Tras los pasos de Hollander, por meej

DOMINGO, 05 DE JUNIO DE 2011

El Charles Barkley Chino

La explicación tradicional de por qué China sólo producía jugadores interesantes de más de 2.10 de estatura (desde Mu Tiezhu hasta Ji Yianlian) y no bases ni escoltas tenía que ver con la peculiar estructura del baloncesto del país. Desde finales de los años cincuenta China había sido objeto de la mayor “Operación Altura” de la historia del deporte, durante la cual un ejército de entrenadores a cargo del estado recorrían el país palpando y midiendo los huesos de las muñecas de todos los niños y niñas con alturas superiores a la media con el objetivo de incorporarlos a los equipos de baloncesto y balón-volea. Cuando cumplían los quince años, aquéllos cuyo desarrollo apuntaba a estaturas superiores a los dos metros se incorporaban a las escuelas deportivas, donde entrenarían de cinco a ocho horas diarias seis días a la semana hasta los veintiocho años en el caso de las chicas, treinta en el caso de los varones. El objetivo de esta “operación altura” era conseguir los jugadores más altos que pudieran, y por ello los puestos de base y escolta quedaban reservados para aquéllos que no habían crecido según lo esperado, los “fracasos” que habían decepcionado las esperanzas puestas en ellos. No es de extrañar que en la mayoría de los casos los entrenadores no concibieran otra misión para ellos que subir el balón para entregárselo a los pívots lo antes posible.

A eso había que añadir la peculiar naturaleza del entrenamiento de baloncesto en China, orientado más al desarrollo del espíritu comunista que a la mejora técnica. Los ejercicios repetitivos y mecánicos buscaban ahogar cualquier veleidad creativa o individualista de los jugadores, hasta el punto que no se conservaban estadísticas individuales de los torneos nacionales o internacionales sino que sólo se registraba el marcador final. Dada la política endogámica de las autoridades deportivas, que favorecían los matrimonios entre jugadores de baloncesto para aumentar las posibilidades de tener descendencia bien despachada en el tema centímetros, la presión por reprimir cualquier impulso personal se transmitía de generación en generación. Los jugadores chinos, en particular los exteriores, eran disciplinados, mecánicos, obedientes.

Excepto Ma Jian, claro. Nacido en 1969, Ma Jian creció viendo vídeos piratas de la NBA de los ochenta, y su ídolo era “Magic” Johnson. Decidido a imitarle, no sólo trabajó para conseguir un tiro exterior y un manejo de balón infrecuentes en un jugador chino de su estatura (dos metros), sino que además se dedicó a levantar pesas hasta adquirir un físico musculado que contrastaba con el aspecto escuchimizado de sus compañeros. Ma Jian era un caso único en su país, un jugador de China con físico estadounidense – y su actitud también recordaba más a la de sus homónimos del otro lado del Océano Pacífico. Durante su etapa en la selección nacional, el entrenador decidió hacerlos entrenar de seis a ocho horas los siete días de la semana, incluyendo los domingos que oficialmente eran el día de descanso. Cuando Ma Jian intentó hacerle ver que el equipo estaba agotado y que tanto entrenamiento resultaba contraproducente, la respuesta del seleccionador le dejó estupefacto: “¿Qué crees que pensarán nuestros líderes si vienen un domingo y nos encuentran entrenando? ¡Verán que entrenamos siete días a la semana! Entonces, si perdemos nadie podrá echarnos la culpa a nosotros.” El sistema deportivo maoísta, cuyo objetivo no era la mejora ni la victoria sino evitar la culpabilidad por la derrota, chocaba con las ideas de Ma Jian.

Su gran oportunidad llegó en 1988, en su primera convocatoria con la selección nacional. Un par de entrenadores universitarios americanos acudieron a ver los entrenamientos de la selección, y pidieron que los jugadores hicieran un 1x1. En principio los extranjeros sólo estaban interesados en ver pívots, pero Ma Jian decidió aprovechar la ocasión y demostró una agresividad y unos recursos ofensivos que llamaron la atención de los observadores. Uno de ellos le dirigió una parrafada de la que el jugador sólo entendió una palabra, “América”; Ma no lo sabía, pero se trataba de Jim Harrick, entonces entrenador jefe de la mítica UCLA. Un mes más tarde el jugador recibió un impreso de solicitud de matrícula en esa universidad y una carta ofreciéndole una beca deportiva completa. Ma Jian dio un paso sin precedentes, y redactó una solicitud oficial pidiendo autorización para asistir a la universidad estadounidense, comprometiéndose a volver para cumplir sus compromisos con la selección nacional. Hasta entonces, ningún deportista chino había salido del país antes de cumplir los 28 años, y ni siquiera estaba claro que alguno lo hubiese intentado.

La solicitud fue rechazada, pero el jugador no se dio por vencido. En 1991, durante una gira de exhibición por las Filipinas, Ma Jian se ausentó del primer partido alegando una visita al médico por unas molestias en la espalda. En realidad se había dirigido al consulado estadounidense, donde realizó el examen de acceso a la universidad (el famoso S.A.T.) a pesar de no saber ni una palabra de inglés. Ma Jian aprendió lo que otros muchos estudiantes habían descubierto antes que él: no se puede aprobar el SAT marcando respuestas al tuntún. Además de suspender el examen, Ma tuvo que afrontar la ira de las autoridades chinas cuando se enteraron de su intento de fuga. A partir de ese momento no volvió a participar en ninguna gira del equipo por el extranjero, a pesar de que había sido uno de los abanderados en los Juegos Asiáticos de 1990 (desde 1988, en todos los eventos deportivos multidisciplinares la bandera china es llevada por el jugador más destacado del equipo de baloncesto, con el objetivo de que ondee por encima de las demás banderas). Ma Jian era un jugador único en su selección, un alero que combinaba estatura, fuerza para atacar el rebote, tiro exterior y manejo de balón; pero en Barcelona 92 fue el último jugador de la rotación. No podían dejar de convocar al mejor jugador del país, pero sí podían enterrarlo en el banquillo.

El enfado de los entrenadores de la selección era especialmente intenso porque Ma Jian había conseguido salirse con la suya. Gracias a un pariente que ocupaba un alto cargo del gobierno, el jugador había recibido por fin la autorización de un pasaporte personal. Normalmente los deportistas chinos viajaban con un tipo de pasaporte muy restringido denominado “de negocios”, que no permitía entrar en cualquier país ni desplazarse sin ir acompañados de un funcionario del estado, pero Ma había conseguido uno de los escasísimos pasaportes de pasaportes de toda la vida, que le permitía viajar libremente a los EEUU. Con él pudo obtener un visado de estudiante, y en otoño de 1992 llegó por fin a California. Su desastroso SAT le vedaba el acceso a UCLA o a cualquier otra universidad de primer nivel, así que el entrenador Jim Harrick lo envió al Utah Valley State Junior College para que mejorase su nivel académico.

Ma Jian aprendió el suficiente inglés como para conseguir un notable bajo de nota media, y en la pista promedió 18 puntos por partido. “¡Haz jugada, haz jugada!” pedía el entrenador Duke Reid. Ma respondió con un triple inmediato: “No necesitamos hacer jugada.” Libre de la tiranía del sistema de entrenamiento chino, Ma Jian adoptó el tiro exterior como signo de identidad (según un periodista, tiraba desde tan lejos que parecía creer que la línea de medio campo era la de triple). Sin embargo, seguía siendo de corazón un jugador de equipo, y cuando se enteró de que sus compañeros le consideraban un “chupón” se sintió desolado. No se recuperó hasta pedir disculpas, y después intentó acaparar menos tiros. “Ganar no es importante, entrenador; sólo jugar.”

Su buen rendimiento y su mejora académica atrajeron el interés de las universidades locales, tanto BYU como Utah, que eclipsaron la opción de UCLA. Finalmente Ma Jian se decidió por los University of Utah Utes entrenados por un técnico de prestigio como Rick Majerus. Para ayudar a su aclimatación, la universidad ofreció un puesto en el equipo a Ryan Hunt, un escolta del Salt Lake Community College que destacaba más por su rendimiento académico que por sus perspectivas baloncestísticas: no era ningún secreto que Hunt había sido escogido porque hablaba chino mandarín después de su estancia como misionero en Taiwán. Ma Jian se convirtió en el alero titular del equipo gracias a su versatilidad e intensidad, y promedió casi 8 puntos y 4 rebotes por partido. Su sueño de llegar a la NBA parecía menos imposible, y el jugador llegó a plantearse intentar dar el salto directamente sin completar su último año en la universidad de Utah.

Quizás hubiese sido mejor para él. Ma Jian se encontraba a gusto en un juego más abierto y menos disciplinado que el que prefería el entrenador Rick Majerus, y eso los llevó a chocar a comienzos de la temporada 1994-95. Durante el Maui Invitational Classic los Utes perdían de 6 contra Maryland al final de la primera parte; Rick Majerus ordenó “un tiro”, y Ma Jian lo entendió a su estilo: en cuanto tocó el balón realizó un lanzamiento de cinco metros, Maryland capturó el rebote y salió al contraataque, anotaron la bandeja y forzaron un tiro libre adicional. “Go back to fucking China!” gritó el entrenador. La desventaja pasó de seis puntos a nueve, y Majerus le echó la cruz al jugador: Ma Jian no volvió a contar en los planes del equipo, y prácticamente no volvió a jugar en toda la temporada. Con ese bagaje era imposible que fuese escogido en el draft de 1995, pero se trataba de un jugador con “físico NBA” y eso le abrió algunas puertas. El trotamundos Donnie Nelson, siempre interesado en China, le dio la oportunidad de acudir a la liga de verano con los Phoenix Suns, pero Ma Jian ofreció un rendimiento muy mediocre y no demostró tener nivel para la liga.

Claro que siempre hay un sitio para los jugadores que no tienen nivel NBA: los Clippers. Los Ángeles posee una de las colonias asiáticas más importantes de los EEUU, y Donnie Nelson envió a los Clippers vídeos de los entrenamientos de Ma Jian pensando que les podría resultar útil como reclamo. Los Clippers decidieron incorporarlo a su equipo de pretemporada, y le firmaron un contrato no garantizado por dos temporadas con la intención de cortarlo antes de que empezara la competición oficial. Ma Jian cumplió con su cometido, y los partidos de pretemporada de los Clippers presentaron un notable aumento en el número de espectadores gracias al reclamo del primer jugador chino que estaba a prueba con un equipo de la NBA. Lo que no se esperaban era la buena imagen que dejó Ma Jian en esos partidos; aunque se veía que aún no estaba preparado para la NBA, su agresividad dentro de la pista y su buena disposición fuera de ella impresionaron al entrenador Bill Fitch, que llegó a plantearse ofrecerle un contrato temporal. Los Clippers tenían las cuatro posiciones exteriores de la rotación cubiertas, pero el base “Pooh” Richardson tardaría un par de semanas en estar listo para jugar y eso abría una posibilidad.

Algunos medios llegaron a anunciar su fichaje, pero al final Ma Jian fue el último jugador cortado por los Clippers, apenas 24 horas antes del comienzo de la temporada; algún tiempo después el jugador reconoció que había llorado el final de su sueño. Pasó la temporada en las Filipinas, donde su hermano Ma Ming estaba intentando conseguir plaza en la liga universitaria, y aunque su actitud seguía siendo de jugador de equipo sus números de estrella contribuyeron a que su club, el Hapee Toothpaste, se proclamara campeón de la “Conferencia Reforzada” de la PBL. Volvió a hacer la pretemporada con los Clippers en 1996, pero en esta ocasión el equipo tenía más jugadores con contratos garantizados que el año anterior y fue cortado poco después.

Ma Jian estaba a punto de dejar el baloncesto profesional para dedicarse a su incipiente carrera comentando partidos para canales en chino. Se había casado con una americana de origen japonés con la que tenía dos hijos, y cada vez parecía más difícil que regresara a su país. Ma había intentado desesperadamente volver a la selección primero para el Mundobasket de 1994 y luego para los Juegos Olímpicos de 1996, enviando cartas a las autoridades deportivas de China y recurriendo a todos los contactos de su familia en las altas esferas, pero había sido en vano. No sólo quedó fuera definitivamente de la selección, sino que los medios de comunicación chinos tenían prohibido mencionar su nombre bajo ninguna circunstancia. Algunos jugadores de la nueva generación como Mengke Bateer admiraban a Ma Jian como a un pionero que había demostrado que con trabajo y atrevimiento se podía dar el salto a los EEUU, pero en general estaba quedando al margen del baloncesto chino.

Hasta que recibió la llamada de Winston Lee en 1998. Un par de años antes la liga china se había reorganizado siguiendo el modelo capitalista, con un juego más vistoso y la presencia de extranjeros. Incluso se permitió que uno de sus clubes, el Beijing Aoshen, fuese de titularidad privada. Su propietario era uno de esos nuevos multimillonarios surgidos al calor de las reformas económicas, un promotor inmobiliario que cuando se hizo rico occidentalizó su nombre de Li Su a “Winston Lee”. El equipo acababa de ascender a la primera división, y Winston Lee estaba dispuesto a gastar lo que fuera necesario para alcanzar la élite de la liga china, ocupada entonces por el Bayi Fubang, el equipo del ejército liderado por Wang Zhizhi. El Beijing Aoshen disponía de fondos casi ilimitados, que le permitían fichar americanos de cierto nivel como el ex-azulgrana LeRon Ellis, Kevin Salvadori o Roy Tarpley, contratar al primer entrenador extranjero (Mike McGee, el antiguo Laker) y pagarle a Ma Jian un sueldo de estrella. Pero a cambio tenían que lidiar con las veleidades de Winston Lee, un propietario de los de la vieja escuela. A pesar de mantenerse lejos de la prensa y de la atención de los aficionados, Lee intervenía permanentemente en el día a día del equipo. Eran frecuentes las llamadas telefónicas al entrenador en medio del partido, ordenando estrategias o sustituciones que éste tenía que realizar al momento, y también sus apariciones en el vestuario al terminar el encuentro repartiendo dinero si se había ganado, y amenazando a los jugadores si habían perdido. Durante las rachas de derrotas la plantilla podía pasarse semanas sin cobrar, hasta que al dueño se le pasaba el enfado; y en una ocasión decidió castigarlos ordenando que todos los desplazamientos se realizaran en tren en lugar de por avión, a pesar de las enormes distancias que hay que cubrir en la liga china. Quizás el caso más publicitado fue el escándalo originado cuando Winston Lee se negó a ceder a su gran estrella Sun Yue a la selección nacional. La respuesta de la federación fue sancionar al club impidiéndole jugar durante la temporada 2004-05, y Winston Lee convirtió a su club en un equipo itinerante, que jugaba partidos de exhibición en Taiwán, las Filipinas e incluso Europa antes de incorporarse a ligas menores de EEUU.

Claro que eso fue años después. De vuelta a 1998, Ma Jian aprovechaba su superioridad física para brillar en la CBA (la liga china, no la extinta liga menor estadounidense). En los Clippers había tenido que jugar de escolta pero en China con su estatura podía jugar de ala-pívot, y con él Aoshen alcanzó las semifinales en su debut en la primera división. Los aficionados lo recibieron como una estrella para disgusto de las autoridades deportivas, y Ma Jian disfrutaba de su papel. Lejos de las declaraciones tibias y humildes que eran habituales en los deportistas de su país, Ma no perdía ocasión para manifestar unas opiniones muy poco satisfactorias para los estamentos baloncestísticos de China: atribuía su éxito a su experiencia americana, expresaba la superioridad de las técnicas y entrenamientos estadounidenses sobre los chinos, animaba a sus compatriotas a imitarlos y se proponía a sí mismo como ejemplo a seguir. El jugador sabía que ese camino no era el más adecuado para reintegrarse en la sociedad china, pero no podía evitarlo; como le sucediera en Utah con Rick Majerus, Ma Jian sólo sabía expresar su auténtica opinión, sin maldad pero también sin concesiones.

Su buena temporada no pasó inadvertida, y para su sorpresa la NBA volvió a entrar en su vida con un contrato de diez días para formar parte de los Dallas Mavericks. Es probable que esta oferta tuviera mucho que ver con los intereses del propietario Ross Perot Jr. en China, pero el hecho era que se trataba de la oportunidad legítima y muy real de convertirse en el primer jugador asiático en jugar en la NBA. Pero cuando Ma Jian le pidió a Winston Lee que le liberase de su contrato con Aoshen para ir a Dallas, la respuesta fue negativa. Lee le advirtió en términos expeditivos que si intentaba marcharse, él se encargaría de que no volviese a jugar en China nunca más. Con los contactos de Winston Lee más la enemistad de las autoridades deportivas locales, Ma Jian estaba seguro de que esa amenaza se haría realidad. Aún le quedaban cuatro años de contrato por una muy buena cantidad de dinero, y tenía una familia que mantener. Ma no sería el primer jugador chino en la NBA.

Es posible que el final del sueño de Ma Jian influyera en el deterioro de su rendimiento. Su juego se fue diluyendo, aunque él lo achacaba a los problemas físicos; en especial una lesión de rodilla que prácticamente lo redujo al rol de tirador exterior. Winston Lee estaba cada vez más descontento con las derrotas del equipo, y después de que Ma Jian fallara dos tiros libres en el último segundo contra los Shanghai Sharks de Yao Ming, el propietario lo acusó de perder el partido deliberadamente en connivencia con apostadores profesionales. Lee apartó al jugador del equipo y lo sancionó con una suspensión permanente de empleo y sueldo. Durante año y medio Ma Jian tuvo que estar sin jugar y sin cobrar, porque sus derechos pertenecían a Aoshen y la CBA no le dejaba firmar por otro equipo a pesar de que no le pagaban. Al final, Ma Jian tuvo que recurrir a los tribunales para que le permitieran fichar por los Shanghai Sharks, donde fue compañero de Yao Ming cuando ganó el campeonato justo antes de que éste diera el salto a la NBA que su compatriota había soñado tantas veces.

Ma Jian lleva años retirado y trabaja como comentarista de baloncesto para diversos canales de televisión que emiten en chino. Sigue expresando sus opiniones, que como siempre oscilan entre lo colorista y lo polémico, y eso hace que los medios le busquen cada vez que necesitan una declaración jugosa sobre el baloncesto chino. Por ejemplo, durante la polémica entre Yi Jianlian y los Milwaukee Bucks, Ma afirmó que una de las razones por las que el jugador prefería ir a una ciudad con mayor presencia asiática era para tener más opciones de conseguir una novia china que estuviese buena. Como es evidente, sigue metiéndose en problemas y de hecho su relación con los Shanghai Sharks también terminó en los tribunales, pero supongo que no puede evitarlo.

Ma Jian resume su carrera con un antiguo proverbio que ilustra la secular aversión china a las novedades y los riesgos: “La primera paloma que deja el nido es la que recibe el disparo.”
 

Por MEEJ a las 14:19 2 Comentarios
 
LUNES, 30 DE MAYO DE 2011

LOCAL HERO

Muchos aficionados recordamos a Mike Peplowski como el leñador inmisericorde fichado por Aíto para medirle las espaldas a Sabonis, y que terminó llevando a hombros a Epi cuando el entonces Barcelona se proclamó campeón de la liga ACB. El detalle más curioso de su biografía es que un par de años antes, durante su temporada de novato en la NBA, el público de Sacramento le dedicaba una ovación cada vez que ponía un pie en la pista. Porque ésta es una historia conocida, pero aún así me gustaría contarla otra vez. Y al revés, aunque quizás resulte ser al derecho.

El 12 de diciembre de 1993 Mike Peplowski era el pívot titular de los Sacramento Kings. No era por méritos propios, desde luego, sino que se debía a las lesiones de Duane Causwell y Randy Breuer además de las limitaciones de Pete Chilcutt. Acosado por los problemas físicos y el bajo rendimiento de sus pívots, el entrenador Garry St. Jean los fue rotando a todos por el quinteto titular hasta que un traspaso meses después trajo al fin un “cinco” decente como era Olden Polynice. Concretamente el experimento de Peplowski como titular terminaría una semana después, cuando el propietario Jim Thomas ordenó al entrenador que no volviera a incluirlo en el quinteto inicial. Pero esa noche, contra los Clippers de Ron Harper y Danny Manning, Mike Peplowski aún era titular. Su actuación justificó las iras del dueño: 4 puntos y 3 rebotes en 14 minutos de juego, con dos tapones como única aportación reseñable a pesar de la ausencia de Stanley Roberts (entonces pívot titular de los Clippers). En las alas, Mitch Richmond, Wayman Tisdale y Lionel Simmons aportaron sus veinte puntitos de cada noche, pero los Kings se hundieron al final del tercer cuarto, cuando pasaron más de dos minutos y medio sin anotar. Mark Aguirre encestó un triple, luego una bandeja y finalmente taponó un lanzamiento de Simmons, y ahí se decidió el resultado. El público de Sacramento tuvo que soportar la humillación de ver cómo los Clippers, nada menos que los Clippers, se llevaban el partido cómodamente por 102-112. Los Kings llevaban casi un mes sin ganar en casa, y habían perdido 13 de sus últimos 15 partidos.

Mike Peplowski tenía prisa por marcharse del Arco Arena. Una derrota ante los Clippers no invita a quedarse en el vestuario a saborearla, y en casa le esperaban unos amigos que habían venido de Michigan a visitarle. Como la mayoría de sus compañeros, Peplowski decidió evitar la autovía, colapsada por los vehículos de los asistentes al partido intentando volver a sus casas, y optó por la Del Paso Road, una de las pequeñas carreteras comarcales que rodeaban al rústico Arco Arena. Con la escasa luz que proporcionaba la farola del cruce con El Centro Road, Mike Peplowski creyó ver un vehículo volcado en la carretera. No era la primera vez en su vida que se encontraba con un accidente, y Peplowski era incapaz de seguir adelante como si nada. Detuvo su coche y se bajó para encontrarse con un Toyota 4x4 volcado a un lado de la carretera, y un vetusto Buick familiar convertido en una bola de metal. El conductor del Buick, Daniel Wieland, había quedado atrapado dentro de su vehículo, y junto a él estaba otro automovilista intentando auxiliarle: “¡Mire a ver si hay alguien más por ese lado!” Peplowski rodeó el Toyota, prácticamente partido en dos, y no vio a nadie. Estaba a punto de volverse cuando le pareció ver algo moverse al fondo de una zanja al lado de la carretera. Estaba lejos, a unos seis metros del coche, pero sin duda se trataba de otra víctima.

Fue entonces cuando vio las zapatillas de baloncesto tiradas en el arcén, y supo de quién se trataba. Era su compañero Bobby Hurley.

Posteriormente la prensa diría que fue Peplowski el que dio la vuelta al desvanecido Bobby Hurley, impidiendo que se ahogara en el agua de la zanja. En realidad fue Mike Bantham, el conductor del vehículo que iba justo delante del de Hurley y que había conseguido esquivar al Buick de Wieland, que venía a unos ochenta kilómetros por hora y sin luces. Mike Peplowski fue a su coche a por su cazadora, y volvió lo más rápido que pudo para envolver con ella a su compañero e intentar mantenerlo caliente. “Pep, ¿qué ha pasado?” A pesar del barro y la sangre, el mal olor del aliento de Bobby Hurley era inconfundible. “Fue entonces cuando supe que algo iba muy mal”, diría luego, “que Bobby probablemente tenía heridas internas”. Mike Peplowski no tenía forma de saberlo, pero las heridas que había sufrido Bobby Hurley son mortales en la inmensa mayoría de los casos. Además de las fracturas en la espalda, rodilla y muñecas, Hurley tenía ambos pulmones colapsados; pero sería en el quirófano cuando los médicos descubrirían que el pulmón izquierdo se había desprendido de la tráquea. En un caso como ése las posibilidades de salvar el pulmón, y con él al paciente, son escasas.

“Pep... ¿me estoy muriendo?” “No seas ridículo.” Peplowski no tenía forma de saber la gravedad de sus heridas, pero no le hacía falta. A Bobby Hurley cada vez le costaba más respirar, y sólo había que mirarle para darse cuenta de que existía una posibilidad muy real de que no aguantara hasta que llegase la ambulancia. “¿Me voy a morir?” “Todo va a salir bien.” Intentó mantenerle consciente, como en las películas: “¿Sabes dónde estás? ¿Te acuerdas del partido? ¿Sabes qué día es hoy?” La prensa diría después que Mike Peplowski era un héroe, pero él no se sintió heroico durante esa noche de diciembre. Hacía frío y estaba empapado, pero no dejaba de sudar y el corazón le latía a mil por hora. Estaba oscuro, no se oía nada y estaban solos. Hurley jadeaba y no dejaba de sangrar. “Pep, ¿me voy a morir?” “Aguanta, Bob, aguanta...”

Aún le seguía cogiendo la mano cuando lo metieron en la ambulancia. “No te preocupes, Bob, yo me encargo de todo.” “Todo” era usar la radio de la policía para avisar al médico de los Kings, y llamar al entrenador para contarle lo que había pasado. Lo peor, llamar a una mujer a la que no conocía y decirle que su novio iba camino del hospital. Y luego volver a su coche, cubierto de sangre y barro, para ir a la casa de su compañero, recoger a su novia y llevarla al University of California-Davis Medical Center.

“No quiero volver a ver algo así nunca más.” A Peplowski no le gustaba recordar el accidente, y no era el único. Hurley se negaba a hablar de lo ocurrido en “esa carretera”, y posteriormente no quiso declarar en el juicio que condenó a Daniel Wieland por conducción temeraria. Incluso entre ellos dos tuvieron que pasar más de tres meses antes de que fueran capaces de hablar de lo sucedido. Pero durante los meses que Mike Peplowski formó parte de los Kings, el público de Sacramento se ponía en pie cada vez que pisaba la pista.
 

Por MEEJ a las 00:27 5 Comentarios
 
JUEVES, 05 DE MAYO DE 2011

El Tamaño No Lo Es Todo, Pero Casi: Keith Closs

¿Quién no ha sentido alguna vez la tentación de dar limosna a los aficionados de los Clippers? Como dice el verso, no hay en el baloncesto nada como la pena de ser aficionado de los Clippers en Los Angeles. Son muchas las historias entre lo vergonzante y lo inexplicable que tienen su centro en la franquicia más maldita de la NBA, pero pocas tienen como protagonista a un jugador más inexplicable que Keith Closs, la leyenda de los mares de China.

Para los afortunados que no lo recuerden, Keith Closs era un pívot procedente de la Central Connecticut State University, una universidad pública que ocupaba el vagón de cola de la Division I de baloncesto ya que entonces no contaba en su haber con ninguna aparición en el torneo nacional de la NCAA. El único jugador procedente de esa universidad que había sido escogido en el draft de la NBA era Howie Dickenman, una decimoséptima ronda (17, un uno y un siete) de 1969. Cuando llegó Closs, sus Blue Devils nunca habían logrado un balance positivo en Div I, y venían de sumar sólo 4 victorias por 22 derrotas en la temporada anterior. Con el agua al cuello, el entrenador Mark Adams oyó hablar de un jugador de instituto de California que medía siete pies, y que podría estar interesado en acudir a Central Connecticut State ya que había nacido en Hartford y tenía familia en la zona. Por supuesto, había un motivo para que un jugador de esa estatura estuviese al alcance de una universidad de tercera fila: Keith Closs sufría de síndrome de déficit de atención, y durante su penúltimo año un enfrentamiento con el entrenador provocó su expulsión del equipo de baloncesto, por lo que el jugador dejó de acudir a las clases. Parecía poco probable que consiguiera graduarse en el instituto, pero un nuevo entrenador y un régimen especial de clases de apoyo consiguió que Keith Closs aprobara su último curso por los pelos mientras en la pista promediaba 19 puntos, 17 rebotes y 8 tapones por partido.

A pesar de sus problemas varias universidades se habían interesado por él, así que el entrenador Adams recurrió a medidas desesperadas: el padre de Keith Closs cumplía condena en una cárcel de Connecticut, y Mark Adams tiró de sus contactos para conseguir que el jugador pudiera visitar a su padre por primera vez en cuatro años. Al salir de la cárcel, Keith Closs firmó la “letter of intent”. Durante su primera temporada, en 1994-95, Closs fue el máximo taponador de la NCAA y batió el récord de tapones por un freshman, que hasta entonces era propiedad de Shawn Bradley. Sus promedios de 10.2 puntos, 7.4 rebotes y 5.3 tapones por partido no mejoraron demasiado el récord del equipo (pasaron de un 4-22 a un 5-18), pero sí hicieron que fuese escogido en el quinteto ideal de rookies de la Mid-Continent Conference en 1995. La temporada siguiente fue elegido para el quinteto ideal de la conferencia, y sus números aumentaron a 13.5 puntos, 9.3 rebotes y 6.4 tapones por partido, lo que suponía batir el récord de la NCAA en tapones que poseía David Robinson. “Join the Block Party”, anunciaba una enorme pancarta en el Detrick Gymnasium, y la marca final de 13 victorias por 15 derrotas era el mejor balance de los Blue Devils desde su ascenso a Divison I.

A pesar de ello, la universidad decidió “reasignar” a Mark Adams a otro puesto en abril de 1996. En realidad, no se trataba tanto de despedir a Adams como de contratar a Howie Dickenman, la única estrella en la historia del baloncesto en Central Connecticut que por fin había aceptado ocupar el banquillo. Para Keith Closs, el despido del entrenador que lo había reclutado suponía el fin de su conexión con la universidad a pesar de la buena marcha de sus estudios. Solicitó de inmediato la cancelación de su beca con la idea poco definida de pedir el traslado a otra universidad, pero cuando Central intentó oponerse Keith Closs simplemente se marchó.

Mientras esperaba su gran oportunidad en el draft de 1997, Keith Closs pasó la temporada 1996-97 con los Norwich Neptunes, un equipo profesional de Connecticut que formaba parte de la desconocida Atlantic Basketball Association con los que promedió 12 puntos, 6 rebotes y 5 tapones por partido. Sin embargo, su paso por los “tryouts” y campus pre-draft, principalmente de los Boston Celtics, fueron un completo fracaso. Quienes recuerden a Keith Closs seguramente lo hagan por su extraña figura, un cuerpo de casi 2.20 de estatura con poco más de 90 kilos de peso que parecía que se iba a desmontar en cualquier momento. Su falta de músculo provocaba comparaciones con el legendario Manute Bol, y sus problemas de falta de atención despertaban recelos entre los ojeadores. Para su enorme decepción, Keith Closs no fue elegido por ningún equipo de la NBA en el draft del 97. Claro que para algo creó dios a los Clippers.

Los Angeles Clippers habían terminado la temporada 1996-97 en puestos de playoffs, pero no os asustéis porque eso no indicaba ninguna alteración del orden cósmico. Apenas habían alcanzado las 36 victorias, así que no se trataba de que los Clippers hubiesen mejorado como de que los demás habían sido aún peores. Ese triste balance hacía que a pesar de haber entrado en playoff el equipo se planteara la urgente necesidad de refuerzos. Una de las posiciones más débiles era el puesto de pívot, que desde que Brian Williams / Bison Dele se negara a renovar estaba cubierto de manera circunstancial por dos ala-pívots voluntariosos como Loy Vaught y Lorenzen Wright. Con la retirada de Kevin Duckworth, el único “cinco” de la plantilla era Stanley Roberts, que apuraba las últimas temporadas del megacontrato que le firmaran años atrás los Orlando Magic para evitar que fichase por los Dallas Mavericks (el motivo por el que los Magic no querían que Roberts se fuese a Dallas se me escapa, entonces y ahora). A pesar de algunos momentos de brillo fugaz, la carrera de Stanley Roberts en Los Angeles se había visto marcada por los problemas de sobrepeso, lesiones y faltas de disciplina, que ese verano culminaron en un enfrentamiento público con el entrenador Bill Fitch. En un clásico traspaso “yo te doy mi problema a cambio de tu problema”, los Clippers enviaron a Stanley Roberts rumbo a Minneessootta y recibieron a cambio a Stojko Vrankovic, cuyo paso por los Wolves se había saldado con un rotundo fracaso. Los Clippers recibían a un jugador más sano y menos problemático, y los Wolves a uno con un contrato más corto. Con el titular resuelto, los Clippers buscaban a un suplente en el mercado de saldos, gangas y restos de serie con candidatos como Rastko Cvetkovic o Nate Huffman, el larguirucho pelirrojo que ganó una Copa de Europa con el Fuenlabrada (yo lo recuerdo así).

Mientras, los Lakers también andaban buscando un sustituto para el pívot Travis Knight, que acababa de fichar por los Boston Celtics después de una temporada rookie sorprendentemente efectiva. Para hacernos una idea del nivel, uno de los candidatos era el futuro madridista Paul Rogers, y otro era Keith Closs. Ambos formaban parte del equipo inscrito por los Lakers en la FILA Summer Pro League de California en julio de 1997, donde acompañaban a un tal Kobe Bryant. Keith Closs se convirtió en la gran revelación de la liga de verano, promediando 11.6 puntos, 7.3 rebotes y 4.4 tapones por partido. Los Lakers le ofrecieron un contrato, y para un joven criado en California como Closs se trataba de un sueño hecho realidad. Pero esa realidad incluía que los Lakers sólo podían ofrecerle el salario mínimo, y para entonces había otros equipos interesados en el jugador. Los Portland Trail Blazers invitaron a Keith Closs a su equipo para la Rocky Mountain Revue, otra liga de verano, donde formó pareja interior con el jovencísimo Jermaine O’Neal.

La prensa publicaba comentarios elogiosos de entrenadores y ojeadores, que destacaban no sólo su capacidad anotadora sino también su movilidad e incluso una especie de ganchito que se había sacado imitando a su ídolo Kareem Abdul-Jabbar. Lakers, Blazers, Celtics, Nuggets, Sonics, Wizards... Los Clippers tenían que darse prisa si querían asegurarse sus servicios, así que el 8 de agosto de 1997 renunciaron a sus derechos sobre el agente libre Malik Sealy y usaron ese espacio salarial para firmarle un contrato a Keith Closs por cinco temporadas y 8.5$ millones de dólares. Millones, repito. A escala, se trataba de un contrato tan desorbitado como el de Kevin Garnett, y en el vestuario de los Clippers cayó como un jarro de agua fría que se le firmara un contrato de cinco años y más de millón y medio por temporada a un jugador que no era nadie, que había pasado fugazmente por una universidad de tercera fila y cuyo único mérito residía en una buena liga de verano con los Lakers.

El debut de Keith Closs en un amistoso contra los Vancouver Grizzlies sirvió para acallar algunos rumores gracias a su buena actuación con 11 puntos, 13 rebotes y 4 tapones. Durante los primeros meses de liga, el pívot ofreció algunos destellos de auténtico potencial NBA, como su enfrentamiento contra Dikembe Mutombo y los Hawks, o contra los Lakers aprovechando la ausencia de Shaquille O’Neal. Pero su rendimiento global fue deficiente, confirmando la impresión de que en el mejor de los casos se trataba de un jugador muy verde que necesitaría tiempo y trabajo para poder contribuir al equipo con regularidad. Con su aspecto desgarbado, su falta de peso, sus pecas y sus llamativos peinados (alternando las “cornrows” con una afro setentera), Keith Closs se convirtió en objeto de burla para los aficionados, que aplaudían por igual sus ocasionales tapones como los mates estruendosos que le propinaban los rivales (en youtube se pueden encontrar dos clásicos de Antonio Daniels y Chris Webber). Tampoco ayudaban sus faltas de disciplina y sus problemas de actitud, que provocaron enfrentamientos con un entrenador con fama de autoritario como Bill Fitch. Keith Closs faltaba a algunos entrenamientos, y lo arreglaba con declaraciones a la prensa en las que manifestaba una fe en sí mismo que no se había visto en la liga desde los tiempos de Jawann Oldham. Closs especulaba públicamente sobre su sueño de tener una carrera NBA a la altura de Abdul-Jabbar y afirmaba que sus números se dispararían si pudiera gozar de minutos con regularidad, lo cual aumentaba la hilaridad de los aficionados que habían podido contemplar sus movimientos sobre la pista. Años después, Keith Closs declaró a la revista SLAM que había tenido problemas con la bebida desde muy joven, y que el alcoholismo había empeorado su situación en los Clippers.

En cualquier caso, el bajo rendimiento de Vrankovic y la falta de madurez de Closs significaban que el equipo seguía teniendo un serio problema en el puesto de “cinco” a pesar del dinero gastado ese verano. Ambos aportaban tapones, pero nada más; su falta de velocidad los hacía vulnerables en defensa, apenas aportaban en ataque y eran uno de los motivos de que los Clippers se vieran permanentemente superados en rebotes. Con el equipo en caída libre, los Clippers necesitaban a Isaac Austin. Ike Austin era un jugador poco conocido que había pasado fugazmente por la NBA antes de viajar a ligas europeas de segunda fila como Francia o Turquía. Los Miami Heat lo habían repescado como suplente de Alonzo Mourning, y en su segunda etapa en la NBA su rendimiento había sido sorprendente. Mourning se lesionó la rodilla al comienzo de la temporada 1997-98, y Austin se convirtió en la gran sorpresa del año al promediar casi un 20-10 como pívot titular. Pero Ike Austin terminaba contrato y los Heat no disponían de espacio salarial para renovarle, así que cuando Mourning se recuperó intentaron buscar un traspaso que no era fácil ya que los demás equipos temían que el pívot fichara por el mejor postor al finalizar la temporada. En su desesperación, los Clippers no podían permitirse el lujo de ponerse exquisitos, y obtuvieron a Ike Austin a cambio del escolta Brent Barry. Con la llegada de Austin el equipo consiguió por fin un pívot productivo, y Keith Closs se vio relegado al fondo de banquillo junto a Vrankovic.

Cuando se resolvió el locao de 1998, muchas cosas habían cambiado en los Clippers. Chris Ford había reemplazado a Bill Fitch en el banquillo, Ike Austin había fichado por los Magic, y los Clippers habían escogido con el número uno del draft a Michael Olowokandi (mi ejemplo favorito para explicar que cuatro años en la NCAA no hacen milagros). El estilo de juego de Ford casaba mal con pívots altos y lentos como Vrankovic y Closs, y además los Clippers estaban dispuestos a dar minutos a su flamante número uno, así que Keith Closs apenas pisó el parqué en la temporada 98-99. El único aspecto positivo fue que el equipo contrató al legendario Kareem Abdul-Jabbar como entrenador personal para Olowokandi. Para Keith Closs, que usaba el número 33 y que citaba a “Giant Steps” como su libro favorito, fue la oportunidad soñada para trabajar con su ídolo, aunque los resultados no fueran muy evidentes.

Las cosas mejoraron al año siguiente, cuando volvió a la FILA Summer Pro League con mejor actitud y dispuesto a trabajar para levantar su carrera. A pesar de varios desencuentros públicos con el entrenador y un paso por la lista de lesionados para ver si era capaz de ganar algo de músculo, Keith Closs se asentó como suplente de Olowokandi y volvió a jugar minutos con regularidad. Pero era el final para Keith Closs. El nuevo entrenador Alvin Gentry quería reconstruir el equipo sobre la base de jóvenes como Lamar Odom o Darius Miles, y además los Clippers acababan de obtener en un traspaso al veterano pívot Sean Rooks para que diera descanso a Olowokandi. Keith Closs fue desterrado a la lista de lesionados por lo que se llamó “falta de condición física”, y al terminar la temporada fue cortado el verano del 2001 cuando aún le quedaba un año de contrato.

Keith Closs pasó el verano con los Pennsylvania Valley Dawgs de la USBL, y en agosto firmó por un equipo de la A2 italiana, el New Basket Napoli. No convenció a sus responsables, y sin llegar a debutar en competición oficial fue sustituido por Andre Hutson. Keith Closs formó parte de los Harlem Globetrotters en la temporada 2001-02, y durante los años siguientes fue pasando de equipo en equipo por las ligas menores de EEUU, con etapas en la ABA (Detroit Motown Jammers, Orange County Buzz, South California Legends, Buffalo Silverbacks), CBA (Rockford Lightning, Gary Steelheads, Butte Daredevils) e IBL (Detroit Pros). En 2007 su nombre volvió a sonar cuando los Tulsa 66ers lo escogieron en la quinta ronda del draft de la NBDL. No lo hizo mal en la Development League, y consiguió un contrato en China con los Running Bulls de Yunnan Honghe como compañero de Gabe Muoneke. Actualmente compite en ligas locales de California como la JBL Pro Am League, formando parte de equipos llamados “Delta Jammers Play2Win” o “Santa Barbara Breakers” donde el único aliciente es ser compañero de Kareem Abdul-Jabbar Jr, el hijo de su ídolo. Keith Closs afirma que ha controlado su problema con la bebida y que acude regularmente a las reuniones de Alcohólicos Anónimos, aunque su apodo “Tall Can” despierta algunas dudas.

En fin. Hoy pocos lo recuerdan más que por un youtube de su época en la NBA, en el que una masa embravecida lo derriba durante una riña tumultuaria delante de un discopub y lo muelen a palos. Yo prefiero recordarlo como uno de los mejores ejemplos de por qué los Clippers son los Clippers, el jugador de 2.20 y 90 kilos al que pagaron ocho millones y medio de dólares porque jugó bien una liga de verano. Y ni siquiera con el equipo.
 

Por MEEJ a las 20:00 7 Comentarios
 
SáBADO, 02 DE ABRIL DE 2011

Toda la Culpa es del Dueño de los Lakers

Los aficionados de los Lakers se suelen quejar de ser objeto de los odios inmerecidos de los aficionados de las demás franquicias de la NBA, pero me temo que en este caso no queda más remedio que admitirlo: la culpa del inminente traslado de los Sacramento Kings a Annaheim es de Jerry Buss. En concreto, por no morirse.

No, esperad que lo explico. El muy probable traslado de los Kings al Honda Center de Annaheim se suele relacionar con el triste estado del pabellón de Sacramento, al que muchos aún seguimos llamando Arco Arena. Supongo que no hay peor señal de la decadencia de un equipo que tener como patrocinador del estadio a las pulseritas-timo Power Balance. En fin. El Honda Center de Annaheim no está a la altura de lo que suele exigir una franquicia de la NBA, pero no tiene ni comparación con el Power Balance Pavilion en términos de explotación, tanto por número y tamaño de sus palcos de lujo como de sus espacios comerciales. Ese aumento de los ingresos ayudaría a enjugar las pérdidas de los Kings ahora que los hermanos Maloof no andan tan boyantes, sobre todo después de que los gerentes del estadio hayan anunciado su disposición a invertir $25 millones en mejoras para atraer al equipo. Sin embargo, dado que seguirán estando por debajo de la media de la liga en ese sentido cabe preguntarse por qué no han buscado una ciudad con un pabellón aún más grande y moderno. La respuesta, como siempre, se encuentra en la televisión.

Durante estos días han aparecido noticias en varios medios como el LA Times informando de la culminación del ambicioso plan televisivo de Los Angeles Lakers. Actualmente hay dos cadenas que ostentan los derechos de las retransmisiones televisivas de los Lakers: KCAL-TV (una filial de la CBS que emite gratuitamente) y Fox Sports West (una cadena regional por cable de pago que forma parte del imperio Fox). Estos derechos caducan en el 2012, y el plan de los Lakers era no renovarlos sino sustituirlos por un canal propio, bien de manera autónoma o formando parte de otra cadena. Y así ha sido, ya que según parece los Lakers acaban de firmar un acuerdo con Time Warner para ceder sus derechos televisivos durante veinte (20) años a partir de 2012. El objetivo de Time Warner es conseguir también los derechos televisivos de los Dodgers y formar así la base de un bloque de canales deportivos que intentaría tomar la delantera a sus rivales. Las cifras del acuerdo, que contempla dos canales (uno en guiri y otro en español), no se han hecho públicas, pero según la prensa podríamos estar hablando de tres mil millones de dólares.

[Pausa para calcular mentalmente cuántas pulgadas tendría tu tele de plasma si pillaras esos dólares.]

Tres mil millones por veinte años salen a $150 millones por temporada, comparados con los $30 millones por temporada que paga actualmente Fox Sports West. Este brutal aumento de ingresos permitirá por fin a Jerry Buss alcanzar su sueño dorado, que consiste en garantizar que la familia Buss podrá permitirse mantener la propiedad de los Lakers el día que él muera, a pesar de tener que afrontar el pago del considerable impuesto de sucesiones que podría ascender al 55% de la herencia del patriarca rijoso. El doctor Buss tiene ya 77 años de edad, y durante los últimos años había llegado a plantearse aceptar alguna de las ofertas para vender los Lakers (por una cantidad que andaría sobre los mil millones de dólares) y asegurar el futuro de su familia – que hoy en día con menos de mil millones no haces nada. Con este contrato no será necesario, y estoy seguro de que todos los aficionados de los Lakers comparten su alivio. Hasta que Time Warner anuncie lo que piensa cobrar por esos canales nuevos, claro.

¿Qué pintan los Kings en todo esto? Pues parece ser que los hermanos Maloof se han dado cuenta de que Fox Sports West y KCAL se han quedado compuestas y sin baloncesto que llevarse a la antena. O al decodificador. Un traslado a una localidad cercana a Los Angeles, digamos por ejemplo Annaheim, podría servir para que Fox Sports West adquiriera sus derechos televisivos para hacerle la competencia a Time Warner, ofreciendo un producto no tan atractivo pero a unos precios mucho más bajos. Los operadores de cable y satélite podrían usarlo para negociar mejores condiciones con Time Warner, por ejemplo. Los Kings han tenido muchos problemas con la gestión de sus derechos televisivos, y de esta manera podrían aumentar los ingresos que actualmente reciben de Comcast.

El único consuelo para los aficionados de Sacramento sería que el traslado de los Kings a Annaheim tendría un impacto directo en el contrato firmado por los Lakers con Time Warner. Siempre según la prensa local, si el traslado se lleva a cabo entonces los Lakers verían reducidos sus ingresos en casi un diez por ciento, y el 10% de $3000 millones es un dinerito curioso. Eso garantiza que se opondrán al traslado de la franquicia durante la asamblea de propietarios que debe autorizarlo, pero es improbable que reciban muchos apoyos de otros equipos que no sean los Clippers. Seguramente todo se quede en una compensación que tendrán que pagar los Kings, igual que los Sonics tuvieron que pagar $30 millones por su traslado a Oklahoma, y la gerencia del Honda Center de Annaheim ya ha anunciado que están dispuestos a contribuir hasta $50 millones a la compensación que se imponga. No será ningún freno.

Irónicamente, nada de esto habría sido necesario si Jerry Buss hubiera muerto durante el año 2010. Una extraña cláusula introducida en la legislación sobre el impuesto de sucesiones dio como resultado que desde el 1 de enero al 31 de diciembre del 2010 no se aplicara la “federal estate tax”, un impuesto sobre herencias que en el caso de fortunas superiores a los $3.5 millones alcanzaba el 45%. Actualmente ha subido al 55%, y por eso el Dr Buss ha tenido que maniobrar para garantizar que sus herederos podrán hacer frente a ese pago sin necesidad de vender los Lakers. Desde el punto de vista de los aficionados de los Kings, si Jerry Buss hubiera muerto en 2010 entonces no habría hecho falta firmar este megacontrato televisivo, los Sacramento Kings no tendrían el aliciente de ocupar el lugar de los Lakers en Fox Sports West, y no existirían tantos motivos para el traslado.

¿Es o no es para odiar a los Lakers? Ni morirse a su hora saben. En fin, a ver si en la próxima entrada nos dejamos de contratos, juzgados, dineros y derechos, y volvemos al baloncesto.
 

Por MEEJ a las 13:56 1 Comentario
 
JUEVES, 17 DE MARZO DE 2011

Summer of Discontent: Los Celtics contra Italia

El 23 de julio de 1993 Raul Gardini se levantó temprano, se duchó y leyó los periódicos que aún seguían comentando el suicidio de Giuseppe Garofano tres días antes. En la celda donde esperaba juicio, Garofano había metido la cabeza en una bolsa de plástico y la había atado con sus cordones para asfixiarse. Gardini sabía que su arresto era cuestión de horas, y compartía con su antiguo socio la determinación de no ir a prisión. Volvió a la cama, cogió su pistola y la apoyó contra su cabeza. Los suicidios de Garofano y Gardini fueron la consecuencia más dramática del “Mani Pulite”, el gigantesco proceso judicial contra la extensa red de corrupción conocida como la “tangentopoli”. Wikipedia es un buen comienzo para quien desee informarse de la hecatombe política que sepultó a los corruptos partidos tradicionales italianos, provocó la reforma electoral y abrió la puerta a según qué aventuras populistas.

Raul Gardini, apodado despectivamente “il contadino” (“el campesino”) por su paso por la facultad de agricultura, heredó la empresa de cereales Ferruzzi en 1979 gracias a su matrimonio con la hija mayor del propietario. Gracias a su política atrevida (y como luego se sabría, también gracias a su creatividad contable y a los sobornos políticos), Gardini hizo crecer espectacularmente a la empresa. En 1987 adquirió la farmacéutica Montedison, y con ello Ferruzzi se convirtió en la segunda empresa más grande del país por detrás solamente del grupo FIAT. Una de las propiedades de Montedison desde hacía años era el periódico romano “Il Messaggero”, y ese nombre pronto se haría famoso en el mundo del baloncesto. Gardini se consideraba a sí mismo un deportista, pero su participación en el mundo del deporte parecía más relacionada con su ansia de notoriedad: adquirió un equipo de balón volea en su Rávena natal, y se introdujo en el mundo de las regatas (su velero “Il Moro de Venezia” fue finalista de la Copa América en 1993, pocos meses antes de su fallecimiento), pero lo que a nosotros nos interesa es la compra del Pallacanestro Virtus Roma (también conocido Bancorroma, Phonola o Lottomatica en diferentes etapas) en 1989. Raul Gardini le puso el nombre de su nuevo patrocinador, “Il Messaggero”, y decidió plantar cara a la NBA a golpe de talonario.

Su gran golpe fue sin duda el fichaje de Danny Ferry, flamante número dos del draft del 89 y una de las mayores estrellas universitarias del momento. Los Clippers habían escogido a Ferry, pero ya el mismo día del draft el jugador manifestó sus dudas sobre su posible futuro en ese equipo. Los Clippers no sólo eran la peor franquicia de la NBA con diferencia, sino que además disponían de varios jugadores que ocupaban su misma posición, entre ellos el número uno del draft anterior Danny Manning. La única explicación era que los Clippers tuviesen pensado realizar un traspaso, pero la franquicia no daba ninguna muestra de estar considerando esa opción. Cuando se empezó a hablar de una posible oferta procedente de Italia, los Clippers cometieron el error de creer que se trataba solamente de un intento del jugador por forzar su traspaso. Como disculpa habría que mencionar que no fue un fallo exclusivo de los Clippers, sino que varios equipos cometieron el error de no tomar en serio las ofertas procedentes de Italia, Grecia o España cuando negociaban con jugadores procedentes de la URSS o Yugoslavia, como demostraron los casos de Vrankovic o Sabonis. Danny Ferry terminó comprometiéndose con “Il Messaggero” por una cantidad astronómica que según las fuentes podía acercarse a los diez millones de dólares por cinco temporadas (con una cláusula que le permitiría volver a la NBA al final de cada año), y a pesar del escepticismo de la prensa estadounidense viajó a Roma para quedarse. Durante su ausencia, los Clippers traspasaron sus derechos a los Cleveland Cavaliers a cambio de Ron Harper, y después de sólo un año en Italia Ferry pudo regresar a la NBA donde tuvo una carrera decepcionante muy por debajo de lo esperado.

Sin que la NBA tuviera tiempo de recuperarse de la noticia de la marcha de Ferry, “Il Messaggero” volvió a la carga. El equipo italiano buscaba un base norteamericano, y después de descartar opciones como “Pooh” Richardson o Norm Nixon, el elegido fue Brian Shaw, el “comboguard” de los Boston Celtics. Shaw había sido elegido por los Celtics al final de la primera ronda del draft de 1988, procedente de una pequeña universidad. Había firmado un contrato de un solo año de duración por $150000, poco más que el salario mínimo, pero durante la temporada su rendimiento había superado las expectativas del equipo. De hecho, uno de los motivos por el que los Celtics decidieron traspasar al escolta Danny Ainge a cambio de un par de pívots había sido el buen nivel ofrecido por Brian Shaw, que terminó la temporada ocupando su puesto en el quinteto titular. Al igual que los Clippers, los Celtics prestaron poca atención a los rumores sobre una posible oferta procedente de Roma. “Que vaya practicando el italiano”, declaró el General Manager Jan Volk convencido de que se trataba de una maniobra para negociar un mejor contrato. Pero al igual que sucediera con Ferry, resultó que cuando más estudiaba la oferta, mejor le parecía a Brian Shaw: $800000 por la primera temporada y $900000 por la segunda, con la opción de volver a la NBA al terminar el primer año.

La marcha de Brian Shaw dejó desguarnecido el perímetro de los Celtics, ya que a la edad del base Dennis Johnson (35 años) había que sumar la falta de un escolta de garantías. Los Celtics tuvieron que recurrir a Reggie Lewis, cuya posición natural era la de alero, o a los veteranos Jim Paxson o John Bagley, jugadores que se encontraban en la recta final de sus carreras. La situación tampoco era la esperada en Roma, donde a pesar de la fuerte inversión realizada por “Il Messagero” (que incluía la contratación del veterano Roberto Premier y del entrenador Valerio Bianchini) el equipo carecía de solidez y mostraba una preocupante irregularidad, lo cual provocaba críticas para sus carísimas estrellas estadounidenses. Danny Ferry parecía sobrellevar bien la presión, quizás por la tranquilidad que le proporcionaba haber logrado su traspaso de los Clippers, pero Brian Shaw empezaba a mostrar síntomas de morriña.

Los Celtics no habían perdido el contacto con su ex-jugador, y el 23 de enero de 1990 consiguieron que Shaw se comprometiera a anular la segunda temporada de su acuerdo con “Il Messaggero” para volver con ellos. Brian Shaw firmó un contrato por cuatro temporadas a partir del verano de 1990, por las que recibiría un total de cinco millones de dólares más $450000 como prima. Sin embargo, ése no sería su último cambio de decisión. Influido por su agente Jerome Stanley o inseguro sobre el rumbo que darle a su carrera, Brian Shaw empezó a realizar declaraciones públicas contradictorias sobre sus planes para la temporada siguiente, lo cual le granjeó la enemistad de la prensa y los aficionados de Boston. Al final, Brian Shaw remitió una carta a los Celtics el 6 de junio de 1990 informándoles de su decisión de permanecer en Italia para cumplir la segunda temporada de su contrato con “Il Messaggero” y cancelando así el acuerdo de enero. Los Celtics se prepararon para lo peor, y escogieron en primera ronda del draft de 1990 a otro base, Dee Brown, además de ofrecer un contrato al entonces jugador del Partizan Sasha Djordjevic para el caso de que tuvieran que afrontar una segunda temporada sin Shaw. Y luego se pusieron la ropa interior buena de ir al juzgado.

Porque no era el único tema judicial pendiente entre los Boston Celtics e “Il Messaggero”. Un año antes los Celtics escogieron en segunda ronda del draft de 1989 al pívot Dino Radja, que se presentó al minicampus de pretemporada a finales de julio y firmó un contrato de una temporada de duración por $450000 con la franquicia de Boston el 2 de agosto de 1989. Sin embargo, desde el primer momento se habían alzado voces en Yugoslavia oponiéndose a su marcha en un momento en el que los mejores talentos del país parecían estarlo abandonando en masa. Su entrenador Bozidar Maljkovic afirmó que Radja no recibiría el permiso del club para fichar por los Celtics, y la Jugoplastika anunció su intención de obligarle a cumplir el contrato firmado en 1988 que abarcaba hasta 1992. El 23 de agosto la Federación de Baloncesto Yugoslava determinó que el jugador tenía que cumplir su contrato, y que la única vía para romperlo era mediante una difícil apelación a la propia federación.

El caso era similar al que se planteó cuando los Portland Trail Blazers ficharon a Drazen Petrovic cuando éste tenía contrato en vigor con el Real Madrid, pero existía una diferencia fundamental: la NBA había firmado un acuerdo de reconocimiento mutuo de contratos con la ACB, por lo que se negó a tramitar el contrato de Petrovic; no existía ningún acuerdo similar con Yugoslavia. Acogiéndose a ello, los Boston Celtics afirmaban que el contrato de Dino Radja con la Jugoplastika era “amateur”, y no estaba reconocido por la NBA. La respuesta de la Jugosplastika llegó a finales del mes de agosto en forma de demanda civil contra los Celtics a quienes pedían seis millones de dólares en concepto de daños y perjuicios (curiosamente, una de las pruebas del demandante era un contrato firmado por la Jugoplastika para jugar un amistoso en La Coruña, en el que el promotor redujo la prima para el equipo debido a la ausencia de Radja). El 21 de septiembre se celebró la vista en el tribunal federal de la US District Court del Distrito de Massachusetts, durante la cual la Jugoplastika reclamó una orden judicial que paralizara el fichaje de Radja, y los Celtics alegaron que el contrato con el club yugoslavo no era válido debido a su carácter amateur y a que el jugador lo había firmado sin comprender sus términos. El 26 de septiembre el honorable juez Douglas P. Woodlock emitió una orden judicial que daba la razón a la Jugoplastika y prohibía el fichaje de Radja por los Celtics durante los dos años siguientes. La orden entraría en vigor el 5 de octubre, un día antes de la pretemporada de los Celtics, con el objetivo de que las partes alcanzaran un acuerdo antes de esa fecha.

Así fue. El 3 de octubre de 1989 los Boston Celtics y la Jugoplastika firmaron un acuerdo confidencial según el cual Dino Radja permanecería en Yugoslavia una temporada más y se incorporaría a los Celtics en el verano de 1990; la Jugoplastika retiraba su demanda y a cambio recibía como compensación una cantidad de dinero no revelada (quizás unos $250000), y el jugador firmó una extensión de su contrato con los Celtics por dos temporadas más, la 90-91 y la 91-92. Ambas partes cumplieron lo acordado, y la presencia de Dino Radja en los Celtics se daba por segura para 1990.

¿Qué tiene eso que ver con “Il Messaggero”? Calma, que ya llegamos. En principio, Dino Radja se había opuesto a los intentos de la Jugoplastika por hacerle volver a su país, y siempre manifestó su voluntad de quedarse para jugar en la NBA. Pero durante su última temporada en Yugoslavia Radja se dio cuenta de que la situación financiera del baloncesto europeo había cambiado. La NBA no era la única que se había fijado en las grandes generaciones de jugadores que estaban saliendo de Yugoslavia y la URSS, y muchos clubes europeos decidieron intentar aprovechar el relajamiento de las normas que hasta entonces habían impedido que salieran de sus respectivos países. La inversión en baloncesto se disparó, y las estrellas del este de Europa empezaron a recibir jugosas ofertas procedentes sobre todo de Grecia, Italia y España. Esos $450000 que parecían tan impresionantes un año antes se habían quedado pequeños en comparación con el contrato millonario de Drazen Petrovic en Portland, nuevo baremo económico, y Radja se dio cuenta de que podía duplicar fácilmente esa cifra en Europa. Además, la fallida experiencia de Zarko Paspalj en los Spurs ilustraba bien a las claras los peligros de dar el salto a la NBA sin el respaldo de un contrato sustancioso. La contratación de Maljkovic como nuevo entrenador del entonces Barcelona generó rumores de todo tipo sobre la posible llegada de Kukoc o Radja, y éste último se negaba a confirmar su presencia en Boston la temporada siguiente. A pesar de ello, los Celtics parecían tener la sartén por el mango gracias al contrato firmado el año anterior

A principios de julio de 1990 Radja viajó a Boston para negociar directamente con los Celtics. Según la prensa regresó convencido de que tendría que conformarse que una pequeña subida salarial (se hablaba de $800000 por temporada), pero la situación cambió dramáticamente en cuestión de días. En primer lugar, “Il Messaggero” se puso en contacto con Radja para hacerle una oferta mareante, que según algunas fuentes podría llegar a los quince millones de dólares por cinco temporadas; y en segundo lugar, su agente (Marc Fleisher de IMG) informó al jugador de que existía una vía para cancelar el contrato que había firmado con los Boston Celtics. El 1 de agosto de 1990 Dino Radja firmó con “Il Messaggero”, y los Celtics volvieron a los tribunales.

No tendrían que ir lejos, ya que desde principios del verano andaban de abogados a cuenta de Brian Shaw. Cuando Shaw comunicó a los Celtics su intención de volver a Roma para cumplir la temporada que le quedaba de contrato, la franquicia ya tenía preparada su respuesta. El 11 de junio solicitaron la apertura de un procedimiento de arbitraje acogiéndose al convenio colectivo de la NBA (el famoso “Collective Bargaining Agreement”, o CBA). Los Celtics recurrieron a una variante de ese proceso descrita como “expedite”, lo que cabría traducir como sumaria o urgente. Eso significaba que el “arbitrator”, un profesor de derecho de la universidad de New York llamado Daniel G. Collins, debía iniciar el procedimiento en el plazo de 24 horas, y después de escuchar los argumentos dispondría solamente de otras 24 horas para emitir su decisión. El 14 de junio Collins falló a favor de los Celtics, y ordenó a Brian Shaw que el día 20 de ese mes comunicara al club italiano que no continuaría en el equipo. Shaw anunció que no estaba dispuesto a cumplir la orden del “árbitro”, y cuando el día 20 de junio pasó sin que el jugador obedeciera, los Celtics volvieron a la US District Court del Distrito de Massachusetts acusando a Brian Shaw de desacato.

El 26 de junio, el honorable juez A. David Mazzone dio la razón a los Boston Celtics y ordenó a Brian Shaw que ejecutara las acciones según el fallo del “arbitrator”. La defensa del jugador se había centrado en tres puntos fundamentales: errores de forma, que Shaw había sido manipulado o coaccionado para firmar con los Celtics, y que el árbitro había excedido los límites de su autoridad en su decisión. Los dos primeros fueron rechazados ya que existían pruebas claras en su contra, así que el fallo se centró en un tercer punto que pasaría a formar parte de todos los manuales de derecho deportivo. Según el CBA, el formato contrato estándar de un jugador de la NBA sólo podía ser modificado en lo relativo a los pagos al jugador. Según la defensa de Shaw, la cláusula que le exigía cancelar su contrato con “Il Messaggero” no afectaba a los pagos, y por tanto no era válida ni tampoco el fallo del árbitro que exigía su cumplimiento. Sin embargo, el juez determinó que esa cláusula era válida (y con ella, también la decisión del árbitro) ya que determinaba el momento en el que el jugador se incorporaría a los Celtics, y por tanto cuándo empezaría a recibir sus pagos.

Brian Shaw recurrió al Primer Circuito de la US Court of Appeals, y la vista tuvo lugar el 11 de julio. El día 16 la corte de apelaciones ratificó la sentencia, y eso permitió a los Celtics solicitar la ejecución de la sentencia. El 19 de julio de 1990 finalizó el periplo judicial del caso, con un fallo en el que el juez Mazzone ordenaba a Brian Shaw cancelar su contrato con “Il Messaggero” bajo pena de una multa de $5000 por cada día que se negara a hacerlo. Seis días y $30000 más tarde, Brian Shaw dobló la rodilla.

Justo a tiempo, porque le tocaba el turno a Dino Radja. Los Celtics intentaban obligarle a cumplir el contrato que había firmado con ellos en 1989, y acusaban a “Il Messaggero” de interferencia. Como en el caso anterior, ambas partes tuvieron que someterse al veredicto de un “Special Master”, que no era más que otro título para denominar al mismo “arbitrator”: Daniel Collins. El argumento presentado por el agente Marc Fleisher estaba extraído del propio convenio colectivo de la NBA, que estipulaba que aquellos contratos que sólo tuvieran una duración de una temporada no podían ser prorrogados. El contrato inicial que firmó Radja con los Celtics era por una única temporada, así que la extensión firmada después del acuerdo con la Jugoplastika carecía de validez. Los Celtics alegaron que habían consultado con la NBA y que la liga les había informado de que esa limitación no se aplicaba al caso de Radja, pero el “Special Master” dio la razón al jugador y declaró nulo su contrato con la franquicia estadounidense. Dino Radja volvía a ser jugador de la Jugoplastika, y era libre de negociar su traspaso a “Il Messaggero”. Los Celtics se tuvieron que conformar con retener los derechos de Radja para la NBA, y con una cantidad de dinero que les pagó el club italiano a cambio de que renunciaran a apelar el fallo.

Al final, casi todos salieron trasquilados. Los Boston Celtics sufrieron una seria merma en su prestigio, y se estropearon sus planes de ir renovando la plantilla (especialmente cuando Reggie Lewis se nos murió). “Il Messaggero” ganó una Korac, pero no llegó a justificar su desorbitado presupuesto. Brian Shaw no fue capaz de superar la presión de la grada en Boston, y pasó por varios equipos ocupando roles de secundario. Dino Radja fue quizás el que salió mejor parado, con una medalla de plata olímpica en Barcelona y dos ligas griegas con el Panathinaikos; pero no consiguió igualar sus éxitos de juventud en la Jugoplastika, y cuando al fin llegó a la NBA los Celtics estaban pasando por una profunda crisis y el paso de Radja por el equipo estuvo marcado por la frustración.

En 1992, la crisis política y financiera puso fin a la aventura de “Il Messaggero”. El Grupo Ferruzi Montedison se deshizo del club y el periódico abandonó su patrocinio, sumiendo al equipo en la ruina. Quedó convertido en carne de leyenda, como el “costa a costa” que les endosó Fernando Romay en un amistoso o el desembarco de Jesús Gil en la ACB, una experiencia similar en algunos aspectos aunque a una escala mucho menor.

Al final, fue Raul Gardini el que mejor supo resumir la historia del equipo romano que se atrevió a ascender al olimpo de la NBA y luchar de igual a igual contra los Boston Celtics. Cuando encontraron su cuerpo, junto a él se encontraba una nota en la que había escrito una sola palabra: “Grazie”.

Por MEEJ a las 20:53 5 Comentarios
 
VIERNES, 04 DE MARZO DE 2011

El Rey del Triple

“Necesito toda la sabiduría que pueda conseguir.”
(Su Majestad Jigme Singye Wangchuck, Rey Dragón, ante una estatua de la diosa de la sabiduría)

De todas las historias que componen el libro “Big Game, Small World” de Alexander Wolff, quizás no haya ninguna tan fascinante como la del rey de Bután, el Druk Gyalpo (literalmente, rey dragón) Jigme Singye Wangchuck.

Su entrada en wikipedia proporciona la información básica necesaria para conocerle: educado en colegios privados de la India y el Reino Unido, ascendió al trono de su país en 1972 cuando su padre murió de un infarto durante un safari. Sólo tenía entonces 16 años y acababa de convertirse en el monarca más joven del mundo. “La responsabilidad llegó de pronto. Fue una época muy difícil para mí,” declararía. “Ser rey es como un examen que nunca termina, y que no tienes derecho a suspender.” Desde el trono continuó la política aperturista de su padre, convencido de que sólo el apoyo internacional podía evitar que Bután fuese absorbido por la India o China, como había sucedido con sus vecinos. Al mismo tiempo, su principal objetivo era la protección de la cultura budista tradicional del país: “No somos una potencia militar o económica, lo único que tenemos es nuestra cultura.”

Eso provocó una de las políticas estatales más extrañas que se han visto. Por un lado, el rey ordenó a los funcionarios públicos que usaran el gho, la túnica tradicional de Bután desde el siglo XVII. También se prohibió la caza y la tala de árboles, con el objetivo de mantener no menos del 60% de la superficie del país en su estado natural. La presencia de turistas extranjeros se mantiene al mínimo, y la penetración de la televisión o de internet se controlan cuidadosamente. Pero por otro lado el rey inició una larga serie de reformas tales como construcción de carreteras, la mejora de la sanidad o el impulso de la escolarización entre todas las clases sociales. Se animaba a los ciudadanos a continuar sus estudios en el extranjero, sobre todo en la India, y lo sorprendente era que la inmensa mayoría decidían volver a Bután al terminar su educación. A pesar de su bajo Producto Interior Bruto apenas existe hambre en el país, aunque persisten problemas como la alta mortalidad infantil. Jigme Singye Wangchuck popularizó el concepto de “Felicidad Interior Bruta”, una medida difusa de la calidad de vida y el progreso social que sería el objetivo del país, en oposición al PIB. Conocido por recorrer el país entero a bordo de su Toyota para consultar directamente a los ciudadanos por sus inquietudes y necesidades, se convirtió en una figura tremendamente popular.

La reforma política del país fue también destacable. Jigme Singye Wangchuck creía que una monarquía hereditaria no era la forma ideal de gobierno, pero al mismo tiempo era consciente de que la implantación de democracias parlamentarias en Asia, África y Sudamérica había sido un fracaso. Inició un proceso largo y lento de descentralización y democratización del gobierno, creando consejos y asambleas elegidos por sufragio directo (del que estaban excluidas las mujeres). La Asamblea Nacional recibió el poder de emitir un voto de confianza al monarca, y en su último año en el trono el rey distribuyó por todo el país ejemplares del borrador de la nueva constitución, que recogía un procedimiento de censura a la corona. En 2005 anunció su próxima abdicación en su hijo, y la convocatoria de las primeras elecciones generales (de las que siguen estando excluidas las mujeres) para el 2008.

Sin embargo, su presencia en el libro de Wolff no tiene que ver con nada de todo ello, sino con el partido de baloncesto que el rey y sus guardaespaldas jugaban contra el equipo del ejército cada día a las tres de la tarde, en una plaza delante del palacio.

La causa de todo era el Dasho Paljor Dorji, apodado “Benji”. Benji era primo del rey, y asistió a una escuela privada en Darjeeling donde descubrió el baloncesto. Su afición fue creciendo mientras estudiaba Derecho en el Reino Unido y se graduaba en la academia militar de Sandhurst, hasta el extremo de pedirle a su padre (a la sazón, primer ministro del país) que como recuerdo de su primera visita a los Estados Unidos le trajera un balón firmado por Bob Cousy. Jigme Singye Wangchuck, entonces príncipe heredero, había intentado practicar otros deportes sin éxito. Temía herir a alguien con el arco (en Bután es costumbre que los espectadores se coloquen detrás de la diana para intentar distraer al tirador, algo sobre lo que prefiero no opinar), y sus ensayos como portero de fútbol no habían tenido éxito: el otro equipo se negaba a chutar a la portería defendida por el príncipe, y los partidos carecían de interés. Fue Benji el que le enseñó el baloncesto, un deporte en el que el príncipe podía participar como uno más. El príncipe siguió jugando mientras estudiaba en el Reino Unido, y cuando volvió se había convertido en el mejor jugador del país (mayormente por la falta de competencia). No sé si Getty Images tendrá en muchas fotos más extrañas que la del joven rey en 1974 jugando al baloncesto calzado con sus Pro Keds y con los faldones del gho colgando.

En 1979 Jigme Singye Wangchuck decidió que necesitaba mejorar, y envió un anuncio a los Estados Unidos solicitando un jugador que aceptase venir un año a Bután con los gastos pagados. A ese anuncio respondió Steve Nycum, un pívot de 2.05 que después de un año en Texas Tech había terminado su carrera en el Champan College (Division II de la NCAA). El protocolo impedía que Nycum entrenase directamente al monarca, pero éste se dirigía frecuentemente al americano para pedirle su opinión sobre el juego. Fue entonces cuando se instauró la costumbre del partido diario a las tres de la tarde entre el equipo del rey y sus guardaespaldas contra Steve Nycum y el equipo del ejército, que también contaba con la presencia del veterano Dasho Benji Dorji. En la pista el primo del rey era conocido por el apodo “CJ”, abreviatura de “chief justice” o juez supremo ya que ése era su cargo oficial. Sin embargo, Benji solía decir que en realidad significaba “court jester” o bufón de la corte, debido a su gusto por las bromas con el balón. A pesar de ello, “CJ” era un buen base para lo que se despachaba en Bután, y con la presencia de Nycum el equipo del ejército solía ganar la mayoría de los partidos.

Contra lo que se pudiera pensar, eso no era un problema para Jigme Singye Wangchuck. El rey solía exigir a los rivales que le defendieran con más intensidad, y cuando notaba que era objeto de una excesiva permisividad arbitral no dudaba en parar el partido y reprender al pobre árbitro. Steve Nycum pudo ver las mejoras introducidas por sus consejos de manera inmediata: el rey dejó de cometer pasos constantemente (que nunca le señalaban), y pasó a convertirse en un tirador imparable. Su juego se basaba en amagar meterse al poste para sacar el gancho, y a continuación cortar hacia afuera para recibir el bloqueo de sus inmensos guardaespaldas y lanzar el triple. Pronto su equipo igualó al del ejército, y para cuando Nycum se marchó el rey ya era capaz de ganar casi todos los partidos. Después de eso, el equipo del rey siempre ganaba la liga de la capital a golpe de triple, pero en una ocasión el rival de turno ofreció más resistencia de la esperada y la victoria se produjo por un solo punto. Cuando Jigme Singye Wangchuck recibió el trofeo como mejor jugador del torneo (había sido el máximo anotador), delante de todos se dirigió al mejor jugador del equipo perdedor y le entregó el trofeo. A pesar de ello, era evidente que los rivales apenas hacían por defenderle, y que el árbitro no era capaz de indicar el final del partido hasta que el rey lo indicaba.

A mediados de los noventa el rey tuvo que abandonar su pasatiempo. Los disturbios causados por la presencia de inmigrantes nepalíes aconsejaban que se dedicara a otros deportes donde fuera más fácil garantizar su seguridad, tales como el tenis o el golf. Pero sus hijos continuaron con su afición, y cuando Alexander Wolff visitó el país en 1999 pudo ver un partidillo en la plaza delante del palacio en el que participaban los hijos de Jigme Singye Wangchuck y los de Benji Dorji. Se decía que uno de los hijos del indomable “CJ” era el primer jugador del país capaz de hacer mates, y que cuando el príncipe heredero jugaba la liga local siempre acudía uno de los guardaespaldas de su padre con la misión de irle transmitiendo al rey minuto y resultado del encuentro.

Y es que el monarca había abandonado la práctica del baloncesto, pero no la afición: “Yo antes era de los Boston Celtics, pero los dos últimos años he ido con los Houston Rockets. No porque hayan ganado dos campeonatos de la NBA, sino porque no tenían banquillo. No tenían banquillo, y un quinteto titular que no era tan bueno como el de muchos otros equipos de la liga. Y a pesar de ello derrotaron a equipos más fuertes para ganar el campeonato.”

Qué quieres que te diga, a mí con que no sea de los Celtics ya me vale.
 

Por MEEJ a las 22:15 6 Comentarios
 
DOMINGO, 16 DE ENERO DE 2011

El Locao Irremediable

“There was a lot of give and take in these negotiations. We gave, and they took.”
(Rod Thorn en 1984, sobre el contrato rookie de Michael Jordan)

Hace casi dos años que David Falk utilizó esa cita en una famosa entrevista en el New York Times con motivo de la publicación de su libro “The Bald Truth”, dando por seguro un lockout para el verano del 2011. Yo me atusé mi frondosa melena y pensé que estaba exagerando las posibilidades de que se enconara el enfrentamiento entre la NBA y el sindicato de jugadores en la negociación por un nuevo convenio colectivo. Hace apenas tres meses tuve que admitir que el calvo verdadoso tenía razón, y que la única duda reside en la duración de ese locao. Esta revelación se produjo el pasado mes de octubre, cuando el comisionado David Stern reflexionó en voz alta sobre una posible contracción de la NBA mediante la disolución de sus franquicias más endebles.

No soy tan pardillo de creer que Stern hablaba en serio de una posible contracción, pero si algo sé es que el comisionado de la NBA nunca habla por hablar. En este caso sus declaraciones venían como respuesta a cierta oposición a su postura negociadora que se estaba manifestando en la prensa especializada, y su mensaje era inequívoco: la liga está dispuesta a imponer sus exigencias por lo civil o por lo militar, no dará cuartel ni tampoco tomará prisioneros. La NBA pretende conseguir implantar un tope salarial duro eliminando las restricciones, recortar el volumen salarial global en unos 750-800 millones de dólares (entre un cuarto y un tercio del total), y reducir las garantías contractuales de los jugadores facilitando su despido. Todo ello, según el comisionado, por causa de una profunda crisis económica en la NBA que provoca unas pérdidas anuales totales de unos 400 millones de dólares.

Fue esta cifra la que provocó la reacción negativa de la prensa, incluyendo un análisis extremadamente crítico publicado en un blog de Forbes. En concreto, algunos medios señalaron que esa cifra era casi la misma que se anunció en el verano del 2009, cuando el estancamiento del BRI (basketball-related income) llevó a reducir el tope salarial por segunda vez en sus treinta años de historia. Se esperaba otro descenso para la 2010-11, sin embargo en el verano del 2010 se dio la sorpresa de que el tope salarial subió en lugar de bajar. A pesar de que los resultados económicos sobrepasaron las expectativas, Stern se mantuvo en sus cifras proyectando unas pérdidas de aproximadamente 350 millones de dólares. En pocas palabras, David Stern había anunciado unas pérdidas cuando las predicciones económicas eran negativas, y cuando la situación financiera resultó mejor de lo previsto mantuvo sus cifras sin apenas cambios. No es sorprendente que la prensa reaccionara con escepticismo a los números de Stern, lo cual obligó al comisionado a subir el octanaje de sus declaraciones (con referencias a la contracción) para dejar bien claro que hablaba muy en serio.

No es el único motivo para dudar de las cifras que ofrece la NBA. Las cantidades que aparecen en prensa en las ventas de franquicias que se han producido recientemente no señalan a un negocio en crisis que digamos, en particular cuando los Warriors alcanzaron el precio récord de 450 millones de dólares. La fiebre de traspasos y fichajes del verano del 2010, con los equipos gastando dinero a espuertas, tampoco parece indicar una grave preocupación por las pérdidas (sobre todo ahora que el congreso ha prorrogado los “tax cuts” para ricos). Incluso un dato a priori negativo como la venta de los Bobcats por debajo de su valor ha de ser tomado con pinzas, ya que se trató de un “precio de amigo” que Bob Johnson aceptó por tratarse de Michael Jordan. En realidad, la única señal visible de apuros económicos en la NBA es el aumento de rumores sobre posibles traslados de franquicia, buscando ciudades que se presten a gastar dinero público en construir pabellones cada vez más modernos y más amplios. Bueno, eso y el extraño limbo en el que han quedado los malhadados Hornets.

En cualquier caso, resulta evidente que la NBA está decidida a imponer sus demandas sin concesiones. Hay que recordar que el acuerdo alcanzado en 1999 después del lockout se consideró entonces una victoria sin paliativos de los propietarios, y sin embargo en la actualidad es la causa de que esos mismos se sientan en una situación inadmisible. La lógica sugiere que el sindicato de jugadores no puede aceptar unas exigencias tan desfavorables sin luchar, y el resultado será un locao más o menos prolongado que como pronosticaba David Falk terminará con la victoria de los propietarios. Durante un lockout las franquicias de la NBA quedan libres de cualquier obligación salarial, mientras que siguen recibiendo una pequeña parte de los ingresos correspondientes a sus contratos televisivos. Pueden esperar el tiempo que haga falta, mientras que los jugadores ven que cada día que pasa pierden un dinero que no recuperarán jamás. Las carreras deportivas duran lo que duran, y para muchos ese dinero es muy necesario. En último término la partida la ganará el que más resista, y en ese terreno los jugadores llevan todas las de perder.

El sindicato ha anunciado ya su voluntad de luchar, movidos más por la desesperación que por cualquier otro motivo. Han filtrado la propuesta que presentaron hace meses y que no recibió contestación de la liga, amenazan con pedir la reducción del límite de edad para los jugadores procedentes de instituto e incluso circulan rumores de que se podría estar planteando la llamada “opción nuclear”: la descertificación del sindicato. Este procedimiento requeriría una votación por parte de todos los jugadores de la NBA para determinar si desean seguir siendo representados colectivamente por la NBPA; si el resultado fuera negativo, los jugadores dejarían de tener un representante establecido y eso abriría la caja de los truenos. El dato más significativo es que la NBA dejaría de estar exenta de posibles demandas antimonopolio, ya que los tribunales determinaron hace años que si la liga negociaba con un sindicato reconocido entonces no estaba funcionando como un monopolio de forma abusiva. Los jugadores podrían así llevar a los juzgados denuncias poniendo en duda la legalidad del draft, del límite de edad, del tope salarial, incluso el propio lockout. A cambio, los jugadores perderían todos los derechos conquistados por el sindicato en el pasado, tales como la pensión y los mismos contratos garantizados, y la NBA podría intentar anular la decertificación si demuestra que es una maniobra negociadora. De ahí su nombre de “opción nuclear”, debido al riesgo de “mutua y asegurada destrucción”. Aunque el sindicato afirma que lo considera como algo improbable (normal ya que se trata de su suicidio como organización), si se ven acorralados es posible que pase a ser una opción viable. Los jugadores de la NFL decidieron descertificar su sindicato durante las negociaciones de 1989, y nadie olvida que salieron ganando.

De momento esta amenaza no parece ser más que un intento de atemorizar a David Stern, algo difícil de conseguir. Mirando la situación con frialdad, creo que sólo parece existir una concesión que el NBPA podría arrancar del comisionado: la renuncia a un tope salarial duro. Un tope salarial duro consiste en un límite a los salarios que no se puede superar en ningún caso, a diferencia del tope salarial blando existente en la actualidad que se puede superar mediante un buen número de excepciones, desde los “Bird rights” a la MLE pasando por la de los rookies o la del salario mínimo. Y eso se debe a que el tope salarial duro es la única exigencia de la NBA que podría sacar a la luz la división entre los propietarios de las franquicias, que se dividen en dos grupos: los que tienen dinero, y los que no. Los que no tienen dinero (dinero de verdad, se entiende) son partidarios de un tope salarial duro, que permitiría competir en igualdad de condiciones económicas a las franquicias situadas en los páramos de Milwaukee o Utah con las que florecen en New York o Chicago. Por contra, los propietarios que tienen el dinero por castigo no son partidarios de ese tope salarial duro, que les ataría de pies y manos por motivos que les son ajenos. De plantearse este debate entre ricos y, um, ricos pero menos, eso llevaría a tener que mirar de frente al auténtico “elephant in the room”: el reparto de ingresos.

Dicen los que de eso entienden que la NBA es la liga profesional que menos practica el reparto de ingresos entre sus participantes. Sólo se comparten algunas partidas menores relacionadas con el merchandaising y algunos derechos televisivos, mientras que el grueso de las cantidades ingresadas se las queda directamente la franquicia que las cobra. Como es fácil de imaginar, los ingresos por televisión o venta de productos bajo licencia que recibe una franquicia en digamos Los Angeles tienen muy poco que ver con los que se generan en Minneessoottaa. Esto hace muy difícil que se alcance un equilibrio económico, a menos que aumente el reparto de ingresos de manera equitativa entre todos los miembros de la NBA. Sin embargo, este reparto tiene también su parte negativa, como bien saben otras ligas profesionales de EEUU: nada impide a un propietario poco escrupuloso (¿Donald Sterling?) sacar a la pista a un equipo barato y mediocre, con la tranquilidad de que a final de año recibirá un jugoso cheque por su parte en unos ingresos que él no ha contribuido a generar.

Lo único que le falta a Obama es que lo acusen de volver comunista a la NBA.

Así que el tema puede terminar reduciéndose a si el sindicato aceptará esa concesión, mientras asume un recorte espectacular de los salarios y una reducción de las garantías sobre los contratos; quizás también un endurecimiento de las normas de traspasos. Porque nada parece indicar que exista la más remota posibilidad de que Stern acepte considerar plantearse estudiar una petición de clemencia. En mi opinión, eso se debe a que el objetivo estratégico de David Stern es mucho más ambicioso que un simple recorte coyuntural del gasto. Stern apunta al corazón mismo del entramado financiero de la NBA: la revalorización de las franquicias.

Como todos sabemos, hay dos tipos de propietarios de franquicias en la NBA: uno es el millonario que se permite un juguete caro, y otro es la corporación que la tiene como parte de una de sus divisiones. Pero a la hora de la verdad, el planteamiento de esos dos tipos de propietarios es el mismo: no se busca necesariamente el beneficio operativo, e incluso se aceptan unas pérdidas moderadas, porque el auténtico rendimiento de la inversión vendrá de la plusvalía a la hora de revenderla. No sé si es buen momento para mencionar que soy de letras, así que sólo tengo una esperanza lejana de estar usando los términos correctos. En román paladino, los propietarios de las franquicias de la NBA no tienen como objetivo fundamental que su gestión produzca beneficios. Las franquicias sirven para que su propietario goce de una proyección pública local, o bien forman parte de una estructura mayor (por ejemplo, una cadena de televisión de deportes, que gestiona el pabellón y es propietaria de franquicias en varios deportes profesionales distintos). En cualquiera de esos casos, no importa demasiado que no produzcan beneficios porque su propietario no vive de ellas, e incluso a efectos fiscales le puede interesar que incurran en pérdidas moderadas. La inversión se justifica en realidad porque el día que se vende, esa franquicia genera a su propietario un beneficio muy considerable. Ése ha sido el caso de los Warriors, comprados por menos de 120 millones en 1995 y vendidos por unos 450 millones en el 2010. Éste es el sistema que ha permitido el crecimiento económico de la NBA durante los últimos treinta años, haciendo que sus franquicias fueran inversiones muy cotizadas en las que participaban grandes compañías y las mayores fortunas.

Sin embargo, este sistema parece correr un riesgo muy real. Como mencionaba Steve Kerr en una columna, los propietarios actuales de franquicias no son los que las adquirieron por 50 millones hace diez años y las vendieron por 300. Los propietarios actuales son los que las compraron por esos 300 millones. Al ser una inversión exponencialmente mayor, esos propietarios están bajo una mayor presión para justificarla con una revalorización que también ha de ser exponencialmente mayor. Eso es lo que alimenta las exigencias cada vez mayores de las franquicias, que demandan nuevos pabellones, más palcos de lujo, más exenciones fiscales, mayores patrocinios. Han invertido mucho más, así que necesitan muchos más ingresos para rentabilizarlos. Y estas exigencias llegan en el peor momento para la NBA. En los noventa, cuando cada contrato televisivo añadía ceros al anterior, las franquicias de la NBA llegaron a revalorizarse un 9% al año, una cifra récord. En la actualidad, con el dinero de la televisión estabilizado y la crisis económica, esas mismas franquicias han llegado a depreciarse por primera vez en su historia. Es la realidad que el comisionado oculta, mientras menciona cifras de pérdidas tan discutibles como intrascendentes. La NBA teme dejar de tratar de tú a tú con Time-Warner, Disney o Microsoft, y caer en manos de propietarios locales de tres al cuarto.

Creo que ése es el auténtico objetivo estratégico de David Stern: conseguir que la NBA vuelva a ser una inversión segura que atraiga a lo más granado del mundo financiero. Que se convierta en un negocio donde es imposible perder, un casino donde la casa siempre gana, una mesa donde sólo juegan VIPs. Para ello no dudará en atravesar el corazón del sindicato de jugadores a sangre y fuego si hace falta. No veo manera de que Billy Hunter no termine entonando las palabras de Rod Thorn: “las negociaciones han sido un toma y daca, nosotros dimos y ellos tomaron”.

La única cuestión es cuánto aguantarán.
 

Por MEEJ a las 22:04 3 Comentarios
 

MEEJ


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