Los Clippers: Ser Legendario Está Sobrevalorado

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\"Benoit“¿Has oído hablar de jugadores a los que les cuesta andar y mascar chicle a la vez? Benoit Benjamin tiene problemas para realizar cualquiera de esas actividades por separado.” (Complete Handbook of Pro Basketball, 1988)

En cierto sentido, pocas franquicias son más legendarias que los Clippers de los ochenta. Celtics, Lakers, Sixers y Rockets jugaron finales, pero no lograron alcanzar los niveles de consistencia y estabilidad de esta franquicia, especialmente después del traslado a Los Ángeles y del fichaje de Elgin Baylor como máximo responsable.

Lo más destacado de los Clippers no es que perdieran. Por perder ya perdían bien los Kings o los Nets, y nadie se acordaba de ellos. Lo llamativo de los Clippers era la fascinación que producían sus pésimos resultados, que me llevaban a recorrer una y otra vez el carrusel de nombres sonoros y rimbombantes del plantel: Junior Bridgeman, Rory White, Benoit Benjamin, Gary Grant. ¿Cómo iban a ganar con tíos que se llamaban así? Esos nombres sustituían en mi imaginación a las imágenes que la escasa oferta televisiva no abarcaba. Aún recuerdo mi desproporcionado interés por la retransmisión del partido amistoso a beneficio del “Hall of Fame” de Springfield en 1988, que iba a enfrentar a Pistons y Clippers y suponía una oportunidad única para comprobar si éstos eran tan malos como se decía. Por adelantar el final, os digo desde ya que la respuesta fue sí.

A pesar de dar origen no a una sino a dos maldiciones (una si te drafteaban, otra si te fichaban), no era la historia de los Clippers una de esas tragedias épicas como las de Len Bias o Ricky Berry, ni siquiera uno de esos cuentos con moraleja como los de Chris Washburn o Roy Tarpley. Los Clippers eran más bien un equipo de gordos fondones, como Benoit Benjamin, Lancaster Gordon o Quintin Dailey; una franquicia donde si tropezabas con un allstar como Norm Nixon, éste se partía la rodilla jugando al béisbol con su mujer. Incluso cuando conseguían por pura reiteración dar con algún jugador válido, como Terry Cummings, James Donaldson, Michael Cage o Hersey Hawkins, les faltaba tiempo para deshacerse de él (quizás para protegerlo de las lesiones fulminantes que incapacitaron a Nixon, Harper, Manning). En los Clippers pasaban cosas como que un propietario minoritario demandara a los demás porque no le gustaba un traspaso, o que nombraran ayudante del “General Manager” a una ex-modelo amiga del propietario. El año que juntaron laboriosamente tres elecciones de primera ronda del draft las gastaron en Reggie Williams, Joe Wolf y Ken Norman. Por lo menos éste último le puso ganas.

Una maldición gitana provocaba un desplome del rendimiento ofensivo de los fichajes de los Clippers. Larry Drew y Mike Woodson llegaron después de hacer muy buenas temporadas en los Kings, pero fue ponerse la camiseta y volverse incapaces de meterla en una piscina. Kenny Norman andaba por encima del 70% en tiros libres durante su etapa colegial, pero en profesionales era un festival del ladrillo. Reggie Williams era el favorito para “rookie del año” antes de que lo escogieran los Clippers, y ni siquiera las inmejorables credenciales universitarias de Joe Wolf o Gary Grant pudieron contra la maldición. Pero si hubo un jugador que representara a estos Clippers, ése fue sin duda Benoit Benjamin, el pívot culogordo que durante seis temporadas tuvo engañados a los responsables de la franquicia con que este año sí que sí iba a dar el paso adelante para convertirse en el jugador dominante que fuera entrenado por Willis Reed en Creighton. Dicen que volvía del verano tan pasado de peso que tenían que untarle los muslos con vaselina para que no se le rozaran, y que hacia el final de su carrera entre la troupe de acompañantes y chupópteros que seguían al “doble cero” destacaba uno que vestía una camiseta con el logotipo de todas las franquicias en las que había jugado Benjamin. Apenas se adivinaba el color original de la tela. Estaba tan gordo, fíjate en lo que te digo, que la carrera de Marques Johnson terminó el 20 de Noviembre de 1986 cuando chocó de cabeza contra la tripa de Benoit Benjamin y se dañó la médula espinal.

Y no era un caso aislado, ojo. ¿Recordáis al mantecoso Greg Butler, un pívot blanco que en cierto momento fue el único jugador de la NBA que no había anotado ni una canasta después de varios meses de liga? Jugó en los Clippers, igual que otros anoréxicos como Stanley Roberts y John “Hot Plate” Williams. Eran raros hasta cuando consiguieron meterse en playoffs entrenados por Larry Brown o Bill Fitch en la década de los noventa, teniendo de titulares a gente como Loy Vaught, Darrick Martin o “Bo” Outlaw… a los que traspasaron inmediatamente, por supuesto. En su número del 17 de Abril del 2000, la revista “Sports Illustrated” publicó un análisis detallado que demostraba estadísticamente que los Clippers eran la peor franquicia del deporte profesional de EEUU, y en la portada aparecían tres aficionados que tapaban sus cabezas con bolsas de papel. En ellas habían escrito “Staple this!”, “S.O.S.” y “Just Shoot Me”.

Cuántos jugadores vinieron a la ACB huyendo de la maldición: Rory White, Tom Garrick, Kurt Nimphius, Tim Kempton, Ken Bannister, Wallace Bryant, Joe Wolf, incluso un pívot noruego llamado Torgeir Bryn. Cuántos buenos momentos nos hicieron pasar estos Clippers mientras leíamos sus desventuras e infortunios: cuando intentaban fichar veteranos y se les lesionaban, o cuando apostaban por el draft y todos les salían paquetes. Perdían, pero sin la cualidad homérica de las grandes derrotas del deporte, más bien con un aire a lo Fernando Tejero. Perdían porque eran malillos, como tú y como yo.

A veces vuelvo a ver una foto de aquellas camisetas que tenían, con esos números que parecían patitas de araña, y no sé muy bien por qué me siguen importando, pero los echo de menos.

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