THE LIFE & TIMES OF SPENCER HAYWOOD ( y II)

Solapas principales

La carrera de Haywood en los pros es irregular, empezando a grandísimo nivel y yendo poco a poco a menos, de manera imprevistamente precoz.


Con Seattle, pronto retribuye los más de 700.000 dólares en gastos judiciales que asume su propietario Sam Schulman, y acepta el papel de líder en anotación, confirmando su estatuto de estrella, dentro y fuera de las canchas.


Su juego se caracteriza por el dominio de la técnica desde la exhuberancia atlética, que hacía que pudiera lograr canastas desde casi todas las posiciones de la cancha y manejar con soltura toda guisa de recursos: mates, reversos, fintas, ganchos, fadeaways, entradas, tapones, rebotes, tiros con rango de hasta 5 metros, todo ello con una pasmosa facilidad, como si apenas le costara.


Todos los que le vieron en directo coinciden en señalar que presenciar las evoluciones de este hombre en la cancha en su prime, era un indescriptible placer, tal era el grado de superioridad física y estética que transmitía a la gradas.


El punto débil de Haywood era siempre la intensidad, se resiente a los marcajes físicos, nunca busca el contacto y eso, en partidos a cara de perro, lo acaba pagando. También acusa cierta propensión a perder los nervios cuando las cosas no le salen bien y le aprietan.


Cuatro elecciones para el All Star NBA jalonan aquellos años maravillosos en Emerald City, a buen seguro los mejores que nunca dio. Curiosamente sería su entrenador Bill Russell, el ídolo de juventud de Haywood, el que tomaría la decisión de mandarlo a los Knicks, poniendo fin a su mejor etapa profesional.


Pero si el espectáculo estaba garantizado en la cancha, es fuera de ella donde exhibe un estilo de vida peculiar.


Desde sus primeros contratos profesionales a Haywood se le ve conduciendo vehículos de lujo, que en la ABA de los sueldos magros y tardíos suscita envidias entre sus compañeros. Recordemos que cuando llega a Denver, la estrella local, el alero Larry Jones, cobraba apenas 25.000 $.


Su forma de vestir, estilo Motown, con enormes abrigos de piel y espectaculares sombreros, tampoco pasa desapercibida, y siempre aparece acompañado de bellezas y la típica cohorte de vividores.


En Seattle, Haywood es un semidiós, se relaciona con músicos de jazz, que lo visitan en un estudio que abre a las afueras de la ciudad, las puertas de los mejores locales y las mesas más disputadas de los restaurantes siempre están dispuestas para el astro local.


Pero ese estilo de vida le lleva a caer en dependencias y costumbres menos loables. En cierta ocasión Haywood declaró que se drogaba en sus días de profesional de la NBA, pero que eso era habitual en el 70 u 80% de sus compañeros. Lo cierto es que su dependencia tóxica le llevaría a protagonizar un esperpéntico episodio que tuvo lugar, ni más ni menos, que en el curso de unas finales de la NBA.


Nos situamos en la primavera de 1980, Magic Johnson es un rookie en los Lakers, equipo al que acaba por dar con sus huesos un Haywood, ya veterano de vuelta de todo, tras pasar sin pena ni gloria por los Knicks.


Ya durante la temporada regular, las relaciones de Haywood y el entrenador Paul Westhead habían sido bastante tensas. Westhead veía en el ala pívot el complemento ideal para Kareem Abdul Jabbar, y estuvo dispuesto a sacrificar en un sonado trade a Adrian Dantley, algo que siempre le reprocharon.


Haywood fue muy bien recibido por unos fans acostumbrados al basket espectáculo, que coreaban su nombre cuando Westhead lo dejaba demasiado tiempo en el banquillo, muchas veces animados por el propio jugador, que se levantaba y agitaba la toalla al ritmo de los cánticos, algo que no gustaba ni al técnico ni a sus compañeros.


Aun así, los angelinos alcanzan la final, a disputar ante los Sixers del Dr. J, y el ala pívot sureño ha demostrado su calidad durante las rondas previas de los playoffs, promediando casi 10 puntos como sexto hombre.


Pero cuando parece cerca el sueño del anillo, una espiral de sucesos, acaecidos durante las series finales, le costará ser apartado del equipo tras el segundo partido, a petición de sus propios compañeros.


El comportamiento errático de Haywood empieza durante la sesión de video previa al primer partido de la serie final, al terminar la proyección se encienden las luces y el personal descubre que el chico se ha pasado todo el tiempo en brazos de Morfeo.

No contento con ello, durante los ejercicios de estiramiento, Haywood vuelve a dormirse, de manera que cuando sus compañeros los acaban y empiezan las carreras cortas, él permanece en el suelo, hecho un ovillo, ante la atónita mirada de los presentes.


La gota que colma el vaso ocurre de nuevo en el mismísimo Felt Forum, poco antes de empezar el segundo partido. En el vestuario local, Haywood le pide las tijeras de esparadrapo a su compañero Brad Holland de mala manera, éste le pregunta si no sabe pedir las cosas por favor, a lo que el primero responde a voces que "si se lo tiene que pedir así prefiere no usarlas."


La cosa se calienta y ambos se encaran, teniendo que ser el pívot suplente Jim Chones el que los separe, llevándose a Haywood fuera del vestuario antes de que lleguen a las manos.


Los Lakers pierden ese partido y Westhead acuerda suspender al ala pivot por el resto de la serie, una vez que éste le reconoce su seria adicción a la cocaína y el crack. Los excesos se han cobrado un alto precio: Haywood jamás volverá a vestir la camiseta púrpura.


Parece ser que Haywood desarrolló el hábito de esnifar cocaína durante su estancia en los Knicks, en el mundo de la alta costura en que se movía su mujer, y al llegar a LA empezó con la técnica conocida como freebasing, habitual en los ambientes del showbizz hollywoodiense, consistente en purificar la coca por medio del uso de algún líquido- a veces soda- a gran temperatura, de manera que en la solución resultante, emergiera la parte más orgánica de la droga, que era lo que finalmente se fumaba o inhalaba en vapor, consiguiendo un efecto más rápido e intenso, la droga llega en apenas cinco segundos al cerebro y durante 10-15 minutos la sensación de euforia es superior.


Los Lakers, a pesar de la lesión de Abdul Jabbar, finalmente consiguen el triunfo, con la clásica exhibición en el Spectrum de Magic Johnson, que encabeza el sentir de la plantilla y solicita que no se le entregue anillo a Haywood, ni participe en el reparto del premio económico, por su mal ejemplo al borrarse del equipo cuando más era necesario. Tampoco es invitado al desfile de los campeones en el downtown angelino.


No será hasta seis años después, probada su sobriedad, que se le hará entrega de su botín.


El rencor del ala pívot se hace evidente, de manera inmediata cuando, como él mismo reconoció años más tarde en su autobiografía, Spencer Haywood: The Rise, The Fall, The Recovery, llegó a urdir un plan para asesinar a Westhead mediante el sabotaje de su vehículo, algo que abortó su propia madre al enterarse que ya había incluso hablado con algunos amigos de los bajos fondos para que lo ejecutasen.


Y de manera mediata, cuando un año después los periodistas en Italia le preguntan por la emergente figura de Magic y manifiesta:


“Johnson es un ignorante que solo piensa en el basket y no sabe vivir la vida, gente así me produce repulsión”.


Incluso a día de hoy, Haywood sigue manteniendo que consumió drogas junto, al menos, a otros ocho jugadores de la plantilla de los Lakers, pero solo él fue el cabeza de turco.
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Y así, como campeón NBA sin anillo, con su fama de jugador desestabilizado en el punto más álgido, es como el presidente de la Carrera Venecia, Roberto Carrain, decide emprender uno de los más sonados fichajes de la historia de la pallacanestro.


Haywood ve en Italia un lugar para seguir ganando buena pasta, sin soportar el rígido escrutinio de la prensa y los aficionados americanos.


En Venecia es recibido como una estrella de calcio, sus leyendas magnificadas y su condición de divo de la pelota gorda sin posible discusión. Desde la llegada de Bill Bradley, que le diera a la Simmenthal su primera Copa de Europa en 1.966, ningún fichaje  había levantado la polvareda que el del ala pívot americano.


Sandro Gamba, Dan Peterson y todos los santones del basket trasalpino se deshacen en elogios, y tratan de ahuyentar cualquier suspicacia por su pasado; si él quiere puede marcar una época en el campeonato italiano.


Tonino Zorzi, su entrenador, manifiesta:


“Al enterarme de su contratación no voy a ocultar que me sentí preocupado, pero nada más conocerlo y comprobar su disposición y dimensión humana todo se ha resuelto en deber entrenar a un hombre y un atleta como tantos otros, solo que de mayor jerarquía”


“Haywood ha demostrado mucha seriedad, a las ocho de la mañana está en la cancha para hacer los ejercicios con pesas y se entrena dos veces cada día, como si fuera un hombre sin pasado”.


Nada más aterrizar, la nueva estrella lagunare, lanza un mensaje mesiánico a sus fans:


“Estoy en Venecia solo para jugar al baloncesto y para ganar todo lo que sea posible. Tras once años de carrera profesional, no pienso en el dinero, me considero un Mensajero del basket. Aquí he encontrado una dimensión humana, continuar al ritmo de vida de los USA hubiera sido masacrante, mucho mejor así”.


El primer año en Venecia es espectacular, centrado en su profesión, con la compañía de su mujer, la conocida modelo Imán, y su hija, residiendo en una lujosa casa frente al Gran Canal, Haywood da todo lo que tiene en cancha y apenas crea problemas, incluso acepta de buen grado el liderazgo en los sistemas de ataque del otro extranjero, el alero yugoslavo Drazen Dalipagic.


Los tiffosi venecianos, que han desarrollado buen paladar con los Uribatán Pereira, Steve Hawes, Rick Sutter, Bob Christian y Neal Walk, lo adoran, considerándolo como otra obra de arte más, en una ciudad donde el arte se respira en cada calle o canal, y grandes multitudes lo paran allá donde vaya, haciéndole sentir querido


La Reyer, patrocinada por la empresa de jeans Carrera, viene de la A2 y en su retorno a la máxima competición en el campeonato italiano, alcanza la séptima posición, tras peder en cuartos de playoffs ante la Turisanda Varese.


Pero es en Europa donde se recorre mayor camino, llegando la final de la Copa Korac, si bien en su ruta se cruza un equipo catalán, un club canterano que viste de verde y negro, al que llaman la Penya.


La final se juega en el Barcelona, donde se desplazan cerca de 1.000 aficionados italianos, que viajan en dos vuelos charter y dos pullman, chupándose 24 horas de viaje, para ver a su equipo conseguir el primer título europeo de su historia.


El Joventut y su afición son mayoría en un Palau que cree en el milagro de destronar a un equipo superior, con gente del calibre de Praja Dalipagic, los veteranísimos Luigi Serafíni, Stefano Della Fiori o Lorenzo Carraro, más los prometedores Giovanni Grattoni y Andrea Gracis.


El partido pasa por diversas fases de alternancia, pero cuando se entra en los últimos diez minutos, todo indica que los italianos, tirando de oficio, se llevaran el trofeo para casa, manteniendo ventajas cercanas a los 10 puntos.


Con apenas un minuto por jugar , el título parece que se les escapa a los catalanes, + 9 para Venecia, pero la Penya confía en sus posibilidades y el americano Joe Galvin, un pívot blanco de casi siete pies, producto de  Illinois State, bastante limitado en ataque, culmina la remontada cuando, tras un garrafal error de Dalipagic, anota una insólita canasta semilateral desde más de ocho metros y sobre la bocina, empatando el partido in extremis.


En la prórroga, unos desquiciados italianos son incapaces de dominar a un Joventut capitidisminuido, donde Manel Comas ha de contar con los adolescentes Jordi Villacampa y Francisco Solé en cancha, y la derrota se confirma, un gran golpe moral para Haywood que, a pesar de sus 30 puntos, no puede evitar que el título prometido se escape de sus manos; en las imágenes televisivas se le puede ver desesperado con sus compañeros, especialmente con el alero yugoslavo.


A pesar de la amargura, Haywood confirma su vuelta para la temporada siguiente, y en el Arsenale el público empieza a fantasear con igualar o superar el máximo histórico del club – tercer puesto- que se alcanzara en los añorados días del gran pívot Steve Hawes, hasta entonces máximo ídolo local.

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Haywood empieza la temporada 81/82 como un ciclón, ya sin Praja, sustituido por otro pro de postín, el ex UCLA Sidney Wicks, él es el líder del equipo, se siente motivado, se entrena con ganas y coge la forma inmediatamente, de manera que en los primeros cinco partidos de la temporada viaja a 30 puntos de media, dando una sensación de inmenso poderío.


Hasta América debieron llegar los ecos de sus conquistas, que fueron devueltos en forma de dulces cantos de sirena, y en la mente del jugador, al mismo tiempo que florecía la ilusión, se empezaba a fraguar la más oscura de las traiciones.


Il Moro di Venezia pide consejo a sus agentes, que le aseguran que no habiendo firmado contrato con la Carrera, todos los pactos eran verbales, es libre de romper la relación cuando quiera y marcharse a Washington, donde los Bullets le ofrecen 300.000 $ garantizados, casi el doble de su estipendio veneciano.


El proceso de desvinculación es tan desquiciante como inexorable, el domingo 11 de octubre, mientras la squadra viaja en el autobús rumbo a Treviso, para disputar el derby ante la Benetton, el americano anuncia a sus compañeros que esa noche es su último partido en Italia. En la cancha da otra exhibición, pero el equipo pierde y en los vestuarios monta un número contra su entrenador y los jugadores italianos.


El miércoles 14, tras saltarse dos entrenamientos, desmiente su fuga y se prepara para el partido del próximo fin de semana, en casa ante la Latte Sole Bologna. Llega Imán a Venecia.


Entretanto, el presidente del club veneciano se posiciona con el americano contra Zorzi, en medio de rumores que hablan de una inmediata marcha y la vuelta de Dalipagic, algo que no es posible, pues el alero ya ha debutado con el Partizan.


La Carrera pierde 96-90 con Bologna y Haywood es expulsado en el minuto 27, con solo 14 puntos en su haber, después de agarrar de la camiseta a uno de los árbitros al que levanta en el aire y lanza la bola, sin llegar a impactarle.


Tras recibir un partido de sanción, muchísimo menos de lo esperado, la sociedad multa con 10.000 $ a Haywood, que el martes 20 pide excusas a sus compañeros, alegando que tiene graves dificultades económicas y que no se volverá repetir su comportamiento.


Al día siguiente, Tonino Zorzi es destituido por Carrain y se llega a rumorear que Haywood se hará cargo del equipo como entrenador-jugador. La sociedad vive en un estado de perpetua confusión.


El jueves 22, Haywood se presenta a las cinco de la tarde en el Arsenal dispuesto a entrenarse, pero al poco cambia de opinión, se viste y da una rueda de prensa en la que vuelve a confirmar que definitivamente se va. A las 10 de la noche, llama a Carrain para decirle que se queda, pero que tienen que hablar de sus problemas económicos.


El sábado por la mañana se presenta a la sesión facultativa de tiro, tras la que se reúne con el Presidente, a quien pide un contrato trienal a razón de 200.000 dólares anuales, y la inmediata firma de un aval bancario por 200.000 $  que cubra lo que le resta de cobrar de la temporada anterior, más su salario de la presente.


El club remite un fax a Seattle, al Despacho de Abogados Neubauer-Mussehl, en el que se aceptan las condiciones, aunque se condiciona la decisión última a la vuelta del patrón Tito Tacchella, presidente de la empresa patrocinadora, Carrera Jeans, que se halla de viaje.


Haywood desaparece y esa noche es casualmente avistado en el aeropuerto Marco Polo de Venecia por dos personas: la primera es Piero Pasini, entrenador de la Benetton, que tiene que coger un vuelo a Roma, para presenciar en directo el anticipo Bancoroma-Billy, y a quien el americano le dice que ha ido para “comprar los periódicos”; la segunda es el árbitro Zanon, que ha de pitar en  ese partido, quien incluso se toma la molestia de indagar si el americano figura en el pasaje de algún vuelo, y le confirman que tiene conexión con Londres para esa misma noche.


Al día siguiente, fuentes del aeropuerto confirman que en la noche del 24 de octubre de 1.981, Haywood viajó a Londres y de ahí directamente a los Estados Unidos.


El domingo 25, aunque algún cándido dirigente de la Reyer aún confíaba en que el ídolo apareciera, Haywood no se presenta al partido contra la Squibb Cantú, con nueva derrota lagunare, y durante la semana siguiente se inician gestiones para fichar a Bruce Seals, americano que jugara en Varese el año anterior y que acaba de ser cortado en San Diego.


La carrera de Haywood en Italia está acabada, y curiosamente, como si la Naturaleza quisiera decir su última palabra, borrando todo su recuerdo, esa semana se registra en Venecia la novena marea alta del siglo.


Los aficionados, hartos de las extravaganzas de su otrora icono deportivo, manifiestan su descontento, mientras la prensa recuerda una de sus muchas promesas incumplidas, cuando el trece abril de 1981 declaró:


“Nessuna tentazione di tornare nell,NBA, perché nell,NBA si gioca per i soldi e per me i soldi no sono piú un problema”.


Haywood engrosa el elenco de americanos que dejan plantados a sus clubes italianos, una lista con nombres ilustres como Bob Elliot de la Fernet Tonic Bologna, Kim Hugues de la Innocenti Milano o James Lister de la Stern Pordenone.

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Haywood acaba su carrera en Washington, en 1.983, con tan solo 33 años, tras una buena primera temporada, con minutos y 13 puntos por partido, siendo candidato a Most Improved Player- se lo llevaría el espectacular Gus Williams- y uno segunda a la baja, en el apenas aporta nada, en medio de lesiones y graves problemas personales, un accidente de coche de su esposa incluido.


Uno de los mayores talentos baloncestísticos que las canchas han visto se va sin mucho que recordar, lejanos sus heydays mejicanos, su brutal irrupción en la ABA y sus días de vino y rosas en Seattle.


Se va envuelto en la polémica, que casi siempre fue fiel compañera, y que aún le guiña un ojo hoy en día, cuando recuerda que no está todavía en el Hall of Fame de Springfield, o que no fue incluido en la lista de 50 mejores jugadores de historia de la NBA.


Desahogado económicamente, gracias a su sagacidad en las inversiones inmobiliarias, ha vuelto al redil de Stern, su vieja Némesis, y representa a la NBA en múltiples actos promocionales del baloncesto.


Saca a relucir su indomable vanidad, cuando afirma que sin las dogas hubiera sido el mejor power forward de la historia y que Karl Malone no le podría ni tocar, y recuerda con amargura su primer encuentro con Shaquille O,Neal, cuando al ir a saludarle antes de la disputa de un All Star Game, el gigante le espetó un brutal:


“Bullshit, get out of my face.”


En todo caso, limpio hace mucho tiempo de sus adicciones, Haywood es uno de los personajes más subyugantes de la historia del baloncesto, acaso, tras un prodigioso gigante lituano, el más flagrante caso de What If que este deporte haya visto.


Imagínenselo.
 

Comentarios

Había hecho una serie de anotaciones que, pensándolo bien, no proceden. Y es que al mismo tiempo que su figura abre un debate infinito, esta semblanza (espíritu de principio a fin) habría que dejarla intacta. Porque es justa y hermosa. El fantasma de Haywood aguarda en esa caverna de deportistas que por motivos de flaqueza sucumbieron alguna vez a la eterna tentación que arrastra consigo el poder del dinero.

Una porción de privilegiados como el mundo del deporte no ha conocido pudo contemplarle en esplendor hace ahora 40 años en el Palacio de Deportes de México. Aún hoy el tapón a Luyk coparía el Top Ten de toda una década.

Hace ya mucho tiempo que Haywood expió culpas, tal vez demasiadas.

RESPECT.

Qué gran historia. Lo único que se me ha quedado en el alero, como fan de Bowie que soy, es cómo Imán cambió a Haywood por el Duque Blanco. Pero entonces esto no sería un blog de basket, sino de crónica rosa. Gracias, remember!

Nada Gonzalo, tus aportaciones siempre son interesantes, así que comenta lo que quieras o si te parece abrimos un hilo al efecto, que seguro que se aporta algo nuevo.

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