El jugador corriente que hacía cosas fantásticas: Billy Ray Bates

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Una prueba de la fuerza y habilidad de David Halberstam es el número de aficionados que quedamos fascinados por la figura de Billy Ray Bates después de leer “Breaks of the Game”. A pesar de que deja a Bates en el punto más alto de su carrera, no hace falta más información para intuir el inevitable descenso a los infiernos de ese niño grande apodado simplemente “Dunk”.

\"BillyBilly Ray Bates nació en un pueblo perdido de Mmiissiissiippii, y creció en una cabaña sin electricidad ni agua corriente. La miseria y la falta de esperanzas lo llevaron al alcoholismo camino de una muerte prematura como su padre, pero Billy Ray era especial. Desde pequeño se colaba en el instituto para jugar al baloncesto, y con los años el entrenador añadió una hora de entrenamientos al final de la jornada para asegurarse de que asistía a las clases. En su inocencia, el jugador reconocía que hazañas como anotar más de 60 puntos en un partido provenían de haber dejado la bebida durante su último curso, cuando empezaron a llegar las ofertas universitarias. Billy Ray Bates estaba interesado en acudir a la cercana Jackson State ya que le permitiría seguir en contacto con su familia y venir a ver a sus amigos con frecuencia, pero su entrenador pensó que quizás fuera mejor una universidad más lejana que le impidiera venir a darle al frasco con los colegas y le ayudara a centrarse en el baloncesto.

Porque de los estudios cuanto menos se diga, mejor. Kentucky State formaba parte de la NAIA, una asociación de menor nivel deportivo que la NCAA pero sobre todo con normas académicas mucho más relajadas, y Billy Ray salió de la universidad siendo prácticamente un analfabeto. Pero lo que interesaba era que Kentucky State tenía un programa de baloncesto bien montado para su categoría, y venía de ganar varios campeonatos de la NAIA a principios de la década. Aunque no pudo reeditar esos éxitos, Bates se convirtió en el máximo anotador y al terminar su periplo universitario se lució en varios torneos previos al draft. Poseía uno de esos cuerpos trapezoidales creados para el baloncesto, como Andrew Toney o Vinnie Johnson, con un tronco y unos muslos a los que su 1.90 de estatura daba apariencia rechoncha pero que eran todo músculo. No le había llamado dios por el camino de la defensa ni de la elaboración de jugadas, pero deslumbraba su capacidad de explotar hacia el aro camino del mate o del tiro en suspensión por encima del rival. Era el desequilibrio en estado puro.

Los Houston Rockets lo eligieron en tercera ronda del draft de 1978. Pero su agente le recomendó no incorporarse al equipo hasta que le ofrecieran un contrato garantizado, y para cuando comprendió que no se ofrecen contratos garantizados a los terceras rondas, ya era tarde: las franquicias de la NBA estaban muy resabiadas con esos “jugones de playground” que llegaban a la pretemporada exigiendo condiciones contractuales mientras incumplían sus obligaciones, y los Rockets decidieron ahorrarse dolores de cabeza. Billy Ray Bates tuvo que refugiarse en los Maine Lumberjacks de la CBA (“I’m a lumberjack and I’m OK”), donde su paso por la liga comercial se convirtió en un relato en el que es difícil separar la realidad de la ficción. Se decía que en la primera semana de entrenamientos partió tres tableros, y luego otros dos durante la competición oficial hasta que la CBA le pidió que refrenara sus ansias de destrucción; también se dijo que sólo tenían entrenador para los partidos en casa, y fuera los jugadores iban a su aire. Billy Ray Bates aprovechó el descontrol para hacer lo que le vino en gana, y terminó la temporada como Rookie del Año y campeón del concurso de mates.

Lo malo de la CBA es que cuando termina sólo queda volver a casa de tu madre a ver crecer la yerba. Quizás fue por eso que Billy Ray aceptó una invitación para jugar en la Baker League, donde partió la pana desde el primer partido y se ganó un contrato garantizado con los Philadelphia 76ers. Pero los Sixers eligieron en primera ronda del draft a Jim Spanarkel, repitiendo así la historia de Raymond Lewis y Doug Collins con la diferencia de que Spanarkel no era un jugador del nivel de Collins ni Bates exhibía el comportamiento errático y autodestructivo de Lewis. Segundo strike, y vuelta a la CBA.

Un equipo tendría que estar muy desesperado para probar a un jugador descartado dos veces, y ese equipo eran los Portland Trail Blazers. Después de la tempestuosa marcha de Bill Walton se habían quedado con una plantilla de secundarios sin estrella a la que complementar, y una epidemia de lesiones y disputas contractuales habían hecho el resto. Billy Ray Bates era la antítesis de lo que el entrenador Jack Ramsay pedía a sus jugadores, pero los Blazers necesitaban urgentemente anotadores y Bucky Buckwalter había estado siguiendo su carrera en la CBA. Le ofrecieron un contrato draconiano (cuatro temporadas, pero sólo la primera garantizada), y en Febrero de 1980 Billy Ray Bates consiguió por fin cumplir su sueño. “No hay nada en el mundo que desee tanto como jugar en la NBA”, le había dicho inocentemente a Stu Inman. Los Blazers siguen mencionando la anécdota de que Billy Ray Bates no sabía qué era un cheque cuando cobró su primer sueldo, como ejemplo de jugador que llega a la NBA sin estar preparado para su nueva vida. Sin embargo, en ocasiones eran los demás quienes se preguntaban quién era el auténtico ignorante: cuando Bates le preguntó al fisio del equipo si alguna vez iba a pescar al cercano río Willamette, éste no supo explicar por qué esos placeres sencillos no formaban parte de su vida. En las oficinas de los Blazers esperaban al clásico bocazas que se creía importante por meter puntos en ligas de tercera, y se encontraron a un joven tímido y educado, que trataba a todo el mundo de usted y conectaba mejor con los niños. Portland, esa ciudad tranquila y un poco provinciana, acogió a Billy Ray Bates como a un niño perdido que llegaba a casa.

Al principio Jack Ramsay lo había enterrado al fondo del banquillo junto a un alero llamado Abdul Jeelani, pero las derrotas se amontonaban y no tuvo más remedio que recurrir a esos dos pistoleros para remontar en los últimos cuartos. Billy Ray Bates se convirtió en el nuevo ídolo de la afición gracias a sus espectaculares apariciones desde el banquillo, en las que anotaba un chorro de puntos en pocos minutos mediante suspensiones acrobáticas y mates imparables. Su momento de gloria llegó en playoffs: los Sonics eran vigentes campeones y ganaron cómodamente en casa, pero en el segundo partido Jack Ramsay concedió su primera titularidad a Billy Ray, y éste respondió con una actuación legendaria. Su primera parte fue mediocre, pero en la memoria quedó un último cuarto en el que tomó el control del partido, culminó la remontada con una canasta final que forzaba la prórroga, y dominó a placer el tiempo extra. Para colmo, la retransmisión coincidió con un especial que le dedicó la CBS a “la leyenda del Noroeste”, apodo pergeñado por el locutor Brent Musburger.

 

Ese triunfo apoteósico lo convirtió en héroe local y le permitió renegociar un contrato mejor, pero no le ganó el aprecio del entrenador. Jack Ramsay seguía prefiriendo jugadores con más defensa y capacidad de elaboración (el techo de Billy Ray era un bloqueo y continuación sencillito), y apostó por Kelvin Ransey y Jim Paxson para la temporada 80-81. La temporada tuvo un final decepcionante en playoffs, pero Billy Ray aprovechó la baja de Paxson para volver a ofrecer una memorable serie contra los Kings en la que promedió más de 28 puntos con un 56% en tiros de campo. Resultó ser su último momento de gloria en Portland. Todos los mates del mundo no podían hacer que Ramsay cambiara de opinión, y en el draft de 1981 los Blazers eligieron a Darnell Valentine, un base defensivo que venía a adelantar a Bates en la rotación.

No se puede saber cuál fue la causa y cuál el efecto, si la falta de aprecio del entrenador llevó a Billy Ray Bates al alcohol y las drogas, o si fueron estas adicciones las que provocaron que los Blazers le dieran la espalda. Lo único que sabemos es que el juego y la actitud de Billy Ray se fueron deteriorando durante la temporada 81-82. Empezó en baja forma, fue perdiendo puestos en la rotación y no tuvo minutos hasta la recta final, ya eliminados de playoffs. En Enero fue sancionado por llegar tarde a un partido por quedarse dormido, y al terminar la temporada ingresó en un hospital por “agotamiento y depresión”. La auténtica razón era un secreto a voces, y Portland decidió cortarlo en pretemporada. Aún jugó un mes en los Bullets cubriendo la lesión de Kevin Grevey, y firmó un contrato de diez días con los Lakers para sustituir a James Worthy, pero su etapa en la NBA había terminado. Decía que lo habían cortado porque Abdul Jabbar se enfadó cuando le clavó un mate, pero Billy Ray exhibía un sobrepeso evidente y apenas recordaba al anotador compulsivo de los playoffs con los Blazers. Terminó la temporada en los Ohio Mixers de la CBA, junto a John Pinone. Aún hizo intentos por volver a la NBA, jugando en ligas menores como la WBL y tal, pero lo más cerca que estuvo fue un acto publicitario de los Blazers, en el que participó junto con Clyde Drexler y Jerome Kersey en una especie de competición de salto de altura en la que después de cada mate aumentaba la altura de la canasta (ganó Drexler con 3.38m).

No quedaba más remedio que hacer la maleta. Las grandes ligas europeas buscaban pívots, no jugadores de 1.90, así que le tocó vagabundear por el semisótano del baloncesto en países como México, Uruguay o Suiza. Precisamente con el Friburgo pudieron verle los aficionados españoles en una de esas rondas previas de la Copa de Europa, cuando le endosó 40 puntos al Real Madrid que provocaron una pequeña tormenta mediática (la prensa nacional tranquilizó a los aficionados explicando cómo ese tipo de jugadores sólo podían tener lugar en ligas de tercera). Pero donde Billy Ray Bates recuperó su estatus de leyenda, corregido y aumentado, fue en la desopilante PBA, la liga filipina que era la única de fuera de EEUU considerada como profesional por la FIBA. La PBA movía muchísimo dinero debido a las apuestas, y por ella pasaron muchos ex-NBA de campanillas como Cedric Ceballos o David Wood.

Billy Ray Bates se encontró en su salsa en la liga Filipina. Primero con los Crispa Redmanizers (a los que guió a su primer “gran slam”, una especie de triplete) y luego con Ginebra San Miguel (donde llegó a promediar 55 puntos y 15 rebotes por partido), Billy Ray se ganó el apodo de “Black Superman”. La vida era una fiesta continua, en la que acudía a los partidos en limousina escoltado por un guardaespaldas con metralleta, aparecía en el vestuario con un abrigo de pieles y un pibón despampanante, se tomaba cuatro cervezas antes de salir a jugar y luego provocaba el delirio del público con un torbellino de mates y suspensiones para doblegar a cualquier rival. Aún se recuerdan sus días de gloria, como la vez que anotó 64 puntos con un 20/25 en tiros de dos y 5/6 en triples, o cuando ganó un título para Ginebra al capturar el rebote a un tiro de Michael Young, hacer un costa a costa y machacar por encima del defensor rival. “Si quieres ganar el campeonato, ¿a quién llamas? Pues a Supermán”, declaró orgulloso. Su fama llegó al extremo de que la marca local Grosby sacó al mercado unas zapatillas con su nombre, cimentando su fama como “el Michael Jordan de las Filipinas”. Incluso las trifulcas con compañeros y rivales encajaban en el ambiente de la isla.

Sin embargo, esos años de abuso le pasaron factura. De repente, en Octubre de 1988, el rendimiento de Billy Ray en el equipo (ahora denominado Añejo Rum, me recuerda a mi infancia en La Línea) se desplomó en comparación al ofrecido unos meses antes. En la prensa Bates criticaba la dirección técnica desde el banquillo, pero admitía que ya no lograba dominar el juego. Después de sólo cuatro partidos, el club decidió cambiar de americanos, y lo despidió a él y a Kevin Gamble, que poco después llegaría a titular en los Boston Celtics. Los días de vino y rosas en las Filipinas se habían terminado.

Aún tuvo momentos, como el campeonato de liga con Cordón en Uruguay en 1991 frente al Neptuno de “Tato” López, pero ya pasaba de los 35 años y su condición física se deterioraba por momentos. Fuera de las canchas definitivamente, sus problemas con el alcohol y las drogas se siguieron agravando hasta una noche de Enero de 1998 en New Jersey cuando atracó una gasolinera bajo los efectos del alcohol y las drogas. Ya en Portland había dado muestras de agresividad cuando bebía, y en este caso cometió el error de causar una herida leve al empleado de la gasolinera. El botín era mínimo, apenas cinco o seis dólares, pero al tratarse de un crimen violento fue castigado con siete años de cárcel. El último período de su sentencia lo pasó en un centro de régimen abierto, asistiendo a clases de recuperación para intentar rehacer su vida. También es miembro de Alcohólicos Anónimos, trabaja en la sección de empaquetado de una fábrica de aluminio, intenta participar en programas de baloncesto con chavales de la calle y dice que ha escrito un libro. En Filipinas se ha hablado de traerlo para un homenaje, quizás incluso una gira de partidos amistosos con un equipo de viejas glorias de la PBA, y podría vestirse de corto aunque fuera un par de minutos.

Life is hard, dicen los guiris, and then you die.

 

Foto cortesía de www.cbamuseum.com 

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