HOOSIERS

 

Cuando repasemos la historia del baloncesto universitario, la NCAA, dentro de veinte o treinta años, al referirnos a esta época actual, seguramente hablaremos del inolvidable paso de Carmelo Anthony por el equipo de Syracuse. Recordaremos aquel título de los Naranjas y hablaremos de cómo, en ese único año suyo en la Universidad, Melo se convirtió en el precursor de ese singular ejercicio deportivo-académico que se denomina “one-and-done”. Y de cómo el suyo fue el “uno-y-se-acabó” más prodigioso de todos los tiempos.

Nos admiraremos de los dos campeonatos conseguidos por la Universidad de Carolina del Norte: obtenidos con dos equipos totalmente diferentes. Y seremos conscientes de lo difícil que es lograr semejante meta en el mundo del baloncesto colegial. Comentaremos también aquellos dos títulos consecutivos conseguidos por los chicos de la Universidad de Florida: para mayor gloria de su entrenador, Billy Donovan, y de mi querido Larry Shyatt, el entrenador asociado principal de los Gators.

Pero, en un baloncesto como este, el de la NCAA, que viene definido por su Torneo Final , y particularmente por su Final Four, recordaremos a un entrenador, Tom Izzo (Michigan State) que guió a su equipo a seis (6) apariciones en la Final a Cuatro en 12 años: justo entre 1999 y 2010. Y analizaremos boquiabiertos lo que eso significa. Como muy bien me escribió “paupelu”, uno de mis followers en Twitter –y también habitual lector de SOLOBASKET- : “nunca un jugador senior se quedó sin Final Four con él”.

Un dato absolutamente palmario. Así que por esas seis presencias, por llegar a las semifinales del torneo de baloncesto más impredecible de la historia del deporte de una manera tan regular y tan frecuente, Tom Izzo se merece la etiqueta de mejor entrenador de la NCAA actual. Su frase favorita es: “Los jugadores juegan; los jugadores duros ganan”. Y el Coach Izzo genera de manera cíclica un buen puñado de jugadores que hacen honor al apodo del equipo: espartanos.

Hay otros dos entrenadores que van a acompañar a Mr. Izzo en la Final Four de este año y que son tan notorios que él. Cada uno poseedor de un estilo distinto y cada uno defensor su propia filosofía; no sólo baloncestística, sino también vital.

Uno es Mike Krzyzewski, el eterno entrenador de Duke, que ha vuelto a llevar a sus Blue Devils a otra Final Four. Se puede argumentar que el camino de Duke hacia la semifinal de este año fue el menos duro que tuvo cualquiera de los cuatro equipos que eran cabezas de serie. Pero cargarse a Baylor fue la tarea más ardua a la que se enfrentó cualquiera de esos cuatro cabezas de serie, sin duda alguna. Duke, por cierto, empezó el curso con bastantes dudas y probablemente ni los Cameron Crazies más optimistas preveían este enésimo viaje de su amado equipo a la Final Four. Pero hay algo que he aprendido en todos estos años de vivir y seguir la Liga NCAA: nunca se puede sobrestimar el corazón de campeón del equipo de Duke.

Mr. Kryzewski, el antiguo cadete de la Academia Militar de West Point, que posteriormente fue entrenador del equipo del Ejército, es un hombre de honor y de orden. Un reclutador impoluto en todos sus años en la NCAA –llevando el símbolo de la Universidad de Duke en su tarjeta de visita ni falta que le ha hecho, la verdad- y siempre preocupado por la (buena) educación académica de su muchachos. Muchas veces he dicho que Mr. Krzyzewski es el entrenador más parecido al viejo maestro John Wooden que uno se puede encontrar en el baloncesto moderno. Son diferentes épocas, es cierto, y Duke no ha alcanzado los 10 títulos de la UCLA de Wooden; y seguramente nadie lo hará. Pero tanto el Coach Wooden, en la UCLA, como el Coach K, en Duke, han creado auténticas dinastías baloncestísitcas. Ambos representan todo aquello que fue y todavía es bueno y respetable en el baloncesto colegial.

El rival de Duke en las semifinales será el equipo de la Universidad de West Virginia. Los Montañeros llevaban desde el año 1959 sin aparecer por una Final Four: justo desde que un tal Jerry West lideró a aquel equipo de Virginia del Oeste que luego resultó ser el subcampeón del Torneo. Ya ha llovido mucho desde entonces.

El actual entrenador del equipo de los Montañeros parece el reverso –aunque no necesariamente tenebroso- del Coach Krzyzeewski. Bob Huggins es uno de los técnicos más controvertidos, más criticados y más vilipendiados de todo el baloncesto universitario. Porque representa, según todos los indicios, justo los valores contrarios a los que sustenta su colega entrenador del Duke.

A Mr. Huggins le han acusado de ser un entrenador sólo preocupado por ganar; de ser alguien a quien le importa muy poco el destino académico de sus jugadores; de haber engañado a la NCAA de manera sistemática. Y todo eso es verdad. Pero me permitirá el amigo lector que haga un poco de abogado del diablo: nunca mejor dicho.

El actual entrenador de West Virginia –nativo del Estado minero, por cierto- es ese tipo al que los americanos siempre suelen etiquetar como “the fall guy”, “el malo de la película” para entendernos. Pero resulta que este “fall guy” es un gran entrenador: a pesar de todas sus faltas.

Sólo que, a diferencia de otros colegas suyos que han engañado a la NCAA tanto o más que él, pero que luego van de santos varones por la vida, Huggins asume su papel de renegado, de Maverick, sin ambages. Ni siquiera se molesta en adornarlo. Eso sí; sus equipos, generalmente compuestos por chavales de gran talento pero a los que uno jamás querría ver relacionados con su hermana pequeña, son siempre duros de pelar. Son competitivos, están bien preparados y salen dispuestos a luchar hasta el final.

La lección que le dio el West Virginia al gran favorito, Kentucky, en los cuartos de final, es para enmarcar. Las cuatro futuras lottery picks del Kentucky sucumbieron ante un aguerrido, veterano, duro y preparado equipo de Virginia del Oeste. Los Montañeros pasaron por encima de las figuras de los Wildcats de manera total. Y el Coach Huggins dio un recital de dirección por el que, sinceramente, valdría la pena pagar.

Y, finalmente, la Butler Mania. El equipo del momento: Butler. Un pequeño colegio ubicado en Indiana –eso quiere decir que jugará la Final Four literalmente en el patio trasero de su casa- al que todo el mundo se empeña en comparar con aquel Hickory High School de la (gran) película “Hoosiers”. La historia del Butler tiene un cierto parecido con el film, eso es verdad: un equipo pequeño que se clasifica, inesperadamente, para la Final Four. Pero ahí se acaba el parecido entre el film y la realidad.

Porque, entre otras cosas, Brad Stevens, el joven técnico (33 años) del Butler es lo menos parecido al Coach Norman Dale, el personaje que interpreta Gene Hackman en “Hoosiers”: un entrenador ya muy de vuelta de todo, en busca de redención. Ni se parece en nada, tampoco, a otro gran icono del Estado de Indiana: al singular Bobby Knight; el genio que fue durante tantos años el entrenador de los Hoosiers de verdad.

En realidad, el Coach Brad Stevens se parece a su equipo. Es el propio reflejo de sus Bulldogs: un equipo lleno de jugadores con caras de niño: un niño no necesariamente malo ni travieso- pero listo como el hombre. Un “underdog” superlativo; un conjunto casi desconocido para todo aquel que no sea un seguidor acérrimo del basket universitario. Y, al menos hasta ahora, un equipo frecuentemente infravalorado.

Debo decir que la primera persona que me habló del joven Coach Bradley Stevens fue mi buen amigo Fran Fraschilla. Fran, que es un italo-americano que siempre habla claro y no se anda con rodeos, me dijo no hace mucho tiempo que este muchacho era “un genio de las estadísticas y de los números que va a dar mucho que hablar”.

Dicho lo cual, la traducción de “genio de las estadísticas” para un entrenador avezado es: “el muchacho puede ser muy bueno con los números, pero no necesariamente tiene porqué ser bueno a la hora de liderar el vestuario de un equipo colegial”.

Yo, la verdad, no sé si este chico es un genio. Pero sí debo decir que me parece un entrenador rotundo. Aunque no venga directamente de los vestuarios de un equipo universitario, ni haya olido mucho linimento como jugador de baloncesto. De hecho, hace diez años, recién salido de la universidad, trabajó como representante -visitador médico se dice en el argot profesional- de la compañía farmacéutica Eli Lilly.

Tan solo dos años después, el hombre decidió dar un cambio a su carrera y empezó a escalar peldaños hacia su objetivo final: convertirse en entrenador de baloncesto universitario. Y empezó desde bien abajo: como delegado, precisamente, en Butler.

De hecho, Stevens no llegó a ser entrenador-jefe del equipo hasta hace tres años. Y todavía hoy parece lo suficientemente joven como para que le confundan con uno de sus jugadores. Cosa que le ha ocurrido en más de una ocasión parece ser.

Siempre he sostenido que la mejor forma de evaluar a un director de orquesta es escuchar como suena su orquesta. Y que la mejor forma de evaluar a un técnico es contemplar cómo evoluciona su equipo en el campo. Según esa premisa, en Brad Stevens se ha podido ver a un técnico firme y seguro en sus planteamientos; con una gran compostura en el lateral del campo y dueño de un lenguaje corporal pleno de armonía. Esa mezcla de seguridad y de paz profunda que ayuda mucho a los jugadores en los momentos de zozobra.

Brad Stevens cree firmemente en el análisis estadístico. Por cierto, tras influenciar muchísimo el juego del béisbol, las estadísticas están cada vez más presentes en el baloncesto moderno. Así que el Coach del Butler se pasa casi tantas horas analizando las estadísticas de todos los modos posibles como viendo videos de los equipos contrarios.

La orquesta del Coach Stevens suena muy afinada, aunque sus músicos no parezcan exactamente unos maestros virtuosos; y mucho menos en estos tiempos que corren. Un dato: sólo dos jugadores del equipo miden más de 1’90 metros. Y, sin embargo, los Bulldogs le dieron un repaso en los rebotes a un equipo atléticamente superior, como es el Kansas State. Y forzaron nada menos que 18 errores al poderoso conjunto de Syracuse.

Cualquiera que haya visto al Butler estos días coincidirá conmigo en que se trata de un equipo muy bien preparado que no se entrega jamás. Los Bulldogs conocen los puntos débiles del rival y golpean como un martillo sobre esas debilidades durante los 40 minutos. Transmiten, además, una confianza tremenda en lo que hacen y en su entrenador.

Así que veremos lo que nos depara el destino en esta Final Four de Indianápolis. Seguramente la historia no acabe con un happy ending, como en la película “Hoosiers”. Dudo mucho que los chicos de Butler vayan a cortar la red.

Pero en este Torneo nunca ha contado tanto el resultado final como el viaje. Sobre todo para los equipos más modestos. Y no puedo imaginarme un viaje más alucinante que el del modesto equipo de Butler este año.

Si los dioses del baloncesto realmente existen, deberían hacer todo lo posible para que ganen los Bulldogs. No sólo porque ese sería el corolario perfecto para una temporada tan especial como esta. Sino porque no puede haber un mejor final. Un equipo poco atlético, diminuto para los estándares actuales, preparado por un joven técnico de 33 años, antiguo visitador medico y absolutamente obsesionado con las estadísticas, que se lleva el título contra todo pronóstico. Y el mundo del baloncesto enloquece.

Me gustaría hablar del legendario triunfo del Butler dentro de 20 ó 30 años.

Comentarios

Gracias, jorge33. Mea culpa. Eso pasa por escribir -prácticamente siempre- de memoria. Y es que los años no pasan en balde. Ya está corregido. Disculpas a todos los amigos lectores por el gazapo y gracias por estar ahí.

Una corrección, tardía, pero corrección.

"un tal Jerry West lideró a aquel equipo de Virginia del Oeste que luego resultó ser el campeón del Torneo"

Ya le gustaría haber conseguido aquel campeonato. Jerry West nunca ganó el torneo de la NCAA. Aquel torneo de 1959 lo ganó la California dirigida por el no menos legendario entrenador Pete Newell.

www.ba-lon-ces-to.blogspot.com

Me he devorado el articulo. A mi también me gustaria que ganara Butler. Les vi jugar el año pasado y me gustaron mucho. ¿Cual es el equipo más modesto que ha ganado la Final Four en tu opinion?. Gracias por estos ratos de buena lectura.

pues yo es el primer año que veo el march madness, amo el basket pero esk no sabia ni por donde lo exaban ni na, ademas siempre me resultaba muy dificil seguir tanto equipo y como iba la cosa asta k me ayudo un amigo, y este primer año me esta encantando, en la final four no tengo favorito claro, me gusta duke pero solo pork redick jugo alli, los spartans pork les e visto dos dias y su defensa me a entusiasmado, su afan de luchar, pero quiza en el fondo creo k todos tenemos en nuestro corazoncito a butler, aber si ganan y dentro de 20 años... acen una pelicula jaja p.d:me encantan tus articulos pani, sigue asi

Gracias por la mención Pani!

Una de las cosas más notorias de Tom Izzo es que sus principales jugadores nunca han llegado a ser estrellas de la Liga. Zach Randolph o Jason Richardson (lo más parecido a estrellas) no eran jugadores fundamentales en la mejor época. Construye una base sólida que trabaje bien el rebote ofensivo y la circulación de balón. Va camino de leyenda.

De Butler ya he dicho muchas veces que soy seguidor desde que los vi en 2008. Le hablé a un amigo de cómo jugaban sin hombres altos, apenas afroamericanos, sin músculo, pasando 7 u 8 veces el balón antes de lanzar, defendiendo con constantes ayudas y cerrando perfectamente el tablero. Me dijo que eso debía ser un tostón, que el prefería la NBA. A mi me evocaron a cómo debía ser el baloncesto en los años 50 o 60 en cualquier universidad de Indiana. Creo que en los tiempos de Lebron James, del highlight lleno de mates y cabezas a la altura del aro, del músculo y la individualidad, este año el "One Shining Moment" debe acabar con Shelvin Mack en los hombros de Matt Howard cortando la red con un Brad Stevens sonriente. Como dices, que podamos contarlo dentro de 20 años emocionados. Baloncesto en estado puro.

Saludos. Blog A Place in South

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