Cada mes de marzo, cuando llega la Locura de Marzo de la NCAA, dondequiera que escriba una columna o un artículo sobre la NCAA, suelo comentar muy brevemente algunas cosas muy evidentes: que ya estamos en la época del Torneo final a 65; quién es el jugador cuya calidad es más notoria y al que todos afirman que hay que seguir sí o sí: John Wall, la estrella del Kentucky es este año ese jugador elegido. También suelo ir contracorriente para decir que a mí me gusta más otro jugador, el que no gusta a todos: este año, llevo tiempo diciendo que ese “otro” es Evan Turner, el prodigio del Ohio State. Y, luego, acabo dando mis cuatro equipos favoritos para la Final Four. Y, algunas veces, pocas, hasta acierto. Este año intuyo que esos cuatro finalistas serán Syracuse, Duke, Kansas y West Virginia; asumiendo que caerá un gran favorito como es el Kentucky de, precisamente, John Wall.
Pero también, cada mes de marzo, entre tanta locura desatada dentro y fuera de la cancha –este año la locura del momento es que la NCAA pretende expandir el ya masificado Torneo Final hasta incluir a 96 equipos- suelo escribir sobre un viejo conocido: sobre John Wooden, el mítico entrenador de UCLA. El hombre que ganó diez títulos de la NCAA, siete de ellos consecutivos. Un genio tan viejo que el próximo mes de octubre cumplirá un siglo. Un sabio cuya filosofía existencial sigue siendo, a mi juicio, un antídoto contra la locura que nos invade en este tiempo y que no se circunscribe sólo al mes de marzo.
Hace un par de meses, en el transcurso de una presentación para empresas, alguien le preguntó al venerable anciano si tenía miedo a la muerte. Una cuestión siempre muy socorrida cuando te faltan ideas en el turno de ruegos y preguntas de un seminario, pero ciertamente bastante fútil para un hombre que está a punto de ser centenario.
De todos modos, el Coach Wooden respondió con su habitual perspicacia: “No la temo, pero tampoco voy a tratar de acelerarla”. ¿Por qué habría de hacerlo? Tal vez sólo por Nellie, su esposa de siempre, que se fue en 1985 dejando un vacío irremplazable en su vida. Por otro lado, a favor de desacelerar la visita de la parca, están sus hijos, sus nietos y sus biznietos. Y también todo un ejército de sus otros hijos: los jugadores a los que en su día entrenó en la UCLA y que todavía hoy le veneran como a una suerte de guía espiritual. Y es que el Coach Wooden, en muchos casos, marcó las vidas de sus chicos para siempre.
Debo confesar que cada mes de marzo, cuando invoco al genio de Westwood utilizando el teclado de mi ordenador, siento un poco de preocupación. Me pregunto, ¿qué puedo contarle al amigo lector que no le haya contado ya a lo largo de todos estos años en EL PAÍS, en GIGANTES, en SOLOBASKET?
El amigo lector ya sabe que, para mí, el Coach John Wooden sigue siendo algo más que alguien que me honra con su memoria y con su recuerdo: se trata de un referente vital. Un ser cuya filosofía parece estar ya más que obsoleta -sobre todo en estos tiempos de gratificación inmediata- pero que sigue siendo tan válida como el primer día.
En realidad, creo que mi preocupación no es tanto por contar cosas sobre el viejo entrenador, sino por si las generaciones jóvenes podrán llegar a estar realmente interesadas en conocer la filosofía y la historia de este hombre.
¿Cómo explicarle a un chaval de la era de la MTV, de los videojuegos en 3D-HD, y de los mates de la NBA como el alfa y la omega del basket, que este entrenador prohibía las clavadas en su equipo? ¿Cómo contarle que, en una era en la que los chavales ya juegan en la NBA a los 19 años de edad, el Coach Wooden dedicaba las dos primeras sesiones de su entrenamiento anual a explicarle a sus nuevos jugadores, a sus freshmen –que en los años 60 y 70 solían tener, precisamente, 19 ó 20 años de edad- el modo ideal de colocarse los calcetines de juego y la mejor manera de anudarse los cordones de las botas?. ¿Cómo llegar a conseguir que entiendan su celebérrima Pirámide del Éxito: un diagrama de valores esenciales que ha salvado las vidas –literalmente- de algunos seres que le conocieron?.
El Coach John Wooden es, obviamente, la figura más legendaria del baloncesto universitario estadounidense. Cualquier aficionado mínimamente conocedor de este juego sabe que existe el Corte UCLA como una jugada táctica ofensiva. Pero tal vez no todos sepan que fue este hombre, el viejo Mr. Wooden, el que en su día la ideó. Siempre digo que si hubiera cobrado derechos de autor por esa jugada, el hombre sería hoy archimillonario.
Pero la verdad es que su mayor sueldo como entrenador fue de 35.000 dólares anuales. Y ese fue el salario que percibió el último curso que estuvo dirigiendo a UCLA; el año del décimo título. Wooden vive en su misma casa, en Encino, desde hace 40 años. Jamás ha tenido un coche mínimamente elegante, ni ha cambiado de barbero, ni de sastre, ni de bar, ni, por supuesto, de equipo. Es un ser tan especial que, durante 17 años en UCLA, solía barrer la cancha antes de empezar el entrenamiento con sus Bruins.
Decir que John Wooden siempre tuvo unos principios muy sólidos, en el baloncesto y en la vida, es una obviedad. De hecho, de puro sincero, el Coach ha sido, muchas veces, políticamente incorrecto; por supuesto, sin pretender nunca serlo.
¿Qué es si no políticamente incorrecto asegurar –siendo un mito como es él en la ciudad de Los Angeles- que no le gustó nunca el Showtime de Pat Riley?. ¿Y afirmar que Magic Johnson no fue jamás su jugador favorito?. Al Coach siempre le gustaron más John Stockton y David Robinson. ¿Y de los de ahora?. Pues nunca le gustó Allen Iverson. Eso lo sé de buena tinta. Pero sí le gustan, mucho, Chris Paul y Timmy Duncan. También eso lo sé de muy buena tinta.
Los jugadores que siempre le han gustado al Coach, y los que todavía hoy le gustan, son siempre los mismos: sólo que con nombres diferentes y razas distintas. Se trata de jugadores serios, comprometidos con el juego; muy poco dados a jugar de cara a la galería. La clase de jugadores que hubiera encajado muy bien en la UCLA de Alcindor o de Walton.
Me viene ahora a la cabeza, mientras escribo estas líneas, una historia que nos contó una vez el Coach sobre Bill Walton y que ilustra muy bien lo que significan los principios en el organigrama vital de este entrenador legendario.
El gran pivote llegó al campus de Westwood a principios de los años 70. En aquel tiempo, Walton era el jugador más reclutado por todas las universidades del país: todos veían en él a un jugador decisivo; un fenómeno capaz de conducir, prácticamente solo, a un equipo al título de campeón de la NCAA. Al final, basando su decisión en la presencia de John Wooden como entrenador, el magnífico Bill Walton se decidió por la UCLA.
Empero, aquella era una época convulsa en la que estaba muy de moda, entre otros movimientos, la corriente hippy. El gran Bill Walton llegó a Los Ángeles con pelo largo, bigote, barba, y esa vestimenta inconfundiblemente hippy de los sesenta-setenta que hoy sólo se ve ya en las fiestas de disfraces. Enseguida, el Coach Wooden le pidió a su nuevo recluta que se cortara el pelo y que se afeitara la barba y el bigote.
Sin embargo, Bill Walton se negó. Y el hombre estuvo defendiendo, durante casi media hora, su derecho inalienable a llevar el pelo largo y a dejarse crecer la barba y el bigote. El hombre apeló a su libertad, a su legítimo derecho como individuo a tener el aspecto que quisiera, a la Primera Enmienda, a los Padres Fundadores. Enfin, apeló a todo lo apelable. El resumen final que hizo Walton de todo aquello es que no tenía porqué dar cuentas a nadie sobre su aspecto físico mientras rindiera adecuadamente en la cancha.
El Coach Wooden, como siempre muy calmado y sin levantar la voz, le dijo a Bill Walton que respetaba mucho sus ideas y le espetó, casi literalmente, que le deseaba lo mejor: “en el próximo equipo en el que juegues, Bill”.
A la mañana siguiente, Bill Walton se presentó en el Pauley Pavillion, la cancha de de la UCLA, con el pelo mucho más corto y sin rastro aparente de vello facial en su cara.
Aquellos eran, sin duda, otros tiempos. Sin duda. Pero esta anécdota, que ilustra para muchos el poder omnímodo que solía tener un entrenador de baloncesto universitario aquellos años, significa para mí algo diferente.
En una era en la que los Clippers de Los Ángeles, precisamente, han ofrecido a la superestrella LeBron James la posibilidad de elegir al entrenador y a los miembros de la gerencia deportiva si ficha con ellos para la temporada próxima; en una era en la que es mucho mejor para un entrenador acomodarse a los deseos de su vestuario –cuando no a los de sus jefes y, lo que es peor, a los de sus aficionados- John Wooden es el ejemplo palmario de un hombre con principios innegociables.
Cada mes de marzo escribo sobre John Wooden. Pero sólo mientras esté vivo. Cuando se vaya, otros escribirán ríos de tinta sobre su figura. No me cabe duda. Muy merecidamente. Pero yo no lo haré.
Y no lo haré porque no me gusta escribir elegías. Y, segundo, porque el día que nos falte John Wooden no me apetecerá contar nada de su legado, de su historia, de sus enormes logros. Ese día me sentiré, más bien, huérfano.
Porque cada vez quedan menos hombres con principios. Porque cada vez quedan menos hombres como el Coach John Wooden.
Durante las cuatro próximas semanas, el baloncesto universitario va a dominar la escena deportiva en los Estados Unidos. Es el Torneo de la NCAA. Un viaje por el abismo que genera alegría y decepción a partes iguales. Una locura juvenil que desemboca en la Final Four, la madre de todas las Finales a Cuatro que se juegan por esos mundos de Dios. La Final Four de este año se celebrará, por cierto, en Indiana: un lugar en el que el baloncesto universitario –e incluso el escolar- es una auténtica religión pagana.
El Torneo a 65 es, incluso hoy, entre tanta miseria moral que asola la NCAA, el campeonato más electrizante del mundo del deporte (teóricamente) amateur. Una especie de ritual mágico anual que nos recuerda que aquellos años de universidad fueron los mejores de nuestras vidas.
Cuando hablas con antiguos compañeros, o con compañeros que en su día fueron antiguos rivales de universidad, todos están de acuerdo en señalar que lo que realmente nos une a todos es, precisamente, nuestro equipo universitario. Un equipo que viaja siempre contigo: dondequiera que vayas. Porque, en los Estados Unidos, el equipo de tu escuela es irrenunciable; es una seña de identidad que forma parte de ti para siempre.
Esta semana algunos equipos con perfil de Cenicienta, y también con potencial de Sweet 16, como Cornell o Northern Iowa, obtendrán la clasificación automática para el Torneo. Por su parte, los mejores equipos lucharán por ser cabezas de serie en sus respectivos sectores. Luego, los equipos secundarios lucharán a muerte en los torneos de Conferencia, esperando que una victoria inesperada les dé el pase seguro al gran Torneo.
Dentro de una semana, sabremos ya como queda dibujado el célebre Cuadro –el Bracket- de la fase final de la NCAA. Una semana después, estaremos ya jugando los octavos de final, a los que las gentes de la NCAA han bautizado con ese apodo tan sugerente: “los Dulces Dieciséis”. Una semana más tarde, ya conoceremos a los privilegiados que conformarán la Final Four. Y una semana después, el campeonato habrá acabado. That’s it. Todo muy compactado, muy rápido y muy emocionante. Como ha sido siempre.
Lo que sabemos hoy sobre la competición de la NCAA no dista mucho de lo que sabíamos en el mes de noviembre, cuando empezó todo el tinglado: Kentucky y Kansas parecen ser los equipos a batir y, si no hay sorpresas en el camino, que probablemente las habrá, los dos se medirán cara a cara en la batalla por el título de campeón del curso 2010.
Y también sabemos que, quizás, este sea el último año en el que el famoso Torneo de 65 equipos tenga, precisamente, 65 equipos. Sí, porque, si prospera la idea que ahora mismo circula por los pasillos de la NCAA, el Torneo Final pasaría a constar de 96 equipos.
Esta idea tiene muchos detractores entre los aficionados, es cierto, pero también muchos partidarios: sobre todo entre los equipos universitarios, claro. Mucho creen que un torneo con 96 equipos sólo serviría para descafeinar el producto, mientras que las universidades consideran la idea como muy interesante.
Para mí está claro que este proyecto de aumentar el número de equipos en el Torneo obedece mucho más a un criterio económico más que a un deseo real de igualdad; de que los pobres también entren en el paraíso de la NCAA: aunque sólo sea durante cuarenta minutos de gloria televisada en directo.
Nunca me sorprende que los gestores de un evento deportivo tengan un ataque de avaricia y traten de sacar más beneficio del espectáculo. Al fin y al cabo, la obtención de beneficios es la primera reglar del capitalismo radical. Pero en esta decisión de aumentar el Torneo de la NCAA hasta incorporar un número tan desmedido de equipos, además de la avaricia puede haber un punto subliminal de autoaniquilación.
La expansión del torneo a 96 equipos implicará, muy probablemente, la ruina de los primeros días del torneo: esos partidos iniciales en los que una gran parte de los aficionados se identifica con el equipo más débil y espera que un pobre conjunto con el número 16 en el ranking regional destruya los sueños del cabeza de serie. Y que repita así el mito eterno de la Cenicienta en la NCAA. Una leyenda que no es sino la sublimación de esa aristofobia existencial que padece el pueblo americano: justo desde la época de su lucha por la independencia del Imperio Británico. En ese sentido, los equipos universitarios no hacen sino alimentar esa aristofobia cada mes de marzo.
Aumentar hasta 96 el número de equipos significa que habrá una ronda previa adicional en el Torneo. En el borrador del proyecto se lee que jugarían esta primera fase los equipos situados entre el número 33 y el 96 del ranking. Los ganadores se emparejarían con los 32 equipos exentos de esta nueva primera ronda. Sólo pensarlo me suena, francamente, a un gran mogollón.
Creo que, si esta expansión se lleva finalmente a cabo, se romperá la tradición. Hablo de la posibilidad real de sorpresa; de las derrotas inesperadas; de los pequeños equipos lanzando piedras a las cabezas de los gigantes y a veces derribándolos. En resumen, con esta ampliación se rompería gran parte de la ilusión que impregna desde siempre este torneo.
Detrás de este proyecto, ya lo hemos dicho, aparece, como no, el dinero. Veamos. La NCAA tiene firmado un (espectacular) contrato con una cadena televisiva: la CBS. Son 11 años de duración y 6.000 millones de dólares de contrapartida económica para la NCAA. Este acuerdo fue pactado en noviembre de 1999 –aunque no entró en efecto hasta 2003- y acabará en 2013.
Pero, a pesar de haber sido rubricado hace ahora justamente once años, el contrato no ha perdido un centavo de su valor. De hecho, con actual el estado de la economía, no diré que se haya revalorizado, pero sí que ha podido mantener su valor. Lo cual es un logro monumental dadas las presentes circunstancias financieras.
Pero este contrato entre la NCAA y la cadena del ojo tiene una vía de escape para la Liga Universitaria, justo al finalizar esta temporada. Y, si bien ahora no parece que sea el momento más apropiado para arriesgarse a perder un contrato de semejante magnitud, las gentes de la NCAA preferirán salirse del acuerdo y apostar a que dentro de tres años la economía global haya mejorado y así puedan tener mejores ofertas sobre la mesa.
Y, naturalmente, un modo de asegurarse de que su producto siga siendo atractivo para las televisiones es poder ofrecer más partidos del Torneo Final.
Así que, como casi siempre sucede, esta estrategia de ampliación, que la NCAA está vendiendo como una vía a la igualdad de oportunidades para todos, incluso para los equipos más parias de la fraternidad es, en realidad, una estrategia económica. Legítima, por supuesto. Pero es también una estrategia potencialmente destructiva para un producto que, a pesar de la bajada sistemática de audiencia que ha venido padeciendo en los últimos años, sigue manteniendo un notable atractivo mediático y sigue siendo un referente en la programación deportiva de la prestigiosa CBS.
Para dar todavía más lustre a esta estrategia de expansión a 96 equipos, la NCAA enfatiza que la inmensa mayoría de los rectores, de los directores atléticos y de los entrenadores de las universidades que han sido preguntados al respecto han respondido afirmativamente.
¿Y qué otra cosa esperaban?. Si a cualquiera de nosotros nos preguntaran si querríamos que nos bajasen los impuestos, responderíamos afirmativamente. Si a la mayoría de los entrenadores de la Liga ACB les preguntaran si prefieren unos playoffs de 16 equipos, en vez de ocho, seguramente todos ellos responderían afirmativamente también. Y es que algunas opiniones no vale la pena siquiera sondearlas. Por obvias, más que nada.
Pero la pregunta esencial a propósito de esta planeada ampliación sería: ¿Mejorará el producto “Baloncesto NCAA” con la expansión a 96 equipos en el Torneo Final?. Y mi respuesta es clara: no. Para nada.
Cuando alguien, de manera muy brillante por cierto, bautizó a este mes de baloncesto universitario como “The March Madness”, “La Locura de Marzo”, estoy seguro de que no lo hizo pensando en que el Torneo Final lo acabarían jugando 96 equipos. Porque de haberlo sabido, el autor habría suprimido la referencia al mes de marzo y se habrá limitado a llamarlo, simplemente, The Madness.
Comienza el mes de Marzo y con él comienza el mes por excelencia del baloncesto universitario, la Liga NCAA. Tendremos tiempo de analizar a los equipos más potentes, a los jugadores más sobresalientes y a aquellos otros jugadores que, sin ser tan sobresalientes, uno siempre considera como figuras potenciales.
De momento, Kentucky University, el equipo que era (es) el favorito para muchos, el que tiene al jugador favorito para muchos -el sensacional freshman John Wall- el equipo al que dirige el entrenador más notorio de la Liga, John Calipari, está sufriendo esa suerte de maldición que parece asolar a la gran mayoría de equipos que se asoman este año al Top 10 de los rankings de la Liga NCAA. Los Wildcats han perdido un partido, de forma inesperada, y lo han hecho frente a un equipo inferior, el Tennessee.
El ranking de la Associated Press, seguramente la regla de medida más concienzuda del baloncesto universitario durante la Temporada Regular, presenta ahora mismo en su Top Cinco a los equipos de Kansas, Kentucky, Purdue, Syracuse y Duke. O sea, están los mismos de siempre. Pero en el Top 25 de la AP aparecen otros sospechosos menos habituales que los citados anteriormente: están New Mexico (en el 10º puesto), Brigham Young (en 15º lugar), Gonzaga (en el puesto 19), Richmond (en el 23) y Northern Iowa (en el 25º puesto).
Muchos analistas atribuyen semejante fenómeno –con el debido respeto, que el Northern Iowa aparezca en el Top 25 de una lista de la AP, a estas alturas de curso, merece la consideración de fenómeno- a la enorme paridad existente entre los equipos este año. No hay un conjunto realmente dominante, como sucede a menudo en la Liga NCAA.
Así que la palabra de moda en este año en el que en el Ranking de la AP ha llegado a aparecer la Universidad de Cornell -una prestigiosa institución académica mucho más conocida por sus alumnos que han obtenido el Premio Nobel que por poseer un programa de baloncesto universitario medianamente reconocible- es precisamente esa: “paridad”.
No seré yo quien niegue que este año la competición NCAA está muy pareja. Pero la experiencia me lleva a pensar que, cada vez que los expertos hablan de paridad entre equipos en una temporada, lo que quieren decir en realidad es que hay “mediocridad”.
En cualquier caso, los que más saben aseguran que siempre es mejor que el gran público vea igualdad en la competición que no que contemple el dominio demoledor de tres o cuatro grandes equipos-acorazados que acaban jugando la Final Four tras haber aplastado a todos sus rivales previamente. La esencia del baloncesto universitario es precisamente esa: la posibilidad, aunque sea remota, de que un equipo muy pequeño pueda sorprender a uno muy grande. Y si, además, esa sorpresa se produce en el Torneo Final, pues mucho mejor para el Show Business y para toda esa historia de Cenicientas que tanto nos gustan.
Recientemente, tuve ocasión de ver al equipo de la Universidad de Tennessee ganarle ese partido que comentaba al principio a la Universidad de Kentucky. Fue un choque que los Vols ganaron claramente a los Cats. No fue el típico partido tonto que suele tener un equipo grande en una temporada. Para nada. Ese Vols-Cats del otro día fue un modelo de cómo un equipo inferior sabe aprovechar los resquicios que le deja un equipo superior y de cómo ese pequeño acaba derribando al grande. Curiosamente, Tennesse se había cargado antes a otro de los equipos favoritos de este año, el Kansas.
Pero, aunque no sea justo para los Vols, en ese partido la historia principal no fue su improbable victoria. En un mundo como el de la Liga NCAA que busca -que necesita- estrellas donde y como sea, la noticia fueron, claro, el equipo de la Universidad de Kentucky y, sobre todo, su superestrella, el nuevo “Chosen One”: John Wall.
El chico Wall tiene ya tan adjudicada, y tan asumida, la etiqueta de “jugador estrella” que, tal vez, esa derrota frente a los Vols no afecte su futuro de crack global que todos proclaman. El muchacho es un el prodigio –otro- y nadie duda de que su porvenir va a ser muy brillante en la Liga NBA.
Pero a mí, su actuación frente al Tennessee, unida a otras señales que el chico ha venido emitiendo en esta su primera –y probablemente única- temporada en la Liga NCAA, me hacen pensar que hay espacios en su coraza de estrella adolescente que hacen que me parezca un guerrero ciertamente vulnerable.
Por otro lado, ese título de Jugador del Año -que ya muchos le han concedido de antemano incluso antes de pisar una cancha de la NCAA- yo lo pondría de momento en un cajón y esperaría un poco antes de proclamarle como el nuevo Kobe o el nuevo LeBron.
Para que nadie me malinterprete: los Wildcats de Kentucky siguen siendo uno de los grandes favoritos al título de campeón de la NCAA esta temporada. Y esa derrota frente al Tennessee no les va a hacer descarrilar de ese camino hacia la gloria. Su cinco titular es excepcional, tienen buen banquillo y el muchacho Wall tiene talento suficiente como para llevar a su equipo a lo más alto de la cima, si está realmente inspirado.
Pero hay algunos aspectos del juego de este nuevo fenómeno que me parecen mejorables. Y eso me hace pensar dos cosas: una, que todos tenemos una tendencia harto desmesurada a proclamar como estrellas a ciertos jugadores de manera un tanto rápida. Y otra -y esta será considerada un anatema para muchos aficionados al baloncesto universitario- que John Wall haría bien en permanecer un año más en Kentucky, trabajando dentro del sistema del Coach John Calipari, para terminar de pulirse como (un gran) jugador.
Pero, estando proyectado como el novato número uno del Draft NBA de este próximo verano –incluso antes de haber disputado un solo minuto del campeonato universitario- no creo que alguien encuentre un valiente que convenza al chaval de que se quede un curso más en el campus de Lexington para mejorar sus prestaciones.
John Wall me parece un jugador portentoso. Pero todavía tiene defectos muy notorios. Su selección de tiro es, a menudo, cuestionable; sus prodigiosas y atléticas entradas a canasta -que los aficionados del Kentucky proclaman como una maravilla plástica comparable a las que hacía el gran Julius Erving en su tiempo, y que los aficionados rivales muestran como ejemplos palmarios de faltas en ataque- unido a las frecuentes pérdidas de balón que comete el chico, particularmente en situaciones muy estresantes del partido, hacen que Wall me parezca un jugador todavía inmaduro. Afirmación esta que supone el segundo anatema de la columna.
Otro de los galardones que, según los expertos, el joven Wall tiene prácticamente asegurado, y desde el mes de Octubre además, es el de “Jugador del Año de la Liga NCAA”. Pero, y ahí va mi tercer anatema, tengo serias dudas de que el chaval se lo merezca, ahora mismo, más que su rival de la Estatal de Ohio, el alero Evan Turner.
Evan Turner, el soberbio jugador de Ohio State, exhibe, una noche sí y otra también, unas prestaciones excelentes. Su estilo de juego es muy sólido y el hombre muestra una madurez acorde con su edad, 21 años. Turner es junior, jugador de tercer año: lo que, hoy en día, le convierte en una rara avis de esos campus de Dios.
A mi juicio, Turner es un jugador mucho más maduro que John Wall. Y, si el draft de la NBA no tuviera tanto que ver con el célebre “potencial” –que tantos disgustos le ha costado a más de un ejecutivo de la NBA- el alero de Ohio State me parece un jugador mucho más acondicionado para ser el número uno del Draft de la NBA que John Wall. Supongo que acabo de escribir el cuarto anatema de esta columna.
Kentucky es virtualmente imbatible cuando John Wall juega a su máximo nivel. El problema es que el chaval no siempre juega a ese nivel de excelencia: lo que tampoco resulta extraño dada su edad. Pero es que hay partidos en los que sus lagunas en el juego han provocado serios problemas al equipo. Si Wall tiene una de esas noches en las que su inconsistencia prima sobre su talento, es factible que los Wildcats no sobrevivan al Torneo Final de la NCAA y vean la Final a Cuatro en el campus de Lexington.
La verdad es que hay grietas en el muro. Y los equipos rivales lo saben bien. Así que van a tratar de penetrar por esas grietas para derribar el edificio de Kentucky, tal y como lo hizo, magistralmente por cierto, Tennessee hace sólo unos días.
En su año “sophmore”, John Wall, ya más maduro y más hecho como jugador y como persona, será un jugador estratosférico. Pero que John Wall sea algún día sophmore parece una imposibilidad metafísica.
Porque, precisamente, ese, retrasar el paso de un chaval, forzado a estar un año en una universidad, a la gloria dorada de la NBA es el gran anatema del baloncesto estadounidense hoy en día. En estos tiempos de retribución inmediata y de buscar el camino menos duro hacia el objetivo final, la inmadurez de un jugador universitario del calibre de John Wall jamás puede interponerse en su camino hacia la gloria en la Liga NBA.
Un destino de oro que tantos heraldos nos llevan anunciando desde que el chaval estaba en edad infantil y a los que nadie va a convencer ahora de que el muchacho podría ser un jugador todavía más grande si decidiera quedarse en Kentucky un año más. Para hacer algo que seguramente ni él, ni su entorno, están dispuestos a asumir: aprender.
De todos los traspasos que se han llevado a cabo en estos días de febrero, pocos analistas dudan de que dos equipos aspirantes al título, los Cavaliers de Cleveland –con la adquisición de Jamison- y los Mavericks de Dallas –con el fichaje de Butler- hayan sido los clubes que mejor se han reforzado. [Aunque las tres primeras actuaciones de Jamison con el Cleveland supongo que habrán puesto los pelos como escarpias a más de uno].
Como parte del acuerdo de traspaso de jugadores entre el Cleveland y el Washington, los Cavs mandaron al pivote lituano Zydrunas Ilgauskas a los Wizards. Hasta ahí, una operación absolutamente normal. Pero pocos tienen dudas de que el viaje de Ilgauskas a la capital de la nación sea un viaje sólo de ida.
En un movimiento perfectamente legal y que, por supuesto, ya se ha hecho otras muchas veces en la Liga NBA, Ilgauskas habría sido traspasado por los Cavs a los Wizards con el objetivo último de retornar a los Cavs.
He aquí el plan: si el Washington paga una indemnización a Ilgauskas por marcharse -lo que se conoce en términos técnicos como un “buy-out”- el pívot dispondría de treinta días para poder volver a jugar con los Cavs de Cleveland. Cleveland es, por cierto, la ciudad en la que el pivote lituano reside con su familia y es la ciudad en la que sus hijos van al colegio. En otras palabras, el hombre no ha ocultado jamás que su deseo íntimo es volver a jugar en Cleveland, junto a LeBron y compañía, e intentar ganar el título de campeón de la NBA.
Sin embargo, el prestigioso diario LA Times publicaba ayer mismo en sus páginas que, según fuentes generalmente bien informadas, el Comisionado de la Liga NBA, Mr. David Stern, va a prohibir el retorno del jugador lituano al Cleveland: incluso si ese anunciado buyout se completa por parte de los Wizards.
No es frecuente que el Times de LA se equivoque con sus fuentes. Ni tampoco muy habitual que Mr. Stern interfiera en este tipo de transacciones. Pero hay una cosa cierta: si el Comisionado resuelve finalmente en contra de la vuelta de Ilgauskas al Cleveland, su decisión podría influir en el resultado final de la competición. Nada menos.
Y su decisión provocará, seguramente, que no pocos aficionados de los Cavs -y todos aquellos que se apuntan a esas teorías de la conspiración tan populares en América- encuentren la sentencia de Mr. Stern no sólo contraria a los intereses del Cleveland, sino que pueda tener una suerte de agenda oculta: evitar que a los Cavs les llegue más ayuda en su camino hacia el título. De esa forma, privado del anillo, el gran LeBron James podría estar más inclinado a buscar nuevos horizontes este próximo verano. Y, ya puestos a conspirar, que recalara en los Knicks de Nueva York: el equipo favorito del Comisionado.
En realidad, la única forma que tiene el señor Stern de parar el retorno de un jugador a su club de origen -una vez que aquél haya acordado un buyout con éste y espere esos treintas días de rigor- es que tenga evidencias abrumadoras de que dicho acuerdo estaba ya pactado de antemano.
Dudo mucho de que el manager general de los Cavs, Mr. Danny Ferry, no tenga bien cubiertas todas sus posiciones. Y supongo que lo mismo es aplicable a los Wizards y a su discutido MG, Mr. Ernie Grunfeld. Incluso en esta era en la que uno puede mandar un mensaje SMS y encontrarse con que ha sido interceptado, o en la que envía un e-mail a determinado destinatario y el correo puede aparecer en el buzón de otro destinatario, se me hace muy difícil pensar que algún personaje de esta historia haya dejado algún cabo suelto.
Por supuesto, ni que decir tiene, el acuerdo a tres bandas entre los Cavs, los Wizards e Ilgauskas estaba arreglado de antemano. Eso es algo que nadie duda y que a nadie sorprende. En ese sentido, lo que este tipo de situaciones confirma es algo muy evidente: que el sistema de contratación de la NBA necesita una revisión muy profunda.
Pero -salvo que aparezcan papeles- ni el Cleveland, ni los Wizards, ni Ilgauskas, han cometido falta alguna. Si acaso, y no seré yo quien critique a un colega, el campo del jugador ha dado a entender, de manera tal vez demasiado explícita, que el buyout por parte de los Wizards era seguro. Aunque no tiene mucho sentido que un club que se ha quedado bastante por debajo del tope salarial decida fichar a un jugador para después echarlo: con el objetivo de crear todavía más espacio salarial.
Si la información del Times es cierta, debo entender que la Oficina de la NBA tiene constancia irrefutable de que la operación estaba pactada de antemano. Hay cantidad de precedentes que demuestran, inequívocamente, que otras operaciones similares hechas con anterioridad en la NBA ya estaban diseñadas previamente. Pero nunca fueron sancionadas. Se me ocurre la de Gary Payton con los Celtics, o la de McDyess con los Pistons, por poner dos ejemplos. Así que, o Mr. Stern tiene correos, mensajes de móvil, o papeles que apoyen su decisión, o puede arder Troya.
Por supuesto, los partidarios de los Cavs, aliados con los que sustentan todo tipo de teorías conspiratorias, están argumentando ya que ese anunciado bloqueo del Comisionado a la operación retorno de Ilgauskas tiene un perfil siniestro. Con su negativa a reforzar aún más a los Cavs, Mr. Stern buscaría que el Cleveland no levante el trofeo de campeón el próximo mes de junio. En consecuencia, LeBron James se frustraría y acabaría fichando por un equipo ubicado en un mercado mucho más grande que Cleveland.
Es irrefutable que, al menos dos equipos, los Knicks de Nueva York, y los Nets –hoy todavía de East Rutheford, mañana de Newark, y dentro de tres años de Brooklyn- están quitándose peso salarial de encima sin ningún pudor. Lo hacen con el objetivo de conseguir que aterrice en su club uno de esos grandes jugadores que serán agentes libres este próximo verano: entre los que se encuentra el alero LeBron James, insignia de los Cavs, claro. Los Knicks y los Nets, por su parte, van a disponer de unos 30 millones cada uno para conseguir a una, o incluso a dos, de esas estrellas del verano.
Pero los Nets y los Knicks no serán los únicos equipos que lucharán en esa puja. Al menos cinco o seis clubes –entre ellos alguno poderoso como los Heat de Miami- van a tener dinero de sobra para acometer esos fichajes. O sea que no está escrito que LeBron, D-Wade, y/o Bosh, acaben en la Gran Manzana o en la orilla oeste del río Hudson. Para nada.
Por otro lado, hay un aspecto que me parece inquietante en el modo en el que los Knicks, los Nets, los Wolves, los Clippers, etcétera, están reduciendo sus nóminas y soltando a todo jugador cuyo contrato vaya más allá de junio de 2010: la falta de respeto. Hacia sus sufridos aficionados, hacia la NBA y hacia el baloncesto,.
Aunque el modus operandi es similar en todos estos equipos, pondré como ejemplo a los Nets. Los Nets de Nueva Jersey van a disponer de mucho dinero para gastar en el mercado veraniego: dinero con el que podrían atraer a un James y/o a un Bosh. Pero para disponer de tanto dinero, antes de comenzar la temporada, los Nets traspasaron a Vince Carter a los Magic de Orlando. Y no lo hicieron para ser un equipo mejor esta temporada, en absoluto; lo hicieron, simplemente, para ser más operativos este verano.
De ese modo, los Nets declararon -aunque de manera no explícita claro- este curso 2009-2010 como “no laborable a todos los efectos”. Y ahora sus aficionados, los pocos que todavía no han desertado, contemplan con amargura ese 5-51 que ilustra la casilla de victorias-derrotas de su amado equipo. Esa estrategia corporativa me parece, por encima de cualquiera otra consideración, una gran injusticia hacia esos sufridos fans.
No he leído ni una sola línea, en todo lo que llevamos de temporada, en la que el Comisionado Stern haya criticado esta (mala) praxis de algunos clubes de su Liga NBA. Esencialmente, que un equipo de la Liga ignore a sus aficionados, a su ciudad y a su Estado en aras a tener la posibilidad –ni tan siquiera la certeza- de conseguir a uno de esos peces gordos en el mercado veraniego me parece inmoral. Y no veo cómo este tipo de actuaciones puede ser positivo para la salud global de la liga de Stern.
Una de las cuestiones más inquietantes en el futuro inmediato es qué va a pasar con alguno de esos clubes cuando contemple horrorizado cómo esos agentes libres se quedan en sus destinos actuales o bien fichan por otro equipo. Más de un club va a acabar sin ninguna estrella en su plantilla después de haber tirado, de manera lamentable, una temporada completa por el desagüe.
Se puede convencer a una afición de que el futuro será brillante, aunque para ello tenga que sufrir unos años de travesía del desierto. Pero si, después de tanta penuria, el resultado es que ningún gran jugador acaba por fichar, y en consecuencia sigue sin haber presente, sólo más futuro, el efecto en las aficiones puede ser demoledor. Incluso el estado financiero de alguna de esas franquicias se puede resentir.
En ese sentido, me gustaría ver al Comisionado induciendo a los equipos de su Liga a seguir el ejemplo del Cleveland. Mucho más que verlo apoyando el modelo de gestión de los Knicks o de los Nets.
No hace mucho tiempo, la franquicia de Cleveland parecía condenada a ser otro fiasco más y a mudarse a otro Estado. Al día de hoy, los Cavs cuentan con el apoyo de la ciudad y de su Estado. Y, en el aspecto deportivo, siempre tratan de rodear a su estrella local con buenos jugadores. Además, el Cleveland juega a ganar siempre y consigue que sus libros contables estén bastante limpios y saneados.
Sinceramente, no sé si los Cavaliers han seguido las reglas del juego en el asunto de Zydrunas Ilgauskas y su traspaso a los Wizards. Pero, desde luego, no han hecho nada que antes no hayan hecho otros equipos aspirantes al título como, en su momento, lo fueron los Celtics o los Pistons.
Y, sin entrar a valorar teorías conspiratorias en las que ni creo, ni podré creer nunca, me gustaría que el Comisionado no privara a los Cavaliers de Cleveland de la posibilidad de ser mejores interfiriendo en su camino y privándoles de volver a contar con Ilgauskas.
Sobre todo, que lo haga mientras condona a aquellos equipos que, de manera premeditada, juegan descaradamente a perder, que están demostrando que les importan muy poco sus aficionados y que, por encima de cualquier otra consideración, están enseñando al mundo un producto y un modelo muy malo. Un modelo que, a la larga, puede acabar haciendo daño a la salud y al equilibrio de la propia Liga NBA.
Los norteamericanos, particularmente los estadounidenses y en menor medida sus vecinos canadienses, tienen una clara tendencia a considerar que todo lo que es más grande, más alto, más largo, más profundo, más rápido, más rico, o más fuerte es lo mejor. Seguramente, Shifty, un habitual lector y comentarista de este blog, experto en temas relativos a la psicología, nos podrá explicar si todo eso tiene algún tipo de componente freudiano que seguramente subyace en la mentalidad colectiva del pueblo americano desde épocas ancestrales. Parece probable.
El mundo del deporte no está ajeno a esta tendencia hiperbólica tan moderna. Así, el reciente Partido de las Estrellas celebrado en Dallas, con una audiencia de público en directo de más de 108.000 espectadores, ha sido inmediatamente calificado como “el mejor All Star de la historia” por muchos comentaristas. Era de esperar.
Vaya por delante que yo no soy especialmente proclive a entusiasmarme con el partido Este-Oeste del Fin de Semana de las Estrellas. He estado presente en varios de ellos y mi asombro ha ido decreciendo con el tiempo. De hecho, cada año que pasa, mi capacidad de sorpresa ha ido bajando en relación inversamente proporcional a las alabanzas de la propia Liga NBA acerca de las maravillas de su evento estelar.
Ni que decir tiene que respeto mucho la idea de la NBA de concentrar a sus mejores jugadores en una ciudad concreta para realizar una exhibición. Y todo lo demás: los acróbatas, las cheerleaders, las mascotas, los tragafuegos y toda esa parafernalia que rodea al evento me parece tolerable. Pero me temo que mi capacidad de asombro ante tanta exhibición de lo grande –que no de grandeza- esté ya agotada. No sé si tanto como lo está la fórmula del All Star Weekend para la NBA, pero agotada está, desde luego. Por descontado, los dos eventos más clásicos que acompañan a estas festividades baloncestísticas anuales de la Liga, el concurso de triples y el concurso de mates, me llevan pareciendo un deja-vu desde hace tiempo; dicho sea con todo el respeto.
Supongo que mi castigo es que estuve en Seattle en 1987 –el año en que Michael Jordan voló en el concurso de mates- y aquella sensación de magia, de electricidad compartida con los otros 15.000 espectadores que estaban allí –éramos 93.000 personas menos que en Dallas-2010, qué horror- debió de anular mi capacidad de fascinación ante los giros y contragiros de 360 grados con los que los jugadores de ahora se empeñan en desafiar la gravedad y, lo que es peor, la historia del concurso.
Sin embargo, no me sorprende tanta hipérbole. Últimamente hay una tendencia a considerar que los deportistas modernos son mejores que sus predecesores. Por supuesto, no cabe ninguna duda al respecto, sí son más fuertes y más rápidos. Pero, muchas veces, el progreso puede resultar engañoso.
Las zapatillas con las que el pequeño gran Nate Robinson ha ganado su tercer concurso de mates consecutivo están fabricadas con materiales que también se pueden encontrar en los cohetes que van al espacio. Y, sin embargo, sus mates no son mejores que los de Larry Nance en 1984. El entonces jugador de los Suns calzaba unas Converse All Star, por cierto, que eran el no va más en la época, pero que, en términos modernos, eran las zapatillas de andar por casa del abuelo.
Pasa igual en el tenis. Los tenistas de ahora usan unas raquetas fabulosas con las que meten unos palos monumentales y con las que realizan unos saques casi siempre imparables que, en el noventa por ciento de las veces, condicionan el punto: el tenista croata Ivo Karlovic es el no va más en ese sentido. Pero, salvo honrosas excepciones, esos tenistas modernos, armados con esas raquetas modernas tan fantásticas, nos aburren más que nunca. Por Dios, si incluso en el arte de la guerra existen ahora unas armas que, según nos dicen los expertos, son tan inteligentes que siempre dan en el blanco, no producen bajas civiles y arrasan al enemigo quirúrgicamente. Y, sin embargo, con ellas, no se gana guerra alguna últimamente.
Empapados seguramente de esa tendencia a considerar que lo más bestial es lo mejor, el Comité Olímpico Internacional, el COI, dio el visto bueno a la nefasta pista de luge en la que se ha matado el atleta georgiano Nodar Kumaritashvili hace tan sólo unos días. Vaya por delante que no tengo ni idea de luge. Pero tampoco me hace falta. Aquí, faltaría más, no se trata de analizar la técnica de salida concreta de un atleta o de si uno maneja ese trineo ligero mejor que otro. Aquí se trata de un asunto de decencia.
Que una vez ocurrido el fatal accidente en el recinto olímpico de Vancouver, ciudad en la que se están celebrando ahora mismo los Juegos de Invierno, el COI tardara doce horas, doce, en investigar los hechos y que determinara que el lamentable suceso era culpa exclusiva del deportista, me parece un acto totalmente falto de sensibilidad y de dignidad.
Que el COI determinara, tras esa pseudo investigación de escasamente medio día, que las condiciones de esa pista eran las adecuadas es una falacia. El problema siempre fue la pista. Y que, luego, las gentes del COI añadieran nuevos muros, que instalaran elementos de protección donde antes no los había, y que cambiaran el perfil de la carrera haciendo a los hombres salir desde el mismo lugar del que parten las mujeres, deja muy claro que la culpa del accidente no fue sólo de Nodar Kumaritashvili.
Sin duda, esa etiqueta de “The World fastest” ya parecía invitar a la desgracia. En un país que vive con pasión los deportes de motor como es el nuestro, sabemos que hace ya tiempo se hicieron cambios que garantizan, sobre todo, la seguridad en los circuitos. Esos cambios, casi siempre, vinieron inducidos por tragedias previas, es cierto. Pero un día se implantaron. En Vancouver, varios atletas declararon que, tras los cambios, la pista de luge era más lenta y más fácil. Pero mucho más segura. Así que cabe esperar que los expertos del COI hayan tomado buena nota de este trágico suceso y que en el futuro den prioridad a la seguridad sobre la velocidad. Por lo menos, la muerte de Nodar no habrá sido en vano.
Pero en este ejemplo de la tragedia de Vancouver hay un factor que es constante en lo que concierne al modo en el que las cabezas pensantes del mundo del deporte enfocan la venta de los eventos deportivos a los aficionados. No dudo de que la etiqueta “pista más rápida del mundo” pueda ser un elemento de marketing muy notable. Pero la realidad es que eso no la hace más atractiva al espectador medio. La gran mayoría de nosotros, la gente que se sienta frente al televisor para ver un espectáculo deportivo, está interesada en saber quién gana el oro, la plata y el bronce. Para la gran mayoría, la velocidad es una circunstancia muy relativa.
Igual que es muy relativo que este pasado fin de semana, en Dallas, hubiera 108.000 espectadores, una pantalla asombrosamente gigantesca, y otra gran exhibición de marketing por parte de la NBA. Muchos sabemos que tanta cosa grande no significa que la Liga camine por senderos de grandeza. Ni mucho menos.
La realidad que subyace bajo todo ese tenderete de luz, de sonido, de saltos acrobáticos y de cheerleaders guapísimas es que en Nueva Jersey hubo mil espectadores de pago en el Izod Center para ver a los Nets tan sólo un par de días antes del evento de Dallas. La realidad es que los clubes de la Liga están perdiendo dinero a borbotones. La realidad es que se avecinan tiempos de guerra entre los clubes y los jugadores. La realidad es que el cierre patronal en 2011 es probable.
Así que, personalmente, me importa poco que haya cien mil, doscientos mil o seiscientos mil espectadores en Dallas. O que los deportistas de la NBA salten ahora más que nunca, que tengan unas zapatillas más voladoras que nunca, o que sus condiciones físicas les hagan salirse por el techo del recinto cuando hacen un mate.
Lo que está realmente en cuestión en la NBA moderna –y por elevación en el deporte moderno- es lo que sucede dentro de las canchas de juego. La clave está en la esencia del deporte en cuestión; en lo que lo hace fundamental. No en su parafernalia.
Está documentado que Polidamas de Escotusa fue uno de los atletas griegos más famosos de la Antigüedad. Polidamas fue campeón de pankration (pancracio, en castellano): un deporte que combinaba el boxeo con la lucha, en lo que sería una versión antigua del moderno, y cada vez más popular, deporte conocido como MMA, “Mixed Martial Arts”.
Polidamas barrió a sus oponentes en la modalidad de pancracio en los Juegos Olímpicos celebrados el año 408 antes de Cristo y gozó de una gran reputación en su tiempo. Sus proezas atléticas fueron a menudo comparadas con las del mítico Heracles, héroe y semidios, que luego fue conocido como “Hércules” por los romanos.
Parece ser que Polidamas de Escotusa era un verdadero gigante para la época. Un verdadero Heracles de carne y hueso. Se dice que medía bastante más de dos metros y que su fuerza era sencillamente descomunal. Cuentan las crónicas que en una ocasión se enfrentó, a pecho descubierto, a un león al que finalmente abatió. Y que lo hizo, nada menos, en el legendario Monte Olimpo. También se cuenta que, en otra ocasión, detuvo un carro tirado por caballos. A pesar de que el carro en cuestión iba en movimiento, la fuerza de Polidamas impidió que siguiera adelante.
En la época de Polidamas no había, naturalmente, ningún medio de comunicación que permitiera que la fama de Polidamas de Escotusa traspasara las fronteras de la Antigua Grecia. Sin embargo, entre la multitud que acudía a Olimpia a ver los Juegos había algunos enviados extranjeros –a los que podríamos denominar perfectamente como “ojeadores”- que iban anotando en sus papiros los hechos y sucesos de Polidamas. Esos ojeadores, persas concretamente, utilizaron después esas notas para informar al rey Darío II de Persia de las prodigiosas hazañas del increíble superatleta griego.
Basándose en los informes de sus ojeadores, el rey Darío II invitó entonces a Polidamas de Escotusa a visitar Persia. Le contrató, concretamente, para que se enfrentara a sus tres mejores luchadores: un trío de pancratistas a los que se conocía con el apodo de “Los Inmortales”. Darío II garantizó a Polidamas una cantidad fija de salida y se acordó igualmente que recibiría una gran suma de dinero adicional si salía victorioso de los tres combates. Cuentan las crónicas que Polidamas completó felizmente el triplete y que salió victorioso del desafío imponiéndose a los tres campeones persas con relativa facilidad.
Casi 2.500 años después, la crisis económica está cebándose en muchos clubes de la NBA, la Liga Profesional Norteamericana de Baloncesto. Y, como suele ser frecuente cuando se pide a los estrategas financieros de las empresas que recorten gastos de explotación, los linces del departamento de Control Financiero están recortando el chocolate del loro: en este caso recortando, sobre todo, los gastos de scouting.
El scouting –tanto en su versión de scouting de equipos rivales, como en su versión de scouting de talento futuro- viene a costar a los equipos unos 150.000 dólares anuales por ojeador. Sin contar con los gastos –frecuentemente muy altos- de locomoción en los que incurren los scouts. Éstos, por su parte, aseguran que eliminarlos de la nómina del club incidirá en la calidad del juego y en la preparación ante los rivales –en el caso de los scouts NBA- y en el seguimiento del talento futuro a nivel nacional e internacional en el caso de los ojeadores que viajan a ese lugar etéreo que los americanos denominan “overseas”.
Los malos tiempos económicos sacuden a todos, es obvio. Y naturalmente la Liga de Mr. David Stern no está al margen de la crisis. Los propietarios ya han puesto sobre la mesa un primer borrador de Convenio Colectivo, que más bien parece un castigo a los jugadores puesto en papel A4, y que no hace sino incidir en la orden concreta que se ha dado en todos los clubes desde el comienzo de esta crisis económica: reducir costes como sea.
El recorte en el gasto del chocolate del loro se percibe muy fácilmente en casi cualquier plantilla de la NBA: hay 13 ó 14 jugadores en vez del máximo permitido de 15; hay un novato o dos más de los habituales en la nómina del club y hay menos scouts y ojeadores. Sin embargo, de todos los recortes, éste, el de los ojeadores, es el que me parece más duro.
Los Grizzlies de Memphis, con instrucciones categóricas de su dueño, Mister Michael Heisley, de reducir costes sí o sí, fueron los primeros en preguntarse: “¿Quién necesita un ojeador cuando la tecnología te permite ver, hoy en día, casi cualquier partido, a cualquier jugador, y casi en cualquier lugar del mundo?.
Y así recortaron todo su personal de scouting y de ojeadores de un plumazo: finiquitando a las cinco personas que trabajaban a tiempo completo evaluando a los rivales del Memphis, a los jugadores universitarios, y a los jugadores europeos.
Tras los Grizzlies, un buen número de equipos de la NBA metieron también la tijera en su división de baloncesto. Lo hicieron de diversas formas: endureciendo las negociaciones, no renovando a un ayudante, llevando a cabo la pretemporada en casa en vez de un lugar snob de montaña; reduciendo drásticamente los costes de preparar un partido; los de evaluar a jugadores futuribles universitarios, y bajando al mínimo posible el gasto en scouting internacional.
Desde la perspectiva de algunos patrones, el razonamiento es que las cosas ya se estaban saliendo de madre. El gasto de un equipo en concepto de ayudantías puede ser elevado. Hay que contar con los entrenadores ayudantes –algunos equipos de la NBA han llegado a tener hasta cinco- , luego con un par de entrenadores para mejora de los jugadores (los llamados “development coaches”); luego, ¿quién no tiene hoy en día un ayudante o dos para edición de videos y DVDs?. Y, finalmente, aparecen los scouts: los que analizan a los rivales futuros en la Liga NBA, más los que van a ver partidos de la NCAA por esas canchas de Dios, más luego los ojeadores internacionales, que buscan fuera de las fronteras de la Unión al siguiente Olajuwon o al siguiente Nowitzki. Todo esto supone un gasto de entre 5 y 6 millones de dólares anuales por club.
Pero, como siempre sucede, estas cifras son relativas. El que se denomina “advance scouting” –enviar a un miembro experto del staff técnico a estudiar para luego informar de las jugadas y las preferencias de un futuro rival- es un área particularmente devastada por esta nueva tendencia a reducir costes. Los expertos contables de los clubes aseguran que la tecnología moderna permite hoy en día hacer scouting de un equipo rival sin necesidad de desplazarse al campo de juego del futuro contrincante.
Puede parecer una circunstancia banal, pero los contables de los clubes han basado su decisión argumentando que los ojeadores ni siquiera pueden hacer bien lo que -etimológicamente al menos- requiere su trabajo: ojear.
En parte, es verdad. Hasta no hace mucho, los clubes de la NBA tenían una regla no escrita por la cual los ojeadores del los equipos rivales ocupaban localidades preferentes en la cancha. Y, en no pocas ocasiones, esos asientos se ubicaban muy cerca del banquillo rival. Eso permitía a los ojeadores no sólo anotar las jugadas, sino también entender el lenguaje de signos y sonidos que suele utilizar un equipo.
Pero resulta que esos asientos tan privilegiados se han convertido en localidades estratégicas para la venta a un público de alto nivel adquisitivo. Así que a los ojeadores de los equipos rivales se les estaba mandando últimamente a la tercera gradería. El resultado fue que los ojeadores no podían ni ver bien, ni por supuesto oír bien, las jugadas del equipo rival. Como consecuencia, su dependencia del video era cada vez mayor. Así que los financieros decidieron que el video sustituiría a la persona y se cargaron a gran parte de los “advanced scouts” de la NBA con la precisión quirúrgica que sólo ellos saben aplicar.
El mismo concepto se ha utilizado para justificar el recorte en ojeadores universitarios e internacionales: dejar que el video haga su trabajo. En el caso de los ojeadores de partidos de la Liga NCAA, la tendencia de los clubes profesionales es a utilizar la tecnología disponible, por supuesto. Aunque en algunos casos, pocos, utilizan un scout independiente –una especie de “freelancer” regional- cuyo coste es compartido por varios equipos de la NBA que actúan a modo de pool. De modo que, así, todos los clubes comparten la misma información del scout en vez de tener que enviar a un ojeador propio: quien, muchas veces, repetía la información recopilada por el ojeador de un club rival.
En el aspecto de scouting internacional, ni que decir tiene que ha habido también recortes importantes. No sólo en recursos humanos, sino también en el modo en el que un jugador futurible internacional viaja a los Estados Unidos. El pasado verano, por ejemplo, varios equipos de la NBA llevaron a a cabo entrenamientos previos al draft en el mismo lugar. Los ejecutivos de esos clubes se desplazaron a una localidad concreta, en vez de hacer que el chaval extranjero volara a cada una de las ciudades en las que se ubican esos clubes. El ahorro fue, desde el punto de vista contable, también muy importante.
Los clubes de la NBA, ya lo hemos dicho, han decidido utilizar la tecnología para ahorrarse costes de personal. Obviamente, el uso de la tecnología en sustitución del hombre no es algo nuevo. Ya desde principios del siglo pasado, las máquinas han ido reemplazando al hombre y, en la segunda mitad del siglo XX, los avances han sido impresinantes.
En la NBA, el propietario de los Mavericks de Dallas, Mark Cuban, ha sido, una vez más, innovador en este paso hacia la tecnología a expensas de los ojeadores. Mr. Cuban es el accionista mayoritario de la compañía Synergy Sports, una empresa ubicada en Phoenix, Arizona, especializada en video digital, que abastece ya a la mayoría de clubes de la NBA.
Synergy Sports tiene cada partido de la NBA, de la NCAA, de la D-League y casi cualquier partido internacional en sus ordenadores. Y, a la mañana siguiente de la celebración de un choque, el video concreto de un partido ya ha sido editado y etiquetado a gusto del cliente. De ese modo, la máquina actúa, de facto, como dos personas: es una mezcla de scout y de entrenador encargado del vídeo; es un dos en uno.
No seré yo quien vaya contra la tecnología. Ni contra los tiempos modernos tampoco. Por mucho que me guste el film “Modern Times”, de Charles Chaplin, entiendo que los avances tecnológicos son irreversibles y casi siempre buenos para la humanidad. Aunque esos avances se implanten, la mayoría de las veces, con el poco sano objetivo de recortar personal. Así van desapareciendo no pocos oficios artesanales. Por cierto, no dejo de pensar que el oficio de ojeador tiene su punto de artesanal.
Hace ya unos cuantos años, en una visita a la Universidad de Wake Forest, a mi buen amigo Dave Odom, entonces entrenador de los Demon Deacons, se le ocurrió que visitáramos a Dean Smith, el venerable entrenador de la cercana Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. El Coach Smith estaba ya retirado, pero mantenía una excelente relación con todos los entrenadores de los equipos de Carolina: excepto con Mike Krzyzewski, el entrenador de Duke, claro. Los entrenadores, a su vez, veneraban a Dean Smith como a una suerte de patriarca de los banquillos.
En un momento dado, mientras esperábamos al Coach en su despacho de Entrenador Emérito, observé un cuadro que no contenía foto alguna, ni diploma alguno diferencia de los demás. Cuando me acerqué, vi que aquello consistía tan sólo en un pequeño trozo de papel. En él, escrito con letra de una de aquellas máquinas de escribir tan antiguas -y con una nota manuscrita al pie escrita por el propio Dean Smith- el entonces entrenador-ayudante amateur, Eddie Fogler, que ejercía como ojeador de baloncesto escolar, le decía al Coach que pidiera referencias a Clifton Herring, entrenador de baloncesto de la Laney High, acerca de un jugador del segundo equipo del colegio, todavía desconocido, llamado Michael Jordan.
Como me había llevado la cámara de fotos, pedí permiso para fotografiar aquello. Y, la verdad, jamás había expuesto aquella foto con ese trozo de papel salvo a algunas amistades muy selectas. Hoy, con la digitalización, los escáneres y todo eso, mi hijo Álvaro, el experto familiar en cuestiones tecnológicas, ha convertido aquella vieja foto en un fichero de imagen en formato jpeg perfectamente transferible al ordenador.
Mostrar ese papel al amigo lector me sirve para ilustrar que, aunque es cierto que la tecnología es imparable, yo sigo prefiriendo el modo artesanal. Me quedo con aquellos ojeadores persas que, tras tomar notas en sus papiros, advirtieron a su rey, Darío II, sobre aquel atleta superlativo llamado Polidamas de Escotusa. O con Eddie Fogler, entonces un joven ayudante-becario que le mandó una pequeña nota escrita al Entrenador Dean Smith advirtiéndole de que en el segundo equipo de la Escuela Secundaria de Laney jugaba un junior “unknown”, entonces de poco más de 1’93 metros de altura, pero que apuntaba grandes cosas.
La tecnología es maravillosa, sin duda. Y el scouting tendrá en el futuro cercano un avance inusitado y estoy seguro de que veremos cosas maravillosas, por supuesto.
Pero lo que los ojeadores persas del rey Darío II y lo que Eddie Fogler, de Carolina del Norte, nos recuerdan es que sólo hace falta una hoja de papel y unas pocas notas manuscritas para descubrir la grandeza. Y eso nunca puede resultar caro.

Ningún equipo representa mejor el espíritu de lucha, el combate contra la adversidad, que los Celtics de Boston, el honor de Nueva Inglaterra. “The Celtic Pride”, El Orgullo Celta, no es una frase retórica inventada hace 50 años por un avispado ejecutivo de marketing. The Celtic Pride es un estado de la mente para todo miembro de la cofradía celta.
Los Celtics, todos los equipos de los Celtics, incluso los peores, siempre han hecho gala de una combatividad que les ha impedido declarar su rendición sin pelear hasta el final. Esta es una de las poquísimas verdades absolutas a las que un aficionado puede aferrarse en la NBA: nunca hay que dar por muertos a los Celtics de Boston. Nunca.
Ni mucho menos a estos Celtics de ahora. Tampoco a ellos, por supuesto. Los hombres de Doc Rivers han permanecido más o menos inmunes a la adversidad durante este trienio de bonanza. Tres años que han permitido a la franquicia dejar atrás la larga travesía del desierto que comenzó cuando el club se quedó huérfano de Larry Bird, y del resto de su formidable trouppe. Un grupo inolvidable que tocó varias veces el cielo con las manos en los años 80 del siglo pasado.
Estos Celtics de Doc Rivers han superado no pocas turbulencias. A saber: aquella extraña incapacidad para ganar partidos fuera de casa durante los playoffs de 2008, playoffs que luego acabaron ganando. Los casi treinta partidos que jugaron sin su líder Kevin Garnett durante la temporada pasada. El año pasado el avión se movió mucho, pero, al final, el orgullo celta prevaleció. No ganaron, pero compitieron con dignidad de campeones.
Sin embargo, este pasado mes de enero han saltado todas las alarmas en la Casa Verde. Los ejecutivos del club se están preguntando que está pasando. Y la respuesta no es fácil. Tal vez los Celtics hayan tenido demasiadas distracciones externas para una franquicia que -sin ser tan circunspecta como lo era antes- sigue siendo modélica en cuanto a estabilidad. Tal vez hayan sido las lesiones. O tal vez haya sido la irregularidad en el juego desplegado por el equipo. Lo que quiera que haya sido ha puesto a los Celtas con un record negativo de 6 victorias y 8 derrotas tras estos treinta y un días, terribles, de enero.
Hacía mucho tiempo que los Celtics no tenían un mes negativo. Nunca lo habían tenido, de hecho, desde que los Celtics compusieron el “Big Three”, el trío Garnett-Pierce-Allen. La nueva trinidad celta posmoderna.
Y aunque realmente ese registro negativo de victorias-derrotas no les va a hacer peligrar el campeonato de División, ni tampoco les va a descolocar en la carrera por un puesto alto como cabeza de serie en los playoffs, estas derrotas han sido especialmente dolorosas para los Celtics. Y lo peor no han sido las derrotas. Lo peor es que los Celtics dan señales alarmantes de que la trinidad se está quedando con las pilas vacías.
El mejor ejemplo de ello es la (mala) salud del miembro más notorio de ese triunvirato, Kevin Garnett. KG es un jugador excepcional. Eso no lo discute ni su rival más acérrimo. Es un líder que hace mejores a sus compañeros. Es un líder que no necesita que nadie le diga que es un líder para ejercer como tal. Es un líder que lidera con el ejemplo.
Siempre he pensado que Kevin Garnett es el jugador que afronta su oficio cada día con el nivel más alto de pasión; con un tremendo gasto de energía: mucho mayor que cualquier otro colega suyo en la NBA. Su sacrificio por el equipo tiene, a mi juicio, un punto incluso algo mesiánico. KG parece poseer una fuerza interior escondida que le hace ir más lejos que a cualquier otro en su ansia por hacer que su equipo gane. Kevin Garnett es el epitoma del jugador de equipo. Eso no tiene discusión alguna.
La cuestión es: ¿Cuándo el ansia se convierte en ansiedad?. ¿En qué punto la pasión por el juego se convierte en un cuadro cercano a un Desorden Obsesivo Compulsivo?. ¿Hasta dónde puede llegar a arriesgar su salud un deportista en busca del triunfo de su equipo?.
Es un dato objetivo que Kevin Garnett no está bien físicamente. Está lesionado. Y eso no es una presunción. No hay más que ver un partido de los Celtics para confirmarlo. Su lesión de ahora que, según dijeron en su momento fuentes del club, iba a ser tan sólo para unos días, se ha convertido en una lesión que ya dura varias semanas. Y, ahora mismo, nadie sabe a ciencia cierta ni cómo se encuentra KG de salud, ni cuánto tiempo va a durar esa lesión que tanto él como su club niegan que exista en realidad.
Me parece que los Celtics no están para muchas más heroicidades de su indiscutible líder. Kevin Garnett puede estar seriamente lesionado, o puede estar simplemente atravesando un problema físico temporal. Pero el mayor favor que les puede hacer a sus amados Celtas es reposar, curarse, y recargar baterías. Su equipo le necesita sano. Parece claro que un KG tan mermado sólo ayuda a magnificar el nivel de turbulencia del conjunto.
Un dato palmario sobre cómo está el nivel de gasolina de estos Celtas: sus rivales les han ganado el cuarto periodo en 11 de esos 14 partidos jugados en enero. Otro dato: a estos Celtics les han ganado los tres grandes rivales de la Conferencia Este –Cleveland, Orlando y Atlanta- de manera clara. Y otro dato más: los Celtics han demostrado ser, ahora mismo, el equipo más flojo de los cuatro gigantes del Este.
Como sucede a menudo en un enfrentamiento entre Celtics y Lakers, los dos equipos pelearon hasta la muerte en este último domingo de enero. Se trataba de un partido que los bostonianos querían ganar y que los angelinos no querían perder. Y, como casi siempre, hubo bastante épica en el partido.
Muy probablemente, si algún aficionado al baloncesto no hubiera visto antes a estos Celtics, en su versión 2010, diría que el equipo jugó frente a los Lakers un buen partido. Que se mantuvo en pie con honor y que, finalmente, cayó a manos de un jugador superlativo como es el genio Kobe Bryant.
Y no le faltará razón. Pero, a mí, el partido que confirmó que, tal vez, los Celtics deberían poner fecha de caducidad –y a ser posible temprana- a, por lo menos, dos tercios de ese glorioso Big Three.
Aunque, realmente, las carencias de estos Celtics se vieron con mayor crudeza en un partido jugado no hace mucho tiempo. Fue, precisamente, en un choque contra los Hawks de Atlanta. En teoría, los Hawks son el rival más asequible, entre los grandes claro, que tienen los Celtics en la Conferencia Este.
Pero los Hawks demostraron ser un equipo joven. Los Celtics, por su parte, demostraron ser un equipo mayor. Los Celtics se aferraron a la experiencia, pero los Hawks se aferraron al talento y a la frescura. Y, sencillamente, sacaron del campo a los Celtics. No se me ocurre mejor metáfora del cambio de guardia que ya acontece en la Conferencia Este.
Ni mejor ejemplo de cómo las maniobras del verano inciden en un equipo. El Manager General de los Celtas, Mr. Danny Ainge, siguió el libro más ortodoxo de los gerentes generales y fichó jugadores veteranos para mejorar a un equipo ya de por sí muy veterano. Los Hawks ficharon jugadores jóvenes: no tanto para rejuvenecer el equipo, sino para ser mejores. Los resultados son evidentes.
Este verano pasado, el fichaje de Shaquille en Cleveland hizo correr ríos de tinta. La adquisición de Rasheed Wallace por parte del Boston se anunció como la operación que haría todavía más potentes a los Celtics. Incluso Vince Carter llegó al Orlando con el aura de ser la pieza necesaria para que los Magic volvieran a repetir presencia en las Finales de la NBA.
Sin embargo, el fichaje de Crawford por los Hawks pasó relativamente desapercibido. Pero su aportación ha convertido al equipo de Atlanta en un auténtico poder en el Este.
Los Hawks son el equipo del momento y apuntan al futuro. Nos guste o no -sobre todo a los que somos más clásicos en esto de la NBA- parece claro que los Celtics de Boston son el equipo del ayer.
Es uno de los periodistas españoles con más reputación cuando se habla del baloncesto de los Estados Unidos. En radio, ha trabajado para la Cadena COPE desde 1986 hasta la temporada 1991 1992, y desde la 1992-1993 lo hace para la Cadena SER, participando en espacios tan populares como el Carrusel Deportivo. En prensa, le hemos leído en medios de tanto prestigio como el diario EL PAÍS o la Revista Gigantes.
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