Solapas principales

Oleo de Bird en el National Art of Sport Museum de la Universidad de Indiana-Purdue (Foto: iupui.edu).

GO THE DISTANCE

  • NBA PLAYOFFS 1998
  • Larry Bird prometió entrenar solamente tres años. Como responsable del banquillo de los Indiana Pacers, logró su objetivo de llevar a la escuadra a sus primeras Finales NBA en el año 2.000. No obstante, ya en su debut rozó lograr un verdadero hito: tumbar al campeón mundial de los pesos pesados de la NBA: Michael Jordan.
  • Craig Hodges, capítulo 3 de su documental: "Destruyendo a Craig"

“Entrenaré tres años, ni uno más. No importa lo que suceda”- Larry Bird, mayo de 1997

Larry Bird no había leído a Sun Tzu. En realidad, al genio baloncestístico de French Lick le encantaba simular la pose de paleto sin excesiva sofisticación, pero era una máscara para esconder a un campesino astuto que nunca encaraba al adversario, siguiendo la preceptiva del general chino, sin conocerlo tan bien como a sí mismo. Desde que su dolorida espalda le retiró, la posibilidad de sentarse en los banquillos rondaba su mente.

Consciente de ello, Donnie Walsh, cabeza rectora de los Indiana Pacers, le llamó para organizar un encuentro de sondeo. Larry Brown abandonaba la escuadra y la posibilidad de fichar como sustituto a la leyenda era inmejorable en un territorio orgulloso frente a los forasteros que visitaban sus pabellones: “En 49 estados es solo baloncesto”.

Bird había estudiado la Conferencia Este y veía una situación propicia. Los Orlando Magic ya no tenían a Shaquille O´Neal. En New York, los rocosos Knicks estaban en transición y su referencia, Patric Ewing, sufría problemas graves en las rodillas. Los Pacers irradiaban juventud y ganas.

De las 39 victorias del curso anterior, la campaña 1997/98 mostró a Indiana con nuevos bríos, alcanzando 58 victorias. Si bien todas las miradas se posaban sobre el pulso entre Utah y Chicago por la primera plaza, algo estaba empezando a gestarse en una plantilla que sufrió uno de los más severos training camps que se recordaban.

Allí estaba Reggie Miller, un anotador mortífero, pesadilla de la Gran Manzana, experto en aprovechar bloqueos para convertir triples decisivos. Por dentro, Rik Smits ponía la clase, mientras que los Davis (Dale y Antonio) aportaban toda la dureza necesaria bajo tableros. Mark Jackson dirigía con mano firme el timón, a la par que jóvenes como Travis Best y Jalen Rose se antojaban más que prometedores.

Aparentemente, Rose era uno de los primeros escollos del nuevo míster. Jugador de culto en los Fab Five de Michigan, era amado y odiado a partes iguales por su peculiar estilo, alejado de la corrección política que ambicionaba el Comisionado David Stern. Bird no se complicó: dio al talentoso escolta de Michigan confianza cuando estaba inspirado y nunca le tembló el pulso para mandarlo al banquillo si se dispersaba.

Los dos nuevos ayudantes, Rick Carlisle y Dick Harter, se repartieron las funciones de asesoramiento ofensivo y defensivo respectivamente. Pese a su condición de tres veces MVP, el antiguo astro no tenía rubor en dar la voz cantante a dos colaboradores cualificados y pedirles opinión cuando fuese preciso. Las normas fueron básicas: puntualidad y respeto. Al poco, Reggie Miller se cuestionaría si su nuevo jefe había recibido formación militar por su espartano estilo. Asimismo, veteranos como Chris Mullin recordaban aquella ética de trabajo de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Doblegando a Cavaliers y Knicks en postemporada, Bird, quien había prometido que en tres años irían a las Finales NBA con su proyecto, seguía ocultando su audaz maniobra, la cual iba más allá de haber logrado el premio a técnico del año: tumbar al campeón mundial de los pesos pesados de la NBA: Michael Jordan.   

Let´s get ready to rumble

Phil Jackson había preparado el último baile. Lo sorprendente acerca del canto de cisne de la dinastía de los Chicago Bulls fue su capacidad para sobrevivir a sí misma: el pulso entre el general manager Jerry Krause y el técnico, el choque de egos entre Michael Jordan y Jerry Reinsdorf, los deseos de salida de Scottie Pippen, etc. El Maestro Zen convenció a todas sus piezas de que eran ellos contra el mundo.

Su defensa podía secar a cualquier oponente en los partidos a vida o muerte, además de gozar de las ventajas ofensivas del complejo triángulo diseñado por Tex Winter. A diferencia de Bird, Jackson tenía muchos ayudantes, incluyendo a luminarias como Frank Hamblen o Jim Cleamons. Únicamente Jordan y Pippen eran el nexo entre los campeones del anillo de 1991 y aquella segunda generación. La clave para no decaer había sido el arriesgado fichaje de Dennis Rodman en verano de 1995, una bomba de talento reboteador que exigió el máximo del repertorio de trucos psicológicos de Phil Jackson.

Pese a ello, los Indiana Pacers sentían que se hallaban ante la gran oportunidad. New Jersey y Charlotte fueron sparrings accesibles para el torbellino de Chicago. Larry Bird miraba a las piernas jóvenes a su alrededor, sospechando que tenían un verdadero disparo al trono del Este. Sports Illustrated había colocado una humillante portada en marzo de 1997: un gigantesco Michael Jordan sostenía la bola ante sus empequeñecidos rivales.

Llegado al flamante United Center, Reggie Miller tenía la mirada de un pistolero curtido. Era el primer duelo Indiana-Chicago en Playoffs.

“Deja que te pegue”- Frankie Dunn, Million Dollar Baby (2004).

Rik Smits y Reggie Miller fueron los flamantes representantes de Indiana en el All Star Game celebrado en el Madison Square Garden en febrero de 1998. Ambos astros pudieron presenciar en los vestuarios a la Santísima Trinidad de la NBA: Larry Bird, flamante técnico de las estrellas del Este, Michael Jordan, el jugador al que todo el mundo quería ver, y Magic Johnson, el arquitecto del Showtime en LA.

En los Juegos de Barcelona, el triunvirato compartió amistad y piques. En general, Magic, el Sol poniente, intentaba resistir a la naciente luz que irradiaba el dorsal 23 de Chicago. Bird, en plena despedida, estaba poco interesado en discutir, consolidando una buena relación con el jugador al que comparó con Dios tras una exhibición en Boston. Apoyado amistosamente sobre el hombro de Bird, quizás Smits y Miller sintieran que su entrenador sí gozaba del nada fácil respeto de Jordan. “Ya que estamos aquí, podríamos ganar” fue su sencillo resumen. Por supuesto, lo hicieron y Michael superó los intentos de un talentoso joven del Far West llamado Kobe Bryant.

La política de Bird no se modificó cara a aquella eliminatoria: ya que estaban de visita en la Ciudad del Viento, no estaría de más intentar vencer. Semanas atrás, sus Pacers ganaron un partido en Chicago, si bien intrascendente cara a la clasificación. En plenas Finales del Este, los defensores del título solían conseguir un KO devastador.  

En su célebre club del desayuno, Ron Harper, Jordan y Pippen barajaron que el tercero debía encargare de cubrir a Mark Jackson. El playmaker de los Pacers tenía una gran visión de juego y posteaba muy bien, pero Pippen era tan versátil que podía perseguir a toda pista a un nivel inalcanzable para cualquier otro. Jordan, por su lado, quedaría exonerado de marcar a Miller, puesto que era muy rápido y listo aprovechando bloqueos. Ese no desgaste daría al escolta de los Bulls una reserva extra de energía en ataque.

Los dos primeros choques fueron ásperos. Steve Kerr señaló a Pippen como máximo responsable, decidiendo partidos sin anotar un solo punto, simplemente asfixiando a Jackson y hundiendo todos los sistemas ofensivos de los Pacers. Bird se preguntó con sorna si los colegiados permitirían a Scottie marcar de esa forma a Jordan en caso de ser rivales. MJ bromeó diciendo que su antiguo colega ya sí hablaba como un verdadero técnico. Phil Jackson contratacó opinando que Larry Bird había sido una de las estrellas más protegidas por el estamento arbitral en su tiempo.

Camino del Marquet Square Arena, el antiguo alero tragó saliva. Era conocido que el dueño del banquillo de los Bulls, apodado el Maestro Zen por su lado espiritual, siempre buscaba golpear al eslabón más fuerte de sus oponentes en las eliminatorias. Con cinco anillos en sus dedos, Jackson tenía motivos para ser optimista. No obstante, el vuelo a Indiana fue tenso, como siempre en aquella última danza donde Jerry Krause y la plantilla estaban obligados a convivir en espacios cerrados.
 

Contra las cuerdas

Tal vez Larry Bird sabía que le esperaba un poco de trash talking por parte de Michael Jordan. No obstante, sus palabras iban encaminadas a un objetivo que logró: ante su ruidosa y entregada grada, los colegiados permitieron menos contacto a Pippen, rápidamente metido en problemas de personales. 

Los Bulls venían de darse un festín el segundo día, incluyendo la entrega del quinto MVP de fase regular a Michael Jordan. En aquella ocasión, todo fue distinto. Miller sufrió una torcedura de tobillo en el tercer cuarto. Lejos de amilanarle, emergió con cuatro canastas consecutivas que elevaron la emotividad del pabellón. Fue un partido de alto voltaje donde los Pacers movieron su banquillo con habilidad para conseguir los emparejamientos que buscaban: el joven Travis Best frente a Steve Kerr y rotar los marcajes sobre Jordan.

Indiana tenía músculo en la banca como Derrick McKey. Los suplentes de Bird golpearon sin piedad a sus pares de Chicago: 40-25. Los visitantes llegaron a hundirse, si bien volvieron a amenazar en el último cuarto con una despiadada presión a todo campo. Pese a ello, Reggie Miller declararía emocionado que se habían dado una oportunidad a sí mismos: 107-105.   

El fino escolta de los Pacers no era excesivamente del agrado de Jordan. Ello no tenía nada que ver con actitudes fuera de la cancha, de hecho, ambos deportistas se respetaban. Simplemente, Miller era tan lenguaraz como él y rara vez parecía amedrentarse, pese a ser consciente de su inferioridad. Tras años perdiendo ante su legendaria hermana, Cheryl Miller, era muy difícil sacar de sus casillas al tirador de Indianápolis.

Algo había cambiado. La preceptiva boxística siempre ha afirmado que las cuerdas queman, debiendo cualquier persona allí arrinconada huir de ellas. Siguiendo un modelo contrario, los pupilos de Bird hallaron su esencia en la desesperación para igualar la serie. El cuarto choque tuvo ese tinte de épica que hace memorable a un enfrentamiento.

Y eso que, durante un instante, todo pareció concluir. La clásica y elegante suspensión de Jordan sobre el pegajoso marcaje de McKey: 91-94. Sea como fuere, Best, cada vez más cómodo en aquellas Finales, regatearía a todos los Bulls que salieron a su paso para lanzar a una mano un delicado lanzamiento que Rodman no pudo puntear.

El Gusano llevaba 16 rebotes aquella velada, si bien se le cargaría una personal tras un bloqueo que desesperó a Jackson. Si se había burlado de las quejas de Bird hacía unas jornadas, aquella velada él abandonaría el camino óctuple budista para injuriar al estamento arbitral, evocando incluso la final olímpica de Múnich. También se desesperó un veterano curtido como Harper, quien agarró a Reggie Miller en la pugna por un rebote, arrastrándolo al banquillo de Chicago, iniciándose una tangana.

Pese a que el reloj expiraba y Scottie Pippen tenía dos tiros libres a su disposición, la atmósfera era atípica para los campeones. En todo momento, los Pacers parecían dispuestos a devolver cualquier golpe. Igual que His Airness haría con Byron Russell, Miller se aprovechó de la teatralidad de los Playoffs para desembarazarse de Harper a través de una pantalla y luego empujar a un desprevenido Jordan. El triple dejó atónito a todo el pabellón, incluyendo al Comisionado Stern. ¿Todos? No, Larry Bird permanecía impertérrito y solamente hizo un leve gesto para mirar hacia el marcador.

Apollo Creed: No habrá revancha, no habrá revancha…

Rocky Balboa: No la necesito (1976).

Muchos comentaristas dijeron que era la sangre fría de un viejo tirador legendario poco dispuesto a dejarse impresionar por su pupilo. En realidad, no ha sido hasta The Last Dance (2020) cuando el propio Bird ha afirmado que su tranquilidad provenía del hecho de que todavía quedaban décimas de segundo en el electrónico para que Michael Jordan diese la vuelta al partido. En esta ocasión, las deidades de los aros le negaron la Fortuna, saliendo el tiro escupido tras chocar contra la tabla. 96-94. Indiana resistía…y algo más.

Un triunfo de esas características siempre se cobraba bajas. Jalen Rose había saltado del banquillo para defender a Miller, algo que el reglamento de la NBA sancionaba severamente. Desgraciadamente para el espectáculo, los vistosos Phoenix Suns de 2007 conocerían bien los entresijos de esa polémica normativa en el futuro. Para Bird, suponía verse privado de un joven talento que daba velocidad y tenía un punto de descaro fruto de su niñez viendo a los Bad Boys en su Detroit natal. Rose anhelaba ganar a Jordan.   

Phil Jackson advertía que no pasaría nada hasta que alguien fuese capaz de batirles en Chicago. En el vestuario, Jordan demostró su instinto para leer los entresijos del juego. Aunque todas las miradas se posaban en Miller o Best, estaba siendo Rick Smits quien generaba todos los espacios. Con una defensa devastadora, Chicago se impuso 106-87, pisando el acelerador con la contundencia de quien quiere acabar con un negocio incómodo.

El Market Square Arena, con todo, permitió a los Pacers lamer heridas. Eran sus asaltos preferidos en aquel pulso asfixiante. Nunca ganaron por más de tres puntos en Indianápolis, aunque jamás perdieron. Fue otra noche donde comentaristas como Bob Costas insistían en apodar a Bird como stone face, si bien sus planes estaban funcionando. Best seguía dando infinidad de problemas a Kerr y los suplentes volaban.

Jordan reclamó una falta por contacto del pie de uno de sus defensores en las acciones finales. Había obtenido 35 puntos, vaciándose y penetrando en una pintura defendida cual fortaleza por los Davis. No bastó, otra victoria agónica: 92-89. Aquellos Pacers llegaban al final de la ruta. Se merecían chocar los guantes por última vez en la Ciudad del Viento.
 

Thriller in United Center (31 de mayo de 1998)

Mark West estaba inquieto. Como suplente de los Pacers, sentía que los suyos estaban reboteando menos de lo que acostumbraban en aquellas Finales del Este. Y se trataba de una faceta del juego que decidía los partidos igualados. Pese a sus reparos, los pupilos de Larry Bird se presentaron como toros salvajes: anotaron sus ocho primeros lanzamientos sin fallo.

Jackson se vio obligado a recurrir a Dennis Rodman, el antiguo Bad Boy, el único individuo que podía sonreír en un trance semejante. No fue su mejor noche en capturas; de hecho, los 5 rebotes de Jud Buechler fueron más aplaudidos por lo inesperado. Pese a ello, la mera presencia del viejo diablo daba energías renovadas a unos Bulls que incluso medios como el Chicago Tribune juzgaban envejecidos. Se marcharon al descanso dos arriba y convencidos de haber revertido la situación.

Fue ahí donde se vio la grandeza del plan de Bird. Desde los Knicks de Patrick Ewing no afrontaban los campeones un duelo de esas características en casa. Incluso un hombre de la amplitud de miras de Phil Jackson temía los séptimos juegos por impredecibles. Indiana volvió como un aspirante fresco y de energías renovadas. Go the distance, ser capaz de llegar hasta el final y buscar el instante anhelado. El United Center parecía un cuadrilátero y Chicago el más grande campeón a punto de besar la lona.

Fue la hora de Toni Kukoc, el croata fichado contra viento y marea por Krause, el mito europeo que no terminaba de convencer inicialmente a Jordan y Pippen. Tampoco a Jackson. Aquellos tres triples eran lo que el balcánico se había cansado de hacer en duelos de infarto en El Viejo Continente. Y, cuando despertaron, los Pacers todavía estaban allí.

Bird, el hombre que calculó todo en el enfrentamiento, tuvo una única duda. Los suyos iban tres arriba, tenían una jump ball que presumiblemente la torre de Rik Smits (2´24) iba a ganar a Jordan, pero el olfato del viejo Celtic se dio cuenta de que, astutamente, Pippen estaba rondando la zona de pase a Miller. ¿Le quedaban tiempos muertos? Dudó y al ir a preguntar a sus ayudantes se escapó esa oportunidad de nuevas indicaciones. El colegiado Dick Bavetta no le dio tiempo, la bola acabó en mano de Pippen y la circulación de los locales dejo a Steve Kerr con la oportunidad anhelada de empatar.

El rubio tirador estaba acostumbrado a las dificultades y a verse superado. Siendo un aspirante en la universidad de Gonzaga, tuvo la mala suerte de toparse con un tal John Stockton que le arrasó en todos los frentes de la pista. Lejos de frustrarse, supo sacar adelante su trayectoria universitaria. Procedente de una familia cultivada y ejemplar atípico en la liga por su sentido de equipo, las estrellas a su alrededor confiaban en él.

Fue el crochet que un durísimo oponente como Indiana jamás habría esperado en aquel salto ventajoso. El aura del choque cambió. Los Pacers volvieron a reagruparse, pero el moméntum había cambiado de manos. Pippen logró un tiro en suspensión que devolvía el liderato a los defensores del título, además de una entrada a canasta con suspense.   

Al sonar la bocina, Chicago ganó a los puntos (88-83), si bien el KO que muchos predecían jamás se produjo.
 

Enjoy yourself, dog

Fue un instante rescatado recientemente por Netflix. Ya sin algarabía y el sonido de los aros al impactar el balón. Cercanos a los aparcamientos, Michael Jordan saludó a su viejo camarada. No había sido, a nivel estadístico, un buen choque para el mejor jugador de siempre. Sin embargo, su esfuerzo sería rememorado como uno de sus momentos más homéricos. Cuando no llegaban los lanzamientos, Jordan se concienció en perseguir a Miller y penetrar a canasta cada oportunidad, sacando faltas y obteniendo las entradas más sufridas en mucho tiempo.

Ganador obsesivo compulsivo, gritó en los tiempos muertos que no se les iba a escapar aquel choque. También aquel día, Bird fue fiel a la palabra dada a Donnie Walsh. No iba a ser un técnico de aspavientos y guiños a la galería. Siempre atento, parco en palabras y sensato en sus movimientos. Quizás en aquel momento, su amigo Michael Jordan demostró que era el mejor negacionista de la derrota que el baloncesto podía tener.

Bird, de vuelta de todo y con más trucos de baloncesto en su cabeza que los que podría proporcionar el más sofisticado curso, tendría un verano para seguir madurando y disfrutar del golf. Aunque nunca leería a Kipling, el “paleto” de Indiana sabía saludar a triunfos y derrotas como los impostores que eran ambos.

Al tercer año, fiel a la palabra dada, llevó a los Pacers al hito que todavía se mantiene en la franquicia: finalistas de la NBA. Y justo ese mes de junio se retiró, cumpliendo lo prometido, quizás consciente, ya como primer inquilino de la banca del Conseco Fieldhouse, que un hombre debe abandonar la fiesta cuando todavía está en su apogeo.

 

BIBLIOGRAFÍA:

ESCUDERO, J. F., Larry Bird: Una mente privilegiada, Ediciones JC, Madrid, 2014. 

HALBERSTAM, D., Air: La historia de Michael Jordan, Duomo ediciones, Barcelona, 2020.

JACKSON, P. y DELEHANTY, H., Once anillos, Roca Editorial, Barcelona, 2013.

TOBÍAS, M. J., Michael Jordan: El rey del juego, Ediciones JC, Madrid, 2010.

TOLLIN, Michael (Productor). (2020). The Last Dance [serie de televisión]. EU: Netflix.

             

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Comentarios

Muchísimas gracias por tus generosas palabras. Es una época de la NBA que se merece todo el cariño. Encantado de que te hayas tomado la molestia de leerlo y haya sido de tu agrado. Un saludo.