenador de freshmen en Duke, cuando los novatos universitarios debían esperar un año para debutar.
Casi se puede decir que el tipo pasaba por allí, pero tras colocar a Haywood de cuatro, su posición natural, jugando con Byron Beck, un durísimo fajador blanco, en el center, los Rockets explotan y, se despachan con un parcial de 42-14 hasta final de temporada. Por el camino, Haywood, con 59 puntos ante los Stars, bate el record de anotación de la ABA que hasta entonces ostentaba el legendario Connie Hawkins con 57.
Comienzan los playoffs con un complicado duelo con los Washington Capitals, un equipo veterano, liderado por la estrella Rick Barry, que curiosamente tiene su residencia en Colorado Springs.
La eliminatoria llega al séptimo partido, donde Belmont ordena un durísimo marcaje sobre el anotador rival, y sucesivamente Haywood y el escolta Lonnie Wright serán expulsados por sendas agresiones. Mientras Barry, sangrando por una ceja, es atendido en el banquillo, un espontáneo local salta al parquet y se lanza contra él, tratando de rematar la faena con una tercera agresión. Así podía llegar a ser el peculiarísimo mundo de la ABA.
Los Rockets avanzan hasta la final de la Western Division, donde caerán ante los sorprendentes Stars de Los Angeles, que tienen el factor cancha en contra tras una liga regular bastante mediocre, pero que vienen de ganar a los favoritos Chaparrals.
A pesar de ganar el primer partido en la prórroga, los Rockets caen 4-1, la mayoría de las veces en finales ajustados, donde la pareja de rookies Willie Wise y Mack Calvin, junto al "madridista" Wayne Hightower y Billy "the Hill" McGill, demuestran mayor entereza para llevarse el gato al agua.
En Denver, desde un inicio, Haywood lleva un alto tren de vida, conduce un Cadillac negro hecho a medida y vive en uno de los más exclusivos vecindarios de la Mile High, con seguridad privada incluida.
Pronto, pues, comienzan las disputas contractuales con la franquicia para procurarse más pasta, convenientemente alimentadas por el representante del jugador, el inefable Al Ross, más conocido como el Pirata por sus tácticas negociadoras un tanto agresivas, que incluían esconder a sus representados- entre los que también se encontraba el temible psicópata deportivo John Brisker- hasta que los clubes cedían a sus exigencias.
De esta manera, hasta tres contratos distintos llegó a firmar con los Rockets, el último ya por 1,9 millones, eso sí, recibiendo solo 50.000 $ cada uno de los dos primeros, 75.000 $ cada uno de los cuatros siguientes, y los 1.5 millones restantes, a razón de 75.000 $ anuales de los 40 a los 60, con lo que no es de extrañar que, terminado este primer año, Haywood se cansara de tocomochos y decidiera cambiar de aires en busca de pastos más verdes.
Su decisión de pasar a la NBA, y dar el paso prohibido al firmar con los Sonics, una franquicia nueva que desoye la prohibición de la NBA de firmar jugadores que no hayan acabado su ciclo universitario, desencadena un litigio histórico.
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Durante ese año, que pasó court to Court (de la cancha a la Corte), Haywood tuvo que soportar todo tipo de humillaciones en las canchas contrarias, frecuentemente de parte de los aficionados de los equipos rivales que le insultaban y lanzaban objetos; pero lo que nunca se esperaba era la férrea maquinaria jurídica orquestada por el mismísimo David Stern, a la sazón consejero legal de la NBA, y consistente en presentar injunctions (una suerte de acciones de condena de no hacer) en las horas previas a los partidos a domicilio, que le eran notificadas por agentes que simulaban querer un autógrafo firmado.
Y todo para impedirle saltar a la cancha, lo que en algún caso acabó con el estrafalario hecho de que durante la presentación oficial de un partido, el announcer advirtiera:
"Señoras y señores, tenemos un jugador ilegal en la pista, y el partido se disputará bajo protesta."
Ni que decir tiene que la algazara y el tumulto estaban asegurados, era como utilizar gasolina para apagar un fuego.
De esta forma rocambolesca, Haywood solo disputa 33 partidos ese año, lo que no impide que empiece a consolidarse su condición de superestrella de la NBA, con 24 puntos y 12 rebotes de media.
Ante la repetidas amenazas de sanción a los Sonics por parte de la NBA, el caso llega a los Tribunales, configurado como una acción anti trust, por violación de la Sherman Antitrust Act, al considerar que la Sección 2.05 en relación con la 6.03 de las normas internas de la NBA, violaba el libre comercio y el derecho a la libre elección de trabajo, y suponía un acuerdo concertado para rehusar contratar jugadores que no cumplieran los 4 años de estancia universitaria o de graduación de su clase universitaria, lo que constituía per se una maniobra de grupo en boycott que vulneraba la citada norma legal anti trust.
La demanda Haywood vs National Basketball Asociation ya forma parte de los anales de jurisprudencia del T.S., pues en la primavera de 1.971 la máxima instancia jurisdiccional de los Estados Unidos falla a favor de Haywood, por 7 a 2, declarando, entre otras cosas:
"If Haywood is unable to continue to play professional basketball for Seattle, he will suffer irreparable injury in that a substantial part of his playing career will have been dissipated, his physical condition, skills and coordination will deteriorate from lack of high- level competition, his public acceptance as a super star will diminish to the detriment of his career, his self-esteem and his pride will have been injured and a great injustice will be perpetrated on him."
Siempre se ha pensado que en el espíritu de aquella decisión pesó mucho la personalidad del célebre Magistrado Thurgood Marshall, el primer negro en ser elegido para Magistrado del Tribunal Supremo, quien desde el principio mostró un especial interés por el caso, e hizo buenas migas con el jugador.
El caso se resuelve por acuerdo extrajudicial, se rumorea que Sonics tuvo que pagar otros 200.000 $, y con ello, el de Silver City deviene en pionero en la defensa de los derechos de los jugadores en su lucha por decidir sus destinos más allá de los intereses corporativos de la NCAA, los clubes profesionales o la propia Liga, ya que, como primera consecuencia del fallo judicial, la NBA aprueba la llamada “hardship rule”, que permite a los jugadores que acrediten necesidad económica presentarse al draft antes de agotar los cuatro años de elegibilidad.
22 años más tarde, Kevin Garnett dedicaría su MVP a, entre otros, Spencer Haywood, como el hombre que abrió las puertas del salto directo de instituto a la NBA.
Pero ese honor lleva anejas graves consecuencias, fundamentalmente la etiqueta de jugador polémico, de veneno para los equipos, que empieza a circular entre los general managers de la NBA y le acompañaría hasta el final de sus días profesionales.
Haywood se convierte en un improbable héroe: seguramente movido por prosaicos deseos de riqueza inmediata, pasa, sin embargo, a la historia como un luchador por los derechos de los jugadores.
(CONTINUARÁ)
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