Corría la sobremesa del sábado 3 de diciembre, antesala del puente de la Constitución Española y la Inmaculada. En Sevilla llovía a cántaros y el chico estaba esperando a su amigo en el acostumbrado punto intermedio entre los domicilios de ambos para coger los dos el autobús que los llevaría al pabellón a ver el partido de ACB, resguardado en unos soportales muy cercanos a la parada. Vaqueros, cazadora de borreguito de la misma marca y nikies modelo Regreso al Futuro traídas de la base aérea conjunta hispano-norteamericana de la provincia, que causaban furor entonces. El amigo llevaba ya diez minutos de retraso, como era habitual. “Joder, hay que ver el tocayo, siempre llegando tarde. A este paso vamos a llegar justitos al partido”. Pasan otros cinco minutos más, y el chico – ya algo mosca – decide llamar a su casa para preguntar si su amigo había dado señales de vida. Se dirige a la cabina cercana, modelo José Luis López Vázquez en la famosa película La Cabina. “Al menos no me voy a empapar, como con estas cabinas modernas al aire casi…” pensó el chico. Tres timbrazos y responde su madre – también aficionada al baloncesto desde jovencita. Ya el tono de la respuesta, con voz temblorosa, dio mala espina al chaval. Y se confirmaron sus temores de que algo grave, muy grave había pasado: “Hijo, me ha llamado su tía para decírmelo, y además acaban de decir en la radio que Fernando Martín se ha matado en un accidente de tráfico yendo hacia el Palacio de los Deportes de Madrid para jugar contra el CAI. Se ha suspendido la jornada de ACB”. Al chico se le cayó el auricular del teléfono de la mano.
Así es como viví en su momento la noticia, que dejó al deporte español y al baloncesto europeo sumidos en un terrible shock. Impresionaba ver el día del entierro a un hombretón como Audie Norris, con quien Fernando se las había pegado de todos los colores, ambos con dureza y nobleza, soltar unas lágrimas como perlas; Romay, Jou Llorente, Itu, Villacampa y Montero, Epi, Andrés Jiménez, J.A. Corbalán, Nacho Solozábal, el “Abuelo” Arcega, Antonio Díaz-Miguel… la lista era larga, muy larga; todos con el estigma del dolor en sus rostros. Rivales deportivos la gran mayoría, pero compañeros de fatigas en la Selección Nacional, aquella a la que Fernando aportó tanto (en juego y en intangibles) y con la que escribió algunas de las páginas más gloriosas del baloncesto y del deporte nacional.
Madrid, febrero del 2009, día de ese engendro comercial llamado San Valentín. Casi veinte años después me desperezo apoltronado en el sofá poco antes de las tres de la madrugada, tras algunas horas de zapping y de vídeo, repasando All Star Games de antaño – de cuando jugaban para ganar los equipos de ambas conferencias, los Triples eran coto privado de caza de las más afinadas yemas de los dedos y en los Mates las dosis de circo eran mínimas por no decir nulas – haciendo tiempo para ver a nuestro Rudy en el Concurso de Mates del All Star Weekend de este año. De repente, mis sentimientos encontrados de expectación, ansia por verle hacer un buen papel y orgullo por lo que representa que sea el primer jugador made-in-FIBA en participar en un evento de calibre similar se tornan en un golpe seco en la boca del estómago. Como cuando ves a una antigua novia de forma inesperada con la que aún se te cae la baba. Rudy casi se arranca su camiseta roja de blazer y aparece debajo una negra… de blazer, igualmente. Cuando la cámara hace un travelling a sus espaldas y veo el número del jersey, mis ojos no dan crédito: ¡el ‘10’ de Fernando! Aderezado por un “Martin? What Martin? Ricky Martin?” de fondo de uno de los comentaristas de la TNT. Y a la vez que dos lágrimas ruedan raudas por mis mejillas, pienso: “Otra vez la puñetera etiqueta de latinos, típica de los yankees. No, imbécil. Fernando Martín Espina. FERNANDO MARTÍN”. Y mientras, Rudy a lo suyo: avanza hacia el aro, la tira al tablero por detrás de la espalda, la recoge en lo más alto y la moja con una mezcla de habilidad, agilidad y elegancia a partes iguales. Y al aterrizar al suelo tras su vuelo, Air Mallorca levanta el índice y señala al cielo. “Va por ti, Fernando”.
El 42 que le otorgó el jurado era lo de menos; casi intranscendente. Rudy en aquel preciso momento se convirtió en el campeón del concurso para mí con su gesto. Para mí y seguramente para muchas de las gentes del baloncesto de este país. Ni mate a lo Djalminha, ni capote, ni leches. Gentes que han tenido que pelearse en el patio del colegio para poder echarse unas canastas sin que otros, con otra pelota a la que se juega con los pies, les invadieran el campo de juego del suyo de las manos. Gentes que han tenido que luchar mucho, y muy duro, para poder sacar sus clubes y sus equipos adelante ante la escasez de unos patrocinadores volcados con el llamado deporte rey. Gentes que han forjado la historia deportiva de un país, y por las que gracias a su esfuerzo, hoy éste es considerado la potencia baloncestística que actualmente es España. Cada uno ha contribuido a su manera, en la medida de lo que podía contribuir. Unos – como Fernando – cosechando éxitos internacionales con sus clubes y con la Selección, poniendo piedras miliares en la historia de nuestro deporte, abriendo puertas. Otros, desde su modestia – que no menos importancia -, trabajando con, en y desde la base para cimentar aquellos éxitos de altos vuelos. “Gracias a él estamos donde estamos ahora mismo”, Rudy dixit.
Posiblemente, para el comentarista de la TNT que no acertó a reconocer al personaje objeto del homenaje, Fernando no sea más que uno de los tantos jugadores que han pasado por los Blazers, y por ende, por la NBA. Pero a los que tuvimos la suerte de conocerle, de cruzar siquiera unas palabras con él, de conocer a parte de su familia y de compartir momentos inolvidables de su carrera deportiva, Fernando nos dejó una huella profunda. Como personas y como aficionados al baloncesto. Desde su humanidad y desde su leyenda. Intuyo que sus padres, hermanos, su tía y sus primos – éstos últimos, vecinos y compañeros de colegio del que suscribe – se han conmovido también con el gesto de Rudy. Y sobre todo, lo más importante: por una vez, la Memoria Histórica no ha servido para dividir, para crear confrontación o desempolvar resentimientos latentes. Todo lo contrario, ha servido para unir, para homenajear desde el cariño y el respeto, para rescatar más si cabe una leyenda que siempre seguirá viva. Esta vez sin ley mediante, pero con toda justicia. ¡Va por ti, Fernando! ¡Gracias, Rudy!
El Pirata