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Homenaje a basquetmaniàtic y sus 4 millones de visitas

Basquetmaniatic: unido al basket por supervivencia y siguiendo a la familia

  • Nace una nueva serie para este verano
  • Los redactores de solobasket nos cuentan como llegaron al mundo del baloncesto

Llegados a los calores del verano, queremos iniciar una saga al estilo "Historias del abuelo Cebolleta" dedicada a cómo llegamos los redactores de solobasket al mundo del baloncesto. Qué nos atrajo, qué nos enamoró, que nos unió a este fantástico deporte hasta el punto de implicarnos y convertirnos en generosos y entusiastas colaboradores de esta web: la tribu solobasketera.

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basquetmaniàtic en acción (foto Chema González)
basquetmaniàtic en acción (foto Chema González)
Tenemos a algunos colaboradores que fueron abducidos por el básquet desde las iniciales retrasmisiones de la NBA, a otros que la llama del baloncesto les incendió con la llegada a sus ciudades o a equipos próximos de jugadores legendarios como Arvidas Sabonis, Essie Hollis, Nate Davis. A algunos les sedujo la magia de las finales míticas de la NBA como los Celtics-Lakers del siglo pasado o la más reciente del 2001 Lakers–Philadelphia. A otros les atrajo la llegada del baloncesto de élite a sus ciudades como Huesca, Gijón o tantas otras. También los hay que se enamoraron del baloncesto con el éxito de sus equipos en determinadas épocas, contra todo pronóstico, luchando contra los grandes de siempre. Ellos mismos nos lo irán contando, y vosotros también podréis hacer vuestra aportación en los comentarios.

En mi caso, el más "Cebolleta" de todos los colaboradores de solobasket, no en vano me llaman “el yayo” con mis casi 60 tacos, la llegada al baloncesto fue sin referentes externos. Fue una cuestión de pura supervivencia. Os cuento.

En mi infancia, en Barcelona, fui educado en un colegio de curas donde el hockey sobre patines era el deporte rey. Era el Colegio Claret. Allí todos estaban implicados para que esto fuera así. Desde los curas sugestionando y decantando a los chavales hacia este deporte hasta los propios jugadores responsables de los éxitos del equipo que generaban devociones y ganas de imitarlos y participar en estos éxitos. Recuerdo que, coincidiendo con el Mundial del año 1964 celebrado en Barcelona, los curas, quizá utilizando los contactos de “nuestros” misioneros en Asia, invitaron al Colegio a la selección de Japón. Así pudimos ver cómo, con todo el alumnado alrededor de las vallas de la pista, el equipo de los “mayores” del Claret goleaba sin piedad a los nipones en un partido amistoso, se supone que para ellos de preparación para el Mundial...

Con este ambiente no es de extrañar que, en las proximidades de las fiestas navideñas, el cura de mi clase, en aquel curso el padre Codina, uno de los más implicados en la causa deportiva, nos dijera a todos:  “tenéis que pedir unos patines a los Reyes Magos”. Unos patines que podíamos estrenar y hacer con ellos nuestros primeros pinitos en patinaje en el propio patio del Colegio, prácticamente abierto todos los días del año, incluidos los festivos. Esto era así porque siempre había un cura dispuesto a estar de guardia, abrir la puerta del patio y convertirlo así en un lugar de encuentro de todos los chavales del barrio. Un lugar de práctica deportiva permanente ¡Qué tiempos! Pasadas las fiestas navideñas, el padre Codina nos preguntó ¿a quienes le han traído unos patines los Reyes Magos? Y de los brazos levantados nacía la siguiente hornada de jugadores.

-          “Tú, tú, tú, tú y tú ya os podéis apuntar en el equipo”.

-          “Padre, pero si todavía no sé patinar”.

-          “No te preocupes. Tú serás nuestro portero”.

Así nació mi vinculación con el hockey. Primero como portero del equipo de mi clase, en cuyos comienzos lo más arriesgado del partido llegaba con el descanso. Había que cruzar toda la pista, de lado a lado, para cambiar de portería, con escasos conocimientos de patinaje y con unas defensas que pesaban igual o más que uno mismo. Y con los progresos en el patinaje y en la técnica porteril, de portero de la clase a portero del equipo benjamín del colegio ¡Qué honor!

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basquetmaniàtic con el 15 del Claret
basquetmaniàtic con el 15 del Claret
Pero llegó el día en que, no podía ser de otra manera en un colegio de curas, se produjo un pequeño milagro que me hizo ver la luz. A alguien se le ocurrió organizar un partido de entrenamiento entre mi equipo de benjamines y el equipo infantil ¿A quién se le ocurre enfrentarnos contra aquellos grandullones? Y yo en la portería sometido a aquellos trallazos continuos ¿Dónde está mi defensa? ¡No me dejéis sólo, por favor! Uno de los primeros bolazos, en todo el hombro, en una de las pocas zonas del cuerpo no protegidas por las defensas y el peto ¿Alguien ha tocado alguna vez una bola de hockey? ¡A que son duras! Viendo el dolor causado, mi defensa se aplicó un poco más en su cometido y hasta ponían los sticks intentando interceptar los tiros. Pero con tan mala fortuna que una de las bolas interceptadas subió primero hacia el cielo para que luego Newton la devolviera a la tierra con tan mala fortuna que aterrizó en la parte superior de mi cráneo. Sí, efectivamente, allí donde la careta no tiene hierros de protección. Aguanté como un jabato hasta el final del partido. Pero por la noche, tocó reflexionar ¿Y si pruebo con el baloncesto? Son minoría en el colegio pero parece divertido. Lo había podido comprobar en aquellas canastas minis instaladas en el patio promocionadas creo que por Cacaolat. Seguro que estaré más lejos de morir en una pista. En este nuevo deporte, si alguien te da un estacazo, lo castigan con una falta personal.

Así fue mi llegada al básquet. Por pura supervivencia. Después llegaron los motivantes torneos populares "minis" que consolidaron el cambio a favor del baloncesto. En concreto, recuerdo el que se disputaba en la antigua plaza Rius i Taulet del barrio de Gràcia (actual Plaça de la Vila de Gràcia), con las rayas trazadas con pintura sobre asfalto y una pista con el 5% de pendiente lateral forzando pérdidas, o el fantástico Torneo del Molinet (que aún sobrevive), coincidiendo con el popular Festival de la Infancia montado en la Feria de Muestras de Barcelona coincidiendo con las Fiestas Navideñas y donde el baloncesto era una atracción más.

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Basquetmaniàtic en su etapa en el Picadero
Basquetmaniàtic en su etapa en el Picadero
Mi condición de zurdo, un correcto uno x uno, un buen contraataque a lo “Itu” y un aceptable tiro exterior hicieron que pasase más desapercibida mi tendencia a “ramblear” en defensa. La cultura del esfuerzo junto a una excelente piña de amigos que formábamos el equipo, nos hizo posible progresar a todos en este deporte. También ayudó en el progreso, a mí particularmente, intentar hacer feliz a un padre “nunca satisfecho” que al final de los partidos me recordaba los aciertos, pero también todos los errores. Un día, tras un partido perfecto recuerdo que aún encontró un punto de crítica. “Sí, buen partido, pero te has cansado mucho” (Collons!!!... perdón). Otro factor favorable en los avances fue haber aprendido primero la técnica individual y luego pegar el estirón hasta el 1,87. Así fueron transcurriendo los años disfrutando de nuestro deporte, visitando pistas míticas como la del Grup Barna, sin esquina por culpa de un ábside de iglesia, la del CP Roser, con la pista en forma de paralelepípedo más que rectángulo, la del Gaudí, bajo la sobra de las torres de la Sagrada Familia, o aquellos lujos de pista cubierta como la del Sant Pep, la del Jac Sants, las de Mataró (la Gàbia o el Palau) ... y tantas otras. Qué recuerdos… como lo bien que nos lo pasábamos, ya grandullones, emulando a los NBA de aquella época con mates increíbles y entradas estratosféricas… eso sí, jugando en la pista de minis (la de las canastas Cacaolat) al final de los entrenamientos. Las figuras NBA en mis comienzos eran los Chamberlain, Rusell, West, Baylor, Reed

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El Picadero junior de comienzos de los 70
El Picadero junior de comienzos de los 70
Con los progresos llegó el cambio de equipo coincidiendo con mi etapa júnior. La posibilidad de poder competir con los mejores de mi generación en aquella categoría preferente, nueva para mí, defendiendo los colores del Picadero en cuyo primer equipo estaban los Albanell, Chus Codina, Alfonso Martínez, Lorenzo Alocén o Víctor Escorial, uno de los más destacados en los últimos tiempos del equipo. En mi último año júnior se produjo el segundo milagrito en mi vida deportiva que también arrojó luz sobre cuál debía ser mi futuro (tras el primero que propició el pase del hockey al básquet). Ocurrió en un enfrentamiento contra el Joventut de Badalona. Con mis grandes condiciones defensivas, a mi entrenador no se le ocurrió otra cosa que emparejarme con “Matraco” Margall. Me hizo un traje. No sé si se fue hasta los 30 puntos o poco faltaría. Otra vez, por la noche, tocó reflexionar. Aquel segundo año júnior fue mi última etapa como jugador en activo porque del básquet estaba claro que no iba a vivir. Había que volcarse con los estudios de arquitectura. “Matraco” me lo hizo ver claro. Una anécdota personal que tuve el placer de poder contarle en persona, no hace mucho, el día de la presentación del Nuevo Solobasket.

Con la novia, y luego esposa, llegó la época del abono en el Palau Blaugrana. Era los tiempos de los Solozábal, Epi, Sibilio, Jiménez, Norris, “Lagarto” de la Cruz... Tiempos de ver por primera vez a un joven Fernando Martín con Estudiantes y cuchichearle a Cristina, mi mujer, “este chico, llegará” ¡Visionario! También tengo un recuerdo muy emotivo de un partidazo del legendario base del Real Madrid, Juan Antonio Corbalán, en el Palau, que nos destrozó y como la afición blaugrana le ovacionó cuando abandonó la pista. Me puse en su piel y me emocioné. La derrota no importaba. Me sentí orgulloso de mi deporte y de nuestra afición. Con el tiempo llegaron los hijos y, siendo estos muy pequeños, mis acompañantes para ver básquet pasaron a ser los sobrinos, que estoy seguro que aprendieron a sumar gracias al baloncesto y el marcador, además de nacer allí su pasión por nuestro deporte.

Más tarde llegó la etapa del deporte practicado por los hijos, y su seguimiento. Un deporte que no fue el baloncesto pese a la canasta instalada en el jardín de casa. Fallaron las condiciones naturales, con sus pies planos. En la pista, “patosillos”, pero en la piscina como peces en el agua. Especialmente mi hijo por el que llegamos a hacer cientos de kilómetros para verle nadar Campeonatos de España en cuanto menos tiempo mejor. Largas horas en la carretera para ver unas pocas carreras de un minuto. Pero para poder nadar en este tipo de Campeonatos antes había que hacer muchos entrenos de mañana y tarde ¡Cuantos años acompañándole cada día a sus entrenos de las 6 de la mañana! Mucho mérito el de los nadadores, no siempre reconocido… y mucho mérito el de los sufridos padres (jajaja). Para nuestra suerte, después se hizo fondista ¡Así podíamos verle más tiempo nadando! Tras la natación, llegó el waterpolo. Aquí volvía a haber una pelota de por medio, aunque lo más llamativo siempre ocurría debajo del agua... Tras dejarlo para volcarse en sus estudios de Ingeniería Aeronáutica, llegó mi reenganche con el baloncesto, esta vez siguiendo a aquellos sobrinos envenenados con el básquet.

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Basquetmaniatic con su sobrino Martí Nualart, un clásico de las ligas FEB
Basquetmaniatic con su sobrino Martí Nualart, un clásico de las ligas FEB
Así nació basquetmaniàtic, a caballo del cambio de siglo. Los que me conocen y me han seguido en estos últimos años, saben que siempre intento valorar las cosas bajo el imperio de la objetividad. Pero necesitaba un nick donde “esconderme” y así poder escribir de baloncesto sin que el apellido del redactor delatara que estaba haciendo crónicas de partidos donde estaban implicados mis sobrinos, que se veían en la red sin saber que yo era el autor de los escritos. Cuando se destapó el pastel, yo aún era el tío de mis sobrinos. Tras la llegada a solobasket en el 2005, de la mano del mítico Chema de Lucas, como decía Martí medio en broma, ellos pasaron a ser los sobrinos del basquetmaniàtic. Ahora ya no están en las ligas FEB aunque siguen ligados al baloncesto. Uno en el banquillo dirigiendo y el otro matando el gusanillo en primera catalana. Pero yo aquí sigo enganchado, casi ocho años después de mi debut, dedicado a las categorías FEB y de formación, rodeado de toda esta chavalería solobasketera… o no tanto si se enamoraron del baloncesto viendo jugar a los Arvidas Sabonis, Essie Hollis o Nate Davis.

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