La mayor parte de mi generación descubrió la NBA el día que Fernando Martín cruzó el océano para sacrificar su futuro en la selección española. Antes de eso apenas nos habían llegado destellos de Julius Erving, los Celtics de Bird, o un equipo llamado Lakers que parecía no tener las ideas muy claras y lo mismo te mandaba un Bob McAdoo que un Larry Spriggs. Con Martín en Portland empezamos a recibir imágenes de manera regular, y descubrí a un jugador llamado Steve Johnson que ocupaba la plaza que todos ansiábamos para el español. El antepasado de TJ Ford, como si dijéramos.
En principio ése no era el plan de los Blazers, que habían empezado la temporada con Sam Bowie y el rocoso Kenny Carr (una vez mandó a su compañero Jim Paxson al hospital después de una colisión accidental durante un partido) como pareja interior. Pero Bowie se rompió la pierna a poco de empezar y luego Carr se lesionó la espalda a mitad de temporada, con lo que los Blazers terminaron recurriendo a Steve Johnson y Caldwell Jones. Steve Johnson planteaba un enigma para mi joven cerebro baloncestístico: ¿cómo era posible que un jugador que hacía puntos con tanta facilidad, y en el puesto de “cinco”, recibiera tan poca consideración? ¿Era el Julio Torres americano? Se mencionaba su falta de altura, ya que sus 2.08 oficiales eran una exageración y apenas pasaba de los dos metros, pero no dejaba de ser un pívot que anotaba casi 17 puntos por partido con más de un 55% de acierto en el tiro. A pesar de ello, Johnson terminó siendo reemplazado por Kevin Duckworth y dando con sus huesos en un draft de expansión camino del final de su carrera.
Steve Johnson era una estrella local desde sus días en la Oregon State University, que llegó a sumar 26 victorias consecutivas para alcanzar el primer puesto en el ranking nacional. La clave residía en la defensa del base Lester Conner (apodado “Lester the Molester”, que es para ofenderse) y el alero Charlie Sitton, pero todas las miradas iban para Johnson y su 75% en tiros de campo. A pesar de una sorprendente derrota en primera ronda del torneo de la NCAA, Steve Johnson fue elegido con el nº 7 en primera ronda del draft de la NBA de 1981 por los Kansas City Kings. Sin embargo, su salto a la NBA no fue un éxito a pesar de hacer números más que aceptables debido a la velocidad con la que se cargaba de faltas. Steve Johnson terminó su primera temporada en la NBA batiendo el récord de personales con una espectacular marca de 372 faltas que sólo Darryl Dawkins ha sido capaz de superar. Por eso perdió la titularidad en favor de Reggie Johnson, y al año siguiente la cosa le fue aún peor ya que no sólo quedó por detrás de Joe C. Meriweather sino que la otra plaza de hombre alto fue para el limitadísimo Ed Nealy, que en principio la consiguió gracias a sus muy buenos contactos en la franquicia pero supo mantenerla a base de trabajo duro. Proyectados a 48 minutos, los números de Steve Johnson en faltas eran dignos de liga de verano de Las Vegas, y después de dos temporadas y media los Kings lo traspasaron a los Bulls a cambio de un Reggie Theus que había sido desterrado por su entrenador.
Fue en Chicago donde Steve Johnson ayudó a escribir la historia de la NBA al taponar un lanzamiento de Marvin Webster. Los Bulls estaban intentando perder todos sus partidos para escalar posiciones y poder draftear a Michael Jordan, y lo consiguieron al sufrir 14 derrotas en los últimos 15 encuentros. Pero el 2 de Abril en New York llegaron a los últimos minutos por delante en el marcador, y en el momento decisivo Steve Johnson acudió al rescate involuntariamente, al taponar un tiro en trayectoria descendente que se convirtió en dos puntos y victoria para los Knicks. ¡Salvados!
A pesar de esa contribución, Steve Johnson no se asentó en la franquicia de Chicago. Formaba parte de un cuarteto de hombres altos con Dave Corzine, Caldwell Jones y David Greenwood, a los que el entrenador Kevin Loughery rotaba de manera incesante intentando parchear sus problemas físicos y limitaciones técnicas. En Junio de 1985 los Bulls enviaron a Steve Johnson a San Antonio en esa especie de puente aéreo que existía entre las dos franquicias, y allí por fin empezó a ofrecer su mejor juego. Steve Johnson se convirtió en la pareja habitual del pívot Artis Gilmore, y aunque al final de la temporada se vio adelantado en la rotación por David Greenwood, su buen rendimiento global sirvió para hacer remontar su carrera. Muchos analistas atribuyeron su mejora al cambio de posición de “cinco” a “cuatro”, aunque en realidad Johnson llevaba tiempo alternando ambos puestos indistintamente. En cualquier caso, eso sirvió para que Portland se fijara en él y lo trajera a cambio de Mychal Thompson en 1986.
Steve Johnson hizo sus mejores temporadas en Portland. Aprovechó las lesiones de Carr y Bowie para hacerse con la titularidad, y se convirtió en el anotador interior que equilibraba el potente perímetro de los Blazers. Steve Johnson mostró entonces todo su arsenal ofensivo, anotando ganchos y bandejas con acierto e incluso corriendo el contraataque. Sin embargo, la presencia física de Steve Johnson era casi nula, y ahí radicaba una de sus mayores carencias (junto con la propensión a las faltas). No ocupaba espacio en la zona, los pívots rivales se movían como si no estuviera y sólo capturaba los rebotes que le venían a las manos. Lo que mi mente adolescente no lograba comprender era que el baloncesto era algo más que meter puntos, y que si bien Steve Johnson siempre tendría equipo gracias a su anotación, sus carencias hacían que inmediatamente le empezaran a buscar sustituto. Con todo, su variado arsenal ofensivo hizo que fuera elegido para participar en el All Star Game de 1988, pero justo en su momento más dulce deportivamente llegaron las lesiones. Ya en la universidad se había perdido un curso debido a una fractura en un pie, y en 1988 fueron unas esquirlas de hueso en los tobillos las que le obligaron a parar, perdiéndose el allstar y dándole a Kevin Duckworth la oportunidad de hacerse con su puesto. Steve Johnson había sufrido esos mismos problemas físicos en San Antonio, pero esta vez eran más graves y le obligaron a pasar por el quirófano. Duckworth se convirtió en una de las revelaciones de la liga y se lució especialmente en playoffs, donde demostró ser un anotador tan fiable como Johnson pero mejor reboteador y con mucha más presencia física en la zona. No es buena señal que digan que eres más blando que Kevin Duckworth.
Los buenos tiempos llegaron a su fin en la temporada 1988-89. Los Blazers habían decidido apostar por Duckworth y complementarlo con un jugador más físico como el rookie Mark Bryant, lo cual provocó el enfado de Steve Johnson. Se hizo un intento de probar la pareja Johnson –Duckworth, pero se trataba de dos jugadores demasiado parecidos. Al terminar la temporada los Blazers no lo protegieron para el draft de expansión, algo que el jugador consideró humillante, y fue seleccionado por los Minnesota Timberwolves. Enterrado en la lista de lesionados debido a su declive físico y a su poco interés por jugar en los Wolves, la carrera de Steve Johnson se arrastró a su final. Jugó un mes en Seattle en sustitución del lesionado Xavier McDaniel, pero el golpe de gracia llegó cuando los Warriors lo cortaron para fichar a Paul Mokeski. Una cosa es que te robe el puesto Duckworth y otra muy distinta que lo haga Mokeski. Steve Johnson se retiró, y como muchos ex jugadores de los Blazers decidió quedarse a vivir en Portland. Trabaja en el mercado inmobiliario de oficinas y ocasionalmente aparece en la prensa local apoyando las sugerencias de su viejo amigo Charlie Sitton sobre el equipo de baloncesto de Oregon State.
Uno diría que es la clásica historia del jugador para quien el baloncesto siempre le resultó fácil y que no se esforzó para superar sus carencias, o eso pensaba yo. Steve Johnson llegó a la universidad siendo casi un desconocido ya que sólo había jugado al baloncesto organizado en su último curso de instituto debido a la oposición de sus padres. Eran adventistas del séptimo día y no permitían que jugara partidos los viernes o sábados, así que el último año Steve se escapó de casa y se fue a vivir con un primo suyo a una casa abandonada en San Bernardino para poder jugar al baloncesto en el equipo del instituto. Luego, en la universidad se casó apresuradamente al dejar embarazada a su novia, Janice Inman. Inman como en Stu Inman, famoso por ser el mánager general de los Portland Trail Blazers que eligió a Sam Bowie en el draft por delante de Michael Jordan (como dijo un columnista de ESPN, parecía que el gusto por los pívots blandos y frágiles era cosa de familia). Los Inman reaccionaron muy negativamente al enlace de su hija con un negro, y eso provocó una crisis personal de Stu Inman. Durante toda su vida se había considerado libre de cualquier racismo, y había rechazado un puesto en una universidad cuando supo que existía un tope al número de jugadores afroamericanos. Traicionar esos valores morales cuando se veían puestos a prueba hizo que Stu Inman tuviera que aceptar que no era la clase de persona que siempre había creído ser. Después de tener que separarse de sus padres, para Steve Johnson debió ser especialmente doloroso ser la causa de que su mujer se distanciara de su familia, aunque la situación se fue suavizando después de que naciera el nietecito.
Y ésa es la moraleja, niños y niñas. Cuando veáis a un jugador que se tira hasta las zapatillas, que no baja a defender y que sólo sabe meter la mano para hacer faltas tontas, recordad que es posible que tuviera que elegir entre el baloncesto y su familia, quizás más de una vez, y que asistiera al instituto mientras vivía en una casa okupa. Ya sé, ya sé, para la mayoría de esos jugadores el trauma más duro que pasaron en la adolescencia fue cuando se les briqueó la play al piratearla, pero hacedme caso por esta vez, ¿vale?
Video de Steve Johnson, por meej