Allen Iverson ha anunciado su retirada de las canchas de juego. Puede que sea una retirada efímera porque, según me comentaron el pasado sábado, el entrenador de los Sixers de Filadelfia, Eddie Jordan, tenía pensado desplazarse a Atlanta, ciudad en la que reside Iverson, para tantearle y comprobar si el hombre estaría dispuesto a descolgar las botas y jugar en el equipo en el que vivió sus mejores días de gloria.
En realidad, la retirada de AI -el anuncio de retirada de AI mejor dicho- puede que no haya sido más que una llamada de atención, desesperada, de un jugador otrora excepcional y que ahora ve como se le escapa el tiempo entre los dedos de manera irreversible. AI es demasiado bueno para ser suplente en un equipo menor como los Grizzlies y es todavía demasiado útil como para irse. Su mentor, Larry Brown, el actual técnico de los Bobcats de Charlotte, dijo el otro día al mundo del baloncesto que AI no debería retirarse aún; que sería poco menos que un crimen baloncestístico de lesa patria permitir que este jugador colgara las botas. Y, sobre todo, permitir que este jugador se retire de este modo: con un epílogo que señale que ni siquiera pudo ser útil a un equipo tan malo como el Memphis en su última temporada en activo.
Cualquier referencia a Allen Iverson suele llevar siempre la palabra “controvertido” en la misma frase. AI ha sido un jugador capaz de polarizar sentimientos en proporciones nunca vistas en la NBA. De generar amor y odio hacia su figura casi en partes iguales. La fantasía de sus mejores momentos en la NBA ha estado contrastada, siempre, con sus orígenes de delincuente juvenil. Sus grandes jugadas han sido vistas, siempre, a través de un caleidoscopio que distorsionaba su realidad: el gusto estético por los tatuajes y por la liturgia del hip hop hicieron que todos, empezando por la propia NBA, le presentaran al mundo como a “ese tipo al que usted amará odiar”.
En cierto modo, Allen Iverson ha sido el icono imposible de la NBA. Un jugador demasiado bueno para obviarlo, pero demasiado peligroso como para no temerlo. Y creo que, por encima de todo, Allen Iverson no ha sido -no es- sino una historia viva de la América moderna: de la América posmoderna, más bien.
En una ocasión, durante la campaña electoral a la presidencia de los Estados Unidos, le preguntaron al entonces candidato –hoy Presidente—Barak Obama cual era su serie de televisión favorita y su personaje favorito. Obama dijo que su serie favorita era “The Wire” y que su personaje favorito era Omar Little. En la serie, Omar es un traficante de droga con un estricto código de honor. Pero, hablando en Román Paladino, es un auténtico cabronazo.
A este respecto, quiero hacer dos puntualizaciones. Primera, que el hecho de que el Presidente Obama cite a Omar como a su personaje favorito de la televisión es equiparable a que el Presidente Kennedy hubiera citado, en su época, a Al Capone como su personaje favorito de la serie “Los Intocables”: aquello habría resultado inaudito. Y la segunda, es que entiendo perfectamente al Presidente Obama. A mí me encantó también “The Wire”: aunque reconozco que mi serie de culto son “Los Soprano”. De hecho el héroe de Los Soprano –o su antihéroe si se prefiere- Tony Soprano, es otro delincuente que, como Omar, se atiene a un atávico código de honor, también muy estricto, pero que resulta igual de pedazo de cabrón, a veces incluso más, que el propio Omar Little en “The Wire”.
Y, sin embargo, ambos personajes nos fascinaron a todos. Del mismo modo que, seguramente, ambos hubieran sido aborrecidos en la época del Camelot de JFK. Y ya no digamos en los tiempos del New Deal del Presidente Roosevelt.
Omar Little, igual que Allen Iverson, nos fascina porque se adapta muy bien al relativismo moral que domina nuestra sociedad occidental desde hace algún tiempo. Ya no hay zonas claras que separen el bien del mal, lo moral de lo inmoral, lo legal de lo ilegal. El entorno de Omar, el de Tony, igual que el de AI, reproduce los matices morales, existenciales y hasta económicos de nuestra sociedad. Y lo hace con una división de papeles en la que es casi imposible distinguir quién es ángel y quién es demonio. La gente (supuestamente) buena se mezcla con Omar, con Tony y con su entorno; y la policía hace tratos y negocios con ellos.
Contemplando series como “The Wire”, o “Los Soprano”, uno percibe que el crimen organizado estadounidense asume y reproduce – y además muy fielmente- el modelo de las grandes empresas capitalistas: los gángsters tienen recaudadores de impuestos, divisiones jurídicas, maquinarias de burocracia. Incluso ofrecen prestaciones sociales a los empleados y pensiones a las viudas de todos aquellos que cayeron en combate.
Lo que más confunde a la sociedad establecida, al espectador medio, es la fascinación que siente por los Omar Littles, o por los Tony Sopranos, de estas series tan realistas. Sí, porque a diferencia de lo que sucede con “El Padrino”, o con los mejores personajes oscuros del cine negro, desde las películas de Howard Hawks a las de Martin Scorsese, es que en éstas hay una distancia de seguridad entre el mundo del hampa y el mundo ordinario. El aura del crimen se extiende sólo en la gran pantalla. Pero el realismo crudo y contundente de series como “The Wire” o “Los Soprano” convierte a estos antihéroes en héroes reales. En héroes de cabecera de presidentes, de gentes bienpensantes y de intelectuales varios. Y eso asusta mucho al personal.
Y eso es, precisamente, lo que le ha sucedido a la NBA con Allen Iverson. Desde que Mr. David Stern asumió el mando de la Liga NBA y desde que, bajo su égida, llegaron los tiempos de bonanza económica y de bienestar general, la NBA siempre tuvo iconos que mantenían esa necesaria y prudente distancia de seguridad. Magic y Bird, primero; Michael Jordan después. Grandes jugadores los tres, aparentemente modelos a seguir los tres.
Luego supimos que Magic era un promiscuo compulsivo que contrajo el SIDA. Que Larry Bird era tan introvertido, y tan incapaz de interaccionar con el público que pagaba las entradas por verle jugar en la cancha, que alguien sugirió una vez que tal vez podría padecer el Síndrome de Asperger. Y sí, Michael Jordan -el deportista que llegó a ser más popular que Jesucristo- se convirtió en el modelo a seguir, en el mejor compañero, en el marido perfecto. Ya estaba la NBA para recordárnoslo. O si no Nike. Y, sin embargo, más tarde descubrimos que Jordan era un mal camarada: despótico y tiránico con sus compañeros menos dotados que él; o sea con todos. Que era un mal marido. Y que era un jugador compulsivo: hasta el punto de apostar mucho dinero no ya a un hoyo de golf, sino a si el siguiente coche en pasar ante sus ojos sería blanco o de color.
Pero estos iconos, con sus claros y con sus oscuros, fueron perfectamente asumidos por el sistema. Como lo fueron los personajes de ficción Michael y Vito Corelone en su momento. O como lo fueron incluso gángsters reales Como Al Capone o como Lucky Luciano. Eran personajes reales, sin duda. Pero estaban lo suficientemente distantes como para producir en el espectador una suerte de atracción, sí, pero de muy baja intensidad.
La NBA siguió firmemente anclada en sus convicciones burguesas y en su sueño de ser un modelo de Business impecable. Era un espectáculo para toda la familia: jugado por deportistas negros en su mayoría, cierto; casi ninguno de ellos un modelo de virtudes, también cierto. Pero todos ellos eran perfectamente asimilables por la América blanca y corporativa que compraba entradas, palomitas de maíz y que se sentía segura en su asiento.
Hasta que llegó Allen Iverson.
Entonces apareció el personaje que amenazó con sacudir los cimientos de la Liga. Los tatuajes de Iverson, su insultante seguridad, dentro y fuera del campo, su incapacidad para moverse de sus códigos –exactamente igual que Omar Little o Tony S.- su crudeza innegociable hicieron que AI se convirtiera en un personaje potencialmente peligroso para el “establishment”. Por su cercanía. Por su realismo. La América blanca y corporativa descubrió que el show de Mr. Stern podría sucumbir a los efectos devastadores de jugadores como Iverson. Jugadores, afroamericanos todos ellos, que abrazaban toda esa liturgia de tatuajes, de música hip hop, de look y de códigos delincuentes. Imágenes que suelen generar un miedo visceral en el americano medio.
Lo peor fue que Mr. Stern y sus genios del marketing comprobaron con horror que la estética de Allen Iverson, sus postulados y sus formas, atraían a mucha gente. Un personaje mucho menor en su impacto social que AI, Ron Artest, casi se cargó la Liga cuando saltó, del campo a la grada, a repartir mamporros a unos aficionados en un estadio de Detroit. Aquella fue la peor pesadilla de Mr. Stern hecha realidad. Fue como si Omar Little, o Tony Soprano, hubieran traspasado la pantalla y se vinieran hacia nosotros demandándonos, a su manera expeditiva, una deuda de juego o de drogas.
De todos esos males se culpó entonces a esos jugadores que se habían adherido a la estética “hopera”. A Ron Artest le cayó la mundial en forma de castigo. Y todo el mundo, sin excepción, señaló al jugador presuntamente culpable de toda aquella degradación moral que empezaba a sufrir la Liga. Todos culparon a Allen Iverson.
AI se convirtió entonces en el malo de la película. Sólo que, como luego nos pasó con Tony Soprano y con Omar Little, cada uno en sus mundos respectivos, los buenos y los malos nos empezaban a resultar cada vez más difíciles de distinguir.
Sin embargo, a pesar de su designación como el reverso tenebroso de John Stockton, Allen Iverson se convirtió en el héroe de muchos. Para espanto del trabajador de cuello blanco y para horror de los hombres de la NBA que hasta entonces se sentían muy seguros en sus despachos de Madison Avenue. En la cancha, AI cambió el juego: aunque no necesariamente lo cambió a mejor. Fuera de ella, despertó -eso es indiscutible- sentimientos encontrados sobre ciertos valores sin los que no se puede entender la América moderna: la raza, la cultura e incluso la propia estructura de la sociedad americana.
Iverson nunca fue un jugador de dos caras: ese perfil corresponde más a Magic o a Jordan. O a Kobe en estos tiempos modernos. Con AI siempre tuvimos –dentro y fuera de la cancha- lo que veíamos. Y lo que veíamos era lo que teníamos.
Nos dijeron que AI era el malo, sí. Pero algunos siempre supimos que, tal y como sucede en “The Wire” o en “Los Soprano”, ni AI en la NBA -ni Omar, ni Tony, en su mundo del hampa- son los únicos malos. Ni siquiera son los más malos.
Si Jimmy Batista, el mafioso que apostó ilegalmente en partidos de la NBA junto con el árbitro tramposo, y ahora desterrado, Tim Donaghy, está diciendo la verdad y realmente hubo dieciocho, ¡18!, árbitros de la NBA que apostaron ilegalmente y amañaron partidos de la Liga para su beneficio, entonces los que siempre aparecieron como los buenos resulta que ahora pueden ser los malos. Y Mr. Stern tendrá un terremoto de proporciones bíblicas en su territorio si todo esto se confirma como cierto.
Cuando Allen Iverson se retire de verdad -lo sabremos como se saben ahora estas cosas, vía Twitter supongo- empezará el proceso de curación. Los defensores de AI ya no tendrán más batallas en las que luchar. Y los que siempre le señalaron como el “fall guy”, el malo muy malo, tendrán que buscarse otro villano. Pero tendremos algo siempre muy seguro: que Allen Iverson fue un personaje que alcanzó el estatus de icono en la NBA. Contra todo pronóstico. En un tiempo, y en una sociedad, en la que gentes como Omar Little, o como Tony Soprano, se convirtieron también en nuestros improbables héroes cotidianos.
Y lo hicieron, sobre todo, porque ya sabemos – y lo sabemos muy bien además- que ya no hay héroes, ni policías salvadores. Sabemos que hoy todo es una especie de laberinto en el que algunos son buenos a ratos, otros son malos la mayoría de las veces, y en todo momento aparece el deterioro de una sociedad que ha hecho del cinismo su principal estandarte. En ese contexto, resulta bastante lógico que Allen Iverson se convierta en un gran héroe posmoderno. A nivel del mismísimo Omar Little. O de Tony Soprano.