Miguel Ángel Paniagua

LUNES, 08 DE FEBRERO DE 2010

DE POLIDAMAS A JORDAN: LOS OJEADORES Y UNA HOJA DE PAPEL

Está documentado que Polidamas de Escotusa fue uno de los atletas griegos más famosos de la Antigüedad. Polidamas fue campeón de pankration (pancracio, en castellano): un deporte que combinaba el boxeo con la lucha, en lo que sería una versión antigua del moderno, y cada vez más popular, deporte conocido como MMA, “Mixed Martial Arts”.

Polidamas barrió a sus oponentes en la modalidad de pancracio en los Juegos Olímpicos celebrados el año 408 antes de Cristo y gozó de una gran reputación en su tiempo. Sus proezas atléticas fueron a menudo comparadas con las del mítico Heracles, héroe y semidios, que luego fue conocido como “Hércules” por los romanos.

Parece ser que Polidamas de Escotusa era un verdadero gigante para la época. Un verdadero Heracles de carne y hueso. Se dice que medía bastante más de dos metros y que su fuerza era sencillamente descomunal. Cuentan las crónicas que en una ocasión se enfrentó, a pecho descubierto, a un león al que finalmente abatió. Y que lo hizo, nada menos, en el legendario Monte Olimpo. También se cuenta que, en otra ocasión, detuvo un carro tirado por caballos. A pesar de que el carro en cuestión iba en movimiento, la fuerza de Polidamas impidió que siguiera adelante.

En la época de Polidamas no había, naturalmente, ningún medio de comunicación que permitiera que la fama de Polidamas de Escotusa traspasara las fronteras de la Antigua Grecia. Sin embargo, entre la multitud que acudía a Olimpia a ver los Juegos había algunos enviados extranjeros –a los que podríamos denominar perfectamente como “ojeadores”- que iban anotando en sus papiros los hechos y sucesos de Polidamas. Esos ojeadores, persas concretamente, utilizaron después esas notas para informar al rey Darío II de Persia de las prodigiosas hazañas del increíble superatleta griego.

Basándose en los informes de sus ojeadores, el rey Darío II invitó entonces a Polidamas de Escotusa a visitar Persia. Le contrató, concretamente, para que se enfrentara a sus tres mejores luchadores: un trío de pancratistas a los que se conocía con el apodo de “Los Inmortales”. Darío II garantizó a Polidamas una cantidad fija de salida y se acordó igualmente que recibiría una gran suma de dinero adicional si salía victorioso de los tres combates. Cuentan las crónicas que Polidamas completó felizmente el triplete y que salió victorioso del desafío imponiéndose a los tres campeones persas con relativa facilidad.

Casi 2.500 años después, la crisis económica está cebándose en muchos clubes de la NBA, la Liga Profesional Norteamericana de Baloncesto. Y, como suele ser frecuente cuando se pide a los estrategas financieros de las empresas que recorten gastos de explotación, los linces del departamento de Control Financiero están recortando el chocolate del loro: en este caso recortando, sobre todo, los gastos de scouting.

El scouting –tanto en su versión de scouting de equipos rivales, como en su versión de scouting de talento futuro- viene a costar a los equipos unos 150.000 dólares anuales por ojeador. Sin contar con los gastos –frecuentemente muy altos- de locomoción en los que incurren los scouts. Éstos, por su parte, aseguran que eliminarlos de la nómina del club incidirá en la calidad del juego y en la preparación ante los rivales –en el caso de los scouts NBA- y en el seguimiento del talento futuro a nivel nacional e internacional en el caso de los ojeadores que viajan a ese lugar etéreo que los americanos denominan “overseas”.

Los malos tiempos económicos sacuden a todos, es obvio. Y naturalmente la Liga de Mr. David Stern no está al margen de la crisis. Los propietarios ya han puesto sobre la mesa un primer borrador de Convenio Colectivo, que más bien parece un castigo a los jugadores puesto en papel A4, y que no hace sino incidir en la orden concreta que se ha dado en todos los clubes desde el comienzo de esta crisis económica: reducir costes como sea.

El recorte en el gasto del chocolate del loro se percibe muy fácilmente en casi cualquier plantilla de la NBA: hay 13 ó 14 jugadores en vez del máximo permitido de 15; hay un novato o dos más de los habituales en la nómina del club y hay menos scouts y ojeadores. Sin embargo, de todos los recortes, éste, el de los ojeadores, es el que me parece más duro.

Los Grizzlies de Memphis, con instrucciones categóricas de su dueño, Mister Michael Heisley, de reducir costes sí o sí, fueron los primeros en preguntarse: “¿Quién necesita un ojeador cuando la tecnología te permite ver, hoy en día, casi cualquier partido, a cualquier jugador, y casi en cualquier lugar del mundo?.

Y así recortaron todo su personal de scouting y de ojeadores de un plumazo: finiquitando a las cinco personas que trabajaban a tiempo completo evaluando a los rivales del Memphis, a los jugadores universitarios, y a los jugadores europeos.

Tras los Grizzlies, un buen número de equipos de la NBA metieron también la tijera en su división de baloncesto. Lo hicieron de diversas formas: endureciendo las negociaciones, no renovando a un ayudante, llevando a cabo la pretemporada en casa en vez de un lugar snob de montaña; reduciendo drásticamente los costes de preparar un partido; los de evaluar a jugadores futuribles universitarios, y bajando al mínimo posible el gasto en scouting internacional.

Desde la perspectiva de algunos patrones, el razonamiento es que las cosas ya se estaban saliendo de madre. El gasto de un equipo en concepto de ayudantías puede ser elevado. Hay que contar con los entrenadores ayudantes –algunos equipos de la NBA han llegado a tener hasta cinco- , luego con un par de entrenadores para mejora de los jugadores (los llamados “development coaches”); luego, ¿quién no tiene hoy en día un ayudante o dos para edición de videos y DVDs?. Y, finalmente, aparecen los scouts: los que analizan a los rivales futuros en la Liga NBA, más los que van a ver partidos de la NCAA por esas canchas de Dios, más luego los ojeadores internacionales, que buscan fuera de las fronteras de la Unión al siguiente Olajuwon o al siguiente Nowitzki. Todo esto supone un gasto de entre 5 y 6 millones de dólares anuales por club.

Pero, como siempre sucede, estas cifras son relativas. El que se denomina “advance scouting” –enviar a un miembro experto del staff técnico a estudiar para luego informar de las jugadas y las preferencias de un futuro rival- es un área particularmente devastada por esta nueva tendencia a reducir costes. Los expertos contables de los clubes aseguran que la tecnología moderna permite hoy en día hacer scouting de un equipo rival sin necesidad de desplazarse al campo de juego del futuro contrincante.

Puede parecer una circunstancia banal, pero los contables de los clubes han basado su decisión argumentando que los ojeadores ni siquiera pueden hacer bien lo que -etimológicamente al menos- requiere su trabajo: ojear.

En parte, es verdad. Hasta no hace mucho, los clubes de la NBA tenían una regla no escrita por la cual los ojeadores del los equipos rivales ocupaban localidades preferentes en la cancha. Y, en no pocas ocasiones, esos asientos se ubicaban muy cerca del banquillo rival. Eso permitía a los ojeadores no sólo anotar las jugadas, sino también entender el lenguaje de signos y sonidos que suele utilizar un equipo.

Pero resulta que esos asientos tan privilegiados se han convertido en localidades estratégicas para la venta a un público de alto nivel adquisitivo. Así que a los ojeadores de los equipos rivales se les estaba mandando últimamente a la tercera gradería. El resultado fue que los ojeadores no podían ni ver bien, ni por supuesto oír bien, las jugadas del equipo rival. Como consecuencia, su dependencia del video era cada vez mayor. Así que los financieros decidieron que el video sustituiría a la persona y se cargaron a gran parte de los “advanced scouts” de la NBA con la precisión quirúrgica que sólo ellos saben aplicar.

El mismo concepto se ha utilizado para justificar el recorte en ojeadores universitarios e internacionales: dejar que el video haga su trabajo. En el caso de los ojeadores de partidos de la Liga NCAA, la tendencia de los clubes profesionales es a utilizar la tecnología disponible, por supuesto. Aunque en algunos casos, pocos, utilizan un scout independiente –una especie de “freelancer” regional- cuyo coste es compartido por varios equipos de la NBA que actúan a modo de pool. De modo que, así, todos los clubes comparten la misma información del scout en vez de tener que enviar a un ojeador propio: quien, muchas veces, repetía la información recopilada por el ojeador de un club rival.

En el aspecto de scouting internacional, ni que decir tiene que ha habido también recortes importantes. No sólo en recursos humanos, sino también en el modo en el que un jugador futurible internacional viaja a los Estados Unidos. El pasado verano, por ejemplo, varios equipos de la NBA llevaron a a cabo entrenamientos previos al draft en el mismo lugar. Los ejecutivos de esos clubes se desplazaron a una localidad concreta, en vez de hacer que el chaval extranjero volara a cada una de las ciudades en las que se ubican esos clubes. El ahorro fue, desde el punto de vista contable, también muy importante.

Los clubes de la NBA, ya lo hemos dicho, han decidido utilizar la tecnología para ahorrarse costes de personal. Obviamente, el uso de la tecnología en sustitución del hombre no es algo nuevo. Ya desde principios del siglo pasado, las máquinas han ido reemplazando al hombre y, en la segunda mitad del siglo XX, los avances han sido impresinantes.

En la NBA, el propietario de los Mavericks de Dallas, Mark Cuban, ha sido, una vez más, innovador en este paso hacia la tecnología a expensas de los ojeadores. Mr. Cuban es el accionista mayoritario de la compañía Synergy Sports, una empresa ubicada en Phoenix, Arizona, especializada en video digital, que abastece ya a la mayoría de clubes de la NBA.
Synergy Sports tiene cada partido de la NBA, de la NCAA, de la D-League y casi cualquier partido internacional en sus ordenadores. Y, a la mañana siguiente de la celebración de un choque, el video concreto de un partido ya ha sido editado y etiquetado a gusto del cliente. De ese modo, la máquina actúa, de facto, como dos personas: es una mezcla de scout y de entrenador encargado del vídeo; es un dos en uno.

No seré yo quien vaya contra la tecnología. Ni contra los tiempos modernos tampoco. Por mucho que me guste el film “Modern Times”, de Charles Chaplin, entiendo que los avances tecnológicos son irreversibles y casi siempre buenos para la humanidad. Aunque esos avances se implanten, la mayoría de las veces, con el poco sano objetivo de recortar personal. Así van desapareciendo no pocos oficios artesanales. Por cierto, no dejo de pensar que el oficio de ojeador tiene su punto de artesanal.

Hace ya unos cuantos años, en una visita a la Universidad de Wake Forest, a mi buen amigo Dave Odom, entonces entrenador de los Demon Deacons, se le ocurrió que visitáramos a Dean Smith, el venerable entrenador de la cercana Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. El Coach Smith estaba ya retirado, pero mantenía una excelente relación con todos los entrenadores de los equipos de Carolina: excepto con Mike Krzyzewski, el entrenador de Duke, claro. Los entrenadores, a su vez, veneraban a Dean Smith como a una suerte de patriarca de los banquillos.

En un momento dado, mientras esperábamos al Coach en su despacho de Entrenador Emérito, observé un cuadro que no contenía foto alguna, ni diploma alguno diferencia de los demás. Cuando me acerqué, vi que aquello consistía tan sólo en un pequeño trozo de papel. En él, escrito con letra de una de aquellas máquinas de escribir tan antiguas -y con una nota manuscrita al pie escrita por el propio Dean Smith- el entonces entrenador-ayudante amateur, Eddie Fogler, que ejercía como ojeador de baloncesto escolar, le decía al Coach que pidiera referencias a Clifton Herring, entrenador de baloncesto de la Laney High, acerca de un jugador del segundo equipo del colegio, todavía desconocido, llamado Michael Jordan.

Como me había llevado la cámara de fotos, pedí permiso para fotografiar aquello. Y, la verdad, jamás había expuesto aquella foto con ese trozo de papel salvo a algunas amistades muy selectas. Hoy, con la digitalización, los escáneres y todo eso, mi hijo Álvaro, el experto familiar en cuestiones tecnológicas, ha convertido aquella vieja foto en un fichero de imagen en formato jpeg perfectamente transferible al ordenador.

Mostrar ese papel al amigo lector me sirve para ilustrar que, aunque es cierto que la tecnología es imparable, yo sigo prefiriendo el modo artesanal. Me quedo con aquellos ojeadores persas que, tras tomar notas en sus papiros, advirtieron a su rey, Darío II, sobre aquel atleta superlativo llamado Polidamas de Escotusa. O con Eddie Fogler, entonces un joven ayudante-becario que le mandó una pequeña nota escrita al Entrenador Dean Smith advirtiéndole de que en el segundo equipo de la Escuela Secundaria de Laney jugaba un junior “unknown”, entonces de poco más de 1’93 metros de altura, pero que apuntaba grandes cosas.

La tecnología es maravillosa, sin duda. Y el scouting tendrá en el futuro cercano un avance inusitado y estoy seguro de que veremos cosas maravillosas, por supuesto.

Pero lo que los ojeadores persas del rey Darío II y lo que Eddie Fogler, de Carolina del Norte, nos recuerdan es que sólo hace falta una hoja de papel y unas pocas notas manuscritas para descubrir la grandeza. Y eso nunca puede resultar caro.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 22:03 8 Comentarios
 
LUNES, 01 DE FEBRERO DE 2010

YESTERDAY’S TEAM

Ningún equipo representa mejor el espíritu de lucha, el combate contra la adversidad, que los Celtics de Boston, el honor de Nueva Inglaterra. “The Celtic Pride”, El Orgullo Celta, no es una frase retórica inventada hace 50 años por un avispado ejecutivo de marketing. The Celtic Pride es un estado de la mente para todo miembro de la cofradía celta.

Los Celtics, todos los equipos de los Celtics, incluso los peores, siempre han hecho gala de una combatividad que les ha impedido declarar su rendición sin pelear hasta el final. Esta es una de las poquísimas verdades absolutas a las que un aficionado puede aferrarse en la NBA: nunca hay que dar por muertos a los Celtics de Boston. Nunca.

Ni mucho menos a estos Celtics de ahora. Tampoco a ellos, por supuesto. Los hombres de Doc Rivers han permanecido más o menos inmunes a la adversidad durante este trienio de bonanza. Tres años que han permitido a la franquicia dejar atrás la larga travesía del desierto que comenzó cuando el club se quedó huérfano de Larry Bird, y del resto de su formidable trouppe. Un grupo inolvidable que tocó varias veces el cielo con las manos en los años 80 del siglo pasado.

Estos Celtics de Doc Rivers han superado no pocas turbulencias. A saber: aquella extraña incapacidad para ganar partidos fuera de casa durante los playoffs de 2008, playoffs que luego acabaron ganando. Los casi treinta partidos que jugaron sin su líder Kevin Garnett durante la temporada pasada. El año pasado el avión se movió mucho, pero, al final, el orgullo celta prevaleció. No ganaron, pero compitieron con dignidad de campeones.

Sin embargo, este pasado mes de enero han saltado todas las alarmas en la Casa Verde. Los ejecutivos del club se están preguntando que está pasando. Y la respuesta no es fácil. Tal vez los Celtics hayan tenido demasiadas distracciones externas para una franquicia que -sin ser tan circunspecta como lo era antes- sigue siendo modélica en cuanto a estabilidad. Tal vez hayan sido las lesiones. O tal vez haya sido la irregularidad en el juego desplegado por el equipo. Lo que quiera que haya sido ha puesto a los Celtas con un record negativo de 6 victorias y 8 derrotas tras estos treinta y un días, terribles, de enero.

Hacía mucho tiempo que los Celtics no tenían un mes negativo. Nunca lo habían tenido, de hecho, desde que los Celtics compusieron el “Big Three”, el trío Garnett-Pierce-Allen. La nueva trinidad celta posmoderna.

Y aunque realmente ese registro negativo de victorias-derrotas no les va a hacer peligrar el campeonato de División, ni tampoco les va a descolocar en la carrera por un puesto alto como cabeza de serie en los playoffs, estas derrotas han sido especialmente dolorosas para los Celtics. Y lo peor no han sido las derrotas. Lo peor es que los Celtics dan señales alarmantes de que la trinidad se está quedando con las pilas vacías.

El mejor ejemplo de ello es la (mala) salud del miembro más notorio de ese triunvirato, Kevin Garnett. KG es un jugador excepcional. Eso no lo discute ni su rival más acérrimo. Es un líder que hace mejores a sus compañeros. Es un líder que no necesita que nadie le diga que es un líder para ejercer como tal. Es un líder que lidera con el ejemplo.

Siempre he pensado que Kevin Garnett es el jugador que afronta su oficio cada día con el nivel más alto de pasión; con un tremendo gasto de energía: mucho mayor que cualquier otro colega suyo en la NBA. Su sacrificio por el equipo tiene, a mi juicio, un punto incluso algo mesiánico. KG parece poseer una fuerza interior escondida que le hace ir más lejos que a cualquier otro en su ansia por hacer que su equipo gane. Kevin Garnett es el epitoma del jugador de equipo. Eso no tiene discusión alguna.

La cuestión es: ¿Cuándo el ansia se convierte en ansiedad?. ¿En qué punto la pasión por el juego se convierte en un cuadro cercano a un Desorden Obsesivo Compulsivo?. ¿Hasta dónde puede llegar a arriesgar su salud un deportista en busca del triunfo de su equipo?.

Es un dato objetivo que Kevin Garnett no está bien físicamente. Está lesionado. Y eso no es una presunción. No hay más que ver un partido de los Celtics para confirmarlo. Su lesión de ahora que, según dijeron en su momento fuentes del club, iba a ser tan sólo para unos días, se ha convertido en una lesión que ya dura varias semanas. Y, ahora mismo, nadie sabe a ciencia cierta ni cómo se encuentra KG de salud, ni cuánto tiempo va a durar esa lesión que tanto él como su club niegan que exista en realidad.

Me parece que los Celtics no están para muchas más heroicidades de su indiscutible líder. Kevin Garnett puede estar seriamente lesionado, o puede estar simplemente atravesando un problema físico temporal. Pero el mayor favor que les puede hacer a sus amados Celtas es reposar, curarse, y recargar baterías. Su equipo le necesita sano. Parece claro que un KG tan mermado sólo ayuda a magnificar el nivel de turbulencia del conjunto.

Un dato palmario sobre cómo está el nivel de gasolina de estos Celtas: sus rivales les han ganado el cuarto periodo en 11 de esos 14 partidos jugados en enero. Otro dato: a estos Celtics les han ganado los tres grandes rivales de la Conferencia Este –Cleveland, Orlando y Atlanta- de manera clara. Y otro dato más: los Celtics han demostrado ser, ahora mismo, el equipo más flojo de los cuatro gigantes del Este.

Como sucede a menudo en un enfrentamiento entre Celtics y Lakers, los dos equipos pelearon hasta la muerte en este último domingo de enero. Se trataba de un partido que los bostonianos querían ganar y que los angelinos no querían perder. Y, como casi siempre, hubo bastante épica en el partido.

Muy probablemente, si algún aficionado al baloncesto no hubiera visto antes a estos Celtics, en su versión 2010, diría que el equipo jugó frente a los Lakers un buen partido. Que se mantuvo en pie con honor y que, finalmente, cayó a manos de un jugador superlativo como es el genio Kobe Bryant.

Y no le faltará razón. Pero, a mí, el partido que confirmó que, tal vez, los Celtics deberían poner fecha de caducidad –y a ser posible temprana- a, por lo menos, dos tercios de ese glorioso Big Three.

Aunque, realmente, las carencias de estos Celtics se vieron con mayor crudeza en un partido jugado no hace mucho tiempo. Fue, precisamente, en un choque contra los Hawks de Atlanta. En teoría, los Hawks son el rival más asequible, entre los grandes claro, que tienen los Celtics en la Conferencia Este.

Pero los Hawks demostraron ser un equipo joven. Los Celtics, por su parte, demostraron ser un equipo mayor. Los Celtics se aferraron a la experiencia, pero los Hawks se aferraron al talento y a la frescura. Y, sencillamente, sacaron del campo a los Celtics. No se me ocurre mejor metáfora del cambio de guardia que ya acontece en la Conferencia Este.

Ni mejor ejemplo de cómo las maniobras del verano inciden en un equipo. El Manager General de los Celtas, Mr. Danny Ainge, siguió el libro más ortodoxo de los gerentes generales y fichó jugadores veteranos para mejorar a un equipo ya de por sí muy veterano. Los Hawks ficharon jugadores jóvenes: no tanto para rejuvenecer el equipo, sino para ser mejores. Los resultados son evidentes.

Este verano pasado, el fichaje de Shaquille en Cleveland hizo correr ríos de tinta. La adquisición de Rasheed Wallace por parte del Boston se anunció como la operación que haría todavía más potentes a los Celtics. Incluso Vince Carter llegó al Orlando con el aura de ser la pieza necesaria para que los Magic volvieran a repetir presencia en las Finales de la NBA.

Sin embargo, el fichaje de Crawford por los Hawks pasó relativamente desapercibido. Pero su aportación ha convertido al equipo de Atlanta en un auténtico poder en el Este.

Los Hawks son el equipo del momento y apuntan al futuro. Nos guste o no -sobre todo a los que somos más clásicos en esto de la NBA- parece claro que los Celtics de Boston son el equipo del ayer.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 22:43 18 Comentarios
 
LUNES, 25 DE ENERO DE 2010

EL LEGADO DE UN HOMBRE BUENO

“We will proceed no further in this business…” (“No sigamos adelante con esta empresa”.) Extracto de “Macbeth”, de William Shakespeare.

En el Palace de Auburn Hills, Michigan, cuelgan las banderas con los nombres de algunos hombres que fueron grandes a lo largo de la historia de la franquicia de los Pistons de Detroit. En ese panteón están Dave Bing y Bob Lanier, dos jugadores de otro tiempo. Y luego están los nombres de algunos de aquellos Pistons que, disfrazados de Bad Boys, dominaron la NBA de finales de los años 80 y principios de los 90: Joe Dumars, Vinnie Johnson, Isiah Thomas, Bill Laimbeer. Está también el nombre del difunto Chuck Daly, el entrenador que dirigió todo aquel entramado de gloria.

Y junto a ellos está, también, el nombre de Bill Davidson (1922-2009), el propietario del club desde el año 1974, y arquitecto de aquellos grandes Pistons pre-Michael Jordan y sus Bulls de Chicago.

Mr. Bill Davidson fue un propietario de otra época. Perteneció a la Gran Generación y combatió en la Segunda Guerra Mundial en la Armada. Cuando concluyó la contienda, el hombre se doctoró en Derecho y se dedicó a expandir el negocio familiar. Mr. Davidson se hizo millonario del modo en el que muchos otros hombres de su generación hicieron sus fortunas. Gracias a que crearon empresas; gracias a que construyeron cosas. Bill Davidson nunca dio pelotazos inmobiliarios, ni jamás troceó empresa alguna para luego vender los despojos al mejor postor. Ni tampoco hizo fortuna en la era de las empresas punto.com

No. Mister Bill Davidson era un empresario a la antigua. Y era, también, un filántropo vocacional. Un hombre generoso que donó, a lo largo de su vida, más de 200 millones de dólares: principalmente para ayudar a la creación y mejora de escuelas, universidades y hospitales. Judío devoto, fue particularmente espléndido con su amado Israel, país en el que financió la construcción de centros hospitalarios, de colegios y de bibliotecas.

A Mr. Davidson tuve ocasión de conocerlo primero en los Estados Unidos y luego me lo encontré un par de veces por esos mundos de Dios. Una vez fue, curiosamente, en Bilbao. Debido a sus negocios, el hombre solía volar con cierta asiduidad al País Vasco e, incluso, un par de veces, lo hizo junto al que era entonces su jugador estrella, Isiah Thomas: aunque, en aquellos años, antes de que la NBA fuera tan popular aquí, bien es verdad que casi nadie se enteraba de ello. El día que nos vimos en Bilbao creo recordar que vino también conmigo mi colega Xabier Aja: quien antes de su ocupación actual en la sección de Economía del diario Deia cubría la información deportiva de los equipos de Bilbao.

La siguiente vez que me lo encontré fue unos años después en su Jerusalén de oro: concretamente en un café al aire libre ubicado en el barrio judío de la Ciudad Vieja, a sólo unos pasos del Muro. Allí, Mr. Davidson parecía feliz y relajado junto a su esposa y a uno de sus hijos. Lo que más me llamó la atención es que el hombre no tenía personal de seguridad que le protegiera; o al menos no lo tenía de forma aparente. Con su kipá oscura y su austero modo de vestir, aquel multimillonario, dueño de uno de los mejores equipos de la NBA, parecía uno de tantos devotos que se había sentado a tomar un refresco después de rezar.

Mr. Davidson, que fue un buen futbolista en sus años de universidad, y luego durante su servicio en la Armada de los Estados Unidos, siempre fue un fan acérrimo del baloncesto. De modo que, en 1974, le compró unos casi moribundos Pistons a Fred Zollner, el dueño de entonces, por la relativamente módica cantidad de 7 millones de dólares. Los Pistons de Mr. Zollner llevaban 17 años seguidos en pérdidas contables, justo los mismos que la franquicia llevaba en Detroit, y Mr. Davidson se propuso cambiar ese destino desde el principio.

Para empezar, Mr. Davidson ordenó que el equipo abandonara la metrópolis de Detroit y se trasladara a las afueras: primero al Silverdome de Pontiac y luego a su casa actual, al Palace de Auburn Hills. El Palace fue, por cierto, la primera Arena de la Liga NBA financiada totalmente con fondos privados; concretamente con los fondos de su propietario.

Bill Davidson siempre consideró que el modo en el que viaja un equipo ayuda a moldear su carácter ganador. De hecho, cuando Pat Riley fichó por los Heat de Miami como factótum absoluto, citó esa idea de Mr. Davidson como uno de los pilares básicos para construir un club ganador en el Sur de la Florida.

De modo que, a principios de los años 90, mucho antes de que se impusiera la moda de los aviones privados en la NBA, Mr. Davidson compró un avión –que ahora no recuerdo si bautizaron como “Bird One” o como “Roundball One”- para su equipo. Y tal vez sólo fue pura casualidad, pero a raíz de empezar a volar en avión propio, los Pistons empezaron a ganar Muchos equipos rivales atribuyeron el cambio a que los jugadores de Chuck Daly se ahorraban el cansancio, físico y mental, que supone esperar en los aeropuertos.

Sin embargo, en mi opinión, el mejor uso que jamás se le dio a ese pájaro de hierro de los Pistons fue una ocasión en la que el equipo no voló en él. Ocurrió durante un partido entre los Spurs de San Antonio y los Pistons. Resulta que Timmy Duncan, el alero estrella de los Spurs de San Antonio, se lesionó de gravedad en una pierna. Entonces, Mr. Davidson dio orden inmediata de que dispusieran el avión del equipo para que trasladara a Duncan a San Antonio y así el chico no perdiera tiempo en tener un diagnóstico y en comenzar el tratamiento. Aquel fue un acto noble de un tipo con mucha clase.

Y está también documentado que Mr. Davidson fue uno de los primeros propietarios, seguramente el primero, en sugerir al Comisionado de la Liga, Mr. David Stern, que la Liga NBA debería buscar la expansión de su marca más allá de su mercado natural, Norteamérica.

Bill Davidson falleció el año pasado –en Marzo hará un año exactamente- a los 86 años de edad. Poco tiempo antes de morir, conocedor de que la enfermedad que lo estaba consumiendo avanzaba imparable, el hombre aseguró en los medios de comunicación de Detroit que los Pistons seguirían siendo parte del patrimonio familiar. Y añadió que su deseo era que la franquicia jamás fuera vendida a alguien que no fuera de la familia.

Diez meses después, Karen, su viuda, una emprendedora mujer de 61 años de edad, está decidida a poner en venta los Pistons: ahora mismo una de las cuatro franquicias más valiosas de la NBA. De hecho, es probable que, si alguien ofrece esos 480 millones de dólares que pide Missis Davidson, se lleve la franquicia a su casa en papel de celofán.

La revista Forbes estimó recientemente que los Pistons de Detroit valen aproximadamente, esos 480 millones de dólares que ahora pide como precio de salida la viuda Davidson. La franquicia es la cuarta mejor valorada de toda la NBA y tan sólo está superada por los Lakers (que valen 600 millones), por los Knicks (cuyo precio se estima en 596 millones) y por los Bulls (valorados en 511 millones).

Los Pistons atraviesan momentos difíciles tanto en lo deportivo –con notorios enfrentamientos entre el Entrenador Kuester y alguno de sus jugadores más carismáticos- como en el aspecto de negocios. Los fans están desertando del Palace en un goteo incesante, hasta el punto de que la asistencia media de publico ha bajado notablemente en los últimos doce meses: y eso que los directivos del club bajaron mucho los precios de los abonos.

Los Pistons no son los únicos que tienen problemas en estos tiempos turbulentos en la NBA, desde luego. Pero sí son el club más importante entre los que tienen problemas. Es sabido que los Grizzlies, los Bobcats y los Warriors están buscando inversores, o compradores, para salvarse del naufragio económico. Pero, entre esos equipos que ahora naufragan, los Pistons tienen una estructura muy superior a sus compañeros de zozobra.

Entre otras cosas porque tienen el Palace; porque tienen un contrato de televisión por cable, con la cadena Fox concretamente, absolutamente extraordinario. Y porque tienen una indiscutible tradición ganadora.

Si finalmente aparece un comprador será casi imposible que se lleve la franquicia fuera de Detroit. A pesar de que ciudades como Las Vegas, Anaheim, Kansas City o Seattle están a la expectativa y dispuestas a acoger un club de la NBA en cuanto sea posible.

Ahora parece imposible, sí. Pero, en realidad, todo lo que hace falta para que los Pistons se vayan de Detroit es un hombre decidido a hacerlo. Que se lo pregunten si no a las gentes de Seattle. Todo lo que hizo falta para que sus amados Supersonics se fueran de la ciudad fue un comprador, Mr. Clyde Bennett, dispuesto a llevarse el equipo a otro sitio.

Así que si la señora Davidson opta finalmente por vender sus Pistons, en aparente oposición a los deseos de su difunto marido, espero que, por lo menos, el club se quede en el área metropolitana de Detroit.

Sobre todo porque destruir el legado de un hombre bueno no debería tener precio.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 19:44 10 Comentarios
 
LUNES, 18 DE ENERO DE 2010

C. I. CERO

Durante muchos años todos hemos conocido al excepcional jugador de los Wizards de Washington Gilbert Arenas como el “Agente Cero”. Un tipo genial en el campo y singular fuera de él.

Pero, ahora, tras protagonizar uno de los episodios más extraños ocurridos jamás en una liga deportiva, Gilbert Arenas ha ido más allá de toda lógica de pensamiento racional al poner en evidencia, por este orden, a sus compañeros, a su club, a la Liga a la que pertenece su club y, sobre todo, al ponerse en evidencia él mismo.

Arenas ha sido el protagonista estelar de un episodio bizarro y a la vez muy peligroso: almacenar y mostrar sus armas de fuego en el vestuario de los Wizards. Un acto tan sumamente fuera de lugar que hasta el Comisionado David Stern, que habitualmente se atiene al principio de no prejuzgar en su jurisdicción lo que está pendiente de ser juzgado en el mundo civil, ha dado un paso al frente y ha suspendido indefinidamente al jugador de empleo y sueldo por violar flagrantemente las normas internas de la Liga NBA.

Por definición, no me gusta que se tomen ese tipo de medidas con nadie, y menos en un asunto de esta enjundia, hasta que el susodicho haya sido encontrado culpable –más allá de toda duda razonable- por un tribunal de justicia. Pero esta vez no. Esta vez creo que Mr. Stern lo ha bordado. Y, en una de las declaraciones más preclaras que ha tenido el Comisionado en los últimos tiempos, ha resumido su decisión de manera impecable: “[Gilbert] Arenas no está en condiciones de salir a una cancha de juego”. Amén.

Los aficionados, los periodistas, todos los que siguen cualquier liga deportiva estadounidense están acostumbrados a tolerar unas ciertas dosis de rarezas por parte de algunos deportistas profesionales: sobre todo de aquellos que ecualizan su talento en la cancha de juego con sus actos bochornosos fuera de ella.

La lista de tropelías, y el grado de idiocia, de algunos es enorme. En béisbol, el deporte que habita en el alma de los americanos, Pete Rose, el que quizás sea el mejor jugador de toda su centenaria historia, está expulsado –ad eternum- del deporte que le hizo grande y que él ayudó a hacer todavía más grande. La causa: apostar ilegalmente en los partidos. Por no hablar de los numerosos casos de peloteros que han tomado esteroides: el ilustre bateador Mark McGwire está otra vez en el candelero contando sus aventuras y desventuras con las drogas por unas cuantas teles del país. Todos estos peloteros son jugadores que han podido dinamitar la integridad de un deporte sagrado en Estados Unidos.

La Liga de Fútbol, la NFL, tampoco se queda atrás en el apartado de actos bizarros. El gusto por las armas de fuego que tienen muchos futbolistas es inversamente proporcional a su buen juicio. La NFL ha visto jugadores que se han disparado accidentalmente ellos solos. Otros que han sido detenidos por tenencia ilícita de armas. Y otros tantos que han hecho el “doblete”: han sido acusados de tenencia ilícita de armas y de posesión de sustancias prohibidas a la vez. Un notorio futbolista, Michael Vick, ha estado recientemente en el trullo por organizar peleas clandestinas de perros.

Por supuesto, la Liga de Mr. David Stern tiene sus cruces también. La NBA ha visto jugadores que han saltado a las gradas para zurrar a los aficionados rivales; ha tenido un jugador que agarró a su entrenador por el pescuezo y casi lo mata; ha sufrido a un árbitro corrupto en su cocina: un tipo desgraciado que, además, alega que gran parte de sus colegas también están en el ajo. Y, por supuesto, la NBA tiene a Gilbert Arenas.

Arenas es el jugador de la NBA moderna que, a mi juicio, más lejos ha cruzado la frontera hacia el lado de lo bizarro. Sí, porque almacenar armas de fuego en su armario del vestuario y, lo que es peor, mostrarlas con intención probable de usarlas, va más allá de cualquier límite tolerable de comportamiento. Así que, a pesar de que no suelo estar muy de acuerdo con las decisiones de la patronal, la suspensión de Arenas me parece ejemplar.

Hay otra cosa que me preocupa mucho también. La raíz de toda esta historia no son esas armas de fuego expuestas en el vestuario de los Wizards: como si esa zona siempre sagrada para los profesionales se tratara de una convención de la NRA, el lobby que defiende el derecho casi sacro de los estadounidenses a poseer –y a portar- armas de fuego. No. La raíz del asunto está en las apuestas.

Parece ser que Arenas tenía un débito de 25.000 dólares con un compañero de equipo, el base Javaris Crittenton, como resultado de una mala mano en una de esas timbas que suelen montar los chicos de la NBA en los aviones de sus equipos o en los hoteles. Muchos analistas ya dan por hecho –erróneamente creo yo- que las armas de fuego forman parte de la cultura de la NBA. Y ahora han lanzado sus dardos contra la práctica, cada vez más habitual, de apostar frenéticamente al jugar a las cartas.

Ni que decir tiene que las apuestas que hacen muchos jugadores son económicamente estratosféricas desde el punto de vista del bolsillo del común de los mortales. Eso es rotundamente cierto. Y no es menos cierto que ya hay equipos de la Liga NBA -los Nets han sido los primeros- que están decididos a prohibir los juegos de cartas y las apuestas que se celebran en ellos: para evitar males mayores, supongo. No descarto, tampoco, que Mr. Stern y sus hombres de negro, tan dados a emitir directivas de todo tipo en lo referente al orden interno de sus profesionales, emitan pronto una suerte de fatua contra los juegos de naipes en la NBA.

Sin embargo, desde nuestra perspectiva europea, todo esto suena muy raro. No en vano, tanto el entorno como los propios jugadores de la Selección Española de baloncesto campeona mundial en Japón-2006, apeló a un juego de cartas –a la pocha concretamente- como a un elemento claramente unificador para el grupo. Esas timbas –toleradas por el mando federativo, claro- ayudaron sobremanera a mejorar las relaciones entre los jugadores. Al menos así lo contaron en su momento todos los que estuvieron por allá.

Pero en la NBA el problema, a mi juicio, no son las apuestas en sí. El problema es que las apuestas son muy altas. En consecuencia, las pérdidas también lo son, y no es infrecuente que las relaciones internas de un equipo tiendan a deteriorarse por ello. El asunto no es baladí: un entrenador en activo de la NBA me aseguró no hace mucho tiempo que había notado que algunos jugadores llegaban incluso a no pasarse el balón durante los partidos porque tenían deudas de juego pendientes entre ellos.

Así que, como quiera que todo lo que signifique “apuestas” es un anatema ahora mismo en la Liga NBA, mucho me temo que el Comisionado pueda llegar a prohibir los juegos de naipes en los desplazamientos de los equipos.

Lo cual sería un gran error, por cierto. Porque sería hacer que pagaran todos por el pecado de unos pocos. Y eso es muy calvinista, sí, pero es esencialmente injusto.

El pavor que produce todo lo relativo a las apuestas en la NBA viene dado por el Affaire Donaghy, el árbitro corrupto y tramposo. Un asunto que, como sabe el lector, ha generado un tumulto grandioso en la NBA. Pero sería bueno poner semejante tempestad en perspectiva. Si, como todos queremos creer, Tim Donaghy es el único implicado en este caso de corrupción arbitral, no sería justo, ni equitativo, que a todos los árbitros de la NBA se les tildara de ladrones y de corruptos.

Lo mismo sucede con el Asunto Arenas. Que la causa principal del lamentable incidente de las pistolas haya sido una notable deuda de juego no quiere decir que jugar a las cartas, o apostar sana y legalmente a lo que los jugadores quieran apostar, deba invalidar una práctica que –al menos para el combinado nacional español- ha demostrado ser muy saludable: jugar unas cuantas manos a las cartas para hacer equipo.

El Affaire Arenas tiene un único culpable: Gilbert Arenas. Habrá gentes que aseguren que el culpable no es sólo él. Que las armas de fuego han penetrado en la cultura de la NBA porque la Liga ha admitido la cultura del hip hop en sus vestuarios al permitir entrar a ciertos tipos en su fraternidad. [Y alguien volverá a hablar, más tarde o más temprano, del jugador de los Sixers de Filadelfia Allen Iverson como del póster boy de todos lo males, seguro].

Habrá otras gentes que afirmen que la posesión de armas está amparada por la Constitución de los Estados Unidos –concretamente en su Segunda Enmienda- y que Arenas tiene por tanto derecho a poseer esas armas de fuego. Lo cual es rotundamente cierto; sin duda. Pero la Segunda Enmienda no le exime de registrar sus armas, como es requisito legal, en Washington D. C.

Y, desde luego, la Segunda Enmienda no le ampara en absoluto cuando el hombre decide llevar ese mini arsenal al vestuario del equipo y, ni mucho menos, a almacenarlas en una instalación de la NBA: las normas de la Liga a ese respecto son tajantes, por cierto.

Gilbert Arenas, que tiene un contrato en la caja fuerte de su habitación que vale 111 millones de dólares, podría perder ahora algo más que esa mano que palmó contra su compañero Crittenton. Los Wizards estudian aprovechar la coyuntura, ahora que el jugador se ha declarado culpable de tenencia ilícita de armas para minimizar su condena futura, y van a intentar invalidar ese mega contrato.

No será fácil. Aquel jugador que agarró a su coach por el pescuezo, Latrell Sprewell, estuvo suspendido casi una temporada entera, pero su club de entonces, los Warriors, no pudieron invalidar su contrato: un juez árbitro amparó al jugador, inequívocamente, en su disputa legal contra el club californiano.

Pero, por encima de todo, Gilbert Arenas es culpable de algo que tiene difícil arreglo: de falta de sentido común. Si el hombre se siente amenazado, o si cree que su familia está en peligro, lo mejor que podría haber hecho –entre otras razones porque su estratosférico salario le da de sobra para ello- es haber contratado personal de seguridad, debidamente adiestrado y cualificado, para protegerle a él y a su familia.

Pero, al jugar a ser el Agente “Dirty Harry” Callahan en vez de a seguir siendo el Agente Cero, Arenas ha demostrado que el talento en el campo no siempre va acorde con el talento fuera de él.

Por eso, para mí, desde ahora, Gilbert Arenas pasa a ser “CI 0”. “Cociente Intelectual Cero”. Creo que se lo merece.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 19:41 16 Comentarios
 
MARTES, 12 DE ENERO DE 2010

CIRCULANDO EN DIRECCIÓN CONTRARIA POR LA AUTOPISTA

Siempre he sostenido que no hay nada mejor que la perspectiva del tiempo para echar un vistazo al Draft de la NBA de un año concreto y sacar conclusiones. Así, por ejemplo, si una mira el Draft de 2003 seguramente podrá comprobar la cantidad de talento nuevo que llegó a la NBA aquella temporada. El caso más notorio tal vez sea el alero All Star David West: elegido en el lugar número 17 por los Hornets de Nueva Orleans. Otro ejemplo demoledor: Dwyane Wade, que es un fijo en cualquier lista de los cinco mejores jugadores de la NBA actual, fue elegido en el quinto lugar del Draft por los Heat de Miami.

2003 fue un año extremadamente fértil para la Liga NBA. Y sus equipos, se podría decir sin riesgo a exagerar, lo tuvieron francamente muy difícil para fallar en sus elecciones. Sin embargo, un equipo erró claramente en su selección y contribuyó con su desliz a convertir el sueño de un joven jugador europeo en una pesadilla. Una alucinación de tal magnitud que el jugador se ha quemado por completo, con sólo 24 años de edad, y ha decidido volverse al Viejo Continente en cuanto acabe esta temporada en la NBA.

De los seis jugadores elegidos en los primeros lugares del Draft de 2003, cuatro han jugado ya el Partido de las Estrellas de la NBA y el quinto, Chris Kaman (L. A. Clippers), está haciendo una temporada lo suficientemente buena como para que, a mi modesto juicio, merezca ser considerado por los entrenadores de la Conferencia Oeste como jugador reserva para el All Star Game.

Pero, ¿qué pasa con ese sexto jugador?. ¿Por qué no ha triunfado como lo han hecho sus compañeros de promoción; todos aquellos fenómenos que formaron el cuadro de honor de los novatos de la NBA en aquel año mágico?. Me refiero a jugadores del calibre de LeBron James, de Carmelo Anthony, de Chris Bosh o de D-Wade. La respuesta es muy clara: porque el equipo que eligió a ese jugador, el Detroit, lo hizo en un puesto inaudito: con el número 2. Y luego dejó que el chaval se marchitara fatalmente en el banquillo.

Por supuesto, el jugador al que me refiero es Darko Milicic (Novi Sad, Serbia, 20-6-85), el hoy alero de los Knicks de Nueva York; la segunda elección de aquel increíble Draft de 2003. Los Pistons, basándose esencialmente en expectativas de futuro –no en realidades tangibles- elevaron a Milicic a la categoría de “Gran Esperanza Blanca” ese año. Pero, luego, casi inmediatamente después de su fichaje, le arrinconaron en el banquillo. Un lugar siniestro para cualquier jugador, pero mucho más para una joven promesa. Un banquillo en el que aquel chaval tan precoz quedó atrapado irreversiblemente.

Milicic apenas jugó en el Detroit. Se convirtió, además, en el ejemplo palmario de ese dicho deportivo tan americano que dice: “Use it or lose it” (“Utilízalo o piérdelo”). En otras palabras, si un jugador –sobre todo uno joven y todavía con mucho camino por recorrer- no juega, sus capacidades quedan muy mermadas y su confianza se desmorona sin remedio.

En Detroit, ni siquiera un entrenador como Flip Saunders -considerado por muchos como un técnico perfecto para trabajar con jugadores jóvenes- le dio bola alguna y el chico acabó firmando por los Magic de Orlando. Con los Magic jugó algunos minutos más que con los Pistons, cierto. Pero también comenzaron a circular rumores sobre ciertas actitudes del muchacho. O dicho de otra manera, comenzaron a difundirse noticias poco alentadoras sobre su mala cabeza. Lo cierto es que al final de esa temporada, los Magic le dejaron marchar tras decidir no igualar la oferta, el ofertón mejor dicho, que le presentaron los Grizzlies de Memphis. Darko Milicic se convirtió entonces en agente libre sin restricciones.

Los Grizzlies fueron ciertamente muy generosos con el chaval. En otra de esas transacciones que han convertido al Manager General del Memphis, Chris Wallace, en un hombre bastante célebre en la Liga NBA, los ejecutivos de los Grizzlies le firmaron a Milicic un contrato de tres años de duración por el montante total de 21 millones de dólares. Pero, incluso con su futuro asegurado, Darko prosiguió con su imparable bajada a los infiernos.

En los Grizzlies, el chico empezó a hacer amigos muy pronto. De entrada, llamó “blando” al líder del equipo, a Pau Gasol. Y, luego, el muchacho tuvo el que seguramente sea uno de los momentos menos nobles de su vida durante el Eurobasket de España-2007.

El lector recordará perfectamente aquel hecho porque semejante barbaridad es difícil de olvidar. Tras una amarga derrota de su selección nacional, Serbia, frente a Grecia, en la prórroga, Milicic soltó por su boca toda una letanía de atrocidades acerca de los tres árbitros del partido y de cómo él estaba dispuesto a violar a sus mujeres y a sus hijas.

Semejante atentando contra el sentido común mereció una -para mí muy suave- sanción de 10.000 dólares por parte de la FIBA y una recriminación pública muy importante por parte de Mr. Wallace y del entonces entrenador de los Grizzlies, Marc Iavaroni. La leyenda sobre la personalidad de Darko Milicic se iba agrandando día a día.

En Memphis, el hombre tuvo sus oportunidades, eso es cierto. E incluso empezó la temporada pasada como titular. Pero aquello fue efímero y, una vez más, este proyecto de futuro fracasó. El hombre tuvo también su buena dosis de mala suerte en los Grizzlies, todo hay que decirlo. Primero, se rompió el Tendón de Aquiles y más tarde sufrió otra lesión en una mano. Hasta que Marc Gasol le quitó el puesto de titular. El resto es historia.

Memphis decidió traspasarlo entonces a los Knicks de Nueva York; eso ocurrió el verano pasado. Además, acabó cediéndole por una contrapartida ciertamente impropia para un número dos del Draft: a cambio de Quentin Richardson y de un puñado de dólares. En los Knicks, en estos Knicks, el hombre, evidentemente, tampoco ha cuajado. Otro fracaso.

Recientemente, a preguntas de un periodista, el hombre se despachó a gusto en el sitio Web pseudo oficial del Estado de Michigan. Y soltó perlas como estas: “En la NBA mienten a todo el mundo”… “Te dicen: `te va a llegar tu oportunidad’… “Así es la NBA, una gran mentira”. Unas declaraciones excesivamente sonoras para una despedida.

Darko Milicic también le dijo al reportero alguna cosa más coherente durante la entrevista, menos mal. Aseguró que, ahora, contempla su situación de manera mucho más realista y que es consciente de que no hay ningún equipo en la NBA dispuesto a darle la oportunidad que está buscando. Puede ser un buen comienzo.

A Milicic le ha costado siete años darse cuenta de que ha sido, en el fondo, una víctima propiciatoria en el, a veces, diabólico juego del Draft. Un sistema basado en un principio justo -que los peores equipos se nutran de los mejores jugadores jóvenes para regenerar sus plantillas- pero un sistema que, durante un tiempo, se pervirtió.

Darko Milicic representa –tal vez más que ningún otro jugador de la Liga NBA- todo aquel periodo de alucinación colectiva en el que los scouts, los managers y los ejecutivos de la Liga miraban a Europa como a una tierra de provisión. Y no ya de provisión de jugadores con talento pulido, sino de jugadores con talento potencial. No se trataba de hallar un diamante en bruto; se trataba de hallar “el mejor” diamante en bruto en un continente que parecía disponer de más diamantes en sus ligas que Botswana de diamantes de verdad.

Aquel fue un tiempo alucinante en el que, incluso, se llegó a prometer un puesto entre los quince primeros del Draft a jugadores que todavía no habían demostrado nada siquiera en un equipo de Segunda División europea: estoy pensando en el entonces jugador del segundo equipo del Real Madrid, el polaco Macej Lampe, por ejemplo.

Lo cierto es que Darko Milicic, seguramente sin ser muy consciente de lo que le iba a suceder, se convirtió en el póster-boy de todo ese frenesí pro-europeo que invadió la Liga durante un tiempo. Está documentado que hubo, incluso, algún iluminado, de esos que hace predicciones del draft y luego las publica en la Web, que se atrevió a sugerir que Milicic estaría por delante de LeBron James y ocuparía el primer puesto en el draft. Tremendo.

Por supuesto, el fracaso de Milicic en la NBA se debe, en gran parte, a su mala actitud. El muchacho no ha perdido una sola oportunidad de perder una oportunidad. Y ha demostrado, muchas veces, que su mente no es, precisamente, tan maravillosa como para que un entrenador se la juegue y apueste por él.

Pero hay una cosa que sí me parece reseñable en su decisión de volver a Europa. El hombre quiere jugar: jugar para sentirse jugador; quiere jugar minutos significativos en el equipo que le fiche. Y eso es encomiable. Probablemente, cualquier otro jugador, en su lugar y en su situación, hubiera seguido lamentándose de sus desgracias y de su mala suerte. Pero luego, entre sollozo y sollozo, miraría el contrato cada noche, antes de acostarse, y en él vería ese 21 con seis ceros a la derecha y pensaría eso de que las penas con pan son menos penas y luego seguiría chupando banquillo con total tranqulidad.

La sistemática mala actitud del jugador –con el corolario de esas declaraciones finales acusando a toda la NBA de ser una gran mentira- ha contribuido mucho a su descenso irremisible al averno. El jugador ha tomado hace tiempo la actitud de víctima: asegurando que el mundo, que todo el mundo, está en su contra. En ese sentido, Darko es como ese personaje que circula con su coche por una autopista y ve que todos los demás autos vienen de frente y que las señales están colocadas al revés. Entonces, el hombre no deja de admirarse de que todo el mundo circule por el sentido equivocado de la ruta.

Aunque tengo infinitas dudas al respecto, espero que Darko Milicic afronte su retorno a este Viejo Continente con la humildad suficiente como para entender que su nueva aventura europea es un nuevo comienzo para él. Al fin y al cabo, sólo tiene 24 años de edad. Y nadie que le viera jugar con 15 años, en aquella selección serbia que acabó siendo campeona del mundo cadete, puede dudar de que Darko era un jugador muy especial.

También espero, sobre todo por el bien del baloncesto europeo, siempre tan necesitado de talento, que el hombre afronte esta nueva etapa con la cabeza suficientemente bien armada.

Y que decida tomar la siguiente salida disponible para dejar de circular en sentido contrario por la autopista.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 13:33 9 Comentarios
 
LUNES, 04 DE ENERO DE 2010

NAMASTE NBA

Es sabido que la Liga NBA es ya muy popular en China. El pivote de los Rockets de Houston, el gigante Yao Ming, es una celebridad nacional y su fama se extiende por los cuatro puntos cardinales de la República Popular a niveles sólo comparables a los de una estrella de cine tipo Jet Li. Su compañero de equipo, el alero Tracy McGrady, es tan popular allá que un ejército de aficionados chinos se está encargando de votarle para el choque del All Star sin que el bueno de McGrady vaya a jugar, a la hora de escribir estas líneas, un solo segundo más en toda esta temporada con los Rockets.

La Liga NBA ha penetrado en el mercado chino con una fuerza inusitada y participa ya, como motor imprescindible, en un conglomerado financiero multifuncional. Un ente, la NBA-China, que lo mismo crea una liga de baloncesto partiendo de la nada, que construye varias Arenas - levantadas de acuerdo a los estándares arquitectónicos de la NBA, por cierto- a lo largo y ancho del país.

Europa es otra de las grandes metas del Comisionado Mr. David Stern. Pero Europa supone un reto mucho más complejo que China para la NBA. Con todo, el Viejo Continente es ya un territorio muy fértil para la Liga NBA; una tierra cada vez más de emigrantes que envía muchos jugadores para allá: Francia con siete representantes y Eslovenia con seis, se llevan la palma esta temporada. Los equipos de la NBA juegan partidos de pretemporada de manera ya muy frecuente en Europa y muchos países, con mayor o menor tradición en el deporte de la canasta, reciben cada verano a equipos de la NBA en sus canchas. Así, el Reino Unido, Italia, España, Francia, Alemania o Rusia son destinos cada vez más habituales para los equipos de la NBA durante la pretemporada. Y, si hemos de hacer caso a los futurólogos de la NBA, pronto veremos partidos de la Temporada Regular a este lado del charco.

Pero hay otro mercado cuyo enorme potencial tampoco ha pasado desapercibido para los siempre astutos estrategas de la Liga NBA. Un mercado que hoy parece improbable, pero que tiene tal dimensión que incluso un acierto parcial en la estrategia de penetración de marca que ahora se inicia supondría una riada monumental de dinero para la NBA: Mr. Stern ha puesto sus ojos en India.

“Deben ustedes de creer que estamos locos [por pretender conquistar el mercado hindú]”, dijo Mr. Stern recientemente en una rueda de prensa. “Pero vamos a pasar una buena cantidad de tiempo trabajando en India”.

La verdad es que intentar expandirse en el segundo mercado más poblado de la tierra no suena a estupidez; ni mucho menos a locura. Después de todo, hay algo en lo que la NBA supera a sus otras ligas competidoras como la NFL o la MLB: ninguna exporta mejor su marca que la NBA. Un dato: la Liga de Mr. Stern ha vendido mercaderías en el extranjero por valor de 750 millones de dólares durante el pasado año 2009 y sus partidos se transmiten en más de 200 países a lo largo y ancho del mundo entero.

India, por su parte, es un mercado ignoto para la NBA, cierto. Pero tiene un potencial extraordinario: es una economía en crecimiento -muy basada en la tecnología, por cierto- y tiene más de mil millones de clientes potenciales; de los cuales un 55 por ciento es menor de 30 años. Eso significa muchas visitas al portal NBA.com y muchas compras de camisetas.

Por supuesto, la penetración de la marca NBA en India no será fácil. Para empezar, el deporte de la canasta tiene por delante no sólo al fútbol, como sucede en otros países, sino que tiene otro deporte que está situado muy por encima del fútbol en el ideario del pueblo indio: el cricket. El cricket es mucho más que un deporte en India: es una religión.

A India le falta mucha infraestructura baloncestística, no cabe duda. Pero construir esa infraestructura es mucho más fácil en un país cuya economía es claramente emergente -y que parece estar dispuesto a aceptar ese producto con los brazos abiertos- que en cualquier otro país todavía sacudido por la recesión.

Otro factor fundamental que le falta a India es el potencial humano. En China uno veía, ya a principios de los años 80 -tiempos en los que uno circulaba profesionalmente por allá- canchas de baloncesto al aire libre. Muy rudimentarias, sí. Pero por lo menos había un aro y un balón en muchos parques de Hong Kong, en las siempre difíciles calles de Kowloon, y por supuesto en muchos lugares de la vecina Guangdong, la provincia cantonesa ubicada en la China Popular. Y en esas canchas solían jugar chavales que contradecían la leyenda de que un chino es, esencialmente, bajito. Por allí había jóvenes con físicos muy aptos para el deporte del baloncesto.

En la India, por puro cálculo de probabilidades en relación al total de la población, tiene que haber también un montón de chavales muy altos. Sólo que esos chavales todavía no juegan al baloncesto.

Otro contratiempo que se va a encontrar la NBA en su desembarco en India es que no hay una liga profesional debidamente estructurada. Hay campeonatos regionales, pero ni siquiera siguen una secuencia de temporada al modelo estandarizado de otros países. Y, naturalmente, la competición tiene un nivel muy bajo.

El nivel salarial del baloncesto en India tampoco es competitivo. Por ejemplo, el sueldo medio de un jugador de baloncesto es de unos 2.500 euros al año. No es poco dinero, para los niveles de la India, pero está muy por debajo del sueldo de un auxiliar de banca –que gana unos 8.000 euros al año- y palidece ante el salario de una estrella del cricket. El jugador más popular en India es Sachin Tendulkar, quien se embolsa unos 500.000 euros anuales. Un fortunón para los estándares indios.

Pero para la NBA todos esos obstáculos son superables. Ni India es el primer país cuyo segundo deporte no es el baloncesto, ni el hecho de que no exista una liga adecuadamente estructurada y competitiva le va a impedir al General Stern proseguir con su imparable avance. En el primer aspecto, la NBA redoblará sus esfuerzos de marketing en la India, cueste lo que cueste. En el segundo aspecto, si se hace necesario crear una liga desde la nada, como se ha hecho en China, se creará.

En cuanto a ese futuro Sachin Tendulkar de los aros, la NBA es muy consciente de que para penetrar de verdad en India necesita encontrar –o crear- un Yao Ming indio. China abrazó el baloncesto como a un respetable deporte de competición desde el principio. Pero una vez que Yao Ming fichó por los Rockets, China se volvió loca con el baloncesto.

El día que un jugador indio se ponga el uniforme de cualquier equipo de la NBA, ese mismo día, cientos de millones de personas abrazarán el baloncesto NBA como a una suerte de nueva religión en India. El baloncesto nunca jamás superará al cricket, pero los indios comprarán muchas zapatillas y muchas camisetas de baloncesto. De eso no tengo duda.

Como siempre sucede en estos casos de conquista de nuevas tierras, la NBA no estará sola en su aventura. Empresas del calibre de la Time Warner Incorporated o de la Walt Disney Company están trabajando ya en aspectos de promoción y de programación televisiva de la NBA en India. Por su parte, Nokia, el gigante finlandés de telefonía, se ha apuntado también a la aventura y va a ofrecer contenido NBA en los móviles indios.

Y, por supuesto, las marcas de ropa deportiva tampoco se han quedado atrás en este viaje. En el caso de India, ha sido la compañía alemana Adidas la que ha tomado la iniciativa firmando un contrato con la Federación India de Baloncesto. Ya el verano pasado, la marca de las tres bandas se hizo notar enviando a su estrella más reconocible, a Kevin Garnett, el alero de los Celtics de Boston, a hacer una gira de promoción por el país.

La empresa de Herzogenaurach ha creado, incluso, una zapatilla, la “Kevin Garnett-India”, especifica para el mercado indio. Por su parte, una subsidiaria de Adidas AG, la británica Reebok, ha anunciado que abrirá más de mil tiendas en el país durante este año que acaba de comenzar.

El Comisionado Stern asegura que el experimento de la NBA en India irá poco a poco y paso a paso. Pero conociendo como funciona la NBA en temas de expansión global y conociendo, también -por experiencia profesional- el dinamismo del mercado indio a la hora de aceptar cualquier innovación que pueda resultar rentable, creo que ese Kevin Garnett indio aparecerá más bien pronto que tarde.

Y ese día, India será un país que abrazará la NBA del mismo modo que antes lo hizo otro país gigantesco y emergente como China. Y entonces a la NBA ya sólo quedará un objetivo prioritario por conquistar: Europa. Pero esa será otra historia.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 22:02 3 Comentarios
 
LUNES, 28 DE DICIEMBRE DE 2009

NBA CHRISTMAS DAY

La Liga NBA empezó jugando partidos de su competición oficial el día 25 de Diciembre, el día de Navidad, casi desde el mismo momento de su nacimiento: allá a finales de los años 40 del siglo pasado. Está documentado que el primer partido de la NBA celebrado el Christmas Day se disputó en 1947, el segundo año de vida de la Liga. Los Knicks de Nueva York batieron entonces a los Steam Rollers de Providence por 89 tantos a 75 y con el legendario Madison Square Garden lleno a rebosar.

Pero no sería hasta el año 1983 cuando esos partidos de Navidad de la NBA se convirtieron en una tradición. La cadena televisiva que entonces poseía los derechos de la Liga Profesional, la CBS, transmitió entonces su primer “doubleheader”: una dupla de partidos que mantuvo pegados a los ciudadanos al televisor. A un servidor incluido. La CBS transmitió los partidos Nueva Jersey-Nueva York -¡cómo cambian los tiempos!- y Portland-Los Angeles Lakers. Los índices de audiencia pegaron aquel día una subida histórica, jamás contemplada hasta entonces en el baloncesto televisado de la Liga NBA.

Este año el ya tradicional evento navideño de la NBA ha crecido hasta límites insospechados. Las cadenas ABC y ESPN han ofrecido al público nada menos que cinco partidos de liga -“un quintupleheader”, podríamos decir- que ha presentado en las pantallas de la tele a lo más florido de la competición. A pesos pesados tales como los Lakers, los Cavaliers, los Celtics o los Magic. Y, por supuesto -y como es lógico en una Liga que hace marketing incesante de sus estrellas- presentando a unos cuantos cracks de gran calibre en cada uno de los choques: jugadores como Kobe Bryant, LeBron James, Kevin Garnett, Dwight Howard, Dwyane Wade, Carmelo Anthony o Steve Nash, entre otros.

Mucha gente, y no pocas veces, ha criticado a la Liga NBA por enfatizar en su mercadotecnia mucho más la imagen de sus estrellas que la del equipo; sobre todo en un deporte colectivo como es el baloncesto. Pero no cabe duda de que a la NBA esa estrategia le ha ido muy bien hasta ahora. Y para llevar a cabo esa estrategia, la NBA tiene el apoyo inequívoco de los jugadores: ellos, en su inmensa mayoría, comprenden que lo que es bueno para la Liga es, casi siempre, bueno para ellos también.

De modo que jugar en una fecha tan difícil como es el día de Navidad es generalmente un hecho ampliamente aceptado por las gentes que hacen que el show funcione. Y además, los clubes, los entrenadores y, sobre todo, los jugadores se suelen tomar el hecho de que sus equipos sean elegidos para competir en Navidad como un indicativo muy claro de que están en la cresta de la ola. Al fin y al cabo, estos partidos son capaces de atraer la atención de un público que habitualmente no sigue el baloncesto y que son potenciales nuevos creyentes en la causa de la NBA.

Por su parte, la estrategia de la Liga NBA es muy clara: trata de asociar su nombre al día de Navidad. La Liga pretende que, si hay una televisión encendida en un hogar estadounidense -cosa más que probable en esa fecha, por cierto- aparezca en la pantalla del televisor un partido de la NBA. En ese sentido, la Liga sigue la misma ruta que la Competición de Fútbol Americano, la NFL, que hace ya tiempo unió su nombre a otra fiesta muy señalada en el calendario norteamericano: el Día de Acción de Gracias.

Pero entre todo este consenso casi general del mundo de la NBA, que da por bueno que se jueguen partidos de baloncesto el día de Navidad, una voz ha clamado, rotunda, contra esta costumbre: la del técnico de los Magic de Orlando, Stan Van Gundy.

El hombre, que ya de entrada no es especialmente popular entre el gran público, se ha mostrado muy contundente a la hora de hacer sus críticas y ha señalado que no cree que [jugar partidos en Navidad] sea “buena publicidad para la Liga” y ha añadido, además, que “siente pena por toda esa gente que no tiene nada mejor que hacer el día de Navidad que ver un partido de la NBA”.

Vaya por delante que a mí todas las opiniones me parecen muy respetables. Y esta opinión de Van Gundy me parece igualmente respetable también. Pero creo que el técnico del Orlando se ha pasado bastante en esta ocasión: sobre todo al dar a entender que el público que ve esos partidos es un tanto lelo.

Da toda la impresión de que, con estas declaraciones, el Entrenador Van Gundy o bien ha querido crear una polémica donde no la hay, o bien es que el hombre todavía no ha entendido el entorno en el que se mueve, ni de qué va ese entorno, ni siquiera cómo funciona ese entorno. Y ese entorno es, entre otras muchas cosas, un negocio que le ha convertido en multimillonario, por cierto.

Antes de nada, es preciso señalar que Mr. Van Gundy no ha hecho esta crítica porque profese una fe religiosa que le impida trabajar en Navidad. Me parece que no hay nada más respetable que una persona, en este caso un deportista, que entienda que no debe jugar en una fecha concreta porque así lo ordenan ciertos preceptos religiosos de su fe.

En ese sentido, si un deportista no quiere practicar deporte en el Sabbath, o en el Yom Kipur, o durante el mes de Ramadán, a mí me parece la actitud más respetable del mundo. Incluso el deporte olímpico nos dejó un ejemplo de esto cuando el gran atleta escocés Eric Liddell se negó a correr una prueba de clasificación durante los Juegos Olímpicos de Paris-1924 en el día del Sabbath: renunciando de hecho a su segura medalla de oro. Su historia fue contada en el muy premiado film británico “Chariots of Fire”, por cierto.

Me parece también muy correcto que otras ligas deportivas decidan no sólo no jugar, sino ni siquiera entrenar durante las fechas más señaladas de la Pascua Navideña. La Liga ACB, por poner un ejemplo muy cercano, tiene firmado en su Convenio Colectivo con la Asociación de Jugadores Profesionales, la ABP, y concretamente en el artículo 29 de dicho Acuerdo, que: “La ACB no programará competición alguna para los días 24 y 25 de diciembre, así como tampoco los clubes o SAD -ni tan siquiera entrenamientos o desplazamientos ni cualquier otra actividad laboral-, y para los días 1 y 6 de enero se intentará hacer otro tanto por la ACB, siempre que el calendario de competición -a su exclusivo juicio- lo permita”.

Pero, en el caso que nos ocupa, ni el Coach Van Gundy profesa una religión que le impida trabajar el día de Navidad –al menos que yo sepa- ni, por supuesto, la NBA tiene recogido en su Convenio Laboral con la NBPA, el Sindicato de Jugadores de la Liga, que se parará todo tipo de actividad durante esos días navideños.

No descarto, tampoco, que Mr. Van Gundy esté un poco mosqueado por el calendario que le ha tocado esta temporada y que, justo por eso, haya expresado su frustración haciendo esas declaraciones tan singulares. Sus Magic van a hacer este año un triplete en cuanto a fechas señaladas se refiere. El Orlando ha jugado ya el Día de Acción de Gracias, también lo ha hecho el día de Navidad y le espera una cita el día de Año Nuevo en un lugar que no es, precisamente, muy agradable en invierno: los Magic juegan el día 1 de enero en la ciudad de Minneapolis contra los Timberwolves de Minnesota.

Pero, sea por la causa que sea, me parece que las declaraciones de Stan Van Gundy son muy desafortunadas. Para empezar, el día de Navidad trabajan no solo algunos equipos de la NBA, sino que también lo hacen muchas otras personas. Gentes tales como personal medico, policías, bomberos, ferroviarios, periodistas, etcétera, etcétera, etcétera.

Por supuesto, igualmente trabaja ese día todo el personal que participa en la celebración de esos partidos navideños de la NBA. Me refiero a técnicos, productores, cámaras y al resto de un amplio elenco de profesionales que hace posible que a los Magic de Mr. Van Gundy les vean por la televisión a lo largo y ancho del mundo entero unos cientos de millones de aficionados. O de “pobres desgraciados que no tienen nada mejor que hacer”, según la propia denominación del Coach.

Y, sin ánimo alguno de ser demagógico, en Navidad, en Año Nuevo y en Acción de Gracias, trabajan no sólo todas esas gentes citadas anteriormente, sino también miles de soldados americanos que están destinados en lugares no precisamente muy recomendables y que se juegan la vida por esos mundos de Dios.

Por supuesto, ni que decir tiene, toda esa gente que trabaja en esas fechas tan entrañables lo hace por bastante menos, por muchísimo menos, dinero que el que percibe Mr. Van Gundy por hacer -bastante bien, por cierto- su trabajo.

En cuanto a su opinión acerca de todos esos miles de televidentes que no tienen nada mejor que hacer que ver partidos de la NBA el día de Navidad, sólo cabría decirle a Mr. Van Gundy que ellos son, precisamente, la razón por la que él disfruta de un salario estratosférico. Merecido, por supuesto. Pero colosal para cualquier ciudadano de a pie.

Esos ciudadanos que disfrutan viendo partidos de baloncesto el día de Navidad, por encima de cualquier otra consideración pseudo filosófica de Van Gundy, se merecen todo el respeto del mundo.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 22:41 7 Comentarios
 

MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA


Es uno de los periodistas españoles con más reputación cuando se habla del baloncesto de los Estados Unidos. En radio, ha trabajado para la Cadena COPE desde 1986 hasta la temporada 1991 1992, y desde la 1992-1993 lo hace para la Cadena SER, participando en espacios tan populares como el Carrusel Deportivo. En prensa, le hemos leído en medios de tanto prestigio como el diario EL PAÍS o la Revista Gigantes.

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