Antonio Herrera: Una Summer League con L.A. Clippers en primera persona

  • El entrenador ayudante de Unicaja relata su experiencia en la Summer League con Los Angeles Clippers

La oportunidad de pasar un par de semanas en la Summer League es, sin duda, una de las más enriquecedoras que puedan presentársele a un entrenador de baloncesto europeo. Así lo pensaba antes de emprender mi viaje a Estados Unidos y, por ello, me comprometí con Solobasket a dar cuenta de mis impresiones en un artículo, al final de mi experiencia. Es hora ya de cumplir con mi compromiso.

Lo primero que llamará la atención de cualquiera que, como yo, participe en la Summer League es lo abrumador de sus medios y el altísimo nivel de su organización. Desde el mismo momento de la llegada, entras en contacto con un despliegue de unas dimensiones desconocidas por aquí en cuanto a instalaciones, personal y tecnología. Cada una de mis jornadas allí venía precedida por una reunión de entrenadores una hora antes del entrenamiento, cuyo programa se entregaba por escrito. En ella, había dos entrenadores de ataque, dos de defensa, además de un entrenador jefe y aún tres más hasta un total de 8, más otros dos que se encargan de los videos: en total, ¡10 entrenadores! Si a eso sumamos fisios, médicos, psicólogo, utillero, delegado que en esta franquicia suman un cuerpo de unas 20 personas más, descubrimos que se están moviendo en un volumen de staff de otra galaxia.

"Solo la NBA puede permitirse hoy innovar y gestionar con éxito una liga y unas franquicias con este nivel de medios, ilimitados a nuestros ojos"

Las reuniones han de ser, por tanto, muy planificadas y por su rigor y dinámica valdría la pena importarlas a nuestro baloncesto. Todo en ellas está estructurado, se explica cada detalle y cada entrenador opina sobre su función. En la sala de la reunión, hay 4 pantallas de televisión, acondicionadas para ver cada vez los vídeos que se necesitan. Solo la NBA puede permitirse hoy innovar y gestionar con éxito una liga y unas franquicias con este nivel de medios, ilimitados a nuestros ojos. Entrar en contacto con las posibilidades materiales y los recursos desplegados en el baloncesto NBA nos permite, sin duda, calibrar el margen y la dirección de avance de nuestro deporte.

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No obstante, mi primera gran conclusión de esta experiencia americana es que el baloncesto NBA no es grande por esos medios descomunales que, mal utilizados, podrían resultar incluso un obstáculo. El baloncesto NBA es grande porque más allá de la técnica y la superorganización, cuenta con el fabuloso recurso de la sabiduría y el carisma personal de sus entrenadores.

Tres figuras me han llamado la atención poderosamente: 1) la del entrenador en la cumbre, 2) la del entrenador cargado de futuro y 3) la del entrenador – diríamos – “jubilado”.

El primer tipo lo ha encarnado para mí Doc Rivers. Todos y cada uno de los encuentros y las charlas suyos a los que he asistido han sido un verdadero acontecimiento. Cuando él aparece, no sabes exactamente en qué aspecto va a centrar su discurso pero, una vez que comienza a hablar, te das cuenta de que es en aquél núcleo de información necesaria en el que todos los ojos, todos los oídos, todas las cámaras y todas las pizarras parecían no haber reparado. Su palabra es justo la que hace que toda aquella galaxia tecnológica y todo aquel ejército de especialistas encuentre un sentido y se ponga en funcionamiento en la buena dirección. Estas son las impresiones que reflejé en mis notas después de su primera aparición:

Antonio Herrera junto a Doc Rivers

Doc Rivers, el entrenador del equipo NBA ha intervenido en el final del entrenamiento. Ha hablado de controlar las emociones, de no quedarse pensando en el error, de ir a la siguiente acción, de reconocer un error ante un compañero aunque no haya sido tu culpa, y que para ganar hay que compartir el balón, defender muy duro y jugar en equipo. Ha dicho que hay que hacer lo que mejor sabe hacer cada uno, que es el motivo por el que los jugadores están aquí… porque hacen muy bien determinados aspectos del juego. Eso es lo que él quiere ver. No quiere que demuestren detalles diferentes o que traten de aparentar cosas que no son. Les ha pedido a los exteriores que tiren cada vez que estén abiertos, a los cincos que dominen el rebote y a todo el equipo le ha pedido para la Summer League que no pongan excusas para nada ni árbitros ni compañeros ni nada.

El entrenador carismático no tiene que levantar la voz ni sobreactuar. Mira y habla y todos entienden que, en sus palabras, se encuentra el secreto de su éxito como equipo. Sin ninguna duda, el carisma del entrenador es el motor de la victoria.

El segundo tipo de entrenador, lo ha encarnado para mí, en esta Summer League, Sam Cassell, que es quien ha asumido la dirección del equipo y, en mi opinión, ha conseguido volar de un modo formidable por encima del grupo. Enérgico y hasta agresivo a la hora de hacer competir a sus jugadores o de presionar a los árbitros, se muestra en cambio extraordinariamente meticuloso y detallista en los entrenamientos. Insiste en la idea de correr el contraataque, quiere que los aleros lleguen sí o sí hasta las esquinas, que los jugadores confíen en que el compañero les va a pasar el balón; es un fanático del spacing, del detalle en los bloqueos, donde el contacto es fundamental. Una vez llegados al partido, continúa con su nivel de exigencia. Hay que ejecutar las jugadas sin excusas. Por otro lado, nunca deja de pensar en la gestión del equipo y busca, por ejemplo, reforzar a aquel jugador que, pese a su calidad, está pasando por un mal momento.

Antonio Herrera con Sam Cassell

Sam Cassell consiguió que su equipo jugase mejor que el resto de las franquicias. Como profesional hace sentirse bien al jugador que pasa el balón y que lo comparte, pregunta abiertamente por qué el cambio de un jugador en cuanto a actitud y a egoísmo de la NCAA a la NBA… Entiende que el esfuerzo siempre ha de ser premiado. El secreto para él es jugar en equipo y no ir cada uno a lo suyo.

Luego les decía a los jugadores que los agentes tenían que hacer su trabajo y él lo entendía con respecto a los números, pero que los directores deportivos y los entrenadores que iban a mirar los partidos, lo que iban a mirar y a observar fundamentalmente era su actitud, su lenguaje corporal, si peleaban o no… la actitud tenía mucho más valor que ninguna otra cosa.

"En la NBA, como en las grandes culturas antiguas, la sabiduría de los mayores se considera un bien inapreciable e insustituible"

Durante los entrenamientos, me sorprendía mucho la figura de un entrenador muy mayor que recorría la pista sin descanso, sin perder detalle de todo lo que pasaba en ella. Era como si a él no le hicieran falta cámaras ni videos para desarrollar una labor que a mí se me antojaba misteriosa: miraba pero no intervenía. Sin embargo, cierto día surgió un conflicto. Dos jugadores empezaron a discutir acaloradamente durante el entrenamiento y fue entonces cuando entró en escena el entrenador mayor. De repente su figura cobró un protagonismo inusitado, como la del chamán de la tribu, como la del maestro antiguo que tiene la palabra justa en el momento justo. Por lo demás, estos entrenadores  asisten también a las reuniones y dan su opinión cuando se les pregunta. Algunos de ellos han dirigido, en el pasado, a equipos NBA como primeros entrenadores o llevan decenios como ayudantes en diversas franquicias. En la NBA, como en las grandes culturas antiguas, la sabiduría de los mayores se considera un bien inapreciable e insustituible.

Detalle de una de las salas de trabajo

 

El baloncesto NBA genera, de este modo, verdaderas sagas de maestros y discípulos que constituyen, a mi modo de ver, una escuela única en el mundo. Antes de volar solo, el entrenador americano se ha movido entre generaciones de entrenadores que se convierten en su espejo, en su medida del pasado, del presente y del futuro.

La importancia del carisma en el baloncesto americano se palpa en todos los sentidos. En el partido contra los Lakers, asistí a un detalle que da muestra de las dimensiones de ese carisma. El jugador más destacado ese día de los Lakers, Brandon Ingram, sufrió un calambre en la última jugada del partido antes de la prórroga, cuando llevaba ya 26 o 28 puntos. Tras unos instantes, se levantó cuando su equipo iba hacia el banquillo y dijo “Bueno, ya estoy bien. Estoy bien para la prórroga.” Entonces Magic Johnson, que estaba sentado al otro lado, enfrente del banquillo, se levantó y cruzó la pista a decirle que no jugaba más. Los árbitros, por supuesto, no hicieron ademán de parar a Magic. El jugador trató de llevarle la contraria pero él, con gesto aplomado, le dijo que no se jugaba más y efectivamente Ingram aceptó el dictado de Magic sin rechistar.

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El baloncesto – esto es algo que he aprendido en la Summer League – es una especie de orden cósmico cuyo centro está en la NBA y tanta mayor calidad e importancia tendrá nuestro baloncesto cuanto más efectivo sea nuestro diálogo con él. Curiosamente, a pesar de que lo más deslumbrante del mismo parecen sus medios materiales y técnicos, donde verdaderamente tenemos mucho que aprender es de ciertos intangibles como son su inteligencia, su sabiduría y su extraordinaria generación de carisma para gestionar grupos.

Una  vez cumplido el sueño de pasar por la Summer League,  llega ahora el tiempo de volver al trabajo, a la ilusión y al esfuerzo diarios. A Unicaja le esperan retos extraordinarios en los próximos meses: Supercopa, Euroliga, Liga Endesa… espero que esta experiencia pueda permitirme aportar buenas ideas al Club y a Joan con el fin de poder reeditar los éxitos de la pasada temporada.

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