EL VIAJE

 

“…puesto que esos viajes ya no existen en este mundo moderno. Pero cada día de vuestras vidas, cruzáis esas millas: el viaje entre este lugar y este otro. Cada día.” (Extracto de “Angels in America”).

Debo empezar esta nueva entrada a mi blog con una premisa que se utiliza muy a menudo en el mundo del deporte. No importa lo emocionante, lo injusta, o lo brillante que haya sido una final de cualquier deporte: el nombre de los campeones permanece a lo largo de la historia; el del subcampeón, no. Nunca.

O casi nunca.

El equipo de la Universidad de Butler perdió anoche la final de la NCAA por 61 tantos a 59. Y, sin embargo, sin quitarle un solo gramo de valor al triunfo de Duke, al menos para mí, los chicos de Butler fueron los ganadores.

Cuando, dentro de algunos años, miremos atrás a esta temporada de la NCAA-2010 ahora recién acabada, recordaremos que Duke ganó el título. Que conquistó su cuarta corona de campeón. Pero recordaremos también el increíble viaje de Butler hacia ese partido final.

Cuando el equipo de George Mason llegó a la Final Four en 2006 –aunque luego no se metió en la gran Final- todos nos hicimos seguidores de los Patriotas. Pero aquel equipo, brillantemente dirigido por Jim Larranaga, no tenía calibre de campeón. Este de Butler, sí. Y lo ha demostrado a lo largo del Torneo. Y nos ha cautivado por eso.

Duke ganó a Butler en la final del mismo modo que Butler podría haber ganado a Duke en la final. El choque no fue tanto una cuestión de calidad sobre cerebro –al fin y al cabo el partido lo jugaron Duke versus “el equipo más similar a Duke de entre todos los modestos”- sino que fue más bien una cuestión de un equipo fuerte, con mucha clase, contra un equipo más débil, pero atesorando mucha clase también.

La cancha de Indianápolis estaba llena a rebosar. Amigos y colegas que estuvieron allí ayer noche, y que han sido testigos de muchas Final Fours como yo, me decían que el ambiente era tremendo. Butler jugaba, literalmente, en casa. Y, salvo los acérrimos del equipo de Duke, todo el mundo iba con el equipo pequeño. No podía ser de otra manera.

En Estados Unidos, y en el resto del mundo, muchos aficionados querían, y lo deseaban apasionadamente además, que ganara el Butler. Otros, simplemente, querían ver perder a Duke. Independientemente de que el rival fuera Butler o el equipo de Papúa.

La idea general –la esperanza al menos- era que los jugadores del Duke saltarían a la cancha del Lucas Oil Stadium, oirían los abucheos, y les temblarían las piernas. Craso error. Al Duke los abucheos le confieren una energía especial. Desde hace ya muchos años. Así se lo va inculcando el Entrenador Mike Kryzewski a sus nuevas generaciones de Blue Devils. Los abucheos, los insultos, las burlas y las vejaciones no son nada personal para los Blue Devils. Son, estrictamente, business.

Las gentes de Duke son conscientes de que los Diablos Azules dejaron de ser los novios de América el año después de aquel curso memorable que acabó con aquel legendario partido que perdieron frente a la UNLV de Jerry Tarkanian. Al año siguiente, ya convertidos en un equipo rotundamente ganador, los diablos dejaron de ser azules y se convirtieron simplemente en diablos. Y ahroa son algo así como el equipo al que casi todo el mundo ama odiar en América. Incluso en su propio Estado de Carolina del Norte. Nadie quiere a Goliat salvo la propia familia de Goliat.

Tras la derrota de ayer, los jugadores del Butler fueron muy dignos en su derrota. Y se dijeron todas esas cosas que uno se dice normalmente cuando se acaba una temporada. Y lo hicieron de un modo mucho más profundo que la mayoría de los otros equipos de la NCAA.

Sin duda. Porque en esta era del “one-and-done”, del “un-año-y-se-acabó”, estos chavales del Butler experimentaron algo que ningún equipo de Kentucky, ningún John Wall o ningún DeMarcus Cousins, podrá experimentar jamás: las lágrimas de alegría y de tristeza que brotan desde el lugar más profundo en el que habita esa fusión de almas que se forja tras varios años de haber jugado junto a otros compañeros de fatigas. Esa sensación de fraternidad que, sistemáticamente, casi todos los jugadores que han dejado la práctica activa de cualquier deporte colectivo, señalan como el elemento de sus vidas que más echan de menos en sus tardes de retiro. El olor a linimento del vestuario cuando están todos juntos; la unión firme y rotunda con los antiguos camaradas.

En la NCAA, hace tiempo que se perdió el sentido de viaje que hay entre la incertidumbre del año freshman hasta la seguridad de los años de junior o de senior. Pero los chavales del Butler, un grupo unido en el tiempo alrededor de un entrenador sencillamente sublime, nos lo han vuelto a recordar.

La gente de los medios tenemos una tendencia cada vez mayor a convertir los eventos deportivos muy importantes en algo más de lo que realmente son. Sobre todo cuando hay contrastes muy evidentes de clase, de género y/o de raza. De modo que la historia de este viaje del Butler se ha convertido en un asunto mitad moral, mitad moraleja: un equipo de nivel medio-bajo, compuesto por estudiantes que de verdad estudian y que son muy listos dentro y fuera de la cancha, frente a una serie de equipos –excluido Duke- formados por chavales procedentes de la calle que pisan los campus sólo por un rato y que ceden sus servicios a una universidad. Sin ninguna idea de ser, ni remotamente, estudiantes.

La razón por la que a todos nos gusta el Butler es porque representa al hombre común, al ciudadano medio. Mucho más que al tan manido underdog, el segundón. Los chavales del Butler tienen todos una pinta enorme de ser muy buenos chicos y de no ser malos estudiantes. Dan toda la impresión de que les encanta jugar contra los Michigan States y contra los Dukes de este planeta. Pero nos atraen, sobre todo, porque proyectan la imagen inequívoca de que lo que de verdad les gusta es jugar al baloncesto.

Y su entrenador, el wunderkind Bradley Stevens, el técnico treintañero al que tantas veces han confundido con sus jugadores al llegar al campo de juego, es el paradigma de todo lo bueno que posee el oficio de entrenador. Él es el ingeniero jefe de todo este maravilloso engranaje del Butler. Su pausa, su lenguaje corporal, su estilo son, esencialmente, de otra época. El joven Stevens está mucho más cercano a John Wooden que a Tom Izzo o a John Calipari. La excelente preparación con la que se presenta su equipo a cada partido habla maravillas de él, de su staff de ayudantes y de sus jugadores.

Pero tanta visibilidad repentina en los medios había de tener su contrapartida. Ya hay voces ilustres en el baloncesto estadounidense que proclaman al Coach Stevens como a un modelo nuevo de entrenador no ya de la NCAA, sino de la propia NBA. ¡Santa Madonna!.

Yo no sé si Bradley Stevens estará dispuesto a acometer ese viaje. La NBA es otra historia. Y no precisamente muy buena para los entrenadores universitarios durante los últimos tiempos. Y menos aún para entrenadores universitarios tan jóvenes como él. Así que espero que el Coach Stevens siga todavía algún tiempo en la NCAA antes de que le tienten las sirenas de la NBA con sus cantos de millones y de fama deslumbrante.

En realidad, su trabajo en Butler parece apasionante. Cada programa deportivo de cada universidad del país tiene una misión. La del equipo de Butler no era, a priori, batir a los Michigan States ni a los Dukes de este mundo. Más bien, intentar ganar el título de su Conferencia, hacerlo lo mejor posible en el Torneo, y celebrar cada segundo del viaje.

Por eso, cuando el Butler llegó a la final frente al Duke, una nación entera –y no me refiero sólo a Estados Unidos, sino a la nación del baloncesto- quedó cautivada por este equipo de los Bulldogs que llegó mucho más lejos de lo esperado y que estuvo a las puertas de batir a un (a otro) gran equipo de los Blue Devils.

Pero tampoco debemos derramar muchas lágrimas por el Butler. Sólo las justas. Porque más allá de ese lugar en la historia, y de toda la simpatía que se han ganado de todos los aficionados al baloncesto universitario, su faro sigue estando iluminado.

El Entrenador Brad Stevens dijo desde el principio de curso que siempre ha visto al “Butler del año que viene” como al auténtico equipo con el potencial suficiente como para luchar por llegar muy lejos en el Gran Torneo. Traducción: según su Coach, si Gordon Hayward se queda un año más, volveremos a tener a los (a nuestros) Bulldogs muy arriba.

Así que el chaval Hayward y su entorno verán lo que mejor les conviene. Pero yo no cambiaría un puesto 20-25 en el Draft de la NBA, el próximo mes de junio, por la posibilidad tangible de intentarlo otra vez. De seguir adelante con el viaje.

Porque, para mí, esa es la auténtica lección que hay que extraer de toda esta historia del Butler. Que no hay nada trágico en el hecho de intentar dar un gran salto y quedarse corto. La verdadera tragedia está en no intentarlo siquiera.

Porque esta historia del Butler se trata, siempre se ha tratado en realidad, del viaje entre este lugar y este otro.

Comentarios

Por pocos centimetros en dos ocasiones, pero al final no hubo cuento de Cenicienta. Los demonios ganaron a los angeles.

Una lastima por Butler, les hubiese animado si no fuese contra Duke. Pero los Blue Devils somos campeones merecidamente.

_D_Mavs

Respondo a cobelian. Comentario número 800, por cierto. No, Hayward no podría. Un jugador universitario undergraduate, si entra en el draft, ya no se puede volver atrás. Se convierte en pro. Millones de gracias a todos por estar ahí. You are wonderful.

Una pregunta de lego en la materia: Un jugador universitario, como por ejemplo Hayward ¿Podría presentarse al Draft este año y quedarse en la Universidad hasta el año siguiente, como hacen muchos jugadores europeos?

Me da a mí que Hayward y Mack -que formaron parte del sub19 que ganó el Mundial el pasado verano a Grecia-seguirán un año más. Coincido en lo de Stevens. Si retrocedieramos a los 60 no desentonaría en absoluto.

Genial el artículo como siempre.

Sabía que había ganado Duke pero viendo el partido grabado protesté el empujon por detrás sobre el penúltimo tiro de Hayward como si de un Barça - Madrid se tratase,:)

Genial artículo como siempre Paniagua. Coincido contigo en mi blog en que los Wall de turno jugarán All-Star y probablemente ninguno de lo que jugó ayer lo harán, pero en eso reside la magia de este baloncesto. Lo que nos ha transmitido Butler este año (y otros atrás, con menos suerte) es que el baloncesto se juega con la cabeza y el corazón y no con músculos y un ojo mirando la estadística y otro la cuenta corriente. A partir de hoy, el nombre de Butler se une al de George Mason como las grandes historias de este torneo, pero esperaremos a que algún día otro equipo de una Mid-Major se alce con el título. ¿Será Butler el próximo año? Hayward dirá. Y nosotros lo veremos.

Saludos

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