Remember when you were young, you shone like the sun.
Shine on you crazy diamond.
Now there's a look in your eyes, like black holes in the sky.
Shine on you crazy diamond.
Una de las figuras más enigmáticas que dio el arte en el siglo XX fue Syd Barrett, fundador de uno de los grandes grupos musicales de la historia, Pink Floyd, su temperamento artístico mal casaba con una vida ordinaria, las gabelas del talento suelen manifestarse en forma de vidas tristes donde el alma del artista se instala en un exilio emocional que no pocas veces desemboca en un final trágico.
Sin embargo, antes de irse, estos seres suelen derramar sus dones en obras que los sitúan a la vanguardia de las expresiones artísticas, trabajos que permanecen para siempre en el corazón de los aficionados, en el caso de Barrett no solo las que compusieron, sino las que su ausencia inspiró a quienes le sobrevivieron.
No en vano temas como Shine on you Crazy Diamond o el Wish You Were Here, un genuino himno del rock sinfónico, fueron compuestos por su amigo Roger Waters, en recuerdo del ángel caído en las garras de la psicosis y el LSD.
También el baloncesto ha asistido al auge y caída de mitos efímeros, seres predestinados a dejar piezas maestras antes de deslizarse por el reino de las tinieblas, hombres que brillaron en las canchas con tanto poder como cayeron en un pozo oscuro y profundo, del que solo vienen a ser rescatados, muy de vez en cuando, por la curiosidad del recuerdo.
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Corría el mes de octubre de 1987, cuando en la portada de la prestigiosa revista deportiva argentina El Gráfico, dedicada casi por entero a la gran temporada de San Lorenzo, asomaba, casi desapercibida, una entrevista a un jugador americano del Estudiantes de Entre Ríos, un club del estado ubicado en la frontera entre Argentina y Uruguay, que recibe su nombre por ser flanqueado por los ríos Paraná y Uruguay.
Se trataba de una estrella de la liga local, con un pasado tempestuoso, protagonista de días de gloria y jornadas de infamia, que allá por donde pasara estaba destinado a dejar huella. Las fotos mostraban a uno de esos tipos con aire de resignada esperanza, como si pensaran que nada bueno les puede pasar, aunque no les importaría estar equivocados.
Tanta huella dejó, que en Italia, faro del basket europeo de clubes, el periodista Stéfano Germano, en las páginas de Superbasket, poco tardó en hacerse eco de aquella entrevista, tejiendo, como Penélope, el hilo el recuerdo, que lo retrotrajo a los inicios de la temporada 1979-80 del campeonato A1 de la liga italiana.
Ese año, arribaban al Bel Paese grandes americanos, algunos para probar su verdadero nivel antes de ser arrojados a los leones de la NBA, como es el caso de Bill Laimbeer en la Pinti Nox Brescia, de Bruce Flowers en la Gabetti Cantú o Lee Johnson en la Arrigoni Rieti, y otros muchos para ganar sus últimos dólares en una liga exigente, pero a años luz de la que vivieron en sus heydays en los pros, como Tom Baker (Superga Mestre), Ron Behagen (Antonini Siena) o el mismísimo Duca Nero, Jim McMillian en la Synudine Bologna.
Pocos repararon en un tipo longilíneo y taciturno, como esos héroes de los westerns operísticos de Sergio Leone que parecen extraídos de un cuadro de El Greco, un hombre silencioso con una planta descomunal, que llegaba a orillas del Adriático.
Venía precedido de mala fama, de nutcase imprevisible, de hecho, en su último club profesional, lo habían largado tras varias ausencias injustificadas a entrenamientos y partidos, y un comportamiento en general errático, introspectivo, con graves problemas de comunicación.
Pero también venía con un anillo de campeón NBA y con grandes promesas de días de basket espectáculo en el palasport de vía Dei Partigiani.
Finalmente, el peso atávico de su sangre se demostró insoportable y salió de Italia en medio del escándalo; algunos dirían que llevaba consigo el estigma autodestructivo que suele acompañar a las infancias traumáticas.
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En una casa diminuta de un barrio pobre de Somerset, en New Brunswick, en el estado de Nueva Jersey, Josephine y Herbert criaron a cinco niños y una niña. Ambos eran alcohólicos, él le pegaba a la ginebra y la cerveza, y ella al vodka, y frecuentemente tenían discusiones que sus hijos contemplaban asustados al borde de las escaleras, temerosos de bajar al lugar de los hechos.
JOE PACE, uno de esos niños, creció con graves problemas de aprendizaje, aislándose en su mundo de silencios prolongados, de preguntas sin respuesta, que llevaron a su madre a solicitar ayuda al médico, quien diagnosticó que el niño debía ser objeto de tratamiento especial en la escuela, donde era considerado un low bridge, un alumno retrasado.
A la edad de 9 años, y habiendo desarrollado un físico ya portentoso, un profesor trató de encauzarlo por los caminos del basket, y allí al pequeño Joe se le abrió el paraíso en que poder perseguir a su modo su pedacito de felicidad en el mundo.
Fue tal la impresión que causó al entrenador que nada más verlo, llamó a la madre y le dijo:
“You got a million dollars walking around there”
Aquel niño se iba todas las mañanas a las canchas con una barra de pan, un tarro de mayonesa y un litro de Kool Aid, para no regresar hasta la noche, el basket como evasión existencial.
Y es que el chico lo pasaba mal en el colegio, su primer año de instituto le hicieron unos test que arrojaron sorprendentes resultados: tenía habilidades verbales de un crío de 7 años y no verbales de uno de 6, y su absentismo escolar, perdía 3/4 partes de las horas lectivas, no ayudaba a solucionar sus problemas.
El analfabetismo repercutía incluso en aquello que más amaba, el basket. Incapaz de memorizar hasta las más simples jugadas, no debutó en el equipo del instituto hasta el 4ª año, siendo junior, a pesar de ser de lejos, el jugador más alto y con mejores aptitudes.
Pero una vez en la cancha, todo aquel mundo de complejos y limitaciones se desvanecía, y un jugador de enorme potencial, con una coordinación asombrosa para su altura, emergía a los ojos de quienes acudían a verle. Su entrenador, sabedor de los problemas de concentración, diseñaba jugadas simplísimas que, con un 6-11 superatlético de su parte, apenas recibían respuesta de los equipos rivales.
Le fueron aprobando cursos sin asistir a clase o con notas lamentables, y tras ganar el campeonato estatal con Lincoln High, anotando 35 puntos y atrapando 30 rebotes en el partido decisivo, con unas notas claramente alteradas durante los cursos de verano en Rutgers (una A, dos B y tres C que su limitado intelecto no podía producir), Pace pudo ingresar en el mundo del college basketball, firmando por Maryland-Eastern Shore, donde tras dos años, siguiendo al coach John Bates, que venía a ocupar la habitual figura de padre subrogado, se transfirió a la vecina Coppin State, programa que jugaba en la NAIA, una suerte de segunda división universitaria con menor exigencia académica.
Solo así puede creerse que con una media de 0.79 y un expediente plagado de “efes”, el equivalente a muy deficiente, pudiera saltar a la cancha y llevar a su equipo al campeonato estatal.
En el NAIA Tournament de 1976, Pace brilla con luz propia, anotando la canasta decisiva en semifinales ante Marymount Kansas, con una perfecta suspensión de 7 metros sobre la bocina, y yéndose a los 43 puntos, 12 rebotes y 6 tapones en la gran final ante Henderson State (Ark.), donde fue elegido MVP.
Para entonces Pace ya conocía la animada noche de Baltimore y frecuentaba prostitutas, chulos y traficantes, y hasta se había buscado un agente, el abogado local Michael Freedman, que también veía en el chico su pasaporte a la riqueza y el inicio de una prometedora carrera como agente deportivo.
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Si hubiera que definir con una expresión el problema de Pace esta sería la de compulsión por el fracaso, el hombre tendía a fastidiarlo todo cuando mejor pintaba su futuro, sin motivo aparente, y la siguiente anécdota ilustra a la perfección esta nefanda inclinación.
Elegido en segunda ronda tras su estrepitoso paso por la NAIA, Pace juega dos años como duodécimo hombre de los Bullets. Compañero de tipos como Elvin Hayes, Wes Unseld o Mitch Kupchak, verdaderos pros con muchos años a sus espaldas, nada aprende sobre como conducirse en el proceloso mundo de la NBA, a pesar de estar en un equipo puntero, arropado por gente experta.
Son frecuentes los extravíos, los retrasos, las ausencias injustificadas a los entrenamientos, con la única excusa de que no quería abandonar la cama, pero su carácter infantil y melancólico encuentra el cariño del General Manager Bob Ferry, que apostó personalmente por reclutarlo y siempre pensó que tenía madera de All Star, y la mayoría de la plantilla, especialmente el alero blanco Kevin Grevey, quien fue su mejor amigo y consejero.
Todos esperaban que aquel niño grande algún día madurara y mostrara todo lo que llevaba dentro, pues nadie dudaba que podía llegar a ser el cuatro titular en la mayoría de las franquicias de la Gran Liga.
Se especula si en Washington DC empezó a flirtear con las drogas, sus amigos más íntimos así lo creen, aunque Pace siempre negó que se drogara hasta mucho más tarde, cuando ya era un hombre acabado. Otros, como Dick Motta, su primer entrenador en los pros, simplemente achacan a su falta de formación académica y personal, a su profunda inmadurez, la certera toma de decisiones equivocadas.
Con Washington, Pace consigue el anillo en 1978, participando poco en el juego, aunque salta a la cancha en los partidos 2º y 6º de las Finals, y al año siguiente, como agente libre, surge la oportunidad de multiplicar su sueldo capitalino, apenas 30.000 $, por 10 firmando por los Boston Celtics, que han mostrado gran interés en hacerse con sus servicios.
Satch Sanders, nuevo entrenador de los verdes, ve en Pace el perfecto complemento para su pivot titular Dave Cowens, y ofrece 300.000 $ por tres años, siempre que el jugador acceda a pasar una semana en el campus de verano. Los Celtics una vez obtenido el acuerdo, dejan de buscar en el mercado, creyendo tener bien cubierta esa plaza.
El día señalado, Freedman acude al apartamento de Pace para recogerlo y lo encuentra durmiendo; alertado, el abogado trata de convencerle en vano de viajar a Beantown y cumplir con su compromiso; el chico quiere dormir y poco le importa si los 300.000 machacantes se esfuman con el viento.
Finalmente Pace viaja a Boston, pero tras solo tres días entrenando, el chico desaparece sin dejar rastro. Reaparecido días después, alegaría que las lesiones le impedían jugar al máximo y tenía miedo de ser cortado. Sanders, por el contrario, siempre afirmó que Pace lo estaba haciendo de maravilla y habría empezado como titular ese año en los Celtics.
Todos salen perdiendo: Los Celts comienzan el año con un 2-12, con Sanders destituido; es el fin de la fugaz carrera de Freedman como agente deportivo y el inicio de la cuenta final hacia el desastre para Pace que, estigmatizado en la NBA, tiene que jugar ese año en la CBA con los Baltimore Metros.
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1979 era un año importante para la Scavolini Pesaro, una escuadra de la A1 italiana, que había salvado el pellejo in extremis en un spareggio el año anterior, en que habían jugado por primera vez en la máxima categoría.
El apoyo de la empresa cocinera de Walter Scavolini, las obras en el pabellón y el soporte de los sostenitori, auguraban un crecimiento del equipo, que buscaba asentarse en la élite.
Carlo Rinaldi, el entrenador, decide formar una pareja americana mixta, con un ala pivot sin experiencia, procedente de Texas Tech, el neoyorkino Mike Russell, y un pivot profesional con toneladas de clase envueltas en un manto de polémica, pero a quien cree poder llevar por el camino recto.
La Scavolini, pues, sabía lo que se jugaba trayéndose a Joe Pace, para quien 65.000 $ y un apartamento de lujo, en ese momento de su carrera, eran una oferta irrechazable.
La plantilla nacional estaba encabezada por el escolta Amos Benevelli, en su cuarta temporada en el club, un hombre capaz de acercarse a los 20 puntos de media por partido, y el alero Giuseppe Ponzoni, otro jugador con acreditada capacidad anotadora.
Durante su paso por Italia, nuevamente el rendimiento de Pace dependerá de su estado emocional, ligado a su relación con Paulette, una compañera de instituto, enfermera titulada, con quien había tenido un hijo el año anterior. Mientras ella estuvo a su lado en Pesaro, de diciembre a febrero con la promesa del club de encontrarle trabajo, Pace hizo sus mejores partidos, cuando lo dejó solo, se vino abajo.
Desde un inicio, Rinaldi y Pace chocan y entre los tifosi se forman también dos bandos, si bien la facción Pacista cobra cada vez más poder, alimentada por la fantasía que les devuelve su ídolo en la cancha; jornada tras jornada, Pace juega por encima del aro, en un espacio inhóspito para el resto de los mortales, allá donde solo llegan las águilas.
La gente es consciente de estar viendo basket de otro siglo, un tipo de 2,10 que corre la cancha y salta como si midiera 1,80, un constante human highlight de mates, tapones y alley-oops. Los fotógrafos de la prensa especializada se frotan las manos captando las imágenes de aquel hombre de goma que se perdía en la oscuridad del techo de aquellos angostos palazzettos.
Poco importa que Pace apenas aguante en cancha 20-25 minutos en forma, que durante muchas fases del partido desaparezca , que apenas hable con sus compañeros fuera de ella, refugiándose en su radio transoceánica que escucha a todas horas para sentirse en casa; para la mayoría de aficionados, aquellas proezas de hombre ingrávido bien valen las miserias de su falta de dedicación.
Y así, tras un inicio irregular, en que se salta casi todos los entrenamientos, arguyendo que entrenaba durmiendo, y en el que está a punto de ser cortado, llega la semana grande:
La primera exhibición se produce en la novena jornada de campeonato, victoria en partido intersemanal contra la Isolabella Milano de Mel Davis, en el que Pace registra el que muy bien pudo ser el primer triple doble de la historia del basket italiano: 22 puntos, 15 rebotes y 10 tapones.
Al domingo siguiente, tras sufrir un accidente de tráfico del que resulta dolorido pero ileso, Pace sale ovacionado y firmando autógrafos de uno de los templos del basket trasalpino, el Pianella de Cantú, algo poco habitual en una cancha tan hostil para con los visitantes. 34 puntos, con 13/19 en tiros de campo, y 15 rebotes permiten una nueva victoria por 80-78.
En la siguiente jornada esperaba al pívot pesarese el duelo más esperado, aquel que lo confrontaba con el único jugador del campeonato italiano en grado de darle competencia en cuestión de espectáculo en la cancha: el veterano Zio Willie Sojourner, estrella de Arrigoni Rieti, donde forma una coppia descomunal con Lee Johnson. Rieti gana por dos puntos y Sojourner conserva la corona en su duelo con Pace, que se queda en 15 puntos, con un 6/14 en tiros de campo, frente a los 22 con 11/23 de su rival.
De aquí al final de temporada, Pace rinde en la cancha, con los consabidos altibajos, pero el equipo no acaba de funcionar, y viaja en los escalones más bajos de la A1, comprometiendo seriamente la permanencia, de modo que a inicios de 1980 el presidente Pallazetti destituye al entrenador y llega Petar Skansi, el cual no obtiene permiso de la federación italiana para entrenar, lo que provoca que se tenga que volver a sentar en el banquillo Rinaldi, que apenas ya pinta nada.
Pace sigue haciendo lo que de la gana, el apoyo presidencial es la patente de corso definitiva a su vida irregular, y si bien su desempeño levanta admiración, el equipo sufre, al punto que no es hasta la última jornada, cuando el equipo parece descendido a la A2, con una victoria a domicilio por 76 a 71 (Pace 22, 15, 4) en Mestre, ante su más directo rival, al que igualan a 9 victorias, que consiguen asegurarse el partido de desempate en Milán.
Este se disputa tres días después en San Siro, donde 77 pullman viajan desde Pesaro, recordemos una ciudad de apenas 100.000 habitantes, para apoyar a los suyos. El Infierno Biancorosso trasladado asiste a la penúltima escena de Pace, que no llega a la hora de partida de la expedición y tiene que ser recogido, en estado bastante alegre, en un conocido local de alterne.
Ya en Milán, el astro olvida sus zapatillas en el hotel, y se pierde gran parte del partido, de hecho solo jugaría 20 minutos, pero un par de tapones y una canasta en los últimos minutos resultan decisivos para la ajustada victoria frente a la Superga de los “cocineros” por 77 a 76, que asegura la permanencia.
Pace acaba la temporada como líder en rebotes y tapones- con una media de casi 4 por partido- del campeonato A1 de la Lega.
Skansi, cerrada la continuidad en la élite, planifica la temporada siguiente sin Pace, a quien extraoficialmente se le comunica que no continua. En la sede del equipo el rumor del corte provoca el cisma entre los aficionados y algunos acuden a protestar.
Esa noche, en la estación de carabinieri de Pésaro se recibe una llamada anónima, que informa que un hombre de color yace en medio de la calle en la zona de copas de la ciudad. Es Joe Pace, que esa tarde, deprimido, ha salido a ver una peli de Bruce Lee en el cine.
De cómo llegó al estado comatoso en que fue encontrado horas más tarde, tres versiones circularon en la prensa italiana, más nunca se supo la verdad de boca de su protagonista, hasta recientes fechas:
DEPRIMIDO, ACEPTA DROGA, esta es la más probable y confirmada por el propio protagonista. Cuando salió del cine, un traficante que le estaba siguiendo, se le acercó y viéndole desolado, le ofreció algo para animarse. Ese algo era una poderosa mezcla de cocaína y heroína pura que, inhalada, le sumió inmediatamente en el coma. El propio dealer habría avisado a la policía
INTENTA SUICIDARSE, negada por el protagonista, pero con visos de realidad, dado que los hechos se producen poco después de recibir dos malas noticias: por un lado, su novia pierde el trabajo en USA por haber retrasado su vuelta para estar más tiempo con él, y, por otro, la Scavolini le anuncia que no va a ser renovado.
PESARO LE PONE UNA TRAMPA. La versión paranoica del frente Pacista. El club, tratando de evitar el conflicto con un importante sector de la afición, le tiende una trampa al americano, forzando su salida de Italia. Nada demostrado.
Diez días más tarde, se celebra el juicio rápido, en medio de un ambiente reivindicativo de la figura del americano, con aficionados con pancartas a la puertas del Palacio de Justicia, y Pace es condenado a veinte meses de prisión por posesión de drogas con ánimo de distribuir.
La ejecución de la condena es suspendida a cambio que el jugador abandone inmediatamente suelo italiano.
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Tras su accidentado paso por Italia, del que en los USA se tiene fiel noticia, Pace se intenta ganar la vida en ligas menores como la venezolana, la filipina, la mexicana o la inglesa, donde los sueldos son magros y la competencia escasa.
En 1986 regresa a Baltimore e intenta rehacer su vida con Paulette, pero acaba siendo condenando por asalto, al entrar por la fuerza en su casa y forcejear con un hombre que se hallaba en su compañía.
La condena no supone el ingreso en prisión, obtiene la probation (suspensión de condena condicionada a ciertas cargas y obligaciones), que un año después le es levantada para que pueda salir del país rumbo a la Argentina, de donde le ha llegado una oferta.
En Sudamérica, desnutrido y con un par de zapatillas dos números más chicas (pesaba 96 kilos) empezó a entrenar, a comer también y le llegaron las zapatillas nuevas. Jugó su primer amistoso contra Ferro y la rompió; tenía fuerza, técnica y un gran corazón. Pace vuelve a encontrar el calor de los aficionados, que asisten maravillados a sus shows en la pista, e incluso la estabilidad sentimental, pues contrae matrimonio con una chica argentina e incluso tiene una hija.
Posiblemente, en esos años Pace vivió lo más cercano a algo parecido a la felicidad, jugando en varios clubes argentinos (San Andrés, Estudiantes, Quilmes, Instituto), con unos sueldos que rondaban los 6.000 $ mensuales. Pero la desgracia nuevamente le acechaba, y en 1993, durante un partido de la liga nacional, al intentar una volcada, choca en el aire con un rival y cae a plomo al piso. La lesión es grave, career-ending, y durante el proceso de recuperación-ocho meses postrado en cama- contrae la gangrena y agrava sus dolencias. Otras versiones hablan de un accidente mientras reparaba el tejado de su casa.
Con los pocos ahorros que pudo reunir, su mujer y él habían abierto un negocio en Baires, pero los gastos médicos se llevan su ya escaso patrimonio, y toda la tensión familiar desemboca en otro escenario esperpéntico, cuando agrede con un cuchillo a su mujer, lo que provoca su detención en octubre de 1993 y finalmente el asunto se salda con un nuevo mutis por el foro, de aquella manera, a su tierra natal.
Enfermo y sin amigos, Pace vaga por todo el territorio nacional, ya reconocido adicto al alcohol y las drogas. Primero viaja a Houston, a pedir ayuda a su ex compañero Elvin Hayes, pero allí nadie le espera y solo encuentra una vida de homeless. Luego, creyendo que Mugsy Bogues, jugador salido de la zona de Baltimore, puede asistirle, emprende viaje a Charlotte, cuando el pequeño base de los Hornets ya había sido traspasado a Golden State. En North Carolina es rescatado de las calles por algunos amigos que le ofrecen varios trabajos en Jacksonville y Durham.
En junio de 1998, se celebra el vigésimo aniversario del título de los Bullets, y es invitado a una cena en Washington. Sus ex compañeros quedan impresionados con el cambio físico experimentado por Pace, que mal puede ser disimulado por el smoking de alquiler que han de prestarle a última hora para que no se presente en harapos. El anillo no puede lucirlo, pues lo había empeñado por 600 $ años atrás para saldar sus deudas y malvivir por las calles de Baltimore.
Durante la cena, el que fuera duodécimo jugador de los Bullets campeones, se muestra amable y dicharachero, y recibe bastante afecto; su amigo Grevey, siempre preocupado por él, le ofrece trabajo en su restaurante de Virginia, Unseld, el hombre a quien tenía que sustituir cuando todavía había esperanza, también le promete ayuda y Kupchak, general manager de los Lakers, le trae ropa deportiva.
Cuando termina la fiesta, a Pace, cual cenicienta de vuelta a la espantosa realidad, han de prestarle pasta para pagar el taxi que lo lleve al aeropuerto.
La reunión le trae viejos recuerdos de la última ciudad en que disputó un partido de la NBA, Seattle, y sin encomendarse a Dios ni al Diablo, Pace coge un autobús desde Baltimore rumbo a Emerald City, lejos de la gente que todavía puede ayudarle.
El cambio de aires no altera su caída constante, y la última noticia que de él se tiene viene de un artículo, fechado en mayo de 2008, del Seattle Post-Intelligencer, titulado Former NBA player Joe Pace goes from glory to homeless shelter, donde con profusión fotográfica, se da cuenta de su vida de vagabundo en la ciudad, viajando todo el día en los buses municipales con un pase para discapacitados de 8 $ mensuales, enfermo de la espalda y con grandes dolores en las rodillas, sin poder operarse, viviendo con una paga de 600 $ mensuales por invalidez permanente, durmiendo en establecimientos de beneficencia y esperando la muerte.
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“I'm surprised I'm still alive, I guess there's a purpose in life."
Así describe su vida actual el propio Pace, todo un testimonio de frustración.
Con toda certeza, algún viejo aficionado italiano, o argentino, rememorando los números que el de New Brunswick era capaz de montar sobre una cancha, alucinando con aquellas stoppate a bastante más de tres metros del piso, volviendo a sentir ese escalofrío que provocaban aquellas ingrávidas y brutales volcadas, no estará de acuerdo y piensa que este atleta superdotado, nacido quizás veinte años antes de su natural tiempo en la historia del basket, vino a esta tierra con un propósito, y de la más elevada condición: hacer realidad las fantasías de los que, alguna vez y en algún lugar, prefiguraron la existencia de otro basket, que se jugaba en un territorio prohibido, allá muy por encima de los aros, donde pocos se atrevían a llegar, ni siquiera con la imaginación.
Y ese brillo, loco diamante, nunca se apagará.
I think for many players this League gives them the opportunity to chase a dream. And there is nothing wrong with chasing a dream.
Existe una teoría ancestral andina que divide la formación del universo en tres planos: el Hanaqpacha (el mundo de arriba, de los cielos), el Kaipacha (el mundo de aquí, sobre el suelo) y el Ukhupacha (el mundo de adentro, bajo el suelo).
El mundo celestial de lo dioses es representado por el cóndor, el de los pagos terrenales por el puma y el subterráneo mundo de los muertos, por la serpiente gigante amaru.
En el baloncesto de clubes que conocí, la NBA era ese cóndor de vuelo inalcanzable, mientras que la NCAA y principales ligas europeas serían el ágil puma que lo ve volar desde la tierra.
Pero pocos se acuerdan de la serpiente, casi nadie mira ya a ese subsuelo del que, a veces, improbables bellos frutos florecieron, e incluso llegaron a planear por los inaccesibles cañones y desfiladeros del basket profesional.
Ya todo cambió en esa armoniosa propiedad horizontal, mudaron sus vecinos y se remozaron los apartamentos, pero nunca está de más volver la mirada sobre aquella región oscura y pobre, donde perdurar era un suplicio y soñar, en ocasiones, estaba prohibido.
Esa zona gris que merece que la hagamos objeto de la sexta biografía de la serie.
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Muchos pensarán que la liga de basket más tradicional en América, es la NBA, en esa suerte de ombliguismo habitual que aqueja a todo lo que rodea a la- todavía- mejor liga del mundo.
Pero no, hay una liga, moribunda pero aún viva, que la supera en antigüedad, una liga que nunca dio mucho que hablar, pero que siempre estuvo ahí, para quien quisiera seguirla, una liga maldita que casi todo el mundo prefiere olvidar, como una mala pesadilla, la CONTINENTAL BASKETBALL ASSOCIATION (CBA), heredera de la Eastern Professional Basketball League (EPBL).
En 1946, con el contingente de soldados regresando de la Gran Guerra a suelo americano, entre ellos muchos jugadores de baloncesto, empiezan a florecer ligas menores por toda la geografía nacional, y en Abril, en Hazleton, Pennsylvania, se crea la EPBL, y apenas un mes después, nace la Basketball Association of America (BAA), que con los años pasaría a ser la actual NBA.
La EPBL se mantuvo, como liga menor que operaba en poblaciones rurales del este americano hasta 1978, en que pasó a llamarse CBA.
Durante esos años, casi siempre a la sombra de la NBA, fueron varias las batallas entre diversas organizaciones por hacerse con el monopolio de los bajos fondos del basket profesional; así en 1947, los equipos de Wilkes Barre y Lancaster, de la EPBL, se marchan a la American Pro Basketball League, otra liga menor que acabaría por cerrar cinco años más tarde.
En 1953, dos jugadores expulsados de la NBA por escándalos relacionados con redes de apuestas, Sherman White y Jack Molinas, fichan por la EPBL, resquebrajando las incipientes relaciones entre ambas ligas. Ambos jugadores dominarán la competición en años venideros.
No es hasta 1956 que la EPBL sale de Pennsylvania, abriendo franquicia en Trenton, New Jersey, que poco después pasa a New York Harleem.
En 1960, un nuevo conflicto, la EPBL draftea a Ray Scott, estrella de Portland, que abandona el college tras dos años. La NBA, que respeta la norma de agotar la elegibilidad universitaria antes de draftear, lo elegirá dos años después, cuando ficha por los Pistons, tras haber dominado en la EPBL, con Allentown Jets.
1967 es un año crucial en la historia de esta competición, pues se constituye la American Basketball Association, la mítica ABA, que saquea las plantillas de la EPBL llevándose a estrellas del calibre de Walt Simon, Art Heyman, Willie Sommerset o Levern Tart.
El suave declinar de la liga, ahora llamada EBL, parece encontrar su punto más bajo en 1975, cuando queda reducida a cuatro equipos: Hazleton, Scranton, Cherry Hill y Allentown, pero al año siguiente la fusión entre ABA y NBA revitaliza y salva la vida de la competición, al entrar nuevos talentos procedentes de las franquicias profesionales desaparecidas.
En 1977 se inicia un periodo de expansión hacia el Oeste- Mississippi- y el Norte- Anchorage, una vez superada una nueva amenaza de otra liga menor, en este caso la All American Basketball Aliance (AABA), que cierra tras apenas un solo mes de vida.
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Y así llegamos al momento más importante de la historia de esta competición, en 1978, cuando la liga cambia de nombre y retoma relaciones con la NBA, vía un acuerdo para el desarrollo de árbitros, en el que la gran liga pone dinero a cambio de poder echar mano de árbitros CBA si lo llega a necesitar.
Pero el maridaje no acaba ahí, ya que la NBA, a diferencia de otras ligas profesionales como la MLB, con su famosos farm system, las llamadas minors (Triple A, Doble A y A), históricamente no había tenido ligas de formación, ya que se suponía que esa tarea la representaban los programas universitarios, y la nueva relación con la CBA abría un camino para subsanar esa carencia.
En febrero de 1980, la NBA firma su primer acuerdo de colaboración con una liga menor para la formación de jugadores, y es la CBA la que recibe ese honor y 115.000 dólares, a sumar a los 80.000 $ que ya se abonan para el programa de árbitros.
Y en ese estado de la cuestión, surge el primer gran nombre de la moderna historia de esta competición: Billy Ray Bates, un alero explosivo que pasa de los Maine Lumberjacks a los Portland Trail Blazers, a quienes lidera en anotación durante los playoffs de 1980, convirtiéndose en ídolo local y noticia a nivel nacional.
Bates muestra el camino, la razón de ser de tantas maltrechas biografías que acabaron en la CBA: la búsqueda del gran sueño. Ocho jugadores más pasarán a la NBA ese año, pero el caso de Bates es el que pone a la CBA en el mapa del basket profesional americano.
Desde entonces, muchos han sido los jugadores que han recorrido aquel particular viaje de lo subterráneo a lo celestial: 21 en 1981, 26 en 1982 y así progresivamente hasta alcanzar el record de 72 en 1991.
Gran parte de ellos no dejaron de ser jornaleros de efímera presencia, pero algunos otros llegaron a tener un peso importante en la NBA, de hecho, en 1992 hasta 11 jugadores de pasado CBA estuvieron entre los 20 mejores en las categorías estadísticas individuales de la Gran Liga.
Nombres como Michael Adams, Rickey Green, Brad Davis, Rory Sparrow, Craig Ehlo, Mario Ellie, John Starks, Anthony Mason, Chris Childs, Tony Campbell, Sam Mitchell, Elliot Perry, Kevin Gamble, Kenny Gattison, Micheal Williams, Bobby Phils, Rod Higgins, Winston Garland o Vincent Askew, que tuvieron carreras NBA bastante estimables, son testimonio de ese vivero que la CBA fue para su liga matriz a partir del histórico acuerdo de colaboración entre ambas organizaciones.
Otros como Dewayne Scales, Claude Gregory, Byron Irvin, Keith Smart, Everette Stephens, Roy Marble, o Derrick Chievous, antiguas estrellas universitarias venidas a menos, se acabaron de estrellar, engullidos en el agujero negro que podía llegar a representar la CBA para quien no tuviera genuinos sueños de redención.
Incluso grandes dinosaurios como Petur Gudmundson, Chuck Nevitt, o Jawan Oldham o pequeños mastodontes como Ed Nealy o Jim Rowinsky, hicieron de la CBA ese motel al que acudir cada vez que la mujer, la novia o la familia se hartan de ti y te ponen de patitas en la calle, dando pleno sentido a la figura del journeyman.
Y si hablamos de entrenadores, no podemos olvidar que dos de los más grandes de los últimos años, George Karl, quien dijo que solo reconocía dos raíces en su vida profesional: North Carolina y la CBA, y el gran Phil Jackson, arquitecto de los grandes Bulls de los 90 y los Lakers del nuevo milenio, velaron armas en esta humilde competición nodriza.
Aunque fuera Bill Musselman, con Minnesota Wolves, el ex entrenador de la CBA que tuvo el honor de ser el primero en entrenar una franquicia NBA.
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También desde el Viejo Continente se tuvo fluida relación con la CBA, que ha ido evolucionando al compás del irresistible crecimiento del basket europeo, que reducía a pasos agigantados las distancias con la otrora inaprensible NBA.
A inicios de los 80, los equipos italianos menos pudientes y los españoles medios, miraban a los mejores jugadores de la CBA para formar sus parejas de americanos, teniendo en cuenta que los parámetros de adaptación eran más previsibles, dado que el salto de nivel era mucho menos abrupto.
Con el paso de los años, fascinados por el glamour de la NBA, la opción CBA quedó para parches de media temporada o economías gripadas; pudiendo elegir a alguien que venía de los Knicks o los Lakers, no estaba bien visto traer a un tipo de un equipo de Topeka, Kansas.
Pero, en el camino, son muchos, y muy grandes, los nombres de americanos que vinieron desde la CBA a Europa para empezar brillantes carreras: Ron Davis, Raymond Townsend, Lee Johnson, Brad Branson, Corny Thompson, Howard Wood, Mark Smith, Joe Kopicki, Clarence Kea, Rory White, Joe Binion, Chris McNealy, Ron Rowan, Pace Mannion, Michael Young, Cozell McQueen, Ken Bannister, Michael Ansley, Conner Henry, David Rivers, Michael Brooks, Mark Davis, Dan Godfread, Michael Anderson, Dyron Nix, Gerald Paddio, David Wood, Kenny Miller, Bobby Martin o Wayne Tinkle.
Curiosamente, el mejor jugador de la historia de la competición, nunca pisó los parquets de las grandes ligas europeas. Hablamos de Tico Brown, el Michael Jordan de la CBA, un alero de 1,96, fino y elegante, de gran tiro, que tras disputar tres buenos años en Georgia Tech, cuando este programa todavía jugaba en la Metro Conference, no acabó de encajar en los Jazz, que lo eligieron en un altísimo puesto, número 23, primera elección de segunda ronda, y lo querían hacer jugar de 3 contra natura.
El tipo llegó a la CBA sin saber que iba a quedarse para siempre, convirtiéndose en el máximo anotador histórico, algo que tratándose de lo que se trataba, una estación de paso de la que quieres salir escopetado, puede calificarse, sin duda, de dudoso honor.
Brown nunca fue un jugador excesivamente ambicioso, cruzó el charco para jugar en Bélgica y Suiza, pero no hizo gran cosa, siempre se sintió más a gusto en lugares como Detroit, Anchorage o Savannah, donde podía divertirse jugando y siendo cabeza de ratón.
A pesar de su regular excelencia en la competición nodriza, nunca llegaría a debutar en la NBA, hizo pruebas con Sixers- una inoportuna lesión de espalda impidió que llegara a debutar-, Lakers y Pistons, pero nunca superó su fama de atolondrado anotador de CBA, todos coincidían en señalar que le faltaban aptitudes y actitud defensiva.
Pero a él poco le importó estar atrapado en una recurrente pesadilla, tras acabar su carrera, que saldó con tres títulos de la CBA y dos trofeos de máximo anotador, se dedicó a vender seguros, y a cuidar de sus hijos: precisamente uno de ellos, Rion, es en estos momentos un top 50 en las listas de reclutaje de la clase de 2011.
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Más allá de nombres y datos, la esencia de la CBA viene informada de dos principios: austeridad y provisionalidad.
Ningún jugador estaba en la CBA por dinero, esto es claro si tenemos en cuenta que en 1980 una franquicia CBA costaba 8.000 $, y que el tope salarial por equipo era 38.700 $, mientras que la dieta por día era de 15 $.
En ese mismo momento, en la NBA había jugadores que cobraban 1 millón de dólares anuales y la dieta diaria, según convenio, era de 38 $.
En la NBA uno viajaba en primera en American Airlines y se alojaba en hoteles de la cadena Hyatt; en la CBA se viajaba preferentemente en furgoneta, a veces conducida por el propio entrenador en trayectos de hasta 11 horas, y uno se alojaba en el Howard Johnson o un Holiday Inn, si había suerte.
En la NBA uno visitaba New York, Chicago, Los Angeles, Seattle, San Francisco, Boston, Washington y otras grandes ciudades, en la CBA uno se enteraba que existían lugares llamados Fargo, en North Dakota, Wilkes Barre en Pennsylvania, Lacrosse en Wisconsin o Quad City en Illinois.
En Febrero de 1981, el periodista de Washington Post David Dupree, un ex jugador colegial de pobre nivel, quiso vivir la liga por dentro la competición y solicitó ser incluido en el roster del equipo más fuerte de la liga, los Rochester Zeniths.
Desde tan privilegiada posición, narró la realidad de estos jugadores que se hacían su propia colada, o que necesitaban que sus mujeres trabajaran para poder pagar las facturas. Eran currantes con la mirada fija en un sueño mientras sus pies se iban hundiendo poco a poco en el infierno.
Dupree se sorprendió del nivel de la liga, muy lejos del pachanguero que desde fuera se atribuía. Se lo tomaban muy en serio los chicos de la CBA, en ella estaban comprometidos sus últimos sueños y de ella dependía un poco probable futuro mejor.
Era como un training camp de cinco meses, todos a la espera de esa llamada para un tryout de 10 dias de una franquicia profesional, como ese camarero con ínfulas tespianas soñando con el casting de su vida.
Años más tarde, el periodista David Levine hizo algo parecido con la franquicia de los Albany Patroons, entrenada por George Karl, y en su famoso libro Life on the Rim: A Year in the Continental Basketball Association, llegó a parecidas conclusiones.
Se asombraba el narrador de ver a todo un Greg Ballard, a quien no se le caía el anillo, pasando la mopa por el parquet antes de disputar un partido.
Para entonces, la cosa económicamente pintaba mejor, aunque sin salir de pobres, una franquicia ya podía ascender a medio millón de dólares y el tope salarial ya estaba en 83.000 $, a 8.300 por cabeza durante toda la temporada, una miseria de cualquier manera.
Recordemos que a la sazón, en las mejores ligas de Europa cualquier americano medio ganaba sus 75.000-100.000 $ sin mayores esfuerzos.
La CBA seguía siendo, pues, una liga en la que uno no estaba por dinero y de la que quería salir tan pronto como pudiera.
La provisionalidad de la CBA me recuerda a esos taxistas que te insisten, sin que tú les preguntes, que están en el “taxis” para pasar una mala racha, pero que en seguida lo dejan. Cuando les oyes decirlo, puedes sentir que ni ellos mismos se lo creen, pero necesitan desahogarse, sentirse libres.
La contingencia era esencial en esta competición, nadie estaba en la CBA para quedarse, pues se ganaba poco y se vivía malamente. Los jugadores que pasaban por la CBA se encontraban, fundamentalmente, en uno de estos tres casos:
- Jugador que había sido preterido en el draft y quería demostrar el error de los scouters.
- Jugador que la había cagado en la NBA y quería demostrar su contricción.
- Jugador de vuelta de todo en la NBA que se resistía a asumir que ya no había gasolina en su tanque.
También sirvió la CBA como laboratorio de pruebas de la gran liga. Los aros retráctiles se estrenaron en la CBA como respuesta a las barrabasadas de Baby Gorilla en la Gran Liga, y alguna reglas que solo se aplicaba en la liga menor- como dar tres tiros libres al tirador que recibiera falta al intentar u tiro de 3- pasaron más tarde a la NBA.
No corrieron la misma suerte otras normas típicas de la liga:
- La regla del no foul out, que suponía que un jugador que cometiese más de seis faltas no era eliminado, pero a su equipo se le cargaba con una técnica en contra por cada falta que cometiera por encima de ese límite.
- La regla de la muerte súbita en la prórroga, según la cual al primer equipo que consiguiera 3 puntos en el tiempo suplementario se le adjudicaba la victoria, más tarde sustituida por otra parecida, en la que se premiaba al primer equipo que obtuviera una ventaja de 3 puntos.
- Y la regla de la puntuación, en virtud de la que se repartían 7 puntos por partido, uno por cada victoria parcial en los cuartos y 3 por la victoria final, una forma de asegurar la intensidad durante todos los cuartos.
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En 1999 Isiah Thomas compró la CBA por un puñado de dólares, y desencadenó un proceso de degradación que está punto de terminar con un cadáver ajado y maltrecho.
Las maniobras del ex base Piston, que quiso controlar la liga mientras entrenaba en la NBA, algo prohibido, y se negó a vender a la Gran Liga, lograron quebrar el pacto de colaboración de más 20 años con la NBA, que decidió crear su propia liga de desarrollo, la NBDL, condenado a la CBA a una travesía por el desierto con postreras alianzas funestas.
A día de hoy, solo dos equipos restan en la CBA y no es seguro que la competición se dispute este año.
La CBA podrá desaparecer, mas nunca lo hará ese afán de soñar, a medio camino entre la candidez y la psicopatía, de quienes siempre estuvieron dispuestos a viajar durante más de 10 horas en destartalados minibuses, en medio de aguaceros y tormentas, por las vastas llanuras de la nación americana, para disputar un partido ante apenas 200 personas en un frío y humilde gimnasio de instituto, siempre a la espera de la llamada sanadora, de ese último tren a la fama y los grandes contratos.
En cierto modo, esa forma de vivir, a la manera de los viejos cómicos, es un regreso a la edad de la inocencia, cuando jugábamos al basket por no otro estipendio que una botella de coca cola de 2 litros.
Persiguiendo sueños, a veces imposibles, acaso hicieron cierta esa idea de que la belleza se encuentra en el camino antes que en la meta.
Pero aquí abajo, abajo
cerca de las raíces
es donde la memoria
ningún recuerdo omite
y hay quienes se desmueren
y hay quienes se desviven
y así entre todos logran
lo que era un imposible
que todo el mundo sepa
que el Sur,
que el Sur también existe.
La vida está llena de paradojas, si realmente no es una paradoja en sí misma.
Muchos tipos la pasan esperando la gran paradoja, que la vida les sonría y depare algo que creen no merecer, pero por lo que morirían.
En el deporte, y en el basket, la música del azar también suena muy de vez en cuando, pero cuando lo hace, raramente se olvida.
La Copa del CAI, la liga del TDK, las viceligas del Caja y la del Unicaja, la Copa de Europa del Limoges, el anillo de Arizona o Villanova, nadie puede negar que, salvo a las víctimas, hicieron felices a mucha gente que, a pesar de todo, seguía creyendo en sus sueños.
Pero en mi historia con el baloncesto, hay una sorpresa que ilumina por encima de todas, tanto por lo insólito de que acaeciera, como por el justo homenaje que con ella se rindió a quien, con sus actos, mejor representó los valores de la elegancia y decoro en la gestión de clubes deportivos.
Acostumbrados al aquelarre de entrañables pillos, melifluos mercaderes, caudillos nacionalistas, rudos comisionistas, desopilantes rufianes y demás gente de buen vivir que habitualmente okupan los principales puestos ejecutivos en los clubes deportivos, evocar la figura de este gentiluomo, no es sino anegar con una corriente de agua limpia y fresca un cenagal de vanidades.
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En la Campania, prácticamente a orillas del Mar Tirreno, emerge la ciudad de Caserta, capital de la Provincia del mismo nombre, una tierra que vive entre el recuerdo del imperial esplendor borbónico, su Palacio Real, la Reggia de Caserta, fue en tiempos de los más celebrados en Europa, y la dura realidad del Sur depauperado en una Italia a la deriva.
A la sombra de Nápoles, apenas a 30 km, pocas alegrías tuvieron los casertanos en lo deportivo, la Casertana de calcio siempre fue equipo de categorías inferiores, hasta que allá por los setenta el caballero GIOVANNI MAGGIÓ se hizo con las riendas de la Juventus Caserta, el club de basket que representaba a la ciudad.
Maggió era un próspero empresario del ramo de la construcción y la maquinaria agrícola, nacido en el Norte, en Brescia, pero emigrado al Sur, donde se hizo a sí mismo, a base de trabajo e imaginación, hasta convertirse en uno de los mayores constructores de la Italia meridional.
Allá, en el abandonado Mezzogiorno, en una tierra dominada por la Camorra, uno de cuyos clanes, el de los Casalesi, controlaba la ciudad, Maggió había conseguido una fuerte implantación, al punto de ser elegido presidente de la Cámara de Comercio de Caserta, un cargo de alta peligrosidad, habida cuenta del poder que esta organización criminal tiene en la sociedad y la economía casertana.
Hablamos, en fin, de un hombre acostumbrado a llevar sobre sus hombros el peso de la responsabilidad, que no contento con dar trabajo a miles de personas, se propuso algo que muy pocos hombres consiguen en vida: regalar ilusión a su pueblo.
Hombre reservado, los que le conocieron hablan de una persona sencilla, afable, centrada en su trabajo, con un gran sentido para los negocios y dotado de la suficiente inteligencia como para conocer sus límites.
Su éxito, en una tierra donde los negocios están permanentemente bajo sospecha, no quedaría impune, y su nombre se asoció a la Camorra, siendo objeto de una investigación judicial de la que su imagen salió impoluta y fortalecida, pues nada pudo demostrase sobre eventuales vínculos con organizaciones mafiosas.
La Juvecaserta, bajo sus riendas, fue un club pionero en organización profesional del baloncesto, que le permitió pasar, en tiempo record, de las categorías inferiores a ser uno de los referentes del basket trasalpino y, por ende, continental.
Club fundado en 1951, no ascendió a la serie A hasta 1971, coincidiendo con la llegada de su factotum, y ya en 1982 alcanzó la serie A1, donde se mantuvo hasta 1994, cuando desciende a la A2, paso previo a la desaparición del club en el 2000, en plena crisis del baloncesto italiano, no sin antes haber paladeado los manjares de la gloria.
Maggió supo que para hacer algo grande debía poner el club en manos expertas y dotarle de medios para cumplir los objetivos, interfiriendo lo justo en la parcela técnica; así, primero confió en el americano Jim McMillan, y finalmente, sabiamente aconsejado por su entorno, tomó la mejor decisión posible: traerse a un forjador de ambiciones como Boscia Tanjevic, procedente de la selección plavi.
Pero la verdadera demostración de la capacidad gerencial de Maggió se iba a contrastar, en su más amplia expresión, durante el verano de 1982, año clave en la historia del basket casertano.
La Federbasket, tras tres años de hacer la vista gorda con el viejo Palasport de Viale Medaglie d,Oro, una caja de cerillas con capacidad para apenas 1.800 personas, acuerda no homologar la instalación, obligando a la Indesit a jugar en el destierro napolitano, una humillación inigualable en aquella tierra.
Maggió comienza las gestiones con el Comune, pero el proyecto para levantar un nuevo pabellón queda encallado en las aguas de la burocracia sureña, la más temida de toda Italia.
Finalmente, el emprendedor presidente, Cavalliere del Lavoro, decide asumir la construcción, y a inicios de agosto, en una de sus propiedades sita en los vecinos terrenos de Castel Morrone, en una zona boscosa, muy cerca del Volturno, donde Garibaldi derrotara a las huestes borbónicas, comienza una de las gestas arquitectónicas más apasionantes, y una declaración de amor sin parangón, en la historia del deporte.
En 108 días se erige el sancta sanctórum de la JuveCaserta, el ultramoderno PalaMaggió, una modélica instalación con capacidad para casi 7.000 personas, con cancha de entrenamiento, piscinas (cubierta y descubierta), pista ecuestre, minigolf y canchas de tenis, sufragada con el patrimonio familiar de los Maggió, y levantada en pleno ferragosto, como desmintiendo la fama de perezosos de aquellos terroni tan lejanos de las sofisticadas gentes del industrial y próspero Nord, que dominaba el deporte de la canasta en el país con forma de bota.
Tras 13 jornadas vagando entre diferentes canchas, la Indesit abre el Palamaggió con una victoria ante la Sapori Siena a inicios de diciembre. Toda Italia toma nota de un poder emergente en el panorama cestístico italiano.
Decíamos que 1982 fue un año fundamental en la historia del club, pues ese verano llegaron los otros dos personajes, junto a Maggió, que contribuyeron a escribir su historia:
. – Bojdan Tanjevic, el cotizado entrenador del gran Bosna Sarajevo campeón de Europa y de a selección plavi en los europeos de Praga, que fue fichado durante la celebración del All Star italiano, con plenos poderes para construir un equipo ganador, y que montó una de las canteras más florecientes de Europa (Ferdinando Gentile, Vincenzo Espósito, Francesco Longobardi de la primera hornada, y Masimiliano Rizzo, Cristiano Fazzi o Giacomoantonio Tuffano, de una segunda que no llegó a cuajar), cantera coordinada por Franco Marcelletti, el hombre de la casa desde que a mediados de los 70 asomara al club Juventino.
Boscia, además, dirigió un primer equipo innovador tácticamente, de juego alegre y ofensivo, revolucionario en la confección de plantillas, haciendo hincapié en el fichaje de extranjeros no americanos o que ocuparan posiciones exteriores (Moka Slavnic, Mirza Delibasic, Oscar Schmidt, Marcel de Souza, Tato Lopez, Mike Davis......) una rara avis en medio de aquel basket constreñido y calculador que se estilaba en el Bel Paese, lo que no impidió ir progresando a la escuadra campana, de ser eliminada en cuartos, a ser finalista en su año final, siempre invitada por derecho a la fiesta de los playoffs.
. – Oscar Schmidt Becerra, Mano Santa, uno de los mejores tiradores de la historia del basket mundial, punto. La historia de Caserta cambió para siempre cuando el GM Giancarlo Sarti viajó a Brasil aquel verano de 1982 para hacerse con sus servicios.
Tanjevic había conocido a Oscar como entrenador del Bosna, con motivo y ocasión de la final de la Copa Intercontinental de 1980, jugando en las filas de su rival, el Sirio de Sao Paulo. En aquel partido el astro brasileiro acabaría dando la victoria al Sirio, gracias a sus 42 puntos. Cuando tuvo poder para ficharlo, dos años después, el técnico montenegrino no tuvo ninguna duda.
Con ello el club campano obtuvo, sin duda, el ídolo en torno al que aglutinar la enorme expectación que en todo el sur italiano despertaba el basket, un líder de talla internacional que dejó sus mejores años en este club, renunciando, como un Ulises moderno, a los cantos de sirena de los mejores equipos del continente (Real) y una posible carrera en la NBA (Nets).
Curiosamente, ninguno de estos tres hombres estuvo presente en el momento de la culminación de esta magna obra, la consecución del scudetto en la propia cancha del gran rival lombardo, la Phillips Milano en 1991.
Tanjevic, tras cuatro temporadas a altísimo nivel, culminadas con la final scudetto perdida, dando la cara, ante la Simac, en 1986 dejó el club en manos de Franco Marcelleti, su ilustre dauphin, y partió junto al general manager Giancarlo Sarti, para Trieste, donde iniciaría otro proyecto que daría sus frutos una década más tarde, con gente como Gregor Fucka o Alessandro Del Pol.
Oscar, después de ocho años de prodigios artilleros, salió del club en 1989, rumbo a la Fernet Branca de Pavía, en una decisión personal de Marcelleti, dolorosa, pero necesaria para llevar al club al último paso hacia la cima.
Y finalmente, tampoco estaba ya Giovanni Maggió, que cuatro años antes, en octubre de 1987, había dejado este mundo, en medio de la desolación del pueblo casertano.
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Tras la tragedia, se supo que Maggió arrastraba una grave enfermedad diagnosticada 11 años atrás, la cual había conseguido ocultar a casi todo su entorno, de hecho su inesperada desaparición, tenía 62 años, supuso una enorme consternación en toda la Italia cestista.
Incluso dos días antes de encontrar la muerte, Maggió se hacía retransmitir, vía teléfono, desde su lecho, el partido de la tercera jornada que enfrentaba a la Snaidero contra el eterno rival del Norte, la Phillips de Milan, a la que batían por un apabullante 101-62 con 40 puntos de Oscar, la última gran alegría que el basket le daba en vida al viejo león moribundo.
Un minuto de silencio marcó cada partido de la cuarta jornada, y en el Madison de Piazza Azzarita, en Bologna, se produjo la anécdota; un estúpido, aprovechó el momento de recuerdo para gritar: Y este Porelli, ¿no se muere nunca?, en referencia al Avvocato Gian Luigi Porelli, presidente plenipotenciario de la Virtus, quien fuera de sí, trató en vano de hallar al culpable de la infamia.
En esa cuarta jornada, la Juve jugaba en casa ante la Arexons Cantú, y el partido se disputaba tras un testimonio de reconocimiento de toda la sociedad casertana, y el basket italiano en general. Incluso Rino Snaidero, el prohombre de los negocios, patrocinador del equipo, viajó desde Udine con su familia para despedir al amigo.
El pueblo se agolpaba en la Iglesia de San Antonio, y llenaba las calles en el trayecto de 10 km. hasta los bosques de Castel Morrone, al PalaMaggió; los jugadores, aún con lágrimas en los ojos, saltaron a la pista en medio de un clima sobrecogedor, y conducidos por una fuerza ajena a este mundo, doblegaron a los canturinos por 100 a 92, con 54 puntos del brasileño, record de esa temporada, con un sobrenatural 10 de 14 desde la línea de tres.
A modo de macabro guiño del destino, el siguiente partido fuera de casa era en Brescia, la cuna de Maggió, y Oscar, todavía en trance, rindió homenaje a su segundo padre con otra maravilla de perfección balística, 52 puntos, con 10 triples de 16 intentos, para mantener la imbatibilidad bianconera.
Y es que la gente del Sur italiano es dura, vitalista, con una suerte de pragmatismo existencial que la inmuniza contra el destino ingrato, algo que se transmitió a la propia plantilla, que reaccionó con profunda firmeza y dignidad al óbito de su guía, de forma que la Snaidero, tras ocho jornadas, marchaba líder imbatida al frente del campeonato italiano, como queriendo hacer más dulce al patrón el tránsito hacia las tinieblas, prolongando su viaje con la alegría de sus victorias.
En el plano directivo, Gianfranco Maggió, hijo de Gianni, se hizo con las riendas del club, tal como éste había dispuesto, ayudado por su cuñado y por el General Manager Piero Costa, que tres años después sería sustituido por el propio Sarti.
Acaso barruntando ese espíritu rebelde sudista, ese no dejarse doblegar por las tormentosas vicisitudes de la vida, profetizando el brillante destino que aguardaba al proyecto Maggió, Aldo Giordani, director de SuperBasket, editorializaba en el número siguiente a la muerte del amigo:
Adesso la mazzata di questa notizia. Il mondo veramente e troppo cattivo, maligno. La squadra giocherá ancora e sempre per lui e cercherá i masssimi traguardi nel suo nome. Per quanto Maggió ha dato, per quanto ha lasciato al basket, merita ampiamente di raggiungerli.
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Y la gloria predicha, habría de alcanzarse, tal como estaba escrito, y como dice la canción: la notte insegue sempre al giorno, e il giorno verrá.
En la temporada 1988/89 la Snaidero se proclama campeón de la Copa de Italia al derrotar a la Divarese por 113-100, y con ello inaugura su palmarés, a la quinta final disputada.
Al año siguiente, se llega a la final de Copa de nuevo, pero la Knorr cercena el sueño del repeat por un ajustado 96-93.
Ese mismo año, 7.000 casertanos viajan a Atenas con la esperanza de estrenar el palmarés internacional de la mejor manera posible, doblegando al mejor equipo de la Historia, el Real de la leyenda, en la final de la Recopa. Pero ese día, Drazen Petrovic se vistió de Dios, y con 62 puntos hizo inútiles los esfuerzos de Gentile- 34- y Oscar Schmidt- 44.
Mas la partida con el destino continuaba, la ambición de excelencia siempre guiando la senda, inspirados por el espíritu Maggió, conjurados ante el fracaso, aunque para ello hubiera que decir arrivederci al mito brasileño.
Corría el año 1991 y el basket italiano, sin saberlo, estaba llegando a lo que algunos consideramos fue el canto del cisne de sus años de las luces, la pallacanestro clásica, que coincide con la derrota final de su protagonista máximo, la Olimpia Milano, y el reconocimiento de aquel Sud, que durante tanto tiempo - comenzando por la Fides Napoli de Jim Williams a inicios de los 70 - había reivindicado su existencia.
En Caserta ya nada parecía igual, no solo se habían marchado Maggió, Tanjevic y Oscar, sino que ni siquiera la filosofía de extranjeros se mantenía, con la fabulosa coppia de hombres interiores integrada por Tellis Frank y Charles Shackleford (la segunda más cara de la Lega, tras la inalcanzable Michael Cooper & Dino Radja del Messaggero de Raul Gardini) en la cancha, aunque sí estaban, testimoniando la grandeza de los remotos días de dicha soñada, Ferdinando Gentile y Vincenzo Espósito, ambos hijos de Caserta, las dos grandes perlas del fecundo vivaio.
Ese año, Caserta había hecho una liga regular bastante seria, asegurando la segunda plaza, frente a la Knorr y el Messaggero, en las dos jornadas finales, con sendos triunfos ajustadísimos ante Reggio Emilia y Firenze.
Ya en playoffs, para llegar a la final debe superar dos escollos importantes: la casi inaccesible Scavolini de Sergio Scariolo, Darwin Cook y Darren Daye, que venía de caer en la Final Four europea ante la Jugoplastika, y la siempre peligrosa Knorr del técnico Bob Hill, con Michael Ray Richardson de estrella.
Charles Shackleford juega esos días el mejor basket de su vida, especialmente en los primeros partidos de cada serie, yéndose a los 16 puntos y 29 rebotes ante Pesaro, y a los 24 puntos y 25 rebotes ante Bologna. Ambas series van al tercer partido, que decide Caserta en casa, con aplomo de campeón.
Y en la final, la Phillips, como líder de la liga regular, parecía un escollo infranqueable, con el factor cancha a favor y con una escuadra experta dirigida por Mike D;Antoni, en la que destacaban dos astros ofensivos: el ex pro Jay Vincent, un ala pivot de peso y depurada técnica, con extraordinaria facilidad anotadora y Antonello Riva, el Nembo Kid canturino, fichaje estrella de la temporada, logrado a golpe de talonario.
Caserta, pues, no solo había de derribar un muro deportivo, sino también el apabullante peso de la historia, la inercia eterna de la tradición, nunca hasta entonces en playoffs la escuadra campana había conseguido superar a la lombarda, en los 3 enfrentamientos habidos, incluyendo dos finales scudetto (1986 y 1987). Por si fuera poco, la Phillips ese año había vencido todos los partidos, ¡veinte ni más ni menos!, que había disputado como local.
La Olimpia era Il Gattopardo que dibujara Giuseppe Tommasi di Lampedusa, es necesario que todo cambie para que siga siendo lo mismo; la Juve era Giuseppe Garibaldi, en busca de su Volturno basketbolero, resistiendo frente al displicente monarca.
En Italia lo llamaban la sfida infinita.
Los cuatro primeros partidos se saldan con otras tantas victorias locales, llegándose así a la bella en el flamante Forum de Assago, partido que fue retransmitido en riguroso directo por la segunda cadena de RTVE, con locución de Pedro Barthe.
Caserta sale muy motivada, apretando los dientes en defensa, con un Charles Shackleford dueño de los rebotes – acabaría con 20- y dejando que en ataque hable la calidad de Nando Gentile (se irá a los 28 puntos) y Sandro Dell,Agnello, hombre clave de la jornada que hace el partido de su vida, con 30 puntos, en una serie cuasi inmaculada, ganando la partida a Vincent (32 puntos, pero con un mal porcentaje de 10/21).
Todo discurre dentro del marco de la igualdad (39-43 al descanso) aunque siempre con la Phonola dominando el tempo del partido, mas los casertanos van a contar con un handicap añadido, la lesión a inicio de la segunda parte, en un choque con Vincent, de su escolta titular Vincenzo Espósito, un mago de la canasta que estaba haciendo una temporada magnífica y, poco después, de su relevo natural, el veterano Sergio Donadoni.
Los de D,Antoni, oliendo la sangre de su rival, buscan la remontada, mediada la segunda parte, llegándose a poner por delante, 62-61; parece que nuevamente el sueño de Caserta se desvanecerá, ya divisando la meta, ante el peso del fatum.
Pero esta vez los sureños de Marceletti (aquel Profesor veinteañero que buscara como su delfín Tanjevic) aguantan la presión de la historia y de la mano, ¡como no! de un casertano ilustre, el Maradona del basket, Nando Gentile, que encestaba casi consecutivamente tres triples que congelaron los turbios deseos de los milaneses (62-64; 77-82 y 78-87), acaban venciendo por nueve (88-97) en medio de un mudo escenario, donde lo 11.500 que llenan el Forum, en un afligido y sepulcral silencio, ése que suele acompañar a los grandes momentos de la historia, acaso presientan que es el final de un ciclo milanés, mientras que toda la Italia cestista presencia, a través de la pantalla, el inicio del fín de un periodo próspero e irrepetible: la pallacanestro classica.
Muere una época, nace una efímera pero gozosa leyenda: en el basket italiano, el Sur también existe.
Era fiesta en Caserta, y mientras desde su cielo, como atronadoras lágrimas de pasión, lloviznaba lumbre, en su suelo, para su cementerio, viajaba un ramo de flores, destino la tumba del hombre que soñó Caserta.
El ramo llevaba una inscripción, que a buen seguro le despertaría una tímida sonrisa, allá donde morase su alma:
“Campioni d, Italia”.
Dices que nada se pierde
y acaso dices verdad,
pero todo lo perdemos
y todo nos perderá.
Uno de los temas recurrentes de la interesante filmografía de los hermanos Coen, por otra parte irregular, es el destino, más concretamente el fútil ideal humano de intentar delinearlo y la implacable manera en que aquel nos tuerce la mano de vuelta. Sus películas son una inexorable befa a los planes perfectos, que acaban por ser burlados por el inerte discurrir de los hechos.
El draft de la NBA, durante una época, representó el mejor certificado de destino que pudiera obtener un americano que dirigiera su mirada hacia overseas, ese espacio indefinido con el que algunos yanquis suelen identificar todo lo que no sea americano.
Ser elegido en primera ronda- incluso en segunda- en los primeros 80 era un timbre de gloria, un salvoconducto a los buenos contratos y un billete en primera clase hacia la febril imaginación de los aficionados locales, que no tenían otro clavo ardiendo al que agarrarse para mensurar el potencial del escogido.
Pero, a veces, la moneda mostraba su cruz, y un altísimo número de draft, antes que una sanadora unción, representaba un estigma, que devenía en cruel baldón a medida que se iba desvelando que a la fama no acompañaba la lana.
El hombre que protagoniza esta entrega, encarna como pocos ese proceso de degeneración, esa íntima desolación que perfuma al fracaso, al punto que seguramente hubiera preferido mil veces ser perseguido por un Anton Chigurh de la vida, que levantar a su paso tanta insatisfecha expectación.
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JAMES RAY, un chico de Mississippi, después de una ilustre carrera en el Instituto local, firmó por la Universidad de Jacksonville, un programa que había vivido sus lejanos tiempos de gloria bajo la égida del gigante Artis Gilmore allá por los 70, llegando a disputar una final universitaria ante la legendaria UCLA dirigida por el mago de Westwood.
Titular desde un principio, sus dos últimos ejercicios en los Dolphins fueron especialmente brillantes, llevando de la mano al equipo al NIT en un año y al NCAA Tournament al siguiente, y acabando por ser coronado como Sun Belt Player Of the Year en 1980.
A pesar de que no había concitado excesivo revuelo antes de dar inicio a su ultimo año colegial, de hecho la guía Street & Smith no lo incluía entre los 40 mejores jugadores universitarios al principio de la temporada 1979/80, actuando contra la prescripción del joven John Nillen, jefe de scouting de los Denver Nuggets, que señalaba a Andrew Toney o Larry Smith como candidatos ideales a la quinta plaza, dando por hecho que los Barry Carroll, McHale y cía no iba a estar disponibles, es el propio entrenador del equipo, Donnie Walsh, quien decide emplear en Ray la mejor oportunidad de draft que hasta el momento había tenido a su disposición la franquicia minera.
Walsh muy bien pudo dejarse llevar por sus obsesiones, pues prefiguraba a Ray como el ala pivot que no pudo ser George McGinnis y que no consiguió en el frustrado trade para hacerse con los servicios de Bobby Jones. Nillen, acaso oliéndose la tostada, deja por escrito su consejo y se sujeta a la decisión de sus superiores.
Toney, un escolta sureño con tiro de seda, acabaría ganado un anillo en Philly, siendo un jugador importante en la anotación y Larry Smith, un fornido pivot de apenas dos metros, aportaría solidez reboteadora a los Warriors durante varios buenos años.
Por su parte, Ray se presenta pasado de peso al campus del Adams State College en Alamosa, y a los dos entrenamientos empieza a reportar dolores en la rodilla izquierda, aunque las malas lenguas apuntaban a que sus problemas eran más de tipo respiratorio pulmonar.
Examinado por el equipo medico, diagnostican una ligera irritación, y así comienza la temporada a finales de octubre, para, tras apenas 18 partidos en los que nada demostró, ser baja definitiva.
El fiasco empieza a presentirse y todos los dedos acusadores apuntan a Walsh, que a media temporada es destituido en favor de su segundo, el legendario Doug Moe que iniciará un periodo de gloria en Colorado, tomando como ayudante al taimado Nillen.
El resto de la carrera de nuestro hombre en Denver, otras dos temporadas, es un quiero y no puedo; Denver se resiste a dejar escapar entre los dedos el oropel de su draft, y el peso de la púrpura es demasiado para una mentalidad frágil como la del ala pivot, que nunca alcanza los 10 minutos de media por partido, y que con su conducta apática no consigue granjearse el favor de los aficionados.
La guía Zander Hollander, siempre fiel a su macabra cita con los aún templados cadáveres de quienes quisieron y no pudieron, en su edición de 1984 cincelaba sobre su lápida el epitafio fúnebre a la carrera de Ray, con el siguiente comentario:
Could this guy possibly have been the nº 5 pick in 1980 draft? Could be thankful for a three year free ride.
(N. d T. ¿Es posible que este tipo haya sido elegido con el nº 5 en el draft de 1980? Puede darse con un canto en los dientes por esta aventura de tres años a gastos pagados)
De esta manera, Ray engrosaba el elenco de bust que en la historia han sido, junto a gente del jaez de Larue Martin, elegido nº1 por los Blazers, a despecho de Bob McAdoo o Julius Erving; de Rick Robey, por quien los Pacers dieron calabazas al mismísimo local hero, el más tarde celebérrimo Larry Bird; o los posteriores Dennis Hopson, preferido por los Nets antes que Scotty Pippen, Kevin Johnson o Reggie Miller, o acaso el más flagrante caso de desperdicio reclutador que pueda imaginarse, el del ligón Michael Olowokandi, por quien los Clippers pretirieron a Antawn Jamison, Vince Carter, Dirk Nowitzki y Paul Pierce, casi nadie al aparato.
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Sin embargo, como dijimos, una alta elección era una fruta tentadora para cualquier equipo europeo, e Italia era el mercado más generoso, por lo que el destino de Ray estaba marcado.
Ray había sido el sogno proibito de Dan Peterson y Tony Capellari durante dos veranos consecutivos. Al final por una u otra causa, el de Jacksonville acababa encontrado posada en la mejor liga del mundo, su alta elección pesaba sobre los servicios técnicos, que se resistían a reconocer su error de juicio.
En el verano de 1983, nuevamente es objeto de seguimiento en la summer league de Los Angeles, donde es primero cortado por Denver y después por Indiana. Parece que Ray pondrá rumbo a Milán, pero a última hora Houston le hace una oferta, y la escuadra lombarda desiste de su fichaje para poner sus ojos en Earl Cureton.
En la vecina Turín, la Berloni, entrenada por el sabio Dido Guerreri (gran aficionado a la literatura española, Machado y Lorca frecuentemente citados en sus artículos periodísticos) no encontraba pareja para el excelente Scott May- campeón olímpico y universitario con la imbatida Indiana- habiendo desechado en pretemporada a Dexter Lyons y más tarde perdiendo al tosco pívot blanco Steve Grouchie, que dura solo dos partidos.
Tras ser cortado por los Rockets, Ray claudica del sueño americano y comienza a negociar con la Berloni, pero sus altas exigencias económicas retrasan la firma a inicios de noviembre, cuando la Lega ya anda por su décima jornada, y toma un descanso para permitir que la nazionale haga una gira por Estados Unidos, cara a preparar las olimpiadas de Los Angeles.
Con Scott May y James Ray, cuyo sumatorio en posiciones de draft en primera ronda (6) debe ser de los más bajos que una pareja de americanos haya tenido en Europa, más los veteranos Charly Caglieris, Meo Sachetti y Renzo Vecchiato, unido a la sangre nueva del elegante base Carlo Della Valle y el explosivo alero Ricky Morandotti, en Turín empiezan a soñar con el scudetto.
Ray desde sus primeros partidos confirma su clase a la vez que su frialdad; maravilla con su ductilidad, con 2,06 puede correr la cancha como un alero, pero a veces desaparece del partido, como si la cosa no fuera con él.
Conocido en América como “El Floppo” o “The Big Mistake”, por su fama no honorada, la escuadra turinesa es un destino ideal, pues hay clase suficiente como para que salga a la pista relajado al no necesitar que aporte 25 puntos y 10 rebotes por partido.
Motivado, Ray es un elemento de cuidado, como demuestra en su mejor partido en Italia, un Berloni-Simac, coincidiendo con el debut de Antoine Carr con la casaca roja, cuando se va a los 29 puntos y 11 rebotes, ante la presencia de otro jugador de pedigrí.
Al inicio de la segunda vuelta, la Berloni comparte liderato con la Granarolo y la Simac y el resto de la temporada, mantiene el tipo hasta acabar en cuarta posición. Ray cumple, moviéndose en 15 puntos y 7 rebotes por partido, en una Berloni que, ya en los playoffs, alcanza las semifinales para caer ante la Simac por 2-0 en sendos partidos apretados, que los veteranos tahúres de Peterson deciden en los momentos decisivos.
A pesar de la satisfacción con los resultados deportivos, la directiva turinesa, que ha de afrontar la marcha de Sacchetti a Varese, decide reforzar el juego interior con Mike Gibson y no renovar a Ray, que vuelve a una América en la que su fama no es precisamente estimulante, por lo que acaba pasando la temporada siguiente en la CBA.
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Llegamos a finales de verano de 1985, y el club Peñas Recreativas de Huesca, patrocinado por la Diputación Provincial, bajo el apelativo Magia, en su vuelta a la élite nacional, está formando un equipo para no pasar apuros.
Junto a los Alberto Alocén y Joan Pagés, fundamentales en el ascenso, llegan Paco Velasco, la perla de la cantera merengue, que no ha conseguido desasirse de la alargada sombra de Juan Antonio Corbalán, y Charly Lopez Rodriguez, veterano alero, ex del Estudiantes, Joventut y CAI, con quien consiguió una Copa el Rey siendo jugador decisivo.
Para la pareja americana, tras un intento con el inexperto ala pivot Lou Stefavovic, los oscenses se hacen poco antes de iniciar la liga con el veterano Larry Gibson, que tras pasar por el Estudiantes había hecho buenos años en Italia, fundamentalmente en la Lazio de Roma, y es un sólido profesional que hace su trabajo bajo los aros.
El socio de Gibson es James Ray, y la noticia de su llegada es saludada por lo medios españoles con asombro, pues se trata, ni más ni menos, que el jugador con más alta elección de draft que jamás haya venido a la competición española, superando a Brian Jackson y Jeff Ruland.
Entre expresiones de admiración, se recuerda que fue preferido a profesionales del calibre de Mike O,Koren, Kiki Vandeweghe, Larry Drew, Rick Mahorn o el propio Ruland, amén de los citados Toney y Smith, y no para de especularse sobre el misterio que envuelve su carrera, sobre las posibles causas por las que nunca hizo honor a su prestigio, tratando de hallar explicación a su sorprendente aparición por un modesto club como el Peñas.
Los inicios de la carrera aragonesa de Ray no son nada halagüeños, pues nuevamente anuncia extrañas molestias físicas que le impiden debutar hasta la tercera jornada. El Magia, sin su concurso, cae en la prórroga en sus dos primeros partidos, dejando una magnífica impresión.
La presencia del emergente pívot catalán Joan Pagés, permite a Ray, cuando se recupera, jugar de 3, pero en la cancha apenas se perciben esas cualidades que algún día hicieron que una franquicia malbaratara una estupendísima elección de draft en él.
Capaz de hacer maravillas en los partidos en que se motivaba, como ocurre en los duelos en casa ante el Madrid y el Barça, o de deambular como un fantasma sin alma, como en el Antonio Magariños, la única vez que pude verle en directo, en un partido en el que David Russell, John Pinone y hasta el pedestre Pedro Picapiedra Rodriguez hicieron con él lo que les vino en gana, la irregularidad y sus ausencias, los mismos síntomas que arruinaron sus peripecias en Colorado y la Lombardía, empiezan a cansar a los aficionados, que tras una derrota en casa contra Cajamadrid, piden la cabeza del técnico Arturo Ortega y abuchean a Ray.
Magia termina la primera fase como último del Grupo impar, balance 3-11, y el cuerpo técnico, aprovechando el descanso para la disputa de la Copa en Barcelona, decide el corte: sale Ray y vuelve un viejo conocido, el alero Ben McDonald, que el año anterior había hecho pareja con la pantera Leonard Mitchell en Collado Villalba.
Ray se va de la ACB sin dejar ningún recuerdo especial, como si nunca hubiera estado allí, incluso el malo se disipa cuando el repuesto McDonald, con un triple in extremis, da la victoria al Magia sobre el Licor 43 en el primer partido de la segunda fase.
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Tras jugar en Turquía y otras ligas menores, Ray decide abandonar su carrera como jugador y encuentra refugio en el desarrollo de labores humanísticas, como Consejero de jóvenes problemáticos en la Gateway Community, a la vez que se dedica a la formación de jugadores.
En 2002, a James Earl Ray se le diagnosticó una extraña enfermedad llamada sarcoidosis, una afección pulmonar de carácter progresivo que le obliga a permanecer unido a un tanque de oxígeno, allá donde vaya.
El avance de la enfermedad y los gastos acumulados, que no cubría su seguro médico, no eran la peor noticia para Ray y su mujer PJ, sino la cruel espera a un donante de más de 1,95 de altura, condición ésta que reducía al mínimo las posibilidades de supervivencia.
Rápidamente la universidad de Jacksonville y la Asociación de Jugadores iniciaron una campaña, conocida como Ray of Light, para recaudar fondos con los que subvenir a las penurias económicas de la familia Ray y hacer frente a las facturas hospitalarias que su enfermedad le causaba, mientras el milagro era esperado.
Al final de la escapada, el hombre que nunca estuvo en las canchas, consiguió agarrarse a la vida, y con el ominoso marcador de la esperanza situado en tres meses, el 4 de febrero de 2009 era sometido a una operación de 13 horas, en la que se le transplantaban los dos pulmones de un donante adecuado.
Decía Sartre que el ser humano que empieza a conocer su destino, es decir a saberse persona, digna y vana a la vez, evoca la figura de Sísifo. Sabe que la existencia tiene mucho de absurdo, pero la vive con intensidad. Aleja el temor de sí y se atreve a desafiar a los dioses, o a cualquier otro que pretenda gobernarlo. Nada lo puede doblegar porque se sabe contingente y empieza a dejar de ser súbdito de los dogmas, la costumbre, o el temor al desprecio.
Tal vez Ray vivió su etapa como jugador de basket desde el autodesprecio por ser consciente de no estar a la altura de lo que de él se esperaba. Tuvo que dejar el baloncesto, y casi la vida, para apreciarse como persona y vivir sin miedos ni ataduras, a buen recaudo de los siniestros vasallajes de la fama.
"The surgery I had has changed me tremendously - mentally, physically and spiritually. I really appreciate the people that came through for me in so many ways. When I heal completely, I'd like to be a spokesperson for organ transplants."
(N. de T. La operación me ha cambiado tremendamente- mental, física y espiritualmente. Realmente aprecio a la gente que me ha apoyado de múltiples modos. Cuando me recupere plenamente, me gustaría ser un portavoz a favor del trasplante de órganos)
La suerte está echada.
No pienso en el sentido de la vida. Para mí, el sentido de la vida es disfrutarla. Pasa rápida.
En mis años de opositor, que siempre recordaré con gran estima por quienes me apoyaron en la causa perdida, el rígido calendario apenas dejaba espacio para el epicúreo disfrute de los placeres menos mundanos.
Uno de los escasos momentos de relax me lo proporcionaba Don Ramón Trecet y aquella joya de programa que, de tres a cuatro de la tarde, se emitía en Radio 3.
De los muchos músicos que conocí en esas intensamente recordadas sobremesas, viene a mi mente, hoy, el grupo Nightnoise, una banda que fusionaba la música tradicional irlandesa con el jazz.
Lo que en 1984 comenzó como una colaboración puntual entre el violinista estadounidense Billy Oskay y el guitarrista irlandés Micheal O’Dohmnaill, devino en cuarteto tres años después, cuando la hermana de Michael, Tríona Ní Dohmnaill, pianista y vocalista, y el flautista estadounidense, Brian Dunning se unieron al dúo original.
El primer álbum del cuarteto fue Something of Time, lanzado por el sello Windham Hill en 1987, y contenía un precioso tema, con el título que da nombre a esta pieza.
No creo que haya mejor y más breve explicación de la filosofía de vida de uno de los personajes más apasionantes que haya producido la épica baloncestística en los últimos cincuenta años.
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Nacer en Brooklyn en los cuarenta, era nacer en territorio de baseball.
En el imaginario deportivo de toda nación, hay lugares y momentos que forman parte del incansable recuerdo, del mito, de la leyenda y en la tierra de las oportunidades, ese lugar se encuentra en Flatbush, una barriada fundada en el siglo XVII por granjeros venidos de Holanda, en busca de un futuro mejor. Gentes de fortuna, cuyos descendientes, tres siglos más tarde, tendrían la dicha de cruzar la majestuosa rotonda que señalaba el exacto posicionamiento del emporio de los prodigios, en el corazón de Brooklyn.
En América, no hay enclave que responda más fielmente a esa descripción que la esquina de Sullivan con McKeever, donde se alzaba, majestuoso, Ebbets Field, el genuino campo de sueños de la nación americana, donde jugaban los Dodgers, los originales, los verdaderos, los de Brooklyn, los eternos underdogs ante el poderío de Giants y Yankees en esa Gran Manzana convertida en centro neurálgico del pasatiempo nacional.
En su tierra y en su césped, en medio de un indescriptible aroma a excremento de cerdo, alcohol y sulfuros, Jackie Robinson rompió la barrera del color en el deporte que mejor representa la identidad del pueblo americano, y en sus calles miles de aficionados juraron entre lágrimas no volver a ver ningún partido más, cuando Walter O, Malley se llevó el equipo a Tinseltown.
A pesar de ser asiduo de los bleachers de Ebbets, de idolatrar a Duke Snyder, e incluso haber hecho sus pinitos como prometedor pitcher, acaso ya anunciando su contradictorio espíritu, su natural rebeldía, DOUG MOE se decidió por el baloncesto.
Moe fue un jugador de asfalto y church leagues, antes que High School, prefería ligas menos estructuradas donde jugaba bajo nombre falso que coincidiera con la camiseta que le prestaban ; así si jugaba para YMCA, en la Liga Protestante, se llamaba Chatterton; Moskowitz si lo hacía en la Jewish League, y era conocido como Martin en la liga Católica.
Su unica religión era el basket y si para profesarla había que cometer algún pecado venial, él no iba a poner problemas.
Tras pasar un último año en Erasmus Hall High, su calidad era tal que despertó el interés de North Carolina, siendo una especie de pionero en la ruta Brooklyn-Chapel Hill, que después seguirían otros brooklynitas como su inseparable amigo Larry Brown y el chico canguro, Billy Cunningham.
Moe era un mocetón de 1,98, fuerte como una roca, agresivo y luchador, excelente defensor, no tenía una mano especialmente caliente, pero suplía su falta de acierto con un esplendor atlético muy valorado por su entrenador, el mítico Fran McGuire, el hombre del milagro Tar Heel ante la Kansas de Wilt Chamberlain en 1957.
En aquella UNC, Moe y el tirador York Larese son las estrellas, en un tiempo en que las eternas rivalidades de la ACC a menudo acababan en tabernarias peleas de ambos equipos en medio de la cancha, con aficionados lanzando puñetazos a diestro y siniestro, y la policía tratando de contener los ánimos, mientras la banda local amenizaba el tumulto a los alegres sones de Dixie.
Se recuerda un partido en Winston Salem en el que a Moe un seguidor de Wake Forest le puso un ojo a la funerala, y otro en Durham, en que Art Heyman, la estrella de Duke, apisonó al base Larry Brown cuando trataba de culminar una bandeja en contraataque, dando lugar a una multitudinaria bronca, con detenciones policiales incluídas.
Precisamente fue Heyman el máximo rival de Moe en aquella época, ambos eran jugadores duros, pero el Blue Devil tenía infinitamente más clase- aun hoy en día hay quien sostiene que fue el mejor jugador que nunca se haya enfundado la camiseta de Duke. La leyenda dice que tras dominar Moe en el Dixie Classic de 1960- MVP con 16 puntos y 17 rebotes, secando a Heyman en los momentos decisivos- el Dukie recortó la foto de Moe y la colocó en la habitación frente a su cama. En el siguiente duelo, le metió 36 puntos.
Tras un año senior excepcional – campeonato de la ACC y nombrado All America con 20 puntos y 14 rebotes por partido- su salida de los Tar Heels estuvo marcada por un escándalo de point shaving que le valió desaparecer del libro de records y ser vetado por la NBA.
Un gran jurado en New York inició sus pesquisas contra una organización que amañaba resultados gracias a varios contactos con jugadores de importantes universidades, uno de los cuales era Lou Brown, base de UNC e íntimo amigo de Moe.
En el verano previo a su año senior, ante la insistencia de Brown, y casi por no desairarlo, Moe aceptó viajar de Chapel Hill a New Jersey para reunirse con Aaron Wagman, uno de los cabecillas del racket de apuestas.
La investigación nunca consiguió probar la implicación de Moe, tan solo que un fixer le hizo una propuesta de amaño que rechazó, pero el hecho de no informar de ese encuentro y aceptar los gastos de desplazamiento - 75 $- acabaron condenándole; incluso siempre se comentó que aceptó una injusta sanción antes que avenirse to name names.
Connie Hawkins, a la sazón jugador de Iowa, sería la gran pieza que aquella cruzada anticorrupción se llevara por delante, junto a otras estrellas colegiales como Roger Brown de Dayton, Charlie Williams de Seattle y Tony Jackson de St. John's, que más tarde encontrarían acomodo en la ABA.
A pesar de haber firmado por los Packers de Chicago- más tarde conocidos como Bullets de Washington- que lo eligieron como nº 2 del draft, vedado su futuro con los pross, Moe tiene que buscarse la vida.
Tras seis meses en el ejército, se ganaba el pan vendiendo seguros en Durham cuando, gracias a Dean Smith, ya head coach de North Carolina, encuentra trabajo en Elon College, como asistente del entrenador. Allí será donde unos emisarios italianos- que han puesto sus ojos en Billy Cunningham, sin saber que es intocable- siguiendo indicaciones de Dean Smith acaban por fichar al propio Moe.
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1965 es el año de apertura de la pallacanestro a los jugadores extranjeros, y una importante camada desembarca en Il Bel Paese, hablamos de gente como Skip Thoren, Bill Dolar Bradley- solo para Europa- o Joe Isaac.
En Padua, una pequeña ciudad a 20 km de Venecia, la Unione Sportiva Petrarca era un club modesto, de profundas raíces religiosas - los niños del colegio jesuita Antonianum recibían entrada gratis si asistían a la clase de religión y el domingo a misa- que disputaba la serie A italiana ante gigantes como la Simmenthal, la Ignis o la Oransoda, representantes todos ellos del prospero Nord, escuadras que reclutaban jugadores por toda la geografía italiana.
La Petrarca era un poder en categoría inferiores (títulos junior en 1957,1958 y 1959), con una base de jugadores locales, prácticamente todos ellos estudiantes en la Universidad de Padua.
Ese año 1965, el mecenas Giacomo Galtarrosa y el recordado padre Luigi Pretta, el verdadero alma y factotum del club, se habían propuesto hacer algo grande para la ciudad y contrataron para ello a dos grandes estrellas:
- En el banquillo se sentaba Aleksander Asa Nikolic, para muchos el más influyente entrenador de la historia del basket europeo, un hombre meticuloso e innovador, arquitecto de la selección plavi que maravillara al mundo y del Ignis Varese, que dominara la máxima competición continental durante la década de los 70.
- Y en la cancha, Doug Moe, un jugador de otro mundo en aquella competición italiana semiamateur; Moe podía jugar de alero o pivot, defendía como nadie, veía la cancha como pocos, pasaba como los ángeles y era capaz de anotar en suspensión a cuatro metros tras finta de entrada o en bandeja, con ambas manos.
Años más tarde, Enrico Campana, maestro de giornalisti, lo llamaría Magic Johnson ante litteram.
Su ambidextrismo maravilló tanto a Nikolic, que seguramente creyó ver en él a la criatura apenas perfilada en sus simétricos sueños de perfección, que grababa sus lanzamientos de tiro libre - cambiando de mano- y sus bandejas, para mostrárselas a sus jugadores y a los niños de las categorías inferiores.
El primer año de Moe en Italia fue memorable, acabando como máximo anotador del campeonato, a más de 30 puntos por partido, llevando a su equipo a luchar con Ignis y Simmenthal por el título de liga; de hecho la Petrarca era líder tras acabar la primera vuelta y solo unas derrotas imprevistas en las jornadas finales le hicieron acabar en una histórica tercera posición, a tres victorias de los dos colosos lombardos, que se jugaron el scudetto en un spareggio que dominaría la Ignis.
Un tipo duro, formado en las canchas de Brooklyn y criado en la rugosa ACC, donde salir vivo de un partido era toda una gesta, Moe aún recuerda la violencia de los marcajes que hubo de padecer en la pallacanestro, una vez que todos conocieron de su clase. Desconocidos jugadores locales eran reclutados desde el banquillo para moler a golpes a aquel americano que no paraba de bullir por la cancha.
El Palasport Tre Pini, no más que un pequeño gimnasio en el colegio Antonianum, siempre abarrotado con sus apenas 2.000 plazas, se convirtió en inexpugnable fortín, cayendo en él solo los locales, y por escasamente tres puntos, ante la gran escuadra varesina.
Al año siguiente, Moe empieza a sentir saudade, su mujer no aguanta bien el frío y húmedo invierno padovano, y a pesar de que el club le da el tratamiento que solo las pequeñas ciudades italianas dispensan a sus grandes héroes deportivos - 6.000 $ de ficha, más coche y alojamiento de lujo gratis- y que la familia aprende el idioma, piensa en volver a casa.
El equipo se resiente de la melancolía de su jugador faro, y apenas salva la categoría, ocupando la antepenúltima posición.
Cuando su amigo Larry Brown le llama para hablarle de la posibilidad de jugar en una franquicia en New Orleans de una nueva liga que se ha creado, llamada American Basketball Asociation, Moe no lo duda y pone rumbo a los States, convertido ya en leyenda del baloncesto italiano.
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Si Italia representó una aventura para el chico de Brooklyn, la ABA, no menos azarosa, fue una especie de desquite, un reto para mostrar al mundillo profesional lo que, como jugador, Moe no fue y pudo haber sido.
Nombrado 3 veces All Star, en sus tres primeras temporadas, segundo máximo anotador en 1968, campeón de la ABA con los Oaks de Oakland en 1969, solamente con ello nuestro hombre ya tendría un lugar reservado entre los más grandes de la competición.
Su espíritu competitivo se refleja en sus cifras, siempre mejores en tiempo de playoffs que durante liga regular, y en la opinión que de él guardan sus técnicos y compañeros, difícil encontrar alguien que tenga malos recuerdos.
Y todo ello lo logra en un mar de zozobras como era esta competición, siempre marcada por la enorme sima posibilística entre lo que soñaron sus dirigentes y la cruda realidad.
Moe y Brown siempre recuerdan con placer su llegada a esta liga alternativa, en la que en muchos partidos había más gente sobre la pista que en la gradas. Franquicias como los Amigos de Anaheim, los Minnesota Muskies y los Houston Mavericks olían a cadáver ya antes de haber nacido, y solo Indiana Pacers y Kentucky Colonels cuentan con asistencias mínimamente aceptables desde los inicios.
Los Bucaneers, para ahorrar, solo desplazaban diez jugadores a sus partidos fuera de casa, quedando los otros dos en The Big Easy, y contrataban interminables vuelos con hasta tres enlaces, con tal de que salieran baratitos.
Con todo, sería en la ABA cuando, por fin Moe iba a encontrar la oportunidad de poner a prueba su indiscutible carácter ganador, alcanzando un título que muchos dieron por perdido.
Moe y Larry Brown llegan en junio de 1968 a Oakland, la franquicia propiedad del cantante Pat Boone, en un trueque mil veces maldecido por los New Orleans Bucaneers, que a cambio reciben al escolta anotador Steve Jones.
Tras unas durísimas negociaciones personales con Alex Hannum, entrenador y vicepresidente, que requieren la mediación de Dean Smith, Moe firmará por 30.000 $, más un bonus por firmar de otros 5.000.
Curiosamente, al final de temporada la mujer de Moe, que llevaba su contabilidad, recibió un cheque de 5.000 $ de los Oaks, que ya le habían abonado su bonus al estampar la firma. Comprobado el pago duplicado, el honrado jugador fue a devolver el cheque, pero en la oficina de los Oaks no quisieron tomarlo, para ellos todo estaba en regla. Moe insistió, pero no hubo manera, así que decidió ingresarlo en cuenta.
Tanta tensión al momento de pactar las condiciones, para después pagar de más y ni darse cuenta. Solo en la ABA.
En los Oaks, la estrella es Rick Barry, que tras 34 partidos viaja a una media de 34 puntos, 9 rebotes y por encima del 50% en tiros de campo. En la tristemente célebre cancha de Commack, una auténtica ruina plagada de insólitos peligros que acechaban a los jugadores que osaban hollar su piso, donde jugaban los Nets de New Jersey, Barry sufre una grave lesión al ser arrollado por la espalda por Ken Wilburn mientras dejaba una bandeja, y queda fuera para el resto de temporada.
Moe siente que el entrenador Hannum no confía en la plantilla, y tocado en su orgullo llama a rebato al resto de la plantilla, fundamentalmente a Larry Brown y al pívot ,de apenas 2,02, Ira Harge, encadenando una serie de nueve victorias.
Oakland jugaba como años después lo harían los Nuggets, Harge aseguraba los rebotes bajo el aro y para el resto, cada oportunidad de anotar debía ser aprovechada, cuanto más rápido mejor, había que aturdir al rival a base de canastas a un ritmo endiablado.
De ahí al final de temporada todo es armonía en el equipo californiano, que acaba obteniendo el anillo ABA ante los Pacers de Indiana, ganando 4-1 en la final, con tres victorias finales consecutivas en las que la clave es un chaval talentoso de Wichita, que sería más tarde tristemente conocido en la liga por sus psicopáticos comportamientos promovidos por una insaciable paranoia racista, pero que ese año rozó la perfección hasta hacerse con el premio al Rookie del año
Se trataba de Warren Armstrong, más conocido como Jabali (en swahili "Roca"), un portento físico que en el partido final, jugado ante 7.000 personas en las gradas del Colisseum, se va a los 39 puntos, para asegurar una agónica victoria en la prórroga por 135 a 131.
Dos años después, Moe sufre una nueva lesión de rodilla que pondrá fin a su carrera como jugador. Estando aún convaleciente en el hospital, una vez más es su amigo del alma, Larry Brown, el que le lanza un cabo, cuando le propone ser su segundo en los Carolina Cougars, oferta que Moe acepta de manera inmediata.
El, que siempre soñó jugar hasta pasados los 40, inicia, de aquella manera, una carrera como técnico, por la que curiosamente será más recordado por el gran público.
Pero esa etapa ya pertenece a otra historia.
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Como puede verse, la carrera como jugador de Doug Moe, aún siendo fascinante y plagada de experiencias extraordinarias, permanece prácticamente en el olvido, o al menos en un innegable segundo plano en relación con su ampliamente conocida biografía como entrenador.
En España, siempre será recordado como ese estrambótico técnico que en la década de los 80 asaltara nuestras pantallas al frente de aquellos Nuggets que asombraron al mundo con su juego ofensivo, una máquina de anotar, que para algunos no les llevó a ninguna parte, pero que los instaló para siempre en el corazón de cierto tipo de aficionados, que adoran la ética y la estética del juego libre.
Lamentablemente, los indescifrables reflejos de sus terribles chaquetas han cegado a muchos aficionados, que se quedaron en ese arista folklórico de su policrómica personalidad, y acaso sea dando a conocer esa parte soterrada de su vida, mostrando el background en que nació y se crió este verdadero sportsman, en el sentido inglés que tiene este término, que se hagan más meritorios a nuestros ojos sus reivindicaciones e indudables logros de su etapa más conocida, allá por Colorado.
Más allá de la anécdota indumentaria, Moe cogió a los Denver Nuggets a mediados de la temporada 1980/81 en sustitución de Donnie Walsh, quedando fuera de playoffs por segunda temporada consecutiva. En las ocho siguientes campañas, desde 1982 hasta 1990, dirigidos por Moe, los Nuggets llegaron todas las temporadas a playoffs, siendo el mejor resultado la final de conferencia Oeste perdida frente a Los Ángeles Lakers en 1985.
De Doug Moe, Bob Costas dijo que vestía como una víctima de unas inundaciones, y Asa Nikolic que era el mejor jugador que había tenido ocasión de entrenar.
Doug Moe es uno de los pocos personajes de los que me atrevería a utilizar, sin asomo de sonrojo, aquella manida frase de “ya no los hacen así”.
- Nunca he estado a gusto con corbata. Opino que las corbatas son ridículas para los entrenadores. Este es un negocio de emociones. No se trata de estar sentado en una oficina intentando impresionar a la gente.
Un elefante nace con cuatro molares que ha de emplear para alimentarse durante toda su vida. A lo largo de ésta, con el uso, va perdiendo una a una cada pieza, que en sus años jóvenes va renovando.
Pero alcanzados los 60 años, la renovación dentaria cesa y acabada la tercera pieza, solo un molar queda para poder sobrevivir.
Es entonces cuando siente la llamada del destino, cuando su instinto le dice que ha de abandonar la manada y hallar la muerte por inanición en solitario.
Se dice que los elefantes con algún tipo de desnutrición buscan instintivamente el agua, la leyenda de los cementerios de marfil surgió a partir del hecho de que los esqueletos de elefantes se encuentran frecuentemente en grupos, cerca de fuentes de agua.
En la caldera del Ngorongoro (Tanzania), un paraje de enorme belleza crepuscular de 250 km cuadrados aproximadamente, trufado de lagos y lagunas y rodeado de montañas circulares, cuando ves un elefante sabes que es macho, y que está allí para morir. Las hembras y sus crías no suelen arriesgar su vida en la peligrosa bajada.
Poco tienen que ver la caldera del Ngorongoro y la Isla de Tenerife, pero un hubo un tiempo, lejano y terso como un sueño infantil, en que coincidieron en aquella bella tierra sendos elefantes moribundos, inconscientes de que habrían de finar allí sus ilustres carreras deportivas.
Sus biografías se cruzan, entre destellos de gloria, sueños incumplidos y finales tristes.
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Era el verano de 1971 cuando al campus de Marquette llegaba un jugador llamado a marcar época. Sus credenciales eran óptimas, 2,08, raza negra, flexible, atlético, buena mano, pocos dudaban que le esperaba una carrera eterna.
La universidad jesuita, ubicada en Milwaukee, era una pasarela ideal para jugadores con destino NBA; su entrenador, el carismático Al McGuire, una mezcla de sociólogo streetwise, telepredicador deportivo y coleguita carroza de los jugadores, auspiciaba un juego libre en el que sus hombres pudieran expresar al máximo sus naturales dones para el juego.
Cuando LARRY MCNEILL llega a los Golden Eagles, la estrella del equipo es el pívot Jim Chones, que ha resistido los cantos de sirena de NBA y ABA y tras la marcha anticipada de los Julius Erving, George McGinnis, Joe Neumann y Mickey Davis, es una de las máximas figuras del campeonato.
Sports Illustrated, en su especial de inicio de temporada, coloca 3ª a Marquette con una foto a todo color de Chones y McNeill jugando un uno contra uno frente a la impresionante iglesia jesuita ubicada en pleno Campus.
Fueron dos temporadas muy buenas, plagadas de victorias y en las que Marquette se clasifica para el NCAA Tournament, cayendo en ambas ocasiones en segunda ronda ante Kentucky e Indiana. Se estaba gestando el equipo campeón de 1977.
Tras solo dos años universitarios, McNeill, acogiéndose a la hardship clause, se presenta al draft de 1973, donde es elegido en segunda ronda por los Kings.
En Kansas City-Omaha, tras un año freshman bastante tentativo, tuvo dos temporadas buenas, donde promedia 20 minutos y casi 10 puntos por partido. Se le recuerda como un jugador estilista, de fragilidad aparente, pues tras su escasas 200 libras escondía un vigor atlético que la hacía ser un magnífico reboteador.
Los mates eran otra de sus especialidades, no en vano su mote era The Hawk, y de hecho participó en el primer torneo de mates organizado por la NBA, hoy casi olvidado, durante el All Star Game de Milwaukee en 1977, donde quedó finalista, en una decisión bastante discutida, siendo tan solo batido por el especialista Darnell Hillman, con su famoso Rock the Craddle.
Su talento era más para la calle que para la cancha, como lo atestigua su dominación en la Rucker de 1974, o su MVP en los Stokes Games. Muchos aseguran que salió muy tierno del college, que se precipitó en su paso, sin que su juego adquiriera ese poso técnico y estratégico que te exige el mundo profesional.
En la NBA, a pesar de que los Kings y Phil Johnson apostaron por él como titular- el trade de Ron Behagen a los Jazz era la mejor prueba de confianza- poco a poco fue perdiendo fuelle, y en 1976 acabó siendo enviado a los Nets de Nueva York, que poco tardaron en cortarlo.
Golden State, Buffalo, donde volvió a brillar en un equipo recién huérfano de Bobby McAdoo, y Detroit fueron sus últimos destinos antes de buscarse la vida primero en la CBA, donde fue campeón con Rochester y MVP de los playoffs de 1979 y en la liga Filipina, a la sazón un buen destino para muchos americanos. Allí fue un jugador dominante y la leyenda habla que tuvieron que cambiar las reglas para evitar que él y su compañero Dean Toolson estuvieran al mismo tiempo en cancha.
En 1981, el Club Baloncesto Canarias, en la temporada de su debut en la máxima categoría nacional, buscaba un proyecto que le asentase como principal valedor del basket insular, con una plantilla nacional liderada por el hijo pródigo Carmelo Cabrera y con jugadores de solvencia como Manolo de las Casas, Ricky Bethencourt o Juan Méndez, dirigida por el técnico estudiantil Pablo Casado.
El equipo de La Laguna quería dar un campanazo con el americano, y para ello tuvo tratos con estrellas de primer nivel como los pivots Tom Boswell (ex pro con Celtics y que acababa de ganar el scudetto con la Squibb Cantú , tras sustituir al escolta Terry Stotts) o Hawthorne Wingo, otro ex pro de los Knicks y ex leyenda canturina, un poco ya de capa caída en su dilatada carrera.
Finalmente, cuando surge la oportunidad de hacerse con un primer espada como McNeill no lo dudan y le firman, convirtiéndole en ese momento en uno de los americanos con más pedigrí llegados al campeonato español, acaso solo superado por el ex madridista Wayne Hightower.
La recordada cancha del colegio Luther King fue escenario de un basket de otro planeta que fluía de las manos de Larry, quien acabó siendo el máximo anotador de la Liga, con casi 34 puntos por partido. Mates estratosféricos convivían en su juego con elegantes fade aways de hasta cinco metros, sin duda manjares sublimes para los advenedizos aficionados laguneros.
A pesar de su ilustre pasado, Larry se adaptó bien a la plantilla aurinegra y apenas creó problemas, llegando incluso a conceder entrevistas a medios nacionales en las que demostraba su interés y conocimiento de la liga española.
El Canarias desciende con apenas 4 victorias en 26 partidos, pero los aficionados quedan satisfechos con el basket visto y vivido en ese primer año en la élite.
El título anotador llevó consigo una divertida anécdota que se produjo cuando, terminada la liga, el Cotonoficio visitó La Laguna para medirse al Canarias, en la ida de la eliminatoria de octavos de final de la Copa. Del Rey.
En la plantilla catalana se encontraba César Galcerán, por entonces representante de Nike, que instantes antes de comenzar el encuentro, le entregó la bota de oro al bombardero aurinegro.
Días más tarde, el americano, que había hecho tasar la dorada bota creyendo que era de oro macizo, reunió a la prensa de Tenerife, como recuerda Agustín Arias, para decir lo siguiente:
"He comprobado que esta bota no es de oro macizo; sólo tiene un baño. Y su precio en el mercado no alcanza las veinticinco mil pesetas. ¿Con esto no podré alimentar a mis hijos si me pasara algo"
El jugador devolvió el trofeo, y los representantes de la revista Nuevo Basket, bastante irritados por el desaire al patrocinador, decidieron entregárselo al segundo máximo anotador: Brian Jackson, compañero de Galcerán en el Coto.
Sorprendentemente McNeill regresó a USA, a la CBA, donde tuvo un gran año en Rochester, y nunca más volvió a Europa, siendo su estancia canaria, por tanto. un hito distinguido en la carrera de un verdadero pross, de manera que siempre podrá decirse que solo en La Laguna pudieron degustarlo en directo.
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En la ciudad de Dallas, en un entorno de pobreza y delincuencia, vino al mundo otro chaval de esos predestinados a ganarse la vida en las canchas de Dios. Su elección universitaria fue Louisiana State, LSU, uno de los poderes de la South Eastern Conference, escaparate continuo hacia la NBA de algunos de los mejores frutos de la proteica cantera sureña.
En los Tigers, DEWAYNE SCALES rápidamente se asienta como uno de los líderes del equipo, y tras ganar el trofeo como debutante del año en la SEC, en su año sophomore apunta para All American, con 19 puntos y 9 rebotes por partido.
En apenas dos años es ya máximo anotador del equipo, y recién elegido MVP del torneo final de la SEC, pero no todo el monte es orégano, y poco antes de comenzar el Torneo Final de 1979 es suspendido por la universidad, tras detectarse contactos con un agente, una baja letal para las aspiraciones del equipo.
Su capacidad para los mates hace que sea conocido como “The Astronaut”, incluso su entrenador Dale Brown lo considera, en sus memorias, como uno de los mejores atletas que ha tenido ocasión de entrenar, un elogio especial a la vista de los jugadores que pasaron por sus manos.
En su año junior, la producción de Scales baja, pero LSU es un poder nacional, con nuestro hombre haciendo pareja interior con Durand Macklin, la estrella del equipo, un pivot bajito pero con buenos fundamentos, All American en su último año.
Cerrada su etapa colegial, con un título de liga regular y un torneo final de la SEC, alcanzando dos veces el torneo final de la NCAA, se declara elegible y es reclutado por los Knicks en segunda ronda del draft.
En New York, su año rookie es correcto, 5 puntos y 3 rebotes de media en apenas 11 minutos, pero una segunda parte de temporada en la que actúa temporalmente como titular, sustituyendo a Sly Williams durante siete partidos, en los que promedia once puntos y siete rebotes, hacen concebir esperanzas de que acabe siendo jugador aprovechable de rotación.
Lamentablemente en su segundo año, tras apenas tres partidos, es cortado y tiene que replantearse su carrera, volviendo la vista hacia territorio europeo.
Su destino era un modesto equipo de la Liga Nacional española, el Naútico de Santa Cruz de Tenerife, conjunto que tras su milagroso mantenimiento en la máxima categoría nacional el año anterior (se salvó en la última jornada con una victoria en casa ante Estudiantes, con partidazo de Matt White, 23 puntos y 8 tapones) buscaba asentarse.
Inicialmente los tinerfeños habían contratado al alero americano Dave Angstadt, procedente del Marlboro, uno de esos equipos pasarela que se montaban para los bolos veraniegos, un jugador cumplidor pero sin carisma, limitado, más alero que pívot, un tirador que flojeaba por dentro de la zona.
El equipo comienza perdiendo los siete primeros partidos: particularmente dolorosa es la séptima derrota, en el derby tinerfeño por 118 a 95, que desencadena una minicrisis, apenas apagada en la jornada siguiente, cuando el Naútico se anota su primera victoria ante el flojo La Salle de Barcelona, que jugaba sin americano.
La directiva y el cuerpo técnico se han decidido a cambiar de americano, buscando un jugador interior en los últimos descartes NBA y cuando se pone a tiro un tipo como Scales, los tinerfeños no dudan en ficharlo.
Scales debuta en Málaga el 13 de diciembre de 1981, con nueva derrota por 75 a 66, y a pesar que anota 34 puntos, no deja buena impresión.
Para el siguiente partido, ante el Helios Zaragoza, 3.500 personas abarrotan el Pabellón de la Avenida de Anaga para ver el debut de la nueva estrella local, de quien se habla y no para. Scales firma un gran partido, con acciones espectaculares, anota 32 puntos pero no evita que los maños remonten hacia el final para vencer apuradamente.
El año 1982 no puede empezar más dramáticamente para el Naútico, que cae de paliza en Badalona con un Scales descalificado en el minuto 22, cuando estaba firmando un partido excelente- 22 puntos. Pero, con todo, la lesión del mejor nacional del equipo, el alero Pedro Febles, con rotura de ligamentos cruzados, es la peor noticia posible.
De aquí a final de temporada, los tinerfeños no conocen más que la derrota, en medio de un irreversible proceso degenerativo de la relación del americano con el club, al punto que en el último partido de la temporada el entrenador se niega a alinearlo.
Lejos de encontrar el buen camino, en la Isla el ala pivot sureño acabó por desquiciarse, incapaz de asumir el liderazgo que su jerarquía le atribuía, y protagonizando unos meses que nunca olvidarán su entrenador, Felipe Coello y sus compañeros.
Pérdidas de nervios que acarreaban descalificantes (como ocurre en la jornada 23, cuando intenta agredir al malagueño Ferrer en partido que acaba con un 68-98 para Caja de Ronda), ausencias injustificadas a entrenamientos, incluso negativa a vestirse en algún partido, cuando no indisimulado pasotismo en la cancha, en fin, todo un catálogo de excentricidades que escasamente puede soslayar su calidad técnica.
Es cierto que el equipo era muy flojo, la baja del base catalán José Luis Subías se notaba enormemente y la lesión de Febles hizo mucho daño, también que la diferencia de calidad entre el americano y los nacionales a veces se antojaba obscena, pero ello no justifica el comportamiento de Scales, que finalmente acabó por salir del equipo de mala manera.
Volvería a los pross al año siguiente, pero sin grandes alharacas; con un contrato de 10 días en los Bullets, cerraría su carrera en la gran liga americana con apenas 25 años.
Varios años en la CBA (Detroit , Evansville) donde hace grandes números, no le sirven para acceder al Gran Dinero, y a partir de aquí su biografía se oscurece y lo poco que se sabe es que, tras varios años jugando en ligas menores por todo el mundo, volvió a su Tejas natal, ganándose la vida como camionero en Houston y más tarde conductor de autobuses en Dallas.
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Tenerife, isla abrupta y volcánica, tuvo la fortuna de compartir durante una sola temporada, además de una caliente rivalidad deportiva entre sus dos ciudades más importantes, Santa Cruz y La Laguna, un duelo en la distancia entre dos de los americanos más enigmáticos y con mejores referencias que nunca hayan pisado suelo nacional.
La cosa acabó mal para ambos clubes, mas siempre quedará algo para recordar.
Larry McNeill y Dewayne Scales tenían clase como para jamás haber venido a Europa, pero, merced a diversos avatares, terminaron por dar con sus huesos en una isla apasionada por el basket.
Vivieron en una Liga Nacional ya en sus estertores, a la espera de un Nuevo Basket de espectáculo, igualdad y el voluptuoso vértigo de los dos americanos, la ACB, un mundo por descubrir en aquel entonces, cuyos fulgores no han de hacernos olvidar episodios como el que aquí hemos tratado de bosquejar.
Era aquella una Liga discreta, y algo oscura, un remanso de paz extramuros la rivalidad futbolera sucursalizada, acaso el lugar ideal para aquellos elefantes moribundos que, a buen seguro, aún transitan por la memoria de quienes tuvieron ocasión de verlos morir.
Imagínense que el Estudiantes no hubiera renovado a David Russell tras su primera temporada en el Ramiro, y que los aficionados estudiantiles, en protesta por semejante afrenta, se dedicasen a animar, en la temporada siguiente, al Real Madrid.
Nadie puede concebir un hecho tan estrambótico, un desatino de ese género, sin otra explicación que la fascinación que un jugador pudiera despertar entre su afición.
La historia del protagonista de este relato está plagada de altos y bajos, solo puede comprenderse desde el exceso, en un ámbito axiológico donde lo ortodoxo no cuenta y lo correcto es lo estroso, un mundo propio que solo podía encontrar carta de naturaleza en un tiempo en que el basket, más que show business, era indómita pasión.
A finales de los 60, en el basket, en medio de una intensamente progresiva dominación de los atletas de raza negra, surgió un movimiento rebelde, una suerte de contra de índole estética, integrada por unos magos del balón que veían el aro más grande que el resto de los mortales, una especie de retén sureño de escoltas blancos de gran capacidad anotadora.
De ese linaje perdido, Pete Pistol Maravich era el patriarca y dos fueron sus más conspicuos profetas; uno de ellos, el suave y frágil John Roche, un escolta anotador de la universidad de South Carolina, que con apenas 19 años ya había sido portada de Sports Illustrated.
Su carrera en ABA y NBA nunca estuvo a la altura de sus credenciales colegiales y acabó dando con sus huesos en la roja Bologna, donde todavía es recordado por los tiffosi de la uvenere, a pesar de que no consiguiera gran cosa en su único año en la pallacanestro.
El otro era un hombre que provenía del estado de Tennessee, de Memphis, donde había roto todos los records durante su estancia en la High School, desatando una tenaz batalla por su reclutaje entre las universidades de Tennessee y Memphis State, pero que finalmente se decidió por la universidad sureña por excelencia, la Ole Miss de Oxford. El equipo de la universidad de Mississippi tiene el nickname de Rebels, algo que encaja como guante de seda en su personalidad.
En 1970, la liga universitaria quedaba huérfana de quien había sido su máximo anotador los tres años anteriores, el mítico Pete Maravich, pero los aficionados apenas tuvieron tiempo de echarle en falta, pues otro níveo arcángel iba a tomar la SEC por asalto a golpe de canasta.
Fue un período corto pero intenso, de apenas dos meses en los que el sophomore Johnny Neumann ametralló los aros rivales, dejando boquiabierta a media nación, que veía en él al relevista que habría de mantener viva la llama de la dominación blanca en el basket colegial, el último bastión supremacista del deporte de la canasta, una vez que la NBA empezaba a ser ya cosa de los chicos de color.
Todo empezó el 2 de diciembre de 1970, Mississippi se enfrentaba a Vanderbilt, y Johnny cogió su fusil para anotar 53 puntos. En el siguiente partido, dos días mas tarde, son 51 los que le caen a Arkansas A& M, y apenas dos semanas después, se va a los 57 contra Southern Mississippi.
El año 1970 se extingue con una nueva exhibición pirotécnica del chico maravilla, el 29 de diciembre anota 60 puntos ante Baylor, dulce preludio de su jornada de gloria más alta.
Johnny no puede parar, y como no, la gesta se produce ante LSU, un 30 de enero de 1971. Press Maravich observa desde el banquillo como un endiablado émulo de su hijo les endosa 63 puntos, la máxima marca alcanzada por el muchacho de Memphis.
Neumann prácticamente solo estuvo un año en NCAA, pero su nombre figura para siempre con letras de oro en la historia de la competición universitaria, liderando la tabla de anotadores con 40.1 puntos por partido, un poco por debajo de los 43.8, 44.2 y 44.5 que anotara el Pistola los tres años anteriores, pero en todo caso una marca estratosférica, que no ha sido superada desde entonces.
Su clase era tan inmensa que, como efluvio indeseable, iba acompañada de esencias de arrogancia. En los tiempos muertos, ya desde sus tiempos en el instituto, el chaval no hacía corrillo con sus compañeros, colocándose a cierta distancia, como para dejar claro que las órdenes y estrategias del equipo técnico poco tenían que ver con su genio inmarcesible.
A pesar de estas pequeñas muestras de inmadurez, nadie discutía su jerarquía como jugador, el propio Adolph Rupp, el legendario Barón de Kentucky, espectador de privilegio de sus hazañas desde el banquillo rival, dijo de él que como sophomore tenía más clase que Maravich como senior.
Un chico blanco, con carisma, talento y descaro era un reclamo irrenunciable para la American Basketball Asociation, la mítica ABA de los balones tricolores y las gradas semivacías, de las cheerleaders procaces y los rosters sinuosos, plagados de lunáticos dispuestos a reventar a su propia madre por un puñado de dólares, preferentemente americanos.
A nadie debe extrañar que aquella insólita Liga tendiera sus redes sobre el entorno de Neumann, quien, para asumir los gastos médicos que devenga la enfermedad coronaria de su padre, se acoge a la hardship clause para inscribirse en el draft, donde los ejecutivos de la Liga le han diseñado un debut sureño, como debe ser, en la escuadra de Memphis, con apellido Pros.
A sus 19 años, Neumann, un adolescente con un caso de acné espectacular, regresa a la ciudad donde dio sus primeros pasos y es leyenda, con un contrato simpar, 2 millones por cinco años, el mismo que conseguiría Julius Erving dos años después, tras ser traspasado de los Virginia Squires a los New York Nets.
De este tamaño eran las locuras de la ABA: dar igual tratamiento a un rookie de 19 años, con todo por demostrar, que a su máxima estrella.
El éxito le llega bien pronto, cuando aún no sabe lo que es el sacrificio; sus dones naturales para el juego del baloncesto, su planta, escoltas de 1,99 no eran tan habituales, su facilidad para el tiro y su extraordinaria visión de la cancha, le han proporcionado un estatus privilegiado por el que no ha tenido que pelear demasiado.
Como tantos otros, esa condición de muchacho precoz, bendecido por la fortuna, acabó trocando en estigma, y su estrella fugaz se perdió por el boulevard de los sueños rotos.
Durante sus cinco años en la ABA Neumann tuvo grandes entrenadores, fuertes personalidades con las que no tardó en chocar, como Babe Magnolia Mouth Mcarthy, Bobby Slick Leonard, Joe Mullaney o el mismísimo Hubie Brown; todos ellos destacan su extraordinario talento, algunos señalan que incluso superior al de Pete Maravich, a la vez que reprochan su escasa disposición al trabajo duro y el espíritu de equipo.
Su naturaleza rebelde se manifiesta perfectamente en una anécdota durante su segunda temporada en Memphis. El entrenador Bob Bass, harto de su falta de aplicación defensiva y su egoísmo en ataque, decide sentarlo en el banquillo por dos noches. En su regreso, en los dos primeros partidos, con claras órdenes de buscar el pase antes que la solución individual, Johnny olvidó su fusil y repartió 12 y 14 asistencias, en sendas victorias de su equipo. Luego todo volvió a ser como antes.
Dice esto mucho de sus condiciones naturales para el juego, siendo un anotador excelso, con un tiro preciso que puede sacar incluso bajo presión, su capacidad de pase era igualmente singular, aunque nunca hiciera uso de ella, más allá de los entrenamientos, donde dejaba anonadados a sus compañeros.
Neumann, con dinero fresquito, entra en la espiral consumista, acumulando vehículos de lujo: Ferraris, Harleys e incluso un Pantera, el mismo modelo que condujera Elvis Pressley, de hecho en una de sus famosas citas de autobombo, Johnny llegó a declarar que era lo mejor que había surgido de Memphis desde El Rey del Rock.
La petulancia no era buen negocio en una liga trufada de blue collar men, tipos sin excesivo talento, pero que se dejaban la piel en el parquet por magros estipendios. En la cancha, sus pares se motivan especialmente en frustrar y provocar al que consideran niñato, lo que tampoco ayuda a su carrera.
De hecho, tras dos años decentes, con 18 y 19 puntos de media por partido, un Neumann desmotivado y apático, que sube hasta las 240 libras, lejos de las 190 ideales, empieza a ser carne de trade, pues nadie en sus cabales piensa en confiar la responsabilidad de su equipo a un tipo incapaz de asumir las cargas inherentes a su clase.
Tras dos años en Memphis, Utah, Virginia, Indiana, Kentucky y otra vez Virginia serían sus destinos, a más de un equipo por temporada.
Los gastos suben, los divorcios empiezan a llegar, y pronto tiene que comenzar a malbaratar su escudería para adquirir liquidez. Dave Twardzik, el intenso base que años más tarde lideraría la Blazermanía, compañero de Neumann en los Squires, se hizo por apenas unos pocos dólares con una Harley, que poco después revendió con una buena ganancia, tras hacerle unos arreglos. Tan cerca tan lejos.
Incluso, en el vestuario, Johnny ofrecía su Ferrari nuevecito - valorado en más de 100.000 dólares- por la miseria de 19.000, pero ni aun así sus humildes compañeros podían soñar con afrontar semejante ganga.
En 1976, con su carrera rumbo al estrepitoso fracaso, se produce el llamado merger- en realidad una fusión por absorción- de la NBA y la ABA, y Neumann pasa sus dos últimos años como profesional en los Braves, los Lakers y los Pacers, último destino en los pross, pues poco tarda en agotar la paciencia de compañeros, técnicos y aficionados.
A muchas millas de distancia, en el verano de 1978, en la recoleta villa de Cantú, también conocida como Cantucky, al norte del norte de Italia, el presidente Aldo Allievi y su entrenador Arnaldo Taurisano, buscan un americano que levante expectación, que ilusione, que conduzca a la Gabetti a su tercer scudetto, alguien que reemplace a Bob Burgess y Bob Lienhard en el santoral local.
El equipo canturino cuenta en sus filas con jugadores nacionales de tronío, como el base Pier Luigi Marzorati, el escolta Charly Recalcati o el ala pivot Fabrizio Della Fiori, que les permiten luchar por lo máximo en Italia y recolectar títulos a nivel europeo. Incluso un jovencísimo Antonello Riva, la perla del vivaio, aparecerá por primera vez en el banquillo durante esa temporada.
El fichaje de Renzo Bariviera, capitán de la nazionale en los recientes mundiales de Manila, dispara las ambiciones de Allievi, que anuncia que la plantilla es la mejor que nunca Cantú tuvo.
A mitad de octubre, tras no encontrar un center de garantías en el mercado, llega David Batton, un ala pivot blanco de Notre Dame- precursor del inmediato Bruce Flowers- jugador trabajador, con muy buena mano a cuatro metros, pero algo blandito, sus apenas 2,04 poca cosa ante las torres que pueblan las plantillas de la pallacanestro.
Fue un año terrible en la pequeña villa lombarda, que aun así se rescató con un título europeo, pero que puso en riesgo el hasta entonces indeleble ligamen entre la sociedad canturina y su equipo del alma.
La Gabetti comienza mal el campeonato nacional, con tres derrotas, sufriendo el cansancio de sus internacionales, incluso Marzorati deberá guardar reposo durante una semana por prescripción facultativa. Las lesiones de Della Fiori y Batton empeoran el panorama, al punto que a mitad de temporada no es segura su presencia en playoffs, un fiasco que sería inolvidable.
En Italia, Neumann se presenta en baja forma física, lo que no impide que ya en la segunda jornada se vaya a los 42 puntos ante la Antonini Siena, Sin embargo este Neumann limita sus excesos individuales, tratando de acoplarse a un entorno extraño. Y eso hace que, inopinadamente, sea por sus increíbles asistencias por lo que es recordado por la mayoría de aficionados.
La estadística, siempre cicatera en este concreto apartado por tierras europeas, nos habla de casi 4 asistencias por partido, prácticamente doblando a sus más inmediatos perseguidores, los bases Charly Caglieris (Synudine Bologna), Pier Luigi Marzorati y Roberto Brunamonti (Arrigoni Rieti)
Pero las cifras apenas pueden encarnar emociones y sus compañeros quedan impresionados por la sobrenatural cualidad de Neumann para descifrar la geografía del parquet, para encontrar ese pase imposible que ponga fácil al compañero la culminación de este juego: la canasta. El Pianella registra lleno tras lleno para ver al excéntrico rubio de las manos de oro.
Aún así, el mercurial temperamento del americano gravita sobre la temporada del club de vía Malchi, y desde el principio se habla de un enfrentamiento soterrado entre la facción italiana y Neumann, siendo lo cierto que en los partidos en que el escolta americano es baja por lesión- como ante la Xerox Milano - el equipo canturino realiza sus encuentros más destacables. Se llega a acusar al igneniere de tener celos del americano y bajar su rendimiento cuando ambos coinciden en pista.
Conforme avanza la temporada, la Gabetti se va recuperando, y en una liga regular igualadísima, un sprint final la coloca en tercera posición, a dos partidos de la Emerson Varese, que acaba líder.
En Europa, tras batir al Barça en semifinales de la Recopa, remotando en el Pianella los cinco puntos de ventaja que llevaban los catalanes, Recalcati levanta el trofeo ante el Den Bosch de Wes Akerboom, en un partido en el que destaca Neumann, con 22 puntos, que es elegido MVP de la final.
Comienzan los playoffs y Cantú cae contra pronóstico en octavos de final ante la emergente Arrigoni , con una actuación sensacional de su joven alero Domenico Zampolini, que anota 34 puntos en la victoria en Cantú, y 36 en el segundo partido, que se decide en el tiempo suplementario por 111 a 109.
Termina la temporada con este moderado batacazo, quinta posición final, y comienza un mes alienante, que levantará ampollas en las estructuras tradicionales del club canturino.
Todo empezó con la aparición de pintadas en la sede social, apoyando la continuidad del discutido americano. “Neumann non si tocca” rezaba alguna de ellas.
El presidente, temeroso de contrariar a la afición, parece apoyar esa iniciativa, centrando sus criticas en la dirección técnica del equipo, lo que provoca la dimisión de Arnaldo Taurisano, el mítico Tau, que pone fin a 15 temporadas de éxitos del club, primero en categorías inferiores y luego al frente del primera plantilla, donde gana un scudetto (1975) junto a dos Recopas y dos Copas Korac, amén de una Copa Intercontinental.
En el ínterin, Ciccio Della Fiori, una de las estrellas del equipo, realiza unas declaraciones explosivas contra el entrenador, lo que le vale la salida inmediata del club, e incluso el capitán Charlie Recalcati, ya con 33 años, recibe la noticia de su baja, y empaca sus maletas rumbo a Parma.
En apenas 40 días, la estructura básica del equipo se desmonta y Neumann, indirectamente, es responsable de ello, reo de seducir a una afición poco acostumbrada a degustar jugadores de su calidad y fantasía.
Finalmente Johnny tampoco se queda en Cantú, y sigue su carrera en Alemania. Y es aquí donde aparece la leyenda a la que aludíamos al inicio, varios aficionados, como medida de protesta, no renuevan su abono y durante el año siguiente se desplazan a Milán para animar a la Billy, el eterno enemigo. No se sabe en realidad cuantos fueron y como ocurrió este hecho, ni siquiera si llegó a materializarse, pero en Italia siempre que se habla de Neumann, se trae a colación esta preciosa anécdota.
Neumann tiene apenas 28 años cuando llega a Alemania donde, de todos los giros posibles, su vida toma el más abracadabrante. Sí, el hombre que susurraba a los entrenadores, el que los volvía locos, veneno para el banquillo, decide hacerse entrenador, ¡¡¡Oh my, oh my!!!
En su nueva carrera da la vuelta al mundo, tras Alemania, viaja a Bélgica, Grecia, Chipre, Kuwait, Líbano, Saudí Arabia, China y Japón , lugares que disfrutan de su experiencia, con una ocasional vuelta a los USA, donde fue uno de los más reputados entrenadores de la CBA, junto a George Karl, a inicios de los 80.
Como técnico, Johnny bebe de las fuentes de Hubie Brown, y es un tipo flexible pero exigente con sus jugadores, les da confianza, pero a cambio pide compromiso, algo paradójico a primera vista pero ¿Quién mejor que él, que como jugador nunca asumió responsabilidad alguna, para detectar y corregir los posibles comportamientos asociales en una plantilla?
Aunque no fuera por otra cosa, los aficionados siempre le tendríamos que agradecer el descubrimiento de un pequeño gran jugador durante su estancia en Chipre, se trata del astronauta Darrell Armstrong, quien tras un año sensacional en la isla mediterránea bajo sus órdenes, se trasladó a Orense, para maravillar en la ACB, como puente de plata a una carrera más que digna en la NBA.
Y así acaba la historia de un hombre al que llamaban caballo loco y jugó en Cantucky, ¿Por que será que siempre que pienso en caballos viene a mi mente la imagen de un Dix Handley herido de muerte, regresando a las verdes praderas, para abandonar este mundo desde la tierra de la que nunca debió salir?
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