Solapas principales

Mirotic esconde las carencias del Barça (83-80)

  • El conjunto culé remontó una ventaja de hasta 17 puntos
  • Greg Monroe fue el mejor de los bávaros con 19 tantos y 8 rebotes

Un ritmo insoportable:

Una de los aspectos que debería caracterizar a un equipo que  quiere hacer de la defensa su emblema es el ritmo. Defender duro para luego rebotear y salir corriendo. El Barça tiene jugadores para ello, pero no lo práctica. Con Hanga de base, la bola permanece en sus manos la mayor parte de la posición, situación similar ccon Pau Ribas. Transiciones muy largas, lo que se traduce en pocos tiros. Situación ideal para los alemanes que se quedaron al borde del asalto.

 

Desconexiones, desconexiones, desconexiones:

Un problema grave de este Barça son los apagones que sufre de forma constante. Le pasó en casi todos lo partidos en algún momento. Quizás el clásico ganado en el Palau es la única excepción en un partido relevante. Lo sufrió en Berlín ante el Alba y volvió a padecerlo ante el Bayern. Parciales durísimos que pudieron costarle partidos, como el 15-27 del tercer cuarto que incluyó un 0-14 para los bávaros.

 

Qué bueno que viniste, Niko:

Bola en las manos, mirada en la cancha y el aro entre ceja y ceja. Forzar faltas. Meter tiros. Rebotear. Asistir. Festejar canastas propias y ajenas. Mirotic tiene el manual del líder casi tan estudiado como tienen los jóvenes estudiados los bares de la zona. Lo conoce a la perfección y hace uso de él una vez tras otra. Higgins parecía ser el hombre de los finales importantes, al que no le quemaría la naranja cuando el reloj apretara, pero el montenegrino está demostrando que los finales ajustados le calzan a medida.

 

 

Cabeza abajo, las manos agarradas a las rodillas para sostener el cuerpo, mirada perdida. Fue Mirotic y Kuric y Higgins y Davies, pero también Monroe y Lucic y Sisko y Lo. Cada uno en su momento, porque el encuentro cambió de dueño en repetidas ocasiones con el correr de los minutos. Parciales para unos y para otros, aunque al final reinó la lógica. La que decía que el segundo clasificado de la Euroliga debía ganarle al anteúltimo.

 

El Bayern salió a jugar como si de este partido dependiera su permanencia en la Euroliga la próxima temporada. Ambición, coraje, temple. Y por supuesto, acierto. Nada de lo anterior sirve si al final la pelotita naranja decide no entrar, y si no hay un poco de suerte. 

 

Los bávaros fueron más una ilusión que una realidad durante esta Euroliga, y en gran parte se debe al -bajo- nivel de Greg Monroe. Un ex NBA que no acabó de cumplir con lo que las expectativas decían de él. Sin embargo, un escenario como el Palau le recordó a sus años en la mejor liga del mundo. Al pabellón de esos Pistons en los que tan bien rindió durante sus primeros pasos por la liga. Se sintió lo suficientemente cómodo para ser la referencia interior de los bávaros y lastimar, junto a Lessort, en el talón de Aquiles de los culés.

 

El Barça, un espejismo del de hace tres o cuatro años. Un equipo sin recursos ofensivos que durante los tres primeros cuartos se dejó avasallar. Higgins, solitario en la labor ofensiva, parecía ser el único que intentaba sumar una marcha más. El partido lo marcó el ritmo, o la falta de él. Soso. Espeso. Soporífero.

 

Un nivel de intensidad inexistente que los bávaros hicieron valer para llegar a mandar en el electrónico por 17 puntos cuando en el tercer cuarto la cosa parecía liquidada. Tiros. Rebotes. Faltas. Todo era a favor de un Bayern aguerrido y fiel a su juego, a pesar de no contar con Dedovic ni Koponen, dos hombres destacados del equipo que comanda Kostic.

 

Por vigésima vez, los blaugranas transmitían una sensación de abandono muy temprana, pero también la de que en cuanto quisieran llevarse el encuentro lo iban a lograr. La clave estuvo en la defensa, y en el Palau. La afición, que estuvo a la altura cuando el equipo más lo necesitaba, fue uno de los alicientes más grandes que encontraron los jugadores. Desde la banda, alternando la posición de jarra con las manos en los bolsillos, Pesic mantenía su gesto incrédulo.

 

 

Emocionalmente el partido lo controló el Bayern, hasta que Kuric, con un 3+1 que ponía a los culés a tiro, le dio la vuelta a la tortilla. El estadounidense, que no suele festejar sus canastas de forma eufórica, apretó el puño y se reventó la garganta. Algo iba a cambiar. El mono de trabajo fue para Ribas y Oriola. Correr. Defender. Rebotear. Atacar. Correr. Defender. Rebotear. Atacar. Correr. Defender. Rebotear. Atacar. Las veces que haga falta.

 

El final de partido le quedó grande a los de Kostic, y se le hizo poco a Mirotic. Todo lo que los alemanes habían controlado se fue por la ventana, y en un final ajustado volvió a aparecer el montenegrino. Caudaloso su casillero de puntos, pero insaciable él. Dos triples consecutivos pusieron a los suyos a un doble cuando restaban poco menos de tres minutos. En medio de esa vorágine, apareció el más loco de todos. El que mira a los Dracs con la misma euforia con la que ellos lo miran a él. El del mono de trabajo más eficiente de todos. Oriola sentenció con triple frontal que ni siquiera festejó. No hacía falta.

 

 

El partido, si es que merece tener algún nombre, debe tener el de Mirotic. El del tipo que vino a ganar títulos y marcar una época. Mano al pecho, y luego al cielo. El festejo de un triple del ‘33’ y el de una victoria del Barça.

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Estadísticas Barça. Via: Euroleague

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Estadísticas Bayern. Vía: Euroleague.

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