En la División I del basket universitario, en la Western Athletic Conference, empieza a despuntar un hombre cuyo nombre esconde un atroz pasado.
Su apellido, Jones, el cuarto más común en los Estados Unidos, nada nos dice sobre su existencia, nadie podría suponer que el baloncesto, que ahora representa su inmediato presente, fue el medio a través del cual permaneció con vida aquel que le dio la suya propia.
Pero para comprender la energía que alienta esa vida, y la importancia que el basket tiene en ella, se hace necesario que nos remontemos al pasado.
El Sábado 18 de noviembre de 1978 pasará a la historia como un día negro, aquel en que un furor suicida, inexplicable y siniestro, se apoderó de las mentes de cerca de 1.000 personas que integraban la secta del Templo del Pueblo en Jonestown, en plena costa Noreste de Sudamérica, en una finca de 140 hectáreas enclavada en lo más profundo de la jungla de Guyana.
913 cadáveres dejó esa multitudinaria danza macabra, impulsada por el fanatismo, y alimentada por el aislamiento y la morbosa dependencia en el culto a la trastornada personalidad de un falso profeta.
El Reverendo Jim Jones, un carismático bienhechor de tendencias socialistas, calificado como cruce entre Cristo y Lenin, había congregado en torno a su persona a una familia de más 1.000 personas, que habían abandonado todo lo que les ligaba a sus antiguas vidas para seguirle, en primer lugar hasta California, y más tarde a Guyana, lugar que consideraba al resguardo de un potencial ataque nuclear.
En esta fanática Arcadia, sus fieles, una amalgama de razas, cultivaban hortalizas y frutas, criaban pollos y cerdos, fabricaban su propio calzado, educaban a sus niños y atendían a los enfermos y ancianos.
Pero ese idílico mundo feliz, vino a resquebrajarse cuando un senador americano decidió visitar el Templo del Pueblo, con un objetivo: investigar supuestos malos tratos que recibían algunos miembros de la secta.
La respuesta del Reverendo, sintiéndose acorralado, no tarda en llegar: el senador Leo Ryan, tres periodistas y un desertor de la secta fueron asesinados a tiros por “ángeles vengadores” enviados por Jones, en una emboscada tendida en la pista de aterrizaje de Puerto Kaituma.
Acto contínuo, Jones ordena un masivo “suicidio revolucionario”, ante el que se plantea escasa oposición, apenas un par de madres alegaron a favor de la supervivencia de sus hijos menores. Así pues, primero murieron los niños, aproximadamente 200, y sus padres, con esa perversa imagen grabada en sus mentes, tomaron sedientos la ponzoñosa poción, un zumo con sabor a uva, FlavorAid, mezclado con poderosas dosis de cianuro.
De tal masacre, apenas sobrevivieron 80 miembros de la secta, y entre los que consiguieron seguir contándolo, se hallaba Jim Jones Jr. un chico de color adoptado por el líder tenebroso, con una pasión por el basket.
Y ese amor fue el que salvó su vida y la de sus compañeros de equipo, que al momento de los hechos se hallaban a 150 millas, en Georgetown, jugando un encuentro amistoso ante la selección nacional de Guyana.
El basket fue uno de los pocos vehículos de evasión que Jim Jones Sr. admitió en el reclusivo mundo del Templo del Pueblo, un signo de normalidad, una diminuta fisura en esa bóveda de fanatismo que había construido durante tantos años.
El Reverendo aceptó que varios jóvenes, entre ellos Jim Jr. construyeran una precaria cancha en los alrededores de la comuna y vio con buenos ojos, como una medida integradora, que aceptaran disputar partidos con el combinado local.
El primero se saldó con una paliza de más de 30 puntos, el segundo, también ganado por los locales de forma más ajustada, quiso la Providencia que se jugara el mismo día que la masacre tuvo lugar.
Antes y después del partido, Jim Jones Jr. recibió una llamada de su padre, reclamando su inmediata vuelta a Jonestown, pero el amor por la canasta pudo más que la obediencia debida.
Tras la matanza, los jugadores fueron objeto de exhaustivos interrogatorios, a la busca de presuntas implicaciones en los tiroteos. Jim Jones Jr vivió años de desesperanza tras el cruento episodio, en el que perdió la vida su propia esposa y el hijo que esperaban.
La supervivencia era un castigo, no solo había perdido a su familia, sino que su nombre le perseguía allá donde fuera. Alcohol y relaciones esporádicas fueron sus únicos amigos en ese amargo tránsito por la senda del desconsuelo.
Su sinceridad recibió como respuesta ingentes dosis del veneno del rencor humano, acaso el más poderoso y letal, y no había rincón en este mundo donde vivir en paz, aunque fuera en la clandestinidad. Los fantasmas del pasado nunca faltaban a la cita con su conciencia, allá donde quisiera esconderse.
Y fue nuevamente el basket, aquello que le había obligado a morir viviendo, el que le dio una segunda oportunidad. Jim encauzó su vida, y formó familia con Erin, la mujer que supo conciliar el pasado del hombre de quien se había enamorado con el avistamiento de un futuro de sostenible convivencia.
Del matrimonio de Jim y Erin nacieron 3 hijos, uno de esos hijos es Rob Jones, el primogénito, un purasangre de 1, 96 y 105 kilos.
Desde pequeño, como mostrara interés por jugar a basket, Jim se encargó personalmente de preparar a su hijo, un atleta natural que destacó en la High School de Archbishop Riordan, tanto en basket como en football, donde los powerhouses del Oeste, USC, Arizona y Oregón, así como la mismísima Notre Dame, no dudaron en ofrecerle becas.
Rob con sus medidas, agilidad y fortaleza, era el prototipo perfecto de tight end, una posición clave en el football moderno, como arma adicional en el passing game, más allá de sus tradicionales obligaciones de bloqueo como oficioso sexto hombre de la línea ofensiva, una posición en la que ya hay antecedentes de ex jugadores de basket colegial que son primeras figuras de la NFL, como Tony González o Antonio Gates.
Sin embargo, renunció a un futuro de gloria deportiva y contratos millonarios por su pasión por el deporte al que seguramente le debe la vida.
Considerado por los servicios de reclutaje como el cuarto mejor power forward del Oeste, algo estimable pero que no le garantiza nada, acabó fichando por los Toreros de San Diego, donde ya en su año freshman se ha hecho con la titularidad y ha acreditado maneras de estrella .
De hecho, a inicios de febrero, ha sido nominado jugador de la semana en la WAC, Western Athletic Conference, siendo clave en las victorias ante Loyola Marimount (27 puntos y 13 rebotes) y Pepperdine (16 y 7).
Su entrenador ya lo considera el líder del equipo, Sports Illustrated le ha dedicado un reportaje, y tiene todas las ganas de comerse el mundo, pero su escasa altura se plantea como obstáculo imposible de franquear en el paso a los pros, a menos que te llames Charles Barkley, Adrian Dantley o Mark Aguirre y estemos en la época clásica.
Sea como fuere, lo único cierto para Rob Jones es que al basket le debe su vida, y a fé que al basket la está consagrando.
El año pasado, en este blog hicimos algunas consideraciones sobre varios universitarios de postín, los Durant, Oden y Hawes, todos los cuales resultaron “one & done” y algún perdulario con encanto, como el idolatrado Derrick Caracter.
Este año, quisiera comenzar mis comentarios sobre los nuevos rostros del panorama colegial con un tipo que no ha sido McDonald,s All America, que no lleva el cartelito de “freshman of influence”, ni ha despertado cruentas batallas de reclutaje, pero que a buen seguro va a ser un gran jugador, espero que en la NBA aunque no descartaría que acabase siendo prima donna europea.
Me refiero al pívot de Pittsburgh DeJuan Blair, un center de dos metros pelados pero con vocación de jugador interior, una versión mejorada de Jerome Lane, otro Panther, que a mi juicio es uno de los más interesantes jugadores de primer año que pueblan las canchas del otro basket de América.
Adoro a los tipos como Blair, que suplen la falta de centímetros con oficio, que viven de sus virtudes y esconden sus defectos, que tienen cierto sentido del juego, esos que me hacen recordar los oldies goldies times de Corny y cía.
Tipos con buenas manos, con pocos pero efectivos movimientos, gente de gesto adusto y mirada afilada, pavos que la saben meter, que no pierden baza, colegas que patrullan la cancha y se atrincheran en aquella zona que llamaban “pintura".
Blair es de esos que no miran la bola, sino al hombre, cuando van al rebote, que suelen coger con los dos pies en el suelo; de aquellos que conocen los arcanos de ese arte en extinción que llamamos coger la posición, que sabe descrifrar los complejos ángulos de la tabla, en fín.
Por si no he dicho antes, me gusta mucho este Blair.
Y ya que estamos, por el precio de uno os traigo dos, y el segundo tipo del que os vengo a hablar sí que es un price recruit, el mejor de su generación al decir de muchos. Lo listan en 6-10, yo diría que es un 6-8 y pico, pero le da igual, con esas manos y la forma en que usa el cuerpo en la cancha, que le vale por dos o tres pulgadas.
Diría que desde Sir Charles no he visto a nadie, en suelo americano, utilizar su masa corporal como lo hace este muchacho, hijo del arte, nacido para jugar a basket, que ya con 10 añitos prefería leer biografías de Kareem antes que historias de Potter.
Su fuerte es buscar ángulos, ya sea para bloquear ya para recibir con ventaja. Lo hace con la naturalidad de un veterano en mil batallas, como aquel Mo Lucas que escoltara a Bill Walton, otro de sus referentes, en aquella gloriosa aventura llamada Blazermanía.
Sabe que recibiendo a tres metros, su agilidad y muñeca le dan dos puntos seguros, y por eso en esas cortas distancias posa su cuerpo y sella a sus rivales. Su juego es puritito Old School, aires de Aguirre o de Dantley, con una pizquita de Barkley, me llegan cada vez que lo veo trabajándose la canasta de espaldas al aro.
Siempre juega equilibrado, su leverage es de los mejores que recuerdo, raro es verle perder el dominio de su cuerpo cuando recibe la embestida de su marca por dentro, muchas canastas más adicional le esperan en su carrera.
Magnífico reboteador de instinto, su concentración ralla en la obsesión, no parece pasar nada en cancha, y menos en la zona, que sus ojos de fuego no tengan bajo control. Y esa manera de sacar el outlet pass es…………. simplemente inenarrable y si no que se lo cuenten a Darren Collison o Joe Shipp, principales beneficiarios de su dominio de esta técnica.
Ya tiene un tiro fiable, a veces hasta de 6 metros, pero debe mejorar en rapidez en el release de la bola
Entre la crítica surge la duda si en esta era de inerte atleticismo, un blanquito de apenas 2,05, y aparente poca movilidad puede hacerse un nombre, si no acabará cosido a gorrazos por esos afilados especímenes que galopan por las canchas enbiei.
Llevándolo a términos musicales, sería un All you need is Love, que decían los chicos de Liverpool, frente al Your Love is not enough, que ahora cantan unos galeses. A pesar de que me encantan los Manic, yo siempre fuí un clásico.....
Y quiero creer que en una liga en que gente como Brian Cardinal, Memeth Okur o Troy Murphy son alguien, este chico puede llegar a ser estrella.
No tengo duda que este Kevin Love se come, con fundamentos, a Reggie Evans y sucedáneos, solo me falta ver si puede mirar a la cara a Elton Brand.
Siempre quise creer en un basket de y para inteligentes, no creo que cese de estar persuadido que un jugador de baloncesto es algo más que un simple atleta, es un artista.
Por eso me gustan estos old school guys, ya knaaaaaaw…………
El pasado viernes se emitió un programa especial de Basketaldia, el peculiar espacio dedicado al basket que dirige Josean Sáiz en la emisora Segura Irratio.
Se quiso hacer algo nuevo, casi dos horas de tertulia nostálgica acerca de los americanos que han ido pasando por la historia de la ACB.
Un trasvase de medio de aquel hilo que entre muchos foreros creáramos en el foro oficial de la ACB, y que nos tuvo ocupados entre tres y cuatro años.
Para la ocasión, contamos con dos protagonistas de lujo, si de americanos hablamos:
- Mario Pesquera, ex entrenador de Valladolid, Zaragoza, Málaga y Seleccion Española, y hombre que trajo a España a gente como Steve Trumbo,George Singleton, Granger Hall, Wendell Alexis, Michael Young, Floyd Allen, Joe Arlauckas, Ricky Brown, Dennis Hopson...... o entrenó a mitos como Nate Davis o Mike Phillips.
- Jordi Román, periodista con más de 25 años siguiendo el basket nacional e internacional, de las páginas de Nuevo Basket a las de El Mundo Deportivo, donde ahora trabaja, y que es una de las máximas autoridades en la materia.
Ya digo que fueron casi 120 minutos plagados de recuerdos, anécdotas e interesantes reflexiones, un lujo en estos tiempos acelerados y livianos.
Me permito colgarlo aquí porque se emitió en una emisora local, a la que muchos no tenemos acceso en directo, y me consta que por esta página pasan muchos veteranos, voluntarios esclavos del recuerdo, que disfrutarán oyéndolo, más en estas fechas que hay tiempo libre.
Aquí os dejo el enlace, y que lo disfrutéis.
http://www.allstarnba.net/basketaldia/BasketAldia306.mp3
Solo me queda desearos lo mejor para el 2008 que viene, que se cumplan al menos algunos de vuestros deseos, y que lo viváis con salud, paz y libertad.
De vez en cuando es grato, y conviene, reflexionar sobre la evolución del basket continental, más concretamente en punto a los cambios acaecidos en la élite de equipos europeos desde que nace la Euroliga, y la influencia que esos cambios haya podido producir en un hipotético ranking histórico.
La elaboración de estos rankings resulta un ejercicio tan injusto como irresistible, a todos nos gusta cuantificar el éxito, y si bien los resultados no tienen por qué ser científicos, sí consiguen darnos una idea aproximada del estado de la cuestión, y animar debates al respecto.
Entrelazando el hoy y el ayer, se pueden establecer varias premisas para enjuiciar los merecimientos de unos y otros, determinando los siguientes parámetros:
- Títulos conseguidos, éste ha de ser el criterio cardinal, dando preferencia a las Copas de Europa. Aquí se plantea la paradoja de que los títulos secundarios, Recopas y Koracs/Ulebs, son en muchas ocasiones síntomas de “debilidad”, en la medida que los trofeos menores son el destino de los equipos que no han alcanzado, en sus competiciones internas, el nivel necesario para pelear por el máximo galardón, aunque no dejan de ser títulos que dan lustre a los historiales de los equipos que los consiguen.
. - Continuidad en la élite europea, a lo largo del tiempo, es un factor que contribuye a dotar de prestigio a un equipo, el estar siempre en lo más alto, aunque esta presencia no se haya manifestado en títulos, confiere solera a las diferentes escuadras.
. - Impacto concentrado sobre una determinada época, precisamente para mensurar un intangible que hace que un equipo permanezca en la memoria de los aficionados aunque no haya gozado de la continuidad de otros.
. - Miscelánea subjetiva, son todas esas cosas que nos hacen preferir a un equipo sobre otro, y que no tienen una justificación objetiva: su nombre, nacionalidad, su cancha, su vestimenta, los patrocinadores, y lo más importante: los jugadores y técnicos que pasaron por sus filas.
Ciñéndonos al máximo titulo continental, la Copa de Europa, ahora conocida como Euroliga, hasta mediados de los 80, Madrid y Varese habían sido comúnmente considerados los dos grandes de la historia del basket europeo, los ecos de su legendaria rivalidad de los 70 impregnaban el recuerdo entre los estudiosos de la cuestión.
7 a 5 era el parcial histórico a favor de los blancos, dejando muy lejos al resto de aspirantes, tanteo que solo ha sufrido una variación, la octava Copa del Madrid, conseguida en 1.995 en Zaragoza ante Olympiakos.
Cantú, Cibona, Milán y Split, acapararían galardones en la década de los 80 e inicios de los 90, tras la cual se ha entrado en una época convulsa, marcada por el cisma de la FIBA y la Euroliga, que sucintamente ha supuesto, en la última década, la vuelta al primer plano continental de los históricos CSKA y Maccabi, así como la irrupción del Panathinaikos y la Virtus, que les ha permitido asentarse en ese exclusivo club de los más grandes de la historia.
Partiendo de estas premisas básicas, podemos elaborar el siguiente TOP TEN HISTÓRICO EUROPEO:
1 Real Madrid, (8 Copas de Europa*, 4 Recopas, 1 Korac y 1 ULEB). Es el dominador conjunto en los 60 y 70, compartiendo galones con CSKA y Varese respectivamente. En la primera parte de los 80 a duras penas se mantiene, para desaparecer, desplazado por el FC Barcelona a nivel nacional, volviendo en los 90 de manera esporádica, pues permanece inédito en la primera década del siglo XXI. Por el momento, nadie amenaza su privilegiada posición a corto plazo.
2 Maccabi Tel Aviv, (5 Copas de Europa) posiblemente sea el equipo en el que el factor continuidad sea más acusado, favorecido por su tiranía deportiva en la competición local. Desde que irrumpe en escena, a mediados de los 70, hasta nuestros días, ha sido una presencia en mayor o menor medida, como atestiguan sus 12 finales disputadas.
3 Pallacanestro Varese, (5 Copas de Europa, 2 Recopas) desaparecido de la élite desde los inicios de los 80, cuando cae el imperio Borghi-Ignis, su record histórico de diez finales consecutivas de Copa de Europa hace que la llama de su leyenda siga ardiendo, 25 años más tarde.
4 CSKA Moscú, (5 Copas de Europa). Dominador en los 60, se mantiene en segundo plano en los 70 y parte de los 80, para pasar un largo periodo de hibernación, al socaire de los fenómenos socio-políticos que afectaron a la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La llegada del nuevo siglo, devenidos en imperio económico, los devuelve al máximo nivel de los grandes de Europa.
5 Olimpia Milano, (3 Copas de Europa. 3 Recopas, 2 Korac). Su hegemonía en la que fue mejor liga del continente, hasta inicios de los 90, no se tradujo en términos europeos, aun así, por títulos y presencia, merece estar alto, y podemos olvidar su última década ominosa.
6 Pallacanestro Cantú, (2 Copas de Europa, 4 Recopas, 4 Korac). La cuasi infalibilidad, durante dos décadas, en las grandes finales de todas las competiciones europeas es el factor determinante en la valoración de otra escuadra trasalpina inmersa en un periodo de decadencia sin horizonte, pero con un lustroso pasado cuyos fulgores aún perduran.
7 KK Split, (3 Copas de Europa y 1 Korac). Un club croata que destacó en los primeros 70, finalista en 1.972, se convierte en el tránsito de los 80 a los 90 en un caso de dominación absoluta y concentrada, solo citar la palabra Jugoplastika exime de ulteriores explicaciones.
8 Panathinaikos Atenas, (4 Copas de Europa). Tras una fugaz aparición en semis de Copa de Europa en 1972, no asoman la cabeza hasta mediados de los 90, de hecho, de 1.984 a 1.998 ni siquiera ganan su Liga. En estos momentos, representa el máximo poder europeo.
9 Virtus Bologna, (2 Copas de Europa, 1 Recopa). Otra escuadra cuya leyenda va más allá de sus títulos, los años 70, 80 y 90 han presenciado la evolución de las uvenere, que a raíz de una crisis económica han quedado tocadas del ala.
10 Cibona Zagreb, (2 Copas de Europa 2 Recopas). Los 80 fueron su etapa de reinado, pero antes y después han seguido siendo parte de la historia de nuestro deporte.
Como vemos, todos los equipos que integran el elenco de grandes tienen, como mínimo, 2 máximos cetros continentales, y algunos poco más, la razón de ello es que, siendo dominadores en sus ligas internas, casi siempre disputaron la Copa de Europa, como es el caso de CSKA y Maccabi.
El movimiento más llamativo, a mi juicio, en los últimos años ha sido el sorpasso protagonizado por el equipo macabeo a expensas de Varese, que se justifica porque a igualdad de títulos, hay que ponderar la continuidad.
Ciertamente el CSKA también parece en trance de desplazar a la mítica escuadra lombarda en el top 3.
A algunos les puede chocar que Panathinaikos, el club más fuerte de Europa actualmente, solo sea octavo, cuando por títulos máximos debiera ser quinto. Ello se justifica por el factor continuidad, ya que no es hasta mediados de los 90 que aparecen los helenos en la élite del basket continental, y una década de fructífera dominación, con 4 Euroligas, no puede solapar las presencias históricas de Milán, Cantú, y , en menor medida, Split.
En todo caso, los verdes al acabar esta década podrían ingresar en el selecto club de los 5 e incluso 3 primeros, de seguir su extraordinaria racha de títulos.
Precisamente el caso Split merece una consideración especial, pues lo que más se toma en cuenta es su impacto sobre una época, al punto que si se estableciera un ranking de mejores equipos por temporadas, alguna de las formaciones de la Jugoplastika debiera encabezar el listado.
El ganador de las tres primeras ediciones de la Copa de Europa, el ASK Riga, tampoco aparece en el ranking, fundamentalmente porque su jerarquía no ha tenido continuidad y por la lejanía de sus logros, que los arroja a las oscuras aguas del anonimato.
Quedan fuera, igualmente, grandes equipos que han tenido presencia continua en Europa no acompañada de éxitos, como el Zalguiris, Limoges, Barça, Joventut, Olympiakos, Bosna, etc, etc, que a buen seguro sí aparecerían en las listas de otros aficionados.
De hecho, habrá tantas listas como aficionados dispuestos a elaborarlas.
* El término Copa de Europa engloba tanto al viejo título como a los más modernos de Liga Europea, Euroliga y Suproliga.
Con el paso del tiempo, el viejo sueño europeo de la unión se ha venido materializando en distintos ámbitos, y de ellos, el que aquí importa reseñar es el del baloncesto.
Fue en las páginas de NUEVO BASKET, ¡como no!, que leí por primera vez acerca de una idea embrionaria, basada en el concepto NBA, de una liga que abrazara todo el territorio europeo, un ambicioso concepto que a la sazón sonaba demasiado improbable.
Aún recuerdo que una de las bases de ese proyecto era implicar con el basket a aquellas ciudades emblemáticas de Europa en las que nuestro deporte no había prendido lo suficiente, concretamente París, Londres, Amsterdam, Berlín o Munich.
Se daba por hecho el éxito de este proyecto en las grandes ciudades históricamente asociadas al deporte de la canasta en el Viejo Continente como Madrid, Barcelona, Milán, Roma, Belgrado, Zagreb, Split, Sarajevo, Tel- Aviv, Moscú, Estambul, Salónica y Atenas.
Y se planteaban serias dudas sobre ciudades señeras, pero sin estructura para competir con las megápolis antes citadas, me refiero a pequeños emporios de baloncesto como Badalona, Zaragoza, Varese, Cantú, Caserta, Kaunas, Limoges, Pau, etc.
De eso hace 20 años, y el tiempo ha venido a disipar aquellas brumas, mostrando en todo su esplendor una Euroliga que es una competición viva, presente en todo el territorio europeo, capaz de atraer a grandes masas de audiencia, con fuertes patrocinios e intensa cobertura mediática, y con unos criterios organizativos cada vez más profesionales.
Es cierto que el modelo competitivo adolece de cierta indefinición, que hay muchos partidos que parecen intrascendentes, como ocurre en su referente profesional americano, pero no lo es menos que conforme se avanza en la competición, el interés aumenta y llega a su eclosión en la Final Four, que es un acontecimiento de primer nivel en el calendario deportivo mundial.
También es cierto que, excepción hecha de la Euroliga Honoraria del Sant Jordi, el tufillo casero y manipulador que desprendían los llamados “arbitrajes FIBA” ha ido desapareciendo, más allá de hechos puntuales perfectamente comprensibles en el concepto de error humano.
A día de hoy, tras la NCAA, esta es la competición que como espectador más me motiva, la que mayores alicientes muestra, la que a mi juicio tiene una propuesta global, y no solo hablo de lo meramente deportivo, más atractiva.
Me atrevería a sentenciar, aún a riesgo de que ello sea tachado como una boutade europeísta, que tres o cuatro equipos de la Euroliga serían equipos NBA bastante apañados, de los de luchar por alcanzar posiciones de playoffs, y alguno incluso podría pasar alguna ronda.
Fijémosnos en la competición actual, y veamos que los 24 equipos que compiten tienen algo en lo que posar nuestro interés, algún reclamo que se haga acreedor a nuestra atención:
En el histórico Aris, me interesa seguir la progresión de Reyshawn Terry, ver como cuatro años de college aún siguen valiendo para tener nivel en Europa.
En el no menos acrisolado Olimpia Milano, targato Armani, seguiré de cerca a una de las perlas de la cantera europea, Danilo Gallinari, hijo más que del arte de la lucha, pues su padre fue uno de los defensores más temidos de la pallacanestro clásica, un especialista en aquella Billy de Peterson & D,Antoni.
En el Axa Barça, todos estaremos atentos al final de las relaciones peligrosas, si es que se produce finalmente, valga la redundacia.
El Brose Basket presenta varios desperados NCAA, pero de todos ellos el que tengo ganas de ver es al australiano Luke Schenscher, reina por un Tournament hace tres años con los Yellow Jackets.
Roanne, preciosa ciudad by the way, será la nueva casa de uno de mis cadáveres exquisitos, Norman Nolan, de infausto recuerdo fuenlabreño, y en quien quiero seguir confiando.
En la Cibona hay un base pequeñito que hizo las delicias en las mejores canchas de la temible S.E.C., su nombre es Tre Kelley, y creo que hay que seguirle la pista.
En el Cska, no hay ojos para tanto bueno, pero me interesa sobremanera la escalada, lenta pero segura, de Ramunas Siskauskas a la más exclusiva élite de jugadores del basket europeo.
Loren Woods, el heredero fallido de Duncan en Wake Forest, es el referente del Efes Pilsen, un jugador muy esperado en Europa y que si encuentra motivación, puede dominar.
En el Ulker, uno de los hype más desquiciantes de la historia, James White, quintaesencia de un basket que deploro, tendrá ocasión de redimirse de sus atléticos pecados.
Todo el mundo hablará de Nicholas Batum en Le Mans, pero a mi quien de verdad me gusta es Antoine Diot, uno de esos directores de juego totales, una computadora, promesa de regeneración.
En el Rytas, otro cadáver exquisito, el ex Gonzaga JP. Batista, jugador que ha representado una pequeña decepción personal, pues esperaba que hiciera grandes cosas en Europa, y poco hemos visto de él.
En Roma, el morbazo del probable desquite de una atestada refusal room de la ACB: con Lorbek, Drejer y Ukic a la cabeza.
Tel-Aviv, la primera sucursal NBA en Europa, llama ahora la atención por sus productos nacionales, y así al consolidado, aunque poco reconocido Burnstein se une una pareja atractivísima: Yotam Halperin y Lior Elihayu.
En la bella Siena me atrae la bestia Eze, Benjamin, un nigeriano de Lagos que no baila, pero percute.
El Pireo y Philly nada tienen que ver, pero de la conexión Temple, Lynn Greer y Marc Jackson, dependen muchas opciones de Olympiakos.
Panatinaikos, o el camarote de los hermanos Marx, un nuevo puzzle que habrá de armar el consagrado Zeljko Obradovic.
En Partizan no me dejan otra opción, siento ser poco original pero este Nicola Pekovic parece que va en serio.
Si alguien me dice hace diez años que Travis Best jugaría en Polonia, me hubiera quedado asombrado, si me afirman que formaría backcourt con Juanny Wagner, el wonderboy neoyorkino, me hubiera dado un jamacuco.
En Madrid se juega la Final Four, y la pregunta es si los blancos tendrán Plaza, difícil, pero no imposible.
Baskonia, tras penar ante las jaurías soviéticas, macabeas y helénicas, por fin regresaba al calor de su tierra, pero perdieron demasiados marineros. Pablo, siempre Pablo, es mi última esperanza de verles Top of the World.
En Unicaja, la sombra de Garbo es alargada, y la mala sombra con Sergio empieza a alargarse. Panorama sombrío, pues.
Goran Dragic, con un ojo puesto en Vitoria, será la atracción máxima en Ljubljana, semillero inigualable, donde la juventud tiene que volver al poder, en un ciclo eterno.
Las legendarias Uvenere, tras pasar un calvario financiero, de nuevo asoman su tímido rostro a la Gran Europa y de su plantilla me llama la atención la presencia de un Spartan de pura cepa, el talentoso Alan Anderson.
Y llegamos al Zalguiris, donde juega Tanoka, de quien siempre pensé era el mejor físico que he visto en canchas europeas, lástima que la cabeza nunca le acompañara.
Como se ve, una competición apasionante.