Remembranzas

DOMINGO, 03 DE ENERO DE 2010

BIOGRAFÍAS IMPOSIBLES. VIII: SHEETS OF FEELINGS: LA BALADA DE JOHN ROBINTRANE.

Hay espíritus libres que nacieron para ser mecidos por el aire, seres curiosos que nunca dimitieron de indagar, almas vagantes que jamás conocieron el conformismo.

La música nos dio a uno de esos genios que no esperaron a que terminase la espera, que lograron avistar mundos evanescentes de sensaciones y ritmos imposibles.

John Coltrane, educado musicalmente por su padre y los mejores conservatorios, pero destetado para el jazz por Miles Davis y Thelonius Monk, una vez dominados los elementos básicos de su instrumento, a finales de los 50 emprendió un viaje espiritual hacia los confines del sonido, y de allí nos trajo las láminas de sonido (Sheets of Sound), una cascada de arpegios que lograba alcanzar con su saxo tenor, gracias a su prodigiosa velocidad de digitación, que le permitía condensar varias notas en un solo acorde, y jugar con ellas, siempre explorando, hacia el infinito.

El hombre que nos emocionara con standards como Nature Boy, My Favourite Things o In a Sentimental Mood, el que se demostrara capaz de componer piezas de hard bop como Blue Train, no se quedó en su estatus privilegiado de primera figura del jazz, y buscó esos elíseos musicales en sus interminables solos, más allá de la tesitura y el tiempo, revolucionando la técnica del jazz.

La música lo condujo al Paraíso.

La música también marcó la vida del protagonista de esta pieza, pero el basket se cruzó en su destino, y lo arrastró hacía un mundo frío y cruel, para el que su alma de artista no estaba preparada.

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Cuando naces en Chicago, eres negro, mides más de dos metros y, además, ocurre que tu padre jugó para la leyenda de los banquillos Ray Meyer en DePaul y en la NBA, las cartas de tu vida están marcadas.

Puede suceder que algo muy distinto sea tu verdadera vocación, que le hayas dedicado la mayor parte de tu tiempo desde los 6 años, que hayas mostrado, a juicio de tus profesores, innatas condiciones para ello, pero al final, cuando se decide la partida y tienes que mostrar tu baza, acabarás cayendo en aquello para lo que estabas predestinado.

Algo así debió pasar con BILL ROBINZINE, un trompetista frustrado, cuando su padre, con 17 años, se lo llevó a los playgrounds de la parte negra de Windy City, el South Side, un territorio oscuro y misterioso que comienza allá donde acaban los prodigios arquitectónicos de una de las más bellas ciudades del mundo.

El libro de su vida decía que el chaval Robinzine habría de deleitar a las masas en el viejo Alumni Hall antes que en cualquiera de los clubes de Jazz que se desparraman por la ciudad, desde South Plymouth a East Hubbard pasando por Wacker Street.

Sus dones musicales fueron reconocidos con la selección como miembro de la banda de jóvenes músicos de la ciudad, con la que hizo un tour mundial y grabó varios discos. Eso, en una ciudad tan apasionada por el soul y el jazz como Chicago, con cientos de aspirantes, es mucho decir para un trompetista novel.

Robinzine era un chico tímido, reservado, sensible e inteligente, aparte de la música le gustaba jugar al ajedrez y ver televisión, salía poco y su padre creyó que el basket le ayudaría a desarrollarse socialmente.

El chaval, que nunca jugó al basket en el instituto, en la cancha mostraba instintos, y sabía utilizar su cuerpo, masivo pero ágil; esa cara mofletuda, de niño de mamá, engañaba a sus rivales, que encontraban un espíritu indomable cuando lo sufrían cerca de los aros, comiendo espacio y luchando por todos los rebotes.

El joven Bill, siguiendo los pasos de su padre, ingresó en los Blue Demons, pero no lo tuvo fácil, pues su padre tuvo que conseguir que el entrenador Meyer, amigo personal, le hiciera una entrevista in extremis, seguida de una prueba, donde todos quedaron impresionados con su juego, obteniendo con ello definitivamente una beca deportiva en la Universidad, radicada en la zona Norte de la Ciudad del Viento, en una esquina de Lincoln Park.

Con apenas 2,00 metros y cerca de 110 kilogramos, debuta como sophomore y lidera al equipo en anotación, algo que repetiría los dos años siguientes. Su primer año ha de jugar de center, pero ya en su año junior la llegada de Andy Pancranz le permite rendir más como cuatro, su posición natural.

En la temporada senior, DePaul presenta una pareja interior tan consonante como demoledora: Bill Robinzine & Dave Corzine, un freshman blanco de 2,12 que luego sería profesional con los Bulls, pero aun así los de Meyer no logran clasificar para el NCAA Tournament. Bill se mueve cerca de los 20 puntos de promedio, y se proyecta como una segunda ronda de draft.

Pero su actuación estelar en los torneos de post temporada como el Pizza Hut, donde es MVP actuando como reserva en sustitución de otro jugador lesionado, o el Aloha All Star, ese mismo verano, le permiten ascender hasta la 10ª posición de la primera ronda, elegido por los Kings de Kansas City, con un contrato de 525.000 $ por cuatro años que casi le resuelve la vida desde el punto de vista económico.
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En Missouri, Robinzine se casa y tiene su primer hijo, mientras su carrera profesional va viento en popa, pues en 1975 llega a un equipo que se ha convertido en el favorito de la Midwest Conference, tras sorprender el año anterior con un parcial de 44-38.

El juego de los Kings está orientado hacia el juego exterior, donde habita su líder, el menudo Tiny Archibald que, recuperado de su lesión en el talón de Aquiles, había realizado una temporada excepcional, acompañado en el backcourt por el veterano Jimmy Walker.

Por dentro, Sam Lacey, un pivot oscuro, gran pasador y reboteador, cuenta como escuderos con el joven Scott Wedmann, un alero luchador y con buen tiro y Larry McNeill, jugador de talento pero algo irregular, al que la afición local nunca perdonó que otro de sus héroes, Ron Behagen, tuviera que salir rumbo a Utah, en el trade que trajo los derechos de la elección utilizada en Robinzine, para hacerle hueco.

Los Kings terminan el año con record negativo y no alcanzan el objetivo de los playoffs.
En su segunda temporada, la franquicia emplea su primera ronda de draft en Richard Washington, el All American de UCLA con mano de seda, que juega en su misma posición, lo que no empece que aumente sus promedios anotadores, alcanzando dobles figuras en anotación.

Robinzine era un jugador duro, luchador, propenso a las faltas, especialista defensivo al que en ataque su falta de altura, a pesar de su gran corazón, le pasaba factura en una Liga plagada de gigantes.

Su mejor temporada es la 1978-79, donde se hace con la titularidad, promediando 13 puntos y casi 7 rebotes en 26 minutos por partido. Además, los Kings alcanzan los playoffs por primera vez desde que está en el equipo, algo que se repite al año siguiente.

Ese año 1979, Robinzine es involuntario protagonista de un incidente que le persigue el resto de sus días: En un partido disputado en noviembre en Kansas City ante los Sixers, Darryl Dawkins, el temible pivot, machacó el aro con tal fiereza que acabó por partirlo en miles de esquirlas. La imagen de Robinzine, corriendo despavorido desde debajo del aro al banquillo, protegiéndose con los brazos de la terrible lluvia de cristal, permanecerá para siempre en la retina de los aficionados. 
 

El locuaz y folclórico Dawkins, no perdió ocasión para la chanza y bautizó a su mate de cien maneras:

"Chocolate Thunder Flying, Robinzine Crying, Teeth Shaking, Glass Breaking, Rump Roasting, Bun Toasting, Wham, Bam, Glass Breaker I Am Jam”

El nombre del pívot de Chicago estaría siempre asociado al incidente, haciéndole quedar como un hombre a merced de sus rivales.

Y el año 1980 trae aún peores noticias para nuestro hombre, pues llega al equipo la estrella de la universidad de Alabama, Reggie King, un ala pivot de características físicas parecidas, solo que mucho más joven y espectacular, de manera que los Kings buscan desprenderse de él, sacando a cambio algo bueno mediante un trueque, pues Robinzine sigue teniendo buen cartel en la liga.

Comienza un periodo de incertidumbres, primero con el trueque a Cleveland en septiembre de 1980, donde solo dura un mes, pues es enviado, a cambio de Richard Washington y Jerome Withehead, a Dallas, franquicia de expansión, donde disputa un buen año, lo que no le vale para mantenerse, ya que en agosto de 1981, marcha para Utah, a cambio de Allan Bristow y Wayne Cooper.

En Utah, donde apenas cuenta para Frank Layden (11.8 minutos para 5.6 puntos y 2.6 rebotes), con un contrato de 200.000 $, acabada la temporada 1981-1982 se le comunica que no va a ser renovado, convirtiéndose en agente libre.
 

Robinzine se encuentra con 29 años, viajando de acá para allá, como una mercancía averiada, teniendo que aceptar una drástica reducción salarial para quedarse en la NBA o jugar en la pallacanestro, donde varios clubes estarían interesados en contar con sus servicios.
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Nadie sabe que pasó por la cabeza de un hombre enigmático, poco amigo de mostrar sus sentimientos, que aparentaba ante los demás estar bien, sin problemas económicos, según su propio agente, y con una familia- esposa e hija y padres- a la que seguía fuertemente unido.
 

En una reunión de la Asociación de Jugadores de la NBA, celebrada en Chicago el 12 de septiembre, se encuentra con el coach Meyer, que le pregunta como se encuentra, a lo que responde que maravillosamente, sin dar el menor síntoma de depresión. Incluso manifestó que si no recibía ofertas profesionales se retiraría a vivir en Kansas City, donde tenía una finca de 40 acres.

Andy Pancratz, su ex compañero en DePaul, que también lo saludó en esa reunión, manifestó más tarde que se mantenía en forma y que lo vio como nunca antes en su carrera, pleno de ilusión por hacerse un hueco en la NBA. Lo mismo comenta Hot Rod Huntley, el comentarista de los Jazz, que hizo de speaker en la citada reunión.

Los que le conocen lo juzgaban hombre sensible e inteligente, capaz de ver la solución a su aparente problema, pero no dejan de reconocer la naturaleza inaccesible de su alma, lo incapaces que a menudo se sentían de llegar siquiera a acariciar lo más profundo de su ser.
 

El día 15 de septiembre, cuando Claudia Robinzine regresó a su casa de Kansas City, se encontró con una amplia nota de dos páginas, manuscrita por su marido; en ella, explicaba que no podía aceptar el rechazo de los profesionales y planeaba quitarse la vida.
 

Claudia enseguida llamó a la Policía, que emprendió su búsqueda, llamando a la oficina de los Jazz, donde el propio Layden les dijo que no sabían nada de él desde el final de anterior temporada. Veinticuatro horas después, su cadáver era encontrado en el asiento de atrás de un vehículo estacionado en un garaje de Kansas City.

El padre de Bill, al enterarse de la noticia, trató de ocultar el suicidio a la madre, diciendo que su hijo había sido víctima de un tiroteo en un robo, pero una llamada a la casa familiar de Ray Meyer, a los pocos minutos, incrédulo ante la noticia que le acaba de dar su hijo Joey, quebró la balsámica mentira, al ponerse la madre al teléfono.

Nadie podía explicarse cómo un hombre con todo para ser feliz, sensible, inteligente y culto, había decidido poner fin a su existencia  de manera voluntaria y violenta. Claudia Robinzine jamás habló con la prensa del luctuoso hecho.

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La técnica de láminas de sonido consiste en un rápido arpegiado intercalando diferentes patrones de escalas, con notas muy condensadas en el tiempo, una suerte de elasticidad armónica, una búsqueda en mil direcciones.

A través de ella, Coltrane, el tenor enojado, se liberaba de su angustia, lograba alcanzar acordes de cinco notas, intercambiándolas a continuación, tratando de ver cuántas distintas formas había de hacerlas sonar. Era como explicar algo en cinco formas diferentes, a veces en forma de ráfagas y otras en largos fraseos.

Las drogas, el alcohol y el cáncer acabaron llevándoselo, aún joven, inacabada su indescriptible empresa. Nadie sabrá adonde hubiera llegado.

Una oleada de sentimientos invadía a Bill Robinzine cuando decidió poner fin a su vida, encerrándose en su coche, un Oldsmobile Tornado, en un garaje y dándole al motor a todo gas, hasta morir por asfixia de monóxido de carbono. Él, que controlaba los sonidos de su trompeta con la pericia de un superdotado, eligió un largo y monótono fraseo para abandonar este mundo, el del motor de su automóvil.

El oxígeno que necesitaba para respirar, y para hacer sonar su trompeta, se fue extinguiendo, como su vida, a medida que el motor expedía el gas letal, tal como había planeado, nadie jamás sabrá por qué.

Según el saxofonista Cannonball Adderley, cuando Miles Davis le preguntó a John Coltrane por qué tocaba esos solos tan largos, el genio de North Carolina contestó:

“It takes so long to go in”
 

Por REMEMBER a las 17:05 0 Comentarios
 

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