THRYLOS

 

En las sociedades antiguas, el atletismo, pero en especial los deportes de combate y de contacto, siempre se consideraban duros. Pero la agresión siempre quedaba minimizada por la insistencia en que jugar muy duro, jugar para vencer, no tenía absolutamente nada que ver con engañar y hacer daño al rival a propósito. Una de las primeras naciones que expresaron estos ideales atléticos fue, precisamente, Grecia.

Tal y como cantaba Píndaro, el primer gran cronista-poeta deportivo de todos los tiempos, ese ideal atlético incorporaba el valor y la resistencia a los juegos, pero siempre aderezado con la modestia, con la dignidad y con la nobleza de espíritu: cualidades todas ellas que los griegos llamaban genéricamente “Aidos”.

La historia nos dice que aunque el deporte en la Antigua Grecia estaba bastante sacudido por la corrupción y por los sobornos, floreció por encima de esas lacras en una era en la que se extendió hacia los estadios y las arenas del Imperio Romano en un tiempo posterior. Fue precisamente durante el dominio de Roma cuando la violencia en el deporte se convirtió en algo generalmente aceptado como principio fundamental del espectáculo. Y los espectadores no solamente demandaban que hubiera violencia en la competición, sino que también la asumieron como norma social en ese tiempo.

Al hilo de la noticia de la suspensión de la final de la Liga Profesional de Baloncesto Griega PAO-Olympiacos -en un espectáculo ciertamente lamentable provocado por los aficionados del club del Puerto del Pireo- ha vuelto a poner de manifiesto que la violencia sigue hoy muy viva en el deporte profesional. Desgraciadamente.

No hace falta decir que semejante ejemplo de violencia no es nuevo en las canchas griegas. Y los que ya tenemos unos años, y hemos trabajado además con los clubes griegos frecuentemente, tenemos muchas anécdotas –y casi todas ellas muy tristes, claro- relacionadas con la violencia en los estadios griegos.

Personalmente, me resulta bastante penoso que haya sido la afición del club Olympiacos, la que ha provocado en esta ocasión los serios incidentes que llevaron a la suspensión de la final de la liga de basket. Porque, simpatías aparte, Olympiacos es un club muy especial dentro del panorama deportivo griego.

Para empezar, el club del Pireo tiene un presidente, Sokratis Kokkalis, que tiene más carisma que todos los presidentes de todos los demás clubes griegos y europeos juntos. Y he conocido a muchos presidentes, la verdad.

La historia vital de Mr. Kokkalis merece ser contada en un libro que no descarto escribir alguno algún día a poco que me ayude el interesado. Pero esta columna no pretende tratar del presidente de Olympiacos y sí de la violencia en el deporte griego. Así que, simplemente, diré que Mr. Kokkalis fue espía de la República Democrática Alemana –con el nombre clave “Rocco”- en sus años mozos. Toda una historia.

Retomando el hilo de la violencia, es cierto que los clubes griegos de baloncesto tienen un historial de hechos y sucesos violentos. Sin ir más lejos, los equipos españoles que, sobre todo en los años 80 y 90 del siglo pasado, visitaban las canchas del Aris, PAOK, PAO y Olympiacos, entre otros, pueden contar muchas historias de sillas volando por los aires, de bengalas pasando sobre nuestras cabezas, de innumerables cargas policiales. De violencia irracional. De ambientes, en fin, mucho más propios de una zona de guerra que de un partido de baloncesto.

Pero, del mismo modo que ahora todo el mundo señala a Grecia como al país tramposo y endeudado al que los demás socios europeos tienen que ayudar ahora por su mala gestión, los griegos no tienen el monopolio de la violencia en el deporte.

En los últimos años la violencia en el deporte se ha convertido en un problema que ha trascendido al propio cosmos deportivo para tornarse en un problema social. Los parlamentos de los países más avanzados y democráticos del mundo han establecido Comisiones Parlamentarias que investigan y tratan de curar el terrible fenómeno de la violencia en el deporte. En España, por supuesto, esas Comisiones existen también.
Hay, desgraciadamente, numerosos ejemplos de violencia en el deporte profesional en países del Primer Mundo como son los Estados Unidos, Canadá, Italia, España, Alemania. Y, por supuesto, también en Grecia. Los periódicos, las revistas especializadas y los programas de radio y televisión nos cuentan muchos casos de deportistas heridos y de aficionados al hockey, fútbol, béisbol, y baloncesto envueltos en escenarios de violencia extrema con más frecuencia de la deseable.

Contrariamente a lo que mucha gente cree, hay cada vez más repulsa en las sociedades más avanzadas hacia la violencia en el deporte. De hecho hay una clara tendencia, en varios frentes, que explica muy bien ese rechazo. Los cambios en las reglas de los deportes, los avances en el diseño de los uniformes de juego, e incluso los planes arquitectónicos de las arenas modernas van claramente orientados a reducir la violencia dentro y fuera de las canchas de juego y de minimizar sus consecuencias. Pero también es cierto que los ejecutivos de los clubes deportivos, los fans y los propios deportistas mantienen una actitud abiertamente ambivalente –incluso ambigua- hacia la violencia en el deporte.

Esa ambivalencia llega a justificar la existencia de la violencia en el deporte, pero, eso sí, nunca se hace responsable de ella. Los entrenadores y los directores deportivos tienden a culpar a los aficionados, argumentando que es, precisamente, la violencia lo que atrae a la gente a los estadios: puesto que el riesgo que conlleva esa violencia convierte al deporte en cuestión en un espectáculo más “interesante”. Los deportistas admiten que ellos siempre se oponen a la violencia, pero muchos admiten que sus entrenadores esperan de ellos que jueguen muy duro, más allá de la falta, si es necesario. Los fans justifican la violencia y atribuyen la existencia de esa violencia a la agresividad de los deportistas y a situaciones concretas del juego: que casi siempre tienen que ver con decisiones arbitrales controvertidas, por supuesto.

En muchos casos, los espectadores perciben la violencia como un factor inseparable de algunos deportes: como si no se pudiera jugar al hockey sobre hielo, al fútbol o al baloncesto, sin que haya acciones violentas durante el tiempo juego.

La ambivalencia a la que hemos hecho referencia antes se hace muy evidente en casos como el ocurrido en el partido final de la liga griega de basket entre el Olympiacos y el PAO. Los aficionados más más ultras entre los ultras, esas barras bravas que intimidan desde que se entra a la arena con su actitud y con sus bengalas, no aparecen por generación espontánea. Están amparadas, en mayor o menor medida, por los clubes que las cobijan. En ese sentido, muchos clubes deportivos griegos han protegido a todos esos energúmenos de manera muy notoria: facilitándoles, gratis, salas de reuniones, cuartos para guardar sus banderas y sus pancartas -y otras armas mucho más nocivas que una simple bufanda o un trozo de tela. Los clubes financian gran parte de los viajes de esos aficionados más ultras a los que utiliza –muchas veces sin un especial pudor- como un elemento intimidador hacia el equipo rival.

En ese sentido, la Liga Griega debe –con el deber de “must” en inglés- tomar la responsabilidad de sus actos de una buena vez. Antes de que ocurran desgracias mayores, sospecho. La FIBA y la Euroliga tampoco son inocentes en este asunto en el que no debería haber ambigüedades. Los clubes griegos llevan ya muchos años pasándose de la raya de manera muy evidente. Pero sospecho que sólo con una decisión contundente y ejemplar –que pasaría a mi juicio incluso por suspender la participación de estos equipos involucrados en actos violentos en sus competiciones durante el tiempo que fuera necesario.

Grecia no es el único país en el que la violencia invade muchas veces los recintos deportivos. Pero sí es un país que tiene una deuda de honor especialmente significativa con su propia historia. Sus antepasados fueron los que pusieron los fundamentos de lo que hoy conocemos como deporte moderno y fueron los primeros que dictaron unas normas ejemplares de urbanidad y de honestidad en el mundo del deporte.

Grecia no es una sociedad enferma –o no está más enferma que otras, por lo menos- en la que haya que admitir como dogma que la violencia es un valor añadido a cualquiera de sus espectáculos deportivos. Grecia es un país maravilloso, legendario, cuyas gentes son mayoritariamente nobles y honestas.

Precisamente “Leyenda” –“Thrylos” en griego- es uno de los apodos por los que se conoce al ancestral, popular y carismático Club Olympiacos del Pireo. Así que es preciso que La Leyenda, igual que los otros clubes griegos que compiten con y contra él, mantengan limpio de violencia el deporte.

Y que nos acostumbremos a reconocer al deporte griego por las hazañas deportivas de sus atletas y de sus equipos.

No por el nivel de violencia irracional que puede llegar a vivirse en sus canchas.

Comentarios

Gran artículo como siempre.
Difícil erradicar la violencia en Grecia.
Solo si la FIBA y la Euroliga adoptan medidas duras y terminantes.
Nunca lo han hecho y parece que nunca lo harán.

La violencia en el baloncesto griego viene de lejos. Los antiguos ya nos acordamos de la final de la Recopa del 91 entre el CAI y el PAOK de Fassoulas. La FIBA siempre, repito, siempre ha mirado hacia otro lado cuando episodios de violencia se han dado en las canchas griegas. Intereses oscuros de la época del "Don" Stankovic.

Vamos a ver, es como todo en el mundo del deporte. Estas cosas no pasan si desde arriba, no se premite la entrada de esta gente a los campos, y menos aún con bengalas, armas blancas, etc...Y el propio Kokkalis sabe como está su afición. Esto solo se arregla suspendiendo a los clubes griegos de las competiciones Europeas (en Europa es más de lo mismo), y veréis como se lo replantean

Clase magistral de nuevo. Totalmente de acuerdo con que lo mejor que se puede hacer es sancionar a los equipos duramente por parte de FIBA y Euroliga y de su propia liga. Saludos.

Clase magistral de nuevo. Totalmente de acuerdo con que lo mejor que se puede hacer es sancionar a los equipos duramente por parte de FIBA y Euroliga y de su propia liga. Saludos.

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