A Marc Cuban (Pittsburgh, Pensilvania, 1958), el controvertido propietario de los Dallas Mavericks, muchas gentes del microcosmos de la NBA le acusan de tener demasiados defectos: le imputan ser un engreído, un tipo poco solidario, un rebelde sin causa y sin pausa. El Comisionado David Stern le considera –y no se corta en contárselo a quien le quiere escuchar- “una china en su zapato”. La verdad es que Mr. Cuban lleva ya pagados más de 2 millones de dólares en multas impuestas por la NBA. Por contravenir disposiciones y códigos de la Liga, en un número tan amplio, y de una manera tan contumaz, que su descripción sumaria no cabría en esta columna.
El hombre ha tenido cuitas con los árbitros, con los jugadores, con los entrenadores, con el sindicato de jugadores, con sus colegas propietarios, con los blogueros, con los aficionados, con la Euroliga, con el Órgano Regulador del Mercado de Valores y hasta con el Gobierno de los Estados Unidos. Sí, incluso con el Tío Sam: Cuban acaba de abrir un portal en Internet con el que pretende controlar cómo se administran los 700 mil millones de dólares que el Gobierno ha concedido a ciertas instituciones financieras norteamericanas para salvarlas de la quiebra. Veremos cómo acaba eso. Por su parte, la SEC, el organismo regulador del Mercado de Valores, le considera un defraudador. Y la mayoría de la gente, un iconoclasta. Pero nadie le puede acusar de falta de imaginación.
Marc Cuban es, en mi modesta opinión, un genio. Para lo bueno y para lo malo. Uno de esos americanos fervientemente individualistas que, en los Estados Unidos, reciben con frecuencia la denominación de libertarios, sin que sus ideas tengan, necesariamente, nada que ver con libertarios como, digamos, Mijail Bakunin. Sino, más bien, con las ideas que plasma en sus obras el autor favorito de Cuban: el escritor y filósofo Ayn Rand. Autor, entre otros escritos, de una prodigiosa novela llamada “El Manantial”.
Lo que tampoco le niega nadie a Marc Cuban es que es, sin duda, diferente. Lo cual no es necesariamente malo en ese mundo cada vez más uniforme y más plano que Mr. Stern pretende que sea su NBA. Cuban presenta, dicen los que le conocen bien, una personalidad de corte bipolar. Es evidente que el hombre es capaz de concebir decenas de ideas, la mayoría de ellas bastante peregrinas. Pero las que son válidas son, casi siempre, capaces de aportar algo nuevo. Un ejemplo de esta dualidad: Mister Cuban es capaz de financiar la muy notable película independiente “Good night and good luck” y a la vez invertir en una compañía llamada Brondell –juro al lector que esto no es broma- que se dedica a diseñar “retretes de alta tecnología”. O crear un sitio web llamado Sharesleuth.com con el objetivo de revelar fraudes en las empresas que cotizan en los Mercados y, a su vez, vender él mismo acciones bursátiles tras recibir, presuntamente, información privilegiada.
La última idea de Mister Cuban, publicada en su blog habitual, blogmaverick, sugiere que, ante la ausencia de buena cobertura informativa de los equipos locales en la Red, y dado que la prensa escrita aplica cada vez más recortes de gastos y de plantilla, sean las ligas de cada uno de los tres grandes deportes estadounidenses las que paguen a los periodistas: el Señor Cuban sugiere que debería pagarse la nada despreciable cifra de 50.000 dólares al año a cada reportero, dicho sea de paso. Y que, además, las ligas coloquen a estos reporteros en los diarios locales más importantes, a cambio de que el equipo profesional en cuestión tenga un espacio garantizado en el periódico. Al menos, eso es lo que he deducido que quiere expresar Mr. Cuban en su blog al explicar su idea.
Es bonito que Marc Cuban crea que un subsidio anual de 150.000 dólares (el total de los sueldos propuestos por él para esos tres periodistas que cubrirían la información de baloncesto, béisbol y futbol), por periodista y periódico, pueda llegar a salvar una industria que está en claro declive e incluso en peligro de extinción. Pero los comentarios que hace el propietario sobre la falta de buena información en la Red demuestran lo alejado que está Mr. Cuban de la realidad del tratamiento de los deportes en Internet.
Además -y muy en la línea de lo que comentábamos aquí el otro día sobre Kevin McHale, el actual entrenador de los Wolves de Minnesota- Cuban considera a los blogueros una fauna especialmente nociva para su club; y para él mismo. De hecho, el dueño de los Mavs dio orden de expulsar del vestuario del equipo a todo bicho bloguero viviente. Bloguero viviente e independiente, se entiende.
Lo cual me resulta muy curioso, teniendo en cuenta que el hombre no es, precisamente, un indocumentado en lo relativo a la Red y a las nuevas tecnologías. Mr Cuban se hizo multimillonario –dando un pelotazo descomunal de 6.000 millones de dólares, para más señas- gracias a que, en 1999, vendió su negocio de radio deportiva en Internet al entonces rico y poderoso portal Yahoo!. Otro dato importante: el club propiedad de Mr. Cuban, los Mavericks de Dallas, fue uno de los primeros en reconocer la importancia de tener presencia en la Red; de hecho, el departamento de Internet de los Mavs ha estado creando, en los últimos tiempos, sitios web -más o menos oficiales- que realmente nadie utiliza. Por el contario, otros clubes de la NBA trabajan con blogueros independientes y les va muy bien. Ninguno de estos clubes suele ordenar a su personal de seguridad que “escolte” hasta la salida más próxima a los blogueros indeseables, como en su día hicieron los Mavs.
Por supuesto, estoy de acuerdo con Marc Cuban en que la cobertura informativa de los equipos locales en la Red de Redes es francamente mejorable. Los diarios de papel ya parecen haberse dado cuenta de ello y ordenan, cada vez con más frecuencia, a los reporteros que cubren la información del equipo –en los Estados Unidos se les conoce como “beat reporters”- que publiquen piezas en la página web de su periódico.
No seré yo quien niegue la importancia, ni la influencia, de los periódicos diarios de información general impresos en papel. Pero, en estos tiempos modernos, tal vez ese diario de papel ya no sea tan importante; al menos en lo concerniente a la cobertura informativa de carácter deportivo. Es evidente que Internet permite hacer muchas cosas que no se pueden hacer con un papel impreso e incluso con un periódico electrónico. La comunidad de usuarios que se desarrolla alrededor de los blogs es enorme. Así que, al menos hasta que el papel impreso pueda ofrecer el mismo contenido, la misma inmediatez y el mismo arraigo comunitario que la Web, me parece que los (buenos) blogs van a seguir manteniéndose en pie durante mucho tiempo.
Por otro lado, el hecho de que una gran Liga -por ejemplo la NBA- pagara el sueldo de un reportero del diario más importante de una ciudad –digamos, Denver- puede estar muy bien como concepto empresarial de cara a mejorar la cobertura de la Liga en un diario de información general. Pero tengo dudas de si esa idea garantizaría verdaderamente la información libre y objetiva. Y tengo muchas más dudas de si no habría un conflicto de intereses entre el reportero, el medio en el que éste publicaría sus piezas, y la Liga que le pagaría su jornal.
Una de las cosas que más me llamó la atención cuando viví en Nueva York fue que mucha gente se sentía identificada con un equipo que ya no estaba allí, los Brooklyn Dodgers, el mítico equipo de béisbol. El populoso barrio de Brooklyn, uno de los más representativos de la ciudad de Nueva York, mantuvo durante muchos años una verdadera historia de amor con su equipo de pelota. Y nunca les ha olvidado. Y es que Brooklyn es un barrio con identidad, un microcosmos con personalidad propia dentro de la gran metrópoli. Un lugar tan singular que hasta tiene su propio acento; muy característico, por cierto. Un ejemplo: un brooklynita pronunciaría la siguiente dirección: “Thirty third and third (Avenue)”, de este modo: “toidy-toid and toid”. Cosas de sus ancestros irlandeses, dicen.
Pues bien, los Dodgers (“Estibadores” en castellano) fueron y son la mística del barrio de Brooklyn. Un equipo que fue campeón en las inolvidables Series de 1955, batiendo a los vecinos Yankees –el equipo más grande de la Gran Manzana- tras siete emocionantes partidos. Aquellos héroes (conocidos como “The Boys of Summer”), el campo de Ebbet Field, Jackie Robinson -su gran segunda base y el primer jugador afroamericano en jugar en la MLB- son hoy auténtica historia americana. Desgraciadamente, tan sólo dos años después de conseguir aquel título, el propietario de la franquicia, Mr. Walter O’Malley, decidió trasladar el club a la ciudad de Los Ángeles, donde todavía sigue habitando hoy. Aquel fue un traslado que trascendió el mundo del deporte. Tanto, que la historia llegó a ser portada de la prestigiosa revista TIME. Ni que decir tiene que el señor O’Malley se convirtió en el personaje más odiado del barrio; y de muchos otros aficionados al béisbol que no eran partidarios de los Dodgers, sólo eran románticos.
El dueño O’Malley era tan odiado que, muy a menudo, su nombre se mencionaba junto al de Adolf Hitler y al de Joseph Stalin como los hombres más malvados del Siglo XX. De hecho se cuenta un chiste a propósito de esto que dice más o menos así: “Si un brooklynita estuviera encerrado en una habitación con Stalin, Hitler y O’Malley, estos tres atados, y el brooklynita tuviera un revolver con sólo dos balas, ¿qué haría?”. Respuesta: “Disparar a O’Malley dos veces”. Siempre he creído que el odio que los brooklynitas profesan a Mr. O’Malley no se sustenta sólo en el hecho de que se llevara el club a California, sino por privar a Brooklyn de ese espíritu de cohesión cívica y cultural que imprime a cualquier comunidad una franquicia de deporte profesional. Desde entonces, Brooklyn se quedó huérfano. Hasta hace cinco años.
Porque justo hace ahora cinco años, en Diciembre de 2003, el constructor Bruce Ratner, el alcalde del barrio, Marty Markowitz, el entonces Gobernador del Estado de Nueva York, George Pataki, el Senador demócrata Charles Schummer, y otras luminarias ciudadanas y estatales, se presentaron en una rueda de prensa multitudinaria portando unas camisetas de una nueva franquicia de la NBA, los Nets de Brooklyn. De acuerdo a su plan, los Nets se trasladarían de Nueva Jersey a Brooklyn, en 2006, para mayor gloria del barrio. Y lo harían a un vasto y majestuoso complejo residencial designado nada menos que por el genial arquitecto Frank Gehry.
Este proyecto prevé la construcción de millones de metros cuadrados de oficinas, residencias, apartamentos, áreas de ocio, parques, lagos, etcétera, en la zona brooklynita de Prospect Heights. Una nueva ciudad dentro del barrio y de la gran ciudad. Y los Nets jugarían en el magnífico Center, una Arena del Siglo XXII -sí lo he escrito bien, “22”- diseñada también por Frank Gehry, con capacidad para 18.000 espectadores, y cuyos derechos de nombre fueron adquiridos hace tiempo por el banco británico Barclays Bank. Por una auténtica millonada: 400 millones de dólares en 20 años para ser más exactos. Una cifra pre-crisis, claro. Y LeBron James, la estrella del Cleveland, e íntimo amigo de uno de los dueños minoritarios del club, el rapero Jay-Z, vendría a Brooklyn, para liderar el proyecto deportivo de los Nets, a partir de Julio de 2010. La idea de Mr. Ratner no es barata; se trata de un sueño de 4.000 millones de dólares.
O una pesadilla. Porque, cinco años después, el proyecto de Mr. Ratner se ha convertido en un ejemplo palmario –un fiasco que estoy convencido de que se estudiará en las facultades de Empresariales en un futuro no muy lejano- de cómo el desarrollo urbanístico puede llegar incluso a subvertir la democracia. Abusos, mala gestión, financiación opaca, planificación pésima. Todo lo que se le ocurra al lector forma parte de esta triste historia de millonarios avariciosos y de un barrio que sólo sueña con mejorar sus infraestructuras y, de paso, con revivir su glorioso pasado deportivo. Los estrategas del proyecto hablaron primero de retraso. Ahora, insinúan que el plan está parado. Y nadie sabe lo que sucederá dentro de un año, en Diciembre de 2009. Probablemente más retrasos y más decepción para las buenas gentes de Brooklyn.
Por su parte en Jersey, en la otra orilla del río, los Nets siguen muriendo una muerte lenta, en medio de un silencio de piedra pómez. Los Nets siempre han tenido problemas para captar público a pesar de la amplia densidad de población del norte del Estado. El curso pasado, el club ocupó el lugar 21 -de 30 equipos de la NBA- en media de asistencia de público; 15.600 espectadores, más o menos. Esta temporada, sin embargo, esa cifra ha seguido bajando de manera notoria. Así que, para mantener unos mínimos de asistencia de público al Izod Center, los ejecutivos de los Nets han tenido que recurrir a una solución curiosa.
Probablemente conscientes de que el club ha vendido a sus estrellas más representativas en los últimos tiempos, Jason Kidd y Richard Jefferson, y todavía mas conscientes de que su mejor atractivo en la actualidad, el devaluado Vince Carter, está en claro declive, los Nets han recurrido a una compañía que se dedica a llenar –de público, se entiende- asientos vacíos de eventos deportivos y de entretenimiento en general. La empresa se llama Play-by-Play, tiene su base en Nueva York, y su objetivo fundacional es facilitar a sus empresas clientes un servicio de “llenar asientos”. Lógicamente, un concierto, una obra de teatro, o un partido de baloncesto lucen mejor en televisión, o en vivo, con las gradas llenas. Y eso puede facilitar la captación de aficionados nuevos y de patrocinadores ricos.
La empresa Play-by-Play tiene, a su vez, a una serie de usuarios suscritos en su base de datos –cuesta 100 dólares al año hacerse socio- a los que ofrece entradas casi gratis -sólo cobra los gastos de gestión del billete- para shows de Broadway, conciertos, y partidos de los Nets. Este servicio es relativamente nuevo en los Estados Unidos, pero tengo la impresión de que el negocio ya estaba inventado. Es como una claque antigua, sólo que en este caso paga –poco, eso sí- el que aplaude. La claque es un invento francés del siglo XIX que se refiere a los aplaudidores profesionales que llenaban los teatros franceses. Pero cuentan que ya el malvado Emperador Nerón, en la antigua Roma, contrataba a miles de soldados para que aplaudieran sus (generalmente horrorosas) representaciones.
Las últimas noticias apuntan a que Mr. Ratner está buscando comprador para los Nets; un rumor denegado tajantemente por el magnate, por cierto. Es verdad que un grupo ruso, y otro de Dubai, hablaron con el Comisionado David Stern sobre la posibilidad de comprarle los Nets a Mister Bruce Ratner. Pero eso fue cuando el barril de petróleo valía 140 dólares. Otro rumor apunta a que el destino futuro de los Nets estaría en la ciudad más habitada del Estado Jardín, Newark. Esta popular y populosa ciudad tiene ya una Arena, construida de acuerdo a los estándares que marca la NBA, y sería un lugar ideal para cobijar al club. Newark es un área urbana muy desarrollada, que acogería sin problemas a un deporte urbano como es el baloncesto. Además, ese equipo profesional de Newark podría mantener el nombre de Nueva Jersey en su denominación.
Mientra tanto los brooklynitas, que vieron en los Nets la posibilidad de volver a sentir el orgullo de tener una franquicia profesional en el barrio, y tal vez de rememorar algún día los momentos gloriosos de aquellos inolvidables tiempos de los Dodgers, contemplan con pena como el megaproyecto se hace cada vez más inviable. Y temen quedarse igual que durante estos últimos cincuenta años: condenados a ser seguidores de un equipo que estuvo, pero que ya no está. Y ahora de otro que iba a estar, pero que parece que nunca estará.
FELIZ AÑO NUEVO 2009, PLENO DE SALUD PARA TODOS.
Como sabe el lector, escribo en este blog desde el otoño pasado y hasta ahora la experiencia me parece muy interesante y enriquecedora. Me gusta el sentido de cercanía que un blog te da con el lector y debo decir que he aprendido bastantes cosas de los lectores asiduos de SOLOBASKET que escriben sus pensamientos y sus ideas. Parece ser que existen agitadores de foros y de blogs –que según mi hijo Álvaro se denominan “troles”, en la lengua de la Red- pero la verdad es que yo no los distingo bien. Todo eso me pilla ya un poco mayor, la verdad sea dicha.
Pero a quien parece no gustarle mucho esto de los blogs es al nuevo entrenador, y hasta ahora máximo factótum, de los Timberwolves de Minnesota, el otrora gran Kevin McHale. Voy a transcribir la traducción de lo que ha dicho el nuevo (viejo) técnico de los Wolves, tomándome las menos libertades posibles al traducir, dado que McHale ha utilizado un inglés bastante coloquial para expresarse; por lo menos en esta instancia.
Un preámbulo: la presencia del Coach McHale en el banquillo de los Wolves, una plantilla de la que él mismo fue el arquitecto, no ha servido, al menos hasta ahora, de eso que llaman revulsivo: los Timberwolves están ahora mismo con un registro de 0 victorias y 7 derrotas, desde que él tomó las riendas. Y siguen lloviendo piedras. De hecho, todo parece bastante desalentador en el Norte.
Mr. McHale ha dicho esto acerca de los blogueros: “Creo que vamos a ver más y más [entrenadores despedidos a] corto plazo en la Liga, simplemente porque hay más acceso a la información, con tantos medios a disposición de todo el mundo y todo lo demás. Hay tantos blogueros; ahora todo el mundo tiene una opinión. [En los blogs] se dicen toda clase de cosas. A veces, todo eso consigue crear un estado de opinión entre las gentes de los despachos y también en los propietarios. Hasta ahora, todo esto ha sido una locura.” Fin de la cita.
Así que, según el antiguo tótem de los Celtics de Boston, hasta hace poco el gran gurú del Minnesota, y ahora capataz de la obra en la que se trata de levantar (es un decir) el edificio que él mismo diseñó, culpa de los males de su club a los blogueros. Esos seres que, armados con un ordenador y con una línea de alta velocidad, consiguen que los que toman las decisiones en la NBA pasen tanto tiempo, si no más, observando partidos de baloncesto y leyendo informes de scouting que mirando sus RSS para ver quiénes han blogueado hoy y qué es lo que han dicho. Según Mr. McHale, todos esos blogueros influyen en las decisiones que se toman en la Liga NBA y son culpables, por lo menos en gran parte, de que tantos entrenadores se hayan ido al paro. ¿Seguro?. No creo. Veamos.
Pude contemplar el otro día el partido entre el Minnesota y el Cleveland. Para empezar, los niveles de asistencia de público al Target Center está en claro declive. Los Wolves no declaran haber decaído ni en asistencia de público, ni en ingresos por taquilla. Pero eso es sólo una verdad a medias. Todos los clubes de la NBA, incluidos los Wolves claro, siempre reportan a los abonados como presentes, ocupen o no su sitio en el estadio.
Resulta evidente, tras haber visto ya unos cuantos partidos caseros del equipo dirigido por McHale, que las buenas gentes de las Ciudades Gemelas, y de sus contornos, prefieren quedarse en casa calentitos y no ir a la cancha a sufrir viendo el esperpento que se les ofrece. Y vive Dios que en el Noble y Soberano Estado de Minnesota, estar calentito no es una expresión al uso, es una cuestión de supervivencia. Literal.
Siempre he sostenido que los aficionados de un equipo son habitualmente un buen termómetro para medir determinadas situaciones de un club. Y si los fans de los Wolves ya no van al Target Center es porque su amado equipo no les da muchas alegrías que digamos. Hace ya muchos meses que se fue su gran estrella, Kevin Garnett, buscando las verdes (nunca mejor dicho) praderas del éxito colectivo y de los títulos de campeón. Han cambiado ya tres veces de entrenador en los últimos tiempos, y el grupo de jóvenes que se enfundan hoy en día la camiseta de los Wolves tampoco les ofrece mucha promesa de futuro.
Viendo ese partido Timberwolves-Cavaliers la semana pasada, pude observar no sólo el vacío de las gradas, sino también cómo los aficionados que estaban viendo el choque en directo aplaudían a la gran estrella del equipo rival, LeBron James. Y aunque el reconocimiento al talento de un rival es digno de ser destacado, y demuestra la madurez de ese público, la demostración de apatía es una señal muy peligrosa en el deporte profesional. Porque sostengo que, para una franquicia, lo realmente peligroso no es que las gradas están vacías; lo realmente peligroso es las gentes que ocupan esas gradas semivacías no respondan a lo que hace el equipo. Que ni siquiera les importe.
Aquel naufragio de partido acabó, por cierto, con un 93-70 para los Cavs. Los Timberwolves demostraron no sólo tener problemas para ganar partidos: al fin y al cabo, los Cavaliers eran claros favoritos. El problema es que el equipo demuestra no ser ni tan siquiera mínimamente competitivo. El lenguaje corporal de los jugadores es pésimo –incluso el propio McHale reconoció que sus chicos parecen abatidos- y tácticamente son muy predecibles; demostrando, además, enormes carencias en ambos lados del campo. Así que todo eso deja, me temo, muy poco espacio para que los fans del Minnesota se sientan siquiera algo identificados con este equipo de la era post-Garnett.
Kevin McHale está enfatizando mucho en los entrenamientos el trabajo sobre los sistemas de ataque. El hombre quiere que sus Timberwolves corran el contraataque y que jueguen a un tempo mucho más rápido que el que utilizan hasta ahora. Pero, visto lo visto, me parece que lo primero que tendrían que hacer los Wolves es saber qué hacer una vez que pasen del medio campo. En la actualidad, su movimiento de balón es casi inexistente y la ofensiva del equipo depende demasiado de Al Jefferson; mientras que el resto de sus compañeros apenas se mueve sin el balón. El tiro exterior deja también mucho que desear, aunque McHale asegura que, en los entrenamientos, sus jugadores son máquinas de anotar desde fuera de la zona. Mike Miller llegó al equipo en el intercambio entre O. J. Mayo y Kevin Love, el día del draft, y los ejecutivos del Minnesota estaban encantados con el fichaje de Miller, un tirador mortífero que iba a aliviar la presión sobre Jefferson en la pintura. Pero el bueno de Mike está todavía muy lejos de ser ese desatascador de zonas que todo el mundo esperaba en el Norte. Para colmo, otro de los pocos buenos jugadores que hay en el equipo, Randy Foye, es muy inconsistente y no menos irregular en su producción ofensiva.
De modo que, a pesar del optimismo aparente de McHale, puede que los Wolves de esta temporada estén más cerca de igualar su peor marca de partidos perdidos de manera consecutiva (16 derrotas seguidas, en la temporada 91-92) que de encontrar la luz al final del túnel. El nuevo entrenador, sin embargo, tiene la receta de la felicidad futura: cree que en cuanto lleguen un par de victorias las cosas cambiarán definitivamente.
Ojala. Pero me temo que los males que ahora sufre el equipo de McHale tienen mucho más que ver con la mala planificación, con los traspasos inconcebibles y con las pésimas decisiones de personal: incluyendo, entre otras muchas, la de despedir al entrenador Flip Saunders, a quienes los aficionados de los Wolves reclaman incesantemente partido tras partido, por cierto.
Y ciertamente todos esos males nada que ver con los blogueros. Porque si los ejecutivos de los Wolves escucharan la voz de esos malditos blogueros que crean opinión, según McHale, probablemente OJ Mayo seguiría en el Norte. Y Brandon Roy quizás también. Tan sólo por citar dos cuestiones polémicas muy recientes. Y, ya que estamos, si hubiera habido blogueros en los años 80, durante aquellos gloriosos años de dominio de los Celtics y de los Lakers, en aquel tiempo inolvidable de la trinidad céltica Bird-McHale-Parish, las carreras de todos ellos se hubieran ampliado unos cuantos años más, puesto que todo buen aficionado sabía que el bueno de K. C. Jones, el entrenador de los Celtics de entonces, les estaba quemando de una manera clara: haciéndoles jugar más tiempo del necesario y, como consecuencia, acortando sus carreras.
Así que esa excusa de que los blogueros influyen en las decisiones de los ejecutivos de los clubes me parece bastante irreal y desde luego poco fundamentada. Entre otras razones porque, si se escuchara de verdad a los blogueros, hace ya mucho tiempo que el propio Kevin McHale estaría en el paro.
Seguramente alguno de los amigos que me conocen bien, y que se atreven a leer mis entradas en este blog, achacará toda esta diatriba que comienzo ahora -al hilo de la retirada, por problemas cardíacos, de un jugador de la NBA, concretamente Cuttino Mobley- a mi proverbial aprensión. Y puede que tenga razón. Pero, en realidad, se debe mucho más al hecho de haber vivido, en primera persona, experiencias muy tristes y muy duras con jugadores -y con amigos- que eran demasiado jóvenes para morir.
Sí; porque uno nunca llega a asumir que seres tan especiales como Fernando Martín o Drazen Petrovic se nos vayan de repente como consecuencia de un accidente de tráfico. Sólo muy, muy al final, puedes llegar a entenderlo; al fin y al cabo los coches son un arma potencialmente letal para todos nosotros. Como te cuesta aceptar que amigos tuyos, íntimos, como Mariano Jaquotot -que fue vicepresidente del Real Madrid, y el hombre que puso el baloncesto del club otra vez en el mapa, tras unos tiempos muy difíciles para la sección- un amigo con el que tuve una relación tan estrecha que no pasa un solo día de mi vida sin que piense en él, nos dejen por esa terrible enfermedad llamada cáncer. Pero el cáncer es una cuasi endemia en estos tiempos modernos y siempre he pensado que el que te toque a ti, o no, tiene bastante más de lotería que de juiciosa prevención. Pero, desde luego, lo que nunca, nunca jamás, llegas a asimilar es que un joven deportista, alguien a quien se supone muy sano, muy bien entrenado, y muy bien vigilado por excelentes médicos, fallezca de repente.
En ese sentido, mi experiencia más triste y más amarga, fue, sin duda, el fallecimiento súbito de Ángel Almeida. Ángel medía 215 centímetros, era pivot y había jugado en la Liga ACB -entre otros lugares en Cáceres, donde se le recuerda con un cariño especial- sin acabar de convertirse nunca en la estrella que se presumía cuando era juvenil en el Barça. El día en el que falleció, el 29 de Julio de 1997, Ángel estaba jugando en la entonces atractiva Liga Portuguesa, concretamente en el equipo Portugal Telecom. Y era feliz. Rotundamente feliz.
La noche antes de su muerte habíamos hablado largo y tendido acerca de su futuro; de sus planes de vida; de su intención de establecerse con su novia, Marta, en Cáceres; de su futuro como entrenador, y hasta de un plan de pensiones que pensaba suscribir. La mañana siguiente a esa conversación, Ángel falleció súbitamente tras caer al suelo, como fulminado por un rayo, mientras entrenaba con su equipo. Su entrenador, Carlos Barroca, llamó casi de inmediato, con la voz rota por el dolor y en total estado de shock, para darnos la fatal noticia. Los médicos diagnosticaron después una cardiopatía, aparentemente imposible de detectar hasta entonces, como la causa probable de su fallecimiento. Definitivamente, uno nunca acaba de asumir la pérdida repentina de alguien tan joven; Ángel no había siquiera cumplido los 25 años de edad. Pero, sobre todo, es imposible entender que alguien como él, un ángel, un hombre bueno en el sentido machadiano de la palabra bueno, se nos fuera de un modo tan cruel.
Ahora que un veterano jugador de la NBA, Cuttino Mobley, ha decidido retirarse, debido a sus achaques de corazón, vuelve a estar de muy actualidad el tema. Con el tiempo, en la Liga NBA, se ha llegado a asociar el asunto de los problemas cardíacos con jugadores que lanzan sus dados: con la esperanza de que la lesión cardíaca que los médicos les han diagnosticado no sea tan severa como dicen. Y aquí es preciso dar nombres. Porque entre los profesionales de la NBA que están jugando a la ruleta rusa con su salud –con su vida, en realidad- me vienen a la cabeza dos: Eddy Curry y LaMarcus Aldridge. Sin embargo, Mobley –más viejo, más sabio y quizás con mucho menos que perder- ha preferido no asumir ningún riesgo. Y eso que, al revés que sus colegas, Cuttino jamás evidenció en la cancha de juego síntoma alguno de padecer un trastorno cardiovascular.
Mobbley ha tenido una larga y honorable carrera en la NBA: 12 temporadas en activo, con un nada desdeñable promedio de 16 tantos por partido. Ahora, a los 33 años, ha decidido colgar las botas; no tanto porque los doctores le hayan dado un diagnóstico claro sobre su patología cardíaca, sino porque los médicos que le han revisado a conciencia –el hombre ha visitado hasta a tres especialistas- le han confirmado que los resultados de sus pruebas apuntan a una lesión cardíaca potencialmente muy grave.
Como quiera que estoy rodeado de futuros médicos en casa –mi hijo Miguel y su novia, Miriam, estudian cuarto y quinto curso de Medicina, respectivamente- y como quiera que ambos son bastante empollones, y además tienen la asignatura fresca, les he preguntado acerca del diagnóstico que los doctores han dado a Cuttino Mobley: una miocardiopatía hipertrófica. Por cierto, la HCM (en su acrónimo en lengua inglesa) es la misma enfermedad que mató a Hank Gathers y a Reggie Lewis. Y es, además, la causa principal de muerte súbita entre los deportistas jóvenes en los Estados Unidos.
Pues bien, los futuros doctores me dicen que la miocardiopatía hipertrófica está causada por un aumento del grosor del músculo cardíaco, lo que provoca que la pared del corazón sea más rígida y por lo tanto éste no se llene de la sangre suficiente, provocando por ello que se bombee menos sangre al resto del cuerpo. Dicho en palabras más comprensibles para los no iniciados en la medicina: la HCM es una bomba de relojería.
Obviamente, yo no soy medico. Y, por una simple cuestión metafísica, jamás podría haberlo sido. De manera que no sé si la patología de Cuttino Mobley es más peligrosa que la de Curry o la de Aldridge; o si hay una gran diferencia entre sus condiciones médicas y la que le costó la vida al malogrado Jason Collier en 2005; cuya muerte recuerdo que anunciamos en el Carrusel Deportivo, prácticamente a la hora escasa de haberse producido: me llamó, estando yo en antena, un buen amigo que trabaja alrededor de los Hawks de Atlanta para confirmarme la terrible noticia.
El contraste entre unos jugadores jóvenes con tanto futuro por delante -pero dispuestos a asumir riesgos, obsesionados con dejar un legado deportivo y con ganar dinero, no necesariamente en ese orden- y un jugador veterano dispuesto a colgar las botas y a finiquitar su carrera ante los indicios de padecer una enfermedad cardiovascular muy grave, resulta aquí muy notorio.
Nadie ha discutido, ni siquiera argumentado, la decisión de Mobley. Cosas así forman parte de la vida que, a veces, les toca vivir a algunas personas. Y entonces uno sólo espera que ojala, algún día, Eddy Curry o LaMarcus Aldridge apliquen el mismo sentido común que ha aplicado Cuttino Mobley a la hora de enfrentarse a la realidad de su condición médica. Pero, desafortunadamente, yo no apostaría por ello.
El Principio de Peter señala que “en toda empresa cada empleado tiende a alcanzar su nivel de incompetencia”. Este principio fue establecido por el Doctor Peter y por su colega, el Doctor Hull, en 1968, en un maravilloso libro llamado, precisamente, “El Principio de Peter”. Esta obra es un ensayo cargado de humor, pero de lectura obligada a la hora de analizar, con total seriedad, el flujo jerárquico de una empresa, el manejo de los recursos humanos y el sistema de promoción en las corporaciones. El Principio de Peter tiene una validez eterna: pasan los años y no dejamos de ver su plasmación en cualquier compañía, de cualquier sector, de cualquier rincón del mundo.
El Principio de Peter sostiene que en una empresa de estructura jerárquica – y prácticamente el cien por cien de las compañías lo son- los empleados son habitualmente promocionados, siempre que realicen su trabajo de manera competente. De modo que, más tarde o más temprano, se les promociona a un puesto en el que no son competentes (alcanzando así su “nivel de incompetencia”) y permanecen en ese puesto, a veces de manera indefinida, produciendo en muchas ocasiones efectos devastadores en la empresa. “Ergo, con el tiempo, cada puesto de responsabilidad tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para llevar a cabo su trabajo”, señala el Doctor Peter, “y las tareas acaban realizándolas aquellos empleados que no han alcanzado todavía su nivel de incompetencia”. Peter sigue estando más vivo que nunca. Por lo menos en la NBA. Veamos.
En este curso 2008-2009, los entrenadores de la Liga NBA están cayendo como moscas. Algún cronista gracioso, que siempre los hay, ha pergeñado la expresión “open season” (“abierta la veda de caza”, vendría a ser la traducción más apropiada en lengua castellana) para definir toda esta masacre tan atroz que los clubes de la NBA están llevando a cabo con los técnicos durante este inicio de campaña. De hecho, en el Carrusel Deportivo de la Cadena Ser, últimamente solemos predecir cada sábado qué entrenadores están a punto de caer. Y lo cierto es que, hasta ahora, hemos hecho pleno. La cosa está tan turbulenta que prefiero protegerme y decir aquello de: “a la hora de escribir estas líneas”, no vaya a ser que, mientras escribo esta nueva entrada de blog, caiga otro y algún lector me diga que ya voy desfasado. Así que allá vamos: a la hora de escribir estas líneas, han caído: P. J. Carlesimo (Oklahoma), Eddie Jordan (Washington), Sam Mitchell (Toronto) y Randy Wittman (Minnesota). Y se hacen apuestas sobre quién será el próximo. Ya no se trata de saber si caerá algún entrenador más esta temporada, sino de cuándo caerá el próximo entrenador esta temporada. De modo que la NBA se parece cada vez más a lo que ha venido siendo el modelo, digamos, europeo: en el que los entrenadores eran siempre los primeros en saltar en pedazos durante una temporada deportiva.
Sin duda, de todos los ceses habidos hasta ahora, el más interesante de analizar es el de Randy Wittman en el Minnesota. No tanto por el cese en sí –desgraciadamente, es lo común en estos días- sino porque el actual Vicepresidente y Manager General de los Timberwolves, el ex jugador de los Celtics de Boston, Kevin McHale, ha sido el elegido por el propietario de la franquicia, el billonario Glen Taylor, para que dirija al equipo hasta nueva orden.
Esta no es la primera vez que el Manager General de los Wolves ha despedido a un entrenador y se ha instalado él mismo en el puesto. Tras echar a Flip Saunders, en Febrero de 2005, McHale completó el resto de aquella temporada obteniendo un registro bastante decoroso: 19 victorias y 12 derrotas. Pero la temporada siguiente, Dwane Casey fue nombrado como nuevo entrenador de los Wolves. Y es que, al revés de lo que le pasaba a Isiah Thomas, por poner un ejemplo todavía reciente, a Kevin McHale nunca le ha gustado el banquillo y siempre ha preferido ver los toros desde la barrera. Hasta ahora.
El señor Glen Taylor, el dueño de los Wolves de Minnesota, consiguió fama y fortuna con su empresa multinacional, la Taylor Corporation, un conglomerado de empresas que, entre otros servicios, es el principal impresor mundial de invitaciones de boda. Rigurosamente cierto. Pues bien, Mr. Taylor (que posee un patrimonio estimado en 2.700 millones de dólares, según la revista Forbes) siente auténtica veneración por el mito de los Celtics de Boston. Así que hace tiempo, cuando compró los Timberwolves, Mr. Taylor decidió seguir el modelo de Don Sterling, el dueño de los Clippers de Los Ángeles, quien fichó al gran Elgin Baylor para guiar la parcela deportiva de su club, y contrató entonces a un grande de la historia de los Celtics, el antiguo pivote Kevin McHale, natural además del Estado de Minnesota, para que se responsabilizara de todas las decisiones deportivas del club de Minneapolis.
Desde entonces, McHale está considerado, casi de manera consensuada, como uno de los ejecutivos más flojos de la Liga NBA. Su movimiento más audaz fue elegir a Kevin Garnett en el draft de novatos de 1995. Y a partir de aquella adquisición, según muchas voces críticas, luego vino el horror sin pausa. Para empezar, la franquicia perdió, durante varios años, la posibilidad de elegir jugadores en la primera ronda del draft como castigo por haber establecido compromisos –y encima escritos para mayor vergüenza- con Joe Smith; en unas fechas que estaban totalmente fuera del plazo establecido por la NBA para realizar cualquier tipo de transacción con jugadores. Aquel fue uno de los incidentes más penosos en la larga historia de la Liga NBA. Y vergonzoso a más no poder para el Minnesota.
Una vez levantado aquel castigo, se diría que McHale ha ido regalando primeras rondas de draft –activos vitales de su club, por lo tanto- como el padrino que reparte caramelos en un bautizo. Baste solo un dato. O. J. Mayo, elegido en el puesto número 3 del pasado draft de Junio, fue inmediatamente traspasado a Memphis a cambio de Kevin Love y del veterano Mike Miller. Pues bien, si Mayo se convierte en Novato del Año -cosa nada improbable, por cierto- sería el segundo Rookie of the Year traspasado por Minnesota en menos de 24 meses: Brandon Roy fue la primera elección de los Wolves en 2006, para luego ser intercambiado por Foye. En ciertos círculos de la Liga NBA se dice, no sin mala intención, que lo mejor que ha hecho Kevin McHale como Manager General en la NBA ha sido volver a hacer campeones a los Celtics de Boston: gracias al traspaso de la estrella Kevin Garnett a cambio, básicamente, de un puñado de valientes. De modo que McHale ha sido un ejecutivo poco efectivo, en el mejor de los casos; y, en el peor escenario, desastroso.
En un movimiento no muy frecuente en la NBA, el señor Glen Taylor ha decidido poner a Kevin McHale a cargo de la plantilla que él mismo ha confeccionado. Estratégicamente, Mr. Taylor aplica así una máxima empresarial a menudo muy efectiva: responsabilizar al responsable. Si su Manager General tiene una visión sobre este plantel, que ha confeccionado él mismo, pues, sencillamente, que la ponga en práctica. En otras palabras, el propietario de club le está diciendo a su ejecutivo favorito: “veamos qué plan es ese que dices que tienes”.
A mí me parece una estrategia muy arriesgada, pero por lo menos muy honesta. Y sobre todo, muy trasparente. Cuando uno se convierte en entrenador, no hay escondites posibles, ni barreras tras las que ocultarse. En el momento en el que el ejecutivo se lanza a la pista para dirigir los entrenamientos del equipo, ya no puede especular sobre si el equipo que él mismo ha ensamblado estaba mal llevado por el entrenador o si éste no sabía encontrar el punto adecuado a una plantilla tan buena.
Creo sinceramente que este es el momento definitivo para Kevin McHale. Con este experimento no hay vuelta de hoja: o su equipo sale adelante, o él saldrá del club. La primera vez que tuvo que hacerse cargo del banquillo de los Wolves, McHale pasó la prueba de manera notable. Esta vez, me temo, será un poco más complicado sin Kevin Garnett en su flanco. Pero, si finalmente el experimento de Mr. Taylor sale bien, tal vez todos aprendamos algo nuevo; principalmente sobre gestión de recursos humanos.
Porque lo que ha hecho Mr. Taylor es muy de libro; le ha puesto a Kevin McHale la prueba-trampa definitiva; una situación de responsabilidad final que, tal vez, todo Manager General debería pasar al menos una vez en su vida: entrenar al equipo que previamente es mismo Manager General ha construido a su antojo. La cuestión está ahora en saber si McHale llegará a su nivel definitivo de incompetencia en su nuevo puesto o si, por el contrario, realizará una tarea tan brillante que logrará cambiar la triste faz de los Timberwolves. Definitivamente, el Principio de Peter es un axioma de una profundidad tan enorme que aún sigue vigente 40 años después. Por lo menos en Minnesota.
Desde el punto de vista deportivo, Nueva York es una ciudad acostumbrada a la grandeza. Los Yankees son, en béisbol, una tradición, una leyenda americana. En fútbol, este año en particular, los fans de las dos orillas del río se sienten orgullosos de sus Giants y de sus Jets; y no es descartable una Super Bowl Nueva York-Nueva York el proximo mes de enero. Y luego están los Knickerbockers. El equipo de baloncesto de la Liga NBA, no menos legendario que sus vecinos, aunque con mucha menos tradición ganadora que los Yankees.
Pero los Knicks tuvieron sus años de gloria. En particular, una temporada que los fans recuerdan vivamente, un equipo inigualable y una plantilla que los aficionados recitan como una suerte de letanía deportiva; casi como una oración. Temporada 1969-1970. Red Holzman era el entrenador; Willis Reed, Frazier, Bradley, DeBuscchere, el eje del equipo. Aquellos Knicks de 1970 son el mejor equipo de la historia del club. Jugaron un tipo de baloncesto colectivo que no se ha vuelto a ver jamás; ni en la NBA ni en ninguna otra parte. Por eso, entiendo que tiene que ser muy duro para los fans de los Knicks contemplar hasta donde se ha hundido su barco. Y es que el equipo lleva siendo malo, a veces hasta horroroso, demasiado tiempo. Y, encima, en una ciudad que no premia jamás al perdedor.
Este año, aunque algunos destellos del baloncesto que pretende hacer Mike D’Antoni invitan a la esperanza, parece que tampoco va a ser mucho mejor. El equipo tiene un aspecto inequívoco de ir a la lotería del draft una vez más. Y su estrella, Stephon Marbury, que vale 21 millones de dólares en términos contables, no juega. Mejor dicho, no es que no juegue, es que le da igual. Por un lado, no le falta razón al muchacho: su entrenador dijo públicamente que no contaba con él. Cierto. Pero este es un tiempo de necesidad para los Knicks que, entre traspasos e infortunios, tienen en estos momentos tantas bajas que no es que estén en cuadro, es que no están. Me dicen que los cuatro entrenadores ayudantes del equipo han tenido que vestirse de corto, durante toda la semana pasada, para que el entrenador D’Antoni pudiera hacer un entrenamiento cinco contra cinco mínimamente decente.
Así que, cuando a Marbury le han pedido que saliera a jugar un ratito, el fenómeno (en todos los sentidos) ha dicho que no. Que con su dignidad no se juega. Respuesta de todo un profesional. Así que cabe esperar, por el bien de ese club, que el gran Marbury sea historia muy pronto. Algunas veces una indemnización por despido es necesaria para la supervivencia del proyecto; por muy costosa que sea. Y vive Dios que la de Marbury lo es. Haciendo un gran favor a su club, el hombre ha dicho que está dispuesto a renunciar a un millón de dólares. De los 21 que le deben. Hace bien Marbury en mantener su postura. Pero los Knicks harían mal en no pagarle. Para los Knicks, esos 20 millones serán los 20 millones mejor gastados en su historia. Que no es precisamente una historia de austeridad y buena gestión, sino más bien de despilfarro y de despropósitos financieros. Así que uno más, no importa.
Pues bien, a pesar de la que está cayendo en el club neoyorquino, los aficionados de los Knicks están contentos. Con esa felicidad que da el saber que su reino no es (todavía) de este mundo. Así que pasan del equipo actual casi tanto como Stephon Marbury. Tienen poca -quizás ninguna- esperanza de que su equipo haga algo decente no ya esta temporada, sino la próxima también y miran al año 2010 como a un año de adviento. Es curioso el efecto que está produciendo en la NBA el dichoso año 2010. Se ha convertido en una especie de año mágico para muchas franquicias de presente turbulento. Y en eso, en turbulencias, los Knicks lideran la NBA de largo.
Así que, en lo que parece una estrategia clara de los ejecutivos del club, todos en la casa Knicks han declarado el año 2009, entero, y el primer semestre de 2010, no lectivo a todos los efectos. Hasta el 1 de Julio de 2010. La fecha está marcada en rojo y se ha convertido en el día de los días de la NBA moderna. El momento en el que no pocas figuras de la NBA pasarán a ser agentes libres, con más o menos restricciones. Y, claro, entre todas esas estrellas rutilantes que va a quedar libres, destaca una: LeBron James.
El recibimiento que le tributó recientemente la afición del Madiosn Square Garden a James fue no ya apoteósico -teniendo en cuenta que se trataba de un jugador rival- sino que a mí me pareció hasta estrambótico. Aquello fue una especie de trance colectivo similar a esas escenas que vemos cuando un predicador, habitualmente evangélico, sitúa en estado de éxtasis a sus parroquianos. Da la impresión de que, de repente, todos en la casa Knicks contemplan a LeBron James como al nuevo Moisés: el hombre que les llevará a la tierra prometida de los éxitos y de los triunfos que disfrutaron en un pasado cada vez más lejano. Es obvio que LeBron y Nueva York (o LeBron y Brooklyn, si finalmente sale adelante el proyecto) son el matrimonio perfecto entre baloncesto y mercado. Pero la idea, cada vez más propagada, de que los Knicks van a arrasar con la promoción de agentes libres de 2010 me resulta posible, pero no necesariamente irrefutable. Veamos.
Los otros. Para empezar, los Knicks no son el único equipo con espacio salarial libre en 2010. Prácticamente todos los equipos de la NBA están limpiando nóminas para estar preparados de cara al verano más importante en la historia del mercado de jugadores libres. Los equipos que ahora mismo tienen en sus plantillas a LeBron (Cleveland), a D-Wade (Miami), o a Chris Bosh (Toronto) tienen, o es muy fácil que tengan, suficiente dinero para pagar a esos jugadores, básicamente, lo que pidan. Detroit, Sacramento, Nueva Jersey (o Brooklyn) y Minnesota van a tener decenas de millones de dólares libres para gastar ese verano. Y no serán los únicos.
La tierra. La ciudad en la que ahora juega LeBron (Cleveland, Ohio), nativo de Akron, Ohio, no es la Gran Manzana, ni es la ciudad que nunca duerme, ni nada de esas cosas que es Nueva York. Pero es la tierra de LeBron James, el lugar donde ha vivido siempre. El hombre quiere ganar títulos: sabe que un campeonato, uno solo, le garantiza la posteridad. Y Cleveland y Akron son su casa. Y aunque, en los Estados Unidos, el sentimiento de pertenencia a una Comunidad no está, ni mucho menos, tan arraigado como puede estarlo en ciertos países europeos, la tierra va a ser un elemento importante en la ecuación. Incluso, para un jugador que se autodefine como una industria.
Secundarios. Dondequiera que aterrice en 2010, LeBron va a necesitar un buen acompañante en su equipo. Y aunque Nueva York es Nueva York, no hay garantías de que los Knicks convenzan a otra estrella para acompañar a James. Sabemos que los ejecutivos de los Knickerbockers han filtrado ya sus apetencias por tres jugadores estelares, que serían el teórico complemento a LeBron, siguiendo el modelo de los Chicago Bulls de Michael Jordan y Scottie Pippen. Esos nombres son: Dwayne Wade, Chris Bosh y Amaré Stoudamire. Pero hay otro, según nuestras fuentes: Carlos Boozer, a quien se intenta convencer de que recale en los Knicks incluso ya el curso que viene. Pero Boozer tiene historia con LeBron: le dejó plantado una vez en Cleveland. Y un novio despechado a la puerta de la iglesia, nunca olvida. Además, si la historia de la NBA nos enseña algo, es que tener dinero no siempre significa dominar el mercado de agentes libres. Valga como ejemplo el de los Bulls de la era post-Jordan. Tenían todo el dinero del mundo a su disposición, su General Manager, Jerry Krause, aseguró que arrasarían el mercado, y todo quedó en fuego de artificio.
Patrocinadores. LeBron James va a seguir forrándose con sus patrocinadores fiche por quien fiche. Nike le va a seguir pagando un dineral vista la camiseta que vista. Es obvio que siempre será mejor que su estrella juegue en Nueva York a que lo haga en Oklahoma City. Pero, a efectos de imagen, a sus patrocinadores les da igual. Por cierto, aprovecho para desmitificar una leyenda urbana: al día de hoy, no hay bonus adicional para LeBron, por parte de Nike, si juega en Nueva York. Punto.
Arrogancia. Una de las cosas que siempre me ha llamado la atención de los fans de los Knicks es que dan por hecho que cualquier jugador perderá los pantalones por fichar por su equipo. En ese sentido, son un poco arrogantes y guardan ciertas similitudes con algunos de esos equipos europeos que tocan a jugadores de aquí y de allá, dando por hecho que el resplandor del escudo, que el color de la camiseta, será argumento suficiente para que, al modo bíblico, los jugadores escogidos dejen todo lo que estén haciendo y fichen por su poderoso club. Los Knicks son una franquicia absoluta, rotundamente especial. Mucha historia; tanta tradición. Pero no todos lo jugadores quieren fichar por los Knicks, ni el sueño de sus vidas es jugar en una ciudad maravillosa como Nueva York.
Quedan dos temporadas. El Entrenador Mike D’Antoni tiene un estilo muy atractivo y seguro que será un indudable factor positivo para atraer a nuevas estrellas, llámense éstas Lebron, Bosh, Wade o como quiera que se llamen. Y si, finalmente, LeBron cambia los Cavs por los Knicks será una decisión totalmente comprensible. Por supuesto. Pero que nadie piense que Cleveland no presentará batalla para quedarse con su joya de la corona. Y que nadie piense que los Knicks estarán solos en la puja. Y, sobre todo, que nadie piense que los Knicks lo tienen hecho. Convertir esa especie de “camarote de los Hermanos Marx” que es ahora el Nueva York en un destino mínimamente atractivo para LBJ y para otros agentes libres no será una tarea fácil. Ni mucho menos.
Y ya puestos. Me pregunto si, hasta llegar a ese mes de Julio de 2010, a ese día de los días en el que LeBron iluminará la Avenida de Broadway, no podríamos disfrutar todos un poquito de estas dos temporadas que nos quedan por delante. Hay vida más allá de LeBron, de Nueva York y del día de los días. En serio.
Fue en 1986. Precisamente en la cancha de juego de la Universidad de Loyola Marymount, en cuyo equipo Pete Newell había jugado muchos, muchos años atrás. Fue durante el tiempo en el que Fernando Martín estaba jugando con los Portland Trail Blazers en la Liga de Verano, ganándose un puesto que ya tenía ganado de antemano. Uno de los hijos de Pete Newell, Pete Jr., también entrenador, a quien había conocido tiempo atrás, me presentó a su padre: el legendario Coach Pete Newell. Uno de los grandes entrenadores en la historia del baloncesto americano. Uno de esos hombres de la llamada Gran Generación, muchos de cuyos miembros combatieron en la Segunda Guerra Mundial. Un hombre de otro tiempo. El Coach Newell falleció la semana pasada a los 93 años de edad, en su residencia del Sur de California, y su pérdida supone un doble dolor: por un lado, perdemos a un hombre bueno y a un gran maestro. Y, por otro lado, constatamos, con mucha pena, que esa Gran Generación se va extinguiendo poco a poco. Y se nos está yendo, además, en unos tiempos en los que necesitamos más que nunca la inspiración y el ejemplo de sus vidas.
Hace ya 22 años, en aquella grada de la cancha de Loyola, el Coach Newell, su hijo, mi socio de entonces, Warren LeGarie, Antonio Martín y yo, contemplábamos un partido que realmente nunca vimos. Estuvimos mucho más pendientes de lo que nos contaba aquella leyenda viva del baloncesto que del juego, la verdad sea dicha. Y lo que nos decía aquel hombre, a aquella audiencia tan reducida, eran cosas que todavía siguen vigentes; tal vez hoy más que nunca. Pete Newell nos dijo ya entonces -y siempre se lo escuché decir después- que “el baloncesto moderno tiene un exceso de entrenamiento y un déficit de enseñanza”. Amén.
Y allí seguimos todos escuchando y aprendiendo. Cuando le pregunté sobre su equipo de la Universidad de California-Berkeley, al que hizo campeón en 1959, y que es tenido como el modelo de ejecución perfecta de unos sistemas de ataque innovadores para la época, el hombre nos reconoció que había tomado ideas de aquí y de allá, honrando al hacerlo a aquellos colegas que le precedieron y de los que aprendió. En un tiempo en el que el baloncesto universitario era mucho más popular que el baloncesto profesional, este hombre peleó en los banquillos contra leyendas como Clair Bee, Hank Iba, Tex Winter o John Wooden. Newell fue un maestro de los fundamentos del juego y un firme creyente en la disciplina en ataque y en la tenacidad en defensa. Dirigió también el equipo olímpico de USA en Roma, en 1960. Tan sólo mencionar los nombres de la pareja de bases de aquel conjunto, Jerry West y Oscar Robertson, da una idea de su nivel. Continuamos escuchando a aquel icono del baloncesto hasta el final del partido. En realidad, a ninguno de nosotros nos importó mucho perdernos el espectáculo. Recuerdo que jugaban los meritorios de los Lakers contra los meritorios del Phoenix, pero realmente ninguno vimos nada. Tuve, sin embargo, la sensación de haber estado en un clinic, en una soberbia conferencia sobre el baloncesto y sobre la vida -¿acaso no son la misma cosa?- dictada por un gran maestro, pero con una audiencia privilegiada de tan sólo cuatro personas. Aquella fue una tarde inolvidable.
Allí supe, también, que Pete Newell había sido finalista en el casting de la película de Charles Chaplin, “The Kid”, “El Chico”, uno de los filmes más importantes en la carrera del genial cómico inglés. El papel de “el chico” fue finalmente para Jackie Coogan, quien se convirtió en una estrella de la gran pantalla de inmediato. Y el hombre nos dijo también que, durante algún tiempo, actuó como extra infantil en varias películas, entre ellas en una dirigida por el mítico director alemán, afincado en Hollywood, Eric Von Stroheim. Newell abandonó a los 10 años de edad, sus sueños de estrella del cine y se convirtió en un aceptable estudiante. Ganó después una beca deportiva para jugar, y estudiar, en la Universidad jesuita de Loyola-Califonia (Marymount) y luego, durante la Segunda Guerra, sirvió en el Cuerpo de Marina. Una vez licenciado, empezó su carrera como entrenador en la Universidad de San Francisco, en donde dirigió a los equipos de baloncesto, tenis, béisbol y golf si no me falla la memoria. Más adelante, dirigió, durante cuatro años, al equipo de Michigan State. Finalmente recaló en Berkeley, en donde logró sus mayores éxitos como entrenador. Incluyendo el título de la NCAA del año 1959.
Poco después de volver de los Juegos Olímpicos de Roma-1960, con la medalla de oro al cuello, los doctores le recomendaron que dejara el estrés de los banquillos. Así que, Pete Newell, un fumador empedernido y un consumidor compulsivo de café, tuvo que dejar -poco antes de cumplir los 45 años de edad- el oficio de entrenador. Pero, afortunadamente, aquel técnico prejubilado se reinventó a sí mismo como gran maestro de este juego. Generaciones enteras de jugadores han agradecido a aquellos doctores su recomendación.
Sí; porque tras dejar, en 1958, su puesto como director atlético –denominación equivalente a un director deportivo- en la Universidad de Cal-Berkeley, el Coach Newell concibió la idea de crear un campus para hombres altos. Una idea muy simple en principio: sólo cinco días de trabajo en fundamentos y movimientos, especialmente de pies, con jugadores profesionales. Cinco días de instrucción y de aprendizaje; sin partidillos, ni pachangas; sin tiros de larga distancia, ni florituras con el balón.
Así empezó el celebre “Big Men Camp de Pete Newell”. Una aventura maravillosa que comenzó su andadura en 1976 y que duró 32 años, justo hasta el mes de Agosto pasado. Y hay que decir que no comenzó a lo grande, precisamente. Sus dos primeros alumnos –y únicos- en el campamento de 1976, fueron Kermit Washington, un formidable ala-pivot de los Lakers y Kiki Vandeweghe, entonces en UCLA. Quiero recordar aquí que, para la décima edición, apuntamos a Fernando Martín, pero el dueño de los Blazers en aquel tiempo, Larry Weinberg, decidió que fuéramos, el mismo día de comienzo del campus, a su mansión de Malibú para luego volar directamente a Portland. De modo que tuvimos que cancelar la inscripción de Fernando en el XII Big Men Campt.
Durante estas 32 ediciones, han pasado por las manos de Pete Newell jugadores como Kareem Abdul Jabbar, Bill Walton, Kiki Vandeweghe, James Worthy, Bernard King, Hakeem Olajuwon o Shaquille O’Neal, entre otras decenas y decenas de jugadores profesionales. Sólo una celebridad de la pintura, Patrick Ewing, se ausentó sistemáticamente del campus: a pesar de la insistencia de su club, los Knicks de Nueva York. Y nunca entendí muy bien por qué, la verdad. Así, nunca sabremos, realmente, si las enormes cualidades de Pat Ewing como jugador hubieran mejorado realmente. Cierto es que cinco días de campus, una vez al año, no son la gran panacea, pero la filosofía básica de Newell era esta: “la calidad de tus tiros depende de la calidad de tu trabajo de pies”. Y no dejo de pensar que Ewing nunca fue un jugador que especialmente bueno en el movimiento de sus pies.
En los últimos tiempos, Newell había creado también el “campus para mujeres altas”, siguiendo el mismo modelo que el campus para hombres. Y en ambos, las nuevas generaciones de jugadores y jugadoras se encontraron con las mismas enseñanzas básicas, fundamentales, de siempre. Explicadas por un entrenador muy anciano, pero a la vez muy sabio. Allí, los jóvenes que querían aprender el camino hacia la mejora descubrían que no había atajos. Que en ese campus no se reinventaba la rueda, ni se garantizaba la grandeza del porvenir sólo por inscribirse. La única clave de la mejora siempre fue el trabajo.
Pero, a mí lo que siempre me ha fascinado de Pete Newell no ha sido tanto su carisma o sus enseñanzas; lo que realmente me ha maravillado es la humildad con la que los jugadores acudían a su campus, un verano tras otro. Me ha sorprendido el hecho de ver cómo unos profesionales -multimillonarios, agasajados como ases de su deporte y venerados por cientos de miles de fans en todo el mundo- dejaban a un lado, durante cinco días. su sagrado descanso veraniego. Podían haber elegido, tal vez, navegar por mares muy azules con sus impresionantes yates. O conducir coches maravillosos acompañados de bellas mujeres. O, simplemente, descansar en la piscina olímpica de sus mansiones de estilo neoclásico. Pero no. Muchos consideraban que este anciano entrenador tenía todavía algo que decirles y, tal vez, algo que enseñarles. Y a mí, esa humildad me pareció siempre ejemplar. Porque estamos en un tiempo en el que cualquier jugador que llega a una mínima cota en su carrera profesional, considera que lo tiene todo aprendido; que ya nadie le puede enseñar nada nuevo; que con su conocimiento ya adquirido le basta y le sobra.
El trabajo de Pete Newell le sobrevive. Se ha visto en otros tiempos y se ve, hoy todavía, en muchas canchas de la NBA. Se ve en el modo de jugar de estrellas reconocidas como Kareem Abdul-Jabbar, de Hakeem Olajuwon o de Shaquille O’Neal. Y se ve en muchos otros jugadores no tan famosos como ellos. Pete Newell fue un grande. Y no precisamente por su talla. Benjamin Franklin escribió una vez: “Si he visto más lejos es porque fui sentado sobre los hombros de gigantes”. El Entrenador Pete Newell anduvo, muy a menudo, entre gigantes. Y tal vez por eso, fue capaz de ver más lejos. Descanse en paz.
Es uno de los periodistas españoles con más reputación cuando se habla del baloncesto de los Estados Unidos. En radio, ha trabajado para la Cadena COPE desde 1986 hasta la temporada 1991 1992, y desde la 1992-1993 lo hace para la Cadena SER, participando en espacios tan populares como el Carrusel Deportivo. En prensa, le hemos leído en medios de tanto prestigio como el diario EL PAÍS o la Revista Gigantes.
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