HÉROES DEL DIVÁN

 

El reciente título conquistado por los Lakers de Los Ángeles la semana pasada nos ha dejado algunas cosas muy claras: que Kobe Bryant sigue siendo el jugador determinante y decisivo en estos Lakers ya dieciséis veces campeones. Y que a pesar de lo estratosférico que pueda llegar a ser un jugador, y Kobe Bryant últimamente se pasa más tiempo en la estratosfera que en la tierra, ningún equipo, ningún jugador, ninguna estrella, puede ganar un anillo por sí solo.

En ese orden de cosas, el hombre de aquí, Pau Gasol, se confirma como el compañero más decisivo del héroe nominal de los angelinos: algo así como el Robin de Batman para entendernos. Y, por supuesto, el técnico Phil Jackson se mantiene en la cúspide de su oficio: ya con once anillos de la NBA conquistados. Dos más que Red Auerbach, el mítico entrenador de los Celtics de Boston. Dos más, para alegría del mentor de Jackson, el inolvidable técnico de los Knicks –y enemigo acérrimo del Coach del Boston, por cierto- el otro Red legendario: Holzman. Le supongo sonriendo con este 11-9 dondequiera que esté.

Y luego aparece la figura de Ron Artest. Artest, no hace falta decirlo, es uno de los jugadores más controvertidos de la NBA: sobre todo tras su atroz incidente en el Palace de Auburn Hills cuando era jugador del Indiana. Y también uno de los más singulares.

Su llegada a los Lakers el verano pasado no estuvo exenta de polémica y durante casi toda la temporada ha habido una suerte de servicio de vigilancia permanente hacia él. Muchos analistas, muchos observadores y muchos aficionados no acabaron de entender el gambito que hicieron los Lakers entonces -sacrificar a Trevor Ariza- a cambio de fichar a un jugador tan “especial” como Ron Artest.

Sin embargo, y esto es lo que tiene el ganar títulos, la polémica se zanjó justo en el momento preciso de la consecución del anillo. Pero, sobre todo, el debate se acabó totalmente con la portentosa actuación de Ron en el decisivo Partido 7 de la Serie Final contra los Celtics.

Este anillo significa mucho para Artest. Tal vez por eso, sus sensaciones al final del choque definitivo frente a los Celtas no tuvieron nada que ver con las que pudieron sentir sus compañeros de viaje. Para Kobe era la consagración como jugador eterno; para Phil, aumentar su récord de campeonatos: probablemente inalcanzable durante largos años. La confirmación de la gloria -y no sólo nacional, por supuesto- para Pau Gasol.

Para Ron Artest este título supone el final de un camino; significa ver la luz al final de un largo túnel. Sí, porque el hombre puede echar la culpa de muchos de sus males a muchas gentes, pero nadie duda de que el mayor inductor de todos esos males, de toda esa frustración contenida, ha sido el propio Artest.

Su celebración del título fue por eso muy atípica. Sobre todo para un hombre que siempre presumió de venir de eso que llaman genéricamente “malas calles” y con fama de ser un tipo muy duro e implacable. Y es probable que más de uno de sus amigos callejeros haya pensado que sus lágrimas en el momento del éxtasis sean muy poco compatibles con la cultura de virilidad que tienen como bandera los tipos como Ron Artest y sus compadres.

Por eso, ver llorar al hombre al que una vez el Comisionado David Stern considero el Enemigo Publico Número 1, blandiendo una botella de champán como estandarte, es una visión de redención; es mucho más significativo de lo que parece.

Cuentan que el hombre se hartó de enviar y de recibir mensajes a través de su Blackberry. Eran de sus amigos, de sus seguidores en las redes sociales, de la familia, de sus allegados, de sus agentes, de sus patrocinadores. Es lógico: siempre se ha dicho que la victoria tiene mil padres, pero que la derrota tiene sólo una madre.

Pero, para mí, sin embargo, el mensaje más emotivo que envió Artest fue uno que no mandó ni a través de Twitter, ni de Facebook. El mensaje más emotivo, el más elocuente de todos, fue uno que mandó a su psiquiatra. “Por darme la fuerza necesaria para creer en mí”, cuenta el psicoterapeuta que decía ese maravilloso mensaje.

Durante mucho tiempo, la labor de los psicoterapeutas deportivos ha estado muy mal entendida. Seguramente por pura y simple ignorancia. Tal vez haya sido –sea- por la creencia, manifiestamente errónea, claro, de que un deportista tiene que limitarse a intentar cumplir sus metas: a meter goles, a hacer canastas, a correr más rápido o a hacer muy bien lo que quiera que haga bien en el mundo del deporte.

Recuerdo las críticas que recibió en su momento el psicólogo que incorporó el Real Madrid (división de fútbol) el entrenador Benito Floro. Las fuerzas vivas del periodismo deportivo de aquel tiempo vejaron, ridiculizaron y humillaron a aquel hombre sin pudor alguno. Siempre he creído que toda esa incomprensión vino dada porque, en la cultura predominantemente machista que impera en el mundo del deporte, la mera idea de que un atleta necesite acudir a sesiones de psicoterapia se percibe casi como un anatema.

De hecho, muchos deportistas que conozco en los Estados Unidos suelen todavía ocultar que acuden a ver a un psicólogo, o a un psiquiatra, para tratar de alejar y de conjurar sus demonios interiores. O, simplemente, para sentirse mejor.

Cuando en los años 80 conocí a (un entonces joven) Dennis Rodman -a través de Bill Pollak, mi colega y sin embargo amigo- que era su agente en aquel tiempo, una de las cosas que más me llamó la atención es que aquel chaval acudía regularmente a la consulta de una psiquiatra. La doctora, una enorme profesional y una persona realmente encantadora, por cierto, tenía con el singular Dennis una relación casi materno-filial sin olvidar nunca su sitio. Rodman siempre fue –y todavía es y siempre será- Rodman, pero aquella piscoteraeuta nos explicó con una precisión casi milimétrica el perfil psicológico de aquel chaval que parecía peleado con el mundo entero y que desconfiaba hasta de su sombra.

Entre otras cosas, aquella doctora no explicó que aquel chico tan prometedor, y que tanto gustaba a los Pistons, provenía de un hogar muy desestructurado: sin presencia ni referencia paterna alguna. Y que, por lo tanto, consideraba al Detroit su familia y al difunto entrenador Chuck Daly como a un padre. Y aquella señora vaticinó, sabiamente, que el día en el que Dennis abandonara los Pistons de Detroit, se convertiría en un ser imprevisible y seguramente conflictivo. No hace falta decir que la doctora dio en el clavo con su análisis.

Ron Artest ha tenido también sus propios demonios interiores. Alguno de ellos compartido con Dennis Todman. Y otros, la mayoría, por cortesía de la casa. El principal demonio de Artest ha sido el escaso control de su tremenda furia interna: un “anger” que habita en él, seguramente desde hace mucho tiempo, y resultado de muchas malas experiencias acumuladas.

La falta de autoestima, la rebeldía como expresión de múltiples frustraciones, la llama de lo que él siempre ha definido como “su fuego interior incontrolable”. Un coctel explosivo; una bomba de relojería capaz de estallar al mínimo roce con el mundo exterior y de hacerlo, además, en las circunstancias más imprevisibles.

Por eso me parece que esa dedicatoria a su psiquiatra es también un reconocimiento general a unos profesionales que, particularmente en el mundo del deporte, no siempre han estado ni bien entendidos, ni bien considerados, ni bien apreciados.

Siempre he contemplado a este gremio de profesionales del diván como a un elemento no solamente necesario sino esencial en el mundo del deporte. Tenemos aquí un seguidor habitual, Shifty, a quien, como sabe el amigo lector, ya he hecho referencia en otras ocasiones. No le conozco personalmente, ni sé quien es. Sólo sé que una vez nos dijo que es psicólogo de profesión, que ama el baloncesto y que nos ilumina no pocas veces con sus siempre agudos y precisos comentarios. Así que supongo que él podrá añadir algunas cosas muy interesantes a esta modesta columna: que, en realidad, sólo pretende dejar constancia de lo importante que siempre me ha parecido la psicoterapia en el mundo del deporte.

En esa línea, me parece que el gesto de Ron Artest hacia –en palabras suyas- su “shrink” (algo así como su “loquero” en la traducción al castellano) nos descubre dos cosas: una, que este chaval otrora peleado con el mundo parece estar cada vez más en paz consigo mismo. Por supuesto, principalmente gracias a su propio esfuerzo. Pero también gracias a la enorme –y siempre anónima- labor profesional de su psicoterapeuta.

La otra cosa que me descubre este gesto de Ron Artest hacia su “loquero” es que estos profesionales son ángeles sobre los hombros de muchos deportistas. Seres que les ayudan a desatar no pocas veces muchos nudos. Que ni el mejor Maestro del Zen, ni el mejor gurú de la ofensiva en triángulo, ni ningún compañero de vestuario, por muy estelar que sea, pueden siquiera ayudar a desatar.

Son héroes del diván.

Comentarios

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Alex

Para mi los Lakers tendran que cambiar muchas cosas,yo dejaba ir a Farmar y buscaba uno o dos bases (por la edad de Fisher), y un banquillo un poco mas importante aunque no se si le dará con el tope salarial...
Por la parte de la psicología, creo que directamente esta mal vista no solo en el deporte, sino en la sociedad en generalsi dices que has ido a la consulta de un profesional la gente piensa que algo "raro" te pasa. De todas formas esto cada vez está dejando de ser un tabú y cada vez mas se ve como una necesidad que realmente todos tenemos en un momento dado, y si cuando tienes un resfriado vamos al medico, porqué no vamos a ir al psicologo cuando estas triste y no sabes como acanar con esa situacion. Bueno, como siempre un gran blog del señor Paniagua, un gran placer leerle y escucharle en radio.

El papel del psicólogo deportivo, no tiene gran importancia...hasta q lo usas, y ves cómo de trascendente puede llegar a ser...Yo en mi colegio tenemos uno, y he de reconocer q su papel de cara a mejorar, en mi caso, ha sido muy importante. Para los jugadores, y entrenadores, ayuda mucho, ya sea para tratar el como desarrollar los partidos, entrenos, dinámicas de equipos, motivación, etc... Muy buen artículo como siempre!!

Y en casi cualquier otro mundo tampoco, he de añadir. Me he puesto rojo, de nuevo; al leer el artículo. Gracias por estas columnas, de verdad :) Hablando del tema en cuestión, y no por ser oportunista, mi primer comentario en las redes sociales, amistades, etc; sobre el séptimo partido, fue justo el agradecimiento de Ron a su terapeuta. Este jugador tan polémico siempre lo he visto poco hábil tácticamente, quizá fruto su poca inteligencia estrategica dentro de la cancha; pero lo que he visto siempre en jugadores de playground, de barrios destruidos por diversos motivos es un patrón que se repite a lo largo de años. Es un corazón que no les cabe en el pecho. Isaiah, Rodman, Iverson, Artest (si se me permite la comparación) son jugadores que lo dan todo, y siempre lo han hecho. La visión de Artest corriendo como un niño a abrazarse a Kobe justo en el pitido final, habla de como ha encauzado su carácter, sus skills y su corazón. Aconsejo muy mucho ver la entrevista post-partido que hace la ESPN a Ron, dura 7 minutos y es sobrecogedora. He visto a muchos jugadores ganar, pero la ilusión que le he visto al de NY no la había visto nunca. Como dijo en el vestuario, y cito de memoria. ''Gracias Kobe por darme el anillo. Gracias al equipo'' Por eso me gusta Ron, no engaña a nadie. Lo que ves es lo que hay, todo corazón

Muchas gracias una vez más.
Como siempre interesante, curioso y bien escrito.
Artest, para sorpresa de muchos, ha sido importantísimo en la victoria de los Lakers.
Yo me alegro mucho por él.
Creo que se merece lo que le ha pasado.

Como siempre es de agradecer que escribas sobre los otros heroes que nadie conoce. Conicido contigo en que eso de ir al loquero no esta bien visto en el mundo del deporte. Gracias por otro genial columna.

Genial artículo como siempre. A pesar del enorme papel de Artest en el séptimo partido de las Finales, creo que su temporada en general ha sido mala y en momentos de las Finales le hemos visto con la cabeza perdida y tomando decisiones lamentables. Dennis Rodman rendía siempre al 100% en Chicago y en las Finales se crecía hasta llegar a ser tremendamente importante.

Con todo eso, seguramente la labor de su psicoterapeuta sea más importante a partir del año que viene, cuando, ya con un anillo, sus aspiraciones sean otras.

Saludos desde el blog A Place in South.

Gran artículo, como de costumbre. Espero que a Artest no le ocurra como a Rodman. Tras un primer año en el que estuvo "bastante pacífico", tras la consecución del primer anillo comenzaron a aflorar poco a poco los problemas y en el último año eran casi constantes.

Como siempre es de agradecer que escribas sobre los otros heroes que nadie conoce. Conicido contigo en que eso de ir al loquero no esta bien visto en el mundo del deporte. Gracias por otro genial columna.

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