Si el “Hall of Fame” de Springfield se pareciera más al palacio mnemotécnico de “Soldado de la Niebla”, seguro que habría una enorme sala dedicada a todos los jugadores que lograron convertirse en titulares de equipos que no los querían. Podríamos llamarla “Sala George DeWitt Lynch III”, por ejemplo, y a la entrada te recibiría Johnny Newman con la camiseta de Glenn Robinson..
Quienes recuerden el famoso tiempo muerto de Chris Webber en la final del torneo de la NCAA quizás no se hayan olvidado de George Lynch, un alero todoterreno que ejercía de pegamento entre los tiros exteriores de Donald Williams y el poderío interior de Eric Montross en los North Carolina Tar Heels que conquistaron el campeonato de 1993. Lynch era un alero de dos metros más fuerte que atlético, buen reboteador y anotador de complemento en un equipo ganador, pero su perfil no parecía encajar del todo con una carrera exitosa en la NBA como sí sucedía con su compañero Montross (ejem). A pesar del campeonato universitario, sus perspectivas para el inminente draft de 1993 no parecían muy halagüeñas. Enter the Dean. Uno no llega hasta donde llegó Dean Smith sin una tupida red de informadores y colaboradores. Con George Lynch en peligro de quedar fuera de primera ronda y quizás del draft, el entrenador de UNC llamó a uno de sus antiguos alumnos, Mitch Kupchack, a la sazón Mánager General de los Lakers, para que le hicieran un entrenamiento privado. Aunque los Lakers no tenían interés en Lynch, con suerte la noticia de que la franquicia de Los Ángeles le había hecho una prueba serviría para despertar la curiosidad de otros equipos. El plan funcionó mucho mejor de lo esperado, y después de la prueba los Lakers decidieron escoger a George Lynch con el número 12 del draft.
Ahí empezó una carrera profesional que duró doce temporadas, durante las cuales consiguió ser titular en más de la mitad de sus partidos. Ya empezó dando señales de vida cuando aprovechó la decadencia de James Worthy para desplazar a Doug Christie del puesto de “tres” titular de los Lakers, y luego continuó en unos Sixers donde adelantó a Aaron McKie y Larry Hughes para ocupar el puesto de alero. Pero en el equipo en el que Lynch mostró en toda su extensión su capacidad para retornar una y otra vez al quinteto titular fueron los Charlotte Hornets. En principio se diría que una plantilla con Jamal Mashburn y P.J. Brown tenía asegurados los puestos de alero, pero nada estaba fuera del alcance de George Lynch: durante cuatro temporadas aprovechó los problemas físicos de Mashburn y Baron Davis para hacerse un hueco, y los Hornets tuvieron que aceptar la realidad de que no importaba a quién ficharan o qué eligieran en el draft, al final terminarían con Lynch de alero titular.
Algo parecido le sucedió a Mark West, el musculoso pívot de los Suns. A pesar de sus rebotes y tapones, y de grandes defensas sobre Jabbar y otros rivales de calidad, durante casi toda su carrera se le consideró un buen especialista fuera de sitio como titular. Después de todo, por el perímetro de Phoenix pasaron estrellas como Kevin Johnson, Jeff Hornacek o Dan Majerle, mientras que como aleros tuvieron a Tom Chambers, Eddie Johnson o Charles Barkley; así que el problema tenía que estar en el puesto de cinco. Durante sus siete temporadas en la franquicia Mark West vio llegar a toda clase de hombres altos interesados en arrebatarle sus minutos de juego: unos eran elecciones de primera ronda del draft como Armon Gilliam, Tim Perry u Oliver Miller, otros eran voluminosos cincos con el tamaño que a él le faltaba, como Andrew Lang, Joe Kleine o Tim Kempton, y finalmente también hubo unos cuantos obreros como él, gente como Kurt Rambis o Ed Nealy que amenazaban con convertir en redundante su aportación. West los sobrevivió a todos a golpe de rebote y taponazo, y llegó a jugar una final de la NBA en 1993 como orgulloso miembro del quinteto titular.
Pero quizás el miembro más famoso de esta pequeña hermandad de supervivientes fue John Paxson, que consiguió desafiar al destino para colaborar en tres campeonatos después de toda una carrera al borde del precipicio. Paxson, una primera ronda del draft de 1983 procedente de Notre Dame, se encontraba sin equipo en 1985 como resultado de la superpoblación del perímetro de los Spurs cuando se puso en contacto con él Jerry Krause, flamante nuevo vicepresidente de los Chicago Bulls. Le hicieron a una primera oferta, pero antes de que Paxson respondiera se anunció el fichaje de Kyle Macy por los Bulls. Macy era un jugador de corte muy parecido, base blanco de apariencia frágil especializado en el tiro exterior, así que John Paxson dio por hecho que pronto recibiría una llamada de Chicago informándole de que ya no estaban interesados en él. Para su sorpresa, Jerry Krause no sólo se puso en contacto para confirmar el interés de los Bulls sino que incluso mejoró la oferta inicial, garantizándole el último año de contrato. Según Krause, Macy era un parche momentáneo, pero en Paxson estaban interesados a más largo plazo. Y efectivamente Kyle Macy fue titular durante toda la temporada, pero al terminar fue traspasado a los Indiana Pacers mientras que John Paxson permanecía en el equipo.
En el equipo, pero de suplente. La situación de John Paxson se parecía un poco a la de Dave Corzine, “cinco” titular de los Bulls por consenso. A pesar de su tamaño, Corzine era un jugador que no ocupaba mucho espacio en la zona ni intimidaba a los rivales, y cuya mayor virtud era un buen tiro de media distancia. Los aficionados no olvidaban que había llegado a cambio de un mito como Artis Gilmore ni tampoco que era el jugador mejor pagado de la plantilla, y en sus primeros años lo abuchearon sin misericordia. Mientras, la gerencia hacía desfilar todo un carrusel de experimentos al pívot como Steve Johnson, Jawann Oldham, Caldwell Jones, Mike Brown e incluso Granville Waiters, con resultados poco brillantes. Hasta volvieron a traer a un envejecido Gilmore en su última temporada en la NBA, sólo para tener que recurrir una vez más al voluntarioso Corzine. Con el tiempo (más el bálsamo de las victorias generadas por Michael Jordan), los aficionados empezaron a cogerle cariño a ese pívot trabajador y esforzado, que no tenía la culpa de no ser más de lo que era.
Por lo menos Dave Corzine cobraba un buen sueldo y era objeto de polémica, porque John Paxson se limitaba a juntar polvo en el banquillo. Incluso después de la marcha de Kyle Macy, la lista de bases de calidad que pasaron por los Bulls era inacabable: el exótico Steve Colter, que según Krause no supo plantar cara a Jordan; Sedale Threatt, un prodigio físico y jugador de mucha calidad pero demasiado amante de la fiesta; Rory Sparrow, titular muchos años con los Knicks; Sam Vincent, que venía de sustituir al lesionado Danny Ainge en los Celtics. “Que nadie me considere un genio,” dijo muchos años después Krause. “Durante años estuve intentando reemplazarlo, pero no pude”. Incluso cuando el entrenador Doug Collins decidió dejar de jugar con un base director y poner a un tirador exterior acompañando a Jordan, el elegido fue Craig Hodges.
Tuvo que llegar Phil Jackson para que John Paxson se estableciera definitivamente como titular. Jackson apreciaba su tiro exterior, su contribución a la circulación y el pase, su capacidad para jugar sin balón. Era el jugador perfecto para intercalar entre dos estrellas ofensivas como Jordan y Pippen, que gustaban de tener el balón en sus manos y tomar decisiones. Incluso apreciaba su empeño por aguantar delante de su defendido, admirable gesto de disciplina táctica en un base blanquito y enclenque como Paxson.
Esa tranquilidad no podía durar. Apenas un par de años después empezaron los rumores de supuestas presiones sobre Phil Jackson para que reemplazara a Paxson por B.J. Armstrong, un base más joven y más atlético elegido por los Bulls en primera ronda del draft. Paxson aguantó en la titularidad gracias al apoyo de Jordan y Pippen, que se sentían más cómodos con él que con un Armstrong al que le gustaba digamos demasiado jugársela en 1×1, pero no era ningún secreto que sus días en Chicago estaban llegando a su fin. John Paxson terminaba contrato en 1991, y los Bulls no se habían puesto en contacto con él para tratar una posible renovación. Se decía que Jerry Krause había descubierto a un croata que iba a ser el nuevo “Magic” Johnson, y no tenía interés en prolongar la estancia de un base del montón superado una y otra vez por Isiah Thomas.
El quinto y último partido de la final de 1991 fue su salvación. Los emperadores romanos, los árboles y los campeones de la NBA sólo saben morir de pie, y los Lakers plantaron cara a un rival superior a pesar de las lesiones que diezmaban su plantilla. Según el libro “The Jordan Rules”, Phil Jackson pidió entonces un tiempo muerto para amonestar a su estrella: “Who’s open?” “Pax”, habría sido la respuesta de Jordan. Aunque el visionado del partido provoca algunas dudas sobre la existencia de ese tiempo muerto, lo cierto es que John Paxson anotó 10 puntos sin fallo en los últimos cuatro minutos del partido, que terminó con victoria de los Bulls por 108-101. En total se fue a los 20 puntos con 9 canastas de 12 intentos, y según Sam Smith su compañero Will Perdue celebraba en el banquillo cada una de sus canastas imitando el sonido de una caja registradora: “¡Ker-ching! ¡Cien mil dólares más!”
Pocas semanas después, John Paxson firmó una renovación por tres temporadas más una opción por la cuarta, por las que terminó cobrando unos cuatro millones de dólares en total. “No me puedo creer que te vaya a pagar este dinero”, dijo Jerry Reinsdorf.