Miguel Ángel Paniagua

MIéRCOLES, 04 DE AGOSTO DE 2010

ALL ABOUT DEAN

Sinceramente, hubiera querido escribir sobre otro tema más alegre en esta columna número 100, y por el momento última, desde que colaboro con los amigos de SOLOBASKET. Especialmente cuando me propongo hablar acerca de un tema tan cercano y doloroso para mí como son los trastornos cognitivos: especialmente, la pérdida de memoria.

Alguien escribió una vez que las historias tristes nunca se cuentan en orden. Que se desmigan buscando desintegrar el dolor de alguna manera, o al menos intentando separar lo bueno de lo trágico. Eso es probablemente cierto. Aunque quién sabe. El final en las historias tristes es lo que marca. Lo cuentes como lo cuentes. Por mucho que te esmeres. Queda un trauma, una ceja interior rota a la que no se le puede dar ningún punto de esparadrapo, porque nada encaja, nada permite el arreglo. Las historias tristes nos dejan con la sensación de que la pieza clave del puzzle se ha perdido y no va a aparecer por mucho que la busquemos. Por eso a veces se recurre a los recuerdos y se intenta volver al inicio, como si de esta forma fuese posible reconstruir lo que fue aquel paisaje y parar de algún modo tanta tristeza.

El problema surge cuando desaparecen de la memoria esos recuerdos.

No hace mucho me llegaron noticias, a través de mi buen amigo Dave Odom, ex entrenador de la Universidad de Wake Forest, de que una leyenda de los banquillos del baloncesto universitario, Dean Smith (Emporia, Kansas, 1931), el eterno entrenador del equipo de la Universidad de Carolina del Norte, está perdiendo la memoria. A causa de lo que parece ser un principio de demencia senil aguda.

Es esta una noticia especialmente dolorosa porque, aunque su vida no corre peligro inminente, muchos damos fe de que, si ha habido un hombre con memoria de elefante en el mundo del baloncesto mundial, ese hombre ha sido –es- el Coach Dean Smith.

Sirva una anécdota personal para ilustrar esa memoria prodigiosa. En una ocasión, estando de visita en Winston-Salem, el Coach Odom y su equipo se asistentes de Wake Forest me comentaron que iban a desplazarse a Chapel Hill, donde se ubica la Universidad de Carolina del Norte. Querían presentarle sus respetos a Dean, que se había retirado definitivamente del que fue su banquillo durante más de 36 años hacía tan sólo unos meses.

La visita del staff técnico, al completo, del Wake Forest, en realidad del personal de uno de los rivales estatales más notorios de la UNC, era ese tipo de respeto que se presenta a gente que sin duda ha marcado tu vida de manera muy notoria. Ese tipo de seres que te iluminan con su luz aunque ellos no se lo propongan nunca.

Aquella visita iba de respeto. A pesar de la rivalidad. Había ese respeto que le profesan al Entrenador Dean Smith, al Dean, (“El Decano”, en un juego de palabras con su nombre de pila) incluso sus enemigos más encarnizados. Incluido en esa categoría está, por supuesto, su Némesis en la Universidad de Duke, Mike Krzyzewski.

Las gentes de Duke siempre han acusado al programa de baloncesto de North Carolina de ser una suerte de mafia del basket universitario. Y siempre han sostenido, además, que Dean Smith ha sido el padrino de esa mafia durante todos estos años: incluso después de su retiro. Cosas de la rivalidad, supongo.

Pero lo que sí es cierto que el trato que le han dado siempre no ya sus propios jugadores, o sus propios ayudantes, al Coach Smith, sino la inmensa mayoría de sus oponentes también, señala una cosa muy clara: la tremenda trascendencia que ha tenido este hombre en la vida de mucha gente. Su ejemplo, su enseñanza, su modo de hacer las cosas, han trascendido para muchos las cuatro líneas del campo. Indudablemente.

Vuelvo a los recuerdos. Cuando llegamos a la oficina del Coach Smith –a partir de ese año era ya Coach Emérito, no activo- volví a ver toda la “memorabilia” que le rodeaba en su despacho. Todo aquello eran sus recuerdos, su memoria, en forma de fotos o de diplomas. Era su vida alrededor.

Tampoco es que Dean Smith necesitara mucho de todos esos recordatorios para sostener toda una vida, la verdad. El Coach Smith es uno de esos seres privilegiados que poseía, según sabíamos todos, una memoria absolutamente prodigiosa. Se acordaba, literalmente, de todo y de todos.

Y entonces, en un instante de la conversación, surgió el momento inolvidable.

Hacía exactamente doce años entonces, el entrenador español Mario Pesquera, me había llamado porque estaba buscando un pivote, un jugador interior fuete, para su equipo de Liga ACB: concretamente el entonces Forum Valladolid. Me pidió que hablara con Dean Smith porque el Coach estaba insistiéndole mucho en que fichara a uno de sus jugadores recién graduado, Matt Doherty. Doherty era un alero pequeño, un small forward, perteneciente eso sí a la generación que logró el campeonato de la NCAA para UNC. Pero que, lógicamente, se desenvolvía en el campo justo en las antípodas del tipo de jugador que buscaba Mario Pesquera.

Pero Dean Smith no paró de llamarme –de llamarnos a los dos en realidad- para intentar que Doherty fichara por el equipo de Pesquera. Cosa que obviamente no sucedió. Seguro que Mario se acuerda de esta historia.

Doce años después, en medio de aquella visita de respeto a un hombre de respeto, el Coach Smith todavía me recriminó que su Matt Doherty –que luego fue entrenador de la propia Carolina, con muy poca fortuna por cierto- no acabara jugando en España. Fue un tremendo ejercicio de memoria, uno más, que ilustra la enorme capacidad de recordar de la que siempre hizo gala este buen hombre.

Ni que decir tiene, porque supongo que hasta las generaciones más jóvenes de aficionados lo saben, que Dean Smith fue uno de los entrenadores que más ha influido a muchos de los técnicos españoles que acudiían a estudiar sus métodos de trabajo casi cada año. Dean Smith forma parte de esa trinidad de técnicos universitarios estadounidenses, junto a Lou Carnesecca y a Bobby Knight, que iluminaron a varios técnicos españoles.

Y, por supuesto, también a grandes entrenadores europeos. El, para mí, más grande de todos, Aza Nikolic (1924-2000), el eminente “Professore”, el hombre considerado el (casi santo) padre del baloncesto yugoslavo –antes de que ese maravilloso y complicado país saltara por los aires- nunca ocultó que tuvo dos fuentes de inspiración en los Estados Unidos; dos técnicos de quienes adaptó muchas ideas para llevar a cabo su inolvidable tarea en aquellos peculiares Balcanes de la época: Adolph Rupp, el mítico entrenador del Kentucky, y Dean Smith, el entrenador eterno de Carolina del Norte.

Hace sólo unos pocos días la familia de Dean Smith nos dijo que su vida no corre peligro. Afortunadamente. Pero también nos dijo que su memoria, esa memoria legendaria, tan legendaria al menos como el propio personaje, se está deteriorando por momentos. El hombre recuerda algunas cosas, pero ya se ha olvidado incluso de los nombres de muchos de los jugadores que tuvo a sus órdenes en Carolina.

Esos nombres son pura historia del baloncesto americano. Phil Ford, Walter Davis, Bob McAdoo, James Worthy, Kenny Smith, Brad Daugherty, Sam Perkins, Michael Jordan, Jerry Stackhouse, Rasheed Wallace, Vince Carter, Antawn Jamison. Entre otros.

Y también otros que siguieron sus pasos y se hicieron entrenadores como él; preservando muy dignamente su legado, por cierto: Billy Cunningham, Larry Brown, Doug Moe, George Karl, Roy Williams, Bill Guthridge, Buzz Peterson, Jeff Lebo, Matt Doherty, Randy Weil. Entre otros.

Sé muy bien, por la experiencia personal que tengo con mi ser querido, lo que nos está diciendo la familia de Dean Smith. Esencialmente, nos dicen que la enfermedad que padece el Coach no es mortal en sí misma. Pero que, desgraciadamente, tampoco se puede hablar de recuperación; ni de calma. Este tipo de enfermedades no te concede pausa alguna. Sólo un vacío que se esparce dentro de la cabeza como una mancha de fuel en el mar. Y lo hace cada día. En un proceso lento, incorregible. Destructor.

Me dicen que el Coach, simplemente, se ha habituado a seguir, aunque le duela, el agua en cada ducha. Que le sobran las habitaciones con trofeos y los velcros de esa mochila suya tan cargada de recuerdos. Parce ser que el Coach Smith se sienta en un sitio concreto de su despacho y entonces deja que su mirada se esconda en las secuoyas cercanas a su casa. Algunas veces tiene un balón en las manos al que toca con ternura, sin ninguna prisa.

Así que ahora nosotros deberemos ser la memoria de Dean Smith. Nuestra tarea, noble tarea por cierto, será preservar su maravilloso legado: recordando y recitando, en voz alta a ser posible, todos los nombres de esa gente prodigiosa que un día fue iluminada por su luz. En Carolina. Habremos de hacerlo pronto porque a él ya se le han borrado todos de su mente. Para siempre.

De modo que ahora nos tocará recordar todo sobre Dean Smith.

Y seremos mucho mejores personas al hacerlo.


P. S.: Millones de gracias a SOLOBASKET por dejarme este hueco de amor al baloncesto en una página que cada vez crece más. Y gracias a todos vosotros por permitirme llegar a las cien entradas en este blog y por todo este tiempo que habéis estado a mi lado visitando esta página. Agradezco mucho vuestro apoyo y vuestros mensajes: los que me escribís aquí y los que me mandáis por correo electrónico. Me siento muy honrado. Seguiremos en contacto. Y estad seguros de que volveremos a encontrarnos muy pronto.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 18:51 20 Comentarios
 
JUEVES, 29 DE JULIO DE 2010

NO, YOU DID NOT

Me disculpará el amigo lector por ser tal vez algo repetitivo en esta columna semanal. Voy a volver a escribir sobre LeBron y su fichaje por los Heat de Miami. Pero es que el Affaire LeBron, su fichaje, el modo en el que se escenificó su fichaje, la proverbial vanidad con la que se adorna el muchacho después de su fichaje, y todas las secuelas que está trayendo ese fichaje, con su evidente impacto en la Liga NBA, tienen muchas derivadas. Y todas ellas muy atractivos de analizar. Así que allá vamos otra vez.

Para muchos analistas no se trata tanto del fichaje de LeBron James por el Miami sino de la petulante liturgia televisiva que acompañó a ese fichaje. Semejante pufo fue para muchos observadores algo así como el fin de todo lo bueno que tenía este deporte. El fin de la inocencia si es que la NBA fue alguna vez inocente. Pero tampoco creo que haya que exagerar. El show fue bochornoso, sí. Pero todos hemos visto cosas muchos peores por esas televisones del mundo.

Los analistas más sesudos hablan también de que hubo una maniobra de colusión por parte de los tres amigos: D-Wade, Bosh y James. Es cierto que los tres tenores del Miami tenían un plan, y que se pasteleó su fichaje por los Heat con nocturnidad y alevosía. Es cierto que, incluso, los tres cracks se recrearon en la suerte: concediendo audiencia plenaria a los equipos aspirantes a su compra a sabiendas de que ya lo tenían todo hecho con los Heat.

Y no es menos cierto que por mucho menos de lo que ha hecho este “Big Three”, a muchas compañías norteamericanas -que se atreven a pactar precios con otras competidoras- el Regulador les suele dar un escarmiento de proporciones bíblicas. Las (poderosas y sacrosantas) leyes Anti-Trust estadounidenses son tremendas y el peso de la Administración cae sobre las cabezas de aquellos que se atreven a pactar cietas estrategias por su cuenta. Y sí, técnicamente, Wade, Bosh y James han violado esas leyes Anti-Trust de manera flagrante; han tenido un comportamiento propio de un cártel. Pero tampoco estamos hablando aquí de los precios que marca el Cártel de Tijuana para la coca.

Pero a mí, sí hubo un hecho que me llamó poderosamente la atención. Me fijé en ello no cuando LeBron anunció su decisión sino después, cuando tuve ocasión de ver el show de presentación de los tres jugadores en la ciudad de Miami. Me chocó mucho el slogan que colgaba sobre sus preciadas cabezas: un notorio “Yes, we did” (“Sí, lo hicimos”).

Aparte del evidente toque al “Yes, we can”, la celebre frase que adornó la campaña del hoy Presidente Barak Obama, ese “Yes, we did” se convirtió en un símbolo para los aficionados del Miami, y para la ciudad de Miami: una metrópoli poco acostumbrada a los títulos que enloqueció con la adquisición de estos tres maravillosos jugadores a los que recibió como si se tratara de tres Mesías posmodernos.

Pero, ¿qué es lo que han hecho exactamente estos tres jugadores?. Fichar por los Heat, claro. Pero aparte de eso y de que ya no quedan abonos por vender, de que hay una enorme lista de espera para adquirir un abono, incluso a precio de oro, y de que las expectativas en el Sur de la Florida son estratosféricas, estos “Tres Grandes” no han hecho realmente nada.

La pregunta más recurrente que me llega en las últimas semanas, sobre todo por la vía de Twitter, es esta: “¿Crees que ahora, con los 3 fichajes, los Heat son favoritos al título de campeón de 2011?”. Y mi respuesta es siempre muy estándar: “Por supuesto que lo son”. ¿Cómo no habrían de serlo si han fichado a las estrellas que han fichado?. Pero, si Twitter me dejara más espacio, y sin tener que recurrir al spanglish para buscar palabras más cortas, le diría también a quienes me preguntan: “Pero recordad que los grandes nombres no hacen necesariamente un gran equipo”.

Aunque me parece que la cuestión sobre la que me preguntan es más bien si los Heat serán campeones ya mismo. Pero en esto, también voy más allá y mi pregunta es: ¿Cuántos títulos ganarán los Tres Grandes durante los cuatro años por los que han fichado en Miami?. [Son 4 años y no 6 las temporadas por las que han firmado los tres grandes de los Heat, por cierto. Así que no descartemos otro verano de los prodigios, allá por julio de 2014, si las cosas no salen bien en el Sur de la Florida.].

Ciertamente, los Heat no van tener un camino fácil. Convertidos ya en los fall guys –en los malos de la película- para casi todos los fans de la NBA que no sean los suyos; identificados como el enemigo a batir por el resto de equipos; marcados como el club que realizó maniobras orquestales en la oscuridad para conseguir juntar a este trío de ensueño, es fácil presumir que los chicos del Coach Spoelstra van a tener muchos obstáculos en su ascensión hacia la gloria.

Para empezar los Heat van a estar en una División (la Southeast) que va a ser la más fuerte de la NBA no sólo el año que viene sino, muy probablemente, en años venideros. Veamos: Los Magic de Orlando tienen una plantilla amplia y estrellas jóvenes en su roster; los Hawks de Atlanta tal vez tengan menos potencia que los Magic en su plantel, al menos al día de hoy, pero tienen talento por los cuatro costados. Los Bobcats serán muy duros y tienen hechuras de equipo que puede a dar mucha guerra en los playoffs. Y los Wizards, hasta ahora un equipo hundido en la zona abisal de la División Sudeste, van a contar con el prodigioso novato John Wall y serán también muy complicados de batir.

En otras palabras: la ventaja de campo será muy difícil de subvertir en todas esas canchas de la Southeast y los Heat de Miami van a sufrir un calvario de 82 partidos durante la temporada: serán, sin duda, el equipo a batir; el conjunto de moda al que todos querrán ganar aunque sólo sea una vez.

Hay otro punto que tampoco ayuda al Miami en su búsqueda de la gloria: su elenco de actores secundarios. Sin desmerecer a ninguno de los fichajes que han hecho hasta ahora, es obvio que un equipo de la NBA necesita algo más que un puñado de buenos jugadores veteranos: que estarán muy motivados, eso sí, porque que entienden que este es su último tren hacia el anillo. Pero ninguno de los jugadores fichados por los Heat, aparte de los Tres Grandes, claro, va más allá de ser un buen role player, un buen gregario. Que no es poco. Pero no tengo nada claro si eso será suficiente. Y ya no digamos si los dioses del baloncesto se ponen a hacer de las suyas y alguno de los tres grandes sufre una lesión importante: en ese escenario, los Heat sufrirán tremendamente. Mucho más que si se lesiona Ray Allen, en los Celtics o Pau Gasol en los Lakers.

Hay también otra cuestión absolutamente indiscutible. Los equipos punteros de la NBA tienen todavía mucho que decir. Los Lakers de Los Ángeles poseen, a mi juicio, el equipo más completo y con más talento de toda la NBA. Y seguramente les queda todavía bastante cuerda en el reloj: siempre en función de lo que les dure, debidamente sano y lúcido, el enorme Kobe Bryant, por supuesto. Los Magic, ya lo hemos dicho, están muy bien servidos. Los Celtics están cada vez más cerca de su último aliento, pero siguen siendo los Celtics: y ya vimos hasta donde llevaron a los Lakers en las pasadas Finales. Los Thunder de Oklahoma City son el futuro y tienen a una superestrella, Kevin Durant, que ya ejerce de líder indiscutible de todo aquel tinglado. Los Bulls van a ser bastante más fuertes. Los Blazers, sobre todo si les respetan las lesiones, seguro que también van a estar ahí. Luego están los Mavs, los Suns. Y los Spurs: aunque éstos están siempre.

Así que, con todas esas escuadras apuntando sus misiles hacia Miami, está claro que ese camino hacia el éxito de los Heat no está en absoluto garantizado. Por eso, denominar a un equipo –por muchos fichajes de relumbrón que haya hecho- como “campeón” en estos inicios de pretemporada parece, como mínimo, prematuro.

En ese contexto, ese “Yes, we did”, suena un tanto petulante, además de bastante incorrecto. A menos que ese “Sí, lo hicimos” signifique, simplemente, que las tres superestrellas han fichado por los Heat de Miami. Pero incluso en ese caso, el susodicho slogan suena un poco excesivo.

Pero hay algo que es indiscutiblemente cierto y que, sin duda, tiene que ofrecer mucha luz y esperanza a los fans irreductibles de los Heat: LeBron James, Dwayne Wade y Chris Bosh, aunque este ultimo un poco menos a mi juicio, son realmente muy, muy buenos. Son la crème de la crème de la NBA.

LeBron James y Dwyane Wade han tenido carreras paralelas en cierto sentido. Ambos han hecho crecer a equipos que tenían plantillas buenas, pero para nada excepcionales. El único jugador All Star que ha tenido LeBron en los Cavaliers de Cleveland, durante todos estos años, ha sido el lituano Zydrunas Ilgauskas: no precisamente el paradigma de jugador super estrella de la NBA. Y aun así, los Cavs llegaron a las Finales en 2007.

D-Wade, por su parte, sí logró un título de campeón, con Shaquille O’Neal a sus espaldas, por supuesto. Pero a mí me parece más meritorio incluso lograr casi 50 victorias en la Liga Regular teniendo como compañeros de equipo a tipos tan peculiares como Michael Beasley o Jermaine O'Neal: buenos jugadores ambos, pero capaces de desquiciar a la más noble y equilibrada de las criaturas de Dios.

El tercer hombre, Chris Bosh, también ha conseguido ayudar a unos simplemente buenos Toronto Raptors a llegar los playoffs: lo ha hecho en varias ocasiones y casi siempre contra pronóstico. Excepto el año pasado en el que el chaval, simplemente, se borró.

De modo que sí, es cierto que los Heat de Miami tienen un reto tremendo a partir del curso que viene. Pero también es verdad que van muy bien equipados para ese viaje hacia la cima y que cuentan con uno de los tercetos más mortíferos en toda la historia de la NBA.

Sin embargo, tendrán mucha presión. Una presión casi infinita. Las expectativas para este equipo son –y lo serán durante estos próximos cuatro años- muy claras: se espera que ganen un título cada temporada. Tal vez se les conceda una cierta gracia el primer año: el argumento de “falta de acoplamiento de un grupo nuevo” sonará bastante plausible y tal vez se puedan aplacar algunas iras con esa coartada. Pero, a partir del segundo curso, no va a haber piedad: o llegan los títulos, o todos llevaremos luto por los Heat. Alguien dijo una vez que el éxito -sobre todo para jugadores destinados para la gloria como LeBron James y D-Wade- es siempre una amante muy cruel.

Tremendamente cruel.

Para empezar, a los tres nuevos compañeros de los Heat se les compara, siempre, les guste a ellos o no, con algunos de los mejores jugadores exteriores en toda la historia de la NBA: léase con Michael, Magic y Kobe.

Para continuar, la NBA nunca se anda con contemplaciones filosóficas, ni sostiene jamás esos argumentos del tipo: “jugar bonito es más importante que ganar”. En la NBA, en la historia del baloncesto USA en realidad, lo que define el éxito son los títulos de campeón: no el juego bonito, ni la estética, ni mucho menos la estadística. Claro que puedes llegar a ser un Hall of Famer sin haber ganado un título de la NBA. Hay unos cuantos “ringless” en ese Olimpo del basket, de hecho. Pero en el caso de estos Tres Grandes del Miami -seguramente futuros Hall of Famers los tres pase lo que pase durante su periplo en la Florida- ni siquiera bastará con un anillo en cuatro años. Se les va a exigir bastante más.

Para terminar, tenemos sobradas evidencias -a lo largo no ya de la historia del juego del baloncesto, sino de toda la historia del deporte colectivo- de que los grandes nombres no hacen necesariamente grandes equipos. En ese orden de cosas, lo primero que tienen que construir los Heat de cara a la próxima temporada es precisamente eso: un equipo.

Y sólo entonces, y si los tres grandes están iluminados por la luz, si el elenco de gregarios ayuda de verdad, y si los demás equipos no están lo suficientemente finos, podrán pensar los Heat en culminar la ascensión a la cima y encontrarse allí arriba con la gloria.

Muchas veces, demasiadas veces, algunos equipos construidos a base de talonario han creído llegar a la cima de una montaña jamás hollada por el ser humano. Sólo para comprobar, con tremendo horror, que en una piedra de ahí arriba estaba escrito eso tan simpático de “Caramelos Paco”.

Así que, dicho sea con el debido respeto a los Tres Grandes del Miami: “No, you did not”. “No, no lo hicisteis”.

De hecho, señores: “No, You did nothing yet”. Todavía no habéis hecho nada.
 

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 10:35 7 Comentarios
 
MARTES, 20 DE JULIO DE 2010

MICHAELS Y SCOTTIES

He escrito en muchas ocasiones que todas esas comparaciones que se hacen entre los grandes jugadores que nos asombraron en el pasado y los que nos ha asombran hoy me parecen banales y ciertamente muy fútiles.

Que si Bill Russell fue el mejor. O si lo fue Chamberlain. Magic o Bird. Jordan o algún otro. Ahora, en estos tiempos, Kobe o LeBron. Me parecen discusiones irrelevantes, elucubraciones que no conducen a nada. A nada que no sea llenar espacios en una columna o a llenar huecos de conversación en uno de esos bares deportivos estadounidenses en los que discutes con partidarios de un jugador o de otro entre cervezas y olor a aros de cebolla.

Pero no contaba con que Michael Jordan, en persona, iba a decir también la suya en el tema de LeBron James y de su reciente fichaje por los Heat de Miami.

Ni tampoco contaba que, totalmente off the record, un técnico en activo de la NBA que ha tenido la fortuna de dirigir a grandes jugadores durante su ya larga carrera por cierto, comentara el otro día algo que resulta muy obvio: que en la Liga NBA hay estrellas enormes, por supuesto. Pero que, entre todos esos grandes, los hay de dos tipos: “Michaels” (por Michael Jordan) y “Scotties” (por Scottie Pippen).

Vayamos por partes. Primero lo que nos dijo el entrenador en cuestión. Sostiene el buen hombre que las estrellas de verdad son los “Michaels”: figuras capaces de echarse el equipo a la espalda y de llevarlo sobre sus hombros, ellos solos, incluso en tiempos de tormenta. Y añadía, además, un matiz: los “Michaels” no sólo hacen eso sino que “quieren” hacerlo: a los verdaderos “Michaels” no les sirve otra cosa.

Luego, decía el Coach en cuestión, están los jugadores que poseen un talento extraordinario, pero que son principalmente secundarios: los “Scotties”. Lo cual no deja de parecerme un tanto injusto con el verdadero “Scottie”, el gran Scottie Pippen, pero que sirve como una etiqueta muy válida para definir a esos excelentes jugadores como a una especie de grandes actores de reparto. Un jugador que no puede –o que no quiere- ser una super estrella.

Y, para cierta sorpresa general, el Entrenador soltó que consideraba a LeBron James, al menos el LeBron James de ahora mismo, un “Scottie”.

Por su parte, Michael Jordan opinó recientemente también sobre el pase de LeBron al Miami. Y lo hizo con ese estilo que, últimamente, le va alejando cada vez más de aquella eterna corrección política que adornó toda su carrera com ojugador.

“Yo jamás, bajo ningún concepto, habría a Larry o a Magic y les hubiera dicho: “Hey, chicos, mirad, juntémonos los tres en un equipo”… Honestamente, yo trataba de ganar a esos tíos cada partido que jugábamos”.

Realmente, nadie sabe los que hubiera hecho MJ hace 20 años si hubiera tenido la oportunidad de jugar junto a Barkley, Magic o Larry Bird, por ejemplo. Pero sí hay algo que me parece improbable en su caso. Creo, estoy absolutamente convencido mejor dicho, de que Michael Jordan jamás hubiera abandonado a su equipo para irse a jugar a otro sitio.

Una manera de ver el tema del fichaje de LeBron por el Miami es que el hombre se ve a sí mismo como un jugador posmoderno que trasciende el concepto de trincheras en el mundo siempre partidista del baloncesto profesional. Estamos acostumbrados a las líneas amigas y a las líneas enemigas. A la confrontación dual. Antes o eras de los Celtics o eras de los Lakers. O eras del Madrid o eras del Barça.

LeBron James, quizás el modelo más genuino de deportista posmoderno, se considera por encima de toda esa vaina de las confrontaciones. Para él, y para otros deportistas de su generación también elegidos por los dioses, no hay colores, ni escudos, ni logos, ni tampoco fuertes en los que te atrincheras contra el enemigo exterior. Lo que LeBron nos dice es que las viejas rivalidades están pasadas de moda. Sobre todo, si como es su caso, puedes unirte a algunos de tus mejores enemigos para ganar la guerra.

Pero desde otra perspectiva indudablemente más clásica -y mucho más cercana a la dermis del aficionado al deporte moderno, debo añadir- Michael Jordan tiene razón también. LeBron James ha tomado el camino más fácil para llegar a la cima. Y al hacerlo, se ha autodefinido como un jugador con porte de actor estelar, sí, pero con corazón y alma de actor secundario. En palabras del propio Jordan, James se ha retratado “como un jugador que no tiene la mentalidad de un verdadero campeón”.

Coincidiendo con la perspectiva del viejo Coach, Michael Jordan asegura que LeBron James es un “Scottie”.

En ese sentido, que un gran entrenador en activo de la NBA, y quien está considerado como el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos, dejen caer que LeBron James es un “Scottie” es injusto con el jugador que da sentido a esa definición. Después de todo, Scottie Pippen ganó seis anillos. Que, según mis últimas cuentas, son seis anillos más de los que tiene LeBron James en su inacabable vitrina de trofeos.

En realidad, yo diría que LeBron es, ahora mismo, mucho más un “Barkley” o un “Karl Malone” que un “Scottie”. Por cierto, el auténtico Barkley, que como es bien sabido, hace del oficio de meterse en todos los charcos un auténtico arte, también ha dicho que considera a LeBron “un cobarde” (ni siquiera un “Scottie”) por elegir el camino más fácil hacia el anillo.

Pero, sin dejar de aceptar que tanto el entrenador en cuestión, como Michael Jordan, como Charles Barkley, y como todas esas antiguas figuras de la NBA que se están manifestando mayoritariamente en contra de LeBron y de su decisión de fichar por el Miami (junto a D-Wade y a Chris Bosh) entiendo que hay también otra carga de profundidad contra los propios Heat de Miami. El nuevo enemigo de todos.

Volviendo a las declaraciones de Michael Jordan, me parecen particularmente sorprendentes. Primero, porque MJ es ahora el propietario de un club de la NBA, el Charlotte, y no se espera que los dueños de equipos de la Liga se metan en estos berenjenales relativos a jugadores que, además, ni siquiera tienen que ver con su franquicia. Y segundo, porque no dejan de tener ese regusto a pasado que muchos ex jugadores de la NBA dejan traslucir en sus declaraciones. Un viejo mantra que los viejos rockeros utilizan muy a menudo.

En este mantra reconocemos no sólo las declaraciones de antiguos jugadores de baloncesto de la Liga. Seguro que el amigo lector habrá escuchado a más de un deportista de otro tiempo decir estas cosas: en cualquier lugar y seguramente sobre cualquier deporte.

-“Los jugadores de ahora ganan mucho dinero y no respetan el juego como lo hacíamos nosotros”.

-“Los jugadores de ahora no dominan los fundamentos del juego como los dominábamos nosotros”.

-“Los jugadores de ahora sólo están interesados en el dinero”.

Y sólo uno de entre estos críticos, claro, añade esto: “Y además, yo soy Michael Jordan. Y todavía sigo aquí, por cierto.”.

Aunque, si hay una verdad cierta en la NBA es que lo que dice Michael Jordan es siempre relevante. Para no hacer muchos circunloquios al respecto, lo que dice Michael Jordan es siempre relevante por una razón muy importante: porque es Michael Jordan.

Pero el gran MJ, cuyo legado más espeluznante es que negó a varios miembros del Salón de la Fama siquiera un anillo de campeón durante su largo reinado, sabe perfectamente que él sólo no podría haber ganado esos seis títulos de campeón con los Bulls.

Y sabe también que, además, tuvo la fortuna de ser elegido por el Chicago en el draft de la NBA. Y que luego jugó siempre en Chicago: uno de los mercados más importantes de la NBA. Si le hubiera elegido el Cleveland, nadie tiene garantías de que un jugador de su calibre, de su carisma, y de su desmesurada ambición ganadora se hubiera quedado allí, en el Ohio profundo, para siempre.
LeBron James es un deportista moderno en una era moderna que propicia el triunfo inmediato y la recompensa inmediata. Y, muchas veces, sin que ese triunfo requiera el esfuerzo y el sacrificio que tal vez otros deportistas de otras épocas sí necesitaron.

LeBron pertenece también a una era en la que el entorno -y en su caso particular “su” entorno- es una parte integral de la personalidad de un deportista; dentro y fuera del campo. No hace falta explicarle al amigo lector cuánta gente ha adulado al Elegido a lo largo de todos estos años. Y, además, esa gente siempre le ha adulado como a una suerte de Superman. Por eso, la esencia de lo que dice MJ es, en ese sentido, muy fácil de interpretar. Se trata de saber si este Superman es de verdad un Superman o de si es un Robin.

Supongo que en el caso de LeBron ha de serle muy difícil abstraerse a su entorno. Supongo que cuando alguien te dice, desde que tienes 8 años más o menos, que eres un grande, acabas por creértelo. Por eso, si te dicen que tienes que anunciar en qué equipo vas a jugar la temporada próxima en la NBA, y que para ello has de participar en un show televisivo absolutamente esperpéntico e incalificable, asumes que lo que te recomienda tu entorno es tan cierto como el sol de la mañana.

No cabe duda de que el Miami ha sido el gran beneficiado de toda esta operación que ha confirmado a Bosh y a James como jugadores de los Heat, junto al maestro de ceremonias, el gran D-Wade. Los Heat han contado con la inestimable ayuda de Pat Riley, el ejecutivo que maniobró en la oscuridad –en más de un sentido- para conseguir al trío de estrellas. Y utilizaron también a Alonzo Mourning: un buen tipo que puso sus maltrechos riñones –literalmente- sobre la mesa para convencer al Elegido y a sus amigos de que jugar en el Miami y en Miami era su lugar en el mundo.

Los Heat no son culpables en esta historia. Para nada. Los Heat sólo han sabido jugar muy bien sus cartas en el momento adecuado. Han cuidado flecos que en toras eras no era necesario cuidar, pero que hoy en día son absolutamente imprescindibles cuando tratas con estrellas rutilantes del calibre de LeBron.

Dicho de otro modo: el entorno de LeBron está muy feliz y muy bien cuidado en Miami. Gracias al dinero y a la generosidad del dueño de los Heat, Mr. Ted Arison, que no ha escatimado en esfuerzos para lograr que El Elegido y su amplio “entourage” se incorporaran al proyecto.

En el plano deportivo, los Heat han hecho algo que ya antes habían hecho otros: Lakers y Celtics incluidos. En la NBA moderna es una regla de obligado cumplimiento que necesitas a dos grandes jugadores en tu plantilla para aspirar al título de campeón. Así que si puedes tener a tres de esas estrellas en tu roster, en vez de a dos, el camino será, a priori, más sencillo.

Así que ahora sólo cabe esperar que LBJ madure como jugador y como persona en Miami, y en el Miami, en compañía de Wade y de Bosh. Y, por supuesto, al lado de su amplio y variopinto entorno: que es verdad que no siempre han tomado las mejores decisiones para su patrocinado, pero que es una parte esencial del jugador. Es parte del paquete, digamos.

Cabe esperar también que LeBron madure bajo la tutela de Pat Riley y de Alonzo Mourning: dos tipos muy respetables ambos. Aunque el primero haya bajado a las alcantarillas en esta ocasión para traerse a James al Sur de la Florida. Supongo que el fin justifica los medios: incluso para un tipo tan recto como Pat Riley.

Y, finalmente, cabe esperar que LeBron James pase de ser un “Scottie” a ser un verdadero “Michael”. Que no es poco.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 21:30 17 Comentarios
 
MIéRCOLES, 14 DE JULIO DE 2010

CARTA EN FORMATO COMIC SANS

Es obvio que el dueño de los Cleveland Cavaliers, Mr. Dan Gilbert, debió de enfadarse mucho cuando escuchó a LeBron James decir en un show televisivo -que los ejecutivos de la cadena ESPN decidieron llamar “The Decision”- que se iba al Miami y a Miami a buscar anillos y gloria de campeón.

No entraremos aquí a valorar el show en cuestión –adecuadamente etiquetado en el lenguaje televisivo estadounidense como “The Decision Extravaganza”- porque otras voces mucho más sabias que la mía en este noble arte de los medios de comunicación modernos ya lo han hecho. Tampoco es ahora excesivamente importante señalar lo obvio: que semejante número no le ha venido bien a la imagen de LeBron James: al menos a corto plazo. Ni tampoco mencionaremos que el Comisionado de la NBA, Mr. David Stern, un hombre generalmente muy proclive a que las gentes de su ensemble salgan en los medios, haya criticado el evento en cuestión sin ambages.

A mí lo que realmente me interesa –y lo digo además desde un punto de vista de interés casi antropológico- es la carta abierta que envió Mr. Gilbert a los aficionados y que se colgó casi inmediatamente después de “La Decisión” en la página web oficial del Cleveland. Creo que todavía sigue ahí:

Pues bien, hoy, cuando ya han pasado algunas jornadas desde el día de autos, la carta me sigue produciendo una suerte de fascinación inexplicable. Sí, porque entiendo que la misiva dibuja el perfil de un propietario de un club de la NBA, de los Cleveland Cavaliers en este caso, y de un billonario, Mr. Dan Gilbert, cuyas ideas no auguran nada bueno para el futuro de la NBA. Sobre todo porque los hermanos de armas de Mr. Gilbert, esos nuevos propietarios que hicieron fortuna en la era de las empresas punto.com y que luego compraron un club de la NBA, se sienten solidarios con él.

Veamos. Es comprensible que Mr. Gilbert se sintiera muy mal, muy agraviado, muy frustrado, y hasta muy humillado por la decision de LeBron. Al fin y al cabo, y aunque estas son cosas siempre muy difíciles de probar, LeBron tenía un plan –junto a Bosh y Wade- que ha bordeado, cuanto menos, la colusión (prácticas de cártel para entendernos) y que ha dejado al dueño de los Cavs en una posición comprometida.

Pero lo que es objetivamente cierto es que esa carta de Mr. Gilbert a los fans es todo un canto a la estulticia, escrito en prosa. Y, lo que es mucho peor desde luego, escrito en letra Comic Sans.

Como podrá ver el amigo lector, si ha podido ver y leer el contenido de la carta es que la misiva es, básicamente, un ataque de cabreo puesto en letra Comic Sans sobre un documento en blanco del Microsoft Word. Por cierto, gente de los Cavs asegura que la carta pasó un par de filtros por parte de la gente de Comunicación del club antes de ser publicada. De lo que se deducen dos cosas: una, que, obviamente, los de Comunicación no hicieron muy bien su trabajo ese día. Y otra, que si esa carta final pasó dos filtros previos, no quiero ni pensar cómo sería el primer borrador.

En la carta final a los fans, Mr. Gilbert asegura que el compromiso de ganar un título, ahora que se ha marchado “el traidor LeBron”, es todavía mayor que antes. También condena a James por su pecado a una suerte de maldición bíblica que, Según Mr. Gilbert, le impedirá conseguir un título de campeón de la NBA en Miami y en el Miami.

No cabe duda de que la carta en cuestión está escrita en un momento muy acalaorado del Señor Gilbert y hay en ella un par de párrafos en mayúscula y en cursiva que supongo que son para que la gente perciba que el dueño de los Cavs está definitivamente muy cabreado con LeBron.

Al fin y al cabo, las emociones son las emociones y generalmente sacan lo peor –o a veces lo mejor- de la gente. Eso puede ser incluso perdonable.

Pero escribir la carta usando la fuente Comic Sans es absolutamente imperdonable.

Asumiendo que el amigo lector y yo nos estamos comunicando por Internet y asumiendo también que todos hemos escrito al menos algunos párrafos usando el programa Word, convendremos en que la fuente Comic Sans está siempre asociada a las felicitaciones infantiles, a esas cartas escritas por niños de la era Windows. La Comic Sans no es una fuente, digamos, seria.

De hecho, aparte de la multa de 100.000 dólares que le ha impuesto el Comisionado Stern al propietario Gilbert, por su contenido, tal vez a Mr. Gilbert le habrían tenido que imponer otra al menos de igual cuantía por la fuente elegida para comunicarse con los fans. Hubo gente que llegó a pensar, incluso, que la cosa era una broma o bien que algún hacker había penetrado en la página web de los Cavs con intenciones muy aviesas.

Créame el amigo lector que no se trata de elitismo. Se trata de formas. Personalmente, dudo mucho que Mr. Gilbert haya mandado jamás una carta de negocios en letra Comic Sans en su mundo de los Préstamos Rápidos. Pero ya se sabe que el microcosmos del deporte es para mucha gente un ente aparte. Y es sabido también que los millonarios –y más aún los billonarios- tienen una cierta bula. Las gentes que tienen una tarjeta American Express Centurión como si quieren escribir la carta en papiro egipcio.

La decisión de LeBron James de firmar con el Miami fue un momento cargado de emociones. Es obvio que tuvo que ser un palo muy duro para las gentes de los Cavs y para todo el Estado de Ohio: el actual MVP de la Liga NBA abandona el club de su tierra -sin haber conseguido un solo anillo de campeón, claro- para unirse a otro club que aspira a ser campeón en el futuro inmediato. A costa de los Cavaliers, por supuesto.

Uno cree entonces, por un instante, que valores como la lealtad, la integridad y el coraje están en desuso en estos tiempos. Esos son valores que forjan el carácter de los líderes. Y uno constata entonces que el gran LeBron James, considerado por muchos el líder de la NBA, desde luego no abraza esos valores.

Hasta que le cuentan a uno que Kevin Durant, la perla del Oklahoma City, ha ampliado su contrato por unos cuantos años más con su actual club. Y que, además, una vez firmados los papeles, el chaval ha vuelto al gimnasio y se ha puesto a entrenar. Y que,, una vez duchado, lo más que comenta a los chicos de la prensa es que está muy a gusto con su equipo. Y entonces vuelves a pensar que mientras haya un Kevin Durant, o un Dirk Nowitzki, en la NBA, esta Liga tiene todavía una posibilidad de salvación.

La carta de Dan Gilbert se ha convertido en un clásico justo desde el momento en que se publicó: tanto por el estilo en el que está escrita, como por el uso de esa fuente infantil llamada Comic Sans. Y ni es una carta impregnada de racismo –como ha dicho el Reverendo Jesse Jackson- ni tiene porqué deducirse de ella que Mr. Gilbert sea un racista irredento. Sólo un necio con una amplia cuenta bancaria.

Pero lo que sí produce esa carta es una cierta sensación de pavor. Ver al dueño de un equipo profesional escribir como un niño de cinco años no es agradable. Sin embargo, produce una tristeza aún mayor ver como Mr. Gilbert no sólo escribe como un niño de cinco años sino que actúa como un niño de cinco años al que le acaban de quitar su dulce o s juguete preferido.

Uno cree entonces, por un instante, que los valores que sostiene Mr. Gilbert y que refleja ampliamente en su carta, son los valores de un hombre que no ha entendido nada de nada de lo que significa ser el propietario de un club de la NBA. Que el monstruo no es tanto LeBron sino quien ha alimentado a ese monstruo.

Entonces uno espera que la furia de Mr. Gilbert sea sólo un hecho aislado, casi excepcional. Pero cree que los demás dueños seguro que sí entienden de qué va todo esto.

Hasta que uno lee que otros dueños de la fraternidad de la NBA, coetáneos muchos de ellos del propio Mr. Gilbert: entre ellos Robert Sarver (propietario del Phoenix), o Marc Cuban (dueño del Dallas), aseguran que sienten lo mismo que él y se solidarizan con él al ciento por ciento.

Y luego uno ve como otros propietarios de la Liga NBA entran en una espiral casi esquizofrénica de firmar contratos estratosféricos a jugadores normales: al hilo del efecto dominó provocado por la marcha de LeBron James, y de Crhis Bosh, al Miami.

Entonces uno piensa que la NBA va irremediablemente abocada a un cierre patronal en 2011. Y no tanto para que los dueños se protejan de la inflación, o de los jugadores desleales y egoístas como supuestamente han sido algunos en este verano de 2010.

Uno se da cuenta entonces de que los propietarios de la NBA necesitan el lockout para protegerse de sí mismos.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 20:56 14 Comentarios
 
MARTES, 06 DE JULIO DE 2010

LEE

Esta columna también podría haberse titulado: “Cuando decidas fichar para reconstruir mira bien a quién desechas”.

Sí, porque en este tiempo en el que la locura de los fichajes de los agentes libres que estos días nos trastorna a todos –qué bien hace mi colega Antoni Daimiel cuando dice que le avisen “cuando se acabe todo esto”- me gustaría escribir sobre un jugador de los Knicks, que además de jugar en los Knicks “es” de los Knicks. Y que, muy probablemente, se va a marchar para dejar hueco salarial a esas (reales y supuestas) máximas superestrellas del baloncesto mundial que el Nueva York está vivamente empeñado en fichar.

No se puede discutir que los Knicks de Nueva York acaban de comprar a una estrella legítima de la NBA. Por una vez, y espero que sirva de precedente, los Knickerbockers han fichado a un jugador que no es un “has been”, o sea ese tipo de jugador que solía ser grande pero que ya no lo es. No; esta vez los Knicks han fichado a un jugador que está situado entre los 15 mejores de la Liga. Esto es un dato objetivo.

Se trata de Amaré Stoudemire, la antigua estrella de los Phoenix Suns, quien acaba de firmar un suculento contrato de 100 millones de dólares para vestir de azul y naranja durante las cinco próximas temporadas. Un lujo un poco caro para el New York, sin duda, pero un indicativo de que, por lo menos, la nave se mueve. Y, aparentemente, esta vez parece que sí, zarpa con un rumbo coherente por primera vez en muchos años.

Vaya por delante que tengo un enorme respeto por el actual presidente de los Knicks, el veterano Donnie Walsh. Y hablando de Amaré, hay que decir que su fichaje parece indicar que el comienzo de la reconstrucción ha comenzado ya. Así que, por lo tanto, el reino -de terror- que se vivió bajo el mandato de Isiah Thomas, siempre consentido por el propietario/niño de papá James Dolan, claro, parece estar llegando a su fin.

No es ningún secreto que los Knicks pretenden fichar a otra estrella de la NBA en situación de agente libre. Especialmente a uno de entre estos dos: LeBron James o D-Wade. Como todo el mundo sabe, los Knicks preferirían fichar especialmente al primero. Lo cual es muy lógico desde la perspectiva del Nueva York.

Por cierto, Stoudemire, ha dicho, incluso antes de firmar su contrato, que va a hacer proselitismo con sus amigos James y Wade para que al menos uno de los dos recale en la Gran Manzana y juegue junto a él en estos nuevos Knicks. Pronto comprobaremos su capacidad de persuasión.

El amigo lector sabe que nunca me gusta afirmar nada con rotundidad. Pero creo que no me pasaré de la raya si comento que dudo mucho que LeBron o Wade recalen en el Nueva York en la hora final. De hecho, James ya dijo hace unos días que le pareció bastante mejor el proyecto de los Nets que el de los Knicks. Y que si tuviera que elegir únicamente entre las dos franquicias ubicadas a ambas orillas del Hudson, iría encantado a Jersey, y luego a Brooklyn, con el nuevo dueño ruso del club, Mr. Mijail Prokhorov.

D-Wade, por su parte, tiene “Miami” en su mente desde el principio. Y a su buen amigo Chris Bosh junto a ese “Miami” en el otro hemisferio de su cerebro. En realidad, si ha de haber una sorpresa en la decisión final de Wade -que no creo que la vaya a haber- de no quedarse en la Florida esa sorpresa será seguramente Chicago; dudo mucho que sea Nueva York o cualquier otro club de la NBA.

Así que el Plan B –que en realidad suena más a Plan C- de los Knicks ya les lleva a hablar de, y con, jugadores como Raymond Felton (de Charlotte) o Jordan Farmar (de los Lakers): ciertamente muy buenos profesionales ambos, pero creo que bastante lejos del nivel que necesita a su lado el bueno de Amaré para sacar a los Knicks del fango de una buena vez.
Pero hay otra derivada en toda historia de fichajes finalmente conseguidos, de transacciones que no llegan a buen puerto, y de francos desamores que jamás vestirán la camiseta de los Knicks de Nueva York.

Esa derivada es: ¿Qué se van a dejar –o qué se pueden dejar- los Knicks de Nueva York en el camino hacia esa Arcadia del pasado victorioso y glorioso de otros tiempos?.

Pues, básicamente, su propia historia.

Es bien sabido que los aficionados de los Knicks tienen en sus oraciones a un equipo cuyos nombres son recitados casi en forma de letanía por los fans más veteranos: y por muchos nuevos fans también. Se trata del equipo de los años 70: el mítico conjunto que consiguió dos títulos de campeón de la NBA, pero que, sobre todo, demostró algo muy difícil de demostrar: que la suma de las partes puede llegar a ser más que el todo.

En otras palabras: que en la Liga NBA nunca se ha visto jugar a un equipo tan en equipo como a aquel equipo de los años 70 de los Knickerbockers. Willis Reed, Russell, Monroe, Frazier, Bradley, DeBuscchere, Phil Jackson, el Coach Red Holzman. Ellos son santos entre los santos para los sufridos e irreductibles aficionados de los Knicks.

Pero los fans más jóvenes del Nueva York ya no recuerdan el tiempo –en realidad fueron varios años- que les llevó a aquellos Knicks, capitaneados por el incomparable Willis Reed, llegar a ser un equipo verdaderamente competitivo en la Liga NBA.

Eso produce un enorme contraste con lo que la gerencia del club ha hecho en los últimos años y con lo que esta nueva gerencia está intentando hacer ahora: construir un equipo ganador por la vía rápida. Es algo así como la diferencia entre cocinar una pizza al estilo de la “mamma napolitana” o meter una pizza precocinada en el microondas.

Los NY Knicks de hoy tienen un jugador en su plantilla, David Lee, cuyo estilo de juego y cuya personalidad son más propias del Nueva York de ayer que del de hoy. Su carácter, su entrega y su dedicación le unen mucho más al espíritu de aquellos Knicks de los 70 que a estos Knicks precocinados y pasados por el microondas del Siglo 21.

Los datos son incontestables: David Lee ha sido el mejor jugador del equipo durante los dos últimos años, además de haberse convertido en el primer All-Star que han tenido los Knicks en las nueve últimas temporadas. Pero, sobre todo, Lee es un jugador al que los contables de los Knicks no necesitarían pagarle su nómina para que sintiera de verdad los colores de los Knicks. El chico es, además, un firme creyente en que la luz que se ve al final de ese largo túnel por el que lleva circulando el Nueva York desde hace ya demasiados años, es el final de la oscuridad; no es un tren que viene de frente.

El chaval nunca ha ocultado su deseo de crecer con el Nueva York y de poder vivir tiempos mejores con su equipo. Pero Donnie Walsh, su jefe, tampoco ha ocultado su deseo de hacer limpieza en la plantilla y tener así dinero suficiente para fichar a dos estrellas de la agencia libre este verano. Y en esa ecuación implacable de números y de salarios, David Lee parece ser siempre la incógnita que se despeja hacia afuera; “the expendable”, el jugador prescindible de la plantilla.

La voz más razonable e inteligente de aquellos Knicks de leyenda de los años 70, el ex Senador por el Estado de Nueva Jersey Bill Bradley, lo ha dicho con total claridad: “gastarse el dinero, incluso en los grandes nombres, no trae, necesariamente, la armonía a un club”. Amén.
Pero tampoco se puede hacer mucho al respecto. La mayoría de los clubes, sobre todo los que son más grandes, siempre manejan la idea de que un jugador, y no digamos dos, les arreglarán todos los males. Craso error.

Willis Reed, menos erudito que su ex compañero Bill Bradley, lo ha expresado de una forma mucho más contundente: “Entiendo lo que [Donnie] Walsh quiere hacer. Esta es la era de la agencia libre. Pero espero que [David] Lee se quede en el equipo”.

No puede haber mejor avalista para un jugador de los Knicks, y particularmente para un hombre alto de los Knicks, que el gran Willis. Aunque lejos de su clase y de su carisma, David Lee es la versión más cercana que tienen los Knicks modernos de ese Willis Reed que siempre daba el 110 por ciento en cada partido. Lee es ese tipo de jugador al que incluso en una mala noche -de las cuales los Knicks han tenido decenas en los últimos tiempos, como es bien sabido- los fans del Nueva York nunca pueden dejar de apreciar.

Willis Reed, y con él los jugadores de aquella su generación maravillosa de Knickerbockers, siempre ha creído que una parte importante del legado de aquel mítico equipo de los años 70 fue la increíble unión que había en aquel vestuario.

Los Knicks de aquel tiempo pasaron también sus penurias, y no pocas, hasta que finalmente explotaron como un equipo verdaderamente campeón. Un conjunto que asombró al mundo por su cohesión y por su entrega total a la causa y que todavía hoy sigue siendo un referente ineludible para explicar que este juego del baloncesto sigue siendo un juego de equipo no de estrellas.

Amaré Stoudemire es un gran jugador, un jugador enorme. Pero dejo al amigo lector –que además es entendido- el veredicto sobre si el ex jugador de los Suns es mejor defensor y mejor reboteador que David Lee. O sobre si será un líder en el vestuario de los Knicks.

Mr. Walsh sueña con la gloria. Lo cual es muy legítimo. Al fin y al cabo ese es el deseo de todo ejecutivo que fichar por un club deportivo. Es lógico aspirar a la grandeza. Pero ese camino hacia la gloria total está lleno de minas muy peligrosas que pueden explotar en cualquier momento y que pueden hacer saltar, otra vez, el edificio de los Knicks.

Así que antes de que determine si David Lee es un jugador realmente prescindible para estos Knicks, tal vez el señor Walsh debería visionar algunos videos de aquel legendario conjunto de los Knickerbockers de los años 70.

Y entonces decidir si David Lee encaja o no en estos Knicks de ahora.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 21:12 12 Comentarios
 
MIéRCOLES, 30 DE JUNIO DE 2010

JOHN CALIPARI Y RAMONET

Una vez concluido el Draft de la NBA, nadie duda de que el hombre del momento fue –es- John Wall, el magnífico jugador del equipo de la legendaria Universidad de Kentucky. Su elección no sólo glorifica a la estrella de los Wildcats como el base que llega a la Liga NBA con más fanfarria desde los tiempos de Allen Iverson, sino que da esperanza a una franquicia realmente necesitada de buenas noticias de futuro: los maltrechos Wizards de Washington.

Pero nadie duda tampoco que los grandes triunfadores de esa noche llena de magia, juventud, y promesa de futuro que es el Draft de la NBA fueron los jugadores del Kentucky. Hasta cinco fueron elegidos en la primera ronda de la Selección. Y tres de esos cinco chavales estuvieron en puestos de lotería, o sea dentro del Top 14. Un logro, sin duda alguna, francamente muy meritorio.

Sin embargo, tampoco nadie duda de que el gran protagonista de la noche del Draft fue John Calipari, el celebre técnico de los Wildcats de Kentucky. Muy pocas veces, por no decir nunca, las cámaras de televisión de la cadena que cubre el Draft de la NBA durante estas últimas temporadas, la ESPN, se han detenido tantas veces en la imagen de un entrenador universitario durante la ceremonia de selección. En esta ocasión Mr. Calipari estuvo más tiempo en pantalla que cualquiera de sus jugadores-estrellas: integrantes, al fin y al cabo, de ese sensacional quinteto que consiguió meterse en el Top 30 del Draft: haciendo historia con ello, de paso.

Entonces ocurrió. En un momento seguramente muy exultante de la ceremonia que glorificó a estos Wildcats modernos, el Coach John Calipari respondió así a una pregunta de la reportera de la ESPN Heather Cox: “Me gustaría decir que este es el día más grande en la historia del programa de baloncesto de la Universidad de Kentucky y el día más grande para loa Universidad de Kentucky”.

¿Realmente se creerá eso el Coach?. ¿De verdad piensa que el meter a cinco de sus chicos en la Primera Ronda del Draft de la NBA –con todo el mérito que tiene, por supuestos- supera los logros de un programa histórico que ha ganado 7 títulos de campeón, siete, de la NCAA, que ha sido subcampeón tres veces más, y que ha jugado un total de trece Final Fours?. Yo no lo creo. Más bien creo que esa declaración va de otra cosa.

Es cierto que los chavales del Kentucky –promoción de 2010- fueron un poder considerable durante toda la Temporada Regular; y luego ganaron el título de campeones de su Conferencia, la SEC. Pero, llegado el momento de la verdad, no consiguieron clasificarse para la Final Four y, lógicamente, tampoco ganaron el título.

Así que me parece que, comparado con la historia victoriosa de esta institución, eso de meter cinco jugadores en la primera ronda del Draft no puede ser comparable a todos los logros conseguidos a lo largo del tiempo. Eso no se corresponde ni con la tradición, ni con los estándares del mítico equipo de Kentucky.

Dan Issel, un legendario ex jugador de los Wildcats -que jugó y entrenó después en la NBA durante muchos años- contestó al Coach Calipari de manera bastante directa y contundente en las páginas del prestigioso diario Lexington Herald-Leader: “Esa es la mayor gilipollez que he oído en mi vida”.

El bueno de Dan Issel es un casi un semidios en el campus de Lexington. El hombre, un pivote duro y rocoso donde los haya, se dejó, literalmente, los dientes en la cancha del Kentucky. Cuentan que en una ocasión el hombre corrió el contraataque con varios dientes en la mano: algunos eran propios y otros parece ser que pertenecían a algún rival.

Ni que decir tiene que hablar del equipo de basket del Kentucky es hablar del legendario entrenador Adolph Rupp. Es hablar de aquellos magníficos, y enormes, jugadores de los Wildcats de los años 80, dirigidos por Joe B. Hall, y varios de los cuales acabaron jugando en España: en su mayoría gracias al técnico Manel Comas, que siempre fue un genuino admirador del programa de los Wildcats. Es hablar de la era de Rick Pitino, porqué no. Es hablar de “Los Intocables” del año 96, y de los ganadores del 98.

Por eso, lo que creo que el Entrenador John Calipari está diciendo en realidad no tiene nada que ver ni con la historia, ni con la tradición, ni con el orgullo, ni con los días heroicos del pasado en Kentucky.

El Coach Calipari es un hombre muy pragmático que conoce perfectamente el secreto del baloncesto universitario moderno: reclutar muy buenos jugadores. A él le importa poco si los chicos fichados por el Kentucky están uno, dos, tres o cuatro años en el campus de Lexington. Lo importante par aél, y por supuesto para los dirigentes de su universidad, es tener a todas esas estrellas de la competición escolar en la plantilla y ganar partidos; muchos partidos; cuantos más, mejor.

Así que, en realidad, me parece que lo que dijo el Coach Calipari acerca de la noche histórica se traduce en realidad por esto: “Chaval estrella de instituto que me estás viendo; mi mensaje es este: ganemos o perdamos en la competición de la NCAA, yo puedo hacerte muy rico”.

Cualquier aficionado que piense que esa declaración de Calipari no fue sino una buena, soberbia, estrategia de ventas, o es un romántico empedernido, o lleva tiempo fuera de este mundo.

Con el debido respeto que se merecen John Calipari, y su Némesis, Rick Pitino, ambos son unos vendedores natos. Pitino es un artista de la venta, sin duda. Pero Calipari tiene, además, un encanto innato; ese toque especial que hace que no ya el jugador reclutado sino su propia abuela, y toda la familia unida con la yaya en su fascinación, caigan rendidos ante la capacidad de convicción que posee el Coach Calipari.

Mi colega de SOLOBASKET Álvaro Martínez, valenciano que ejerce de tal, podría explicar esto seguramente mejor que yo. Pero voy a intentarlo de todos modos.

En Orihuela –Oriola en valenciano- se celebra el día de San Antón un concurso muy original: el de charlatanes. Una competición que empezó siendo estrictamente oriolano, que luego se convirtió en nacional, y que ha acabado siendo internacional porque, si no recuerdo mal, hace un par de años lo ganó un uruguayo.

En ese concurso, la capital de la Vega Baja premia a los charlatanes, habitualmente vendedores ambulantes que ofrecen su mercancía con un estilo muy singular. Realmente, el hombre que ideó ese concurso, con el patrocinio de Radio Orihuela de la Cadena SER por cierto, fue un tal Ramonet, ya fallecido, que era famosísimo en el País Valenciano por su increíble capacidad verbal y por su arte para vender lo que fuera. Literalmente.

En una ocasión, el genial Ramonet vendió algo que me resulta muy cercano porque pasé muchas veces por debajo de él durante mis años de infancia: el buen hombre vendió el Acueducto de Segovia, arco por arco, a ocho millones de las antiguas pesetas cada arco; y de regalo, la sombra que dan. No es un invento, lo juro. Así lo recogió en su momento, en noticia de última página, el diario El País.

Pues bien, para poner al Coach Cal en su contexto: John Calipari relegaría a Ramonet, si el buen oriolano estuviera todavía entre nosotros, a la medalla de plata del concurso de los charlatanes. Tal es su arte para vender el producto.

Pero, bromas aparte, en realidad, la frase de Calipari es también un indicativo – ybastante preocupante, por cierto- de por donde van los tiros en el baloncesto universitario estadounidense ahora mismo. Hasta hace unos años, el objetivo principal de la mayoría de las instituciones, y de la mayoría de los entrenadores de la NCAA también, claro, era formar jugadores primero. Luego que los chicos se graduaran en la universidad. Y finalmente, si se daba el caso, ganar; aspirar seriamente al título de campeón.

Ahora, el estilo de John Calipari se impone en la competición colegial. Los equipos universitarios se han convertido en algo así como una seurte de equipos filiales de los clubes de la Liga NBA. Ahora, en estos tiempos, ganar importa cada vez más; formar jugadores importa cada vez menos; y, ya finalmente, que se gradúen, con toga y gorra y diploma de licenciatura, importa muy poco.

De modo que, si el objetivo de este Kentucky del Coach Cal es alimentar a los equipos de la NBA, entonces esta pasada noche del Draft sí fue en verdad el día más grande en la historia del programa de los Wildcats. Pero si el objetivo de los Gatos Monteses es ganar un título de la NCAA, entonces no fue precisamente su noche más hermosa.

Lo que sí es categóricamente cierto, absolutamente incontestable, es que la NBA jamás, nunca, había tenido cinco jugadores de la misma universidad elegidos en la Primera Ronda del Draft. Y también es muy cierto que los Wildcats jamás habían tenido, hasta el pasado día 24, un número 1 en la Elección. Así que, en ese sentido, sí que fue un logro realmente histórico.

En ese contexto es incluso comprensible que Calipari hiciera ese comentario. Al fin y al cabo, Kentucky sabe qué tipo de entrenador fichó y el Coach sabe muy bien lo que quiere Kentucky. Su declaración puede parecer arrogante y ególatra, pero si uno mira objetivamente a esta promoción de 2010 –y por supuesto a la que viene en 2011- no se puede negar que Joh Calipari recluta a los mejores jugadores escolares del país.

Gracias sin duda a esa capacidad, innata, de vender todo lo vendible. Si el difunto campeón de charlatanes, el gran Ramonet, llegó a vender los arcos del Acueducto de Segovia, John Calipari hubiera vendido el Acueducto, el Alcázar y la Catedral, en el mismo paquete, y además las hubiera enviado a portes debidos. En el Arte de las Ventas, el Coach Cal es sencillamente insuperable.

Pero lo que no puede vender –por lo menos a mí- es que conseguir que cinco de sus chicos sean elegidos en la primera ronda del Draft de la NBA, sin haber logrado nada significativo en el campo de la NCAA previamente, sea calificado como el momento más histórico en la leyenda de los Gatos Monteses del Kentucky.

Una universidad que de eso, de momentos históricos, va bastante bien servida.
 

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 10:51 7 Comentarios
 
LUNES, 21 DE JUNIO DE 2010

HÉROES DEL DIVÁN

El reciente título conquistado por los Lakers de Los Ángeles la semana pasada nos ha dejado algunas cosas muy claras: que Kobe Bryant sigue siendo el jugador determinante y decisivo en estos Lakers ya dieciséis veces campeones. Y que a pesar de lo estratosférico que pueda llegar a ser un jugador, y Kobe Bryant últimamente se pasa más tiempo en la estratosfera que en la tierra, ningún equipo, ningún jugador, ninguna estrella, puede ganar un anillo por sí solo.

En ese orden de cosas, el hombre de aquí, Pau Gasol, se confirma como el compañero más decisivo del héroe nominal de los angelinos: algo así como el Robin de Batman para entendernos. Y, por supuesto, el técnico Phil Jackson se mantiene en la cúspide de su oficio: ya con once anillos de la NBA conquistados. Dos más que Red Auerbach, el mítico entrenador de los Celtics de Boston. Dos más, para alegría del mentor de Jackson, el inolvidable técnico de los Knicks –y enemigo acérrimo del Coach del Boston, por cierto- el otro Red legendario: Holzman. Le supongo sonriendo con este 11-9 dondequiera que esté.

Y luego aparece la figura de Ron Artest. Artest, no hace falta decirlo, es uno de los jugadores más controvertidos de la NBA: sobre todo tras su atroz incidente en el Palace de Auburn Hills cuando era jugador del Indiana. Y también uno de los más singulares.

Su llegada a los Lakers el verano pasado no estuvo exenta de polémica y durante casi toda la temporada ha habido una suerte de servicio de vigilancia permanente hacia él. Muchos analistas, muchos observadores y muchos aficionados no acabaron de entender el gambito que hicieron los Lakers entonces -sacrificar a Trevor Ariza- a cambio de fichar a un jugador tan “especial” como Ron Artest.

Sin embargo, y esto es lo que tiene el ganar títulos, la polémica se zanjó justo en el momento preciso de la consecución del anillo. Pero, sobre todo, el debate se acabó totalmente con la portentosa actuación de Ron en el decisivo Partido 7 de la Serie Final contra los Celtics.

Este anillo significa mucho para Artest. Tal vez por eso, sus sensaciones al final del choque definitivo frente a los Celtas no tuvieron nada que ver con las que pudieron sentir sus compañeros de viaje. Para Kobe era la consagración como jugador eterno; para Phil, aumentar su récord de campeonatos: probablemente inalcanzable durante largos años. La confirmación de la gloria -y no sólo nacional, por supuesto- para Pau Gasol.

Para Ron Artest este título supone el final de un camino; significa ver la luz al final de un largo túnel. Sí, porque el hombre puede echar la culpa de muchos de sus males a muchas gentes, pero nadie duda de que el mayor inductor de todos esos males, de toda esa frustración contenida, ha sido el propio Artest.

Su celebración del título fue por eso muy atípica. Sobre todo para un hombre que siempre presumió de venir de eso que llaman genéricamente “malas calles” y con fama de ser un tipo muy duro e implacable. Y es probable que más de uno de sus amigos callejeros haya pensado que sus lágrimas en el momento del éxtasis sean muy poco compatibles con la cultura de virilidad que tienen como bandera los tipos como Ron Artest y sus compadres.

Por eso, ver llorar al hombre al que una vez el Comisionado David Stern considero el Enemigo Publico Número 1, blandiendo una botella de champán como estandarte, es una visión de redención; es mucho más significativo de lo que parece.

Cuentan que el hombre se hartó de enviar y de recibir mensajes a través de su Blackberry. Eran de sus amigos, de sus seguidores en las redes sociales, de la familia, de sus allegados, de sus agentes, de sus patrocinadores. Es lógico: siempre se ha dicho que la victoria tiene mil padres, pero que la derrota tiene sólo una madre.

Pero, para mí, sin embargo, el mensaje más emotivo que envió Artest fue uno que no mandó ni a través de Twitter, ni de Facebook. El mensaje más emotivo, el más elocuente de todos, fue uno que mandó a su psiquiatra. “Por darme la fuerza necesaria para creer en mí”, cuenta el psicoterapeuta que decía ese maravilloso mensaje.

Durante mucho tiempo, la labor de los psicoterapeutas deportivos ha estado muy mal entendida. Seguramente por pura y simple ignorancia. Tal vez haya sido –sea- por la creencia, manifiestamente errónea, claro, de que un deportista tiene que limitarse a intentar cumplir sus metas: a meter goles, a hacer canastas, a correr más rápido o a hacer muy bien lo que quiera que haga bien en el mundo del deporte.

Recuerdo las críticas que recibió en su momento el psicólogo que incorporó el Real Madrid (división de fútbol) el entrenador Benito Floro. Las fuerzas vivas del periodismo deportivo de aquel tiempo vejaron, ridiculizaron y humillaron a aquel hombre sin pudor alguno. Siempre he creído que toda esa incomprensión vino dada porque, en la cultura predominantemente machista que impera en el mundo del deporte, la mera idea de que un atleta necesite acudir a sesiones de psicoterapia se percibe casi como un anatema.

De hecho, muchos deportistas que conozco en los Estados Unidos suelen todavía ocultar que acuden a ver a un psicólogo, o a un psiquiatra, para tratar de alejar y de conjurar sus demonios interiores. O, simplemente, para sentirse mejor.

Cuando en los años 80 conocí a (un entonces joven) Dennis Rodman -a través de Bill Pollak, mi colega y sin embargo amigo- que era su agente en aquel tiempo, una de las cosas que más me llamó la atención es que aquel chaval acudía regularmente a la consulta de una psiquiatra. La doctora, una enorme profesional y una persona realmente encantadora, por cierto, tenía con el singular Dennis una relación casi materno-filial sin olvidar nunca su sitio. Rodman siempre fue –y todavía es y siempre será- Rodman, pero aquella piscoteraeuta nos explicó con una precisión casi milimétrica el perfil psicológico de aquel chaval que parecía peleado con el mundo entero y que desconfiaba hasta de su sombra.

Entre otras cosas, aquella doctora no explicó que aquel chico tan prometedor, y que tanto gustaba a los Pistons, provenía de un hogar muy desestructurado: sin presencia ni referencia paterna alguna. Y que, por lo tanto, consideraba al Detroit su familia y al difunto entrenador Chuck Daly como a un padre. Y aquella señora vaticinó, sabiamente, que el día en el que Dennis abandonara los Pistons de Detroit, se convertiría en un ser imprevisible y seguramente conflictivo. No hace falta decir que la doctora dio en el clavo con su análisis.

Ron Artest ha tenido también sus propios demonios interiores. Alguno de ellos compartido con Dennis Todman. Y otros, la mayoría, por cortesía de la casa. El principal demonio de Artest ha sido el escaso control de su tremenda furia interna: un “anger” que habita en él, seguramente desde hace mucho tiempo, y resultado de muchas malas experiencias acumuladas.

La falta de autoestima, la rebeldía como expresión de múltiples frustraciones, la llama de lo que él siempre ha definido como “su fuego interior incontrolable”. Un coctel explosivo; una bomba de relojería capaz de estallar al mínimo roce con el mundo exterior y de hacerlo, además, en las circunstancias más imprevisibles.

Por eso me parece que esa dedicatoria a su psiquiatra es también un reconocimiento general a unos profesionales que, particularmente en el mundo del deporte, no siempre han estado ni bien entendidos, ni bien considerados, ni bien apreciados.

Siempre he contemplado a este gremio de profesionales del diván como a un elemento no solamente necesario sino esencial en el mundo del deporte. Tenemos aquí un seguidor habitual, Shifty, a quien, como sabe el amigo lector, ya he hecho referencia en otras ocasiones. No le conozco personalmente, ni sé quien es. Sólo sé que una vez nos dijo que es psicólogo de profesión, que ama el baloncesto y que nos ilumina no pocas veces con sus siempre agudos y precisos comentarios. Así que supongo que él podrá añadir algunas cosas muy interesantes a esta modesta columna: que, en realidad, sólo pretende dejar constancia de lo importante que siempre me ha parecido la psicoterapia en el mundo del deporte.

En esa línea, me parece que el gesto de Ron Artest hacia –en palabras suyas- su “shrink” (algo así como su “loquero” en la traducción al castellano) nos descubre dos cosas: una, que este chaval otrora peleado con el mundo parece estar cada vez más en paz consigo mismo. Por supuesto, principalmente gracias a su propio esfuerzo. Pero también gracias a la enorme –y siempre anónima- labor profesional de su psicoterapeuta.

La otra cosa que me descubre este gesto de Ron Artest hacia su “loquero” es que estos profesionales son ángeles sobre los hombros de muchos deportistas. Seres que les ayudan a desatar no pocas veces muchos nudos. Que ni el mejor Maestro del Zen, ni el mejor gurú de la ofensiva en triángulo, ni ningún compañero de vestuario, por muy estelar que sea, pueden siquiera ayudar a desatar.

Son héroes del diván.

Por MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA a las 22:17 14 Comentarios
 

MIGUEL ÁNGEL PANIAGUA


Es uno de los periodistas españoles con más reputación cuando se habla del baloncesto de los Estados Unidos. En radio, ha trabajado para la Cadena COPE desde 1986 hasta la temporada 1991 1992, y desde la 1992-1993 lo hace para la Cadena SER, participando en espacios tan populares como el Carrusel Deportivo. En prensa, le hemos leído en medios de tanto prestigio como el diario EL PAÍS o la Revista Gigantes.

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