Cuando el Olimpo del baloncesto estuvo en Indiana

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En 1992 once de los mejores hombres del baloncesto de EEUU fueron acusados de un crimen que no habían cometido (concretamente, elegir a Laettner por delante de O’Neal). Ésta es la historia de un equipo distinto, una especie de “dream team” a la inversa: los Indianapolis Olympians de 1949. Una comuna libertaria creada en pleno corazón del capitalismo deportivo.

En 1949 la NBA no estaba en disposición de usar a la selección para proyectarse al extranjero, más bien al contrario. Los grandes equipos universitarios jugaban en magníficos pabellones atestados de aficionados entusiastas, mientras los jugadores profesionales hozaban en lúgubres gimnasios de instituto delante de un puñado de incondicionales. No es sorprendente que el baloncesto profesional intentara por todos los medios asociarse al prestigio de la competición colegial, sobre todo a los Kentucky Wildcats entrenados por Adoph Rupp, “the Baron of the Bluegrass”.

Desde 1946 a 1949, el equipo conocido como los “Fab Five” dominó a placer el baloncesto universitario, que era el más importante por nivel deportivo y repercusión en los espectadores. No sólo se convirtieron en habituales de las finales del torneo de la NCAA y el NIT, sino que además lo hicieron con un juego rápido y vistoso, mucho más espectacular que el estilo lento y laborioso que predominaba en la época. Liderados por el diminuto base “Rapid” Ralph Beard y el pívot Alex Groza, los “Fab Five” se convirtieron en auténticas estrellas sobre todo después de conquistar el oro olímpico en Londres’48. Aunque perdieron la final del torneo preolímpico frente a Bob Kurland y los Phillips 66ers de la AAU, su quinteto titular en pleno fue escogido para formar parte de la selección estadounidense (más otros tres jugadores del equipo, a los que la universidad invitó a acudir a Londres como posibles recambios). Pocos recordaban el fugaz experimento de 1936, así que ese oro olímpico era para los aficionados el triunfo en la primera competición internacional de baloncesto.

El bloque de los “Fab Five” (Beard, Groza, Wally “Wah Wah” Jones y Cliff Barker) se graduó el verano de 1949, y como cabe imaginar recibieron toda clase de ofertas procedentes tanto de la AAU como del baloncesto profesional. Sin embargo, los cuatro jugadores decidieron seguir juntos como equipo independiente con la ayuda “Babe” Kimbrough, un periodista interesado en convertirse en promotor deportivo. Recuperaron al “quinto beatle” Joe B. Hall, que había abandonado la universidad un año antes, y empezaron a realizar giras por Kentucky, Indiana y Teenneessee con gran éxito. Fue entonces cuando se puso en contacto con ellos Leo Ferris, el vicepresidente de la NBL. Dicha liga profesional se encontraba en una situación desesperada, ya que sus mejores equipos se habían pasado a una liga rival llamada BAA (antecesora directa de la NBA) y las negociaciones para una fusión entre ambas competiciones estaban en punto muerto. Si la NBL no conseguía apuntarse un éxito de manera inmediata, lo más probable es que dejara de existir en un plazo de semanas.

Leo Ferris le ofreció a “los chicos de Kentucky” entrar en bloque en la NBL, ignorando drafts y zarandajas varias, para incorporarse a una franquicia creada para ellos en el lugar que prefirieran. Dicha franquicia sería propiedad de los jugadores, a quienes se facilitaría capital para iniciar las operaciones, y estaría situada en una ciudad a elegir entre tres candidatas que amablemente les sugerían. Los jugadores aceptaron, y eligieron como sede Indianapolis. A pesar de que el mismísimo presidente de la NBL poseía ya una franquicia en el estado de Indiana (los Anderson Duffy Packers), la propia liga les facilitó junto con la ciudad un préstamo de $30.000 para poner en marcha la nueva franquicia. “Babe” Kimbrough fue elegido presidente, Groza, Beard y Barker vicepresidentes, Holland tesorero y Jones secretario. Autogestión en estado puro. Alquilaron el Butler Field House por $800 cada partido, diseñaron unos vistosos uniformes en rojo, azul y blanco y se hicieron llamar los Indianapolis Olympians.

Un mes más tarde, la BAA y la NBL se fusionaron para formar la NBA. Es difícil saber con exactitud el papel que jugó el fichaje de los Olympians por la NBL, pero lo que es innegable es que se convirtieron en la mayor atracción de la nueva liga. No sólo llenaban su pabellón cada partido sino que también llenaban los de los rivales cuando acudían a jugar. El estadio Butler Fieldhouse era uno de los mejores de la competición, ya que su gran capacidad les permitió batir todos los récords de asistencia mientras los jugadores agradecían la tarima flotante que les permitía elevarse sin dejarse las rodillas en cada salto. Nada que ver con los horribles parqués desmontables o los lúgubres gimnasios militares de otros equipos. Apodados “the Runnin’ Rookies” en la NBA, los Indianapolis Olympians resultaron ser un negocio boyante, y pudieron devolver el préstamo en un solo año y aún así presentar una saneada cuenta de beneficios. En la pista, Alex Groza quedó segundo en la lista de máximos anotadores por detrás de George Mikan, y fue elegido “novato del año”. El equipo terminó en primer lugar de su División, aunque en playoffs fueron eliminados por sus vecinos los Anderson Packers después de una durísima serie en la que a “Wah Wah” Jones le tuvieron que poner siete puntos de sutura después del puñetazo de un rival. Al año siguiente acusaron la lesión de Jones y bajaron un poco sus prestaciones, aunque Groza y Beard siguieron a gran nivel y fueron elegidos para el primer All Star de la NBA.

Incluso entraron en la historia de la NBA al jugar el partido más largo, seis prórrogas contra los Rochester Royals el 6 de Enero de 1951. Aunque se suele citar el partido Pistons – Lakers que terminó con el marcador 19-18 como una de las causas de la introducción del reloj de posesión, quizás fue mayor el efecto del partido de los Olympians, cuando el equipo que ganaba el salto al comienzo de cada prórroga retuvo el balón para hacer un único tiro en los últimos segundos (así anotó Ralph Beard la canasta que les dio la victoria por un escuálido 75-73). La NBA recoge en su archivo que a pesar de las seis prórrogas, al día siguiente tenían otro partido y los cinco titulares de los Olympians jugaron íntegramente los 48 minutos; lo que no menciona es que esos cinco titulares eran los únicos jugadores disponibles. Conforme se amontonaban prórrogas en Rochester, los visitantes se dieron cuenta de que a la hora que iban a terminar era imposible que enlazaran con el tren de Chicago que les tenía que llevar al siguiente encuentro, así que cinco jugadores abandonaron el partido antes de que terminara para evitar así ser sancionados por incomparecencia.

Después de pasar un par de años divirtiéndose y ganando dinero, los Olympians decidieron que había llegado el momento de tomárselo en serio. La responsabilidades técnicas se las habían repartido jugadores como Jones y Barker, y la mayoría de sus fichajes habían sido viejos conocidos procedentes de las diferentes universidades de Kentucky, pero con Beard y Groza establecidos como auténticas estrellas de la NBA podían aspirar al campeonato. Contrataron como entrenador a Herm Schaefer, un héroe local que había conocido el triunfo en NCAA (con los Hoosiers en 1940) y en la NBA, donde fue el base titular de los Lakers de George Mikan. Completaron la plantilla fichajes destacados como Bill Tosheff o “Big” Joe Graboski, y en pretemporada derrotaron a los Rochester Royals, vigentes campeones de la NBA, en los cinco partidos en los que se enfrentaron. Los Indianápolis Olympians afrontaban la temporada 1951-52 con toda la confianza del mundo, sin saber que ya no les quedaba futuro.

En Enero de 1951, mientras los Olympians establecían el récord de las seis prórrogas y poco antes del primer allstar de la NBA, un joven deportista del Manhattan College se dirigió a las autoridades para denunciar que había sido objeto de un intento de soborno para amañar el resultado de un partido. Durante la investigación que siguió, docenas de jugadores procedentes de las universidades más prestigiosas del país resultaron implicados. Sherman White, considerado el mejor jugador universitario neoyorquino de la historia, fue sancionado de por vida; entrenadores del nivel de Nat Holman y Clair Bee quedaron manchados por la sombra de la sospecha; las universidades de New York, Long Island y City Collage nunca se recuperaron. Fueron “los Escándalos del 51”, que estuvieron a punto de destruir el baloncesto.

La rivalidad secular entre el baloncesto neoyorquino y el practicado en el medio-oeste hizo que muchos aprovecharan la ocasión para hacer leña del árbol caído, como un Adolph Rupp que acusaba a la prensa deportiva de incitar al crimen publicando datos de apuestas y que describió a New York como la “Gomorra” del deporte (al menos el dios del Antiguo Testamento parecía tener claras las prioridades según Rupp: destruyó una ciudad por practicar la sodomía y a otra por amañar partidos de baloncesto). Los gángsters que componían la mafia de las apuestas ilegales, afirmó el entrenador de Kentucky, “no podrían tocar a mis chicos ni con un palo de tres metros”. Adolph Rupp tendría ocasión de arrepentirse de esa frase el 19 de Octubre de 1951, después de entrenar a un equipo de “College All Stars” que se enfrentó en un partido amistoso a los campeones de la NBA, los Rochester Royals. Un detective de la policía entró en el vestuario y le informó directamente: “Tenemos a sus chicos, entrenador”. Dicen que Adolph Rupp se quedó pálido como si hubiera recibido un golpe en el estómago.

Varios de los Indianapolis Olympians habían acudido a ver el partido dirigido por su antiguo entrenador, y a la salida fueron arrestados por la policía delante mismo de la prensa. Los detectives interrogaron también a Barker y Hall, pero pronto se hizo evidente que su interés se centraba en sus compañeros. Los investigadores hicieron particular hincapié en el torneo del NIT de 1949, al que los Wildcats llegaron con un balance de 29-1 y fueron eliminados por Loyola de Chicago en lo que se consideró una de las mayores sorpresas de la historia. Ahora se sospechaba que había sido un intento de reducir artificialmente el margen de victoria que se les había ido de las manos. Groza, considerado el “cerebro” de la operación, se enrocó con firmeza convencido de que la fiscalía carecía de pruebas, pero Beard terminó derrumbándose y admitiendo haber cobrado dinero por recortar puntos (o “point shaving”). Groza no tuvo más alternativa que confesar, y aunque afirmaban no haber llegado a perder deliberadamente y no haber manipulado marcadores en la NBA, el presidente Maurice Podoloff decidió sancionarlos a perpetuidad. La joven liga no podía permitirse verse salpicada por los escándalos universitarios, y los dos acusados fueron obligados a vender su participación en los Olympians por una cantidad irrisoria (la décima parte de su valor, se dijo). Alex Groza mantuvo la actitud desafiante hasta su muerte, pero Ralph Beard sólo vivía para el baloncesto, y lloró desconsolado cuando le anunciaron la sanción.

Fue un golpe mortal para la franquicia. A pesar de quedar exonerados, Jones, Barker y Hall no se recuperaron anímicamente y perdieron todo interés por el baloncesto. Fueron los recién llegados los que tuvieron que echarse el equipo a las espaldas, y aunque Bill Tosheff fue elegido co-rookie del año y consiguieron meterse en playoffs mejorando incluso los resultados del año anterior, todos sabían que era el final. En la temporada 52-53 ni siquiera el fichaje del hermano de George Mikan pudo evitar que tocaran fondo. A pesar de que los supervivientes de los “Fab Five” estudiaron acciones legales y llegaron a contratar abogados para exigir que la NBA les devolviera su dinero, los Indianapolis Olympians dejaron de existir el verano de 1953. Y ése fue el final de la única franquicia de la NBA que fue gestionada por sus propios jugadores.

Aunque aún tendría un curioso epílogo en 1989. Cuando Bill Tosheff fue elegido co-rookie del año, el equipo le hizo entrega de un anillo conmemorativo que recibió de manos del entrenador Herm Schaefer. Sin embargo, en la fiesta que siguió el bueno de “Tosh” abusó de la bebida más de lo conveniente, y cuando se despertó el anillo había desaparecido. Hasta que 37 años después recibió una carta: “Tosh, siéntate porque no te vas a creer lo que vas a leer”. Los propietarios de la casa en la que había vivido en Indianápolis habían fallecido, y la hija de éstos había hecho unas pequeñas reformas en el domicilio. Cuando desmontaron la calefacción del sótano, algo cayó de una rejilla. Era un anillo que tenía grabado “Bill Tosheff. Indianapolis Olympians. Rookie of the Year 1952.”

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