¿Ganar a cualquier precio?

Solapas principales

Existe en el deporte profesional una polémica que cíclicamente se reproduce, atinente a su propia esencia, pero muchas veces planteada al socaire de acontecimientos puntuales, antes como reacción impetuosa que como reflexión reposada.

Y trata sobre cual debe ser el valor prevalente en el deporte en cuestión, si obtener un resultado- ganar- o intentar conseguirlo conforme a un modelo estético- convencer.

En el mundo del fútbol dicha polémica sirvió de arma arrojadiza para los viscerales críticos de Javier Clemente, técnico al que difícilmente podría recusarse de seguir un criterio resultadista, por lo que había que acudir a la coartada “espiritual” en aras de socavar su imagen y credibilidad.

Curiosamente los principales suscriptores de esa línea argumental- lo vistoso, atildado y lìrico por encima de lo pragmático y material- presentaban como evangelistas de esa alternativa decorosa a ilustres y verbosos fracasados, como el argentino Jorge Alberto Valdano, su escudero Angel Cappa o el corresponsal ibérico Juan Manuel Lillo.

El paso del tiempo, caprichoso y retorcido, ha dejado al descubierto lo fútil e interesado de aquellas críticas, al punto que aquellos feroces censores guardan hoy silencio ante el fárrago sin resultados de nuestro actual seleccionador nacional, uno de los nuestros, o mejor, los suyos.

En nuestro deporte, el litigio empieza a cobrar carta de naturaleza a raíz del triunfo del CSP Limoges en la Copa de Europa de 1993, a cuenta de dos equipos más poderosos en lo económico y en apariencia más talentosos, casualmente liderados por los dos jugadores más estrosos de la historia del baloncesto continental: el pívot lituano Arvydas Romas Sabonis y el alero croata Toni Kukoc.

De aquellos sorpresivos acontecimientos, permanece, como divisa sincrética del rechazo al mal gusto deportivo, un término utilizado ad nauseam: el basket tostón.

Echando la vista atrás, se hace difícil encontrar antecedentes en este excluyente criterio estético, es más, señaladamente en el deporte del baloncesto, con su impronta de juego de férrea e intrincada táctica, duelo de inteligencias, de perfecto campo de batalla para taimados estrategas, por oposición al caótico y azaroso fútbol, una buena urdimbre de tramas y trampas y un técnico/mariscal con capacidad de dirigir las operaciones nunca fueron mal vistos.

Aun más, diríase que ese era, es y será precisamente The name of the game.

Al fin y al cabo ¿Quienes fueron los señores de la cosa hasta mitad de los 80? ¿Quiénes alimentaron su propia leyenda como dominadores de los partidos a su voluntad, decidiéndolos en los últimos cinco minutos? ¿Quiénes hicieron del in crescendo táctico, de la intensidad progresiva los más temidos enemigos de sus víctimas?

Los italianos, perpetuos oligarcas de las competiciones continentales en los setenta y ochenta (22 títulos), fueron acusados de muchas cosas, pero pocas, y casi siempre desde la frustración, de jugar feo o aburrir al personal.

Se habla de la escuela yugoslava (15 títulos en los 70 y 80) como paradigma de lo sublime, pero su indiscutido maestro Asa Nikolic, y algunos de sus más aprovechados miembros (Mirko Novosel, Dusan Ivkovic, Boza MaljKovic, Zeljko Obradovic....) fueron reconocidos principalmente por sus espartanos métodos de entrenamiento físico y sus draconianos planteamientos defensivos.

Y sin embargo, como un meteorito que cae en la espesura de un bosque, de repente en aquella infausta primavera de 1993 se acuña el concepto oportunista y falsario del basket tostón.

Oportunista porque trata de explicar una historia de frustración de dos colosos económicos plagados de estrellas a manos de anónimos proletarios como Marc M,Bahia, Franck Butter, Jimmy Verove o Willie Redden.

Y digo falsario porque, a mi aviso, un deporte, y más si es profesional, es una actividad que tiene un solo objetivo justificable en sí mismo: el resultado; gana el que obtiene más tantos, recorre una distancia en menos tiempo, lanza más lejos o recaba una mayor puntuación de un jurado.

Pero en todos estos casos, hay un elemento común, un criterio mensurable que decide al ganador.

Otros objetivos de índole más subjetiva (divertirse, tonificarse, hacer vida social, entretener al público, etc) sin ser desdeñables, no pueden erigirse en protagonistas de la actividad deportiva, so pena de desvirtuarla.

Sentado esto, la pregunta es obvia:

En el deporte ¿Qué importa el cómo se obtiene el resultado a efectos de ponderar su mérito?

En baloncesto, además, se ha creado otro espejismo argumental, según el cual, el ataque es más importante y vistoso que la defensa, que tiene como fementidas derivaciones asertos tales como que un partido de pocos puntos es de menos calidad que otro con altos tanteos, o que el basket control asesinó este deporte.

En mi opinión, ataque y defensa son indisociables, pues son las dos caras de la misma cosa: el baloncesto. Ganarás cuando tu defensa anule el ataque contrario o cuando tu ataque supere la defensa del otro. En el delicado equilibrio y contraste entre ambas facetas del juego reside gran parte de la belleza de este juego, tanto más bello cuanto más se acercan los polos opuestos.

Pero hablar de defensa y ataque como dos entidades autónomas me parece una gran mentira.

Puede que sea un criterio muy personal, pero en mi recuerdo los partidos que más vívidos permanecen son aquellos tensos e intensos, de canastas laboriosas y memorables, precisamente los que desdicen las teorías que asocian aritmética y belleza, vinculando la calidad del juego a la exuberancia del marcador.


Quien esto suscribe pocas veces disfrutó más que con el Caja de Ronda de Mario Pesquera o con el basket italiano de los 80, cuya apoteosis fue la final de la Copa de Europa disputada entre la Ford Cantú de GianCarlo Primo y la Billy Milano de Dan Peterson.

Viene también a cuento aquí, el referente del basket universitario, cuya etapa de esplendor coincide con un maremagnum de reglas aparentemente antiestéticas, como la posesión de tiempo ilimitado.

Aquel instrumento que, sobre el papel, debiera haber socavado la belleza ínsita al college basketball, no solo tal no hizo, sino que deparó algunos de los partidos tácticamente más inolvidables de la historia, fruto de la sublimación de las estrategias y contraestrategias pergeñadas para disfrutarlo o anularlo.

Quiere decirse con esto que nunca en aras de una defensa de un concepto de lo estético puede desnaturalizarse la esencia de toda actividad deportiva: la lucha por ganar, por superar al contrincante.

Precisamente la íntima naturaleza de cada deporte, y en esto el basket es de los más ricos y prolijos, se encargará de generar los contrapesos a cada amenaza, procurando los recursos para que sin renunciar a la esencia competitiva, el deporte en cuestión siga captando el interés del espectador.

Según mi personal criterio, no es mala una fricción entre esencia competitiva y criterio estético, lo que es pernicioso es subordinar la búsqueda del resultado al divertimento de terceros, en este caso los espectadores.

Me recuerda tal posición a quienes, casi siempre en época de crisis de las secciones de fútbol, preferentemente la merengue, proyectan las malas audiencias televisivas para poner en solfa la calidad de una competición, la ACB, que nunca estuvo mejor organizada, fue más competida y seguida en directo que en la actualidad.

Tanto los que quieren el “xogo bonito” como los que anhelan las siglas futboleras, incurren en una falta de respeto hacia la competición al querer programar su azaroso decurso.

Pretender hacerlo, es jugar a demiurgos, es hacer trampas, es en fin, iniciar un peligroso recorrido por la senda donde acaba el deporte y empieza el mero espectáculo.

Y muy triste sería que el basket, a golpe de cortejo a la masa, deviniera en un Pressing Catch cualquiera, con desarrollo y resultado a la carte .

El basket no tiene que ser ni justo ni democrático, es sólo un cóctel de estrategia, atleticismo, intensidad, aletoriedad y verdad.

O, dicho en una palabra, es deporte.

Comentarios

1ª Lo de Nanis no se de donde lop he sacado, seguro que alguien lo llamaba así . Lo coorijo
2ª Por supuesto que esta pieza viene motivada de la estimulanmte lectura del artículo seriado de Vazquez en Eurosport, aunque tiempo ha venía bullendo en mi mente. Y no ha de tomarse como refutación de aquel, sinom como acotación a uno de sus postulados.

Una tercera lectura me conduce a agradecer el hermoso espíritu del texto y aprobar por ello su fondo, pero en absoluto como oposición a la idea de Razón Táctica, un ejercicio de controles que no conoce límite y prescinde hasta un extremo totalitario de toda aspiración de quien lo observa. Para los sacerdotes de la Razón Táctica no hay cielo por encima del marcador. Para mí sí. Lo que me lleva a reforzar mi firme creencia en denunciar un abuso por sobre tu elogio de los usos que, por cierto, es bien sano compartir.

Debería alguien colgar esta magnífica pieza en el hilo abierto en torno a la serie que lo ha motivado. Así el público podría observar al desnudo un predicamento diametralmente opuesto no a la Crítica de la Razón Táctica sino a la idea que la originó. Y esta distinción es suficientemente importante para entender que el espíritu que la mueve, basado no en un uso sino en un abuso, no ha sido entendido en absoluto.

Tomo nota.

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