El fallecimiento hace algunas semanas del entrenador Dana Kirk hizo que algunos nos volviéramos a acordar de las psicofonías de la Final Four de 1985, y del fantasma de Memphis State que sigue sin descansar en paz.
Era un tiempo de luz, era un tiempo de oscuridad. Cuando los Memphis State University Tigers sumaban victorias mientras su entrenador se embolsaba jugosas comisiones a cambio de acudir a torneos o aceptar entrevistas, cuando Keith Lee alcanzaba con frecuencia los 20 puntos y 10 rebotes sin que levantaran sospechas sus problemas de rodilla, cuando William Bedford era un hombre-niño de longitud descomunal y Baskerville Holmes hacía honor a su apodo de “Batman”. Era una de esas historias típicas del baloncesto universitario: Dana Kirk había rescatado a la MSU del fondo de su conferencia con un equipo formado por chavales de la zona, y en el proceso se convirtió en el auténtico rey de la ciudad de Memphis.
La clave había sido la llegada de Keith Lee, un pívot en apariencia dominante capaz de salir airoso de sus enfrentamientos con rivales de la talla de Patrick Ewing o el difunto Wayman Tisdale (entonces aún no difunto, claro). A la consistencia de sus estadísticas sumaba la capacidad de crecerse en los partidos importantes, y su rendimiento futuro en la NBA estaba fuera de duda. Junto a él completaba la pareja interior William Bedford, un jugador mucho más irregular y aún por hacer pero que ya apuntaba muy alto debido a su combinación de estatura, coordinación y velocidad. Aunque estaba lejos de la aportación de “Rock” Lee, su capacidad atlética sugería un futuro en potencia aún más brillante. El aprovechamiento de este potente juego interior estaba en manos del “Little General”, un base pequeño, rápido y buen anotador que respondía al nombre de Andre Turner y ejecutaba a la perfección el sistema de juego de los Tigers: contraataques veloces aprovechando el rebote defensivo, y en estático balones interiores a Lee sin que le temblara la mano si tenía que tirar. El alero Baskerville Holmes, apodado piadosamente Batman (su nombre procedía de la película que estaba viendo su madre en el momento de romper aguas), era el clásico “chico para todo” que lo mismo aportaba defensa y rebote que aprovechaba el marcaje sobre Lee para anotar. Finalmente, Vincent Askew era la joven promesa, un “freshman” capaz de jugar dentro o fuera gracias a su fuerza física y su intensidad.
Éste fue el quinteto que llegó a ocupar fugazmente el nº 1 nacional y logró clasificarse para la Final Four de 1985, aunque su éxito se vio empañado por la derrota contra pronóstico frente a Villanova, la “cenicienta” que se terminó alzando con el trofeo. Los Wildcats de Rollie Massimino y Ed Pinckney aplicaron una defensa asfixiante que impidió los balones interiores, y sólo “Batman” Holmes mantuvo el marcador igualado. En la segunda parte Keith Lee fue eliminado por personales y los Wildcats se escaparon. Andre Turner no consiguió culminar la remontada, y el cuento de Cenicienta siguió adelante. “Si Villanova es Cenicienta”, declaró Dana Kirk, “entonces Cenicienta calza botas”. Aún supieron adaptarse a la marcha de Keith Lee a la NBA la temporada siguiente, y con un juego más rápido se plantaron en el torneo de la NCAA con firmes opciones de volver a la Final Four. Sin embargo, una remontada espectacular de LSU culminada con un tiro a la desesperada en el último segundo eliminó a los Tigers, y con la marcha de Bedford, Turner y Holmes camino del draft ése fue el fin de uno de los mejores equipos de la historia de Memphis. Desgraciadamente, también fue el principio del fin para la mayor parte de sus componentes.
Keith Lee tuvo suerte, aunque entonces nadie lo hubiera pensado. Fue un número 11 del draft, por delante de Karl Malone y A.C. Green, aunque hoy sólo se lo recuerda por el traspaso que esa misma noche lo mandó de Chicago a Cleveland a cambio de Charles Oakley. Y se lo recuerda con la frase “vaya robo”: Lee se vio abrumado por rivales más grandes y fuertes, y sus problemas de rodilla terminaron por hundir su carrera. Había sido operado de la rodilla años atrás, y enfrentado a los rigores físicos de la NBA degeneraron hasta tal punto que sólo dos años después los Blazers anularon su traspaso porque no pasó el examen médico. Aún vagabundeó por las listas de jugadores inactivos y por los drafts de expansión de finales de la década, pero prácticamente no volvió a jugar ni siquiera en las ligas menores de EEUU. Intentó dar el salto a Europa, pero el Cholet descartó su fichaje después de comprobar el mal estado de sus rodillas. Actualmente trabaja como guarda de seguridad en pabellones y centros comerciales, y periódicamente es reconocido por algún antiguo aficionado.
Comparado con William Bedford, eso fue tener suerte. Bedford fue elegido con el número 6 del draft en 1986, y llegó a Phoenix a tiempo de que le pillara de lleno el escándalo de drogas que sacudió a la franquicia. En la desbandada que siguió los Suns lo mandaron a Detroit a cambio de una primera ronda, donde fue imposible seguir ocultando sus problemas de drogas. Ya se había insinuado que los problemas de Keith Lee podían proceder de una supuesta afición por la marihuana, pero la adicción de William Bedford a la cocaína era tan grave como imposible de disimular. El jugador se acogió voluntariamente al programa antidrogras de la liga en más de una ocasión, y se pasó su breve carrera profesional entrando y saliendo de clínicas de desintoxicación mientras aumentaba de peso a ojos vista. Pasó del jugador fibroso y eléctrico que era en Memphis a un pívot pesado y lento en la NBA, con lo que se terminó convirtiendo en el mayor error del GM Jack McCloskey (más que descartar a Ricky Pierce), ya que su empeño por concederles segundas, terceras y cuartas oportunidades provocó el rechazo del resto de la plantilla de los Pistons. Sólo Dennis Rodman intentó influir positivamente en Bedford y convencerle de dejar las drogas, pero si tu influencia positiva es Rodman entonces es que estás más perdido que el barco del arroz. William Bedford pasó los siguientes años entrando y saliendo de cárceles y juzgados, acusado de no pagar la manutención de sus hijos o de traficar con drogas, y actualmente cumple una condena que lo mantendrá en prisión al menos hasta el 2013.
Comparado con Baskerville Holmes, eso es tener suerte. Holmes fue seleccionado por los Bucks en tercera ronda del draft, pero a diferencia de sus compañeros más dotados sus posibilidades de hacerse un hueco en la NBA eran escasas. A pesar de todo, durante varios años intentó labrarse una carrera en el baloncesto, jugando en ligas menores y probando en equipos europeos. Incluso llegó a jugar en España, concretamente en Primera B con el Valvi Girona, pero como en tantos otros equipos no consiguió asentarse y fue cortado al poco de empezar la liga. Finalmente tuvo que volver a Memphis como un fracasado y aceptar un empleo de camionero lejos de sus sueños de gloria. Su situación fue empeorando irremisiblemente: perdió su trabajo, no lograba librarse de las drogas, su depresión se iba acentuando. Después de un par de denuncias por violencia doméstica, el 18 de marzo de 1997 Baskerville Holmes asesinó a su novia y a continuación se suicidó. “Lo siento,” fueron sus últimas palabras, “no quería que pasara esto.” No me queda nada con lo que comparar su destino.
A diferencia de los tres anteriores, Andre Turner y Vincent Askew sí consiguieron hacerse un hueco en el baloncesto profesional de manera permanente. Poco se puede contar de Turner que no sepamos ya, siendo como es todo un clásico de la ACB: después de penar por la CBA varios años consiguió jugar minutos de calidad en la NBA, pero al no encontrar la estabilidad que buscaba se decidió a probar la aventura europea. En España se convirtió en uno de los mejores bases de la competición, y se retiró hace apenas un par de temporadas con casi cuarenta y cinco años de edad después de dar una lección de profesionalidad y rendimiento como se recuerdan pocas. Es difícil encajar el nombre de Turner entre tantas historias de fracaso deportivo y personal.
Porque Vince Askew fue dando tumbos desde el principio, cuando una visita a Kansas pensando en un posible traslado terminó con sanciones a la universidad por una serie de “pequeños obsequios” (dinero, billetes de avión) entregados al jugador. Askew fue elegido por los Sixers en segunda ronda del draft de 1987, y parecía formar parte integral de la rotación cuando sufrió la grave lesión de rodilla que marcó su carrera. Cayó del cielo de la NBA al infierno de la CBA, y en sus breves excursiones a Europa se ganó la fama de jugador inestable propenso a desaparecer de sus equipos a la primera oportunidad. A veces las razones eran médicas, como la inflamación de la rodilla que según se dijo provocó que no llegara a fichar por el Real Madrid en 1989, pero otras veces las causas parecían tener más que ver con la inmadurez del jugador. Especialmente en Italia, donde Askew aparecía y desaparecía como el Guadiana.
Gran parte de la evolución profesional de Vincent Askew se debió al entrenador George Karl, que se convirtió en una especie de padrino del jugador. Cuando Karl volvió a la CBA después de salir de mala manera de los Warriors, Askew era la estrella de los Albany Patroons. Su combinación de capacidad atlética y versatilidad sugerían que su auténtico lugar estaba en la NBA, pero la inexperiencia y la falta de consistencia amenazaban con sabotear su carrera. George Karl trabajó con él, intentó traérselo al Real Madrid, le consiguió un contrato en Golden State y finalmente se lo llevó con él a Seattle. Fue en los Sonics donde por fin se asentó, y durante cuatro temporadas fue el sexto hombre de un muy buen equipo aportando intensidad, defensa y su poquito de anotación. Esta “luna de miel” duró hasta el tercer partido de la final de 1996, cuando los Chicago Bulls aplastaron a los Sonics en Seattle con un humillante 108-86. George Karl estalló en cólera y anunció el destierro inmediato de dos jugadores que en su opinión habían demostrado no estar preparados para jugar una final: Ervin Johnson y Vincent Askew. Los SuperSonics reaccionaron de la mano de Nate McMillan y Frank Brickowski, y se apagó la estrella de Askew. Ese mismo verano fue traspasado a los Nets, y después de pasar fugazmente por Indiana, Denver y Portland su carrera en la NBA llegó a su fin.
A pesar de que se suponía que había madurado, Vincent Askew volvió a dar camballás en sus últimos días como jugador. De nuevo firmó contratos con equipos italianos para luego no presentarse, aparentemente porque no estaba seguro de si quería retirarse o seguir jugando. Hizo algo de scouting, y por consejo de George Karl decidió probar suerte en los banquillos. Además de las ligas menores de EEUU, pasó por un par de institutos y academias privadas donde compaginó los buenos resultados con las polémicas por sus métodos de reclutamiento. Todo eso llegó a su fin en Agosto de 2008, cuando Vincent Askew fue arrestado y acusado de mantener relaciones sexuales con una menor a la que ofreció un puesto en un equipo femenino de baloncesto. Independientemente del resultado de la causa penal, es probable que los días como entrenador de Vincent Askew hayan terminado antes de empezar.
Ése fue el destino del equipo que en Marzo de 1985 parecía dispuesto a comerse el mundo a bocaos. Excepto Andre Turner y, en menor medida, Vincent Askew, su huella en el baloncesto fue casi imperceptible. Incluso su marcha triunfal hasta la Final Four ha sido borrada en lo que se conoce de manera coloquial como la “NCAA death penalty”.
Puestos a sospechar, es probable que la causa que provocara la aplicación de la pena capital no fueran los escándalos de reclutamiento de Memphis State, por bochornosos que fueran. Keith Lee admitió haber recibido una caja de zapatos llena de dinero, mientras que William Bedford fue sancionado por varias violaciones automovilísticas mientras conducía varios coches de lujo diferentes, todos a nombre de poderosos “amigos de la universidad” (“boosters”, en el argot). Incluso es posible que el motivo no fuera el juicio por evasión de impuestos que llevó al entrenador Dana Kirk a la cárcel, después de que se demostrara que no había declarado a hacienda las jugosas comisiones que se sacaba bajo cuerda a cambio de llevar al equipo a ciertos torneos y chanchullos similares. Por muy vergonzosa que fuera la bajísima cifra de deportistas que completaban sus estudios, no era muy diferente a las prácticas seculares y los vicios establecidos en otras universidades.
El problema eran las apuestas.
Se puede acusar a la NCAA de falta de contundencia hacia las violaciones de normas y procedimientos, pero cuando se toca el tema de las apuestas su respuesta es tan inmediata como terminante. La liga universitaria tiene muy frescos los escándalos de apuestas y amaño de partidos que tanto daño han hecho a su reputación, y no está dispuesta a correr más riesgos. La prensa publicaba que el FBI investigaba a Dana Kirk, de quien se decía que tenía tratos demasiado cercanos con algunos apostadores profesionales y que podría haber perdido sumas sustanciales jugando a las cartas en el Colonial Country Club; la sospecha es que esas deudas podrían haber obligado al entrenador a ceder a las presiones de los apostadores y trampear resultados. Se hablaba de que un gran jurado estaría investigando dos partidos concretos, entre ellos la derrota contra Villanova, y que tanto Kirk como Keith Lee podrían recibir citaciones.
El peligro era excesivo, y se resolvió como se resuelven estas cosas: un anónimo “booster” llamó al Gobernador del Estado de Tennessee para explicarle la situación, y el gobernador dio instrucciones terminantes a la junta de gobierno de la universidad: Dana Kirk debía ser despedido antes del viernes de esa misma semana. El cese se hizo oficial el miércoles, imagino que era puente o algo. Dana Kirk fue condenado a un año de prisión por evasión de impuestos; cumplió cuatro meses, y a la salida se hizo cargo de un popular programa de deportes en una cadena de radio. Hay quien dice que el propietario de esa cadena era el mismo que había llamado al gobernador pidiendo su cese, y es que una cosa es una cosa y otra cosa es, como su propio nombre indica, otra cosa. Incluso volvió fugazmente a los banquillos, como entrenador y mánager general de los Memphis HotShots de la Global Basketball Association en 1991. Los HotShots intentaban explotar la conexión local volviendo a reunir a Dana Kirk con Keith Lee, pero el equipo se hundió a las pocas semanas (tampoco te creas que la liga duró mucho más).
El castigo recayó sobre la universidad, que fue sancionada con la no participación en el torneo de la NCAA de 1987. De manera aún más dolorosa, todos los registros oficiales de su participación en la Final Four de 1985 fueron eliminados en aplicación de la mencionada “pena de muerte”. En 1994 la misma universidad cambió su nombre a University of Memphis, y desapareció así cualquier rastro de los Memphis State Tigers de Dana Kirk y Keith Lee. Convertidos en el fantasma de las final four pasadas, su recuerdo sirve de advertencia para quienes acuden cada año al gran baile del baloncesto colegial: “Ars longa, vita brevis”. Lo que viene a significar que la vida es breve, y los aros demasiado pequeños.