El anuncio de los rectores de la máxima competición continental de pasar algunos partidos a los viernes y aumentar en ocho jornadas el Top 16 a partir de la próxima campaña pone en jaque a la ya arrinconada Liga Endesa
La pasada semana la Euroliga dio a conocer ciertas modificaciones en su sistema de competición que han quedado en un sorprendente segundo plano pese a la trascendencia que pueden llegar a tener. A partir de la próxima temporada, en apenas unos meses, los partidos de la máxima competición continental abandonarán su actual nicho semanal de los miércoles y los jueves para apoderarse también de los viernes, jornada libre en el calendario deportivo que Jordi Bertomeu y su equipo consideran óptima para que el torneo gane en protagonismo mediático y, entre otras cosas, esquive la feroz y desesperante competencia televisiva con la Liga de Campeones de fútbol. Hasta ahí, pueden entenderse las razones que han movido a los rectores de la Euroliga a dar este paso, pero se abren muchas incógnitas y ante todo surgen preguntas en torno a cómo puede afectar a las ligas nacionales, y entre ellas a una ACB que no acaba de salir de una para meterse en otra.

A Albert Agustí, el nuevo máximo dirigente de la ahora llamada Liga Endesa, le ha aparecido sobre el tapete el primer órdago importante de su mandato. La tradicional falta de sintonía entre Euroliga y liga doméstica, que ha ofrecido numerosos episodios de discordia -sobre todo relativos al número y al proceso de clasificación de la competición española para el torneo continental-, se aproxima hacia su batalla definitiva. No en vano, esta maniobra, a primera vista la antesala de lo que parece una evidente intención de programar los partidos europeos los fines de semana, apunta hacia la supervivencia de una ACB que sigue sin resolver su reto de convertirse en un producto atractivo para las audiencias televisivas y los anunciantes. Los datos de las últimas semanas reflejan una realidad aterradora: ningún partido en el que no estuviera implicado Barcelona o Real Madrid ha ofrecido registros de share dignos. Es más, incluso se ha dado el sonrojante caso de que los partidos de la NBA, muchas veces en horario de madrugada, registren mejores datos que los de la competición doméstica.
El viejo anhelo de una NBA a la europea
Peliagudo panorama se le presenta a la Liga Endesa, un torneo que padece las consecuencias de un deterioro innegable, que flirtea con la amenaza de su extinción. Sin apenas tiempo para reaccionar, ahora que había aparecido un patrocinador aparentemente sólido, que se negocia el cambio de operador de televisión y se comienzan a dar pasos hacia la salvación, se vuelven a cernir oscuros nubarrones sobre su panorama futuro. La Euroliga, en defensa de sus intereses, no se ha detenido a reflexionar sobre el efecto pernicioso que sus estrategias pueden arrojar a las competiciones nacionales del continente, la mayoría ya condenadas a la subsistencia más anodina, y a la larga al baloncesto en general. Y si lo ha hecho, desde luego, poco parecen importarle estas consecuencias. Al fin y al cabo, los rectores de los clubes con peso en esta competición jamás han ocultado su anhelo de crear una estructura similar a la de la NBA pero a la europea. El problema es que se practica una política de pan para hoy y hambre para mañana en la que nadie, ninguno de los responsables de velar por la salud de este deporte, parece reparar.
No pretendo realizar un ejercicio maniqueo en torno a este asunto. Aquí no hay ni buenos ni malos. Cada uno vela por sus intereses. El problema es que el pastel es muy pequeño y en lugar de buscar un concilio para darle más cuerpo, todos se han abalanzado sobre él para repartirse las migajas. Y en mitad de esta pelea, más desguarnecida que en posición de hacer valer su peso histórico, se encuentra una ACB que echa en falta mucho mayor apoyo por parte de los responsables federativos y en muchos casos de los medios de comunicación. Al fin y al cabo, todo esto no viene sino a ser un reflejo lógico de la división histórica que ha marcado la trayectoria en la gestión del baloncesto en este país.
La decisión de comenzar a disputar partidos los viernes (los responsables de algunos clubes españoles sostienen que la mayoría seguirán jugándose en jueves) no es la única modificación presentada y adoptada motu proprio, sin contar con el consenso de otras competiciones que pudieran solaparse, por los dirigentes de la máxima competición continental. Además se va a producir otro cambio muy importante: la segunda fase del torneo (tras la calificación y la fase regular) cambiará de formato. En lugar de cuatro grupos con cuatro equipos cada uno, el Top 16 pasará a disputarse con dos grupos de ocho equipos, de los que saldrán los cuartofinalistas. ¿Qué supone esto? Básicamente que la Euroliga ganará ocho jornadas de competición. O sea que se aumenta el número de semanas del torneo hasta el punto de que podrían disputarse partidos incluso en fechas protegidas por el convenio laboral de los jugadores (aunque sólo en competición doméstica) como Navidad o Año Nuevo.
Más taquillas para los grandes
Esta decisión responde al interés obvio de los grandes clubes de obtener mayores réditos por su participación en un torneo que aspira a convertirse en el referente (¿único?) del baloncesto continental. Salvo hecatombes como la que este año padece el Caja Laboral o el pasado sufrió el CSKA, la mayor parte de los principales equipos europeos se asegurarán con este cambio cuatro taquillas más, al margen de la posibilidad de que se den mayor número de duelos atractivos, entre los gallitos, en el transcurso de la segunda fase del torneo. Es la dirección que sigue el deporte en busca de una estabilidad económica que cada vez parece más utópica. La fórmula viene a copiar lo que se hizo en fútbol al instaurar la Liga de Campeones sobre una Copa de Europa que apenas permitía dirigir los cruces y corría el riesgo de quedarse por el camino hacia la final con varios de los equipos más atractivos, y una ampliación más lucrativa del actual sistema de la Euroliga, donde desde hace años el sistema de licencias ha garantizado unos ingresos mínimos muy importantes a un determinado y selecto ramillete de clubes que han podido permitirse inversiones que sujetos a la incertidumbre de una clasificación en función de los resultados en sus respectivas ligas habría resultado excesivamente arriesgada.

El drama puede apreciarse ante la tesitura que se le presenta a la ACB con este nuevo panorama. Justo en el momento en el que se atisbaban vientos de cambio, con el relevo en la cúpula y las ideas que empezaban a brotar, llega este órdago para una competición que se encuentra atrapada entre varios frentes. Ya digo que no es cuestión de establecer valoraciones morales, más allá de preguntarse qué repercusión podría llegar a tener para el baloncesto el nacimiento de una NBA a la europea y la gangrena progresiva de una Liga Endesa en la que muchos de sus clubes ya sufren en estos tiempos de supuesto primer plano las angustias propias de un deporte que no resulta suficientemente atractivo para anunciantes y televisiones. Intuyo que a la larga no resultará en absoluto beneficioso. Dejando a un lado a las ciudades que podrían mantener su representación en la competición continental, y que ahora mismo serían Vitoria, Málaga, Barcelona y Madrid, para el resto de plazas, algunas de tradición histórica, podría resultar un palo definitivo. Y no ya sólo en el hipotético caso de que se consolidara este viejo anhelo de la Euroliga de conformarse como una competición cerrada, sino incluso desde el punto de vista de que sus partidos pasen a los viernes y los clubes de la ACB implicados en el torneo opten por trasladar sus choques ligueros a los lunes. ¿Qué consecuencias podría tener desde la perspectiva de las audiencias televisivas? ¿No acabaría por completo con los desplazamientos de las aficiones para seguir en vivo a sus equipos?
La postura de la FEB
No he escuchado ni leído todavía qué postura adopta con respecto a este asunto la Federación Española de Baloncesto. Pero me gustaría. El histórico distanciamiento entre el ente federativo y los responsables de la ACB a veces ofrece la ridícula sensación de que cada cual está haciendo la guerra por su cuenta, cuando lo que se está debatiendo desde hace unos años es precisamente la supervivencia del baloncesto, un interés común. La FEB celebra ufana los resultados de las selecciones nacionales, tanto de los combinados de formación como de los absolutos. Y no es para menos. De un tiempo a esta parte son espectaculares. Pero uno empieza a estar ya cansado de que unos y otros traten de sacar pecho por unos méritos que deberían ser compartidos. Nadie duda del excelente trabajo que desde la dirección deportiva de la federación se lleva a cabo para que los jugadores se integren, formen equipo y acaben peleando por medalla en casi cada torneo al que acuden. Pero los buenos jugadores no brotan de las piedras ni se clonan en el despacho de José Luis Sáez. Resulta fundamental la labor de cantera de los clubes (casi todos de la ACB) y sin ellos todo se esfumaría en el aire.
El paso adelante que ha dado la Euroliga, como digo defendiendo de manera lícita sus intereses, presenta esa amenaza. Una debilitación de la Liga Endesa seguramente llevaría aparejadas consecuencias calamitosas en el baloncesto de formación, cuyo nivel decrecería de manera proporcional. Y a la larga, si no se gestiona de manera adecuada, volveríamos a encontrarnos con una situación de alto riesgo para un deporte que de por sí ya atraviesa una época complicada. Por eso me resulta curioso que haya pasado tan de puntillas por la mayor parte de los medios esta decisión de la Euroliga, una competición que por otro lado muchos gozamos casi por encima de cualquier otra. La ACB tiene un órdago sobre la mesa. Teniendo en cuenta que es una de las pocas competiciones nacionales que conserva cierto pedigrí, su respuesta puede determinar la del resto. El futuro del baloncesto se decide en los despachos. Habrá que ver si todas las mentes pensantes reman en una misma dirección o si al final, como en el chiste, se acaba tirando la puta al río.
La disputa de un partido del Mundial femenino de balonmano o la gira española del Circo del Sol sacan los colores a la ACB, una liga que presume de ser la mejor del mundo tras la NBA pero cuya seriedad ha quedado más en entredicho a raíz de las últimas alteraciones en el calendario
Ayer, lunes 19 de diciembre, debía disputarse un partido de la Liga Endesa que finalmente no se jugó. Bueno, en realidad, ese partido debería haberse jugado el sábado, en Zaragoza, y tenía que haber enfrentado a CAI y Gescrap Bizkaia. El choque que debía medir el domingo a las 18.00 a Caja Laboral y Barcelona Regal en el Iradier Arena sufrió una modificación de horario apenas un día antes, el sábado por la tarde, como consecuencia de un cambio de planes de la cadena poseedora de los derechos de emisión de la competición doméstica. En pleno debate sobre el maltrato mediático que está recibiendo el baloncesto en este país, este fin de semana hemos asistido a un episodio que roza lo dantesco y viene a confirmar los temores de todos aquellos que ya sospechábamos que hace tiempo que este deporte dejó de considerarse como un bien de interés.
El partido entre el Baskonia y el Barça, dos de los mejores equipos del baloncesto español, quedó relegado a un segundo plano, fue desplazado en la parrilla de Teledeporte por la disputa de la final de consolación del Mundial femenino de balonmano. En torno a las 18.00 de la tarde del sábado, veinticuatro horas antes del comienzo estipulado, la ACB y TVE acordaron esta medida para evitar otra que seguramente habría resultado todavía más dolorosa para los amantes de este deporte. La excelente trayectoria de la selección femenina de balonmano en Brasil, donde se jugaba el bronce y lo ganó ante Dinamarca en un horario que coincidía con el del choque entre vitorianos y catalanes, habría supuesto de facto su eliminación de la parrilla televisiva. Quizá los habituales del baloncesto no se habrían sorprendido demasiado. Sería sólo una muestra más del desprecio que se le dispensa desde el ente público, donde las ideas parecen muy claras: el tercer y cuarto puesto del Mundial femenino de balonmano -uno de los partidos más relevantes en la historia del balonmano femenino en este país, por otro lado- es un producto de interés general, y debe ser emitido, mientras que la Liga Endesa, a pesar del patrocinio, del relevo en la cúpula de la ACB y de lo que podamos pensar muchos, no lo es. Al parecer, se ha convertido en un producto de desinterés generalizado.
Lo más triste del tema es que las audiencias -sin entrar ahora en asuntos relacionados con la fe de la cadena o la promoción- parecen corroborar esta teoría. Puede debatirse largo y tendido sobre si el número de televidentes que sigue los partidos resulta una causa o una consecuencia del escaso cuidado que dispensa Televisión Española al baloncesto o viceversa. Es la pescadilla que se muerde la cola. El problema es que son demasiadas, y muy recientes, las evidencias de desprecio que hemos tenido que soportar algunos. Al final, el partido entre el Caja Laboral y el Barcelona se retrasó una hora y media. Lo más grave del asunto es que esta medida se adoptó por hallarle un encaje en la parrilla de Teledeporte, un canal que, baloncesto al margen, el ente público sólo emplea para ofrecer productos tremendamente residuales. Cualquiera podría rebatirme y señalar que lo que acoge el canal temática es toda la programación deportiva de TVE, pero erraría. Aunque esa debería de ser su esencia, los rectores del ente público, que como tal deberían seguir unos principios bien diferentes a la hora de definir sus estrategias, se cuidan mucho de emplazar en su primer canal, al que conceden un rango de mayor relevancia, otros acontecimientos deportivos que deben rentarles más, como el Mundial de Motociclismo o las finales que disputa Rafa Nadal.
Baloncesto en la Green Capital
Lo más grave del asunto, repito, no es el hecho de que se postergara el partido, con todas las consecuencias que pudo tener para la gente que tenía que desplazarse a Vitoria (el Baskonia tiene muchos abonados de otras provincias limítrofes), sino la certeza de que de no haberse producido esta modificación del horario, simplemente no habría sido televisado. El dinero, cómo no, rescató al baloncesto español de la humillación que habría supuesto el hecho de que el choque entre los dos equipos que se han repartido once de los últimos doce títulos en juego, entre entorchados ligueros de Copa del Rey de la Supercopa. La ACB, cuyo nuevo máximo mandatario, Albert Agustí, se hizo con los mandos para poner en valor este deporte como un producto atractivo, tragó porque tenía que tragar y Teledeporte se aseguró de dilatar la parrilla al máximo porque tenía un compromiso publicitario atado con el Ayuntamiento de Vitoria. Así de duro pero así de simple. El compromiso entre el Barcelona y el Caja Laboral, que vistió de verde por este motivo, iba a representar el primer escaparate mediático a nivel nacional de la recién concedida distinción como European Green Capital (Capital Verde Europea) a Vitoria. El acuerdo incluía la emisión de un vídeo promocional sobre las virtudes de la urbe y una entrevista a su alcalde, Javier Maroto, durante el intermedio. ¿Qué habría sucedido de no haber existido este pacto comercial? Imagino que la emisión del partido, que no era un bien de interés general, se habría retomado en su epílogo, justo al finalizar el partido de balonmano. No habría sido la primera vez que la retransmisión de un partido de baloncesto en Teledeporte comienza un poco -o bastante- más tarde que el propio partido.
Por supuesto, en TVE a nadie se le ocurrió la opción de emplear algún otro de los cinco canales de que dispone para encajar ambos eventos a su hora. Nadie previó tampoco en su día la posibilidad de que el combinado que dirige Jorge Dueñas (tremenda labor la suya en estos últimos años) pudiera presentarse en la lucha por los metales. Entiendo que quizá no era cuestión de tenerlo en cuenta cuando arrancó el torneo, porque España no contaba con excesivas opciones en los pronósticos, pero conforme se fue aproximando la fecha... Quizá a alguien se le pudo haber encendido la luz para actuar con más previsión, siquiera unas horas o unos días antes. De todos modos, ¿para qué? No hacía falta. La ACB parece un ente tan insignificante y necesitado que tragaría con cualquier cambio, por inexplicable y apresurado que fuera. Y así sucedió. De hecho, así está sucediendo demasiado a menudo en estos tiempos de zozobra, en los que la credibilidad de la competición, que algunos se llenan la boca tildando de la mejor liga del mundo tras la NBA, está decreciendo al ritmo de sus audiencias. Para poder ostentar con tanto orgullo como algunos quisiéramos tener esa condición de liga exquisita y de prestigio, lo primero que debe hacerse es practicar con el ejemplo, exhibir esa seriedad de la que se presume. Y últimamente no está sucediendo así.
La gira del Circo del Sol
No hace falta que un partido de la Liga Endesa tenga que coincidir con un duelo de balonmano tan importante como el del domingo para que quede reflejada la escasa relevancia que desde muchos ámbitos se le concede al baloncesto en España, un país que vive y respira fútbol, donde la mayor parte de los medios de comunicación generalistas dedican elevadísimos porcentajes de sus espacios deportivos al balompié. Basta con que al Circo del Sol le dé por realizar una gira. Y vuelvo al comienzo de este texto para referir el otro caso de panderetismo ilustrado que ha despertado mi indignación en los últimos días, al partido que CAI y Gescrap debían disputar el sábado en el Príncipe Felipe. ¿Por qué no se pudo jugar el sábado? Porque el Circo del Sol había fijado su actuación en la capital maña para la misma fecha y el Ayuntamiento, propietario del recinto, entendió que resultaba mucho más atractivo para sus ciudadanos cederlo a esta compañía circense, que por otro lado, y todo hay que decirlo, agota el papel allá por donde pasa. ¿Se preocuparon los ediles zaragozanos de saber si el CAI tenía o no partido ese fin de semana en casa? Cualquier respuesta, afirmativa o negativa, resulta un desprecio hacia su propio club de baloncesto. Si lo hicieron, porque no le concedieron la suficiente importancia a un partido de la Liga Endesa, cuyo calendario creo recordar que se hizo público a comienzos de agosto, como para buscar un espacio alternativo para el espectáculo de la compañía canadiense. Si no, obviamente, porque les importa tan poco que ni se detuvieron a pensar.
¿Alguien se imagina algo similar con el Real Zaragoza? ¿Alguien considera factible que el equipo de fútbol de la ciudad deba aplazar un partido de Liga porque tiene que cederse el campo para un concierto de U2? Ni de lejos. Y eso que La Romareda también es un estadio de propiedad municipal. Lo dicho, y aunque suene tan cómico como trágico, hasta el circo tiene más peso que el baloncesto. La ACB, en vista de la decisión del Consistorio maño, tuvo que volver a tragar. Fijó una nueva fecha para el partido, este pasado lunes, pero tampoco se disputó. El Bilbao Basket, no sin razón, protestó, alegó que esa fecha le perjudicaba de cara a preparar el duelo fratricida de Euroliga de este próximo jueves contra el Caja Laboral, y la celebración de dicho envite quedó relegada a lo que sucediera en la penúltima jornada de la primera fase de la competición continental. El equipo vizcaíno ganó en Estambul, preservó sus opciones de clasificación y, sorpresa, el encuentro sufrió un nuevo aplazamiento. Desde luego, este tipo de alteraciones no parecen ejemplos de la seriedad que debe transmitir una liga que pretende hacerse fuerte y recuperar el prestigio perdido.
Lo más hiriente del caso es que el de Zaragoza no va a ser el único partido que sufrirá cambios como consecuencia del espectáculo Alegría que Circo del Sol está representando en varias capitales españoles. Ha querido el destino que también pasara por Bilbao, donde ocupará Miribilla. ¿Cuál es la consecuencia? Los encuentros entre el Gescrap Bizkaia y el Blusens se alteran de orden; es decir, que el que correspondía a la ida, en Bilbao, se jugará cuando toque la vuelta y viceversa. Hay quien puede pensar que no se trata de un cambio que afecte en demasía al resultado final de la competición, pero con la pelea tan cerrada que se va a producir en las próximas semanas por lograr una plaza para la Copa, no resultaría extraño que algún damnificado alce la voz. Así está el panorama de nuestro baloncesto, pisoteado, vilipendiado y con el crédito bajo mínimos. El diagnóstico resulta preocupante. Ahora le toca a los nuevos gestores tomar nota y trabajar para que toda esta ristra de desaguisados desaparezcan y los aficionados abandonen esa sensación de desamparo, ridículo y desprecio que comienza a apoderarse de ellos.
El inminente final del lockout acabará con la situación irreal que ha teñido el arranque de este atípico curso a este lado del Atlántico. ¿Qué equipos salen beneficiados y damnificados al aproximarse el final de esta anormal situación?
El final del lockout, que ha pillado a casi todos a contrapié, va a restituir la normalidad en el universo del baloncesto europeo, que ha vivido una realidad ficticia desde que hace cinco meses se decretó el cierre patronal de la NBA y comenzaron a llover estrellas. La gran mayoría de las figuras del baloncesto norteamericano que cruzaron el Atlántico a lo largo de este tiempo tendrán que desandar el camino recorrido y redefinirán la situación de unas competiciones que en muchos casos se han visto alteradas (por no emplear el término adulteradas) debido a su presencia. Europa se resetea; se dispone a volver al punto de origen. Y esta nueva coyuntura no va a pillar a todos los equipos en las mismas condiciones. Los buenos estudiantes, los que hicieron los deberes a tiempo o simplemente dieron con la clave sin fiar su suerte a lo que pudiera ocurrir con las negociaciones entre los jugadores de la competición estadounidense y la patronal, pueden salir beneficiados con el súbito giro de los acontecimientos. Otros equipos, en cambio, sufrirán la marcha de algunos de sus mejores activos y se verán obligados a sumergirse en un mercado que puede tornarse endiabladamente complicado ante la llegada masiva de compradores. El acuerdo para desbloquear el lockout va a poner a cero, dos meses después, el contador de unas competiciones cuyo pronóstico ha retornado al punto de partida.
Para la NBA el fin del cierre patronal supondrá la elaboración de un calendario ajustadísimo, con 66 partidos de fase regular, que arrancará el día de Navidad. En Europa ofrecerá un listado de beneficiados y damnificados. ¿Cuáles son los equipos del viejo continente que deben incluirse en cada uno de estos dos grupos? El tiempo acabará confirmándolo, pero a primera vista da la impresión de que algunos clubes pueden quedar tocados tras la resolución del conflicto. Tanto en la ACB como en la Euroliga, los pronósticos varían, si bien no todos los que pierden alguna de sus figuras van a sufrir el final del lockout de la misma manera.
Los que supieron hacer los deberes
En un primer momento, cuando el principio de acuerdo entre sindicato de jugadores y patronal inundó las redes sociales y copó espacios privilegiados en las webs especializadas, hubo quien comenzó a elaborar listados de los posibles beneficiados. En casi todos aparecían el Barcelona, que se ha resistido a reforzar su plantilla con algún NBA hasta saber si la suspensión de la temporada era definitiva, el Panathinaikos o el Montepaschi, otros dos equipos que aparecen en la cima de los favoritos a pelear por el cetro continental. También se consideraba como uno de los grandes favorecidos al CSKA, probablemente el gran aspirante a recuperar la gloria perdida. Tras quedar apeado a las primeras de cambio en la pasada edición de la Euroliga, el cuadro moscovita parecía hasta ahora el rival a batir, pero todo puede cambiar si al final su gran estrella, Andrei Kirilenko, hace las maletas y se decide, como puede suceder, por cruzar de vuelta el Atlántico. AK47, que estará de baja hasta enero a causa de una lesión en el hombro, ha asegurado que le gustaría acabar la temporada en Rusia, pero también ha manifestado que le encantaría vivir en Los Ángeles. Se deja querer por Lakers y Cippers, a pesar de que parece que su eterna franquicia, los Jazz, y los Nets son los más interesados en reclutarlo. En cualquier caso, sin él el CSKA seguirá teniendo un excepcional equipo (conservará entre otros a Nenad Krstic), pero no resultará tan temible como hasta la fecha.
Ya digo que no se trata de emplear el término adulterada, pero sí que conviene reconocer que la Euroliga ha estado tremendamente influenciada por la llegada de estas estrellas que ahora en su gran mayoría se marchan. Salvando la inclusión casi furtiva de Fernando San Emeterio como MVP de la última jornada, el resto de jugadores que han recibido ese galardón han llegado a los equipos europeos como consecuencia del lockout. Kirilenko ha recibido dos, Batum otros dos y el otro se lo apropió el base del Maccabi Jordan Farmar. Precisamente el equipo israelí puede llegar a convertirse en uno de los principales damnificados de este cambio de rumbo. Y aquí conviene entrar de nuevo a valorar hasta qué punto unos clubes supieron apuntalar bien sus plantillas y cuáles las han remendado con la contratación de figuras que, por un lado, han podido desajustar el proceso normal de rodaje de los colectivos por su enorme influencia en el juego y, por otro, tenían fecha de caducidad.
Sin duda, el Maccabi será uno de los que más noten la reanudación de la actividad en la NBA. Y no sólo por la marcha de Farmar, sino también porque había cerrado un acuerdo con Omri Casspi, su hijo pródigo, para que retornara a Tel Aviv si se cancelaba toda la campaña en Estados Unidos. Tampoco quedarán bien parados el Armani Milán de Sergio Scariolo, que se quedará sin Danilo Gallinari, o los equipos turcos, que se lanzaron al mercado del lockout con avidez ante la perentoria necesidad de dar ese salto de nivel que requieren para colarse de una vez por todas en la Final Four, que este curso se celebra en la ciudad de Estambul.
El despilfarro otomano
Sin duda los clubes otomanos pueden resultar dañados. Los dinerales invertidos en atraer a algunas de las estrellas más relucientes de cuantas han recalado en Europa se han marchado por el retrete. Apenas han servido de nada. Los tres representantes turcos en la Euroliga, de hecho, presentan idéntico balance de victorias y derrotas (3-3) en las seis primeras semanas de competición. Nada nuevo. A lo largo de los últimos años nos hemos habituado a los descollantes desembolsos de estos equipos, que reunían siempre grandes elencos de jugadores pero rara vez lograban conjuntarlos para edificar proyectos sólidos. Da la impresión de que este año no resultará excepcional. Me aventuraría a apostar que, salvo giro imprevisto de los acontecimientos durante el Top 16, ninguno de ellos estará en su final a cuatro.
El Anadolu Efes, que ha echado el resto este verano con el cambio de patrocinador, podría quedarse durante los próximos días sin dos valiosas piezas. Sasha Vujacic, que tiene cláusula de salida pese a que llegó como agente libre, y Ersan Ilyasova, a quien le esperan los Bucks, podrían debilitar con su marcha al conjunto que dirige Ufuk Sarica. El exjugador del Barça, en cualquier caso, ha manifestado que le gustaría retrasar hasta el verano su retorno a los Bucks. Tampoco se presenta más lucido el panorama para Fenerbahce Ulker y Galatasaray. Los primeros, encuadrados en el grupo del Baskonia, pueden perder a un Thabo Sefolosha que ha abandonado su rol de especialista defensivo para enfundarse un traje de combo estelar. El irregular conjunto de Neven Spahija echará sin duda en falta a un jugador que ha promediado 12 puntos y 6 rebotes por encuentro y sin el que puede incluso llegar a sufrir para superar la primera fase de la Euroliga. El Galatasaray perderá a un Zaza Pachulia que comenzó flojo (sufrió una lesión) pero que en el último partido, ante el Asseco Prokom, ya demostró lo que puede aportar al baloncesto europeo. El gladiador georgiano sumó un espectacular doble-doble con 19 puntos, 10 rebotes y 24 de valoración. No parece en cambio que los gualdinegros vayan a perder al lituano Darius Songaila, llegado como agente libre.
Los otomanos, en cualquier caso, no son los únicos equipos que verán diezmado en cuestión de días su potencial. Tampoco son los únicos equipos importantes del torneo que lo acusarán. Sin entrar a valorar lo que pueden acusar la marcha de sus estrellas prestadas clubes como Emporio Armani Milán (el ya mencionado Gallinari), Partizan (Nikola Pekovic), Union Olimpija (Danny Green) o Zalgiris Kaunas (se quedará sin Ty Lawson pero parece que conservará al ex de los Raptors Sony Weems), hay dos equipos españoles que podrían considerarse más próximos al grupo de los damnificados que al de los beneficiados ahora que el lockout parece destinado a convertirse en un recuerdo borroso. Y son dos equipos en cuyo código genético entra la obligación de pelear por estar entre los mejores. Me refiero a Real Madrid y Caja Laboral.
Baskonia y Real Madrid, dos puntos de partida para dos diferentes destinos
Si digo que habría que considerarlos en principio perjudicados es porque no tengo del todo claro hasta qué punto el cambio de planes puede afectar a cada uno de ellos. El Madrid trata a toda costa de conservar a Rudy Fernández y sabe que perderá a Serge Ibaka. En Vitoria tanto Kevin Seraphin como el efímero Goran Dragic preparan ya sus maletas para regresar a Washington y Houston. Y sí, el Baskonia tiene un problema. Y gordo. Aunque habría que valorar hasta qué punto esta situación se produce como consecuencia de un final anticipado del lockout, de una cuestionable planificación deportiva o a raíz de una gestión de la plantilla que ha convertido en muñones a algunos jugadores que deberían haber dado un paso al frente para evitar que la marcha de los temporeros suponga un trauma tan angustioso como el que da la impresión que puede darse.
Pablo Laso no pidió ni a Rudy ni a Ibaka. El Real Madrid concedió el mando de la nave a un técnico en cierta medida poco experimentado y a quien muchos daban por enterrado antes de tiempo. Y mira por dónde, con el preparador vitoriano los aficionados del conjunto merengue han recuperado la sonrisa. No puede negarse lo que Rudy e Ibaka, pero sobre todo el primero, han aportado en cuestiones relativas a la confianza y el atractivo, a un equipo que ofrece unas sensaciones mucho mejores de las que arrojaba durante la época de Ettore Messina. La marcha de Ibaka, que sólo en el último partido contra el CAI ha dado muestras de lo que puede llegar a hacer hoy día en el basket FIBA, no importa tanto porque su concurso en este periodo como jugador blanco ha resultado casi anecdótico. El caso de Rudy es bien diferente. Su salida puede notarse mucho más. De la capacidad de Laso para canalizar las energías que convergerán tras el vacío que dejará el escolta balear (la posibilidad de que negocie con Dallas para seguir en España parece remota) dependerán en gran medida las opciones de éxito de los blancos.
A Rudy lo fichó la directiva. El club realizó un importante esfuerzo por hacerse con los servicios de uno de los héroes de la selección, porque es un gran jugador y también porque puede, como ha quedado demostrado en este tiempo, elevar la atención mediática y atraer a muchos más aficionados del club merengue al Palacio de los Deportes y la Caja Mágica. Cuando regrese de Dallas, tiene garantizado un puesto como estrella de un equipo que, sin embargo, este año va a tener que jugarse los cuartos sin él. Con una dificultad añadida: Rudy ha estado asumiendo minutos y protagonismo que en estos compases iniciales de la competición tendrían que haber correspondido a los recién llegados Jaycee Carroll y Martynas Pocius. O incluso para un Carlos Suárez cuya consolidación como tres referente del equipo blanco cada vez está más entre interrogantes y cuyos minutos de juego se han reducido drásticamente de los 25 que disputaba la pasada campaña a los en torno a 16 que juega cada compromiso este curso. Las opciones de éxito de este Madrid, tan denostado de partida y celebrado por ofensivo y alegre a la postre, descansan en la habilidad de Laso para restituir la responsabilidad a los que habrían sido sus legítimos dueños de no haber mediado el lockout. Más allá de que siga abierto el debate sobre la necesidad de contratar un base ante las dudas que genera la pareja de locos que forman Sergio y Llull o de plantear la necesidad de contar con un pívot más físico para fortalecer el juego interior el Madrid tiene un proyecto, que cada cual puede juzgar más o menos sólido, más allá de la presencia de estas dos estrellas fugaces.
El Caja Laboral se encuentra en el polo opuesto. Nadie habría pensado hace un par de meses que el final del lockout pudiera afectar en exceso al equipo de Dusko Ivanovic. Daba la impresión de que su relación con este fenómeno no pasaba de tener un carácter tangencial. Tras haber fichado a dos jugadores procedentes de la NBA (Reggie Williams y Joey Dorsey) sin pretensiones de volver en toda la temporada a su país natal, la única pieza que podía quedar alterada en caso de que jugadores y patronal se arreglaran era la de Kevin Seraphin. Pero ni siquiera ese punto preocupaba en exceso, pues el poste galo había llegado como sustituto temporal del lesionado Maciej Lampe, a quien se esperaba -y aún se espera- para enero. Sin embargo, la realidad se revela ahora cruda para el cuadro azulgrana. En cuestión de días va a perder a Seraphin y al efímero Goran Dragic, que en dos etapas diferentes y separadas por un lustro apenas ha tenido ocasión de presentarse ante la afición vitoriana.
¿Un problema de planificación o de gestión?
Cuando arrancó el curso, en los amistosos previos a la disputa de la Supercopa, nadie habría sospechado que el conjunto vitoriano pudiera recibir como un revés una noticia que en teoría debía de hacer mucho más daño a otros. Pero así es. Se ha abierto un debate en Vitoria en torno a si el problema ha sido la elección de los jugadores o la gestión que Ivanovic hace de ellos. No existe unanimidad y sí una importante polémica, pero el caso es que el Caja Laboral corre el riesgo de presentarse en apenas unos días con un plantel de ocho jugadores. El escaso protagonismo de piezas llegadas para asumir roles más importantes como Nemanja Bjelica, un Brad Oleson que no acaba de asumir el papel de killer que queda vacante desde la marcha de Rakocevic, el ostracismo que padece Dorsey o las lesiones y escasas oportunidades que recibió el ya cortado Reggie Williams sitúan al cuadro vitoriano en una posición comprometida. Aunque está habituado a reinventarse sobre la marcha, el Baskonia es uno de los clubes que acude al mercado con más urgencias. De uno u otro modo, ha salido más perjudicado que beneficiado ante esta resolución del lockout, más si cabe por el hecho de que debe pescar en un mercado muy revuelto y rehacer en gran medida su roster que por el peso real en su juego de los dos jugadores que se van. Todo se ve más negro además estos días porque a Lampe se le suma ahora en la enfermería otro de los jugadores que llegaron para formar un juego interior de garantías, un Milko Bjelica que estará un mes en el dique seco justo ahora que parecía una de las pocas piezas nuevas que a Ivanovic le estaban funcionando.
En otro nivel, pero también perjudicados por el nuevo orden que se instaura, encontramos equipos como el Nancy o el Lucentum. Ambos equipos van a quedarse sin sus respectivas estrellas. Los franceses pierden a un Nico Batum que regresa a Estados Unidos por la puerta grande, sin duda como uno de los principales beneficiados por el lockout. El escolta de los Blazers ha ganado mucho crédito como líder espiritual de un equipo que todo el mundo señalaba como cenicienta pero que ha salido respondón y gracias a él ahora sueña con superar la primera fase de la Euroliga. En esa misma situación de que nos quiten lo bailao se encuentra el Alicante. Kyle Singler, que incluso ha dejado caer que no le haría ascos a la opción de quedarse todo el año, ha propiciado que los levantinos naveguen a estas alturas de temporada en la zona noble de la tabla. Está claro que aún queda mucho, pero han recorrido parte de su trayecto hacia la salvación de la mano de un jugador que ha dejado huella en el corazón de su hinchada.
Aventureros efímeros
Hay otros equipos españoles que padecerán cambios en sus plantillas en cuestión de días. El Joventut deberá soltar a un Christian Eyenga que ha colaborado para que los verdinegros sumaran dos derrotas desde su llegada. Pero la situación más curiosa, por paradójica, se dará en Valencia, donde Tiago Splitter se despide sin apenas haber tenido tiempo de conocer la ciudad. Cabe preguntarse si el poste brasileño de los Spurs, cuya decisión de regresar a la ACB en un equipo distinto al que lo crió desde que era apenas un adolescente puede depararle un coste a futuro, habría tomado este camino de haber sabido cuánto iba a prolongarse su aventura.
Peor ha sido lo de Tyreke Evans, que se comprometió con la Virtus Roma un día antes de que se cerrara el acuerdo en Nueva York, o el caso de Lamar Odom, que ni siquiera llegó tampoco a tomar el avión que debía llevarlo a Estambul. El jugador de los Lakers tenía reserva para el mismo día en el que se supo que el conflicto laboral se desenquistaba. Ya no podrá jugar en el Besiktas junto a Deron Williams, otro de los que se vuelve, como Adam Morrison (Estrella Roja), Alexis Ajinca (Hyères-Toulon), Ian Mahinmi (Le Havre), Boris Diaw (Burdeos), Tony Parker y Ronny Turiaf (Asvel Villerbaune). Estrellas que desandan el camino recorrido y dejan el baloncesto europeo como estaba al principio, pero diferente.
Vivimos tiempos oscuros para el baloncesto. Esta misma semana hemos asistido a la enésima confirmación de que la televisión que tiene en propiedad los derechos de la ACB y la Euroliga considera este deporte como un bulto sospechoso al que buscar acomodo en una parrilla anodina, sin apenas atractivos. A los que amamos este deporte nos cuesta aceptarlo, pero la realidad es que las mentes pensantes de Teledeporte sitúan el baloncesto por debajo en un orden jerárquico de emisión de cualquier torneo de tenis del montón o la disputa de un partido de la selección sub’21 de fútbol. No creo que sean estúpidos ni lancen piedras contra su propio tejado. Se manejan por cifras, por audiencias, por términos como share o rating. Y al parecer, los números reflejan un panorama ciertamente negro para el baloncesto de este país. Sólo existen dos opciones: o somos menos de los que pensamos o nos están tomando el pelo. Y como me resisto a creer en conspiraciones y manos negras manejando los hilos en contra de los intereses del baloncesto, voy a enhebrar esta reflexión dando por hecho lo que para algunos parece una realidad: el baloncesto no vende.
En estas coordenadas se ha producido en el seno de la ACB un proceso de cambio, que algunos han calificado de rebelión y otros de saneamiento, que ha dado como resultado el desembarco de una nueva cabeza visible que releva al destituido Josep Senespleda y relega a un segundo plano casi decorativo al eterno Eduardo Portela. Los clubes se han rebelado ante el evidente agotamiento de un modelo que ha conducido al baloncesto español al peligroso punto en el que se encuentra en la actualidad. Afrontan un camino complejo para devolver el interés a un deporte que, por culpa de unos, otros o todos, ha quedado relegado a un papel residual. El primer paso de su hoja de ruta ha pasado por la elección del nuevo director general ejecutivo de la asociación. Albert Agustí, un tipo con dilatada experiencia en el área del marketing y la gestión de empresas y eventos deportivos, asume el encargo de devolver el atractivo a una competición que ha perdido una enorme cuota de protagonismo estos últimos años.
Las consecuencias de una mentalidad cortoplacista
Muchos son los restos que se le presentan a Agustí, un hombre de éxito en sus anteriores proyectos y escogido a través del ambicioso proceso de selección que los clubes encargaron a una prestigiosa consultora especializada. Muchas son asimismo las amenazas a las que se enfrenta el baloncesto en estos momentos de zozobra. Está claro que no todo el peso de la responsabilidad debe recaer sobre la ACB. Hablamos de una crisis global. Y como tal afecta de igual manera a las competiciones continentales y las que dependen de la Federación Española de Baloncesto, por mucho que a menudo dé la impresión de que cada cual hace la guerra por su lado. Hablamos de un mal endémico global, de la oportunidad perdida para enganchar a miles de aficionados a este deporte a pesar de haber asistido a la concatenación de éxitos que verano tras verano ha ido coleccionando la mejor generación de jugadores de la historia del baloncesto español con la selección. Algo se ha hecho mal, de pena, para que justo en el momento en el que los Gasol, Navarro, Reyes y compañía han sumado casi todos los títulos que se pueden conquistar el baloncesto se haya ido desangrando hasta convertirse en lo que hoy parece que es, un producto poco atractivo a los ojos de las cadenas de televisión que podrían disputarse sus derechos, los medios de comunicación y los anunciantes.
Ya digo que ni toda la culpa se le puede achacar a los anteriores gestores de la ACB, que han hecho muchas cosas bien pero quizá se haya agotado su tiempo, ni todas las soluciones deben partir de Agustí y su nuevo equipo. Es el momento de que sumar fuerzas, algo que por desgracia no se ha dado en demasía en los últimos tiempos. Todos los agentes protagonistas de esta película con apariencia de drama pecan de un alarmante cortoplacismo. Todos. Sin excepción alguna. La ACB, dominada en los despachos por los clubes más poderosos pese a su carácter asociativo, ha quedado relegada a un segundo plano y pierde competitividad. La Euroliga, un club bastante exclusivo e inalcanzable para la mayoría, no acaba de encontrar la fórmula y entretanto la FEB da la espalda al baloncesto profesional y explota, apoyada en muchos casos por los medios, con un rumbo propio sin compartir los éxitos de sus jugadores, que en puridad son los jugadores de los clubes, con la competición doméstica.
El reto de recuperar el prestigio
A Albert Agustí le aguarda un futuro inmediato plagado de retos, muchos de ellos complejos. El principal, sin duda, tiene que ver con la capacidad de la ACB para recuperar el prestigio perdido, tanto desde un punto de vista de imagen como sobre todo de ingresos. Ahí el nuevo director general ejecutivo de la Asociación de Clubes de Baloncesto ha demostrado durante su carrera una probada capacidad. Para quien no lo conozca, porque no se ha hablado demasiado de él, este ejecutivo barcelonés de 53 años se encumbró como director de marketing de la organización de los Juegos Olímpicos de Barcelona y ha sido presidente del Real Club de Tenis Barcelona, que bajo su gestión –tomó las riendas en 2008- ha sufrido un profundo lavado de cara que ha incrementado hasta duplicarlos sus ingresos. Antes, fue el gerente de la empresa que gestionó por vez primera el patrocinio de la Liga de Fútbol Profesional y, desde 2003, ostentó un cargo en el consejo de Havas Sport, una de las principales firmas de gestión de publicidad y asesoramiento en los sectores de deportes, entretenimiento, música y cine. A primera vista, da la impresión de que reúne los requisitos que demandaba el puesto. Pero la empresa no se presenta en absoluto accesible, principalmente porque el producto, el baloncesto, se ha devaluado demasiado.
El basket necesita de un profundo lavado de cara en un país que vive y respira fútbol. La ACB, gracias a un Portela que ofreció su última gran aportación a la causa, logró cubrir antes del relevo en la cúpula una de las etapas de la hoja de ruta que se fijaron los clubes cuando emprendieron el proceso a finales del pasado curso. La entrada de Endesa como patrocinador principal de la competición supone una importante inyección económica. Pero para que tanto la firma energética como el resto de los patrocinadores potencialmente interesados sigan caminando de la mano del baloncesto es necesario que se sientan mimados. Evidentemente, no es el caso que se da ahora mismo. Es cierto que la cadena propietaria de sus derechos hace poco por rescatar este deporte de la oscuridad en la que se está sumiendo, pero no lo es menos que el resto de los medios, sobre todo los de ámbito nacional, tampoco ayudan en exceso. Me gustaría equivocarme, o que el señor Agustí haga que me equivoque con una gestión ejemplar que cambie el rumbo de los acontecimientos, pero las sensaciones que me arroja la situación que vive ahora mismo el baloncesto en este país me retrotraen una década en el tiempo y me reflejan la imagen de lo que le ha sucedido al balonmano, un deporte que ha ido perdiendo presencia de una manera alarmante. Y es que en este país, en esta piel de toro tan panderetera, lo que vende es el fútbol y los programas del corazón. Y si ya se mezclan ambas cosas, como hacen con éxito de audiencia algunos, para qué pedir más.
Baloncesto, ¿un deporte de provincias?
El balonmano se convirtió en un deporte de provincias. Bueno, más concretamente de las provincias en las que había equipos en la élite. Y el baloncesto no sigue una ruta que difiera en exceso. Está claro que en Valencia, Vitoria, Málaga, Alicante u otras ciudades con tradición tiene aseguradas tanto la fidelidad de sus aficionados como la presencia mediática. El problema surge cuando echamos una ojeada a la consideración con la que tratan a este deporte, por ejemplo, las televisiones, las radios o los periódicos de tirada nacional. Se puede criticar a TVE, la televisión de todos, por el poco esmero que ha demostrado para con el baloncesto. Pero, ¿y el resto? ¿Qué hacen por este deporte las televisiones que no son todos, las de algunos? En una época en la que cada canal de televisión trata de hacer ver que lo más importante es el deporte que cada uno de ellos vende (la F1 en LaSexta, las motos o la Champions en TVE, la Europa League en Cuatro), cargar todas las tintas con Teledeporte resultaría tan injusto como ineficaz. Es cierto que la realidad refleja lo poco que cree el ente público en su propio producto. La promoción, de hecho, brilla por su ausencia. ¿Pero qué hace el resto? Basta con preguntarse qué margen dedican a este deporte en sus informativos o espacios deportivos el resto de cadenas, qué cuota de relevancia tiene el baloncesto en las páginas de los diarios de mayor tirada y en las radios de ámbito nacional, cuyos productos especializados en este deporte se difunden como podcasts a través de sus webs.
Es el de los medios uno de los asuntos capitales con los que tendrá que lidiar Agustí desde su nuevo cargo. Pero ya digo que no será el único. Teniendo en cuenta su experiencia previa, seguramente los rectores de los clubes que conforman la competición confían en su capacidad para buscar vías imaginativas con las que obtener unos ingresos que ahora, en este contexto de crisis económica global, resultan todavía más esquivos. Está claro que la atracción de sponsors dependerá en gran medida del reflejo mediático que puedan hallar al asociarse con este deporte. Y en eso la postura poco cómplice de los medios ayuda lo justo. Sin embargo, quizá más importante aun es ofrecer un producto de calidad, una ACB competitiva y atractiva para el gran público, no sólo para el habitual que es sumamente fiel, sino sobre todo para el neutral, para el aficionado ocasional que suele sumarse sin ir más lejos a los grandes acontecimientos (Juegos Olímpicos, Eurobasket, Mundial...). En este punto también deberían centrar sus miras los directivos de los grandes clubes, aquellos que tienen más peso. Los torneos dmésticos han perdido competitividad. Desde septiembre de 2007, salvando la Copa de febrero de 2008 que se apuntó el Joventut en el Buesa Arena, los once títulos que se han disputado han acabado en las vitrinas de dos equipos Barcelona y Baskonia. Y el panorama actual, con un equipo culé aterrador, tampoco parece que vaya a variar en exceso. Si la competición pierde en términos de emoción y apertura de opciones, el producto también se resiente.
Obviamente, no se trata de fijar unas directrices que obliguen al Barça o al Caja Laboral a hacer las cosas mal, a castigar al club catalán por la excelente gestión que Joan Creus está llevando a cabo desde los despachos. Ni tampoco podemos soñar con recursos destinados a equilibrar el nivel de los equipos como sucede en la NBA con el draft o los topes salariales. Pero sí existe un aspecto crucial para intuir que la distancia entre los grandes y el resto se van a mantener, si no a abrir más, en un futuro inmediato: las licencias de la Euroliga, que garantizan unos importantísimos ingresos a un ramillete de equipos que, más allá del rendimiento que ofrezcan en la competición doméstica, tienen asegurada su presencia en el torneo año tras año, mientras que la gran mayoría de clubes que militan en la ACB tienen prácticamente imposible siquiera soñar con acariciar la máxima competición continental y los jugosos dividendos que proporciona a los que la disputan. Tener esas taquillas e ingresos por publicidad asegurados de antemano supone una importante ventaja a la hora de confeccionar las plantillas y ofrecer salarios a los clubes que gozan de esa plaza fija en la Euroliga. Por si fuera poco, uno de los asuntos que tendrá que lidiar el nuevo equipo dirigente de la ACB tiene que ver con el hecho de que la máxima competición europea pretende reducir el número de plazas de equipos españoles de las cinco actuales a cuatro. No hace falta decir que esta medida supondría abrir aún más la brecha entre los poderosos y el resto.
El diagnóstico, en cualquier caso, se antoja mucho más sencillo que el tratamiento que se le debe administrar al enfermo. Agustí tiene sobre la mesa una montaña de asuntos pendientes, un listado de tareas de las que puede llegar a depender la supervivencia del baloncesto español. La renegociación del contrato de derechos televisivos, la explotación de internet como medio de difusión del baloncesto (la iniciativa conjunta con Orange para emitir los partidos ha resultado un éxito) y la búsqueda de fuentes de financiación a través de vías imaginativas, que trasciendan los simples patrocinios, pueden convertirse en balones de oxígeno para un deporte que vive una situación muy delicada. Sea como fuere, los clubes necesitarán cómplices. Requerirán de una FEB que explota a los héroes de la selección como propios y, sobre todo, de los medios de comunicación, cuyo espectro de temas relevantes cuando se refiere al ámbito deportivo va quedando cada vez más reducidos. El baloncesto se dispone a disputar el partido más importante de su historia. En un deporte eminentemente colectivo como éste, el éxito dependerá de la capacidad de todos los agentes implicados para desplegar una eficiente y comprometida labor de equipo.
Resulta que el villano, una vez más, se convirtió en héroe. El patito feo en cisne. El odiado traidor en salvador postrero. Pablo Prigioni, adorado primero, repudiado tras su marcha al eterno enemigo hace no tanto, protagonizó este miércoles en el Iradier Arena, feudo baskonista en el exilio, una de esas historias que a uno le dan que pensar. El timonel argentino guió al Caja Laboral a la victoria ante Olympiacos con una soberbia canasta, plena de fe, en el mismo partido en el que parte de la hinchada del conjunto vitoriano le dedicó algunos pitos cuando se concentraba para lanzar unos tiros libres. El hijo pródigo, amnistiado por la mayoría, sigue pagando el peaje de su polémica salida. Una parte de la afición del Caja Laboral, aunque cada vez menor, insiste en mantener a uno de los jugadores de su equipo en la diana. ¿Hasta cuándo? ¿Para siempre?
La situación resulta incomprensible a los ojos de la mayoría. Es evidente que Prigioni se equivocó en las formas y en las declaraciones y que se ganó a pulso la enemistad de los seguidores del Baskonia. En un principio, cuando se vio tentado por la mareante oferta económica del lustroso Madrid que Florentino Pérez le estaba diseñando a Ettore Messina, pronunció unas palabras que le perseguirán de por vida. "El Real Madrid me da ese plus que me faltaba en Vitoria, el de un equipo que tiene potencial para ganar todas las competiciones. El objetivo es ganar cada partido y cada competición sólo por vestir esta camiseta", manifestó el timonel nacido en Río Tecero durante su presentación oficial con el equipo merengue. Nadie más que él puede saber hasta qué punto resulta afilado el recuerdo de esas declaraciones. Sólo unos meses después, cuando cayó eliminado en las semifinales por el título ante sus excompañeros y asistió en la distancia a la conquista del tercer título liguero del cuadro baskonista, sus sueños de gloria se transformaron en una hiriente pesadilla. Fue sólo la prolongación de una etapa que comenzó viciada por su pésima relación con el por entonces técnico del Real Madrid y que a la larga se traduciría en dos temporadas sin catar título alguno. Los argumentos que empleó para justificar su marcha al bando enemigo se convirtieron en ridículas aspiraciones que, a la larga, blandirían los hinchas del combinado gasteiztarra para atacarlo cada vez que visitaba el Buesa Arena.
Prigioni, tipo ambicioso, jamás asumió, ni siquiera ahora lo hace, el papel de perdedor que le tocó interpretar durante la convulsa etapa de Messina y Molin al frente del equipo blanco. Incluso en el Baskonia, club que abandonó porque no le aportaba ese "potencial para ganar las competiciones", se había habituado a ganar, a aspirar a los trofeos. De hecho, desde que aterrizó en la capital alavesa procedente del Lucentum el verano de 2003 sólo había cerrado un curso sin haber añadido una muesca a su cinturón de títulos. Una ACB (2008), tres Copas del Rey (2004, 2006 y 2009) y cuatro Supercopas (2005, 2006, 2007 y 2008) jalonaban su palmarés a nivel de clubes cuando tomó esa decisión que todavía le atormenta y que agudizó aún más la ambición con la que ya venía de serie. Es por eso que puede entenderse la rabia con la que reaccionó contra la afición del Caja Laboral cuando regresaba a Vitoria ataviado con la elástica del Madrid y la gente se mofaba y le preguntaba por los títulos que había ido a coleccionar en el equipo de la capital.
Unas declaraciones que encendieron la mecha
"La grada del Buesa Arena se ha llenado de mediocridad", se despachó el último día de septiembre del pasado año. Tras la disputa de una Supercopa en la que el Madrid resultó apeado por el Barça a las primeras de cambio y celebrada bajo la cúpula del Buesa Arena, el argentino explotó. Encendió una llama que aún hoy no se ha apagado. Recuerdo pocos, muy pocos artículos en el periódico en el que trabajo que hayan generado tanta controversia en la edición digital como aquellas declaraciones. Si la opción escogida para forzar su salida le había dolido a mucha gente, sus recriminaciones contra una afición que lo había venerado como a muy pocos jugadores anteriormente supusieron el divorcio definitivo. "Queremos la cabeza de Prigioni", entonaban los hinchas del conjunto azulgrana. Había dolor, mucho resentimiento e ira. Dice un refrán, o quizá simplemente el acervo popular, que sólo se puede odiar a quien se ha amado. Y en el caso de Prigioni se cumple a rajatabla. A Prigioni, que en sucesivas visitas llegó incluso a encararse con algunos aficionados, se le llegó a odiar. Pero se le odió porque había sido amado como se ha amado a muy pocos jugadores en Vitoria. Y ahora, como en esas relaciones tormentosas, apasionadas, desgarradoras, hay a quien le cuesta olvidar el dolor de la traición y acoger de nuevo al hijo pródigo.
Prigioni era consciente de lo que le aguardaba en la capital vasca cuando, casi de rondón y en la sombra, acordó con Josean Querejeta los términos de su retorno. Pero lo asumió porque lo necesitaba después de haber pasado dos años muy duros en un vestuario que fue polvorín y ante una afición que sólo ahora, a toro pasado, valora la importancia de contar en sus filas con un base puro, de los de antes, de los de siempre, con uno de los últimos que quedan. Su espíritu pudo más que su orgullo. Volvió a Vitoria por lo mismo que creyó que iba en su día a Madrid, en busca quién sabe de si un último reducto en el que desplegar la ambición y la fe con las que se ha desenvuelto siempre sobre el parqué. Con 34 años (cumplirá 35 en marzo), el argentino ha puesto todas sus fichas en la misma casilla. Más allá de que haya quien todavía lo mantenga en la lista de enemigos públicos del baskonismo militante (con ilustres alevosos como Juan Carlos Navarro o Felipe Reyes), se ha entregado a la causa de la única manera que sabe hacerlo, a pecho descubierto.
Ganar el perdón sobre el parqué
Cuando su fichaje por una temporada cobró rango de oficialidad, algo que ya digo que la directiva trató de solapar (minimizar) con la contratación casi al mismo tiempo de Reggie Williams, comenzó una ronda de entrevistas con los medios, sobre todo los locales, en la que no disimuló lo que esperaba encontrarse. Pocos como él conocen a la hinchada azulgrana. Muy pocos. Y así lo dejó caer con sus declaraciones. El héroe que fue villano y ahora pelea de nuevo por ocupar su espacio en el corazón de la afición baskonista ni siquiera aguardaba un indulto gratuito. "No espero que la gente me perdone por el mero hecho de ponerme esta camsieta. Me volveré a ganar su respeto en la cancha", matizó entonces. La primera ocasión para poner en práctica ese plan resultó pintiparada, casi catártica. El Real Madrid fue invitado como rival para la disputa del Trofeo Diputación. Era el estreno del Iradier Arena y su reencuentro con su antigua hinchada. Saltó al coso entre pitos y abucheos. También hubo aplausos, pero de inicio se encontró más reticencias que manos tendidas. Y así, poco a poco, con el paso de las semanas, casi ha logrado que las aguas vuelvan a su cauce. Sólo queda un pequeño porcentaje, como en un cómic de Astérix, de irreductibles que, al menos hasta este duelo ante el Olympiakos, le seguían pasando factura.
La realidad es que Prigioni ha decidido ganarse el perdón de la única manera que sabe. Siempre le ha perdido la boca. No es nuevo. Le pasaba en su anterior etapa en el Baskonia, que hasta su marcha fue TAU, le ha pasado en el Madrid y le seguirá pasando. Pero jamás engaña cuando se trata de derrochar entrega y aportar carácter a un vestuario. Prigioni le debe mucho al Baskonia, argumentan algunos de los que han tardado en asumir su regreso. No les falta razón. Pero el Baskonia también le debe bastante a Prigioni. El argentino se hizo grande mientras ayudaba a hacer grande a un club que durante sus seis años a bordo abandonó la burguesía para instalarse entre los aristócratas del baloncesto continental. Y ahí sigue. Habituado a entrar entre los ocho mejores equipos de la Euroliga cada año, la canasta que ayer consiguió Prigioni valió por un triunfo que supone poco menos que garantizarse el acceso al Top 16. En quizá el primer partido ante un rival de verdadera entidad, aunque el Olympiacos no es ni mucho menos lo que fue, Ivanovic tuvo que recurrir a un jugador que rara vez le ha fallado para controlar un partido que se le esfumaba entre los dedos con el todavía púber Thomas Heurtel a los mandos.
Lo curioso del caso, de esta historia de traiciones, resentimientos y perdones, es que Prigioni amarró el triunfo con el primer y único lanzamiento que logró anotar en todo el partido. Antes de la jugada decisiva, un coast to coast sin retrovisor, el timonel argentino había errado los cinco triples que había ensayado y uno de los dos lanzamientos desde la línea de personal de los que dispuso mientras parte de la gente aglutinada en los tendidos del multiusos vitoriano le recordaba con silbidos su pasado reciente. "Estoy entrenando el tiro como un cabrón. Había fallado todos los anteriores y, mira, el destino quiso que tuviera uno último", explicó después. El destino le deparó ese último tiro, como le ha regalado una oportunidad para redimirse ante una grada que lo adoró y odió en diferentes épocas con la misma pasión. La mayor parte del público le ha concedido ya el perdón. ¿Se lo regalarán también esos que aún silban, los que pedían su cabeza no hace tanto?
El periodista David Pejenaute, jefe de Deportes en el Diario de Noticias de Álava con una dilatada experiencia en otros medios de comunicación (El Mundo, Onda Vasca, Diario de Navarra, ETB...), expone su particular visión del mundo de la canasta. Un viaje a los porqués de la mano de un apasionado al baloncesto en sus más variopintas expresiones.
Puedes seguir a David también en su blog personal.
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