The remains of the day

Solapas principales

Shaquille O’Neal, uno de los jugadores más decisivos en la NBA moderna, nos ha vuelto a engañar a todos. El Gran Aristóteles ha debido de hacer un pacto con el diablo –tiene que haber sido eso, puesto que no puede haber bebido de la fuente de la eterna juventud en el desértico Estado de Arizona- y, en esta suerte de segundo adviento, ha vuelto a mostrarnos a todos ese talento que le hizo leyenda viva del baloncesto.

Muchos pensaban –pensábamos- que Shaq estaba finiquitado como jugador. Por lo menos como jugador determinante y significativo. Habíamos pensado que, como mucho, el gigante sería útil, en este su presumible último acto en Arizona, actuando como líder, interpretando el rol de padrino protector de algún jugador con la etiqueta de gran promesa de la canasta: léase Amare Stoudemire. De modo que Shaquille aterrizó en Arizona no tanto como el jugador-salvador, sino como el símbolo viviente de lo que significa ser un campeón, de haber co-liderado un equipo, los Lakers, que obtuvieron tres títulos. Algunos creyeron, incluso, que su fichaje por los Suns señalaría, por fin, a la franquicia arizónica el camino hacia esa gloria deportiva que le ha sido denegada por los dioses del baloncesto durante sus 40 años de vida.

Creímos intuir que este Shaquille O’Neal crepuscular sería un poco como esos Lores venidos a menos, cuyas mansiones se pueden visitar hoy en día en el Reino Unido. Con la entrada te dejan ver el ala de la casa que está preparada para la observación del turista plebeyo. Luego, por un precio adicional, te enseñan el ala de la casa en el que habitan el Lord actual y su familia. Allí, el susodicho Lord te saluda efusivamente, mientras te enseña los cuadros y los trofeos familiares. Entiendes entonces que su propia figura, su rancia grandeza pasada, y todo lo que un día fueron ese Lord y sus antepasados, son también parte del precio de la entrada. The remains of the day; lo que queda del día.

Shaquille O’Neal parecía destinado a ser el tótem sagrado de los Suns, un jugador de pasado radiante cuyos últimos coletazos en Phoenix se ofrecerían, como parte del paisaje, al visitante que pagara el billete de entrada. Se suponía que el gigante se plantaría en la pintura, se mantendría en pie frente a los Spurs en los playoffs, y ofrecería liderazgo e inspiración al resto del equipo. El hombre no pudo hacerlo el año pasado. Pero su excelente rendimiento esta temporada, que le ha valido su decimoquinta presencia en el Partido de las Estrellas, demuestra que estábamos todos equivocados. Shaquille O’Neal vuelve a brillar

Pero al tiempo que Shaq resplandece, y demanda de nuevo la atención del mundo, su equipo tiene problemas (muy serios) de cohesión interna. En vez de expandir las posibilidades del conjunto, O’Neal las limita. No es del todo su culpa, por supuesto. Es, más bien, una cuestión de estilos. Con Mike D’Antoni en el banquillo, el equipo corría y anotaba como si no hubiera un mañana. A riesgo de encajar, tal vez, más puntos de los deseables. Pero aquel estilo de baloncesto rápido y orientado a la ofensiva era el carácter deseado por todos en la Casa Suns. Ahora, mandan otros en esa Casa y estos Soles de Shaquille O’Neal juegan, desde luego, a otro cosa. El propio Steve Nash, el base-cerebro-alma del equipo, el jugador más respetado en Phoenix, ha dicho, a propósito de este renacido Shaquille y de estos nuevos Suns, que “todo el mundo, excepto Shaq, juega mejor con el otro estilo."

De modo que, en vez de ser el gran activo del equipo, O’Neal parece ser justo lo contrario; una suerte de lastre. Sin quererlo, el gigante se ha convertido en una especie de cuerpo extraño que circula en dirección contraria a la de sus compañeros. A veces, literalmente, incluso. Quede claro que, a mi juicio, lo que está haciendo Shaq este año es digno de reconocimiento. Su esfuerzo es genuino, al contrario que en otras fases de su carrera. Sin embargo, en la enésima ironía de este -muchas veces- complejo mundo del deporte, el maravilloso destello de clase rotunda que nos está ofreciendo este Shaquille crepuscular, probablemente esté aniquilando las pocas opciones que pudieran tener los Suns de hacer algo realmente serio esta temporada.

El propio Steve Nash ha pasado de no estar cómodo con Shaq a estar visiblemente incómodo. Es cierto que el canadiense es un jugador lo suficientemente listo e inteligente como para no entender el valor que tiene un jugador del calibre de O’Neal en el poste bajo. Sin embargo, el dos veces MVP de la NBA ha cimentado su maravillosa carrera en base a ese concepto, geométricamente poético, con el que el gran Don Nelson describió en una ocasión su portentoso juego: la exploración libre y fluida de los espacios en una cancha de baloncesto. De repente, Nash se ha encontrado con que no hay espacios que explorar. El genial base se choca, habitualmente, con un monstruo, casi inamovible, en su camino hacia la canasta. Y se da de bruces contra un muro que le tapa, notoriamente, la visión de las líneas de pase: esos trazos imaginarios a través de los cuales, este genial base ha venido inventando arabescos imposibles en el aire durante los últimos diez años.

A medida que ha ido transcurriendo esta temporada, Nash se ha adaptado cada vez más, o al menos se ha resignado cada vez más, a dar pases a Shaquille en el poste bajo. El hombre lo hace, además, con el esmero y el tacto con el que el cuidador alimenta al león de un parque zoológico. Su frase acerca del choque de estilos es aplicable a varios miembros de la plantilla de los Suns, no tan sólo a él. Pero, cuando Nash advirtió recientemente que O’Neal “no puede hacerlo todo él mismo”, y que el equipo no se puede permitir el lujo de “perder su cohesión”, es posible que el líder espiritual de los Soles estuviera describiendo lo difícil que está resultando para él cohabitar con Shaquille esta temporada.

Indudablemente, Steve Nash y Shaquille O’Neal son jugadores muy queridos por los aficionados del Phoenix. Y aunque son dos polos opuestos que luchan, genuinamente, y cada uno a su estilo, por encontrar el alma de este equipo, nadie les culpa de la situación actual de los Suns. Que no es especialmente brillante, como es sabido. El alero Amare Stoudemire, sin embargo, sí parece ser el saco de los golpes de los seguidores del club. Y es, de hecho, el jugador al que muchos culpan de la falta de progresión del equipo. Amare es limitado en defensa, a veces su lenguaje corporal parece un tanto apático, y, desde luego, no es el mejor controlando sus emociones: ni dentro, ni fuera de la cancha. Curiosa dualidad la de Stoudemire: por un lado, ha sido votado por los aficionados como titular para el All-Star Game; y el pueblo nunca se equivoca, según dicen. Pero, por otra parte, el hombre está teniendo su temporada más floja desde que todos empezamos a considerarle parte de la elite de la NBA. Me dicen que Amare está poco, o nada, contento con el rumbo que están tomando las cosas en el Phoenix y que es muy posible que deje los Suns cuando sea agente libre: el próximo año 2010; ¿qué otro año si no?

Una de las razones principales por la que los Suns querían tener a Shaquille O’Neal en plantilla era para que ayudara a Amare a progresar como jugador y como persona. Y todo empezó bien. La llegada de Shaq permitió a Stoudemire pasar de ser pivote, un puesto que nunca le gustó, a ser alero alto, que es su posición natural. Es cierto que los Suns cayeron a las primeras de cambio en los playoffs del año pasado, pero lo hicieron ante unos fortísimos Spurs, y con un Steve Nash jugando bastante por debajo de su nivel habitual. En tres de los cinco partidos que duró aquella serie, Amare resultó imparable para los hombres altos del San Antonio: tal y como lo había sido antes para muchos otros rivales, desde la llegada de Shaquille al equipo. El propio O\'Neal estaba tan contento que llamó a Stoudemire su “proyecto”, dando a entender que su dominio de la Liga NBA, en otros tiempos, le permitía nombrar heredero en vida. Incluso, pensó, su propio personaje también podría servir como ejemplo a Amare, demostrando que una figura de la NBA puede mantener su individualidad, y su extroversión, sin necesidad de que la gente se sienta atacada o confundida por ello.

Se hace muy difícil, sin embargo, culpar al renacimiento de O’Neal de todas las penurias por las que está pasando Amare esta temporada. Al fin y al cabo, aunque no es fácil, dos hombres altos, ambos de nivel estelar, pueden convivir perfectamente en un equipo de baloncesto. Y si hay algún problema a ese respecto es, seguramente, más por culpa del ego de Stoudemire que por cualquier otra causa. Se suponía que Shaquille iba a ser una influencia positiva para Amare, ayudándole a mejorar su actitud de joven estrella de la NBA moderna y enseñándole a comprender el poder que “uno” puede tener dentro del grupo. Desgraciadamente, la mejora individual de Shaq parece coincidir con el hecho de que Stoudemire es, este curso, peor compañero y, sobre todo, un jugador mucho menos decisivo que antes. Sin duda, esa es la gran ironía que encierra este brillante último acto de Shaquille O’Neal en la NBA.

Comentarios

Excelente Paniagua. Tu artículo me ha hecho ver la situación de los Suns desde otro punto de vista. Creo que O'Neal como gran jugador que ha sido implica un detrimento de juego respecto al resto del grupo, si él está mejor implica que el resto esté menos bien. Se agraba además que el estilo de los Suns no encajaba en el suyo de ninguna manera. Amaré debería estar más tiempo aprendiento de él que difuminandose en otros temas.

Paniagua, aparte de leerme el pensamiento, no lo podías haber explicado mejor. Tienes toda la razón. Ahora te pido un favor: puesto que has dado con todas las claves de lo que pasa en los Suns, ¿no podrías decir una solución? Con todo lo que sabes y aciertas, igual te hacen caso. Genial artículo.

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