La Serie Final de la NBA 2009 viaja esta semana a Orlando. Los Lakers llevan ventaja de 2-0 -ganaron cómodamente el primer choque y no perdieron el segundo- y juegan ahora a favor del viento la historia. Desde que, en 1985, se implantara el modelo 2-3-2 para las Finales de la Liga, sólo los Mavericks de Dallas, en 2006, dejaron de ganar el título de campeones tras lograr un 2-0 inicial en su serie. Veremos cómo le va a los Lakers en Magicland, pero me temo que ese alley-hoop fallado en el último segundo del tiempo reglamentario por el jugador novato del Orlando, Courtney Lee, y que pudo significar el triunfo de los Magic, poniendo un inquietante 1-1 en el marcador parcial de la Final, será una jugada que todos en la casa Magic lamentarán durante largo tiempo.
De todos modos, es agradable ver al Orlando todavía vivo a estas alturas de temporada. El que para muchos expertos es el equipo sorpresa de este curso –a mí se me hace muy difícil calificar como “equipo revelación” a un conjunto que ha ganado 59 partidos en la Temporada Regular- podrá dar más o menos guerra a los Lakers en estas Finales, es cierto. Pero el hecho de estar ahí ya me parece una subversión maravillosa contra la corriente que nos dictaba que los Lakers se las verían en la Final con los Cavaliers. Y los heraldos nos anunciaban, radiantes, ese “showdown” entre LeBron y Kobe. Hasta en la sopa.
Sin embargo, ahora, uno se da cuenta de que toda esa historia (e histeria) sobre el “gran reto” era bastante irreal. La victoria del Orlando sobre el Cleveland se ha presentado en muchos foros como la gran derrota del año. Pero, repito, un equipo que logra casi sesenta victorias en la temporada –y encima con una de sus dos superestrellas, el base Jameer Nelson, fuera de combate durante 40 partidos- no es un conjunto revelación. Es un equipazo.
Al ganar el séptimo partido al Boston, en Boston, y eliminar luego al Cleveland, el equipo de la NBA con mejor registro de victorias en la fase regular, los Magic han hecho ya –incluso si como es presumible, pierden frente a los Lakers- una temporada portentosa. Pero sobre todo, lo que realmente me gusta más de este viaje de los Magic a la Final es que se han cargado con un manotazo en la mesa toda esa bacanal de mercadotecnia corporativa que nos íbamos a tragar sobre James y sobre Bryant en esa Final que nunca fue. Sólo por eso, ya ha valido la pena apostar por el pase del Orlando a la Final.
Sí; porque su clasificación para el gran evento nos ha recordado algo muy palmario, pero que a veces conviene refrescar: el tiempo pasa inexorablemente para todos. La era de los Bulls de Chicago y de Michael Jordan se acabó hace ya once años. Y, en este tiempo, la superestrella, el hombre del momento, no siempre ha ganado finales: por el bien del deporte y de la Liga. O por la venta de más zapatillas, o de más afeitadoras. Es cierto que esta década post-Jordan empezó con un dominio notorio de los Lakers –con Kobe Bryant y Shaquille O’Neal como luminarias- pero no es menos cierto que esta década pertenece también –o incluso más- a un equipo de perfil mucho más bajo: a los Spurs de San Antonio.
Es comprensible que mucha gente contabilice los anillos de campeón que tienen las superestrellas. Eso siempre es bonito de contar. Pero Kobe Bryant se ha hecho más grande este año porque –finalmente- ha entendido que su destino, al menos durante estas dos semanas en que se disputan las Finales, está en manos de actores secundarios –entiéndase bien el término- como Gasol, Odom, Ariza o Fisher. Al fin y al cabo, esa fue, para mí, la gran moraleja de las Finales de la Conferencia Este: el gran, el grandioso incluso, LeBron James hizo todo –literalmente todo menos llevar las toallas- por su equipo. Y a pesar de ello no pudo conseguir que sus Cavs volvieran a Cleveland a disputar el séptimo partido de la serie.
Naturalmente, los partidarios de LeBron y Kobe aprovechan estas circunstancias para reabrir el eterno debate sobre cuál de los dos jugadores es superior, o más completo, o –como diría Forrest Gump- cuál de los dos es “más mejor”. Este debate, y otros muy similares, me han parecido siempre absurdos. Porque todo tiene mucho más que ver con factores externos que con la calidad indiscutible de los propios jugadores: la época, la edad, el “entourage”. Bryant (30 años) está jugando su sexta serie final de la NBA y busca su cuarto anillo. James (24 años) no sólo no está jugando la Final, sino que el Comisionado David Stern ha tenido que recordarle que ciertas normas de comportamiento son innegociables en la NBA. Pero tal vez dentro de siete años, quién sabe, James estará jugando su quinta o sexta serie final, y buscará su cuarto anillo también. Es un debate estéril una vez más. La moraleja es que es preciso hablar más de equipos y menos de estrellas solitarias.
De hecho, una vez que los Magic tumbaron a los Celtics a mediados del mes pasado -cuando escribo esto me doy cuenta de lo largos que son los playoffs de la NBA- con un sistema de ataque brillante, que empieza en Howard y se despliega hacia los jugadores exteriores, me pareció que un Lakers-Magic sería una Final mucho más atractiva que la versión baloncestística de ese duelo al sol entre LeBron versus Kobe que nos querían vender.
Sí; porque todo eso de las marionetas de Kobe y de LeBron, los anuncios, y los retos está muy bien para los que montan las campañas de marketing. Pero siempre me pregunto si todo esa venta a granel de ese duelo entre “esta estrella versus esta otra estrella” no difumina enormemente la frontera entre lo que las empresas le quieren vender a los jóvenes aficionados y el producto, competitivo claro, que quiere vender la propia Liga NBA.
Sin duda, el baloncesto profesional estadounidense –y tal vez el baloncesto profesional mundial- está en una fase en la que sus estrellas, una elite muy selecta de jugadores, sólo pide cosas: piden el balón, piden más dinero, piden más atención. Pero, seamos honestos, sin dudar ni un solo instante de la grandeza sublime de LeBron James, no es especialmente bello que, en un deporte colectivo como es el baloncesto, un líder tenga que llevar a su equipo a sus espaldas noche tras noche: la mayoría de las veces no tanto por egoísmo, sino por pura necesidad de supervivencia colectiva.
Kobe Bryant es, sin ningún género de duda, el corazón de estos Lakers. Su estrella indiscutible. Pero si algo nos están mostrando estos playoffs es que Gasol, por ejemplo, y ya que estamos en Hollywood, se ha convertido más en una co-estrella –eso que en el cine se llama el “co-star” que un actor secundario. Lamar Odom, al lado de sus dos camaradas, ha mejorado mucho sus prestaciones y se ha convertido en un jugador tan esencial para el devenir del equipo como el propio Gasol. Lamar es otra co-estrella. Y, a pesar de sus trifulcas con el Entrenador Jackson y de su carácter ciertamente errático, Andew Bynum va también mejorando poco a poco. [Por cierto, honra y honor al GM del club angelino, Mitch Kupchak, que se negó a cumplir los deseos de aquel Kobe Bryant post-Shaquille, post-moderno, y post-engreído que se empeñó en que los Lakers ficharan a Jason Kidd –en una operación que despacharía a Bynum a los Nets de Neuva Jersey- en vez de apostar por el joven pivot].
Por su parte, los Magic, de la mano de su manager general, Otis Smith, superviviente por cierto del affaire Fran Vázquez, también ha construido un equipo muy sobresaliente: sobre todo con tiradores exteriores letales, de toda procedencia y linaje, que parecen surgir de cualquier lugar del campo y disparan como si fueran los “charlies” del Vietcong. Y que rodean brillantemente al excepcional pivote Dwight Howard, dibujando los perfiles de un equipo clara, rotundamente, muy bueno.
Así que veremos qué nos depara el resto de los partidos. Tal vez los Magic puedan ganar tres encuentros seguidos en su cancha y nos lleven a contemplar un séptimo partido que culminaría unos playoffs ciertamente egregios. O tal vez no. El Orlando –se demostró ayer- carece de esa experiencia que se adquiere no sólo estando en una final, sino incluso perdiéndola. Los Lakers, gracias en gran parte al varapalo que se llevaron el año pasado frente a los Celtics de Boston, se han conjurado este curso para ser más fuertes, más duros, más impenetrables. Los Magic, de hecho, solo han jugado una Final en toda su historia. Una historia que tiene algunos puntos en común con la más reciente de los Lakers.
Aquellos Magic de 1995 tenían a Shaquille O’Neal en su plantilla. Y todo el mundo pensó que iban a ser una de esas nuevas dinastías deportivas que tanto les gusta mencionar a los americanos. Sin embargo, los Magic fueron –literalmente- barridos por los Rockets de Houston: que tenían en sus fials a un tal Hakeem Olajuwon y a un elenco protagónico de primera magnitud. O’Neal desertó al año siguiente del Orlando y se unió a los Lakers, que en aquel tiempo acababan de fichar a un joven prodigio directamente surgido de la competición escolar de Filadelfia. Aquel wunderkind era, todavía, el hijo de un jugador estadounidense que dejó huella en Italia (Joe “Jollybean” Bryant): aunque ya se adivinaba el prodigio futuro hasta en la forma de moverse por la cancha que tenía aquel adolescente. El resto es historia: O’Neal y Bryant ganaron, juntos, tres títulos con los Lakers; perdieron uno con Detroit, y tuvieron un divorcio extremadamente cruento.
Todo el mundo sabe que Kobe Bryant lleva tiempo buscando ganar un título sin la sombra del gigante de la Louisiana. Pero, del mismo modo que Shaquille consiguió ganar sin Kobe, con los Heat de Miami, gracias a la inestimable ayuda de un tal D-Wade y de otros magníficos secundarios, Kobe se ha dado cuenta de que él no va poder ganar nunca por sí solo. Sabe que en estos Lakers, versión 2009, tiene un soberbio equipo de co-estrellas y de secundarios que no sólo le van a ayudar a ganar ese preciado anillo –y a finiquitar de una buena vez sus cuitas mentales y mediáticas con Shaquille- sino que le van a hacer todavía mucho más grande como jugador.
5 - Jobarr, algunos nos acordamos de usted Don Julio, 2,08, fino,con barba muy bien recortada, algo de propensión alérgica a la pintura, jejej, pero conforme maduró se convirtió en un más que decente interior nacional (bASKONIA, jUVER creo recordar) con buena mano y algunos movimientos decentes. De cuando ser alto y nacional era una gesta ante aquellos americanazos de 25-10 sempiternos. Te tendrían que abrir un blog para que nos contases tus trecuerdos de aquella época gloriosa.
15/06/2009 - 17:42 - RemembeR
4 - Me gustaría que le dierais mi mail a miguel Angel Paniagua. Yo fui representado suyo durante la década de los noventa. Me he ido alejando del mundo del baloncesto a nivel de contactos (que no de afición). En una de las mudanzas perdí el telefono de Miguel Angel. Gracias por todo. Un saludo. Julio Torres Blanco. juliotorresblanco@yahoo.es
15/06/2009 - 12:02 - juliotb
3 - champi, totalmente de acuerdo, porque eso de solo hablar los viernes y porque esta el gran joseba larrañaga...., sinceramente a de la morena se le ve mucho el plumero cuando se habla de basket o hacealguna entrevista a un jugador, vamos que aun siendo el 2º deporte de españa le da mucho igual y no tiene ni idea
09/06/2009 - 10:57 - joaki88
2 - No creo que Lakers se deje remontar un 2-0, máxime viendo la cara de "asesino" de Bryant...Totalmente de acuerdo con que la era Jordan ya pasó (una pena, yo me enganché a todo esto por él, el 23 de los toros), así que ya está bien de buscarle sustitutos (el juego de Lebron no tiene nada que ver). A ver si en la radio te dejan hablar un poco más, que se agradecería mucho.
08/06/2009 - 23:47 - champi
1 - Hay tres cosas que me gustan de esta final. Que Pau por fin ha tenido el reconocimiento que se merece que Kobe está demostrando ser el mejor y que Orlando es un digno finalista jugando como un equipo. gracias por tus columnas. Un placer.
08/06/2009 - 22:36 - mikidumb
Es uno de los periodistas españoles con más reputación cuando se habla del baloncesto de los Estados Unidos. En radio, ha trabajado para la Cadena COPE desde 1986 hasta la temporada 1991 1992, y desde la 1992-1993 lo hace para la Cadena SER, participando en espacios tan populares como el Carrusel Deportivo. En prensa, le hemos leído en medios de tanto prestigio como el diario EL PAÍS o la Revista Gigantes.
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