El fallecimiento hace algunas semanas del entrenador Dana Kirk hizo que algunos nos volviéramos a acordar de las psicofonías de la Final Four de 1985, y del fantasma de Memphis State que sigue sin descansar en paz.
Era un tiempo de luz, era un tiempo de oscuridad. Cuando los Memphis State University Tigers sumaban victorias mientras su entrenador se embolsaba jugosas comisiones a cambio de acudir a torneos o aceptar entrevistas, cuando Keith Lee alcanzaba con frecuencia los 20 puntos y 10 rebotes sin que levantaran sospechas sus problemas de rodilla, cuando William Bedford era un hombre-niño de longitud descomunal y Baskerville Holmes hacía honor a su apodo de “Batman”. Era una de esas historias típicas del baloncesto universitario: Dana Kirk había rescatado a la MSU del fondo de su conferencia con un equipo formado por chavales de la zona, y en el proceso se convirtió en el auténtico rey de la ciudad de Memphis.
La clave había sido la llegada de Keith Lee, un pívot en apariencia dominante capaz de salir airoso de sus enfrentamientos con rivales de la talla de Patrick Ewing o el difunto Wayman Tisdale (entonces aún no difunto, claro). A la consistencia de sus estadísticas sumaba la capacidad de crecerse en los partidos importantes, y su rendimiento futuro en la NBA estaba fuera de duda. Junto a él completaba la pareja interior William Bedford, un jugador mucho más irregular y aún por hacer pero que ya apuntaba muy alto debido a su combinación de estatura, coordinación y velocidad. Aunque estaba lejos de la aportación de “Rock” Lee, su capacidad atlética sugería un futuro en potencia aún más brillante. El aprovechamiento de este potente juego interior estaba en manos del “Little General”, un base pequeño, rápido y buen anotador que respondía al nombre de Andre Turner y ejecutaba a la perfección el sistema de juego de los Tigers: contraataques veloces aprovechando el rebote defensivo, y en estático balones interiores a Lee sin que le temblara la mano si tenía que tirar. El alero Baskerville Holmes, apodado piadosamente Batman (su nombre procedía de la película que estaba viendo su madre en el momento de romper aguas), era el clásico “chico para todo” que lo mismo aportaba defensa y rebote que aprovechaba el marcaje sobre Lee para anotar. Finalmente, Vincent Askew era la joven promesa, un “freshman” capaz de jugar dentro o fuera gracias a su fuerza física y su intensidad.
Éste fue el quinteto que llegó a ocupar fugazmente el nº 1 nacional y logró clasificarse para la Final Four de 1985, aunque su éxito se vio empañado por la derrota contra pronóstico frente a Villanova, la “cenicienta” que se terminó alzando con el trofeo. Los Wildcats de Rollie Massimino y Ed Pinckney aplicaron una defensa asfixiante que impidió los balones interiores, y sólo “Batman” Holmes mantuvo el marcador igualado. En la segunda parte Keith Lee fue eliminado por personales y los Wildcats se escaparon. Andre Turner no consiguió culminar la remontada, y el cuento de Cenicienta siguió adelante. “Si Villanova es Cenicienta”, declaró Dana Kirk, “entonces Cenicienta calza botas”. Aún supieron adaptarse a la marcha de Keith Lee a la NBA la temporada siguiente, y con un juego más rápido se plantaron en el torneo de la NCAA con firmes opciones de volver a la Final Four. Sin embargo, una remontada espectacular de LSU culminada con un tiro a la desesperada en el último segundo eliminó a los Tigers, y con la marcha de Bedford, Turner y Holmes camino del draft ése fue el fin de uno de los mejores equipos de la historia de Memphis. Desgraciadamente, también fue el principio del fin para la mayor parte de sus componentes.
Keith Lee tuvo suerte, aunque entonces nadie lo hubiera pensado. Fue un número 11 del draft, por delante de Karl Malone y A.C. Green, aunque hoy sólo se lo recuerda por el traspaso que esa misma noche lo mandó de Chicago a Cleveland a cambio de Charles Oakley. Y se lo recuerda con la frase “vaya robo”: Lee se vio abrumado por rivales más grandes y fuertes, y sus problemas de rodilla terminaron por hundir su carrera. Había sido operado de la rodilla años atrás, y enfrentado a los rigores físicos de la NBA degeneraron hasta tal punto que sólo dos años después los Blazers anularon su traspaso porque no pasó el examen médico. Aún vagabundeó por las listas de jugadores inactivos y por los drafts de expansión de finales de la década, pero prácticamente no volvió a jugar ni siquiera en las ligas menores de EEUU. Intentó dar el salto a Europa, pero el Cholet descartó su fichaje después de comprobar el mal estado de sus rodillas. Actualmente trabaja como guarda de seguridad en pabellones y centros comerciales, y periódicamente es reconocido por algún antiguo aficionado.
Comparado con William Bedford, eso fue tener suerte. Bedford fue elegido con el número 6 del draft en 1986, y llegó a Phoenix a tiempo de que le pillara de lleno el escándalo de drogas que sacudió a la franquicia. En la desbandada que siguió los Suns lo mandaron a Detroit a cambio de una primera ronda, donde fue imposible seguir ocultando sus problemas de drogas. Ya se había insinuado que los problemas de Keith Lee podían proceder de una supuesta afición por la marihuana, pero la adicción de William Bedford a la cocaína era tan grave como imposible de disimular. El jugador se acogió voluntariamente al programa antidrogras de la liga en más de una ocasión, y se pasó su breve carrera profesional entrando y saliendo de clínicas de desintoxicación mientras aumentaba de peso a ojos vista. Pasó del jugador fibroso y eléctrico que era en Memphis a un pívot pesado y lento en la NBA, con lo que se terminó convirtiendo en el mayor error del GM Jack McCloskey (más que descartar a Ricky Pierce), ya que su empeño por concederles segundas, terceras y cuartas oportunidades provocó el rechazo del resto de la plantilla de los Pistons. Sólo Dennis Rodman intentó influir positivamente en Bedford y convencerle de dejar las drogas, pero si tu influencia positiva es Rodman entonces es que estás más perdido que el barco del arroz. William Bedford pasó los siguientes años entrando y saliendo de cárceles y juzgados, acusado de no pagar la manutención de sus hijos o de traficar con drogas, y actualmente cumple una condena que lo mantendrá en prisión al menos hasta el 2013.
Comparado con Baskerville Holmes, eso es tener suerte. Holmes fue seleccionado por los Bucks en tercera ronda del draft, pero a diferencia de sus compañeros más dotados sus posibilidades de hacerse un hueco en la NBA eran escasas. A pesar de todo, durante varios años intentó labrarse una carrera en el baloncesto, jugando en ligas menores y probando en equipos europeos. Incluso llegó a jugar en España, concretamente en Primera B con el Valvi Girona, pero como en tantos otros equipos no consiguió asentarse y fue cortado al poco de empezar la liga. Finalmente tuvo que volver a Memphis como un fracasado y aceptar un empleo de camionero lejos de sus sueños de gloria. Su situación fue empeorando irremisiblemente: perdió su trabajo, no lograba librarse de las drogas, su depresión se iba acentuando. Después de un par de denuncias por violencia doméstica, el 18 de marzo de 1997 Baskerville Holmes asesinó a su novia y a continuación se suicidó. “Lo siento,” fueron sus últimas palabras, “no quería que pasara esto.” No me queda nada con lo que comparar su destino.
A diferencia de los tres anteriores, Andre Turner y Vincent Askew sí consiguieron hacerse un hueco en el baloncesto profesional de manera permanente. Poco se puede contar de Turner que no sepamos ya, siendo como es todo un clásico de la ACB: después de penar por la CBA varios años consiguió jugar minutos de calidad en la NBA, pero al no encontrar la estabilidad que buscaba se decidió a probar la aventura europea. En España se convirtió en uno de los mejores bases de la competición, y se retiró hace apenas un par de temporadas con casi cuarenta y cinco años de edad después de dar una lección de profesionalidad y rendimiento como se recuerdan pocas. Es difícil encajar el nombre de Turner entre tantas historias de fracaso deportivo y personal.
Porque Vince Askew fue dando tumbos desde el principio, cuando una visita a Kansas pensando en un posible traslado terminó con sanciones a la universidad por una serie de “pequeños obsequios” (dinero, billetes de avión) entregados al jugador. Askew fue elegido por los Sixers en segunda ronda del draft de 1987, y parecía formar parte integral de la rotación cuando sufrió la grave lesión de rodilla que marcó su carrera. Cayó del cielo de la NBA al infierno de la CBA, y en sus breves excursiones a Europa se ganó la fama de jugador inestable propenso a desaparecer de sus equipos a la primera oportunidad. A veces las razones eran médicas, como la inflamación de la rodilla que según se dijo provocó que no llegara a fichar por el Real Madrid en 1989, pero otras veces las causas parecían tener más que ver con la inmadurez del jugador. Especialmente en Italia, donde Askew aparecía y desaparecía como el Guadiana.
Gran parte de la evolución profesional de Vincent Askew se debió al entrenador George Karl, que se convirtió en una especie de padrino del jugador. Cuando Karl volvió a la CBA después de salir de mala manera de los Warriors, Askew era la estrella de los Albany Patroons. Su combinación de capacidad atlética y versatilidad sugerían que su auténtico lugar estaba en la NBA, pero la inexperiencia y la falta de consistencia amenazaban con sabotear su carrera. George Karl trabajó con él, intentó traérselo al Real Madrid, le consiguió un contrato en Golden State y finalmente se lo llevó con él a Seattle. Fue en los Sonics donde por fin se asentó, y durante cuatro temporadas fue el sexto hombre de un muy buen equipo aportando intensidad, defensa y su poquito de anotación. Esta “luna de miel” duró hasta el tercer partido de la final de 1996, cuando los Chicago Bulls aplastaron a los Sonics en Seattle con un humillante 108-86. George Karl estalló en cólera y anunció el destierro inmediato de dos jugadores que en su opinión habían demostrado no estar preparados para jugar una final: Ervin Johnson y Vincent Askew. Los SuperSonics reaccionaron de la mano de Nate McMillan y Frank Brickowski, y se apagó la estrella de Askew. Ese mismo verano fue traspasado a los Nets, y después de pasar fugazmente por Indiana, Denver y Portland su carrera en la NBA llegó a su fin.
A pesar de que se suponía que había madurado, Vincent Askew volvió a dar camballás en sus últimos días como jugador. De nuevo firmó contratos con equipos italianos para luego no presentarse, aparentemente porque no estaba seguro de si quería retirarse o seguir jugando. Hizo algo de scouting, y por consejo de George Karl decidió probar suerte en los banquillos. Además de las ligas menores de EEUU, pasó por un par de institutos y academias privadas donde compaginó los buenos resultados con las polémicas por sus métodos de reclutamiento. Todo eso llegó a su fin en Agosto de 2008, cuando Vincent Askew fue arrestado y acusado de mantener relaciones sexuales con una menor a la que ofreció un puesto en un equipo femenino de baloncesto. Independientemente del resultado de la causa penal, es probable que los días como entrenador de Vincent Askew hayan terminado antes de empezar.
Ése fue el destino del equipo que en Marzo de 1985 parecía dispuesto a comerse el mundo a bocaos. Excepto Andre Turner y, en menor medida, Vincent Askew, su huella en el baloncesto fue casi imperceptible. Incluso su marcha triunfal hasta la Final Four ha sido borrada en lo que se conoce de manera coloquial como la “NCAA death penalty”.
Puestos a sospechar, es probable que la causa que provocara la aplicación de la pena capital no fueran los escándalos de reclutamiento de Memphis State, por bochornosos que fueran. Keith Lee admitió haber recibido una caja de zapatos llena de dinero, mientras que William Bedford fue sancionado por varias violaciones automovilísticas mientras conducía varios coches de lujo diferentes, todos a nombre de poderosos “amigos de la universidad” (“boosters”, en el argot). Incluso es posible que el motivo no fuera el juicio por evasión de impuestos que llevó al entrenador Dana Kirk a la cárcel, después de que se demostrara que no había declarado a hacienda las jugosas comisiones que se sacaba bajo cuerda a cambio de llevar al equipo a ciertos torneos y chanchullos similares. Por muy vergonzosa que fuera la bajísima cifra de deportistas que completaban sus estudios, no era muy diferente a las prácticas seculares y los vicios establecidos en otras universidades.
El problema eran las apuestas.
Se puede acusar a la NCAA de falta de contundencia hacia las violaciones de normas y procedimientos, pero cuando se toca el tema de las apuestas su respuesta es tan inmediata como terminante. La liga universitaria tiene muy frescos los escándalos de apuestas y amaño de partidos que tanto daño han hecho a su reputación, y no está dispuesta a correr más riesgos. La prensa publicaba que el FBI investigaba a Dana Kirk, de quien se decía que tenía tratos demasiado cercanos con algunos apostadores profesionales y que podría haber perdido sumas sustanciales jugando a las cartas en el Colonial Country Club; la sospecha es que esas deudas podrían haber obligado al entrenador a ceder a las presiones de los apostadores y trampear resultados. Se hablaba de que un gran jurado estaría investigando dos partidos concretos, entre ellos la derrota contra Villanova, y que tanto Kirk como Keith Lee podrían recibir citaciones.
El peligro era excesivo, y se resolvió como se resuelven estas cosas: un anónimo “booster” llamó al Gobernador del Estado de Tennessee para explicarle la situación, y el gobernador dio instrucciones terminantes a la junta de gobierno de la universidad: Dana Kirk debía ser despedido antes del viernes de esa misma semana. El cese se hizo oficial el miércoles, imagino que era puente o algo. Dana Kirk fue condenado a un año de prisión por evasión de impuestos; cumplió cuatro meses, y a la salida se hizo cargo de un popular programa de deportes en una cadena de radio. Hay quien dice que el propietario de esa cadena era el mismo que había llamado al gobernador pidiendo su cese, y es que una cosa es una cosa y otra cosa es, como su propio nombre indica, otra cosa. Incluso volvió fugazmente a los banquillos, como entrenador y mánager general de los Memphis HotShots de la Global Basketball Association en 1991. Los HotShots intentaban explotar la conexión local volviendo a reunir a Dana Kirk con Keith Lee, pero el equipo se hundió a las pocas semanas (tampoco te creas que la liga duró mucho más).
El castigo recayó sobre la universidad, que fue sancionada con la no participación en el torneo de la NCAA de 1987. De manera aún más dolorosa, todos los registros oficiales de su participación en la Final Four de 1985 fueron eliminados en aplicación de la mencionada “pena de muerte”. En 1994 la misma universidad cambió su nombre a University of Memphis, y desapareció así cualquier rastro de los Memphis State Tigers de Dana Kirk y Keith Lee. Convertidos en el fantasma de las final four pasadas, su recuerdo sirve de advertencia para quienes acuden cada año al gran baile del baloncesto colegial: “Ars longa, vita brevis”. Lo que viene a significar que la vida es breve, y los aros demasiado pequeños.
“Me niego a creer que alguno de mis compañeros haya dicho eso de mí” (Kareem Abdul-Jabbar, 1980).
La memoria es de natural selectivo y resultadista, y tiende a recordar las cosas no como sucedieron sino en función de su resultado final. Así sucede que nunca hubo un Bill Fitch entrenador de los Celtics, o que “Magic” Johnson era un buenazo que trajo las sonrisas y los triunfos a unos Lakers que ya habían olvidado cómo se conjugaba el verbo “campeonar”. Lo cual es cierto en gran medida, los anillos no mienten, pero tampoco cuenta toda la historia que culminó en la titularidad de un absoluto desconocido como Kurt Rambis.
Jerry Buss se hizo cargo de los Lakers en el verano de 1979, cuando su situación parecía inmejorable a primera vista: contaban con uno de los jugadores más determinantes de la NBA, y una primera ronda del draft recibida de los Cavs tiempo atrás se había convertido en el jugador universitario más buscado del momento. Sumados a dos titulares de nivel allstar como Jamaal Wilkes y Norm Nixon más la vuelta de Michael Cooper tras su lesión, se podría pensar que lo único que debía hacer el Dr Buss era sentarse a esperar que se fueran amontonando los anillos.
Sin embargo, la realidad era que los Lakers permanecían anclados en la segunda fila de la NBA a pesar de haber fichado a Abdul-Jabbar, y las dudas sobre el auténtico grado de compromiso y esfuerzo del pívot neoyorquino iban en aumento. Había ganado un anillo en Milwaukee durante su segunda temporada como profesional, pero después habían llegado las derrotas en playoffs contra los Warriors de Nate Thurmond y los Lakers de Wilt Chamberlain, y especialmente la final de 1974 contra los Celtics de Dave Cowens. Con razón o sin razón se empezaba a insinuar que Jabbar se conformaba con hacer buenos números en temporada regular gracias a su indudable talento ofensivo, pero luego en playoffs se veía superado por rivales de menos clase pero más esforzados como Thurmond y Cowens. Sus cuatro temporadas en Lakers con una sola presencia en la final de conferencia parecían confirmar esa falta de agresividad y sacrificio, aunque siguiera siendo la gran estrella y jugador franquicia de Los Ángeles. En parte, por eso contrataron a Jack McKinney.
El primer problema que tuvo que afrontar Jerry Buss fue la decisión de Jerry West de abandonar los banquillos e incorporarse a las oficinas siguiendo los pasos de Bill Sharman, con lo que los Lakers tenían a quizás los dos mejores entrenadores de su historia convertidos en ejecutivos y sin ganas de volver. El principal candidato para el puesto era Jerry Tarkanian de UNLV, pero su agente desapareció después de alcanzar un principio de acuerdo con los Lakers. Tres días después la policía encontró su cadáver dentro del maletero de su coche, con las manos atadas a la espalda y dos disparos en la cabeza. El asesinato nunca fue resuelto, aunque los rumores sobre sus relaciones con el crimen organizado enfriaron el interés de los Lakers por Tarkanian y en general por los entrenadores cuyos agentes son asesinados en ajustes de cuentas.
Pete Newell recomendó a McKinney, asistente de Jack Ramsey en los Blazers campeones, y antes de Larry Costello en Milwaukee. Allí había sustituido a un Hubie Brown utilizado por parte de los propietarios en un intento de “golpe de estado”, y coincidió con un Abdul-Jabbar que apoyó su candidatura al banquillo de los Lakers. Años después, alguien le preguntó a Jabbar cuáles habían sido sus entrenadores preferidos durante toda su carrera: “John Wooden y Jack McKinney”. Esa respuesta fue especialmente sorprendente ya que McKinney sólo duró como entrenador de los Lakers tres meses, hasta que una brutal caída cuando montaba la bicicleta de su hijo le provocó un coma del que salió con graves secuelas. Sin embargo, en ese breve plazo Jack McKinney había tenido tiempo de llevar a cabo la reforma que convirtió a los Lakers en candidatos al anillo. Su aportación más visible fue un estilo de juego más rápido y la decisión inalterable de colocar a “Magic” de base, pero también realizó cambios notables en la plantilla. La mayor carencia de los Lakers residía en el juego interior, donde no había un segundo hombre alto de calidad que acompañara a Kareem. Adrian Dantley y Jamaal Wilkes eran dos aleros capaces de anotar en la zona, pero su puesto natural era el de “tres” y se daba por hecho que el equipo no llegaría lejos sin un “cuatro” de garantías. La apuesta de McKinney era nada menos que Spencer Haywood, entonces en los Knicks. Este traspaso provocaba serias dudas en las oficinas de los Lakers, ya que Dantley era un jugador joven y prometedor mientras que Haywood era un treintañero con fama de polémico, pero finalmente se impuso la voluntad del entrenador.
Spencer Haywood empezó bien la temporada con los Lakers, pero su rendimiento empezó a decaer cuando el entrenador asistente Paul Westhead se hizo cargo del equipo. Según sus propias palabras, él era un fichaje de McKinney en un equipo que ahora pertenecía a Westhead, y su insistencia en recordar la aportación del entrenador ausente no ayudó a su integración. Inicialmente se suponía que la ausencia de Jack McKinney era sólo temporal, y Paul Westhead aprovechaba cualquier oportunidad para recordar que su cargo era sólo interino. Sin embargo, conforme avanzaba la temporada los éxitos del equipo y la lentitud de la recuperación de McKinney fueron haciendo evidente que éste no volvería al banquillo de los Lakers. Primero lo relegaron al puesto de “scout” avanzado ojeando futuros rivales, luego lo mandaron a su casa sin misión definida, y finalmente anunciaron a la prensa que Westhead había firmado un nuevo contrato como entrenador en jefe del equipo. A pesar de que posteriormente llegó a ser elegido “entrenador del año” con los Indiana Pacers (un puesto que le procuró en secreto Jerry Buss), Jack McKinney nunca se recuperó del todo de esa traición, especialmente por parte de un Paul Westhead al que consideraba un miembro de la familia. Ambas partes entendían que no había existido otra opción, e incluso llegaron a recuperar un cierto grado de amistad, pero las circunstancias de su salida dejaron cicatrices permanentes en el entrenador y en el equipo.
No era el único problema interno oculto detrás de la brillante marcha del equipo. El impacto de “Magic” Johnson había sido positivo en muchos aspectos, completando el mejor perímetro de la liga y colaborando en el rebote para suplir la falta de aportación de un Haywood cada vez más enfrentado con el entrenador, pero su adaptación al puesto de base no estuvo exenta de dificultades. En ese momento de su carrera, Norm Nixon era mejor base que “Magic”, y Kareem no perdía ocasión de dejarle claro al novato cuáles eran sus preferencias. Sobre la pista todos se esforzaban por contribuir al éxito colectivo, pero de vez en cuando unos y otros se enviaban indirectas muy poco discretas a través de la prensa. Ni siquiera la alegría por el triunfo sobre los Sixers se vio libre de polémica, ya que Kareem quedó convencido (parece ser que con razón) de que los periodistas lo habían votado a él como MVP después de su espectacular serie final, pero dado que no estaba presente para la entrega del trofeo la CBS había impuesto a “Magic”. Jabbar sabía que no era culpa de su compañero, y el propio Johnson le llamó para asegurarse de ello, pero las circunstancias conspiraban para aumentar la fricción dentro de la plantilla.
El campeonato de 1980 sirvió para aplacar los ánimos, pero cualquier racha de derrotas amenazaba con hacer saltar la frágil paz interna del vestuario. Y la grave lesión de rodilla de “Magic” Johnson a comienzos de la temporada 80-81 prácticamente garantizaba que las derrotas iban a llegar. Sin “Magic”, Paul Westphal no tuvo más remedio que echarse en brazos de Kareem y adoptar un estilo de juego más lento que el diseñado por McKinney en un momento en el que el pívot angelino parecía haber recaído en sus malos hábitos. Después de su gran rendimiento en la temporada del anillo, Jabbar volvía a ser criticado incluso por sus propios compañeros debido a su aparente apatía y conformismo. La reacción de Westphal, que fue quitar a Jim Chones del quinteto titular, aumentó la fractura dentro del vestuario. Chones era una antigua estrella universitaria de Marquette que se había convertido en uno de los grandes fichajes de la ABA, pero en profesionales no había pasado de ser un buen titular especializado en defensa y rebote. Su aportación había sido vital en el anillo de la temporada anterior, especialmente con el desplome de Spencer Haywood, y creía que eso le hacía merecedor de ocupar un puesto más destacado sobre todo en ataque. Eso chocaba frontalmente con los intereses de Kareem, que no estaba dispuesto a permitir que su pareja interior le robara balones y tiros, así que Westphal terminó ascendiendo a titular a Jim Brewer, otro buen especialista defensivo pero carente de cualquier veleidad ofensiva. El retorno de “Magic” no sirvió para calmar los ánimos: aún no estaba totalmente recuperado, el equipo no tuvo tiempo de volver a adaptarse y fueron eliminados sorprendentemente por los Rockets de Moses Malone en primera ronda.
La situación se volvió insostenible durante el verano de 1981. La prensa reveló que “Magic” Johnson había fichado un nuevo contrato con los Lakers por un salario anual superior al de Kareem y con una duración casi absurda: veinticinco años. Jabbar era consciente de que “Magic” se había convertido en amigo y compañero de fiestas de Jerry Buss, y por extensión en el “niño bonito” de los Lakers. Aunque la franquicia se apresuró a mejorar el contrato del pívot, el fichaje de Mitch Kupchak terminó de soliviantar el ambiente en el vestuario. Kupchak era agente libre restringido de los Bullets, y para forzar su traspaso (a cambio precisamente de Chones) los Lakers le hicieron una oferta inalcanzable para la franquicia de Washington: $800000 para un ala-pívot suplente, el doble de lo que cobraban titulares con años en el equipo como Norm Nixon.
Y Paul Westphal no contribuía a la armonía del equipo. Después de la derrota contra los Rockets, un equipo más grande y lento que los Lakers, decidió aprovechar la llegada de Kupchak para apostar definitivamente por el juego en estático a media cancha aprovechando las capacidades ofensivas de sus pívots. De nuevo Kareem se encontraba formando pareja con un “cuatro” demasiado dispuesto a tirar a canasta, al menos según la opinión del pívot, pero el mayor conflicto residía en la difícil coexistencia de Norm Nixon y “Magic” Johnson. Ambos se encontraban más a gusto ocupando el puesto de base, y aunque habían aceptado compartirlo en el pasado el cambio de juego aumentó su frustración. Los dos jugadores eran partidarios de un estilo más abierto y veloz, y la incomodidad de verse atados a un juego lento mientras además tenían que compartir su posición natural generó una fricción que cada vez se hacía más pública a través de la prensa. Nadie estaba a gusto con nadie y todos estaban enfadados con Westphal, hasta que la situación estalló el 19 de Noviembre de 1981 en Utah: los Lakers ganaron para continuar una racha que llegaría a las nueve victorias consecutivas, pero en el banquillo “Magic” Johnson y Paul Westphal se enzarzaron en una discusión a gritos que terminó cuando el jugador exigió su salida del equipo. “¿Sabes qué? Para esto mejor me traspasas.” “Magic” repitió su petición de traspaso ante los periodistas, y cuando aterrizaron de vuelta en Los Ángeles Paul Westhead ya había sido cesado.
A pesar de la consiguiente tormenta mediática, hoy olvidada pero entonces suficiente para apagar casi totalmente la estrella de “Magic”, la situación interna de los Lakers mejoró a partir de ese momento. Pat Riley, hasta entonces asistente de Westhead, recuperó el estilo de juego diseñado por Jack McKinney con el que la mayor parte de la plantilla se sentían más a gusto. “Magic”, abucheado por los fans, hubo de ceder en su conflicto con Nixon. Kareem no estuvo de acuerdo con el cambio a un juego más abierto en el que su influencia era menor, pero pudo consolarse al encontrar al fin una pareja interior a su gusto: todos lamentaron la gravísima lesión de rodilla de Mitch Kupchak, pero su baja permitió descubrir en el fondo del banquillo a un ala-pívot especialista defensivo al que jamás se le iba a diseñar una jugada en ataque.
Se llamaba Kurt Rambis, y acababa de descubrir que estaba en el lugar indicado en el momento preciso. Bob McAdoo y su MVP tendrían que acostumbrarse a salir desde el banquillo.
“Yo estaba arbitrando un partido de St. John’s en el Garden, y Dick McGuire lo estaba pasando muy mal con los tiros libres. Se persignaba antes de cada tiro, pero falló cinco seguidos y dos más justo antes del final de la primera parte. Cuando íbamos camino del vestuario, un sacerdote se inclinó desde la grada y le dijo: ‘Dick, sé que eres un buen católico, y de verdad que lo aprecio. Pero ¿podrías hacerme un favor en nombre de la religión? Deja de persignarte, nos estás haciendo quedar mal’.” (Charley Eckman)
Antes de Rucker y antes de Foster, la trinchera en la Primera Guerra Fundamentalista del Baloncesto atravesaba la 108th Street en Rockaway Beach. Allí se había construido uno de los primeros playgrounds aprovechando un aparcamiento de autobuses para la Exposición Universal de Nueva York en 1939. Por ese “blacktop” primigenio patrimonio de jugadores tan irlandeses como católicos pasaron Bobby Wanzer, Carl Braun, Bob Cousy, Connie Simmons, Tommy Heinsohn y otros muchos. Gus Alfieri, el biógrafo de Joe Lapchick, recuerda como momento culminante de su vida deportiva el día que los hermanos McGuire lo escogieron para completar un 3x3. Y es que Dick McGuire era el ejemplo más claro de jugador formado en los playgrounds de Nueva York, lo cual tenía un significado bien distinto entonces.
Allá a mediados del siglo XX, la Primera Guerra Fundamentalista enfrentó a las orgullosas torres de las universidades del Midwest contra los colleges neoyorquinos encastillados alrededor del Madison Square Garden. En el primer enfrentamiento de técnica contra táctica, los entrenadores de Kansas, Indiana o Kentucky acusaban a sus homónimos en la gran ciudad de limitarse a echar el balón a la cancha y decir “hala, a jugar”; los de New York contestaban que esa supuesta superioridad táctica se reducía a apilar en las cercanías del aro a chicarrones altos como cabos de gastadores, y que los fundamentos de técnica individual brillaban por su ausencia. Ambos bandos se arrogaban la representación de la pureza baloncestística, y para ello simplificaban hasta la deformación las características del juego de sus rivales.
Entonces se decía que el estilo de juego de Nueva York respondía a la astucia típicamente atribuida a los judíos, ya que éstos tenían una presencia destacada en el nuevo deporte, y se suele recordar que Hubie Brown usa el término “Jew ball” para este tipo de baloncesto. Hoy no es más que una designación nostálgica y afectuosa, y se admite que las características del baloncesto neoyorquino de la época eran las propias de un deporte cultivado en los callejones de los “tenements” y los cuartos interiores de las “settlement houses”. Con frecuencia se usaban trapos o periódicos enrollados como balón así que no cabía ni pensar en botarlo, y las cuerdas de tender o las tuberías de agua no dejaban espacio para el arco de un tiro lejano; así que los chavales aprendían el único juego que podían aplicar, basado en la circulación de balón para conseguir un tiro bajo canasta. Nada de pases cruzados ni de bajar el balón tras un rebote, ya que la presión defensiva era brutal, y en ataque muchos bloqueos, cortes sin balón y puertas atrás que daban nombre a las jugadas favoritas del momento: pick’n’roll, give and go, backdoor cut, weave. Dick McGuire prefería el “thread the needle”, cuando un atacante se acercaba al jugador con balón como si fuera a recibirlo a la mano, para cambiar de dirección repentinamente y dirigirse hacia la canasta a tiempo de recibir el pase picado.
Fue el mayor de los hermanos, John McGuire, el que transmitió la afición a sus hermanos. Dick McGuire empezó a jugar relativamente tarde, al final de su etapa en el instituto, pero pronto mostró un absoluto dominio del baloncesto tal y como se jugaba en los playgrounds de New York. Su visión de juego y control de balón no tenían rival, y los hombres altos descubrieron que si cortaban manteniendo la vista en McGuire el balón les llegaría a las manos con precisión, normalmente en forma de pase picado. Sus contemporáneos afirman que ni siquiera Bob Cousy alcanzaba la capacidad de pase y el control del ritmo que mostraba “Tricky Dick”, pero lo que le impedía alcanzar el nivel de estrella del jugador de los Celtics era la anotación. Dick McGuire podía pasarse el partido entero casi sin mirar al aro, y su incomodidad en la línea de tiros libres era bien conocida; Joe Lapchick se desgañitaba intentando convencerle de ser más agresivo en el uno contra uno, pero sin resultado. “Muchas veces pensé, ‘se acabó, el próximo partido voy a tirar más.’ Pero uno no puede dejar de ser lo que es.”
Católico y neoyorquino, el sitio de Dick McGuire estaba en St. John’s. Los Redmen acababan de conquistar uno de sus primeros éxitos al proclamarse campeones del NIT en 1943, pero a continuación vieron cómo el Departamento de Defensa les desmontaba el bloque al movilizar a sus principales jugadores. A cambio se promulgó una autorización temporal para que los “freshmen” pudieran participar en las competiciones universitarias, y McGuire se convirtió en la estrella de unos Redmen reformados que repitieron triunfo en el NIT de 1944. Sin embargo, Dick McGuire no pudo disfrutar de ese campeonato: a mitad de temporada, con el equipo ya clasificado para el torneo, una nueva oleada de movilizaciones le obligó a abandonar St. John’s e incorporarse a la Armada. Ya lo dice la canción (“come on now, people, and make a stand in the Navy”), y Dick McGuire lo cumplió al pie de la letra: destacado a Dartmouth para realizar los cursos de oficial, formó parte del equipo de esa universidad que llegó a la final del torneo de la NCAA en 1944, colaborando de esa forma en los éxitos de dos universidades diferentes en una misma temporada.
Era de esperar que Dick McGuire siguiera los pasos de su entrenador Joe Lapchick camino de los Knicks, y efectivamente fue su elección territorial en el draft de 1949. Como prima por firmar el contrato recibió un flamante Chevrolet descapotable color crema que se convirtió en la envidia de Rockaway Beach. Los Knicks formaron un equipo atípico, más cercano al ideal del baloncesto neoyorquino que a sus rivales profesionales. Carecían de un pívot dominante, pero el esfuerzo colectivo liderado por el infatigable Harry “the Horse” Gallatin les permitía controlar el rebote, y en ataque todos pasaban, todos cortaban y todos tiraban – menos McGuire, claro. Joe Lapchick pudo exhibir su estrategia en el primer All Star de la historia, rompiendo los pronósticos favorables a la superioridad física del Oeste mediante la velocidad de un “backcourt” formado por Bob Cousy y Dick McGuire. Los Knicks se clasificaron para tres finales consecutivas de la NBA, aunque nunca lograron superar a los Lakers de George Mikan. La más dolorosa de esas derrotas, la de 1953 cuando robaron el factor cancha en el primer partido pero luego perdieron tres partidos seguidos en New York, terminó por costarle el cargo a Lapchick, y señaló el principio del fin d aquellos Knicks.
Dick McGuire volvió a la franquicia después de terminar sus días en activo como entrenador-jugador de los Pistons. Fue una de las antiguas estrellas del equipo que intentaron en vano reeditar los éxitos de Lapchick: Harry Gallatin, Richie Guerin, el recientemente fallecido Carl Braun. Dick McGuire tuvo un buen comienzo, sustituyendo el juego reglamentado de Gallatin por un estilo libre más cercano al que había practicado como jugador, pero tampoco logró un éxito permanente. Sus ideas eran muy próximas a las que llevarían a “Red” Holzman al campeonato, pero McGuire no disponía de buenos pasadores y tampoco sabía imponer disciplina. Como Lapchick, creía que si trataba bien a los jugadores éstos se esforzarían por él, pero cuando eso no sucedió se encontró sin recursos; posteriormente admitió haber llegado al extremo de sentar a Dick Van Arsdale sólo porque era el único que no se enfadaba al ser sustituido. Según Willis Reed los jugadores lo apreciaban, pero les costaba tanto entenderle que terminaban ignorándolo: desde su juventud, Dick McGuire había destacado por su aire tímido y distraído, y sobre todo por hablar en una especie de gruñido mascullado casi ininteligible que le granjeó el apodo “Mumbles”. Sobre la cancha prefería expresarse mediante un gesto o una mirada, y para terminarlo de empatar solía confundir el nombre de su interlocutor, lo cual estuvo a punto de provocar una tragedia cuando le presentó su prometida a su madre y equivocó el nombre.
Y es que el entrenador de la familia era su hermano Al McGuire, dos años menor. Se trata del único caso de dos hermanos que han sido elegidos como miembros del “Hall of Fame” de Springfield, y a pesar de ello resulta difícil imaginar dos personalidades más diferentes. Al siguió los pasos de su hermano por St John’s (donde para más confusión fue entrenado por Frank “no relation” McGuire) y los Knicks, pero su juego no podía ser más distinto. Al McGuire carecía del talento y la visión de su hermano mayor, y lo sustituía mediante el derroche físico y la presión defensiva a ultranza. Su papel en todos los equipos en los que jugó consistía en salir a la pista y dedicarse a dar cera al rival hasta que lo expulsaran por acumulación de personales. Junto con Ray Lumpp y Ernie Vandeweghe, formaba parte de los autodenominados “No Good Knicks”, el grupo de suplentes a los que recurría Joe Lapchick cuando la situación era desesperada. Cuando el partido se ponía cuesta arriba, Al salía desde el banquillo como un torbellino para intentar darle la vuelta. A diferencia de Dick, Al McGuire no había pensado dedicarse al baloncesto, y según él había abandonado la academia de policía en el último momento para incorporarse a los Knicks. Sin embargo, terminó haciendo carrera como entrenador universitario de éxito que llevó a Marquette al campeonato de la NCAA en 1977, y posteriormente se convirtió en un popular comentarista televisivo. Frente al tímido y bisbiseante Dick, Al McGuire era burbujeante y expansivo, el típico neoyorquino con respuesta para todo que enlaza un chiste con una anécdota y lo remata con una palmada en la espalda. Eran tan distintos que en una ocasión uno de sus compañeros en los Knicks no pudo menos que preguntarle a su madre “Señora, ¿está segura de que no se encontró a Al en la puerta de casa?”.
Como es evidente, siendo Al un buen entrenador no había sitio en los banquillos para Dick. Se convirtió en “ojeador” y luego en “consejero” de los Knicks, ocupando uno de esos puestos que a veces son sólo un retiro dorado para antiguas estrellas (como el aterrador “responsable de relaciones con la comunidad”). No fue el caso de Dick McGuire, que se dedicó a recorrer incontables torneos colegiales acompañado de Will Robinson de los Pistons, formando una pareja inseparable que se ganó el apodo “sal y pimienta”.
Y se ha muerto este mes, como Carl Braun y Fred Schaus, y Donnie Walsh dijo de él que representaba todas las mejores cualidades de los Knicks, pride-tradition-class y todas esas cosas que se dicen en estos casos. Y yo me quedé pensando en cuánto tiempo hace que los Knicks no muestran demasiada clase, en que Dick McGuire jamás tuvo una gota de orgullo en su cuerpo, y en que ya le gustaría a la organización que preside el Sr. Walsh parecerse más a lo que fue Tricky Dick McGuire como parte de los Knicks.
“Recuerdo que cuando le dio el infarto yo le acompañé en la ambulancia, y con los dolores tremendos que sufría me cogió la mano y me dijo: “tú tienes que ser el mejor”. Nunca he olvidado aquellas palabras. Fue un gran entrenador después de haber sido un maravilloso jugador que asombró al mundo en la Olimpíada de Roma.” (entrevista a “Chus” Iradier, El Mundo Deportivo, 23 de Febrero de 1984)
Hay dos maneras de contar una historia, pero yo sólo puedo contar ésta de una de esas maneras: desde fuera, desde la oscuridad. Mal. Lester Lane nació en Purcell, Oklahoma, el 6 de Marzo de 1932, y formó parte de los equipos de baloncesto, fútbol y atletismo (salto de altura) de la Universidad de Oklahoma. El principal deporte de los “Sooners” era el fútbol (el otro fútbol), y Lane participó en una de las mejores épocas de ese equipo como “defensive halfback” titular, pero su auténtico lugar estaba en la cancha de baloncesto. Fue el primer jugador en la historia de la universidad en alcanzar los 1000 puntos, y en su temporada senior promedió casi 20 puntos con un escalofriante 33% de acierto, por lo que fue elegido “Helms All American”. Los Philadelphia Warriors lo escogieron en la novena ronda del draft de 1955, pero el baloncesto profesional no era una opción viable para un jugador que no llegaba al 1.80 de estatura.
Sin embargo, en los años cincuenta existía la posibilidad de continuar practicando deporte amateur más allá de la universidad: la Amateur Athletic Union (AAU). Muy cerca de Oklahoma, en Kansas, la “Vickers Petroleum Company” decidió crear un equipo de baloncesto con fines publicitarios. Esa pequeña empresa familiar que se presentaba a sí misma como la última petrolera independiente era propiedad de los hermanos Jack y Jim Vickers, de los Vickers de toda la vida. Ambos eran muy aficionados al deporte, sobre todo al golf, y Jim Vickers, vicepresidente de la compañía, reunió una plantilla basada en Dick Boushka, una gran estrella universitaria, “Swede” Halbrook, un inmenso pívot de más de siete pies, y Les Lane. Jim Vickers había formado parte del equipo de golf de la Universidad de Oklahoma, y tiró de contactos para conseguir el fichaje de Lane, que acababa de regresar de una gira por Sudamérica con un combinado de la AAU.
Los Wichita Vickers se convirtieron en uno de los mejores equipos de la National Industrial Basketball League (NIBL), y Les Lane fue elegido en dos ocasiones como “All American” de la AAU gracias a su infalible tiro en suspensión. Sin embargo, los Vickers no terminaban de ofrecer su mejor cara en el Torneo de Denver, auténtico campeonato de la AAU, hasta que contrataron como entrenador al prestigioso Alex Hannum en 1958. Hannum venía de ganar un campeonato de la NBA y era conocido por su afán competitivo y su nivel de exigencia, pero según Lane “también te hacía sentir que eras el mejor jugador del mundo”. Esa combinación de exigencia y cercanía con los jugadores condujo a los Wichita Vickers a la victoria en el Torneo de Denver de 1959, después de apalizar a los Phillips 66ers por un contundente 105-83 en una final en la que el máximo anotador fue precisamente Les Lane con 29 puntos.
La mayor trascendencia de esa victoria era que el año siguiente, 1960, era año olímpico. Entonces la representación internacional deportiva de los EEUU estaba compartida entre la NCAA y la AAU, y la composición de la selección de baloncesto se decidía en un torneo preolímpico al que acudían los mejores equipos de cada ámbito. Como vigentes campeones, los Wichita Vickers tenían muchas posibilidades de clasificarse para ese torneo, especialmente al presentarse con el mismo equipo que había triunfado el año anterior. Sin embargo, los Buchan Bakers de Seattle dieron la gran sorpresa en cuartos de final y eliminaron a los Wichita Vickers por 83-93. Fue un durísimo golpe para los Vickers, que perdían de una tacada la posibilidad de revalidar su campeonato y la de acudir al torneo preolímpico. Aunque no para todos.
Los equipos de la AAU clasificados para el torneo tenían la posibilidad de reforzarse con jugadores de los equipos eliminados, y así los Phillips 66ers incorporaron a Les Lane. El equipo campeón del torneo enviaría a la selección a seis jugadores, mientras que el resto saldrían de los demás equipos. Como se esperaba, el potentísimo equipo de estrellas universitarias entrenado por Pete Newell se alzó con la victoria, convirtiéndose así en la base de una de las mejores selecciones olímpicas de la historia: Oscar Robertson, Jerry West, Walt Bellamy, Jay Arnette, Terry Dischinger y Darrall Imhoff. Con Jerry Lucas de Ohio St. y Adrian Smith de las fuerzas armadas, quedaban cuatro plazas para la AAU: Bob Boozer, Burdie Haldorson, Al Kelley y... Les Lane.
No faltó la polémica, que se centró en la presencia de Kelley y Lane por delante de otros jugadores de prestigio como Larry Siegfried o John Havlicek. Sin embargo, la opinión de Pete Newell era bien distinta, quizás no en el caso de Kelley (relegado a duodécimo jugador de la plantilla) pero desde luego sí en el de Les Lane. Desde el comienzo de la preparación, Newell había dedicado buena parte de su atención a conseguir lo que él definía como una proporción adecuada entre jefes e indios en la pista. Temía que la propia abundancia de estrellas universitarias en el equipo fuera contraproducente, y para evitarlo trabajaba dos aspectos: convencer a las estrellas de sublimarse en el juego colectivo, y poner en cancha quintetos que incluyeran jugadores con actitud de sacrificio. A pesar de haber sido un anotador durante toda su carrera, Les Lane se mostró dispuesto a hacer exactamente lo que Pete Newell necesitaba de él, y gracias a ello consiguió un puesto en el quinteto titular nada menos que acompañando a Oscar Robertson y Jerry West. La selección estadounidense conquistó el oro sin perder ningún partido, y aunque Lane ocupó un papel secundario es imposible no apreciar que sus mejores actuaciones se produjeron casualmente en los partidos más importantes.
Lester Lane volvió a su país con la medalla de oro para encontrarse con la disolución de los Wichita Vickers debido a la retirada simultánea de seis de sus jugadores. Jim Vickers había tenido la peregrina idea de intentar fichar a Jerry West, y cuando descubrió el dinero que le ofrecía la NBA se quedó frío. Declaró que el dinero necesario para montar un equipo de buen nivel se salía de sus posibilidades, y decidió abandonar la aventura de la AAU para intentar conseguir una franquicia profesional junto a un grupo de empresarios de Denver.
Les Lane encontró acomodo en los Denver – Chicago Truckers, y volvió a realizar una gran temporada como titular hasta la final del torneo de la AAU, donde fueron derrotados por los Cleveland Pipers. Después de esa derrota, el legendario entrenador John Dee anunció su retirada, y los propietarios ofrecieron el puesto a Lester Lane. Lane decidió retirarse como jugador y aceptar la oferta de convertirse en el nuevo entrenador de los D – C Truckers. En su debut como entrenador devolvió a los Truckers a la final del Torneo de la AAU de 1962, aunque volvieron a perder esta vez contra los Phillips 66ers. A pesar de esa derrota, su brillante debut en los banquillos sirvió para que la AAU se fijara en él como entrenador de la selección nacional que iba a acudir al Mundobasket de Manila en diciembre de 1962 (la FIBA aún no reconocía a la NCAA como representante de los EEUU). Sin embargo, el debut de Lester Lane como entrenador en competición internacional oficial aún tendría que esperar, ya que la negativa de las Filipinas a conceder visado de entrada a los jugadores de la selección yugoslava provocó la suspensión del Mundial, que terminaría celebrándose meses después en Yugoslavia. Para intentar aprovechar los partidos se celebró un torneo internacional en Manila, en el que el combinado de la AAU entrenado por Lane se alzó con un brillante triunfo contando sus partidos por victorias.
Sin embargo, el baloncesto de la AAU estaba dando las boqueadas. Denver, no tuvo equipo de liga en la temporada 1962-63, y para el torneo tuvo que ser Lester Lane el que organizara una plantilla deprisa y corriendo. Los Denver – Chicago Truckers llegaron una vez más a la final, pero de nuevo salieron derrotados como en las ediciones anteriores. Ése fue el final de los Truckers, y prácticamente del torneo en sí, conforme iban desapareciendo los últimos equipos clásicos de la liga industrial. No podían competir con la NBA, y ya no tenía sentido patrocinar una competición de segunda fila. Lester Lane pasó a entrenar combinados “all stars” de la AAU o de las Fuerzas Armadas, con los que hacía giras por Europa, Asia y Sudamérica creándose una sólida reputación internacional. Gracias a ello llegó su gran oportunidad como entrenador de la selección nacional de México: los Juegos Olímpicos de 1968 iban a tener como sede la ciudad de México, y como suele suceder el país se volcó para intentar ofrecer el mejor nivel competitivo que pudieran en todos los deportes. La selección de baloncesto se presentaba con Manuel Raga y Arturo Guerrero como principales valores, y se buscaba un gran entrenador para reverdecer los viejos laureles de los JJOO de 1936 y 1948.
Lester Lane debutó como seleccionador con la medalla de plata en los Juegos Centroamericanos de 1966. Su primera competición importante fue el Mundial de 1967 en Uruguay, encuadrados en el grupo A con EE.UU., Yugoslavia e Italia. A pesar de ello, México completó un torneo más que notable: vencieron a Italia en dos ocasiones, y aunque quedaron eliminados de la lucha por las medallas ganaron todos sus partidos en la fase de consolación para terminar en octavo puesto. En los Juegos Panamericanos del mismo año, celebrados apenas un mes después, su papel fue aún más destacado ya que conquistaron la medalla de plata con ocho victorias y sólo una derrota (frente a EEUU). Esta buena racha continuó en los Juegos Olímpico de 1968, ya que sólo cedieron frente a la URSS y a Brasil y terminaron en un brillante quinto puesto (ayudados por los árbitros, según la prensa española después del partido contra España). Ese notable éxito le abrió las puertas del baloncesto europeo, y así se rumoreó que Lane podría venir al Ignis de Varese junto a Raga. Sin embargo, la sorpresa saltó con el anuncio del fichaje de Lester Lane por el Kas.
La Sociedad Deportiva Kas, conocida sobre todo por su equipo ciclista, era propiedad de Luis Knorr, cabeza de una célebre familia de empresarios radicada en Vitoria. El club de baloncesto de la S.D. Kas de Vitoria había conseguido asentarse en la Primera División de la entonces Liga Nacional de Baloncesto, pero en el verano de 1968 estaba pasando por una gravísima crisis institucional que a la larga terminó desembocando en su desaparición. El detonante fue la destitución de Javi Añúa, el popular entrenador local que había sido el gran artífice del ascenso y que había llevado al club a un meritorio quinto puesto en liga y a una final de copa en 1967, que suponía clasificarse para la Recopa. El directivo Dalmacio Langarica aspiraba a un crecimiento del equipo de baloncesto similar al experimentado por el ciclismo, y a pesar de que el equipo seguía su buena marcha en la temporada 67-68 camino de la cuarta plaza, la eliminación en octavos de final de la Recopa a manos del AEK provocó el cese de Añúa y su sustitución por Vicente Gallego, a la sazón amigo personal de Langarica.
Según el propio Javier Añúa, la reacción de los aficionados a ese cambio fue el boicot a los refrescos de la marca Kas en toda Vitoria, lo cual provocó la furia de Luis Knorr y su decisión de trasladar el equipo a Bilbao aprovechando el descenso del Águilas de Paco Díez. Este traslado irregular no sólo provocó una sanción por parte de la FEB, sino que nunca llegó a ser aceptado por unos aficionados bilbaínos que seguían fieles al Águilas. Pero de momento el Kas seguía con sus planes para construir un equipo de primera fila, y para ello necesitaban un técnico que hiciera olvidar los éxitos de Añúa en Vitoria. La ocasión la encontraron en la visita a Vitoria de la selección mejicana a principios de verano como parte de una gira de preparación para los inminentes juegos olímpicos. Fue entonces cuando los directivos del Kas se pusieron en contacto con Lester Lane y le ofrecieron un contrato que se decía descomunal para el baloncesto de la época, aunque el técnico prefirió no anunciar su contratación hasta pasados los juegos. No finalizó ahí el esfuerzo económico del Kas, sino que a continuación ficharon a Jose Luis Sagi-Vela de Estudiantes y lo intentaron con Luis Martínez Arroyo. El Kas ya poseía uno de los bloques nacionales más sólidos de la liga, con jugadores del calibre de Moncho Monsalve, Chus Iradier, Chema González Capetillo o Carlos Luquero, así que con los nuevos fichajes más el americano Stephen Sullivan el Kas aspiraba nada menos que a discutirle el título de liga al todopoderoso Real Madrid.
Aunque los resultados deportivos estuvieron un poco por debajo de lo esperado y no lograron pasar del cuarto puesto en liga y semifinales de copa, Lester Lane dejó una profunda huella en sus jugadores y en todo el baloncesto nacional. Sus métodos de trabajo revolucionaron el entrenamiento de un baloncesto español que aún estaba en una etapa muy rudimentaria. “Lester revolucionó la preparación física. Trabajaba con unos aparatos que se llamaban exergenies, y los efectos fueron espectaculares: Jose Sagi-Vela tiraba desde dos metros más lejos, Chus Iradier saltaba hasta las nubes.” A diferencia de los técnicos de la época, Lane trabajaba a jornada completa con el equipo, a menudo tomando parte activa gracias a su magnífica forma física. También introdujo la “Shuffle Offense”, un sistema de juego creado por su entrenador Bruce Drake en la Universidad de Oklahoma. El “shuffle”, una de las bases del baloncesto moderno, es un sistema diseñado para compensar la falta de poderío interior mediante un sistema de bloqueos y cortes del lado fuerte al lado débil en el que los jugadores van pasando por todas las posiciones buscando un emparejamiento favorable. Este sistema de acción continua, casi sin precedentes en España, supuso una revolución en el baloncesto nacional.
Además de sus profundos conocimientos técnicos, Lester Lane destacaba por una simpatía con la que convertía en amigos hasta a los entrenadores rivales. Con su carácter abierto y su afán docente, Lane dio numerosas charlas para extender la afición al baloncesto y compartir sus conocimientos, normalmente acompañado de un Moncho Monsalve que le servía de intérprete. “Lester fue un entrenador de calidad y abierto como todos los americanos de gran nivel a propagar sus conocimientos. Daba charlas por todos los lados,” recuerda Añúa. Auténtico apasionado de este deporte, se hizo famoso por su gesticulación en la banda, que provocó algunas sanciones arbitrales. Dicen que en uno de los primeros partidos, un amistoso saldado con derrota, Lester Lane terminó tan enfadado por el rendimiento del equipo que salió del vestuario dando un portazo y a punto estuvo de volver a casa caminando del cabreo que tenía.
Esa misma pasión fue la que terminó traicionando a Lester Lane. A finales de octubre de 1970, durante un entrenamiento de pretemporada antes de la que iba a ser su tercera campaña en el Kas, Lane sufrió un gravísimo infarto de miocardio. Su vida corrió peligro durante varios días, antes de empezar una mejoría gradual que permitió anunciar su recuperación. Sin embargo, el diagnóstico de los médicos fue categórico: debía abandonar los banquillos de manera definitiva. Lester Lane se vio así obligado a abandonar Bilbao y volver a su país, donde continuó con su rehabilitación. Su estado fue mejorando hasta tal extremo que decidió desafiar el dictamen médico y volver al baloncesto activo como entrenador del Santos de Méjico en junio de 1972. Al terminar la temporada recibió la oferta más tentadora de su carrera, el puesto de entrenador del equipo de baloncesto de su “alma mater”, la Universidad de Oklahoma, liderado por una futura estrella de la NBA como Alvan Adams. Lester Lane no pudo resistirse, y el 6 de abril de 1973 firmó como nuevo entrenador de los “Sooners”.
Nunca llegaría a debutar. El 5 de septiembre durante un partidillo de entrenamiento sufrió un segundo infarto del que ya no pudo recuperarse. Murió como había vivido, pegado a una cancha de baloncesto, dejándose el corazón en cada jugada. Sucedió hace tanto tiempo que la mayoría de los aficionados no han oído hablar de ese hombre que recorrió el mundo compartiendo lo que el baloncesto le había enseñado y le había hecho sentir. Al fin y al cabo, todos los caminos llevan a Roma, y Bilbao es el centro del universo.
Hay otra manera de contar esta historia, pero sólo podrían hacerlo quienes lo conocieron y lo siguen recordando: los Añúa, Monsalve, Iradier, Sagi-Vela, Pintor. Seguramente pensarán que no he entendido nada y que lo he contado todo al revés, pero soy quien soy y sólo puedo contar esta historia desde fuera, desde la oscuridad. Mal.
Agradecimientos a Javier Añúa, Fernando Martínez y al “Golden Age of AAU Basketball”.
Los días se convierten en semanas, y la noticia se extiende por la galaxia: ¡Un héroe está muriendo! ¡Otra vez, la oscuridad vence a la luz! El universo se queda un poco más vacío... (Jim Starlin, La Muerte del Capitán Marvel)
Como es habitual en estas fechas, se suceden en la prensa las filípicas referidas al arcaico y absurdo sistema de elección que configura los quintetos titulares para el All Star Game de la NBA. Este año las críticas se centran en la titularidad del deteriorado Allen Iverson y en lo cerca que ha quedado un Tracy McGrady prácticamente en blanco desde hace un año, seguidos por los problemas físicos de Kevin Garnett. La culpa, como siempre, es de los chinos; y para resolver el gravísimo problema de que alguien se pueda colar de forma inmerecida en el allstar (aprovecho para enviar un saludo a Dale Ellis, A.C. Green y el último Michael Jordan) se sugieren diferentes medidas tales como restringir el voto por internet o ponderarlo con otros sistemas. Hay quien promueve la abolición del voto popular, una iniciativa comprensible cuando procede de un jugador, entrenador o periodista pero curiosamente esquizofrénica cuando la propone un aficionado, empeñado así en eliminar el único resquicio que le queda para hacer que su opinión quede reflejada. Es cuando no puedo evitar recordar qué día comprendí por qué votamos a los titulares del All Star.
Un aviso: sé que la historia no fue talmente así. La cuento, por una vez y sin que sirva de precedente, como la recuerdo, renunciando a consultar archivos y googles o a intentar aportar información nueva. Sé que hubo mucho más entre bambalinas, que para “Magic” el All Star era un ensayo general con todo para el “Dream Team”, y a su vez el “Dream Team” una plataforma para volver a la NBA. Que USA Basketball lo usó también para testear su presencia en el “All Star” y las reacciones de los demás jugadores. Que mis recuerdos son una visión edulcorada y romántica de lo que realmente pasó. Pero son mis recuerdos, no tengo otros y he pagado una vida por ellos, como cualquier hijo de vecino. Y empezaron la noche de Noviembre de 1991 en la que “Magic” Johnson nos anunció que era portador del VIH.
Quienes no vivieron ese día negro quizás no puedan entenderlo del todo. Entonces éramos jóvenes y estúpidos, y ni siquiera sabíamos la diferencia entre unos anticuerpos y el SIDA. Pensábamos que se iba a morir, y pronto. Aún peor, la noticia llegaba en unos momentos en los que parecía abatirse sobre el baloncesto la venganza de uno de esos dioses ciegos de Lovecraft: Fernando Martín, Drazen Petrovic, “Magic” Johnson. Sin duda alguien sentía un placer obsceno en derribar a los ídolos de nuestra adolescencia. Una parte de lo que yo sentía por el baloncesto se iba quedando fría, como si empezara a perder sentido. Recuerdo pensar que lo peor era soportar las especulaciones ociosas y ofensivas de una prensa que de repente parecía haberse convertido a la vez en especialista en enfermedades inmunológicas y en baloncesto profesional, un cruce entre el Dr. House y Bill Simmons. Bueno, eran los noventa así que digamos entre Emilio Aragón y Vicente Salaner. Todo el mundo parecía tener derecho a opinar sobre la posible evolución del estado de salud de “Magic” y sobre sus efectos sobre el baloncesto, excepto los aficionados. Recuerdo la impotencia de pensar que nadie nos preguntaba a nosotros, y que carecíamos de cualquier manera de hacernos oír. Olvidaba por completo la existencia de los cartones troquelados que se repartían en los pabellones para votar al allstar, unos cartones que vi por primera vez en la carpeta de un primo que se fue “de intercambio” a los EEUU.
Dado que esos cartoncitos tenían que estar listos para el primer partido de liga regular, habían sido impresos con antelación. En ellos figuraba el nombre de “Magic” Johnson, y si estaba el nombre entonces se le podía votar. Y la gente le votó, le votó y le siguió votando, hasta formar la mayor avalancha de votos conocida. Batió los récords de más votos recibidos y de mayor diferencia con el segundo jugador más votado, y recuerdo intentar grabar esos momentos en mi memoria: “Aún no sabes cuál es, pero en estos días vas a aprender una lección que te acompañará el resto de tu vida”. La lección era que yo estaba equivocado y que ellos tenían razón, y hoy lo escribo para que sepan que me acuerdo todos los años por estas fechas de quienes me enseñaron que sí se podía hacer algo.
Fue entonces cuando aparecieron los problemas. “Magic” ya no era oficialmente jugador de la NBA, y no estaba claro si se le podía invitar. Se abrió un debate público sobre la conveniencia de que un jugador en su estado participara en deportes de contacto. Sus viejos rivales, Larry Bird, Isiah Thomas y Michael Jordan, acudieron a la llamada, apoyando sin fisuras al amigo caído. También hubo otros que se opusieron, alegando sus dudas sobre la posibilidad de un contagio. Era su salud y estaban en su derecho, así que no diré sus nombres. Pero no se me han olvidado.
Se esperaba con interés la decisión de David Stern, comisionado de la NBA, que resolvería la cuestión. Aún recuerdo mi admiración por la elegancia con la que zanjó el tema negando la mayor: desde su punto de vista, no existía ninguna polémica referente a “Magic” Johnson. Los aficionados habían votado al Sr. Earvin Johnson como titular para el All Star, y la NBA se limitaría a transmitir esa invitación al Sr. Johnson tal y como era su costumbre. Se iba a cumplir el contrato social.
En los instantes previos al partido un comentarista advirtió que probablemente nos encontráramos a un “Magic” delgado y demacrado por la enfermedad, y a continuación otro anticipó que podría aparecer hinchado por los efectos de las medicinas. Recuerdo pensar que el pobre no tenía ninguna posibilidad de aprobar semejante examen, pero no hubo tiempo para más especulación porque inmediatamente saltó a la cancha. Tenía buen aspecto, pensé, más ancho que cuando estaba en activo pero no demasiado. Comenzó el encuentro, y nadie se había atrevido a esperar algo tan maravilloso. No fue solamente la manera en la que tomó el control superando a Isiah Thomas, ni el uno contra uno con Michael Jordan, ni el festival de triples al final, ni el MVP. Daba igual si podrían haberle defendido con más intensidad, ni tampoco importaba lo que sucedería después, como su brillante paso por el “Dream Team” o sus decepcionantes intentos por volver a la actividad. Lo importante es que fue algo que creamos nosotros. Ninguna instancia superior, ningún entrenador ni director técnico nos lo había concedido. Aunque yo no pude votar ya que no existían los medios actuales, había sido gente como yo la que lo hizo posible, hermanos del otro lado del Atlántico. Más que un partido supuso una reivindicación: los aficionados de a pie fuimos los únicos que nos dimos cuenta de lo que había que hacer, nosotros habíamos hecho lo correcto y todos los demás se habían equivocado. Rick Reilly empezó su crónica en Sports Illustrated admitiendo esa verdad autoevidente: “Quiero expresar aquí y ahora lo terrible, lo increíblemente estúpido que soy. Un estúpido enorme, del tamaño de un transatlántico. Tan estúpido que creí que esto de Magic Johnson tenía que ver con el baloncesto, con el ego y con ser incapaz de aceptar la retirada.”
Fue el momento más conmovedor y más trascendente que he vivido relacionado con el baloncesto. Todas las jugadas increíbles y maravillosas que vi antes, y todo lo que he experimentado después, son como nada comparadas con la noche en la que fuimos los reyes del mundo.
Así que cuando veas cómo la masa vuelve a tomar la opción estúpida, recuerda que hubo un día en que tomó la opción sencilla, la correcta, la gloriosa. Por eso vuelvo a contar la historia del jugador que volvió del valle de las sombras, y de cómo nos unimos para hacerlo posible. Igual que volveré el año que viene si hace falta a repetir que nada podrá quitarnos ese momento, porque forma ya parte de mí y de vosotros.
Nosotros pocos, nosotros felices pocos. Como siempre.
Si el “Hall of Fame” de Springfield se pareciera más al palacio mnemotécnico de “Soldado de la Niebla”, seguro que habría una enorme sala dedicada a todos los jugadores que lograron convertirse en titulares de equipos que no los querían. Podríamos llamarla “Sala George DeWitt Lynch III”, por ejemplo, y a la entrada te recibiría Johnny Newman con la camiseta de Glenn Robinson..
Quienes recuerden el famoso tiempo muerto de Chris Webber en la final del torneo de la NCAA quizás no se hayan olvidado de George Lynch, un alero todoterreno que ejercía de pegamento entre los tiros exteriores de Donald Williams y el poderío interior de Eric Montross en los North Carolina Tar Heels que conquistaron el campeonato de 1993. Lynch era un alero de dos metros más fuerte que atlético, buen reboteador y anotador de complemento en un equipo ganador, pero su perfil no parecía encajar del todo con una carrera exitosa en la NBA como sí sucedía con su compañero Montross (ejem). A pesar del campeonato universitario, sus perspectivas para el inminente draft de 1993 no parecían muy halagüeñas. Enter the Dean. Uno no llega hasta donde llegó Dean Smith sin una tupida red de informadores y colaboradores. Con George Lynch en peligro de quedar fuera de primera ronda y quizás del draft, el entrenador de UNC llamó a uno de sus antiguos alumnos, Mitch Kupchack, a la sazón Mánager General de los Lakers, para que le hicieran un entrenamiento privado. Aunque los Lakers no tenían interés en Lynch, con suerte la noticia de que la franquicia de Los Ángeles le había hecho una prueba serviría para despertar la curiosidad de otros equipos. El plan funcionó mucho mejor de lo esperado, y después de la prueba los Lakers decidieron escoger a George Lynch con el número 12 del draft.
Ahí empezó una carrera profesional que duró doce temporadas, durante las cuales consiguió ser titular en más de la mitad de sus partidos. Ya empezó dando señales de vida cuando aprovechó la decadencia de James Worthy para desplazar a Doug Christie del puesto de “tres” titular de los Lakers, y luego continuó en unos Sixers donde adelantó a Aaron McKie y Larry Hughes para ocupar el puesto de alero. Pero en el equipo en el que Lynch mostró en toda su extensión su capacidad para retornar una y otra vez al quinteto titular fueron los Charlotte Hornets. En principio se diría que una plantilla con Jamal Mashburn y P.J. Brown tenía asegurados los puestos de alero, pero nada estaba fuera del alcance de George Lynch: durante cuatro temporadas aprovechó los problemas físicos de Mashburn y Baron Davis para hacerse un hueco, y los Hornets tuvieron que aceptar la realidad de que no importaba a quién ficharan o qué eligieran en el draft, al final terminarían con Lynch de alero titular.
Algo parecido le sucedió a Mark West, el musculoso pívot de los Suns. A pesar de sus rebotes y tapones, y de grandes defensas sobre Jabbar y otros rivales de calidad, durante casi toda su carrera se le consideró un buen especialista fuera de sitio como titular. Después de todo, por el perímetro de Phoenix pasaron estrellas como Kevin Johnson, Jeff Hornacek o Dan Majerle, mientras que como aleros tuvieron a Tom Chambers, Eddie Johnson o Charles Barkley; así que el problema tenía que estar en el puesto de cinco. Durante sus siete temporadas en la franquicia Mark West vio llegar a toda clase de hombres altos interesados en arrebatarle sus minutos de juego: unos eran elecciones de primera ronda del draft como Armon Gilliam, Tim Perry u Oliver Miller, otros eran voluminosos cincos con el tamaño que a él le faltaba, como Andrew Lang, Joe Kleine o Tim Kempton, y finalmente también hubo unos cuantos obreros como él, gente como Kurt Rambis o Ed Nealy que amenazaban con convertir en redundante su aportación. West los sobrevivió a todos a golpe de rebote y taponazo, y llegó a jugar una final de la NBA en 1993 como orgulloso miembro del quinteto titular.
Pero quizás el miembro más famoso de esta pequeña hermandad de supervivientes fue John Paxson, que consiguió desafiar al destino para colaborar en tres campeonatos después de toda una carrera al borde del precipicio. Paxson, una primera ronda del draft de 1983 procedente de Notre Dame, se encontraba sin equipo en 1985 como resultado de la superpoblación del perímetro de los Spurs cuando se puso en contacto con él Jerry Krause, flamante nuevo vicepresidente de los Chicago Bulls. Le hicieron a una primera oferta, pero antes de que Paxson respondiera se anunció el fichaje de Kyle Macy por los Bulls. Macy era un jugador de corte muy parecido, base blanco de apariencia frágil especializado en el tiro exterior, así que John Paxson dio por hecho que pronto recibiría una llamada de Chicago informándole de que ya no estaban interesados en él. Para su sorpresa, Jerry Krause no sólo se puso en contacto para confirmar el interés de los Bulls sino que incluso mejoró la oferta inicial, garantizándole el último año de contrato. Según Krause, Macy era un parche momentáneo, pero en Paxson estaban interesados a más largo plazo. Y efectivamente Kyle Macy fue titular durante toda la temporada, pero al terminar fue traspasado a los Indiana Pacers mientras que John Paxson permanecía en el equipo.
En el equipo, pero de suplente. La situación de John Paxson se parecía un poco a la de Dave Corzine, “cinco” titular de los Bulls por consenso. A pesar de su tamaño, Corzine era un jugador que no ocupaba mucho espacio en la zona ni intimidaba a los rivales, y cuya mayor virtud era un buen tiro de media distancia. Los aficionados no olvidaban que había llegado a cambio de un mito como Artis Gilmore ni tampoco que era el jugador mejor pagado de la plantilla, y en sus primeros años lo abuchearon sin misericordia. Mientras, la gerencia hacía desfilar todo un carrusel de experimentos al pívot como Steve Johnson, Jawann Oldham, Caldwell Jones, Mike Brown e incluso Granville Waiters, con resultados poco brillantes. Hasta volvieron a traer a un envejecido Gilmore en su última temporada en la NBA, sólo para tener que recurrir una vez más al voluntarioso Corzine. Con el tiempo (más el bálsamo de las victorias generadas por Michael Jordan), los aficionados empezaron a cogerle cariño a ese pívot trabajador y esforzado, que no tenía la culpa de no ser más de lo que era.
Por lo menos Dave Corzine cobraba un buen sueldo y era objeto de polémica, porque John Paxson se limitaba a juntar polvo en el banquillo. Incluso después de la marcha de Kyle Macy, la lista de bases de calidad que pasaron por los Bulls era inacabable: el exótico Steve Colter, que según Krause no supo plantar cara a Jordan; Sedale Threatt, un prodigio físico y jugador de mucha calidad pero demasiado amante de la fiesta; Rory Sparrow, titular muchos años con los Knicks; Sam Vincent, que venía de sustituir al lesionado Danny Ainge en los Celtics. “Que nadie me considere un genio,” dijo muchos años después Krause. “Durante años estuve intentando reemplazarlo, pero no pude”. Incluso cuando el entrenador Doug Collins decidió dejar de jugar con un base director y poner a un tirador exterior acompañando a Jordan, el elegido fue Craig Hodges.
Tuvo que llegar Phil Jackson para que John Paxson se estableciera definitivamente como titular. Jackson apreciaba su tiro exterior, su contribución a la circulación y el pase, su capacidad para jugar sin balón. Era el jugador perfecto para intercalar entre dos estrellas ofensivas como Jordan y Pippen, que gustaban de tener el balón en sus manos y tomar decisiones. Incluso apreciaba su empeño por aguantar delante de su defendido, admirable gesto de disciplina táctica en un base blanquito y enclenque como Paxson.
Esa tranquilidad no podía durar. Apenas un par de años después empezaron los rumores de supuestas presiones sobre Phil Jackson para que reemplazara a Paxson por B.J. Armstrong, un base más joven y más atlético elegido por los Bulls en primera ronda del draft. Paxson aguantó en la titularidad gracias al apoyo de Jordan y Pippen, que se sentían más cómodos con él que con un Armstrong al que le gustaba digamos demasiado jugársela en 1x1, pero no era ningún secreto que sus días en Chicago estaban llegando a su fin. John Paxson terminaba contrato en 1991, y los Bulls no se habían puesto en contacto con él para tratar una posible renovación. Se decía que Jerry Krause había descubierto a un croata que iba a ser el nuevo “Magic” Johnson, y no tenía interés en prolongar la estancia de un base del montón superado una y otra vez por Isiah Thomas.
El quinto y último partido de la final de 1991 fue su salvación. Los emperadores romanos, los árboles y los campeones de la NBA sólo saben morir de pie, y los Lakers plantaron cara a un rival superior a pesar de las lesiones que diezmaban su plantilla. Según el libro “The Jordan Rules”, Phil Jackson pidió entonces un tiempo muerto para amonestar a su estrella: “Who’s open?” “Pax”, habría sido la respuesta de Jordan. Aunque el visionado del partido provoca algunas dudas sobre la existencia de ese tiempo muerto, lo cierto es que John Paxson anotó 10 puntos sin fallo en los últimos cuatro minutos del partido, que terminó con victoria de los Bulls por 108-101. En total se fue a los 20 puntos con 9 canastas de 12 intentos, y según Sam Smith su compañero Will Perdue celebraba en el banquillo cada una de sus canastas imitando el sonido de una caja registradora: “¡Ker-ching! ¡Cien mil dólares más!”
Pocas semanas después, John Paxson firmó una renovación por tres temporadas más una opción por la cuarta, por las que terminó cobrando unos cuatro millones de dólares en total. “No me puedo creer que te vaya a pagar este dinero”, dijo Jerry Reinsdorf.
Durante los recientes problemas legales de Gilbert Arenas que han desembocado en su suspensión, algunos medios han recordado la figura de Simon Gourdine, “deputy commissioner” de la NBA en la década de los setenta y mano dura de la liga durante una de las épocas más convulsas de su historia. Pocos recuerdan, sin embargo, que su candidatura al puesto de comisionado de la NBA supone uno de los “what ifs” más llamativos de la historia reciente del deporte profesional estadounidense: ¿Y si David Stern no se hubiera convertido en “commissioner” de la NBA?
Simon Gourdine (Jersey City, 1940) llegó a la NBA en 1970 sin ningún tipo de experiencia previa en el deporte. Venía de ser ayudante del fiscal, Walter Kennedy decidió que necesitaba un buen abogado y lo convirtió en su consejero legal. Años más tarde Gourdine reconoció que posiblemente el color de su piel había influido, ya que a la NBA no le vino mal incorporar a su organización a un abogado afroamericano joven manque sumamente preparado. Durante la década de los setenta Simon Gourdine fue escalando posiciones dentro de la NBA hasta alcanzar una vicepresidencia, algo único en las grandes ligas profesionales de la época. Con Walter Kennedy al borde de la jubilación, el nombramiento de Gourdine como “deputy commissioner” se interpretó como una señal de que era el elegido para sucederle. No era ningún secreto que era el favorito de Kennedy para el puesto, y la “Board of Governors” parecía estar de acuerdo. Simon Gourdine estaba a un paso de convertirse en el primer afroamericano en presidir una gran liga deportiva profesional estadounidense.
Sin embargo, ese nombramiento empezó a retrasarse sin causa evidente. Pronto surgieron rumores de que la junta de gobierno de la NBA podría estarse replanteando su designación, y finalmente en 1975 se anunció que el nuevo comisionado de la NBA sería Larry O’Brien, un “outsider” total. O’Brien era un absoluto desconocido en el mundillo baloncestístico, pero era un destacado político de la época que había formado parte de la cúpula del Partido Demócrata. Con la NBA enfangada en una serie inacabable de conflictos legales con la ABA y con el sindicato de jugadores, los propietarios decidieron que lo que necesitaban en ese momento era un político con contactos para asegurarse el apoyo de los legisladores.
La candidatura de Simon Gourdine fue una víctima colateral de este proceso. A pesar de ello, O’Brien ratificó su puesto como “vice comisionado”, y Gourdine siguió adquiriendo más competencias dentro de la NBA. Larry O’Brien no era un experto en temas deportivos, y después de negociar la fusión NBA - ABA y zanjar las demandas antimonopolio, la mayor parte de los asuntos internos de la liga quedaron en manos de sus asistentes. Fue Simon Gourdine el máximo responsable del histórico convenio colectivo de 1976, en el que por primera vez se habilitaron vías para que los jugadores pudieran convertirse en agentes libres, al reducir los derechos de retención y tanteo por parte de las franquicias. Gourdine llevaba el día a día de la NBA, y sus aspiraciones de suceder a Larry O’Brien permanecían intactas.
Sin embargo, en las oficinas de la NBA otro joven abogado llamado David Stern venía pisando fuerte. Stern había empezado como consejero externo, pero había ido escalando puestos hasta convertirse en el máximo responsable del departamento legal de la NBA. Su peso en las decisiones de la liga era cada vez mayor, y los dos mayores avances del último período de Larry O’Brien como comisionado de la NBA (la negociación con el sindicato de jugadores de un tope salarial y de una política antidrogas) se atribuían casi en exclusiva a Stern. En 1980 la lucha entre Simon Gourdine y David Stern por el control de la NBA llegó a su fin con el ascenso de Stern al puesto de Vice Presidente Ejecutivo de la NBA, responsable de la gestión empresarial de la liga. Convencido de que había tocado techo y de que nunca llegaría a ser comisionado, Gourdine abandonó la NBA un año después. El 1 de Febrero de 1984 David Stern fue elegido unánimemente como nuevo comisionado sucediendo en el puesto a Larry O’Brien.
Simon Gourdine salió peor parado de su siguiente encuentro con David Stern. Después de haber sido candidato a la presidencia de la Liga Nacional de Béisbol, en 1990 el sindicato de jugadores de la NBA contrató a Gourdine como consejero legal debido a su amplia experiencia en la negociación de convenios colectivos. Fue así como esos dos antiguos conocidos volvieron a encontrarse frente a frente durante el “lockout” de 1995, cuya resolución dañó irreparablemente la reputación de Gourdine en la NBA hasta el punto de haber dejado en el olvido su contribución a la liga.
En principio, Simon Gourdine sólo debía asesorar a Charlie Grantham, el negociador que representaba a la asociación de jugadores (NBPA). Sin embargo, en medio de las negociaciones con la NBA el sindicato decidió despedir a Grantham, y Gourdine hubo de hacerse cargo. Su situación era muy delicada, con un David Stern inflexible y un colectivo de jugadores dividido y voluble. Aún peor, Simon Gourdine se granjeó la oposición de un grupo de estrellas de la liga liderado por Michael Jordan y Pat Ewing, que amenazó con disolver el sindicato. David Falk, representante de Jordan e Ewing, atacó duramente a Gourdine en la prensa, refiriéndose a su historial como directivo de la NBA y acusándole de ser un “infiltrado” de la liga. Los jugadores rechazaron el primer acuerdo firmado por Gourdine y Stern, y 180 miembros del sindicato firmaron una petición de descertificación que la NBPA tuvo que llevar a votación.
Como siempre, David Stern emergió como el gran triunfador de este conflicto. La NBA consiguió endurecer notablemente la reglamentación del tope salarial a cambio de mínimas concesiones, y entre los jugadores se extendió la idea de que la falta de dureza de Simon Gourdine había sido una de las causas. Cuando se supo que Buck Williams (presidente de la NBPA) había renovado el contrato de Gourdine por dos años más de manera unilateral, el grupo de jugadores encabezado por Pat Ewing exigió su despido inmediato. Simon Gourdine fue cesado sólo un mes después de haber sido renovado, y aunque logró cobrar todo su contrato no pudo evitar el daño sufrido por su reputación en la NBA. Ahora es difícil recordar que en un tiempo Gourdine parecía un gran candidato a comisionado debido a una flexibilidad y voluntad negociadora que recordaba a los mejores días de Larry O’Brien. Pocos creen ya que hubiera tenido lo que hay que tener para duplicar el éxito alcanzado por David Stern y su política del puño de acero oculto bajo el guante de seda.
Pero hubo un tiempo en que Simon Gourdine era la NBA, al menos en un sentido organizativo. Un tiempo en el que David Stern era el innoble visir que quería ser califa en lugar del califa. En alguna parte hay un universo en el que Simon Gourdine es comisionado de la NBA, y el baloncesto es muy diferente.
Si eres aficionado a las guías de Zander Hollander, si tu ídolo es Arvid Kramer, o si piensas que Georgi Glouchkov fue un incomprendido, éste es el blog para ti. Historias de los pequeños triunfos y las grandes derrotas que forman la trastienda del guiñol de la NBA. meej nos acerca en este nuevo blog las curiosas historias de la NBA, contadas por una de las firmas más respetadas dentro del mundillo virtual del baloncesto americano en España
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