BIOGRAFÍAS IMPOSIBLES. I: .EL CAVALLO PAZZO DE CANTÚ.

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Imagínense que el Estudiantes no hubiera renovado a David Russell tras su primera temporada en el Ramiro, y que los aficionados estudiantiles, en protesta por semejante afrenta, se dedicasen a animar, en la temporada siguiente, al Real Madrid.

Nadie puede concebir un hecho tan estrambótico, un desatino de ese género, sin otra explicación que la fascinación que un jugador pudiera despertar entre su afición.

La historia del protagonista de este relato está plagada de altos y bajos, solo puede comprenderse desde el exceso, en un ámbito axiológico donde lo ortodoxo no cuenta y lo correcto es lo estroso, un mundo propio que solo podía encontrar carta de naturaleza en un tiempo en que el basket, más que show business, era indómita pasión.

A finales de los 60, en el basket, en medio de una intensamente progresiva dominación de los atletas de raza negra, surgió un movimiento rebelde, una suerte de contra de índole estética, integrada por unos magos del balón que veían el aro más grande que el resto de los mortales, una especie de retén sureño de escoltas blancos de gran capacidad anotadora.

De ese linaje perdido, Pete Pistol Maravich era el patriarca y dos fueron sus más conspicuos profetas; uno de ellos, el suave y frágil John Roche, un escolta anotador de la universidad de South Carolina, que con apenas 19 años ya había sido portada de Sports Illustrated.

Su carrera en ABA y NBA nunca estuvo a la altura de sus credenciales colegiales y acabó dando con sus huesos en la roja Bologna, donde todavía es recordado por los tiffosi de la uvenere, a pesar de que no consiguiera gran cosa en su único año en la pallacanestro.

El otro era un hombre que provenía del estado de Tennessee, de Memphis, donde había roto todos los records durante su estancia en la High School, desatando una tenaz batalla por su reclutaje entre las universidades de Tennessee y Memphis State, pero que finalmente se decidió por la universidad sureña por excelencia, la Ole Miss de Oxford. El equipo de la universidad de Mississippi tiene el nickname de Rebels, algo que encaja como guante de seda en su personalidad.

En 1970, la liga universitaria quedaba huérfana de quien había sido su máximo anotador los tres años anteriores, el mítico Pete Maravich, pero los aficionados apenas tuvieron tiempo de echarle en falta, pues otro níveo arcángel iba a tomar la SEC por asalto a golpe de canasta.

Fue un período corto pero intenso, de apenas dos meses en los que el sophomore Johnny Neumann ametralló los aros rivales, dejando boquiabierta a media nación, que veía en él al relevista que habría de mantener viva la llama de la dominación blanca en el basket colegial, el último bastión supremacista del deporte de la canasta, una vez que la NBA empezaba a ser ya cosa de los chicos de color.

Todo empezó el 2 de diciembre de 1970, Mississippi se enfrentaba a Vanderbilt, y Johnny cogió su fusil para anotar 53 puntos. En el siguiente partido, dos días mas tarde, son 51 los que le caen a Arkansas A& M, y apenas dos semanas después, se va a los 57 contra Southern Mississippi.

El año 1970 se extingue con una nueva exhibición pirotécnica del chico maravilla, el 29 de diciembre anota 60 puntos ante Baylor, dulce preludio de su jornada de gloria más alta.

Johnny no puede parar, y como no, la gesta se produce ante LSU, un 30 de enero de 1971. Press Maravich observa desde el banquillo como un endiablado émulo de su hijo les endosa 63 puntos, la máxima marca alcanzada por el muchacho de Memphis.

Neumann prácticamente solo estuvo un año en NCAA, pero su nombre figura para siempre con letras de oro en la historia de la competición universitaria, liderando la tabla de anotadores con 40.1 puntos por partido, un poco por debajo de los 43.8, 44.2 y 44.5 que anotara el Pistola los tres años anteriores, pero en todo caso una marca estratosférica, que no ha sido superada desde entonces.

Su clase era tan inmensa que, como efluvio indeseable, iba acompañada de esencias de arrogancia. En los tiempos muertos, ya desde sus tiempos en el instituto, el chaval no hacía corrillo con sus compañeros, colocándose a cierta distancia, como para dejar claro que las órdenes y estrategias del equipo técnico poco tenían que ver con su genio inmarcesible.

A pesar de estas pequeñas muestras de inmadurez, nadie discutía su jerarquía como jugador, el propio Adolph Rupp, el legendario Barón de Kentucky, espectador de privilegio de sus hazañas desde el banquillo rival, dijo de él que como sophomore tenía más clase que Maravich como senior.

Un chico blanco, con carisma, talento y descaro era un reclamo irrenunciable para la American Basketball Asociation, la mítica ABA de los balones tricolores y las gradas semivacías, de las cheerleaders procaces y los rosters sinuosos, plagados de lunáticos dispuestos a reventar a su propia madre por un puñado de dólares, preferentemente americanos.

A nadie debe extrañar que aquella insólita Liga tendiera sus redes sobre el entorno de Neumann, quien, para asumir los gastos médicos que devenga la enfermedad coronaria de su padre, se acoge a la hardship clause para inscribirse en el draft, donde los ejecutivos de la Liga le han diseñado un debut sureño, como debe ser, en la escuadra de Memphis, con apellido Pros.

A sus 19 años, Neumann, un adolescente con un caso de acné espectacular, regresa a la ciudad donde dio sus primeros pasos y es leyenda, con un contrato simpar, 2 millones por cinco años, el mismo que conseguiría Julius Erving dos años después, tras ser traspasado de los Virginia Squires a los New York Nets.

De este tamaño eran las locuras de la ABA: dar igual tratamiento a un rookie de 19 años, con todo por demostrar, que a su máxima estrella.

El éxito le llega bien pronto, cuando aún no sabe lo que es el sacrificio; sus dones naturales para el juego del baloncesto, su planta, escoltas de 1,99 no eran tan habituales, su facilidad para el tiro y su extraordinaria visión de la cancha, le han proporcionado un estatus privilegiado por el que no ha tenido que pelear demasiado.

Como tantos otros, esa condición de muchacho precoz, bendecido por la fortuna, acabó trocando en estigma, y su estrella fugaz se perdió por el boulevard de los sueños rotos.

Durante sus cinco años en la ABA Neumann tuvo grandes entrenadores, fuertes personalidades con las que no tardó en chocar, como Babe Magnolia Mouth Mcarthy, Bobby Slick Leonard, Joe Mullaney o el mismísimo Hubie Brown; todos ellos destacan su extraordinario talento, algunos señalan que incluso superior al de Pete Maravich, a la vez que reprochan su escasa disposición al trabajo duro y el espíritu de equipo.

Su naturaleza rebelde se manifiesta perfectamente en una anécdota durante su segunda temporada en Memphis. El entrenador Bob Bass, harto de su falta de aplicación defensiva y su egoísmo en ataque, decide sentarlo en el banquillo por dos noches. En su regreso, en los dos primeros partidos, con claras órdenes de buscar el pase antes que la solución individual, Johnny olvidó su fusil y repartió 12 y 14 asistencias, en sendas victorias de su equipo. Luego todo volvió a ser como antes.

Dice esto mucho de sus condiciones naturales para el juego, siendo un anotador excelso, con un tiro preciso que puede sacar incluso bajo presión, su capacidad de pase era igualmente singular, aunque nunca hiciera uso de ella, más allá de los entrenamientos, donde dejaba anonadados a sus compañeros.

Neumann, con dinero fresquito, entra en la espiral consumista, acumulando vehículos de lujo: Ferraris, Harleys e incluso un Pantera, el mismo modelo que condujera Elvis Pressley, de hecho en una de sus famosas citas de autobombo, Johnny llegó a declarar que era lo mejor que había surgido de Memphis desde El Rey del Rock.

La petulancia no era buen negocio en una liga trufada de blue collar men, tipos sin excesivo talento, pero que se dejaban la piel en el parquet  por magros estipendios. En la cancha, sus pares se motivan especialmente en frustrar y provocar al que consideran niñato, lo que tampoco ayuda a su carrera.

De hecho, tras dos años decentes, con 18 y 19 puntos de media por partido, un Neumann desmotivado y apático, que sube hasta las 240 libras, lejos de las 190 ideales, empieza a ser carne de trade, pues nadie en sus cabales piensa en confiar la responsabilidad de su equipo a un tipo incapaz de asumir las cargas inherentes a su clase.

Tras dos años en Memphis, Utah, Virginia, Indiana, Kentucky y otra vez Virginia serían sus destinos, a más de un equipo por temporada.

Los gastos suben, los divorcios empiezan a llegar, y pronto tiene que comenzar a malbaratar su escudería para adquirir liquidez. Dave Twardzik, el intenso base que años más tarde lideraría la Blazermanía, compañero de Neumann en los Squires, se hizo por apenas unos pocos dólares con una Harley, que poco después revendió con una buena ganancia, tras hacerle unos arreglos. Tan cerca tan lejos.

Incluso, en el vestuario, Johnny ofrecía su Ferrari nuevecito – valorado en más de 100.000 dólares- por la miseria de 19.000, pero ni aun así sus humildes compañeros podían soñar con afrontar semejante ganga.

En 1976, con su carrera rumbo al estrepitoso fracaso, se produce el llamado merger– en realidad una fusión por absorción- de la NBA y la ABA, y Neumann pasa sus dos últimos años como profesional en los Braves, los Lakers y los Pacers, último destino en los pross, pues poco tarda en agotar la paciencia de compañeros, técnicos y aficionados.

A muchas millas de distancia, en el verano de 1978, en la recoleta villa de Cantú, también conocida como Cantucky, al norte del norte de Italia, el presidente Aldo Allievi y su entrenador Arnaldo Taurisano, buscan un americano que levante expectación, que ilusione, que conduzca a la Gabetti a su tercer scudetto, alguien que reemplace a Bob Burgess y Bob Lienhard en el santoral local.

El equipo canturino cuenta en sus filas con jugadores nacionales de tronío, como el base Pier Luigi Marzorati, el escolta Charly Recalcati o el ala pivot Fabrizio Della Fiori, que les permiten luchar por lo máximo en Italia y recolectar títulos a nivel europeo. Incluso un jovencísimo Antonello Riva, la perla del vivaio, aparecerá por primera vez en el banquillo durante esa temporada.

El fichaje de Renzo Bariviera, capitán de la nazionale en los recientes mundiales de Manila, dispara las ambiciones de Allievi, que anuncia que la plantilla es la mejor que nunca Cantú tuvo.

A mitad de octubre, tras no encontrar un center de garantías en el mercado, llega David Batton, un ala pivot blanco de Notre Dame- precursor del inmediato Bruce Flowers– jugador trabajador, con muy buena mano a cuatro metros, pero algo blandito, sus apenas 2,04 poca cosa ante las torres que pueblan las plantillas de la pallacanestro.

Fue un año terrible en la pequeña villa lombarda, que aun así se rescató con un título europeo, pero que puso en riesgo el hasta entonces indeleble ligamen entre la sociedad canturina y su equipo del alma.

La Gabetti comienza mal el campeonato nacional, con tres derrotas, sufriendo el cansancio de sus internacionales, incluso Marzorati deberá guardar reposo durante una semana por prescripción facultativa. Las lesiones de Della Fiori y Batton empeoran el panorama, al punto que a mitad de temporada no es segura su presencia en playoffs, un fiasco que sería inolvidable.

En Italia, Neumann se presenta en baja forma física, lo que no impide que ya en la segunda jornada se vaya a los 42 puntos ante la Antonini Siena, Sin embargo este Neumann limita sus excesos individuales, tratando de acoplarse a un entorno extraño. Y eso hace que, inopinadamente, sea por sus increíbles asistencias por lo que es recordado por la mayoría de aficionados.

La estadística, siempre cicatera en este concreto apartado por tierras europeas, nos habla de casi 4 asistencias por partido, prácticamente doblando a sus más inmediatos perseguidores, los bases Charly Caglieris (Synudine Bologna), Pier Luigi Marzorati y Roberto Brunamonti (Arrigoni Rieti)

Pero las cifras apenas pueden encarnar emociones y sus compañeros quedan impresionados por la sobrenatural cualidad de Neumann para descifrar la geografía del parquet, para encontrar ese pase imposible que ponga fácil al compañero la culminación de este juego: la canasta. El Pianella registra lleno tras lleno para ver al excéntrico rubio de las manos de oro.

Aún así, el mercurial temperamento del americano gravita sobre la temporada del club de vía Malchi, y desde el principio se habla de un enfrentamiento soterrado entre la facción italiana y Neumann, siendo lo cierto que en los partidos en que el escolta americano es baja por lesión- como ante la Xerox Milano – el equipo canturino realiza sus encuentros más destacables. Se llega a acusar al igneniere de tener celos del americano y bajar su rendimiento cuando ambos coinciden en pista.

Conforme avanza la temporada, la Gabetti se va recuperando, y en una liga regular igualadísima, un sprint final la coloca en tercera posición, a dos partidos de la Emerson Varese, que acaba líder.

En Europa, tras batir al Barça en semifinales de la Recopa, remotando en el Pianella los cinco puntos de ventaja que llevaban los catalanes, Recalcati levanta el trofeo ante el Den Bosch de Wes Akerboom, en un partido en el que destaca Neumann, con 22 puntos, que es elegido MVP de la final.

Comienzan los playoffs y Cantú cae contra pronóstico en octavos de final ante la emergente Arrigoni , con una actuación sensacional de su joven alero Domenico Zampolini, que anota 34 puntos en la victoria en Cantú, y 36 en el segundo partido, que se decide en el tiempo suplementario por 111 a 109.

Termina la temporada con este moderado batacazo, quinta posición final, y comienza un mes alienante, que levantará ampollas en las estructuras tradicionales del club canturino.

Todo empezó con la aparición de pintadas en la sede social, apoyando la continuidad del discutido americano. “Neumann non si tocca” rezaba alguna de ellas.

El presidente, temeroso de contrariar a la afición, parece apoyar esa iniciativa, centrando sus criticas en la dirección técnica del equipo, lo que provoca la dimisión de Arnaldo Taurisano, el mítico Tau, que pone fin a 15 temporadas de éxitos del club, primero en categorías inferiores y luego al frente del primera plantilla, donde gana un scudetto (1975) junto a dos Recopas y dos Copas Korac, amén de una Copa Intercontinental.

En el ínterin, Ciccio Della Fiori, una de las estrellas del equipo, realiza unas declaraciones explosivas contra el entrenador, lo que le vale la salida inmediata del club, e incluso el capitán Charlie Recalcati, ya con 33 años, recibe la noticia de su baja, y empaca sus maletas rumbo a Parma.

En apenas 40 días, la estructura básica del equipo se desmonta y Neumann, indirectamente, es responsable de ello, reo de seducir a una afición poco acostumbrada a degustar jugadores de su calidad y fantasía.

Finalmente Johnny tampoco se queda en Cantú, y sigue su carrera en Alemania. Y es aquí donde aparece la leyenda a la que aludíamos al inicio, varios aficionados, como medida de protesta, no renuevan su abono y durante el año siguiente se desplazan a Milán para animar a la Billy, el eterno enemigo. No se sabe en realidad cuantos fueron y como ocurrió este hecho, ni siquiera si llegó a materializarse, pero en Italia siempre que se habla de Neumann, se trae a colación esta preciosa anécdota.

Neumann tiene apenas 28 años cuando llega a Alemania donde, de todos los giros posibles, su vida toma el más abracadabrante. Sí, el hombre que susurraba a los entrenadores, el que los volvía locos, veneno para el banquillo, decide hacerse entrenador, ¡¡¡Oh my, oh my!!!

En su nueva carrera da la vuelta al mundo, tras Alemania, viaja a Bélgica, Grecia, Chipre, Kuwait, Líbano, Saudí Arabia, China y Japón , lugares que disfrutan de su experiencia, con una ocasional vuelta a los USA, donde fue uno de los más reputados entrenadores de la CBA, junto a George Karl, a inicios de los 80.

Como técnico, Johnny bebe de las fuentes de Hubie Brown, y es un tipo flexible pero exigente con sus jugadores, les da confianza, pero a cambio pide compromiso, algo paradójico a primera vista pero ¿Quién mejor que él, que como jugador nunca asumió responsabilidad alguna, para detectar y corregir los posibles comportamientos asociales en una plantilla?

Aunque no fuera por otra cosa, los aficionados siempre le tendríamos que agradecer el descubrimiento de un pequeño gran jugador durante su estancia en Chipre, se trata del astronauta Darrell Armstrong, quien tras un año sensacional en la isla mediterránea bajo sus órdenes, se trasladó a Orense, para maravillar en la ACB, como puente de plata a una carrera más que digna en la NBA.

Y así acaba la historia de un hombre al que llamaban caballo loco y jugó en Cantucky, ¿Por que será que siempre que pienso en caballos viene a mi mente la imagen de un Dix Handley herido de muerte, regresando a las verdes praderas, para abandonar este mundo desde la tierra de la que nunca debió salir?
 

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