Cuando Nadie de los Celtics Sabía de Baloncesto

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Dos espinitas se le quedaron clavadas a Maurice Podoloff de su etapa como primer presidente de la NBA; una era no haber logrado que entrara en el “Hall of Fame” Danny Biasone (el propietario de los Nats que ideó el reloj de posesión y salvó la liga), y la otra fue no haber visto a “Red” Auerbach tener que tragarse uno de sus detestados “puros de la victoria”. Auerbach es la figura más identificada con la historia de los Boston Celtics, pero pocos recuerdan que comenzó sus días en la BAA como entrenador de los Washington Caps. Menos aún saben de los días oscuros en Boston que antecedieron a su llegada.

Los fundadores de la Basketball Association of America eran en su mayoría propietarios y gerentes de pabellones y lo único que sabían de baloncesto era que se jugaba en una pista más pequeña que la de hockey. Por tanto, cuando se lanzaron a buscar entrenadores para las nuevas franquicias en realidad estaban buscando al responsable máximo de la gestión deportiva del equipo. Unos optaron por técnicos universitarios buscando arrimarse al prestigio del poderoso baloncesto colegial, mientras que otros apostaron por profesionales veteranos con un mayor conocimiento del mercado de jugadores. “No sé nada de baloncesto”, admitió Walter Brown, el dueño de la nueva franquicia de Boston. Al menos admitía su ignorancia y estaba dispuesto a confiar en el criterio del entrenador, algo que no todos los propietarios estaban dispuestos a hacer. Brown sólo intervino para comprar el nombre del equipo después de descartar opciones como “Whirlwinds” (otro nombre con historia en el baloncesto) o, ejem, “Unicorns”. Y luego nos reímos de los Raptors.

La primera elección fue una celebridad local como Frank Kearney, el prestigioso entrenador de la universidad de Rhode Island que había creado el estilo de juego basado en el contraataque que irónicamente Auerbach popularizaría en los Celtics. Kearney llegó a firmar el contrato y por tanto en términos estrictos se convirtió en el primer entrenador de los Boston Celtics, pero nunca ocupó el cargo. Oficialmente su delicado estado de salud hizo que su médico le prohibiera marcharse a Boston, pero según uno de los típicos rumores recogidos por Charley Rosen la supuesta causa real fue el retraso de Walter Brown en la que iba a ser la primera reunión de trabajo entre ambos. Kearney se habría sentido ofendido porque el propietario de un equipo profesional de medio pelo dejara esperando a todo un entrenador universitario de prestigio como él, y se habría marchado dando un portazo para no volver.

Su sustituto fue John “Honey” Russell, que supuestamente combinaba lo mejor de los baloncestos universitario y profesional. Como Joe Lapchick, Russell pertenecía a la primera generación de jugadores profesionales, los que se reunían en el quiosco de la estación central de Nueva York para negociar con promotores y representantes qué equipo les pagaba más por jugar esa noche, y con más de cuarenta años de edad seguía haciendo de entrenador-jugador en ligas semiprofesionales. Además, “Honey” Russell había entrenado muy buenos equipos en Seton Hall en el pasado y era el entrenador de baloncesto y béisbol del Manhattan College. En principio parecía una elección perfecta, salvo por un problema: Russell estaba bajo contrato y se sentía comprometido por ello, así que avisó que no podría hacerse cargo de sus responsabilidades con los Celtics hasta terminar la liga regional de béisbol en la que estaba participando y ayudar al Manhattan College a encontrarle sustituto. Walter Brown quedó impresionado muy favorablemente por la profesionalidad de su nuevo entrenador, pero para la franquicia de Boston eso supuso un retraso que permitió a otros equipos arramblar con jugadores como “Big” Ed Sadowski, que había pasado por Seton Hall. Sadowski, un impresionante armario de cuatro por cuatro, era el hombre alto más dominante que estaba en el mercado (los pívots de calidad como George Mikan o LeRoy “Cowboy” Edwards jugaban en la liga rival NBL), y “Honey” Russell había planeado convertirlo en la base de su equipo. Para cuando intentó contratarlo, resultó que los Toronto Huskies se le habían adelantado y lo habían convertido en su entrenador-jugador.

Los Boston Celtics tuvieron que conformarse con los restos que pudieron encontrar, como Kevin “Chuck” Connors. Connors era otro antiguo alumno de Seton Hall, pero la fama la alcanzaría como actor de cine y televisión (especialmente como protagonista de la serie “The Rifleman”) ya que el baloncesto no era lo suyo. Sin embargo, medía dos metros y jugaba con intensidad, y eso bastó para ganarse un hueco en una plantilla que sufrió mil cambios y sustituciones. “Honey” Russell era un atleta multidisciplinar que apreciaba esa cualidad en los deportistas, así que completó el equipo con jugadores de béisbol o fútbol (el otro fútbol) que no poseían calidad suficiente para jugar a ese nivel y además abandonaban la plantilla en cuanto recibían una oferta de su deporte favorito. El mejor jugador de los Celtics, Al Brightman, abandonó el equipo durante varias semanas después de una discusión con el entrenador hasta que éste le mandó un telegrama pidiéndole que volviera. Brightman poseía un novedoso tiro a una mano que le había convertido en una estrella de la AAU en los equipos cinematográficos de California, pero también un temperamento combativo que chocaba con un entrenador que aún seguía confiando en el tiro a dos manos de toda la vida. A Virgil Vaughn tuvieron que extirparle un riñón. Wyndol Gray se hartó de chupar banquillo y se marchó a los Toledo Jeeps de la NBL, sólo para volver una semana después porque no le pagaban.

Una de las pocas noticias positivas fue el descubrimiento accidental de Connie Simmons, que se convirtió en el segundo jugador en formar parte de la BAA/NBA sin pasar por la universidad (el primero fue Tony Kappen, que también pasó por los Celtics pero de manera más fugaz). Su hermano mayor, Johnny Simmons, formaba parte del equipo, y sugirió que le hicieran una prueba a pesar de su falta de credenciales. Connie Simmons pasaba de los dos metros y se convirtió en el pívot titular del equipo a pesar de su poco gusto por los contactos y el juego en la zona. Prefería tirar de fuera o anotar ganchos en carrera, lo que lo convierte en un adelantado a su tiempo al ser uno de los primeros ejemplos de hombre alto que se encontraba más cómodo lanzando desde fuera de la zona.

Otra incorporación complicada fue la de Jack “Dutch” Garfinkle, un veterano base que ya había formado parte de otros equipos de “Honey” Russell. Garfinkle estaba bajo contrato con los Rochester Royals de la NBL, y teóricamente no existía ningún mecanismo que permitiera un traspaso de una liga a la otra (salvo si el jugador era despedido sin más, claro). Sin embargo, al igual que en el caso de Gray los Celtics negociaron directamente con el otro equipo y completaron la operación, con lo que al presidente Maurice Podoloff no le quedó más remedio que mirar para otro lado. “Dutch” Garfinkle había sido un magnífico base, poco anotador y gran pasador al que se suele comparar con Bob Cousy, pero se encontraba ya en la recta final de su carrera y no pudo enderezar el rumbo de los Celtics.

Porque los Boston Celtics realmente necesitaban enderezar su rumbo. Empezaron la temporada 0-5 y luego 2-11, y hasta un grupo de veteranos de guerra les dio una paliza en un partido benéfico de baloncesto en silla de ruedas. Ya antes del partido inaugural “Honey” Russell se había dado cuenta de lo que le esperaba a su equipo: al terminar el calentamiento Chuck Connors hizo un lanzamiento desde más de diez metros, y al golpear el balón al aro se astilló el tablero de cristal. Para colmo el partido se iba a jugar en el Boston Arena y los recambios estaban en el Boston Garden, donde se estaba celebrando un rodeo que bloqueaba la ruta de acceso al almacén. Tardaron más de una hora en encontrar a un vaquero lo bastante borracho como para desafiar a los furiosos rumiantes y traer el tablero de repuesto, y para entonces la mayor parte de los espectadores se habían marchado del Boston Arena para no volver. “Todo me tiene que pasar a mí,” se lamentó el atribulado entrenador.

En realidad, parte de la culpa correspondía al propio “Honey” Russell, que había sido un grandísimo defensor en su juventud y planteó el objetivo imposible de dejar a los rivales en menos de 35 puntos por partido. Esos tiempos habían pasado, y hasta el equipo con peor anotación de la liga (que eran los propios Celtics) pasaba de los 60 puntos de media. En cambio prestaba poca atención al ataque, donde seguía aplicando su anticuada “three man weave”, un sistema en el que los tres exteriores giraban sobre el poste alto y el alero del lado débil bloqueaba al pívot. La presión de las derrotas y las broncas del entrenador por su pobre rendimiento defensivo hundieron la moral del equipo, que tocó fondo después de una derrota en St. Louis tras prórroga cuando iban ganando de seis a falta de medio minuto. “Honey” Russell pidió los dos tiempos muertos que le quedaban para insistir en que tenían el partido ganado y lo único que debían hacer era no pasársela a un Chuck Connors cuyas manos parecían manojitos de boquerones. Russell era bastante amigo del árbitro Pat Kennedy, y al volver a la pista le pidió que les insistiera en no pasársela a Connors y no pedir más tiempos muertos porque no quedaban.

Lo que siguió fueron treinta segundos de festival del humor: Chuck Connors no tuvo mejor idea que sacar él de fondo, y cuando robaron el pase cometió falta mientras entraba la canasta. Volvieron a sacar de fondo y se la dieron otra vez a Connors, que volvió a perderla y a cometer falta mientras metían la canasta más adicional que empataba el partido. Todo ello mientras Pat Kennedy hacía esfuerzos ímprobos por ignorar a Art “Speed” Spector, que pedía frenéticamente tiempo muerto desde la cancha. “Honey” Russell tuvo tal ataque de mala leche que se marchó inmediatamente sin esperar al equipo, que en camino de vuelta a Boston se quedó tirado en Buffalo debido a una tempestad de nieve. Los jugadores decidieron ahogar sus penas en alcohol en la estación de tren de Buffalo, presidida por una enorme estatua cubierta de bronce de un búfalo. En evidente estado de embriaguez varios jugadores se empeñaron en subirse a la estatua, y terminaron siendo perseguidos por la policía después de romperle la cola al búfalo. Los testigos no se ponen de acuerdo en quién fue el autor de la trastada ni en qué hicieron con la dichosa cola, pero el final fue que Walter Brown tuvo que pagar $600 en concepto de daños y perjuicios.

Los Celtics terminaron la temporada inaugural con un balance de 22 victorias y 38 derrotas, en noveno puesto de una liga con sólo once equipos. Para la 47-48 el equipo intentó reforzarse, y logró al fin el fichaje de Ed Sadowski. Chuck Connors fue cortado, Connie Simmons fue traspasado a cambio de Mike Bloom, otro pívot con alma de alero al que gustaba tirar desde la esquina, y Al Brightman decidió definitivamente que lo suyo era el béisbol. A cambio llegaron jugadores como Eddie Ehlers y Mel Riebe, que dieron cierto nivel al equipo. “Honey” Russell empezó a usar dos unidades con un quinteto titular y uno suplente. El equipo titular empleaba un juego lento y ordenado que buscaba aprovechar los ganchos de Sadowski desde el poste bajo, y luego desde el banquillo salía un equipo más rápido con “Bulbs” Ehler, “Speed” Spector y Gene Stump que presionaba en defensa y corría el contraataque.

La modesta mejora en los resultados del equipo no fue suficiente para aliviar las tensiones en el vestuario. Algunos de los jóvenes apreciaban la mezcla de paternalismo y exigencia de “Honey” Russell, pero los más veteranos estaban hartos de recibir broncas por la defensa y de que Sadowski exigiera que en ataque todos los balones pasaran por sus manos (de donde jamás retornaban). Russell empezó a sospechar que a “Big Ed” le había gustado demasiado la experiencia como entrenador-jugador en Toronto, y que estaba poniendo de su parte para repetirla en Boston. Estas divisiones culminaron en una serie de enfrentamientos entre Sadowski y “Dutch” Garfinkle, que a punto estuvieron de llegar a las manos. Al final terminaron con un balance de 20 victorias por 28 derrotas, y consiguieron entrar en playoffs donde los eliminaron los Chicago Stags con una gran actuación del base Andy Phillip en el partido decisivo.

Al término de esa segunda campaña John “Honey” Russell se convirtió en el primer entrenador despedido por los Celtics. Walter Brown le comunicó que cobraría íntegro el tercer año que constaba en su contrato, pero no sirvió para aliviar la amargura de un Russell que se marchó de la BAA convencido de que no le habían dado la oportunidad de hacer su juego. Para sustituirle consiguieron traer a la mayor celebridad local, el entrenador Alvin “Doggie” Julian de Holy Cross que se había proclamado campeón de la NCAA de 1947 con un equipo liderado por George Kaftan y Joe Mullaney, y que en 1948 llegó a semifinales con unos Crusaders en los que militaba un jovencito llamado Bob Cousy.

El empeño de los Celtics por aprovechar la fama de Holy Cross se acentuó a mitad de temporada, cuando aprovecharon un recoveco en la normativa de la BAA para fichar a George Kaftan y Dermie O’ Connell: normalmente los períodos académicos hacían que los universitarios terminaran el curso en mayo, justo a tiempo para el draft de junio, pero la Segunda Guerra Mundial había trastocado todo el sistema colegial provocando retrasos y cambios de todo tipo. La elegibilidad deportiva se contaba por semestres, y tanto Kaftan como O’Connell completaron sus cuatro años en Enero de 1949; así que los Celtics aprovecharon la ocasión para informar a la liga de que los contrataban “a cuenta” del draft del 49. Ambos jugadores se incorporaron inmediatamente, y cuando llegó la hora del draft los Boston Celtics prescindieron de dos de sus elecciones como compensación.

“Doggie” Julian tuvo un buen arranque en Boston gracias a su sistema de juego basado en un ataque muy organizado, pero los Celtics dependían de la pizarra y cuando los rivales aprendieron a contrarrestar sus jugadas ensayadas las derrotas volvieron. “Dutch” Garfinkle había descubierto que Gene Stump era infalible desde la esquina, y se dedicó a meterle balones hasta convertirlo en líder en anotación de la temporada, pero el entrenador decidió prescindir del veterano base y sin él Stump volvió a ser un jugador del montón. En profesionales George Kaftan no era la estrella que había sido en la universidad, y los Celtics terminaron con un pobre balance de 25-35 y fuera de playoffs. Al año siguiente, ya como parte de la NBA, Joe Mullaney se unió a la colonia de ex-alumnos de Holy Cross, pero ni él ni el acordeonista Tony Lavelli fueron capaces de corregir el rumbo de una franquicia que terminó la temporada aún peor que la anterior con un abismal 22-46.

La situación de los Boston Celtics era desesperada. No tenían personalidad ni tampoco estrellas de renombre, y el equipo se había ganado fama de eterno perdedor. Habían perdido tanto dinero que los propietarios minoritarios presionaban a Walter Brown para declarar la quiebra y detener la hemorragia, y hasta su esposa había perdido la fe. “Hemos tenido equipos perdedores en otros deportes”, decía la pobre mujer, “pero por lo menos intentaban ganar”. Fue el momento de gloria de Walter Brown, un hombre dedicado al hockey que había caído enamorado del baloncesto. El equipo era su unicornio, y todo el mundo sabe que no se tienen dos unicornios. Cuando lo más sencillo, lo más razonable habría sido tirar la toalla, Walter Brown se empeñó hasta los ojos, puso todo su patrimonio en juego y adquirió las participaciones de los demás propietarios, convirtiéndose en único dueño de la franquicia. A continuación buscó un socio que le apoyara, y encontró a Lou Pieri de Providence. Con todo, la situación seguía estando al límite, ya que la franquicia no sobreviviría a otra mala temporada.

Pieri sugirió que hicieran caso a la prensa, que había informado de que el entrenador que llevó a los Washington Caps a la final de la BAA tenía problemas en su nuevo equipo, y podría estar interesado en cambiar de aires. Quizás sería buena idea que Walter Brown llamara a ese tal “Red” Auerbach. Total, peor no les podía ir.

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