Desde el punto de vista deportivo, Nueva York es una ciudad acostumbrada a la grandeza. Los Yankees son, en béisbol, una tradición, una leyenda americana. En fútbol, este año en particular, los fans de las dos orillas del río se sienten orgullosos de sus Giants y de sus Jets; y no es descartable una Super Bowl Nueva York-Nueva York el proximo mes de enero. Y luego están los Knickerbockers. El equipo de baloncesto de la Liga NBA, no menos legendario que sus vecinos, aunque con mucha menos tradición ganadora que los Yankees.
Pero los Knicks tuvieron sus años de gloria. En particular, una temporada que los fans recuerdan vivamente, un equipo inigualable y una plantilla que los aficionados recitan como una suerte de letanía deportiva; casi como una oración. Temporada 1969-1970. Red Holzman era el entrenador; Willis Reed, Frazier, Bradley, DeBuscchere, el eje del equipo. Aquellos Knicks de 1970 son el mejor equipo de la historia del club. Jugaron un tipo de baloncesto colectivo que no se ha vuelto a ver jamás; ni en la NBA ni en ninguna otra parte. Por eso, entiendo que tiene que ser muy duro para los fans de los Knicks contemplar hasta donde se ha hundido su barco. Y es que el equipo lleva siendo malo, a veces hasta horroroso, demasiado tiempo. Y, encima, en una ciudad que no premia jamás al perdedor.
Este año, aunque algunos destellos del baloncesto que pretende hacer Mike D’Antoni invitan a la esperanza, parece que tampoco va a ser mucho mejor. El equipo tiene un aspecto inequívoco de ir a la lotería del draft una vez más. Y su estrella, Stephon Marbury, que vale 21 millones de dólares en términos contables, no juega. Mejor dicho, no es que no juegue, es que le da igual. Por un lado, no le falta razón al muchacho: su entrenador dijo públicamente que no contaba con él. Cierto. Pero este es un tiempo de necesidad para los Knicks que, entre traspasos e infortunios, tienen en estos momentos tantas bajas que no es que estén en cuadro, es que no están. Me dicen que los cuatro entrenadores ayudantes del equipo han tenido que vestirse de corto, durante toda la semana pasada, para que el entrenador D’Antoni pudiera hacer un entrenamiento cinco contra cinco mínimamente decente.
Así que, cuando a Marbury le han pedido que saliera a jugar un ratito, el fenómeno (en todos los sentidos) ha dicho que no. Que con su dignidad no se juega. Respuesta de todo un profesional. Así que cabe esperar, por el bien de ese club, que el gran Marbury sea historia muy pronto. Algunas veces una indemnización por despido es necesaria para la supervivencia del proyecto; por muy costosa que sea. Y vive Dios que la de Marbury lo es. Haciendo un gran favor a su club, el hombre ha dicho que está dispuesto a renunciar a un millón de dólares. De los 21 que le deben. Hace bien Marbury en mantener su postura. Pero los Knicks harían mal en no pagarle. Para los Knicks, esos 20 millones serán los 20 millones mejor gastados en su historia. Que no es precisamente una historia de austeridad y buena gestión, sino más bien de despilfarro y de despropósitos financieros. Así que uno más, no importa.
Pues bien, a pesar de la que está cayendo en el club neoyorquino, los aficionados de los Knicks están contentos. Con esa felicidad que da el saber que su reino no es (todavía) de este mundo. Así que pasan del equipo actual casi tanto como Stephon Marbury. Tienen poca -quizás ninguna- esperanza de que su equipo haga algo decente no ya esta temporada, sino la próxima también y miran al año 2010 como a un año de adviento. Es curioso el efecto que está produciendo en la NBA el dichoso año 2010. Se ha convertido en una especie de año mágico para muchas franquicias de presente turbulento. Y en eso, en turbulencias, los Knicks lideran la NBA de largo.
Así que, en lo que parece una estrategia clara de los ejecutivos del club, todos en la casa Knicks han declarado el año 2009, entero, y el primer semestre de 2010, no lectivo a todos los efectos. Hasta el 1 de Julio de 2010. La fecha está marcada en rojo y se ha convertido en el día de los días de la NBA moderna. El momento en el que no pocas figuras de la NBA pasarán a ser agentes libres, con más o menos restricciones. Y, claro, entre todas esas estrellas rutilantes que va a quedar libres, destaca una: LeBron James.
El recibimiento que le tributó recientemente la afición del Madiosn Square Garden a James fue no ya apoteósico -teniendo en cuenta que se trataba de un jugador rival- sino que a mí me pareció hasta estrambótico. Aquello fue una especie de trance colectivo similar a esas escenas que vemos cuando un predicador, habitualmente evangélico, sitúa en estado de éxtasis a sus parroquianos. Da la impresión de que, de repente, todos en la casa Knicks contemplan a LeBron James como al nuevo Moisés: el hombre que les llevará a la tierra prometida de los éxitos y de los triunfos que disfrutaron en un pasado cada vez más lejano. Es obvio que LeBron y Nueva York (o LeBron y Brooklyn, si finalmente sale adelante el proyecto) son el matrimonio perfecto entre baloncesto y mercado. Pero la idea, cada vez más propagada, de que los Knicks van a arrasar con la promoción de agentes libres de 2010 me resulta posible, pero no necesariamente irrefutable. Veamos.
Los otros. Para empezar, los Knicks no son el único equipo con espacio salarial libre en 2010. Prácticamente todos los equipos de la NBA están limpiando nóminas para estar preparados de cara al verano más importante en la historia del mercado de jugadores libres. Los equipos que ahora mismo tienen en sus plantillas a LeBron (Cleveland), a D-Wade (Miami), o a Chris Bosh (Toronto) tienen, o es muy fácil que tengan, suficiente dinero para pagar a esos jugadores, básicamente, lo que pidan. Detroit, Sacramento, Nueva Jersey (o Brooklyn) y Minnesota van a tener decenas de millones de dólares libres para gastar ese verano. Y no serán los únicos.
La tierra. La ciudad en la que ahora juega LeBron (Cleveland, Ohio), nativo de Akron, Ohio, no es la Gran Manzana, ni es la ciudad que nunca duerme, ni nada de esas cosas que es Nueva York. Pero es la tierra de LeBron James, el lugar donde ha vivido siempre. El hombre quiere ganar títulos: sabe que un campeonato, uno solo, le garantiza la posteridad. Y Cleveland y Akron son su casa. Y aunque, en los Estados Unidos, el sentimiento de pertenencia a una Comunidad no está, ni mucho menos, tan arraigado como puede estarlo en ciertos países europeos, la tierra va a ser un elemento importante en la ecuación. Incluso, para un jugador que se autodefine como una industria.
Secundarios. Dondequiera que aterrice en 2010, LeBron va a necesitar un buen acompañante en su equipo. Y aunque Nueva York es Nueva York, no hay garantías de que los Knicks convenzan a otra estrella para acompañar a James. Sabemos que los ejecutivos de los Knickerbockers han filtrado ya sus apetencias por tres jugadores estelares, que serían el teórico complemento a LeBron, siguiendo el modelo de los Chicago Bulls de Michael Jordan y Scottie Pippen. Esos nombres son: Dwayne Wade, Chris Bosh y Amaré Stoudamire. Pero hay otro, según nuestras fuentes: Carlos Boozer, a quien se intenta convencer de que recale en los Knicks incluso ya el curso que viene. Pero Boozer tiene historia con LeBron: le dejó plantado una vez en Cleveland. Y un novio despechado a la puerta de la iglesia, nunca olvida. Además, si la historia de la NBA nos enseña algo, es que tener dinero no siempre significa dominar el mercado de agentes libres. Valga como ejemplo el de los Bulls de la era post-Jordan. Tenían todo el dinero del mundo a su disposición, su General Manager, Jerry Krause, aseguró que arrasarían el mercado, y todo quedó en fuego de artificio.
Patrocinadores. LeBron James va a seguir forrándose con sus patrocinadores fiche por quien fiche. Nike le va a seguir pagando un dineral vista la camiseta que vista. Es obvio que siempre será mejor que su estrella juegue en Nueva York a que lo haga en Oklahoma City. Pero, a efectos de imagen, a sus patrocinadores les da igual. Por cierto, aprovecho para desmitificar una leyenda urbana: al día de hoy, no hay bonus adicional para LeBron, por parte de Nike, si juega en Nueva York. Punto.
Arrogancia. Una de las cosas que siempre me ha llamado la atención de los fans de los Knicks es que dan por hecho que cualquier jugador perderá los pantalones por fichar por su equipo. En ese sentido, son un poco arrogantes y guardan ciertas similitudes con algunos de esos equipos europeos que tocan a jugadores de aquí y de allá, dando por hecho que el resplandor del escudo, que el color de la camiseta, será argumento suficiente para que, al modo bíblico, los jugadores escogidos dejen todo lo que estén haciendo y fichen por su poderoso club. Los Knicks son una franquicia absoluta, rotundamente especial. Mucha historia; tanta tradición. Pero no todos lo jugadores quieren fichar por los Knicks, ni el sueño de sus vidas es jugar en una ciudad maravillosa como Nueva York.
Quedan dos temporadas. El Entrenador Mike D’Antoni tiene un estilo muy atractivo y seguro que será un indudable factor positivo para atraer a nuevas estrellas, llámense éstas Lebron, Bosh, Wade o como quiera que se llamen. Y si, finalmente, LeBron cambia los Cavs por los Knicks será una decisión totalmente comprensible. Por supuesto. Pero que nadie piense que Cleveland no presentará batalla para quedarse con su joya de la corona. Y que nadie piense que los Knicks estarán solos en la puja. Y, sobre todo, que nadie piense que los Knicks lo tienen hecho. Convertir esa especie de “camarote de los Hermanos Marx” que es ahora el Nueva York en un destino mínimamente atractivo para LBJ y para otros agentes libres no será una tarea fácil. Ni mucho menos.
Y ya puestos. Me pregunto si, hasta llegar a ese mes de Julio de 2010, a ese día de los días en el que LeBron iluminará la Avenida de Broadway, no podríamos disfrutar todos un poquito de estas dos temporadas que nos quedan por delante. Hay vida más allá de LeBron, de Nueva York y del día de los días. En serio.