"El mundo nos ha alcanzado", acertó a decir George Karl, el entrenador del combinado estadounidense después de la derrota ante Yugoslavia, la segunda inflingida a sus jugadores en dos días. Y es que estas palabras mesiánicas, no exentas de un cierto grado de prepotencia, vienen a reflejar lo que ha sucedido en el Mundial de baloncesto celebrado en Indianápolis.
Desde que el primer Dream Team aterrizara en Barcelona'92 se han venido sucediendo una serie de burdas imitaciones de aquel inimitable equipazo -Jordan, "Magic" Johnson, Barkley, Bird, etc.- que, no obstante, han logrado mantenerse invictos en 58 partidos a lo largo de diez años. El primer aviso ya lo dio la selección de Lituania en las semifinales de los Juegos Olímpicos de Sydney 2000, cuando el jugador del Barcelona Jasikevicius erró un triple sobre la bocina que hubiera dado la vuelta al partido y a su vez hubiera significado también el primer descalabro de los americanos. Sin embargo, poco aprendieron los profesionales de la NBA de aquella primera y última advertencia.
Para el Mundial de Indianápolis 2002-"su" Mundial-, el seleccionador George Karl no pudo contar con figuras de primer calibre como Shaquille O'Neal, Kobe Bryant, Tracy McGrady, Vince Carter o Tim Duncan, y las que habían aceptado como, por ejemplo, el base de los Nets de New Jersey Jason Kidd, se lesionaron en el último momento. No obstante, Karl pudo reunir a un buen grupo de jugadores de la NBA entre los que destacaban Paul Pierce, Shawn Marion, Michael Finley y el veterano Reggie Miller, excepcional jugador que no merecía un final así. Doce jugadores profesionales que defendían el orgullo patrio y en cuyo diccionario no existía la palabra derrota. Preguntados en su momento por la prensa ante tal posibilidad, algunos de ellos salieron al paso declarando que demostrarían el por qué se inventó el baloncesto en Estados Unidos y que en el "hipotético" caso de perder el campeonato, no serían capaces de regresar a sus casas ni de volver a levantar jamás la vista del suelo. Pero parece ser que erraron en sus cálculos, ya que no es que hayan perdido el campeonato en la final, sino que han quedado sextos en el cómputo global, siendo derrotados nada menos que por tres selecciones: Argentina, Yugoslavia y España.
También parecieron olvidar la cantidad de extranjeros que juegan dentro de sus fronteras, jóvenes talentos llegados de todas partes del mundo, en especial de la vieja Europa, como nuestro Paul Gasol, el alemán Nowitzki -sin duda el mejor foráneo que juega en la NBA-, los yugoslavos Divac y Stojakovic, el turco Türkoglu -compañeros los tres en los Kings de Sacramento y grandes culpables del reciente éxito de este equipo- o el ruso Kirilenko. Obviando todos estos detalles, la sorpresa saltó en la segunda fase, concretamente el pasado miércoles 9 de septiembre en que la selección de Argentina derrotaba por 87 a 80 a Estados Unidos se convertía en la primera en vencer a un combinado de jugadores profesionales. Además, con esta victoria histórica obligaba a los anfitriones a cruzarse con la temible Yugoslavia en los cuartos de final. La humillación fue in crescendo cuando, al día siguiente, los balcánicos vencían por 81-78 -gran actuación de los "americanos" Divac y Stojakovic- y apartaba a los estadounidenses de la lucha por las medallas. Como mucho, Estados Unidos podría ser quinta. Pero la pesadilla del equipo de ensueño no había terminado todavía, ya que, después de sortear no sin problemas a Puerto Rico, la siguiente madrugada perdía el quinto puesto frente a nuestra selección, los muchachos de Javier Imbroda -excelente campeonato de Gasol, Navarro, Garbajosa y compañía-, por 81 a 75.
A partir de ahora, lo que quizá pueda pasar es que doce jugadores olvidados paseen cabizbajos y vagabundos su vergüenza y su fláccida arrogancia por grandes avenidas y al llegar al refugio de sus casas vean, en el hueco de la chimenea donde a priori pensaban colgar la medalla de oro de esta "Liga de Naciones" -para ellos el campeón del mundo es el equipo vencedor de la NBA-, la fotografía enmarcada con la cara de tonto que se le queda a uno después de hacer el ridículo más impresionante de toda la historia del baloncesto.
Por Iván Bono Vilar