BIOGRAFÍAS IMPOSIBLES: XVI. LA DOBLE VIDA DE THOMAS PAYNE.

Solapas principales

 

La historia de la integración de los deportistas de raza negra en el deporte americano está plagada de atractivas tramas, jugosas urdimbres trufadas de momentos crueles, injusticias sin reparación y, de vez en cuando, historias de superación con finales felices, de entre todos el más gozoso poder ver a Jackie Robinson grácilmente planeando por las bases de aquel santuario del baseball llamado Ebbets Field.
 

En el baloncesto universitario, fuertemente enraizado en la América Profunda, en estados rurales donde la vida era dura, seca e impía, los conflictos raciales se multiplicaban por diez en cuanto a virulencia, lastrando el lógico devenir de los acontecimientos, en términos de cordura y básica humanidad.

Y así, mientras CCNY ganaba el título de la NCAA en 1950 con un equipo plenamente integrado, marcando el sendero que permitió que Bill Russell y KC Jones levantaran el trofeo en 1955 y 1956 jugando en las filas de los Dons de San Francisco, o que Wilt Chamberlain perdiera con Kansas una final que nadie pensaba cedería, o que Cincinnati dominara los últimos 50 de la mano de un espectáculo todo terreno de color que respondía al nombre de The Big O, aires distintos, viciados de xenofobia y temor, camuflados bajo un manto de lucha por la supervivencia, corrían por el Estado de Kentucky, donde la universidad local, los celebérrimos Wildcats, había dominado el basket universitario durante los años 40 e inicios de los 50 con equipos compuestos de chicos puros, blancos como las sábanas que aventaba el aire en las granjas de donde provenían.

Kentucky estaba orgullosa de leyendas como  Cliff Hagan, Bill Spivey, Ralph Beard o Alex Groza, que habían llevado a su equipo al título nacional en 1948, 1949, 1951 y 1958.

Sus habitantes, casi todos ellos fanáticos de los Cats, miraban con resentimiento a los demás equipos, que había abierto la puerta de sus aulas y sus gimnasios, a aquellos infraseres morenos, indignos de acceder a la más alta instancia del sistema educativo americano.

Romper la barrera del color en Lexington, corazón del estado Bluegrass, religioso y racista hasta la médula, no era cualquiera cosa en aquellos atroces últimos años del apartheid oficial norteamericano.

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Mas tan histórica misión habría de recaer en un personaje frágil, dotado de un físico poderoso y un carácter temeroso y huidizo, acaso aquel con que todo racista sueña para un desgraciado negrata.

No sería hasta los albores de los 70 cuando un individuo de raza negra traspasaría las elegantes escalinatas que conducen a las amplias salas de blanco mármol que distinguen el campus de la Universidad de Kentucky.

Se trataba de un programa que hacía de la arrogancia un valor, que no disputaba encuentros con otras universidades del estado, que se sentía muy por encima de todo lo que le rodeaba.

La High School del estado había producido grandes jugadores de color como Clem Haskins en 1963- que para poder obtener una beca deportiva tuvo que emigrar a la más humilde Western Ky al no recibir oferta de los Wildcats - o como Westley Unseld en 1964, que fue admitido en la némesis Louisville, donde recalaría Butch Beard un año más tarde.

Adolph Rupp, el factotum de los Wildcats, quería ganar y no soportaba ver como, desde 1960, todos los campeones universitarios presentaban gente de color en sus quintetos, o como los mejores talentos locales negros fortalecían las plantillas de las universidades rivales en el estado.

La derrota histórica ante un equipo, todo negro, como Texas Western de los Pat Riley y cía en la final de 1966 había dolido, pero cuando en 1967 Jim McDaniels y tres estrellas más de la High School de Kentucky decidieron enrolarse en Western Kentucky, tras haber barrido a Indiana jugando con un combinado estatal, los Kentucky All Stars, el legendario coach creyó llegado el momento de dejar de lado sus más íntimas creencias y abrir la puerta de lleno a los jugadores de color, contando con el beneplácito de los Presidentes Oswald y Dickey, que hicieron declaraciones públicas a favor de la integración de los atletas de color.

El atleta Jim Green y el futbolista Nat Northington fueron los primeros en disfrutar de esa nueva política aperturista, pero el equipo de baloncesto, la joya de la corona, tardó más en sumarse a la misma, aunque existen bien documentados estudios que hablan de intentos fracasados del asistente del Barón, Joe B. Hall, para reclutar a Unseld, McDaniels y Beard.

Corría el año de gracia 1969 cuando Rupp puso sus ojos en dos jugadores de color que habían dominado la escuela de Kentucky. Uno de ellos era Ron King, un fornido escolta tirador que acabó acompañando a otro ilustre Kentuckian, Dave Cowens, en Florida State a las órdenes del entrenador Hugh Durham, nativo de Louisville.

El otro era un 2,15 ágil, rápido, coordinado, ligero, con un físico natural, que en junio de 1969 dio el sí a Kentucky, cayendo así una barrera que pocos años atrás parecía infranqueable.

THOMAS PAYNE , tras llevar a la modestísima Shawnee HS de Louisville a batir a la todopoderosa Male High en la final estatal, firmó por los de Rupp, y apenas duró un par de años en Lexington, suficientes para confirmar todo lo bueno que se esperaba de él, con 16 puntos y 10 rebotes de promedio, progresando día a día en la cancha.

Dominador desde el primer partido, acabó su único año en la cancha integrando el All SEC team, e invocando la hardship clause, se presentó al draft especial de septiembre de 1971, donde los Atlanta Hawks lo eligieron con el nº 2, por delante del futuro All Star Phil Chenier y del mito del playground Joe Hammond.

500.000 dólares por cinco años y 40.000 de anticipo fue el precio que pusieron los Hawks al talento de Payne, y con toda esa pasta en el bolsillo un futuro esplendoroso se abría de par en par ante los ojos del chaval y su familia.
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El 25 de marzo de 1972, en plena madrugada, 3,30, una camarera llamada Gladys Johnson, de raza blanca, llamó a la comisaría de policía de Marietta, Georgia, para denunciar una violación que había sufrido cuando regresaba de su trabajo en una Pizzeria, a las dos de la mañana. Un hombre negro, fuerte, de 1,90 y 85 kg. aproximadamente, pelo corto, dientes cariados y cicatrices en el cuello la había seguido en coche y la había forzado cerca de la puerta de su habitación. Dos meses más tarde, el caso se archivó ante la falta de indicios.

Pero Berlyn Compton, un investigador especializado en delitos contra la libertad sexual adscrito a la policía de Atlanta, que estaba iniciando un estudio sobre delitos de esta naturaleza en el estado de Georgia, registró el hecho en su mente y en el expediente que llevaba sobre hechos similares en el Estado.
 

31 de marzo de 1972, 2,30 horas, el detective J.D. Gibby recibe una llamada de un oficial de la policía de Atlanta; se ha producido una violación, y la víctima, una mujer blanca llamada Beverly Ettle, da una descripción similar del asaltante. Esta vez se supo que el chico negro con peinado afro, de 1,95 de estatura, conducía un Corvette blanco con listas rojas.

A las 3,45 de esa misma madrugada el detective R.M. Dale llega al apartamento de Diana Hayes, que ha denunciado una violación por un tipo negro de 1,98 y cerca de 100 kg. La mecánica es la misma, sorprendida al entrar en su apartamento, es introducida en un vehículo a la fuerza donde se consuma la agresión.

El detective Compton recibe copia de ambos expedientes y empieza a trazar el perfil de un agresor sexual en serie.

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La estancia de Payne en Kentucky estuvo plagada de amargos momentos:

- El primer año no alcanzó las notas mínimas requeridas por la Universidad y no obtuvo beca deportiva, por lo que se pasó la temporada jugando en un equipo de AAU, Marathon Oil Company, donde pudo curtirse en la dureza del juego.


- Una vez obtenida la cualificación académica, Payne debuta como titular y empieza a demostrar sus condiciones, ello junto con el color de su piel desata las iras en la mayoría de las aficiones rivales en las difíciles canchas de la SEC, la conferencia de los estados sudistas por excelencia. En Tennessee, al terminar un partido, Payne se encuentra en la pizarra del vestuario la siguiente leyenda “Payne, eres solo un sucio negrata”. Demostraciones de odio racista como ésta, enmascaradas bajo la rivalidad deportiva, serán comunes durante todo ese año.

Pero el chaval, con el apoyo de Rupp y su equipo, más el de sus compañeros, firma un año excelente y es considerado el mejor jugador de la Conferencia. El Barón no veía límites a su capacidad, pero el anuncio de su marcha a los pros le causa una gran decepción, pensando que el chico todavía estaba verde, sobre todo en el aspecto personal, era extremadamente tímido y reservado, lo que le venía de cuando con 11 años pegó el estirón y era objeto de burlas por los compañeros de clase, con una sensibilidad que mal casaba con las exigencias del mundo profesional, donde el gran dinero y sus consecuencias atraían a múltiples personajes sin escrúpulos, a la busca de sacar provecho de lábiles personalidades.

Payne en todo caso no era un pobre ignorante, venía de un hogar negro, con 9 hermanos, pero no se trataba del típico hogar roto, su padre era sargento del ejército y su madre tenía estudios de Biología, de hecho la mayoría de los hijos del matrimonio Payne obtuvo titulación académica superior.

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9 de abril de 1972, 2,30 de a mañana, L.W. Henslee, detective de Atlanta, recibe una denuncia de otra mujer blanca agredida al bajar de su coche por un hombre negro, muy alto y delgado, cabello corto, de unos 25 años, que había intentado atacarla, desistiendo cuando sus hermanos salieron de casa al oir sus gritos de socorro. En la huida se pudo identificar el vehículo como un Corvette de color claro, posiblemente marrón. Los datos coinciden con denuncias previas en la zona acerca de un merodeador sospechoso, una semana antes.

16 de abril de 1972, el investigador J.E. Henderson redacta un informe sobre unos confusos hechos acaecidos esa madrugada, sobre las 5,00 horas.

La víctima Sarah Barefield, una chica blanca, sufrió el ataque de un varón joven de color cuando trataba de salir se su vehículo. Pudo cerrar la puerta y accionar el bloqueo, por lo que el agresor, un hombre muy alto y fuerte, tras golpear las ventanas infructuosamente, salió huyendo en un vehículo, cuya matrícula pudo recordar: RNX-346.

Berlyn Compton sigue la pista del vehículo, y los resultados le dejan sin habla: hay un Corvette matrícula RNX-346 a nombre de un ciudadano de Atlanta, concretamente en Carriage House Court, en la zona residencial de East Point; su nombre Thomas R. Payne, jugador profesional de baloncesto.

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Circulan versiones contradictorias sobre la vida de Payne en el campus de Lexington.

Los más íntimos, como el Doctor Claude Vaugham, trainer del equipo y la persona que llegó a estar más cerca del jugador, hablan de una existencia amarga, debido a las constantes muestras de odio que recibía no solo de las aficiones rivales, sino de seguidores de la propia universidad que no lo querían en su equipo. Anónimos amenazantes, procedentes del propio campus, eran moneda común en la vida de Payne, quien además andaba preocupado por sus problemas económicos, acuciados por su precoz matrimonio y paternidad.

Incluso en sus trabajos universitarios, se filtra un resentimiento hacia la universidad, hacia el entorno blanco, un anhelo de justicia e igualdad, una frustración de un alma sensible, de una personalidad articulada, todo ello explicado con un lenguaje refinado y un estilo intenso, comprometido.

Otros, como el propio Rupp o su compañero Larry Steele, más tarde profesional con los Blazers, coinciden que era un poco reservado, que salía poco, pero que en el equipo fue bien recibido y se sentía a gusto. Extremadamente competitivo, quería ganar a toda costa y se dejaba la piel en la cancha, no dejándose intimidar por los insultos del público o losas provocaciones de los rivales ( fue expulsado tres veces en su único año en Kentucky). Fuera de ella, era un chico taciturno, pero no habían observado nada anormal en su conducta.

Incluso a raíz de los acontecimientos posteriores, hubo quien habló de extraños comportamientos del jugador, que lo habían visto rodeado de mujeres, ebrio, en conductas bastante inadecuadas, o que en la universidad le habían tapado un caso de exhibicionismo frente a una pareja.

La familia del jugador siempre atribuyó estos rumores a la atmósfera de odio racista que rodeaba al jugador en aquel campus.

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La pesquisa de Compton le llevó a conseguir fotos del titular del vehículo, cuya descripción encajaba con la de las víctimas, aunque en realidad su altura era muy superior a la reportada, inexactitud comprensible en ese tipo de delitos, más con las extraordinarias condiciones físicas del agresor.

De cinco posibles víctimas, cuatro no pudieron reconocer al agresor con la foto publicitaria de Payne que el detective pudo conseguir. Una quinta sí que reconoció, sin ningún género de dudas, al jugador de los Hawks como su agresor.

Con ese bagaje, Compton arrestó a Payne en su domicilio y lo llevó a comisaría para tomarle las huellas, que fueron contrastadas con las obtenidas en el vehículo de una de las víctimas. No coincidían.

Un mes después, el 18 mayo de 1972, a las tres de la mañana el investigador P.E. Beresford de Atlanta recibió un aviso del Grady Hospital, donde había ingresado una mujer de raza blanca, Elizabeth Marie Anderson, que había sido atacada por un varón negro, en su vehículo y posteriormente violada.

Acompañado por un miembro de la policía científica, se tomaron huellas del Camaro de la víctima. Toda una serie, tomada en la ventanilla anterior derecha, coincidía con las muestras dactilográficas de Thomas Payne.

El 19 de mayo el jugador era detenido y acusado de delito de violación, ingresando en prisión.

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El día en que los Hawks eligieron a Payne en el draft , el entrenador Richie Guerin y su director de personal, Irv Gack, viajaron a su casa de Louisville para llevárselo a Atlanta para la firma.

Cuando se disponían a salir, dos policías se presentaron en el domicilio de los Payne, en relación con una investigación de una agresión sexual ocurrida en la última semana de agosto. Payne demostró que en esos días se hallaba en Florida- aportó los billetes de avión, la factura del hotel y cargos de tarjeta de crédito- y los agentes se marcharon sin formular cargos.

Ya en Atlanta, el rendimiento del jugador fue bastante decepcionante, disputando solo 26 partidos con 5 puntos de media. Aun así, Guerin estaba convencido que el jugador, una vez que se retirara el center titular Walt Bellamy, sería una estrella del campeonato profesional en dos o tres años.

Aparte de eso, entre los jugadores veteranos le cogieron cariño al chaval, tanto por su intensidad en los entrenos, por su genuino amor por el juego, como por su carácter entusiasta y extrovertido, siempre haciendo chiste de hasta la más nimia de las situaciones.

En el plano personal, como tantos otros, Payne había sucumbido a un ritmo de vida desfasado (fiestas, coches, mansiones, ropas y joyas), que no podía sostener y frecuentemente se presentaba en las oficinas del club para solicitar adelantos de su ficha.

Empezó a frecuentar a gentes del show Business, como el presentador televisivo de color Jesse Harris, una celebridad en Atlanta entre la comunidad negra, con quien compartía apartamento, distinto al de su familia. Personas cercanas dicen que algunas noches vieron a Payne salir del inmueble a altas horas de la madrugada, con extrañas ropas, de menor calidad a las habituales, parecía otra persona, actuando como si fuera camuflado y con aspecto de sonámbulo.

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Una vez detenido, Payne, muy tranquilo en todo momento, llamó a Gack, quien a su vez se puso en contacto con uno de los ciudadanos de color más influyentes en el Estado, el ex Senador LeRoy Johnson, para que se ocupara personalmente de la defensa penal del pívot.

35.000 dólares, obtenidos del fondo de jugadores de los Hawks, fueron los honorarios del ex Senador, quien se entrevistó en el penal de Fulton con el jugador, que mantuvo firmemente su inocencia atribuyendo su detención a una conspiración racista.

Un grupo local de lucha por los Derechos Humanos, los Drum Majors, inició una campaña a favor de Payne, cuyo juicio por tres delitos de violación en el condado de Fulton fue señalado para septiembre de 1972.

Payne tenía graves problemas de memoria y no recordaba su paradero las noches de las agresiones que se le imputaban. Johnson decidió administrarle Sodium Amytal, y bajo sus efectos el jugador admitió haber tenido relaciones íntimas con una de las víctimas. Pero una vez pasado el efecto, el jugador se mantenía en sus trece: todo era una conspiración racista.

En el juicio, varios compañeros de los Hawks, Walt Bellamy, Pete Maravick, Herm Gilliam y Lou Hudson, testificaron sobre el buen carácter de Payne, así como Richie Guerin.

La defensa se basó en dos pilares: uno fáctico, consistente en una alambicada teoría en función de la cual las víctimas habrían confundido a Payne con su amigo Jesse Harris, un negro de 1,90 al que habitualmente prestaba su Corvette; y otro más técnico, la supuesta inimputabilidad de Payne sobre la base de sus trastornos psíquicos, que le impedían recordar sus actos y discernir el bien del mal.

Terminadas las sesiones, tomó la palabra el acusado, quien dirigió al Jurado, compuesto por cuatro mujeres blancas, cuatro negras y otros cuatro varones blancos, un emocionado discurso, con la voz quebrada, que reproducimos:

“ Me gustaría que todos ustedes recordaran una cosa: Tengo seis hermanas, adoro a mi madre, que ha sido la influencia más importante de mi vida, tengo mujer e hija, la estructura de mi vida está basada en el respeto a la mujeres, fueran negras o blancas, he vivido toda mi vida rodeado de ellas y siempre las he respetado. Los hechos de que me acusan no son ciertos, no conozco nada de ellos, por eso no puedo explicarlos, solo se que no los cometí, y cualquiera que sea su veredicto, siempre mantendré mi inocencia”

A pesar de que al terminar su exordio se vio a algún miembro emitir un prolongado suspiro y soltar alguna lágrima, el Jurado tras cinco horas de deliberación, encontró al acusado culpable de un delito de violación e inocente de los otros dos, imponiéndole una pena de dos años de prisión, sin duda la más leve de la historia del condado para un delito carnal y en relación con un acusado de color.

La huella del Camaro condenó a Payne pero las dudas sobre los problemas psiquiátricos del jugador pesaron a la hora de emitir tan lenitiva condena.

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Pero no acabaron ahí los problemas del jugador, pues quedaba todavía el juicio por la violación de Gladys Johnson en el condado de Cobb . El abogado Johnson preparó un acuerdo con la fiscalía por la misma pena, pero la familia se opuso, es más acusó al Letrado de participar en la conspiración contra Payne, conspiración que arrancaría de los benefactores de la Universidad de Kentucky, que querían vengar la ruptura de la barrera de color en el santuario supremacista de Lexington o incluso de los mismísimos Hawks, ávidos de desembarazarse de un jugador que representaba un grave problema con su público blanco así como de  aliviarse de una importante carga económica.

LeRoy Johnson se apartó del caso y fue sustituido por otro tótem en la lucha por los derechos civiles de los negros: Howard Moore.

El Fiscal de Cobb jugaba fuerte y pidió la pena capital.

La estrategia del nuevo equipo jurídico se encaminó a desacreditar al detective Beryl Compton, presentándolo como un policía racista y negligente, que había tratado de cargar el delito a Payne, cuando la descripción inicial de la víctima y su reconocimiento en rueda distaban mucho de ser precisos, y que había dejado de investigar otras vías, como la posible comisión de la violación por algún compañero de trabajo, como sospechaba la propia víctima.

Payne esquivó la Parca, pero a pesar de la hábil defensa de Moore, que desacreditó todo el proceso de identificación del agresor, el Jurado le condenó a diez años por violación y otros cinco por sodomía, a cumplir cumulativamente.

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Ante una perspectiva de muchos años a la sombra, la familia intensificó la lucha por la libertad del jugador.

Su padre moriría a inicios de 1974 de cáncer intestinal, gastando sus últimas energías y sus escasos recursos económicos en la lucha por la demostración de la inocencia de su hijo.

Tras su muerte, la madre y hermanas de Payne quedaron en la ruina, habiendo gastado más de 90.000 dólares en litisexpensas; por otro lado, su mujer e hija vivían en la indigencia, en el estado de Georgia nadie quería dar trabajo a la esposa de un violador negro de mujeres blancas.

Darrell, uno de los hermanos del jugador, abogado en Cincinnatti, no ha cejado desde entonces de trabajar en el caso de su vida: la libertad de su hermano.

Tom Payne, a quien quisiera escucharle, repetía la misma historia: él nada tenía que ver con las agresiones sexuales que le imputaban.

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 Más de 30 años han pasado desde aquellos aconteceres y la gran paranoia tejida por Thomas Payne ha sido delicadamente desvelada por el discurrir de los años; ya no se sostiene.

Tras seis años de prisión en Georgia, Tom marchó a California donde empezó una carrera como boxeador, pero poco tardarían en aparecer los fantasmas de su compleja psique. Sorprendido in fraganti por la policía en el acto de violar a una mujer blanca en pleno día de San Valentín, le cayeron 14 años.

Toda una vida entre rejas californianas, condena por participar en un motín y 15 años adicionales por violar la condicional.

Cuando terminó de cumplirlas, le esperaban los cargos en Kentucky, nuevas condenas y así hasta la actualidad; demasiadas casualidades.

En recientes entrevistas, Tom Payne reconoce por primera vez sus delitos sexuales, pide perdón, pero no abandona su autoindulgencia de víctima negra.

La xenofobia existe, seguramente era irrespirable en aquellas canchas de la SEC en los primeros 70, en estados como Mississippi, Tennessee, en canchas abarrotadas de monstruos preñados de ignorancia, donde todo lo que oía eran irreproducibles insultos.

Pero todo ello no justifica las agresiones sexuales y, por encima de todo, las mentiras a su familia y a la comunidad negra.

Mucho dolor podía haberse evitado.


 

Comentarios

Salvando las distancias, hoy me desayuno con la noticia de que un jugador de futbol del club de mi ciudad ha reconocido haber abusado sexualmente de 4 mujeres en este último año. El año pasado ya hubo una denuncia por acoso sexual que el club logró tapar a la prensa. Casado y con dos hijos, ha confesado que sintió un deseo irrefrenable de abusar de su última victima. Afortunadamente no han sido violadas, pues solo hubo abuso físico. Conozco al jugador y me pareció un buen chico, bastante humilde para lo que se ve por ahí y de fácil trato. Por supuesto, todos los compañeros y amigos (antes de reconocerse culpable) ya habían apostado por la inocencia de su amigo, por el cual pondrían su mano en el fuego.... Que hay en la mente de una persona que bajo una apariencia normal oculta un depredador sexual? Gracias por la historia...

Menuda casualidad, pareciera que fue deliberado, pero visto el tamaño del trabajo os daréis cuenta que llevaba ya un tiempo con la historia......jejeje. Por otra parte la clave de este tipo de delincuentes contra la libertad sexual es que nada tiene que ver su educación, formación o las apariencias, es algo que hay muy adentro de la psique del agresor sexual y que es muy complicado de precaver.

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